"¡Oye Arnold! ¡Oye Arnold"...
El fuerte sonido de la alarma despertó al joven rubio de un placentero descanso. Aún adormilado, estiró el brazo para apagar el ruidoso aparato que conservaba desde su niñez. Con sus recién 24 años cumplidos, no se arrepentía de haberse llevado semejante objeto al dejar la casa de huéspedes en la que había vivido casi toda su vida. Claro que decidir conservar un pequeño recuerdo de la infancia tenia sus consecuencias: cada que su prometida iba a visitarlo a su departamento, no podía soltar una risita al ver a la réplica miniatura de Arnold que lo despertaba cada mañana.
Despejó de su mente los pensamientos que lo trasladaban a otra época. No porque no le gustara tenerlos, sino porque de un tiempo para acá sentía una enorme nostalgia al pensar en el tiempo en el que era un pequeño niño, sin tantas preocupaciones como las que ahora lo aquejaban: los preparativos de su próxima boda, la cantidad de trabajo que estaba acumulando por el estrés del evento, el dinero que tenía que recolectar para traer a sus padres a la ceremonia, ya que se habían trasladado temporalmente a San Lorenzo para atender un caso de influenza que se había presentado en la Comunidad de Ojos Verdes... Tantas cosas que hacer y tan poco tiempo para hacerlas. Se levantó, y como cada mañana antes de comenzar su rutina diaria, miró el hermoso cielo oscuro a través del gran ventanal que se encontraba exactamente enfrente de la que ahora era su cama. Aun se vislumbraban algunas estrellas que centellaban en lo lejano del firmamento nocturno, y por un instante se sintió tan relajado que olvidó que estaba en su departamento y no en su antigua habitación, de la cual lo que más extrañaba era el techo de cristal que le permitía ver recostado en su cama el ir y venir de las nubes. Despertó de su ensoñación y se dirigió a tomar una ducha.
Las calles de Seattle aun se encontraban vacías a esa hora de la madrugada, pero ya era posible vislumbrar a algunas personas caminando apresuradamente a su trabajo. Tanto ajetreo era algo que no le terminaba de gustar al ahora hombre con cabeza de balón, y le hacía sentir, una vez más, el sentimiento de nostalgia que lo perseguía desde hacía unos meses. Abandonar Hillwood no había sido una decisión fácil, pero sabía que era lo mejor si quería lograr tener un crecimiento profesional. Para su suerte, su prometida no puso mucha resistencia ante la idea de abandonar el pequeño pueblo en el que se habían criado, sino que incluso pareciera mucho más contenta que el propio Arnold. De hecho, la chica le había propuesto inicialmente que se mudaran a California, donde ella consideraba que ambos podrían obtener mejores trabajos que los que tendrían en Seattle, pero el rubio le había dicho que ahora que sus padres tenían que viajar de nuevo a San Lorenzo no quería estar tan lejos de sus ya envejecidos abuelos. Además, le recordó el hecho de que su padre ya no era joven y también necesitaba las visitas frecuentes de ella. Si bien se habían mudado a la misma ciudad, como todo un caballero, Arnold se había negado a la propuesta de vivir al lado de su prometida, puesto que no pensaba comenzar a hacer las cosas mal teniendo tan cerca su compromiso marital, añadiendo el hecho de que él, pese a su edad adulta, aún no había intimado físicamente con una mujer, y el sólo hecho de pensar en tener que enfrentarse a una situación así antes de su noche de bodas lo llenaba de temor.
-Buenos días, licenciado Shortman. Demasiado temprano para estar en la oficina, ¿no lo cree?- un hombre un poco ya mayor de voz ronca y con atuendo de conserje sacó al rubio de su trance.
-¿Eh? Ah, buenos días Norman -respondió amablemente al darse cuenta de la mirada expectante del moreno a su lado - Lo consideraré como un halago tomando en cuenta que usted seguramente lleva aquí horas haciendo su trabajo y yo quedo como un flojo dormilón a su lado.
-No sea tan duro con usted mismo licenciado- Norman soltó una pequeña risita. Tenía años trabajando en el mismo edificio, y nunca había conocido a alguien tan amable como el hombre con el que se encontraba conversando. No importaba la hora del día, Arnold siempre tenía una sonrisa en su rostro y algo cordial que decir a quien le dirigiera la palabra.
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Irremediablemente eres tú
FanfictionHabían pasado ya 15 años desde que la pandilla se había visto por última vez en la P.S. 118. Después de su graduación de 6to grado. Cada uno había seguido un camino diferente, y solo algunos se habían vuelto a encontrar en la preparatoria e incluso...
