En el amanecer de la quinta ola,Cassie está huyendo por un tramodesolado de autovía. Huye de esosseres que aunque parezcanhumanos, deambulan por el campomatando a cualquiera. Dispersandoa los últimos supervivientes en latierra, aislando a los resistentes,intentando vencer, así, los últimosvestigios de la humanidad. Cassiesabe que mantenersea solas es laúnica opción para seguir con vida.Hasta que se topa con el cautivadory misterioso Evan Walker. Un jovenque parece capaz de ayudarle aencontrar a su hermano. Así queCassie deberá tomar una eleccióndefinitiva: confiar o perder laesperanza, desafiar o rendirse, viviro morir y abandonar o levantarse yluchar.Rick YanceyLa quinta olaLa quinta ola - 1ePub r1.0Edusav 12.11.13Título original: The 5th WaveRick Yancey, 2013Traducción: Pilar Ramírez TelloRetoque de portada: EdusavEditor digital: EdusavePub base r1.0PARASANDY. TUS SUEÑOS MEINSPIRAN YTU AMOR PERDURASi los alienígenas nos visitaran alguna vez, creoque el resultado sería similar a lo que sucediócuando Cristóbal Colón llegó a América: elasunto no acabó demasiado bien para losnativos.STEPHEN HAWKINGLa primera ola: ApagónLa segunda ola: Sube el oleajeLa tercera ola: PesteLa cuarta ola: SilenciadorLA QUINTA OLAIntrusión: 1995No habrá despertar.A la mañana siguiente, la mujerdormida no sentirá nada, salvo una leveinquietud y la sensación constante deque la observan. Su ansiedad remitirá enmenos de un día y pronto quedaráolvidada.El recuerdo del sueño permaneceráun poco más.En él, un enorme búho está posadoal otro lado de la ventana, observándolaa través del cristal con unos ojosgigantescos ribeteados de blanco.La mujer no despertará, ni tampocosu marido, que duerme junto a ella. Lasombra que cae sobre la pareja noperturbará su sueño. Y lo que viene abuscar la sombra, el bebé que esperadentro de la mujer dormida, no sentiránada.La intrusión no rasga la piel ni violacélula alguna del niño o de la madre.Acaba en menos de un minuto. Lasombra se retira.Ahora no hay nadie más que elhombre, la mujer, el bebé que llevadentro, y el intruso que se ha instaladoen el interior del bebé y que tambiénduerme.La mujer y el hombre se despertaránpor la mañana; el bebé lo hará unoscuantos meses más tarde, al nacer.El intruso que lleva dentro seguirádurmiendo y no despertará hasta variosaños después, cuando la desazón de lamadre del niño y el recuerdo de aquelsueño ya hayan desaparecido hacetiempo.Cinco años después, en una visita alzoo con su hijo, la mujer ve un búhoidéntico al de su sueño. La visión delbúho la inquieta por motivos que nologra comprender.No es la primera vez que sueña conbúhos en la oscuridad.Tampoco será la última.ILA ÚLTIMAHISTORIADORA1Los alienígenas son estúpidos.No hablo de los alienígenas deverdad. Los Otros no son estúpidos. LosOtros nos sacan tanta ventaja que escomo comparar al humano más tonto conel perro más listo. No hay color.No, me refiero a los alienígenas quenos montamos en la cabeza.Los que nos inventamos, los quellevamos inventándonos desde que nosdimos cuenta de que esas luces quebrillaban en el cielo eran soles como elnuestro y probablemente tenían planetascomo el nuestro girando a su alrededor.Ya sabes, los alienígenas queimaginamos, la clase de alienígenas quenos gustaría que nos atacaran:alienígenas humanos. Los has vistomillones de veces. Bajan en picadodesde el cielo en sus platillos volantespara arrasar Nueva York, Tokio yLondres, o recorren el campo enenormes máquinas parecidas a arañasmecánicas que escupen rayos láser; y lahumanidad siempre, siempre deja a unlado sus diferencias y se une paraderrotar a la horda alienígena. Davidmata a Goliat y todos (salvo Goliat) sevan a casa contentos.Qué mierda.Es como si una cucaracha ideara unplan para derrotar al zapato que sedispone a aplastarla.No hay forma de saberlo a cienciacierta, pero apuesto lo que sea a que losOtros conocen a los alienígenashumanos que nos imaginábamos, yapuesto lo que sea a que les hicieronmuchísima gracia. Seguro que separtieron el culo de risa; si es que tienensentido del humor... o culo. Seguro quese rieron como nos reímos nosotroscuando un perro hace una monería muytonta: «¡Ay, pero qué monísimos que sonestos humanos tan tontos! ¡Creen quepensamos como ellos! ¿No sonadorables?».Olvídate de platillos volantes,hombrecillos verdes y arañas mecánicasgigantes que escupen rayos mortíferos.Olvídate de batallas épicas con tanquesy cazas, y de la victoria final de losindómitos e intrépidos luchadoreshumanos sobre el enjambre de ojossaltones. Está tan lejos de la realidadcomo su planeta moribundo del nuestro,lleno de vida.Lo cierto es que, en cuanto nosencontraron, podríamos habernos dadopor muertos.2A veces pienso que tal vez sea el últimoser humano de la Tierra.Lo que significa que soy el últimoser humano del universo.Sé que es una tontería: no puedenhaberlos matado a todos... aún. Sinembargo, no me extrañaría nada que alfinal lo consiguieran. Entonces se meocurre que eso es lo que los Otrosquieren que piense.¿Recuerdas a los dinosaurios? Pueseso.Vale, probablemente no sea el últimoser humano de la Tierra, pero sí uno delos últimos. Completamente sola (y conbastantes probabilidades de seguir así)hasta que la cuarta ola me barra y acabeconmigo.Es una de esas cosas en las quepienso por las noches. Ya sabes,pensamientos típicos de las tres de lamadrugada, en plan: «Estoy jodida».Cuando me hago un ovillito, tan asustadaque no logro cerrar los ojos, y me ahogaun miedo intenso, tanto que tengo querecordarme respirar y pedir a micorazón que siga latiendo. Cuando elcerebro se me declara en huelga yempieza a patinar como un CD rayado.«Sola, sola, sola, Cassie, estás sola».Así me llamo: Cassie.No Cassie por Cassandra, ni Cassiepor Cassidy. Es Cassie por Casiopea, laconstelación, la reina atada a su silla delcielo del norte; la que era bella, aunquevanidosa, de modo que el dios del mar,Poseidón, la subió a los cielos comocastigo por presumir tanto. Su nombresignifica «la de las palabras excelsas»en griego.Mis padres no sabían nada de esemito, pero les gustó el nombre.Nadie me llamaba nunca Casiopea,ni siquiera cuando aún quedaba gente ami alrededor que pudiera llamarme.Solo mi padre, cuando me tomaba elpelo, y siempre con un acento italianopésimo: Casss-i-oo-peee-a. Me volvíaloca. No me parecía ni gracioso nimono, y lo único que conseguía era queacabara odiando mi nombre. «¡Me llamoCassie! —le chillaba—. ¡Solo Cassie!».Ahora daría lo que fuera por oírselodecir una vez más.Cuando iba a cumplir los doce(cuatro años antes de la Llegada), mipadre me regaló un telescopio por micumpleaños. Una fresca noche de otoñode cielo despejado, colocó el telescopioen el patio de atrás y me enseñó laconstelación.—¿Ves que parece una uve doble?—me preguntó.—¿Por qué la llamaron así si tieneforma de uve doble? —repuse—. ¿Uvedoble de qué?—Bueno... No sé si secorresponderá con algún nombre —respondió con una sonrisa.Mi madre siempre le decía que erasu rasgo más atractivo, así que la usabaa menudo, sobre todo cuando empezó aquedarse calvo. Ya sabes, para desviarla atención de su interlocutor hacia susonrisa.—Total, ¡que la uve doble puede serpor lo que quieras! ¿Qué te parece«windsurf»? ¿Y «wow»? ¿«WonderWoman»?Me puso la mano en el hombromientras yo miraba a través de la lentelas cinco estrellas que ardían a más decincuenta años luz del punto en que nosencontrábamos. Notaba el aliento de mipadre en la mejilla, cálido y húmedocomparado con el aire frío y seco delotoño. Su respiración tan cerca y lasestrellas de Casiopea tan lejos.Ahora las estrellas parecen muchomás próximas: no diría que están a másde los cuatrocientos ochenta y dos milbillones de kilómetros que nos separan.Se encuentran lo bastante cerca para quepuedan tocarme y yo, a ellas. Tan cercade mí como el aliento de mi padre aqueldía.Eso suena a locura. ¿Me he vueltoloca? ¿He perdido la cabeza? Solopodemos saber que alguien está loco sihay un cuerdo con quien compararlo.Como el bien y el mal: si todo fuerabueno, nada sería bueno.Buf, eso suena... a locura.Locura: la nueva normalidad.Supongo que podría llamarme loca,porque solo hay una persona con quienpuedo compararme: yo misma. No merefiero a la persona que soy ahora, laque tiembla dentro de una tienda decampaña en el bosque, demasiadoasustada para sacar la cabeza del sacode dormir. No hablo de esta Cassie, sinode la Cassie que era antes de la Llegada,antes de que los Otros aparcaran sustraseros alienígenas en nuestra órbita. Lapersona que era a los doce años cuyosmayores problemas se reducían a tres: ladiminuta lluvia de pecas que le cubría lanariz, un pelo rizado indomable y elchico guapo que, aun viéndola todos losdías, ni siquiera se había percatado desu existencia. La Cassie que empezaba ahacerse a la idea de la dolorosa realidadde que era normalita. De aspectonormalito. De notas normalitas.Normalita en deportes como el kárate yel fútbol. De hecho, lo únicoexcepcional en ella era su extrañonombre (Cassie por Casiopea, cosa que,de todos modos, tampoco sabía nadie) yel hecho de que podía tocarse la narizcon la punta de la lengua, habilidad quedejó de ser impresionante en cuantollegó al instituto.Es probable que esté loca desde elpunto de vista de esa Cassie.Y ella está loca desde mi punto devista, lo tengo claro. A veces le grito,grito a esa Cassie de doce años que sedeprime por su pelo, por su nombre raroo por ser normalita. «¿Qué estáshaciendo? —le grito—. ¿Es que nosabes lo que se te viene encima?».Sin embargo, eso no es justo. Laverdad es que no lo sabía, no podíahaberlo sabido, y esa fue su suerte y larazón por la que la echo tanto de menos,más que a nadie, si soy sincera. Cuandolloro, cuando me permito llorar, lloropor ella. No lloro por mí, sino por laCassie que ha desaparecido.Y me pregunto qué pensaría esaCassie de mí.De la Cassie que mata.3No debía de ser mucho mayor que yo,dieciocho, puede que diecinueve años.Aunque, bueno, por lo que sé, igual teníasetecientos diecinueve. Han pasadocinco meses y ni siquiera estoy segurade si la cuarta ola es humana, unaespecie de híbrido o los Otros enpersona. De todos modos, la verdad esque no creo que los Otros tengan elmismo aspecto que nosotros, hablencomo nosotros y sangren como nosotros.Me gusta pensar que los Otros son...,bueno, otros.Fue en mi incursión semanal enbusca de agua. Hay un arroyo cerca demi campamento, pero me preocupabaque estuviera contaminado, ya fuera poralgún producto químico, por aguasfecales o por algún cadáver río arriba.O que estuviera envenenado. Privarnosde agua potable sería una formaexcelente de barrernos por completo.Así que una vez a la semana me echoal hombro mi fiel M16 y salgo delbosque a pie camino de la interestatal. Ados kilómetros al sur, nada más tomar lasalida 175, hay un par de gasolinerasque tienen tienda. Cargo con todas lasbotellas de agua que puedo, lo que no esmucho, ya que el agua pesa, y, antes deque caiga la noche, regreso a toda prisaa la autovía y a la relativa seguridad delos árboles. El mejor momento paramoverse es el anochecer. Nunca he vistoa un teledirigido a esas horas. Tres ocuatro durante el día y muchos más porla noche, pero nunca al anochecer.En cuanto entré por la puertadestrozada de la gasolinera supe quealgo había cambiado. En realidad no vinada distinto; la tienda parecía estarexactamente igual que la semanaanterior: las paredes cubiertas de grafiti,los estantes volcados, el suelo lleno decajas vacías y heces secas de rata, lascajas registradoras reventadas y lasneveras saqueadas. Era el mismorevoltijo apestoso y desagradable por elque había tenido que pasar semana trassemana durante el último mes parallegar a la zona de almacenaje de detrásde las vitrinas refrigeradas. No lograbaentender por qué la gente se habíallevado las cervezas, los refrescos, eldinero de las cajas y los rollos debilletes de lotería y, sin embargo, habíadejado allí los dos palés cargados deagua potable. ¿En qué estabanpensando? ¿«¡Es el Apocalipsisalienígena! ¡Corre, coge las cervezas!»