No amaneció temprano. La gran estrella aun dormía mientras su contraparte iluminaba el cielo estrellado con gran resplandor. Encendí aquel último cigarro de mi cajetilla, me recogí el cabello en una coleta y tome mi chamarra de cuero que llevaba el membrete de mi banda favorita en la parte de atrás. Ese día, como de costumbre decidí no usar maquillaje. El característico pito de la Suzuki Katana 600 de Francisco, mi compañero de aventuras de toda la vida sonó y en menos de 5 minutos estaban mis amigos de infancia afuera de mi garaje. Tome mi casco y monté a mi vieja amiga que tenía abandonada desde hace algunos meses. No le temíamos a la altura, habíamos sobrevivido a tantas aventuras y ésta no sería la excepción, o al menos eso creíamos. El plan era comer el famoso "Llapingacho" del que nos habían hablado en una hermosa ciudad llamada Ambato y si era posible regresar el mismo día. Con el paso del tiempo, mi cuerpo empezaba a recordar ese sentimiento de adrenalina que me hacía regresar a mis memorables 19 años y aquel inolvidable día en el cual compré mi moto con mi primer sueldo ¡Quién diría que tras 6 años mi emoción seguiría siendo la misma! Tras una hora llegamos a un lugar llamado Babahoyo, en el cual decidimos seguir sin turistear y así, pasamos Montalvo, Balzapamba y llegamos finalmente a Guaranda donde el frío hizo que nos detuviéramos a usar otro tipo de vestimenta. Mi reloj de muñeca marcaba las 9 de la mañana. "Aún es muy temprano" pensé para mis adentros mientras hacía una seña de parada a mis camaradas. Luisana frenó justo detrás de mí pensando como siempre que hubo algún tipo inconveniente. Se sacó su casco y su pelirroja cabellera cayó sobre sus hombros con tal belleza como el intrépido baile que el fuego forja en un ritual de Samahin. Se bajó y dirigió su mirada a mí. -¿Ha sucedido algo, Carabita?- preguntó con vehemencia. Ella solía llamarme así, desde que nos conocimos a los 5 años. Como una amante apasionada de las aves, siempre creyó que mis grandes ojos negros azabache eran igual de oscuros como los del Cárabo, un tipo de búho que habita en los bosques de Europa, oeste de Asia y norte de África. -No, Zuzu – como se referían todos a ella por su pequeña estatura y agilidad al momento de andar en moto haciendo alusión al colibrí zunzuncito- Mira a tu alrededor este es el lugar perfecto que Rafa estaba buscando para su concurso de fotografía. Regresamos la mirada ante un Rafael atónito, el cual admiraba la belleza de aquella cama de nubes que se formaba en el barranco entre aquellas montañas desconocidas por él, puesto que hace poco había regresado al país. - Nunca había visto algo igual – murmuró para sí mismo mientras nosotras reímos con complicidad. Francisco también aprovecho para descansar un poco y admirar el paisaje junto con el silencio que lo caracterizaba. Analítico tras sus finos lentes de viajero y su escasa pero no ausente barba. Un ágil y entusiasmado Rafael tomaba la misma foto en miles de ángulos mientras Zuzu bebía un sorbo del brandi que traía escondido en la alforja negra de su moto y que ella asumía ninguno de nosotros sabía, puesto que ella venía de una familia muy religiosa donde beber alcohol etílico era una falta grave pero ella, claro, en secreto era una gran degustadora del licor fino. En cuanto Rafael dijo que tenía lo necesario nos dispusimos a seguir nuestro camino, cada quien con su casco y su moto. Surgió la seña necesaria para partir y seguimos enrumbados hacia nuestro maravilloso destino. Dos horas más tarde, habíamos llegado a Ambato. Frente a un frondoso parque había un pequeño y humilde puesto de "llapingachos". Para entonces, yo me había creado una reputación de tener el mejor apetito del grupo, así que es comprensible que todos rieran de la iluminación que emanó mi rostro al sentir ese fantástico aroma a comida. Nunca me molestaron sus risas, "La que es flaca a punta de ensalada es solo una gorda en pausa", era mi respuesta siempre. Rieron una vez más. La comida paso entre recuerdos, risas y cortesías entre Rafa y Luisana. -Ya bésense – le dije a Zuzu mientras pedía otro plato de ese exquisito manjar, ella enrojeció como un tomate al instante – todos lo sabemos. Se han gustado desde el colegio, chicos ya es hora que lo acepten. Rafa salió sin pronunciar palabra alguna