Tabaco

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 Mañana todo va a mejorar. No estés triste. Ya va a pasar. Con el tiempo todo sana. No pienses en ello. Olvídalo. Olvídate.

 Ya había escuchado eso antes, pero nada ayudaba. Todos creen que el tiempo lo va a mejorar, pero en realidad somos nosotros mismos quien hacen que mejore, y ahí está el problema. Yo.

 Tenía más enfermedades que virtudes. Muchas de las cuales ningún doctor podría recetar. Me encontraba encerrada en cuatro paredes las cuales podrían declararme una loca. Tenía muchas ganas de vivir, pero no me animaba. Tenía muchas ganas de saber, pero nadie me enseñaba. Todos escondían, mejor dicho. Luego de varios años buscando la felicidad a base de prueba y error, entendí que la felicidad no es algo que hay que buscar. La felicidad es un estado mental tal como la tristeza, el enojo, la angustia. Llega y se va. "Todo a su tiempo".

 Me llamo María. Tengo 16 años y pasé por muchas cosas. Poco a poco fui entendiendo cosas que la mayoría de los niños de mi edad no podrían llegar a entender ni en los primeros 20 años de su vida. 

 Tengo mucho que contar, muchas cosas que me gustarían que perduraran y puedan servir de enseñanza para aquellas (y aquellos) que sientan que nadie los entiende, y quiero que sepan que están en lo cierto. Las mentes (o por lo menos las nuestras, queridos amigos) son máquinas con sólo una función: La autodestrucción. Lamentablemente esa función nos persigue desde el momento en que nos encaprichamos con la famosa felicidad. 

 La vemos en la tele, en las películas, en la gente a nuestro alrededor. ¡Son felices! ¿Por qué nosotros no? Se ve fácil, a que sí. Me temo que tan fácil no es, y no digan que la adolescencia es lo mejor que nos puede pasar, más de uno la habrá pasado tan mal como yo. Pero ahí es donde los adultos ya no nos pueden ayudar; no nos entienden. Creen saberlo todo, creen tener más experiencia que nosotros sólo por tener más años encima. 

 Pero yo soy una creyente de que la edad no hace la mentalidad. Yo me paro aquí y declaro entender mucho más de sufrimiento que muchos de los adultos de allá afuera. Y por favor, no crean que me las doy de sabelotodo. Eso jamás. 

 Pero para que me entiendan mejor, vamos a empezar por el comienzo. 

 Mis mañanas son todas iguales. Por lo menos en temporadas escolares, sí lo son. Me levanto por los gritos de mi padre que ya quiere irse a su mísero trabajo para mantener a una familia que tal vez nunca haya querido en su totalidad (tema a discutir en el futuro). Me veo en el espejo y no puedo sorprenderme menos de mi marchita apariencia. Me calzo el uniforme con menos ganas que un oso en invierno y a disfrutar otro dichoso día escolar. Mi madre no me saluda pero se encarga de acusarme de no haber hecho mis actividades diarias en la casa, dice que vivo en un hotel, que ella es mi sirvienta, etcétera etcétera y así. Me grita un par de cosas más mientras mi padre ignora toda acusación errónea y mi hermana mayor luce su fabulosa figura con alguno de mis suéteres, como es de costumbre.

 No hay mucho que acotar aquí; en mi casa yo soy la oveja negra. Siempre me he llevado mal con mi familia y creo que son relaciones irrecuperables, aunque exagero. Mi hermana fue y es la favorita (y lo será por los siglos de los siglos) y yo aquí, siendo María. Cabe aclarar las innumerables veces que mi madre me deseó la muerte (ahora no exagero), y que mi padre me echó la bronca encima y se las desquitó con un par de golpes. Además del control que proporcionan en mi vida mis padres, negándome todo acercamiento con la felicidad. Niegan toda relación social que pueda llegar a tener y ahí es donde el colegio se vuelve el peor castigo.

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