?El mismo caos de desperdicios, elmismo hedor a rata y a comida podrida,el mismo remolino de polvo que semovía caprichosamente bajo la luzturbia que entraba por las suciasventanas, y el desorden seguía en orden,intacto, como siempre.Sin embargo...Había cambiado algo.Estaba en el pequeño charco decristales rotos de la entrada de la tienda.No lo vi, no lo oí, no lo olí ni lo sentí,pero lo sabía.Algo había cambiado.Hace mucho tiempo que los humanosno son presas, puede que unos cien milaños. Sin embargo, en lo más profundode nuestros genes permanece elrecuerdo: la gacela siempre alerta, elinstinto del antílope. El viento quesusurra entre la hierba. Una sombra quese mueve entre los árboles. Entoncesaparece la vocecita que dice: «Shh, estácerca. Muy cerca».No recuerdo haberme descolgado elM16 del hombro. De repente lo tenía enlas manos con el cañón hacia abajo y elseguro quitado.«Cerca».Hasta entonces, el blanco másgrande al que había apuntado era unconejo, y en realidad había sido unaespecie de experimento para asegurarmede que era capaz de usar el arma sinacabar pegándome un tiro en algunaparte de mi anatomía. Una vez disparépor encima de la cabeza de unos perrossalvajes que se habían interesado másde la cuenta por mi campamento. Y otradisparé casi al cielo, apuntando a undiminuto punto reluciente de luz verde:era su nave nodriza, que se deslizabapor el cielo con la Vía Láctea de fondo.Vale, reconozco que fue una estupidez.Como montar un cartel publicitario conuna flecha enorme señalándome lacabeza junto a las palabras: «¡EEEH,ESTOYAQUÍ!».Después del experimento del conejo(volé al pobre animalito en mil pedazos,convertí al Conejo Blanco en una masairreconocible de tripas y huesos rotos),renuncié a la idea de usar el fusil paracazar. Ni siquiera hacía prácticas detiro. En el silencio que se impuso en laTierra tras la cuarta ola, las balas hacíanmás ruido que una bomba atómica.De todos modos, el M16 era comomi amigo del alma. Siempre a mi lado,incluso de noche, metido en el saco dedormir conmigo, fiel y leal. En la cuartaola no puedes confiar en que la gentesiga siendo gente, pero sí en que tu armasiga siendo tu arma.«Shh, Cassie, está cerca».«Muy cerca».Tendría que haber huido, tendría quehaberle hecho caso a esa vocecita queme hablaba. Esa vocecita es más viejaque yo, más vieja que la persona másvieja que haya existido nunca.Debería haberle hecho caso.Sin embargo, en lugar de eso, meconcentré en el silencio de la tiendaabandonada, escuché atentamente. Algoestaba cerca. Me alejé un paso de lapuerta y un pedazo de cristal roto crujióligeramente al pisarlo.Entonces, el Algo hizo un ruido, unsonido entre tos y gemido. Procedía dela habitación trasera, la de detrás de losrefrigeradores, donde estaba mi agua.Y entonces ya no me hizo falta lavocecilla para saber lo que tenía quehacer. Era obvio, no había vuelta dehoja: huir.Sin embargo, no lo hice.La primera regla para sobrevivir ala cuarta ola es no confiar en nadie, seacual sea su aspecto. Los Otros hanacertado en eso... Bueno, en realidadhan acertado en todo. Da igual quealguien tenga el aspecto adecuado, digalas cosas adecuadas y actúe justo comoesperas. ¿Acaso no fue la muerte de mipadre prueba de eso? Aunque eldesconocido sea una ancianita tan dulcecomo tu tía abuela Tilly y lleve un gatitoen brazos, no puedes estar seguro (nuncase sabe) de que no sea uno de ellos, deque detrás de ese gatito no haya un 45cargado.No es inconcebible. Cuanto máspiensas en ello, más posible te parece.Hay que acabar con la ancianita.Es la parte más difícil. Si me paro apensarlo, me dan ganas de escondermeen el saco de dormir, cerrar lacremallera y morir de hambre poco apoco. Si no puedes confiar en nadie, nodebes hacerlo. Mejor dar por sentadoque la tía Tilly es uno de ellos en vez dearriesgarte a suponer que es otrosuperviviente como tú.Es diabólico.Nos divide. Hace que resulte mássencillo cazarnos y erradicarnos. Lacuarta ola nos obliga a permanecer ensoledad, a olvidarnos de que la uniónhace la fuerza, hasta que, poco a poco,nos volvemos locos por culpa delaislamiento, el miedo y la terribleespera de lo inevitable.Así que no hui, no podía. Ya fuerauno de ellos o una tía Tilly, tenía quedefender mi territorio. La única formade seguir viva es seguir sola. Esa es lasegunda regla.Me dejé guiar por esa tos entresollozos o esos sollozos entre toses,como queramos llamarlo, hasta quellegué a la puerta que daba a lahabitación de atrás sin apenas respirar,de puntillas.La puerta estaba entreabierta, habíael espacio justo para entrar de lado.Justo delante de mí, en la pared, habíauna estantería metálica; a la derecha, ellargo pasillo estrecho que recorría lafila de refrigeradores. Allí no habíaventanas. La única iluminación procedíadel pálido brillo naranja del día quemoría detrás de mí, aunque el resplandorbastaba para proyectar mi sombra sobreel suelo pegajoso. Me agaché, y misombra se agachó conmigo.No podía ver el pasillo más allá delborde del refrigerador, pero oía aalguien (o a algo) al otro extremo. Tosía,gemía y dejaba escapar aquellossollozos húmedos.«O está malherido o finge estarlo —pensé—. O necesita ayuda o es unatrampa».A eso se ha reducido la vida en laTierra desde la Llegada: o una cosa o laotra.«O es uno de ellos y sabe que estásaquí o no es uno de ellos y necesita tuayuda».En cualquier caso, tenía quelevantarme y doblar aquella esquina.Así que me levanté.Y doblé la esquina.4Estaba tirado en el suelo, con la espaldaapoyada en la pared y las piernasestiradas, a unos seis metros de mí.Tenía las piernas largas y se agarraba elestómago con una mano. Llevabauniforme militar y botas negras, e ibacubierto de porquería y de sangrereluciente. Había sangre por todaspartes: en la pared que tenía detrás, enel charco que manchaba el frío hormigónsobre el que estaba sentado, en suuniforme, en su pelo, ya medio reseca...La sangre despedía un brillo oscuro,negra como el alquitrán en la penumbra.En la otra mano llevaba una pistola,y el cañón me apuntaba a la cabeza.Lo imité: su pistola contra mi fusil.Dedos doblados sobre los gatillos, elsuyo y el mío.Eso de que me apuntara con un armano probaba nada. A lo mejor era unsoldado herido que creía que yo era unode los Otros.O tal vez no.—Suelta el arma —balbuceó.«Ni de coña».—¡Suelta el arma! —gritó, o intentógritar.Las palabras le salían débiles ydecrépitas, derrotadas por la sangre quele subía desde la tripa. Le goteaba dellabio inferior, que colgaba, tembloroso,sobre su barbilla sin afeitar. Tambiéntenía los dientes manchados de sangre.Sacudí la cabeza. Yo estaba deespaldas a la luz y rezaba por que noviera lo mucho que tiritaba ni el miedoque me asomaba a los ojos. No era unpuñetero conejo lo bastante estúpidopara aparecer en mi campamento unamañana soleada. Se trataba de unapersona o, al menos, lo parecía.Lo curioso de matar es que no sabessi de verdad eres capaz de hacerlo hastaque lo haces.Lo dijo por tercera vez, no tan altocomo la segunda. Sonó a súplica.—Suelta el arma.La mano que sostenía la pistolavaciló y la boca bajó un poco hacia elsuelo. No mucho, pero para entoncesmis ojos ya se habían adaptado a la luz ydistinguí una gota de sangre que sedeslizaba por el cañón.Entonces soltó el arma.Le cayó entre las piernas con unfuerte ruido metálico. Después levantóla mano vacía y la sostuvo por encimadel hombro, con la palma hacia fuera.—Vale —dijo, esbozando mediasonrisa ensangrentada—, te toca.Sacudí la cabeza.—La otra mano —respondí,esperando parecer más fuerte de lo queme sentía.Me habían empezado a temblar lasrodillas, me dolían los brazos y lacabeza me daba vueltas. Tambiénreprimía el impulso de salir corriendo.No sabes si eres capaz de hacerlo hastaque lo haces.—No puedo —contestó.—La otra mano.—Si muevo esta mano, me temo quese me caerá el estómago.Ajusté la posición de la culata delfusil contra mi hombro. Estaba sudando,temblando, intentando pensar. «O unacosa o la otra, Cassie. ¿Qué vas a hacer,una cosa o la otra?».—Me muero —dijo sin más. A ladistancia a la que estaba, sus ojos noeran más que dos alfileres quereflejaban la luz—. Así que puedesacabar conmigo o ayudarme. Sé que ereshumana...—¿Cómo lo sabes? —me apresuré apreguntar antes de que se muriera.Si era un soldado de verdad, a lomejor sabía cuál era la diferencia.Habría sido una informacióntremendamente útil.—Porque, si no lo fueras, ya mehabrías disparado —respondió,sonriendo de nuevo.Con la sonrisa, le salieron hoyuelosen las mejillas, y me di cuenta de lojoven que era. No era más que un par deaños mayor que yo.—¿Ves? Y tú también lo sabes poreso —añadió en voz baja.—¿Saber el qué? —preguntémientras los ojos se me llenaban delágrimas.La visión de su cuerpo, hecho unovillo, temblaba ante mí, como unreflejo en una casa de los espejos, perono me atrevía a soltar el fusil pararestregarme los ojos.—Que soy humano. Si no lo fuera, tehabría disparado.Eso tenía sentido. O ¿tenía sentidoporque yo quería que lo tuviera? A lomejor había soltado el arma parapersuadirme de que yo soltara la mía y,cuando lo hiciera, sacaría la segundapistola que llevaba escondida bajo eluniforme para meterme una bala en elcerebro.Eso es lo que han conseguido losOtros: no te puedes unir a los demáspara luchar si no confías en ellos. Y sinconfianza no hay esperanza.¿Cómo se limpia la Tierra dehumanos? Arrebatándoles su humanidad.—Tengo que ver la otra mano —insistí.—Te he dicho...—¡Tengo que ver la otra mano! —grité, y ahí sí que se me rompió la voz,no pude evitarlo.—¡Pues vas a tener que dispararme,zorra! —gritó él, perdiendo los nervios—. ¡Dispárame ya de una vez!Dejó caer la cabeza sobre la pared,abrió la boca y se le escapó un aullidode angustia que rebotó de una pared aotra, del suelo al techo, hasta estrellarseal fin contra mis oídos. No supe sigritaba de dolor o de desesperación,consciente de que yo no iba a salvarlo.Había perdido la esperanza, y eso es loque te mata, te mata antes de que mueras,mucho antes de que mueras.