Introducción

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    Abro los ojos y no veo nada. No escucho nada, excepto un profundo y aplastante silencio que inunda aquella microscópica sala blanca en la que me encuentro. Nada aparte de mí invade ese retículo enano, ni siquiera mi sombra, sólo yo.

    Palpo las paredes en busca de alguna salida, pero no soy capaz de encontrarla, ni puertas, ni ventanas. Las paredes se encuentran completamente desnudas, no consigo descubrir sus límites. El miedo me aborda al ver que el tiempo pasa y no puedo escapar. Golpeo y araño los muros hasta que mis manos magulladas por el ímpetu de los impactos comienzan a sangrar, pero no soy capaz de sentirlo.

    Grito, sin embargo, no me oigo. Me desespera esa sensación de claustrofobia. Caigo sobre el suelo exasperada. La sala cada vez se vuelve más pequeña. Me cuesta respirar, esa presión en el pecho me ahoga. Siento como si mil alfileres atravesaran mi vientre. Puedo escuchar como mi corazón rebota contra las paredes de mi pecho intensamente. Los muros de la sala se aproximan a mi cuerpo que poco a poco se ve obligado a encorvarse dolorosamente. Mi corazón late cada vez más deprisa y más fuerte.

    Ya no existe espacio en aquella sala. Ya no puedo respirar. Ya no escucho mi corazón. Cierro los ojos firmemente. Ya no siento nada.

    Al despertar me encuentro aturdida, me pregunto dónde estoy. Por más que lo intento, no consigo ver nada más que un vacío completamente negro. Estoy flotando en medio de la nada, como si la gravedad no existiera.

    No sé qué ha sido de aquella sala que empequeñecía por momentos, ya no hay paredes que me rodeen. Todo me resulta muy extraño, no entiendo qué está pasando. Me doy cuenta de que ahora tampoco escucho nada, pero esa sensación de agobio ha desaparecido, ahora el silencio transmite paz. Llevo mi mano hasta mi pecho buscando, sin éxito, el palpitar de mi corazón y noto que mi piel está helada, aunque yo no siento el frío.

    En realidad, continúo sin sentir absolutamente nada, pero no es algo que me preocupe porque tampoco siento dolor, ni esa sensación de asfixia que me producían mis problemas, mi vida, yo. Todo aquello que lentamente va esfumándose de mis recuerdos, sin darme oportunidad a percatarme de ello. Aquella vida que he dejado atrás.

   Tras unos minutos disfrutando del sosiego después de tanta angustia, puedo divisar a lo lejos un misterioso haz de luz. Decido acercarme, pero ¿cómo? No hay ninguna superficie que pisar o a la que agarrarse. Intento avanzar agitando mis brazos y mis piernas como si de nadar se tratara y sorprendentemente funciona, consigo aproximarme.

    Más que de nadar, tengo la sensación de estar volando. Conservo un vago recuerdo de un deseo incondicional de volar. Cuando era pequeña, me tumbaba en el césped boca arriba y observaba el cielo, las nubes y los pájaros. Me imaginaba volando junto a ellos, sintiendo esa sensación de libertad, evadiéndome del mundo, huyendo de los problemas.

    El destello se vuelve cada vez más intenso y me resulta difícil mantener la mirada fija sobre él. Ya estoy lo suficientemente cerca para poder distinguir lo que es. Se pueden reconocer pequeñas figuras de personas dentro del resplandor. Sus rostros me resultan notoriamente familiares, pero no consigo recordar quienes son.

    Trato de aferrar ese extraño elemento, pero me es imposible, es completamente incorpóreo y mis manos lo atraviesan. Al intentar acercarme para examinar la escena que retransmite el pequeño haz de luz, una fuerza muy intensa parecida al viento me empuja hacia él. Pierdo el equilibrio mientras floto, tengo la sensación de que la gravedad ha vuelto y se desploma sobre mí haciendo que mi cuerpo se vea obligado a precipitarse hacia el vacío mientras caigo en un profundo e inevitable sueño.

Mi MentiraWhere stories live. Discover now