Desperté en una sala oscura. Tan solo había una tenue luz que se escapaba por la puerta entreabierta de la habitación de al lado. Supuse que era un baño porque salía de ella el sonido de agua cayendo como si alguien estuviera duchándose.
Me levanté despacio, con cuidado de no tropezar, pues me era imposible ver nada. Busqué a tientas el interruptor de la luz y, cuando finalmente lo encontré, lo activé y me hallé en un lugar desconocido tratando de recordar cómo había llegado allí. Entonces vi un reloj digital sobre una mesilla junto a la cama. "¿Las doce del mediodía?", pensé. Tenía toda la noche anterior en blanco.
De repente se abrió la puerta del baño. Por ella salió lo que en aquel momento creí que era un ángel: una joven alta y delgada, de hermosa piel marfileña, como Dios la trajo al mundo y empapada de pies a cabeza. Inmediatamente fijé la vista en sus perfectos pechos desnudos y no conseguí apartarla de ellos hasta que, con voz sensual, dijo:
-Buenos días guapo. ¿Lo pasaste bien anoche?
En ese instante levanté la mirada y contemplé sus penetrantes ojos marrones clavados en mí mientras ella se echaba el largo cabello castaño hacia atrás y sonreía provocadora.
-Depende, ¿qué pasó anoche?
-¿No te acuerdas?- Sonó algo indignada pero no cambió de expresión.
-¿Por qué iba a preguntarte si no? Ni siquiera recuerdo tu nombre.
-Katrin Pierce. Me parece que tendré que contarte lo que ocurrió para asegurarme de que no vuelves a olvidarte de mí, Lucas.