—Si te la enseño —dijo, jadeando,meciéndose adelante y atrás sobre elhormigón ensangrentado—... Si te laenseño, ¿me ayudarás?No respondí. No respondí porque notenía respuesta. Funcionabananosegundo a nanosegundo.Así que lo decidió por mí. No iba adejarlos ganar, eso creo ahora. No iba aabandonar la esperanza. Si eso lomataba, al menos moriría con una pizcade humanidad intacta.Hizo una mueca y bajó despacio lamano izquierda. Ya casi había terminadoel día, no había apenas luz y, la quequedaba, parecía alejarse de su origen,de él, pasar junto a mí y salir por lapuerta entreabierta.Tenía la mano cubierta de sangremedio seca; era como si llevara unguante carmesí.La raquítica luz le besó la mano y sereflejó en algo largo, delgado ymetálico, así que mi dedo retrocediósobre el gatillo, el fusil me golpeó confuerza el hombro y el cañón se meencabritó en la mano al vaciarse elcargador. Y oí a alguien gritar desdemuy lejos, pero no era él, era yo, yo ytodos los que quedábamos con vida, sies que quedaba alguien más; todosnosotros, estúpidos humanos indefensose impotentes, todos gritando porque lohabíamos entendido mal, lo habíamosentendido todo mal: ningún enjambrealienígena descendía de los cielos enplatillos volantes o grandes vehículosmetálicos con patas, como salidos de LaGuerra de las Galaxias, ni eran E. T.arrugaditos y supermonos que soloquerían arrancar un par de hojas,comerse unos caramelos e irse a casa.No es así como acaba.No acaba así, en absoluto.Acaba con los humanos matándonosentre nosotros detrás de unosrefrigeradores de cerveza vacíos, a lamoribunda luz de un día de finales deverano.Me acerqué a él antes de quedesapareciera la luz. No paracomprobar que estuviera muerto —sabíaque lo estaba—, sino porque quería verqué llevaba en la mano ensangrentada.Era un crucifijo.5Esa fue la última persona que vi.Las hojas ya caen por cientos y lasnoches se han vuelto frías. No puedoquedarme en este bosque, no hay follajeque me oculte de los teledirigidos y nopuedo arriesgarme a encender unafogata... Tengo que salir de aquí.Sé adónde debo ir, lo sé desde hacetiempo. Hice una promesa, una de esaspromesas que no se rompen porque, si lohaces, se rompe una parte de ti, quizá lamás importante.Sin embargo, te dices cosas como:«Primero necesito preparar algo. Nopuedo entrar en la boca del lobo sin unplan». O: «Es inútil, ya no tiene sentido.Has esperado demasiado».Por la razón que sea, no me he idoantes. Debería haberme marchado lanoche que maté al soldado. No sé cómoacabó herido, no examiné el cadáver ninada, cosa que tendría que haber hechopor muy asustada que estuviera. Esposible que se hiriera en un accidente,pero lo más probable era que alguien (oalgo) le hubiera disparado. Y si alguieno algo le había disparado, ese alguien oese algo seguía ahí fuera... A no ser queel soldado del crucifijo hubiese acabadocon ella/él/ellos/ellas/ello. O el soldadoera uno de ellos y el crucifijo era untruco.Es otra de las formas en que juegancon nosotros: las inciertascircunstancias de una destrucción cierta.A lo mejor esa será la quinta ola, elmomento en que nos ataquen desdedentro convirtiendo nuestras mentes enarmas.A lo mejor el último humano de laTierra no morirá de hambre ni deexposición a las condiciones climáticas,ni devorado por animales salvajes.A lo mejor el último en morir lo haráa manos del último superviviente.«Vale, mejor no sigas por ahí,Cassie».Sinceramente, aunque quedarse aquíes un suicidio y tengo que cumplir mipromesa, no quiero irme. Este bosque hasido mi hogar durante mucho tiempo.Conozco todos los senderos, todos losárboles, todas las enredaderas y todoslos arbustos. Viví dieciséis años en lamisma casa y, a pesar de que no sé decirexactamente qué aspecto tenía mi patiotrasero, puedo describir con todo lujo dedetalles cada hoja y cada rama de estaparte del bosque. No tengo ni idea dequé hay más allá de esos árboles, nitampoco de los tres kilómetros deinterestatal que recorro cada semanapara abastecerme de provisiones.Supongo que mucho más de lo mismo:ciudades abandonadas que apestan aaguas residuales y a cadáverespodridos, casas calcinadas reducidas alos cimientos, perros y gatos salvajes, ycolisiones múltiples que cubrenkilómetros y kilómetros de autopista. Ycadáveres. Montones de cadáveres.Preparo la mochila. Esta tienda decampaña ha sido mi hogar durantemucho tiempo, pero es demasiadogrande y tengo que viajar ligera. Solo lobásico: la Luger, el M16, la munición ymi fiel cuchillo Bowie son los primerosde la lista. Saco de dormir, botiquín deprimeros auxilios, cinco botellas deagua, tres cajas de snacks de cecinaSlim Jim y algunas latas de sardinas.Odiaba las sardinas antes de la Llegada.Ahora han empezado a gustarme deverdad. ¿Lo primero que busco cuandoentro en una tienda de alimentación?Sardinas.¿Libros? Pesan y ocupan muchoespacio, y la mochila ya está a reventar.Pero los libros me pueden. Igual que ami padre. Después de que la tercera olaacabara con más de 3500 millones depersonas, llenó nuestra casa demontones de libros. Mientras los demásrebuscábamos agua potable y comida, yalmacenábamos armas para la últimabatalla que estábamos seguros que seproduciría, papá salía con la carretillade mi hermano pequeño para traerselibros a casa.Ni se inmutaba con las apabullantescifras. El hecho de que hubiésemospasado de siete mil millones depersonas a un par de cientos de miles encuestión de cuatro meses no minaba suconfianza en que la raza humanasobreviviría.—Hay que pensar en el futuro —insistía—. Cuando esto acabe tendremosque reconstruir casi todos los aspectosde la civilización.Linterna solar.Cepillo y pasta de dientes. Cuandollegue el momento, estoy decidida amorir con los dientes limpios. Quémenos.Guantes. Dos pares de calcetines,ropa interior, caja tamaño viaje dedetergente Tide, desodorante y champú(moriré limpia, véase más arriba).Tampones. Siempre estoypreocupada por mis reservas y por siseré capaz de encontrar más.Mi bolsa de plástico repleta defotos: papá; mamá; mi hermano pequeño,Sammy; mis abuelos; Lizbeth, mi mejoramiga; y una de Ben Parish (alias el tíomás impresionante del mundo) querecorté de mi anuario escolar porqueBen iba a ser mi futuro novio y/o/puedeque marido, aunque él no lo supiera. Benapenas era consciente de mi existencia.Conocía a algunas de las personas queél conocía, pero estaba al final del todo,y ni siquiera había grados de separaciónque nos separaran ni nos unieran. Laúnica pega de Ben era su altura: mellevaba más de quince centímetros.Bueno, en realidad ahora tiene dospegas: su altura y el hecho de que estémuerto.Mi móvil. Se quedó frito en laprimera ola y no hay manera decargarlo. Además, las antenas nofuncionan y, aunque funcionaran, no haynadie a quien llamar. Pero, ya sabes, esmi móvil.Cortaúñas.Cerillas. No enciendo fogatas, peroquizá tenga que quemar o volar lo quesea en algún momento.Dos cuadernos de espiral con rayas,uno de tapa morada y otro de tapa roja.Son mis colores favoritos, y además setrata de mis diarios. Es por eso quedecía de mantener la esperanza. Sinembargo, si finalmente soy la única quequeda y no hay nadie para leerlos, puedeque algún alienígena los lea y sepa loque pienso de ellos. Por si eres unalienígena y estás leyendo esto:QUE TE DEN.Mis Sugus, tras descartar los denaranja. Tres paquetes de chicles dementa. Mis últimos dos chupa-chupsTootsie Pops.La alianza de mamá.El viejo y raído oso de peluche deSammy. No es que ahora sea mío; no loabrazo por la noche ni nada de eso.Eso es todo lo que me cabe en lamochila. Qué raro, parece a la vezmucho y poco.Todavía queda espacio para un parde libros de bolsillo, aunque apenas.¿Huckleberry Finn o Las uvas de laira? ¿Los poemas de Sylvia Plath o ellibro de Shel Silverstein que pertenecíaa Sammy? Es probable que llevarse aPlath no sea buena idea: es deprimente.Silverstein es para críos, pero todavíame hace sonreír. Me decido porHuckleberry (parece apropiado) y porDonde el camino se corta. Allí nosvemos, Shel. Sube a bordo, Jim.Me echo la mochila a un hombro, elfusil al otro y bajo por el sendero quelleva a la autopista. No miro atrás.Me detengo al llegar al final de losárboles. Un terraplén de seis metrosbaja hasta los carriles que van endirección sur; está cubierto de cochesabandonados, ropa, bolsas de basurarotas y los restos quemados de tráileresque llevaban de todo, desde gasolina aleche. Hay coches accidentados portodas partes: algunos no se dieron másque golpes pequeños, mientras que otrosse vieron involucrados en choques encadena que abarcan kilómetros y máskilómetros de la interestatal. El sol de lamañana se refleja en los cristales rotos.No hay cadáveres. Estos cochesllevan aquí desde la primera ola, hacetiempo que sus dueños los abandonaron.No murió mucha gente en la primeraola, el gigantesco pulsoelectromagnético que atravesó laatmósfera justo a las once de la mañanadel décimo día. Solo medio millón, máso menos, según mi padre. Vale, mediomillón parece mucha gente, pero enrealidad no es más que una gota en elvaso de la población mundial. Elnúmero de muertos en la SegundaGuerra Mundial fue cien veces mayor.Y tuvimos algún tiempo paraprepararnos, aunque no supiéramosexactamente para qué nos estábamospreparando. Diez días desde que uno delos satélites mandó las primeras fotos dela nave nodriza pasando por delante deMarte hasta que lanzaron la primera ola.Diez días de caos. La ley marcial,sentadas en las Naciones Unidas,desfiles, fiestas en tejados, interminableparloteo en internet y coberturaveinticuatro horas al día de la Llegadaen todos los medios de comunicación. Elpresidente se dirigió a la nación... ydespués desapareció en su búnker. ElConsejo de Seguridad convocó unasesión de emergencia a puerta cerrada.Un montón de gente se marchó, comonuestros vecinos, los Majewski. El sextodía llenaron hasta arriba suautocaravana y se pusieron en camino,se unieron a un éxodo en masa hacia otraparte, porque, por algún motivo,cualquier otra parte parecía más segura.Miles de personas se fueron a lasmontañas, al desierto o a los pantanos.Ya sabes, a otra parte.La otra parte de los Majewski eraDisney World. No fueron los únicos,Disney batió todos los récords deasistencia durante esos diez díasanteriores al pulso.Papá le preguntó al señor Majewski:«¿Por qué Disney World?». Y el señorMajewski respondió: «Bueno, porquelos niños no han estado nunca». Sus«niños» ya iban a la universidad.Catherine, que había llegado a casade su primer año en Baylor el díaanterior, me preguntó: «¿Adónde vaisvosotros?».