El sonido insistente de la alarma perfora el silencio de la madrugada hasta arrancarme del sueño. No es un despertar suave, es todo lo contrario: brusco, áspero, cómo si alguien me tirara de vuelta a una vida que no tengo ganas de habitar.
Mis ojos se abren de mala gana pero tengo fé en que el agua fría atraviese mi piel y active mis sentidos.
Mi nombre es Gissell Adams. Tengo 18 años y trabajo como ayudante en el restaurant de mis tíos, con quienes vivo desde la muerte de mis padres, cuando apenas tenía 3 años. Por lo cual, es normal que no tenga recuerdos de sus voces, sus rostros, ni siquiera el calor de sus abrazos.
A veces intento imaginar cómo hubieran sido las cosas si ellos no hubieran muerto... Sin lugar a dudas hubiera sido mucho mejor de lo que vivo ahora.
El sonido de pasos arrastrándose por el pasillo me saca de mis pensamientos. Lentos, pesados... Irritantes. Se detienen justo frente a mi puerta.
-¡¿Crees que son horas para estar holgazaneando?! ¡Baja inmediatamente y prepara el desayuno, mocosa!- grita mi tía.
Aprieto los labios y ruedo los ojos, refugiada en el baño.
- Bajo en un momento- respondo, sin esperar respuesta.
Son las 6 de la mañana cuando el desayuno ya está servido. La mesa está completa pero nadie habla, nadie pregunta. Nadie mira realmente a nadie, hasta que Ricardo, mi primo de ocho años, rompe esa frágil quietud.
- ¡Mamá! Este jugo no sabe a nada.
- Puedes añadirle más azúcar...- acoto
- No se que haces todavía acá- me interrumpe tío Alfred- Deberías estar ya en el restaurante limpiando para abrir.
Asiento en silencio mientras mi tío deja su taza de café sobre la mesa y se prepara para marcharse.
- Adiós Lorena- besa la frente de su esposa- y tu pequeño sigue portándote bien en la escuela.
Lo cierto es que Ricardo es un niño malcriado y problemático. Pero nadie en esta casa lo admitirá, al menos, no en voz alta.
Cuando termino de limpiar las cosas y me preparo para esperar el autobus, me siento en calma nuevamente. El aire de la mañana es fresco, limpio... Libre. Y por un instante, solo por uno, siento que puedo respirar de verdad. El día no parece tan malo desde aquí. De hecho, incluso en medio de una tormenta me sentiría mejor que dentro de esa casa.
¿Por qué sigo todavia ahí?
Podría decir que es por el techo, por la comida, por la seguridad... Pero no. Esa es la respuesta fácil, es mi mentira más conveniente.
La verdad es otra.
Ellos son lo único que me conecta con mi pasado.
En esa casa - aunque duela admitirlo- todavía existe la posibilidad de encontrar algo de mis padres. Un rastro. Un indicio. Un recuerdo que me diga que fueron reales.
Lamentablemente, el único recuerdo que pude rescatar de entre las cosas viejas del sótano fue una fotografía de mis padres junto a mí posando para la cámara con una cálida sonrisa que traspasa el papel... La única prueba de que alguna vez fui querida.
El sonido del autobús interrumpe mis pensamientos.
Soy de las primeras en subir y mientras me acomodo, siento una mirada a través de la ventana.
El desconocido mantiene el contacto visual y tengo el impulso de avisarle al chofer pero me detengo. Es cómo si su mirada me atrapara y el tiempo se detuviera. Pero el tiempo nunca se detiene y escucho el rugir del motor.
Quiero memorizar su rostro pero la capucha que lleva no me deja y además el sol ha empezado a chocar contra mi rostro.
¿Lo volveré a ver?
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Bajo la oscuridad
ParanormalUn mundo nuevo se abre ante Giss, una humana... que de un momento a otro se entera de la existencía de vampiros. Siete familias de sangre puras gobiernan bajo la oscuridad. Pero cuando los nuevos primogenitos suban al poder tendrán que lidiar con un...