hacia las motos, enmudecí creyendo que había arruinado la situación. -Lo siento Zuzu – pronuncié mientras agachaba la mirada. Justo en ese momento Rafa regreso y ante todos nosotros hizo algo que planeaba desde hace años cuando partió hacia Minsk a estudiar. Se arrodilló y pronunció: -Luisana los problemas que puedo tener se disipan cuando apareces, tu sonrisa encantadora me ilumina y hace que las adversidades queden en el pasado. Eres una maravillosa amiga, pero siento que serías mucho mejor como esposa. Te pido por favor que me permitas llevarte al altar y consolidar nuestro amor en el matrimonio. Por primera vez vi una emoción afluir en las pupilas de Francisco, siempre había sido tan frio, tan ensimismado. -Al fin lo hiciste Rafa – pronunció Francisco con algarabía – llevas años pensándotelo. – Deja que Zuzu diga algo – murmuré entre dientes mientras le daba un codazo. Regresamos nuestra mirada hacia ella, la cual aún estaba estupefacta. Creo que ella nunca lo había imaginado así, allí, y dudo que haya estado preparada para ello, pero sabía que ella lo amaba desde el primer momento en que lo vio. -Sería un honor ser tu esposa – respondió entrecortado – eres el hombre perfecto para mí. Todos nos abrazamos, yo gimoteé como una magdalena. Rafa esta vez, solo esta vez, no tomo la foto y salió en ella, sin saber que sería el último recuerdo de los cuatro juntos. La gente se conmocionó junto con la pelirroja, demostrando ese cobijante amor al prójimo que identifica a la ciudad de las flores. Cuando la algarabía pasó, nos subimos a las motos y emprendimos nuestro retorno. – Volvamos por otro lado– dijo Francisco. -Estoy de acuerdo– respondí. Zuzu no dijo nada y Rafa estaba embelesado en ella. Enciendo el motor, me ajusto la chompa, pongo el cambio y recojo mi cabello en el casco. Salimos a carretera y una hora después a la altura de Montalvo decidimos tomar una carretera misteriosa que no aparecía en nuestro GPS, pero después de todo la aventura era la gasolina de nuestra vida. De pronto, la neblina era demasiado densa, la moto de Zuzu derrapo primero y Rafa freno a raya para ayudarle, más el que cayo fue él. No le veía, empecé a gritar su nombre en una vana desesperación por una respuesta, más el tiempo se hacía eterno mientras lo buscábamos entre esas nubes que en otra situación hubieran sido una maravilla. Llegue hacia Francisco y juntos seguimos a pie llamando tanto a Zuzu y a Rafael entre la pesada bruma. A lo lejos, la veo parada con la mirada perdida en el horizonte, corremos hacia ella. – ¿Estás bien? –pregunte mientras le estremecía, ella solo miraba el horizonte sin decir palabra alguna. – ¿Qué sucede Zuzu? ¡Responde! ¡Dime algo! ¡Cualquier cosa! – sollozaba al gritarle. – Carabita no sé dónde está Rafa – dijo con una mirada vacía. Lo buscamos por todos lados, a estas altura ya no recordábamos donde habíamos dejamos las motos. Mire por el barandal del barranco y volví a gritar con todas mis fuerzas, mas no hubo respuesta ni del eco. Seguimos caminando juntos unos cuantos metros hacia delante hasta que vimos unas sombras que se dirigían hacia nosotros. Eran unas personas. "Estamos a salvo" pensé Eran una familia muy peculiar. Blancos, o talvez algo más transparentes. Eran como si el primer copo de nieve del invierno más frio jamás antes visto, hubiese tomado forma humana y tétrica. A mí no me importó, solo quería saber si lo habían visto. Con una voz grave el anciano respondió a mi pregunta con otra: – ¿Quieren ver la cripta que construimos mi familia y yo? – Señora por favor solo dígame si ha visto a mi amigo – dije a la señora con la esperanza de encontrar respuesta más ella se limita a tener la mirada perdida y el pequeño niño de aproximadamente unos 6 años se esconde entre sus piernas. – ¿Quieren ver la cripta que construimos mi familia y yo? – rezumba su grave voz otra vez. -Puede que esté allá – dice Zuzu, suspirando. -No creo que sea prudente–responde Francisco. -Iré yo – replico, y entre la neblina se despeja un camino por el que la familia baja hacia el barranco, con indicios de que les siga. Empiezo a caminar y siento mi corazón arrítmico y taquicárdico a la vez. – ¡No vayas Carabita! –dijo Francisco, usando el apodo que alguna vez me dio Zuzu, mostrando así empatía por primera vez hacia mí. -No tengo miedo, regresare