«A ninguna parte», respondí yo, yademás no quería ir a ninguna parte.Seguía negándome a aceptarlo: fingíaque toda esa locura de los alienígenassaldría bien, aunque no sabía cómo; talvez firmando un tratado de pazintergaláctico. O a lo mejor se habíanpasado a recoger un par de muestras detierra y después se irían a casa. O quizásestaban de vacaciones, como losMajewski, que se iban a Disney World.—Tenéis que iros —me dijo ella—.Primero atacarán las ciudades.—Supongo. Jamás se les ocurriríaarrasar el Reino Mágico.—¿Cómo preferirías morir? —mesoltó Catherine—. ¿Escondida bajo lacama o montada en la montaña rusa?Buena pregunta.Mi padre dijo que el mundo seestaba dividiendo en dos bandos: losque huyen y los que resisten. Los quehuían se dirigieron a las colinas... o a lamontaña rusa de Disney World. Los queresistían cegaron las ventanas contablas, se aprovisionaron de latas decomida y munición, y dejaron la telepuesta en el canal de la CNN 24 horas.Durante esos primeros diez días, nohubo mensajes de nuestros aguafiestasgalácticos. Ni espectáculos de luces, niaterrizajes frente a la Casa Blanca, nitipos de ojos saltones, cabezas de culo ymonos plateados que exigían serllevados ante nuestro líder. Ni una solacúpula reluciente dando vueltas mientrasemite a todo volumen el idiomauniversal de la música. Y no obtuvimosninguna respuesta cuando enviamosnuestro mensaje, que era algo así como:«Hola, bienvenidos a la Tierra.Esperamos que disfruten de su estancia.No nos maten, por favor».Nadie sabía qué hacer. Supusimosque el Gobierno tendría alguna idea,siempre tenían un plan para todo, así queimaginamos que habría uno por si E. T.aparecía sin invitación ni previo aviso,como el primo rarito del que nadiequiere hablar en la familia.Hubo gente que se quedó en casa.Otra que huyó. Algunas personas secasaron. Otras se divorciaron. Unoscuantos se pusieron a fabricar bebés.Otros tantos se suicidaron.Caminábamos de un lado a otro comozombis, sin expresión alguna en elrostro, mecánicamente, incapaces decomprender la magnitud de lo quesucedía.Ahora cuesta creerlo, pero mifamilia, como la gran mayoría, siguiócon su vida como si el acontecimientomás increíblemente alucinante de lahistoria de la humanidad no estuvieraocurriendo justo sobre nuestras cabezas.Mis padres iban a trabajar, Sammy iba ala guardería y yo iba a clase y a jugar alfútbol. Era todo tan normal que dabaescalofríos. Al final del primer día,todos los habitantes de más de dos añoshabían visto la nave nodriza de cercaunas mil veces: ese enorme casco queemitía una luz verde grisáceo, tenía eltamaño de Manhattan y daba vueltas encírculo sobre la Tierra, a unos 400kilómetros de distancia. La NASAanunció su plan: quitarle las bolas dealcanfor a una de las lanzaderasespaciales que tenían almacenadas yenviarla para intentar establecercontacto.«Vaya, suena bien —pensamos—.Este silencio es ensordecedor. ¿Por quéhan viajado miles de millones dekilómetros para quedársenos mirando?Es una grosería».El tercer día salí por ahí con unchico que se llamaba Mitchell Phelps.Bueno, en realidad simplementesalimos. La cita fue en mi patio de atráspor culpa del toque de queda. Mitchellpasó por el Starbucks de camino a casa,así que nos sentamos en el patio a beberlo que había comprado y fingimos no verla sombra de mi padre paseándose porel salón. Mitchell se había mudado a laciudad unos días antes de la Llegada. Sesentaba detrás de mí en literaturauniversal, y yo cometí el error deprestarle mi rotulador fluorescente. Asíque, antes de darme cuenta, ya me estabapidiendo salir, porque, naturalmente, unachica que te presta un rotulador debe decreer que estás bueno. No sé por quésalí con él, no era tan guapo y tampocoresultaba tan interesante una veztraspasado el halo de chico nuevo.Además, obviamente, no era Ben Parish.Nadie lo era (excepto Ben Parish), deahí el problema.Al tercer día, o te pasabas el díahablando de los Otros o procurabas notocar el tema en absoluto. Yo era de losdel segundo grupo.Mitchell, de los del primero.—¿Y si son como nosotros? —mepreguntó.Poco después de la Llegada, todoslos conspiranoicos empezaron achismorrear sobre proyectosclasificados del Gobierno o sobre elplan secreto para crear una crisisalienígena falsa y poder así arrebatarnosnuestras libertades. Como supuse queMitchell iba por ahí, gruñí.—¿Qué? —preguntó—. No merefería a nosotros, nosotros. ¿Y si sonnosotros en el futuro?—Y es como en Terminator, ¿no? —pregunté, poniendo los ojos en blanco—. Han venido para detener la rebeliónde las máquinas. O puede que ellos seanlas máquinas. A lo mejor es Skynet.—No creo —respondió él, como siyo lo hubiese dicho en serio—. Es laparadoja del abuelo.—¿El qué? Y ¿qué demonios es esode la paradoja del abuelo?Lo había dicho dando por sentadoque yo sabía lo que era, porque solo unidiota no lo sabría. Odio cuando la gentehace eso.—Ellos, quiero decir, nosotros, nopodemos viajar hacia atrás en el tiempoy cambiar algo. Si vas hacia atrás en eltiempo y matas a tu abuelo antes de quenazcas tú, no podrías volver atrás en eltiempo para matar a tu abuelo.—Y ¿por qué ibas a querer matar atu abuelo? —pregunté mientras retorcíala pajita de mi Frapuccino de fresa paraproducir ese ruido único que hacen laspajitas dentro de las tapas de plástico.—El tema es que cambias la historiasolo con aparecer —respondió, como sihubiese sido yo la que había sacado elasunto de los viajes en el tiempo.—¿Tenemos que hablar de esto?—¿De qué otra cosa vamos ahablar? —preguntó a su vez, arqueandolas cejas casi hasta la raíz del pelo.Mitchell tenía unas cejas muypobladas, era una de las primeras cosasde él en las que me había fijado.También se mordía las uñas. Eso fue losegundo en lo que me fijé. El cuidado delas cutículas dice mucho sobre unapersona.Saqué el móvil y envié un mensaje aLizbeth: «AYUDA».—¿Tienes miedo? —me preguntóMitchell, intentando llamar mi atencióno buscando consuelo.Me miraba fijamente.—No, simplemente estoy aburrida—mentí.Claro que tenía miedo. Sabía queestaba siendo mala con él, pero no podíaevitarlo. Por algún motivo que no podíaexplicar, me cabreaba. A lo mejorestaba cabreada conmigo misma poraceptar salir con un chico que enrealidad no me interesaba. O tal vezestaba cabreada con él por no ser BenParish, y eso no era culpa suya. Perodaba igual.«¿K T AYUDE CON K?», respondióLizbeth.—Me da igual de qué hablemos —dijo Mitchell.El chico miraba hacia el macizo derosas mientras le daba vueltas a losposos del café y su rodilla se agitabaarriba y abajo bajo la mesa con tantafuerza que me temblaba la taza.«CON MITCHELL», le dije a Lizbeth,pensando que no hacía falta añadir nadamás.—¿Con quién hablas? —mepreguntó él.«T DIJE K NO SALIERAS CON EL».—Con nadie que conozcas —respondí.«NO SE PK DIJE K SI».—Podemos ir a alguna parte —propuso Mitchell—. ¿Quieres ver unapeli?—Hay toque de queda —le recordé.Nadie podía estar en la calledespués de las nueve, salvo vehículosmilitares y de emergencia.«:D PARAPONER ABEN CELOSO».—¿Estás mosqueada o algo?—No, ya te he dicho lo que era.Él frunció los labios, frustrado. Nosabía qué decir.—Solo intentaba averiguar quiénesson —explicó.—Tú y todos los demás habitantesdel planeta —respondí—. Nadie lo sabede verdad, y ellos no nos lo dicen, asíque todo el mundo se pone a inventarseteorías, y eso no sirve de nada. Puedeque sean hombres ratón del espacio quevienen del Planeta Queso y buscannuestro provolone.«BP NO SABE K EXISTO», le escribí aLizbeth.—No sé si lo sabrás, pero es demala educación escribir mensajesmientras intento mantener unaconversación contigo —comentóMitchell.Tenía razón, así que me guardé elmóvil en el bolsillo y me pregunté quéme estaría pasando. La vieja Cassienunca lo habría hecho. Los Otros ya meestaban cambiando; me estabanconvirtiendo en algo distinto, pero yoquería fingir que no había cambiadonada, y menos yo.—¿Te has enterado? —me preguntó,volviendo al tema que ya le había dichoque me aburría—. Están construyendouna zona de aterrizaje.Me había enterado. La construían enDeath Valley. Sí, señor, eso es: en elvalle de la Muerte.—Yo creo que no es muy buena idea—dijo—. Eso de darles así labienvenida.—¿Por qué no?—Ya han pasado tres días. Tresdías, y se han negado a establecercontacto. Si son amistosos, ¿por qué nohan saludado todavía?—A lo mejor son tímidos —respondí, y empecé a retorcerme unmechón de pelo, tirando de élsuavemente para sentir ese dolor casiagradable.—Como los chicos nuevos —dijo elchico nuevo.No debe de ser fácil ser el chiconuevo. Pensé que tenía que disculparmepor haber sido tan maleducada.—Antes no me he portado bien —reconocí—. Lo siento.Puso cara de desconcierto. Él estabahablando de alienígenas, no de símismo, y entonces voy y digo algo sobremí, lo que no tenía nada que ver conninguna de las dos cosas.—No pasa nada, ya había oído queno sales mucho con chicos.Ay.—¿Qué más has oído? —pregunté,consciente de que era una de esas cosasque no quieres saber, pero que debespreguntar de todos modos.Él le dio un trago al café con lechepor el agujerito de la tapa de plástico.—No mucho, tampoco es que hayainvestigado.—Preguntaste y te dijeron que yo nosalía mucho con chicos.—Solo comenté que estabapensando en pedirte una cita, y mecontaron que eras bastante guay.Después pregunté que cómo eras y mecontestaron que eras simpática, pero queno me emocionara demasiado porqueestabas colada por Ben Parish...—¿Que te dijeron qué? ¿Quién tedijo eso?—No recuerdo el nombre de lachica —respondió, encogiéndose dehombros.—¿Fue Lizbeth Morgan? —insistímientras pensaba en matarla.—No sé cómo se llama.—¿Cómo era?—Pelo largo, castaño. Gafas. Creoque se llama Carly o algo así.—No conozco a ninguna...Dios mío, una tal Carly a la que nisiquiera conocía sabía lo mío con BenParish... o más bien que no tenía nadacon Ben Parish. Y si esa «Carly o algoasí» lo sabía, seguro que lo sabía todoel mundo.—Pues se equivocan —balbuceé—.No estoy colada por Ben Parish.—A mí me da igual.—Pero a mí no.—Me parece que esto no funciona.Cada vez que digo algo o te aburro o tecabreo.—No estoy cabreada —respondí demala manera.—Vale, error mío.Sin embargo, no lo era, y el error fuemío por no explicarle que la Cassie queconocía no era la Cassie de antes, laCassie anterior a la Llegada, la que nole haría daño ni a una mosca. No estabapreparada para reconocer la verdad: queel mundo no era lo único que habíacambiado con la aparición de los Otros;que nosotros también habíamoscambiado; que yo había cambiado. Encuanto vi la nave nodriza emprendí uncamino que me llevaría a la parte deatrás de una tienda de comestibles,detrás de unos refrigeradores de cervezavacíos. Esa noche con Mitchell no fuemás que el principio de mi evolución.Mitchell tenía razón al decir que losOtros no se habían pasado a saludar. Lavíspera de la primera ola, el físicoteórico más importante del mundo, unode los tíos más listos del planeta (eso eslo que pusieron en pantalla bajo sucabeza parlante: «UNO DE LOS TÍOS MÁSLISTOS DEL PLANETA»), salió en la CNNy dijo: «Este silencio no me da muchosánimos. No se me ocurre ninguna razónpositiva que lo explique. Me temo quenos espera algo más parecido a losucedido cuando Cristóbal Colón llegópor primera vez a América que a unaescena de Encuentros en la tercerafase, y todos sabemos cómo les fue a losnativos americanos».Me volví hacia mi padre y le dije:—Deberíamos lanzarles un misilnuclear.Tuve que alzar la voz para hacermeoír por encima de la tele. Cuando dabanlas noticias, mi padre siempre subía elvolumen al máximo para que no lemolestara el televisor que mi madretenía encendido en la cocina. A ella legustaba ver la TLC mientras cocinaba.Yo lo llamaba la guerra de los mandos.