Cuando encienda el último cigarro, cuando tocamos el paraíso con los dedos. Cuando nos arrancaron todo lo que pudieron y más, cuando nos alejamos. Cuando lloré sin apenas conocerte y quise compartir mi vida contigo sin saberme aún la fecha de tu cumpleaños. Cuando me apeteció ver tu sonrisa cada mañana, y que me cuentes cómo te ha ido en el trabajo por la noche. Cuando quise escribir mi historia contigo, pero te marchaste.
Mientras inhalo el humo se consumen los segundos que me quedan para que el avión parta.
No estás aquí tampoco ahora, porque yo no quiero que estés. Porque no soy capaz de enfrentarme a tu sonrisa, a tus miradas. Porque mi cobardía me impediría besarte sin tener que derramar un par de lágrimas. Mataría al tiempo cuando estuvimos allí, a apenas centímetros, aún sin haber descubierto tus lunares del pecho, tus cicatrices y el color de tus ojos. Pero descifrándolos, descifrándote.
Entonces no teníamos fuego para encender el cigarro. Pero no lo necesitaba. El fuego eras tu y el ardor estaba en mi pecho. Que mi boca no atrapaba una colilla sino tus labios. Que decías que tenías sonrisa de yonqui cuando la única drogadicta que había en aquella habitación sin ventanas era yo, y que no quería hachís sino tu olor. Y tampoco palabras. Ni siquiera miradas cuando el cuerpo ya hablaba.
Esa particular forma que tenías de mirarme, como si andar descalza entre los escombros fuera algo malo para mi piel, que en verdad no era mía, sino tuya. Porque llevaba tu nombre, y no porque el destino estuviese escrito ni porque los dioses lo hubiesen querido así. Sino porque nosotros lo queríamos. Porque mis ojos, por el momento, no querían dejar de mirar los tuyos. Porque yo no quería coger otra mano ni besar otra boca. Porque te quería a ti y nada más, y la distancia no lo iba a cambiar.
ESTÁS LEYENDO
Aborto un corazón
Chick-LitPequeños textos y pensamientos de una mente confundida, un aura en proceso de aprendizaje, un alma en tránsito por una vida.