en un rato, les quiero. -También iremos, dijeron ante mi asombro y mientras una sombría sonrisa se dibujaba en el rostro del anciano. Bajamos aquel extraño sendero de piedra mientras el celaje se compactaba a nuestra espalda. Parecían horas las que habíamos caminado siguiendo a la insólita familia. Nuestros corazones aun palpitaban fuerte y había tanto silencio que creía poder escucharlos en mi cabeza como el reloj de una bomba activa. Cuando parecía que perdíamos toda fuerza vital, vimos un tipo de cavidad kárstica, de aproximadamente un centenar de metros de recorrido, poca iluminación y mucha humedad. Atravesé por aquel portal y mis amigos se quedaron afuera, aun dudosos de entrar. Regrese la mirada hacia el anciano y me sorprendí de lo cerca que él se encontraba de mí. –Lo siento niña pero desde aquí tu recorrido es en soledad. Ante mi asombro la familia completa se esfuma frente a mis ojos. Zuzu y Francisco no me ven ni me escuchan no pueden entrar, ni yo salir. Y así, empieza mi viaje, mi aventura. El lugar era mohoso y húmedo, características que iban en aumento a medida que me adentraba en él. Mientras más caminaba, más fuerte era el olor relente de esas paredes envejecidas. ¡Muévete más rápido! Me repetía a menudo para no olvidar mi objetivo. Tenía que encontrar a Rafa y salir de aquel horrible lugar. En aquella oscura zona, llegue a un punto en el cual aparecieron un centenar de túneles. – ¿Por dónde iré? – dije para mí misma. Actué de la misma manera en la que siempre tomaba decisiones. Se las dejaba al destino. Tome un camino al azar, esperanzada en no echarlo todo a perder. Después de varios minutos que parecían eternos, llegue al final de este, que no era más que un lugar común para todos los caminos. "Eso no tiene sentido" pensé extrañada. Estaba frente a la realidad de la vida, pues está siempre te hace tomar decisiones haciéndote creer en un libre albedrio tan falso como la teoría de las cuerdas, cuando en realidad, el destino ya está trazado sobre papel con tinta fina. El anciano volvió a aparecer muy cerca de mí y me toca el hombro con su huesuda y fría mano. No me asusté pero debo admitir el pequeño sobresalto que me dio. -Haz llegado a tu destino niña – su voz sonó menos gutural de lo que recordaba – de aquí para allá hay un mundo lleno de lo que siempre soñaste despierta. –Se abrió ante mí un camino lleno de exactamente todo lo que me gustaba. Entonces, empezó mi gran enemiga, mi propia lógica. ¿Y si todo era un espejismo? , ¿Y si solamente era una trampa? No, no lo sabía, pero de verdad quería ir allá. Entonces llegó... aquella decisión que no le puedes dejar al destino -Necesito saber los pormenores – exprese. –Mira, allá tú no tendrás la forma que tienes ahora, volverás a tu forma original, solo te doy la oportunidad de volver a donde perteneces, tu castigo ha culminado, siempre dijiste que en cuanto pudieras te desharías de ese cuerpo que era una cárcel, ¿no? –Pues sí, esto es lo que quería, no me echaría para atrás ahora. De pronto un flash abarroto mi cabeza con recuerdos y sensaciones olvidadas de mi verdadera vida. –Acepto- repliqué- pero necesito un favor antes de partir. -Dímela y te diré si es posible. –Desearía volver a despedirme de mis amigos y saber si Rafa se encuentra bien. –Él está bien, fue solo un señuelo. Puedes volver, pero no puede haber ningún contacto físico. De repente estaba justo en el lugar donde mi aventura había empezado. Era como si todo lo que caminé, hubiera sido tan solo un pequeño paso. A través del portal los vi. Los 3 se veían realmente preocupados. –Hola –dije. Ellos reconocieron mi voz pero parecían no verme –Carabita, ¿Dónde estás? – dijo Zuzu Suspire y me di cuenta que yo ya había cambiado de forma, no sabía cómo ni cuándo, solo sabía que ahora era un majestuoso cárabo. Volé bajo y me pose sobre un árbol cercano, y mientras les explicaba, ellos no podían contener sus lágrimas. –Siempre supe que no pertenecías aquí – dijo una sonriente pero desolada Zuzu- sigue tu camino mi hermoso Cárabo, vuela alto que siempre vivirás en mí. Desplegué mis alas y volví hacia mi propio paraíso, mi lugar encantado, mi selva prohibida. Mi hogar. FIN
Oops! This image does not follow our content guidelines. To continue publishing, please remove it or upload a different image.