—¡Cassie! —exclamó.Estaba tan sorprendido que apretólos dedos de los pies dentro de suscalcetines blancos de deporte. Él habíacrecido viendo Encuentros en la tercerafase, E.T. y Star Trek, así que se tragabala idea de que los Otros habían llegadopara liberarnos de nosotros mismos.Acabarían con el hambre y las guerras,erradicarían las enfermedades, nosdesvelarían los secretos del universo.—Podría ser el siguiente paso de laevolución, ¿es que no lo entiendes? Ungran paso adelante. Un paso enorme —me aseguró, y me dio un abrazo paraconsolarme—. Tenemos mucha suerte deestar aquí para verlo.Después añadió como si nada, comosi hablara de cómo arreglar unatostadora:—Además, un dispositivo nuclear nosirve de mucho en el vacío del espacio.No hay nada que transmita la ondaexpansiva.—Entonces, ¿ese cerebrito de la telees un mentiroso de mierda?—Cuidado con esa boca, Cassie —me reprendió—. Tiene derecho aexpresar su opinión, pero no es más queeso, una opinión.—Pero ¿y si acierta? ¿Qué pasa siesa cosa de ahí arriba es su versión dela Estrella de la Muerte?—¿Van a cruzar medio universo parahacernos volar en mil pedazos? —repuso mientras me daba palmaditas enla pierna y sonreía.Mi madre subió el volumen de latele de la cocina, así que él subió eldoble el sonido de la del salón.—Vale, pero ¿qué me dices de unahorda mongola intergaláctica, comodecía él? —insistí—. A lo mejor hanvenido para conquistarnos, meternos enreservas, esclavizarnos...—Cassie, que algo pueda pasar noquiere decir que vaya a pasar. De todosmodos, son especulaciones. Las de estetipo, las mías... Nadie sabe por quéestán aquí. ¿No es igual de probable quehayan venido desde tan lejos parasalvarnos?Cuatro meses después de decir eso,mi padre estaba muerto.Se equivocaba con respecto a losOtros. Y yo también. Del mismo modoque «uno de los tíos más listos delplaneta».No querían salvarnos, ni tampocoesclavizarnos ni meternos en reservas.Solo querían matarnos.A todos.6Estuve bastante tiempo dudando sobre siviajar de día o de noche. La oscuridades lo mejor si te preocupan ellos, perola luz del día es preferible si quieresdetener a un teledirigido antes de que tedetecte.Los teledirigidos aparecieron alfinal de la tercera ola. Tienen forma depuro, son de color gris mate, y sedeslizan a toda velocidad y en silenciopor el aire, a cientos de metros dealtura. A veces surcan el cielo sinpararse. Otras dan vueltas en círculo,como águilas ratoneras. Pueden cambiarde dirección en un instante y detenersede golpe, pasar de Mach 2 a cero enmenos de un segundo. Por eso supimosque los teledirigidos no eran nuestros.Averiguamos que no llevaban anadie dentro (ni persona ni Otro) porqueuno de ellos se estrelló a unos treskilómetros de nuestro campo derefugiados. Se oyó un estallido cuandorompió la barrera del sonido, soltó unchillido ensordecedor cuando descendióhacia la tierra, y el suelo tembló cuandose estrelló en un maizal en barbecho. Unequipo de reconocimiento se dirigió a lazona del accidente para echar un vistazo.Vale, en realidad no era un equipo, sinopapá y Hutchfield, el tío al mando delcampo. Al volver informaron de que elcacharro estaba vacío. ¿Seguro? A lomejor el piloto había huido antes delimpacto. Mi padre dijo que el artefactoestaba lleno de instrumentos, que nohabía sitio para un piloto. «A no ser quemidan cinco centímetros de altura»,añadió, lo que hizo reír a todo el mundo.De algún modo, pensar que los Otroseran unas criaturas de cinco centímetros,estilo Borrowers, hacía el horror menoshorrible.Decidí viajar de día, así podíavigilar el cielo con un ojo y el suelo conel otro. Lo que acabé haciendo fuemover la cabeza arriba y abajo, arriba yabajo, de izquierda a derecha, y denuevo arriba, como si fuera una groupieen un concierto de rock, hasta que memareé y se me revolvió un poco elestómago.Además, por la noche no solo hayque preocuparse de los teledirigidos.También están los perros salvajes, lososos y los lobos que bajan desdeCanadá, e incluso puede que algún leóno algún tigre que se haya escapado de unzoo. Lo sé, lo sé, suena a chiste de Elmago de Oz: ¿y qué?Aunque no creo que la cosa salierademasiado bien, imagino que tendríamás posibilidades contra uno de ellos ala luz del día. O incluso si tuviera quevérmelas con uno de los míos, en casode que no sea la última. ¿Qué pasa si metropiezo con otro superviviente quedecide que lo más sensato es ir en modosoldado del crucifijo contra todo aquelque se encuentre?Eso me hace pensar en lo quedebería considerar yo más sensato. Mepregunto (y no es la primera vez) porqué narices no nos inventamos uncódigo, un apretón de manos secreto oalgo así antes de que aparecieran losOtros, algo que nos identificara comolos buenos. No había forma de saber queaparecerían ellos, pero estábamosbastante seguros de que tarde otemprano algo lo haría.Cuesta hacer planes para lo queocurrirá cuando se trata de algo que noplaneabas.Decidí que lo mejor era verlosprimero, ocultarme, nada deconfrontaciones. ¡Se acabaron lossoldados con crucifijos!Hace un día soleado y sin viento,pero frío. Cielo despejado. Caminar,mover la cabeza arriba y abajo, a unlado y a otro, con la mochilagolpeándome uno de los omóplatos y elfusil, el otro; caminar por el bordeexterior de la mediana que separa elcarril que va al sur del que va al norte,detenerme cada cuatro pasos para miraratrás y examinar el terreno. Una hora.Dos. Y no he recorrido ni un par dekilómetros.Lo más espeluznante, más que loscoches abandonados, el crujido delmetal aplastado y el brillo de loscristales rotos al sol de octubre, más quela basura y la porquería tirada por lamediana, prácticamente oculta por lahierba que llega hasta las rodillas, demodo que al andar parece llena debultos, de verrugas, lo más espeluznante,decía, es el silencio.Ya no se oye el zumbido.Seguro que recuerdas el zumbido.A no ser que hayas crecido en lo altode una montaña o vivido en una cuevatoda la vida, el zumbido siempre haestado a tu alrededor. Eso era la vida.Era el mar en el que nadábamos. Elruido constante de todas las cosasfabricadas para hacernos la vida másfácil y un poco menos aburrida. Lacanción mecánica. La sinfoníaelectrónica. El zumbido de todas lascosas y de todas las personas. Ya noestá.Este es el sonido de la Tierra antesde que la conquistáramos.A veces, cuando estoy en mi tienda,por la noche, me parece oír a lasestrellas arañar el cielo. Tanto silenciohay. Al cabo de un rato me resulta casiinsoportable. Quiero gritar a todopulmón, quiero cantar, chillar, patear elsuelo, dar palmas, lo que sea con tal deproclamar mi presencia. Las palabrasque intercambié con el soldado fueronlas primeras que había pronunciado ensemanas.El zumbido murió el décimo día dela Llegada. Estaba sentada en la tercerahora de clase enviándole a Lizbeth elúltimo mensaje que enviaría con elmóvil. No recuerdo exactamente lo quedecía.Once de la mañana. Un cálido ysoleado día de principios de primavera.Un día para garabatear, soñar y desearestar en cualquier parte que no fuera laclase de cálculo de la señorita Paulson.La primera ola se desplegó sinmucha fanfarria. No fue espectacular. Nocausó sorpresa ni conmoción.Simplemente, las luces se apagaron.El proyector de la señorita Paulsonmurió.La pantalla de mi móvil se quedó enblanco.Alguien chilló en la parte de atrásdel aula. Típico, da igual a qué hora deldía suceda: si se van las luces, alguiengrita como si el edificio se derrumbara.La señorita Paulson nos pidió quenos quedásemos sentados. Esa es otra delas cosas que hace la gente cuando se vala luz: se levanta de un salto para...¿qué? Es raro. Estamos tanacostumbrados a la electricidad que,cuando se va, no sabemos qué hacer. Asíque nos levantamos de un salto,chillamos o empezamos a balbucearcomo idiotas. Nos entra el pánico. Escomo si alguien nos quitara el oxígeno.Sin embargo, con la Llegada la reacciónfue aún peor. Después de pasar diez díascon el alma en vilo, a la espera de quesuceda algo sin que suceda nada, estáscon los nervios de punta.Así que cuando nos desenchufaron,nos descontrolamos un poco más de lonormal.Todos empezaron a hablar a la vez.Anuncié que mi móvil estaba frito, y losdemás sacaron sus móviles fritos. NealCroskey, que estaba sentado al fondo delaula escuchando su iPod mientras laseñorita Paulson daba la clase, se sacólos auriculares de las orejas y preguntóen voz alta por qué se había parado lamúsica.Lo siguiente que haces cuando tedesenchufan, después del momento depánico, es correr a la ventana máscercana. No sabes exactamente por qué.Es ese impulso de averiguar lo que estápasando. El mundo funciona de fuerahacia dentro, así que si las luces seapagan, mira fuera.Y la señorita Paulson se movía sinrumbo fijo entre los alumnos apiñadosjunto a las ventanas.—¡Silencio! Volved a vuestro sitio.Estoy segura de que habrá un anuncio...Y lo hubo, más o menos un minutodespués. Aunque no por elintercomunicador, ni emitido por elseñor Faulks, el subdirector, sinoprocedente del cielo, de ellos. En formade un 727 que se precipitó dando tumboshacia la Tierra desde una altura de tresmil metros hasta que desapareció detrásde unos árboles y estalló, produciendouna bola de fuego que me recordó a lanube en forma de champiñón de unaexplosión nuclear.«¡Eh, terrícolas, que empiece lafiesta!».Lo normal habría sido que, despuésde ver algo así, corriéramos todos aescondernos bajo los pupitres. No lohicimos. Nos arremolinamos frente a laventana y examinamos el cielodespejado en busca del platillo volanteque tenía que haber derribado el avión.Tenía que ser un platillo volante, ¿no?Sabíamos cómo funcionaba una invasiónalienígena de calidad: platillos volantesnavegando a toda velocidad por laatmósfera, con pelotones de F-16 en lostalones, misiles tierra-aire y balastrazadoras saliendo de los búnkeres. Deuna manera irreal y enfermiza,queríamos ver algo así, habría sido unainvasión alienígena absolutamentenormal.Durante media hora esperamos juntoa las ventanas. Nadie decía gran cosa.La señorita Paulson nos pidió quevolviéramos a los asientos, pero no lehicimos caso. No habían transcurrido nitreinta minutos desde el inicio de laprimera ola y el orden social yaempezaba a resquebrajarse. La genteseguía mirando sus móviles. No éramoscapaces de relacionar la caída del avióncon las luces que se apagaban, losmóviles que morían y el reloj de lapared, cuya manecilla grande se habíaquedado paralizada en las doce y lapequeña, en las once.Entonces se abrió la puerta de golpe,y el señor Faulks nos pidió quefuésemos al gimnasio. A mí me pareciólo más inteligente del mundo: meternos atodos en el mismo sitio para que losalienígenas no tuvieran que gastar muchamunición.Así que salimos en tropel hacia elgimnasio y nos sentamos en las gradas,casi a oscuras, mientras el director sepaseaba de un lado a otro, deteniéndosede vez en cuando para gritarnos que nosestuviésemos quietos y esperásemos aque llegaran nuestros padres.¿Qué pasaba con los alumnos quetenían el coche en el instituto? ¿No sepodían ir?«Vuestros coches no funcionan»,respondió.¿Qué coño...? ¿Qué quiere decir conque nuestros coches no funcionan?Pasó una hora. Después, dos. Estabasentada al lado de Lizbeth. No hablamosmucho y, cuando lo hicimos, susurramos.No teníamos miedo; estábamosescuchando por si oíamos algo. No sébien qué pretendíamos oír, pero eracomo ese silencio antes de que las nubesse abran y empiece la tormenta.—A lo mejor es esto —susurróLizbeth.Se restregó la nariz con airenervioso y se metió las uñas, quellevaba pintadas, en el pelo teñido derubio. Daba golpecitos con el pie en elsuelo. Después se pasó la yema del dedopor el párpado, porque hacía nada quellevaba lentillas y le molestaban mucho.—Algo es —susurré.—Quiero decir, que a lo mejor estoes todo; ya sabes, el fin.No dejaba de sacar la batería delmóvil y volverla a meter. Supongo queera mejor que no hacer nada.Empezó a llorar, así que le quité elmóvil y le di la mano. Miré a mialrededor y vi que no era la única quelloraba. Había algunos chicos querezaban. Y otros hacían ambas cosas:llorar y rezar. Los profesores estabanreunidos junto a las puertas del gimnasioformando un escudo humano por si lascriaturas del espacio exterior decidíanatacar el gimnasio.—Quería hacer tantas cosas... —dijo Lizbeth—. Ni siquiera lo he... —empezó, pero tuvo que ahogar un sollozo—. Ya sabes.—Me da la impresión de que ahoramismo hay un montón de «ya sabes».Seguramente debajo de estas gradas.—¿Tú crees? —preguntó, secándoselas mejillas con la palma de la mano—.¿Y tú?—¿Sobre el «ya sabes»? —preguntéa mi vez.No me importaba hablar de sexo; miproblema era hablar de sexo cuandotenía que ver conmigo.—Venga, sé que no has llegado al«ya sabes». ¡Dios! No pienso hablar deeso.—Creía que lo estábamos haciendo.—¡Estoy hablando de nuestras vidas,Cassie! Dios mío, ¡podría ser el fin delmundo y tú solo quieres hablar de sexo!Me quitó el móvil y se puso atoquetear la tapa de la batería.—Y por eso deberías decírselo ya—añadió mientras se tiraba de loscordones de la capucha de la sudadera.—¿Decirle el qué a quién? —pregunté, a pesar de saber muy bien aqué se refería; intentaba ganar tiempo.—¡A Ben! Deberías decirle lo quesientes. Lo que sientes desde tercero.—Es una broma, ¿no? —respondí,ruborizada.—Y después deberías acostarte conél.—Cállate, Lizbeth.—Es la verdad.—No he vuelto a querer acostarmecon Ben Parish desde tercero —susurré.¿Tercero? Miré hacia ella para versi de verdad estaba escuchándome. Alparecer, no lo estaba.—Yo en tu lugar iría directa hacia ély diría: «Creo que esto es el fin, es el finy no pienso morir en el gimnasio delinstituto sin haberme acostado antescontigo». Y ¿sabes lo que haríadespués?—¿El qué? —pregunté mientrasreprimía una carcajada al imaginarme lacara de Ben.—Me lo llevaría fuera, al jardín deflores, y me acostaría con él.—¿En el jardín?—O en el vestuario —sugiriómientras agitaba la mano como loca paraabarcar todo el instituto... o puede quetodo el mundo—. El sitio da igual.—El vestuario apesta —respondí, yme quedé mirando la silueta de lamaravillosa cabeza de Ben Parish, queestaba sentado dos filas más abajo—.Esas cosas solo pasan en las pelis.—Sí, no es nada realista, no como loque está pasando ahora.Tenía razón, no era nada realista.Ninguno de los escenarios: ni lainvasión alienígena de la Tierra ni queBen Parish me invadiera a mí.—Por lo menos podrías decirle loque sientes —añadió, leyéndome lamente.¿Podría? Sí. ¿Lo haría alguna vez?Bueno...Y nunca lo hice. Esa fue la últimavez que vi a Ben Parish, sentado aoscuras en el sofocante gimnasio (¡Sedede los Hawks!), dos filas más abajo, yestaba de espaldas a mí. Seguramentemoriría en la tercera ola, como casi todoel mundo; y nunca le dije lo que sentía.Podría haberlo hecho. Él me conocía, sesentaba detrás de mí en un par de clases.Es probable que no se acuerde, perocuando éramos un poco más pequeñosíbamos a clase en el mismo autobús, yuna tarde lo oí comentar que su hermanapequeña había nacido el día anterior, asíque me volví y le dije: «¡Mi hermanonació la semana pasada!». Y élrespondió: «¿En serio?». No en tonosarcástico, sino como si pensara que lacoincidencia molara, y durante un mes,más o menos, pensé que teníamos unaconexión especial gracias a los bebés.Después llegamos al instituto, él seconvirtió en el receptor estrella delequipo, y yo, en otra chica más de lasque lo observaban desde las gradas. Loveía en clase o en el pasillo y, a veces,tenía que reprimir el impulso de correrhacia él y decirle: «Hola, soy Cassie, lachica del autobús. ¿Te acuerdas de losbebés?».Lo más gracioso es queprobablemente se hubiera acordado. BenParish no se contentaba con ser el tíomás bueno del instituto, sino que, paraatormentarme con su perfección, tambiéninsistía en ser uno de los más listos. ¿Hemencionado ya que era amable con losanimalitos y los niños? Su hermanapequeña estaba en las bandas durantetodos sus partidos y, cuando ganamos eltítulo de la región, Ben corriódirectamente hacia la banda, se subió ala cría en hombros y abrió el desfile porlas pistas con ella encima, saludando ala multitud como si fuera la reina delbaile.Ah, y otra cosa más: tenía unasonrisa de infarto. No me tires de lalengua.Después de pasar otra hora en aquelgimnasio oscuro y sofocante, vi aparecerpor la puerta a mi padre. Me saludóbrevemente con la mano, como siviniese todos los días al instituto parallevarme a casa después de un ataquealienígena. Abracé a Lizbeth y le dijeque la llamaría en cuanto los teléfonosvolvieran a funcionar. Todavíapracticaba el pensamiento preinvasión.Ya sabes, se va la electricidad, perosiempre vuelve. Así que me limité adarle un abrazo y no recuerdo haberledicho que la quería.Salimos fuera y pregunté: «¿Dóndeestá el coche?».Y mi padre dijo que el coche nofuncionaba, que no funcionaba ningúncoche. Las calles estaban abarrotadas decoches parados, además de autobuses,motos y camiones. En todas lasmanzanas nos encontramos con choquesy accidentes múltiples, con cochesestampados contra las farolas osobresaliendo de los edificios. Muchagente se quedó atrapada cuando nosgolpeó el pulso electromagnético; loscierres automáticos de las puertas nofuncionaban, así que tuvieron queromper las ventanillas de sus coches oquedarse allí sentados a la espera deque alguien los rescatara. La genteherida que todavía podía moverse searrastró hasta las cunetas y las aceraspara esperar a los sanitarios, pero nollegó ninguno porque las ambulancias,los camiones de bomberos y los cochesde policía tampoco funcionaban. Todo loque necesitaba baterías o electricidad, otenía motor murió a las once de lamañana.Mi padre hablaba mientras caminabaaferrado a mi muñeca, como si temieraque algo bajara en picado del cielo y seme llevara.—No funciona nada. No hayelectricidad, ni teléfonos, ni aguacorriente...—Hemos visto estrellarse un avión.—Seguro que han caído todos —respondió, asintiendo con la cabeza—.Cualquier cosa que estuviera en el cielocuando lo lanzaron: reactores caza,helicópteros, transportes de tropas...—¿Cuando lanzaron el qué?—El pulso electromagnético. Sigeneras uno lo bastante grande acabascon toda la red. Electricidad,comunicaciones, transporte, cualquiercosa que vuele o se conduzca se quedafrita.Había dos kilómetros y medio delinstituto a casa. Los dos kilómetros ymedio más largos de mi vida. Era comosi un telón hubiese caído sobre elmundo, un telón pintado para parecersea lo que escondía. Sin embargo, sepodía atisbar algo: en el telón habíapequeños resquicios que te permitíanver que debajo algo iba muy mal. Comoque toda la gente estuviera en susporches, sosteniendo los móvilesmuertos en las manos, mirando el cielo,o inclinada sobre los capós abiertos delos coches, toqueteando los cables,porque eso es lo que haces cuando se tepara el coche: toquetear los cables.—Pero no pasa nada —me dijo mipadre mientras me apretaba la muñeca—. No pasa nada. Es muy probable quenuestros sistemas de respaldo siganfuncionando, y estoy seguro de que elGobierno tiene un plan de contingencia,bases protegidas, esas cosas.—Y ¿cómo encaja lo de dejarnos sinelectricidad en el plan de losalienígenas para ayudarnos con elsiguiente paso de nuestra evolución,papá?Me arrepentí nada más haberlodicho, pero estaba de los nervios. Él nose lo tomó mal; me miró y sonrió paratranquilizarme antes de decir: «Todosaldrá bien». Porque eso es lo que yoquería que dijera y lo que él queríadecir, y eso es lo que haces cuando caeel telón: pronuncias la frase que elpúblico quiere escuchar.7Alrededor de las doce del mediodía,todavía en plena misión de cumplir mipromesa, me detuve para beber agua ycomerme un paquete de cecina Slim Jim.Cada vez que me como un Slim Jim, unalata de sardinas o cualquier cosaprecocinada, pienso: «Bueno, uno menosen el mundo». Mordisco a mordisco vandesapareciendo las pruebas de nuestropaso por la Tierra.He decidido que uno de estos díasreuniré el valor suficiente para atraparun pollo y retorcerle el deliciosopescuezo. Mataría por una hamburguesacon queso. En serio. Si me tropezara conalguien que se estuviera comiendo una,lo mataría para quitársela.Hay muchas vacas por aquí. Podríapegarle un tiro a una y trincharla con miBowie. Estoy bastante segura de que nome costaría matar a una vaca. Lo difícilsería cocinarla. Encender una fogata,aunque sea a plena luz del día, es laforma más segura de invitar a los Otrosa la barbacoa.Una sombra sale disparada por lahierba a unos once metros de mí. Echola cabeza atrás y me la golpeo confuerza contra el lateral del Honda Civicen el que me había apoyado paradisfrutar del aperitivo. No ha sido unteledirigido, sino un pájaro, una gaviota,para más señas, que volaba bajo sinapenas batir las alas extendidas. Meestremezco de asco: odio los pájaros.No los odiaba antes de la Llegada, nidespués de la primera ola, ni tampocotras la segunda, que, en realidad,tampoco me afectó tanto.Pero después de la tercera empecé aodiarlos. No era culpa de ellos, losabía. Es como si un hombre que estáfrente al pelotón de fusilamiento odiaralas balas. De todos modos, no puedoevitarlo.Los pájaros son una mierda.8Después de tres días por la carretera yatengo claro que los coches son comoanimales gregarios.Vagan en grupo. Mueren en grupo.Hay aglomeraciones de cochesdestrozados, aglomeraciones de atascos.De lejos brillan como gemas. Y, derepente, el grupo termina. La carreterapermanece vacía durante varioskilómetros. Solo estamos el río deasfalto que atraviesa un desfiladero deárboles medio desnudos, cuyas hojasarrugadas se aferran desesperadamente alas oscuras ramas, y yo. Estamos lacarretera, el cielo desnudo, la altahierba marrón y yo.Estos tramos vacíos son los peores.Los coches sirven de protección y derefugio. Duermo en los que siguenindemnes (todavía no he encontradoninguno cerrado con llave), si a eso sele puede llamar dormir. Aire rancio ysofocante; no se pueden bajar lasventanillas, y dejar la puerta abiertaqueda descartado. Las punzadas delhambre y los pensamientos nocturnos.«Sola, sola, sola».Y los peores de entre todos lospensamientos nocturnos.No soy diseñadora de teledirigidosalienígenas, pero, si hiciera uno, measeguraría de ponerle un dispositivo dedetección lo bastante sensible comopara distinguir el calor corporal de uncuerpo a través del techo de un coche.Nunca falla, en cuanto empiezo adormirme, me imagino que las cuatropuertas se abren de golpe y decenas demanos van a por mí, manos unidas abrazos que a su vez están unidos a lo quesea que tengan ellos. Entonces medespierto, busco mi M16, me asomo porencima del asiento de atrás, y examinotodo lo que me rodea sintiéndomeatrapada y bastante ciega detrás de lasventanas empañadas.Llega el alba. Espero a que se disipela niebla de la mañana, bebo un poco deagua, me lavo los dientes, compruebomis armas, hago inventario desuministros y vuelvo a la carretera. Miroarriba, miro abajo, miro alrededor. Nome detengo en las salidas: por ahoratengo agua. Ni de cachondeo piensoacercarme a una ciudad a no ser que nome quede más remedio.Por un montón de razones.¿Sabes cómo te das cuenta de que teacercas a una? Por el olor. Las ciudadesse huelen a kilómetros de distancia.Huelen a humo, a aguas residuales ya muerte.En la ciudad cuesta dar dos pasossin topar con un cadáver. Es curioso: lagente también muere en grupos.Empiezo a oler Cincinnati más omenos kilómetro y medio antes de ver laseñal de salida. Una gruesa columna dehumo sube perezosamente hacia el cielosin nubes.Cincinnati arde.No me sorprende. Tras la terceraola, lo que más abunda en las ciudades,después de los cadáveres, son losincendios. Un solo rayo puede cargarsediez manzanas. No queda nadie paraapagar el fuego.Me lagrimean los ojos y el hedor deCincinnati me provoca arcadas. Medetengo lo suficiente para atarme untrapo alrededor de la boca y la nariz;después, acelero el paso. Me quito elfusil del hombro y lo sostengo entre losbrazos mientras avanzo a paso ligero.Tengo un mal presentimiento conCincinnati. Se ha despertado la viejavoz de mi cabeza: «Deprisa, Cassie,deprisa». Entonces, en algún punto entrela salida 17 y la 18, encuentro loscadáveres.9Hay tres. No están en grupo, como lagente de las ciudades, sino repartidospor la mediana. El primero es un hombremayor, diría que más o menos de la edadde mi padre. Lleva vaqueros y unasudadera de los Bengals. Está bocabajo,con los brazos extendidos. Ledispararon por detrás, en la cabeza.El segundo, a unos cuatro metros delprimero, es una joven, un poco mayorque yo, vestida con pantalones depijama de hombre y camiseta deVictoria's Secret. Lleva el pelo corto yun mechón morado. Le veo un anillo decalavera en el índice. Esmalte de uñasnegro muy descascarillado. Y un agujerode bala en la nuca.Otros tantos metros por delante estáel tercero. Un niño de once o doce años.Zapatillas de baloncesto blancas decaña alta recién compradas. Sudaderanegra. Cuesta saber cómo era su cara.Dejo al niño y vuelvo con la mujer.Me arrodillo a su lado, entre la altahierba marrón, y le toco el pálidocuello. Sigue caliente.«Oh, no. No, no, no».Corro de vuelta al primer tío y mearrodillo junto a él. Le toco la palma dela mano extendida y examino el agujeroensangrentado que tiene entre las orejas.Brilla. Todavía está mojado.Me quedo paralizada. Detrás de mí,la carretera. Delante, más carretera. A laderecha, árboles. A la izquierda, másárboles. Grupos de coches en el carrilen dirección sur, el más cercano a unostreinta metros. Algo me dice que levantela mirada al frente.Una mota gris mate sobre el fondode un azul otoñal reluciente.Inmóvil.«Hola, Cassie. Me llamo señorTeledirigido, ¡encantado de conocerte!».Me levanto y, al levantarme (encuanto me levanto; si me hubiesequedado quieta un milisegundo más,tendría un agujero como el del señorBengals), algo se estrella contra mipierna, un puñetazo caliente justo porencima de la rodilla que medesequilibra y me arroja de culo contrael suelo.No he oído el disparo, solo el vientofrío soplando entre la hierba, mi cálidarespiración bajo el trapo que me cubrela cara y la sangre golpeándome losoídos. Eso era todo lo que había antesde que llegara la bala.«Silenciador».Tiene sentido. Por supuesto queusarían silenciadores. Ya tengo elnombre perfecto para ellos:Silenciadores. Un nombre muyapropiado para el trabajo quedesempeñan.Algo se apodera de ti cuando teenfrentas a la muerte. La parte frontal detu cerebro se deja llevar, le cede elcontrol a tu parte más vieja, la que seencarga del latido del corazón, larespiración y el parpadeo. La parte quela naturaleza creó primero paramantenerte con vida. La parte que alargael tiempo como si fuera un gigantescotrozo de tof ee y consigue que cadasegundo parezca una hora y que unminuto dure más que una tarde deverano.Me lanzo a por el fusil (he soltado elM16 al recibir el balazo), y el sueloestalla, de modo que me llueven encimafragmentos de tierra y gravilla, y briznasde hierba.Vale, mejor me olvido del M16.Me saco la Luger de la cintura delpantalón, me levanto y salto corriendo(o corro saltando) hacia el coche máscercano. No me duele mucho, aunquesupongo que el dolor y yo intimaremosdentro de poco, pero, al llegar al coche,un modelo antiguo de Buick, noto que lasangre me empapa los vaqueros.El parabrisas trasero estalla enpedazos cuando me agacho. Me arrastrode espaldas hasta quedar bajo el coche.No soy de complexión grande, ni delejos, pero casi no quepo ahí abajo: notengo espacio para girar; no tendréforma de volverme si aparece por laizquierda.Acorralada.«Lista, Cassie, muy lista. ¿Todosobresalientes el semestre pasado? ¿Enel cuadro de honor? Ya, ya. Tendrías quehaberte quedado en tu trocito de bosquedentro de tu tiendecita con tus libritos ytus lindos recuerdos. Al menos asíhabrías podido huir cuando llegaran».Los minutos se alargan. Me quedotumbada de espaldas y me desangrosobre el frío hormigón. Vuelvo la cabezaa la derecha, a la izquierda, la levantoun centímetro para ver lo que hay másallá de mis pies, en la parte de atrás delcoche. ¿Dónde se ha metido? ¿Por quétarda tanto? Entonces lo entiendo.Está usando un fusil de francotiradorcon mucha potencia. Seguro. Eso quieredecir que puede haberme disparadodesde un kilómetro de distancia.Lo que también significa que tengomás tiempo de lo que creía. Tiempo parapensar en algo que no sea balbucear unaplegaria desesperada e inconexa: «Porfavor, aléjalo de mí. Que sea rápido.Que me deje vivir. Que termine de unavez...».Tiemblo sin control; sudo. Estoyhelada.«Estás entrando en estado de shock.Piensa, Cassie».Pensar.Para eso estamos hechos, eso nostrajo hasta aquí. Es la razón por la quedispongo de este coche paraesconderme. Somos humanos.Y los humanos piensan. Planean.Sueñan y después hacen realidad lossueños.«Hazlo realidad, Cassie».A no ser que se tire al suelo, nopodrá llegar hasta mí. Y cuando se tire,cuando asome la cabeza para mirarme,cuando meta la mano para cogerme deltobillo y sacarme a rastras...No, es demasiado listo para eso.Supondrá que estoy armada, así que nose arriesgará. Tampoco es que a losSilenciadores les importe si viven omueren... ¿O sí? ¿Tienen miedo losSilenciadores? No aman la vida, hevisto lo suficiente para saberlo. Pero ¿aqué conceden más importancia? ¿A susvidas o a quitarles la vida a los demás?El tiempo se alarga. Un minuto duramás que una estación. ¿Por qué tardatanto?En este mundo hay que tomardecisiones. O viene a matarme o noviene. Sin embargo, tiene que matarme,¿no? ¿No está aquí por eso? ¿No es esasu misión de mierda?Decisiones, o una cosa o la otra: ocorro (o salto o me arrastro o ruedo) ome quedo debajo de este coche y muerodesangrada. Si me arriesgo a escapar,soy un blanco fácil, no recorreré ni unmetro. Si me quedo, mismo resultado,solo que más doloroso, más terrible ymucho más lento.Unas estrellas negras surgen ante misojos y se ponen a bailar. No consigointroducir suficiente oxígeno en lospulmones.Levanto la mano izquierda y mearranco el trapo de la cara.El trapo.«Cassie, eres idiota».Dejo la pistola a mi lado. Es lo quemás me cuesta, soltar la pistola.Levanto la pierna y meto el trapodebajo. Como no puedo incorporar lacabeza para ver lo que hago, miro másallá de las estrellas negras, hacia lasmugrientas entrañas del Buick mientrastiro de los dos extremos de la tela y losjunto, apretándolos con todas misfuerzas para hacer el nudo. Bajo la manoy exploro la herida con la punta de losdedos. Sigue sangrando, pero la sangreya no es más que un hilito comparadocon el manantial que salía antes deapretar el torniquete.Recojo la pistola. Mejor. Se meaclara un poco la visión y ya no tengotanto frío. Me muevo cinco centímetros ala izquierda; no me gusta estar tumbadasobre mi propia sangre.¿Dónde está? Ha tenido tiempo desobra para acabar conmigo...«A no ser que ya haya acabado».Eso hace que me detenga en seco.Durante unos segundos me olvido porcompleto de respirar.«No vendrá. No vendrá porque nonecesita hacerlo. Sabe que no teatreverás a salir, y si no sales y corres,no lo conseguirás. Sabe que te morirásde hambre, desangrada o deshidratada.Sabe lo que tú sabes: si huyes, mueres;si te quedas, mueres. Ha llegado elmomento de que el Silenciador pase a lasiguiente víctima».Si la hay.Si no soy la última.«¡Venga, Cassie! ¿De siete milmillones de personas a una sola en cincomeses? No eres la última y, aunquefueras el último ser humano de la Tierra(sobre todo si lo fueras), no puedesdejar que acabe así. Atrapada bajo unmaldito Buick, desangrándote hasta queno quede nada... ¿Así es como sedespide la humanidad?».Claro que no, joder.10La primera ola acabó con medio millónde personas.La segunda dejó a la primera a laaltura del betún.Por si no lo sabes, vivimos en unplaneta inquieto. Los continentes seasientan en bloques de roca llamadosplacas tectónicas, y esas placas flotan enun mar de lava fundida. No dejan derozarse, restregarse y empujarse entreellas, lo que genera una presión enorme.Con el tiempo, la presión crece cada vezmás hasta que las placas se desplazan yliberan enormes cantidades de energíaen forma de terremotos. Si uno de esosterremotos se produce en las fallas querodean cada continente, la ondaexpansiva da lugar a una superolallamada tsunami.Más del cuarenta por ciento de lapoblación mundial vive a menos de cienkilómetros de la costa. Eso supone tresmil millones de personas.Lo único que tuvieron que hacer losOtros fue crear lluvia.Se toma una barra de metal dosveces más alta que el Empire State y tresveces más pesada, se coloca sobre unade estas fallas y se deja caer desde laatmósfera superior. No se necesitapropulsión ni sistema de teledirección:solo hay que dejarla caer. Gracias a lagravedad, llega a la superficie a veintekilómetros por segundo, veinte vecesmás deprisa que una bala.Golpea la corteza terrestre con unafuerza mil millones de veces mayor quela bomba que cayó en Hiroshima.Adiós, Nueva York. Adiós, Sidney.Adiós, California, Washington, Oregón,Alaska, Columbia Británica. Hasta lavista, litoral oriental de Estados Unidos.Japón, Hong Kong, Londres, Roma,Río.Encantados de haberos conocido,¡esperamos que hayáis disfrutado de laestancia!La primera ola acabó en pocossegundos.La segunda duró un poco más,aproximadamente un día.¿La tercera ola? Esa fue más larga:doce semanas. Doce semanas para matara... Bueno, según los cálculos de mipadre, al noventa y siete por ciento delos que tuvimos la suerte de sobrevivir alas dos primeras.¿El noventa y siete por ciento decuatro mil millones? Haz la cuenta.Y entonces debió de ser cuando elImperio Alienígena descendió en susplatillos volantes y empezó a lanzarbombazos, ¿no? Cuando las gentes de laTierra se unieron bajo una mismabandera para jugar a David contraGoliat. Nuestros tanques contra vuestraspistolas de rayos. ¡Adelante!No tuvimos esa suerte.Y ellos no eran tan estúpidos.¿Cómo se acaba con casi cuatro milmillones de personas en tres meses?Pájaros.¿Cuántos pájaros hay en el mundo?¿Lo adivinas? ¿Un millón? ¿Milmillones? ¿Qué me dices de más detrescientos mil millones? Eso suponía,más o menos, setenta y cinco pájaros porcada hombre, mujer y niño que hubierasobrevivido a las dos primeras olas.Hay miles de especies de aves entodos los continentes, y los pájaros nosaben de fronteras. Además, caganmucho. Cagan unas cinco o seis veces aldía, lo cual significa un billón depequeños misiles lloviendo a diario.No se podría inventar un sistema dedistribución más eficaz para un viruscon una tasa de mortalidad del noventa ysiete por ciento.Mi padre creía que se habían hechocon algo como el ébola Zaire y lo habíanalterado genéticamente. El ébola no sepropaga por el aire, pero solo concambiar una proteína se puede conseguirque lo haga, que actúe como la gripe. Elvirus se instala en los pulmones.Empiezas con un resfriado fuerte.Fiebre. Te duele la cabeza. Mucho.Escupes gotitas de sangre cargadas devirus. El bicho pasa al hígado, a losriñones, al cerebro. Ya tienes dentro milmillones de ellos. Te conviertes en unabomba viral y, cuando estallas, repartesel virus a todos los que te rodean. Lollaman desangrarse. Como ratas queabandonan un barco que se hunde, elvirus sale a chorros por todas lasaberturas: la boca, la nariz, las orejas, elculo e incluso los ojos. Lloras lágrimasde sangre, literalmente.Le dábamos distintos nombres: laMuerte Roja o la Plaga de la Sangre; laPeste, el Tsunami Rojo, el CuartoCaballo del Apocalipsis. Lo llamarascomo lo llamaras, al cabo de tres meses,noventa y siete de cada cien personasestaban muertas.Eso son muchas lágrimas de sangre.Era como si estuviéramosretrocediendo en el tiempo. La primeraola nos devolvió al siglo XVIII y lasiguiente nos llevó directos al Neolítico.Éramos cazadores y recolectores denuevo. Nómadas. Lo más bajo de lapirámide.Sin embargo, no habíamosrenunciado a la esperanza. Todavía.Aún quedábamos los suficientespara luchar.No podíamos atacarlosdirectamente, pero sí como unaguerrilla. Podíamos entablar una guerraasimétrica y patearles el culo a losalienígenas. Teníamos armas y municiónsuficiente, e incluso algunas formas detransporte que habían sobrevivido a laprimera ola. Aunque nuestros militaresestaban diezmados, seguía habiendounidades funcionales en todos loscontinentes. Quedaban búnkeres, cuevasy bases subterráneas en las quepodíamos escondernos varios años.«Vosotros, invasores alienígenas, seréisEstados Unidos y nosotros, Vietnam».Y los Otros van y dicen: «Sí, claro,lo que tú digas».Creíamos que ya nos habían atacadocon todo lo que tenían; o, al menos, conlo peor, porque cuesta imaginar algomás fuerte que la Muerte Roja. Los quesobrevivimos a la tercera ola (los queéramos naturalmente inmunes a esaenfermedad) buscamos refugio, nospreparamos y esperamos a que la Genteal Mando nos explicara qué debíamoshacer. Sabíamos que tenía que haberalguien al mando, porque, de vez encuando, un caza cruzaba el cielo y, a lolejos, se oía algo parecido a una batallacon armas y el rugido de los transportesde tropas al otro lado del horizonte.Supongo que mi familia tuvo mássuerte que la mayoría. El cuarto jinetedel Apocalipsis se llevó a mi madre,pero mi padre, Sammy y yosobrevivimos. Mi padre presumía denuestros genes superiores. No es algoque se suela hacer, eso de presumirdesde lo alto de un monte Everest decasi siete mil millones de cadáveres. Mipadre, sin embargo, no podía dejar deser él mismo, e intentaba encontrarle elángulo más positivo a la extinciónhumana.La mayoría de los pueblos yciudades se abandonaron después delTsunami Rojo. No había electricidad niagua corriente y hacía tiempo que habíansaqueado las tiendas, así que noquedaba nada de valor. En algunascalles había ríos de aguas negras de másde dos centímetros de profundidad. Noera raro ver incendios provocados porlas tormentas de verano.También estaba el problema de loscadáveres.Es decir, que estaban por todaspartes: en las casas, en los refugios, enlos hospitales, en los pisos, en losedificios de oficinas, en los colegios, enlas iglesias y sinagogas, y en losalmacenes.Llega un punto en el que laproporción de la muerte te abruma. Nopuedes enterrar ni quemar a loscadáveres lo bastante deprisa. Aquelverano de la Peste hizo un calor brutal, yel hedor a carne podrida flotaba en elaire como una nociva niebla invisible.Empapábamos trozos de tela en perfumey nos los sujetábamos sobre la boca y lanariz, pero, al final del día, el tufo habíapenetrado en la tela y no había másremedio que soportarlo y contener lasarcadas.Hasta que, curiosamente, teacostumbrabas.Esperamos la tercera olaatrincherados en casa. En parte porquehabía cuarentena, en parte porquerondaba por las calles mucho pirado quese dedicaba a irrumpir a la fuerza en lascasas y prenderles fuego, con el paquetecompleto: asesinar, violar y saquear. Yen parte porque estábamos muertos demiedo, a la espera de lo siguiente.Sin embargo, sobre todo fue porquemi padre no quería abandonar a mimadre. Estaba demasiado enferma paraviajar, y él no era capaz de dejarla atrás.Ella le pidió que lo hiciera, que sefuera. Iba a morir de todos modos. Ellaya no importaba: lo importante éramosSammy y yo, mantenernos a salvo; loimportante era el futuro y la esperanzade que el mañana fuese mejor.Papá no le llevaba la contraria, perotampoco la abandonaba. Esperaba loinevitable y trataba que estuviera lo máscómoda posible mientras se dedicaba aexaminar mapas, preparar listas y reunirsuministros. Fue más o menos entoncescuando empezaron sus ansias porrecopilar libros para reconstruir lacivilización. Las noches en que el cielono estaba completamente cubierto dehumo salíamos al patio de atrás y nosturnábamos para contemplar a través demi viejo telescopio el majestuoso pasode la nave nodriza por el cielo, con laVía Láctea de fondo. Al no haber luceshumanas que les hicieran sombra, lasestrellas brillaban más que nunca.—¿A qué esperan? —le pregunté ami padre. Como todo el mundo, yoseguía suponiendo que al final llegaríanlos platillos volantes, los vehículosmetálicos con patas y los cañones láser—. ¿Por qué no terminan de una vez?Y mi padre sacudió la cabeza y dijo:—No lo sé, calabacita. A lo mejorse ha terminado ya. A lo mejor suobjetivo no era matarnos a todos, sinoreducirnos a un número de personasmanejable.—Y ¿después qué? ¿Qué quieren?—Creo que la pregunta es quénecesitan —me corrigió amablemente,como si me estuviera dando una malanoticia—. Están teniendo muchocuidado, ¿sabes?—¿Cuidado?—Procuran no dañar nada más quelo absolutamente necesario. Por esoestán aquí, Cassie: necesitan la Tierra.—Pero no a nosotros —susurré yo, apunto de volver a perder los nervios porenésima vez.Él me puso la mano en el hombro(por enésima vez) y añadió:—Bueno, tuvimos nuestraoportunidad y no supimos hacernoscargo de nuestra herencia. Seguro que sivolviéramos al pasado yentrevistáramos a los dinosaurios antesde que cayera el asteroide...Entonces le pegué un puñetazo contodas mis fuerzas y corrí al interior de lacasa.No sé qué era peor, si estar dentro ofuera. Fuera te sentías completamenteexpuesta, observada bajo el cielodespejado. Pero dentro se vivía en unapenumbra eterna: durante el día,ventanas tapadas que no dejaban entrarla luz del sol; y, de noche, velas, aunque,como nos quedaban pocas, no podíamospermitirnos el lujo de gastar más de unapor habitación, así que profundassombras acechaban en los rincones queantes nos resultaban familiares.—¿Qué pasa, Cassie? —mepreguntó Sammy.Cinco años. Adorable. Grandes ojoscastaños de osito de peluche, agarradoal otro miembro de la familia quetambién tenía ojos castaños: el de trapoque ahora llevo metido en el fondo de lamochila.—¿Por qué lloras? —quiso saber.Verme llorar lo hacía llorar a él.Pasé junto a Sammy sin pararme,derecha al dormitorio de la dinosauriahumana de dieciséis años CassiopeiaSullivanus extinctus. Después volví apor él, no podía dejarlo llorando de esemodo. Nos habíamos unido mucho desdeel inicio de la enfermedad de mamá.Casi todas las noches, Sammy sufríapesadillas que lo obligaban a huir a micuarto, así que se metía conmigo en lacama, ocultaba la cara en mi pecho y, aveces, se le olvidaba y me llamabamamá.—¿Los has visto, Cassie? —mepreguntó—. ¿Ya vienen?—No, chaval, no viene nadie —respondí, secándole las lágrimas.Todavía no.11Mi madre murió un martes.Mi padre la enterró en el patio deatrás, en el macizo de rosas. Ella se lopidió antes de morir. En el puntoculminante de la Peste, cuando moríancientos de personas todos los días, casitodos los cadáveres se llevaban a lasafueras y se quemaban. Los pueblosmoribundos estaban rodeados de lasincombustibles piras de los muertos.Mi padre me pidió que me quedaracon Sammy. Con Sammy, que se habíaconvertido en zombi y caminabaarrastrando los pies, con la boca abiertao chupándose el pulgar, como sivolviera a tener dos años, y en sus ojosde osito de peluche había una miradavacía. Hacía solo unos meses, mi madrelo empujaba en un columpio, lo llevabaa clases de kárate, le lavaba el pelo ybailaba con él su canción favorita. Y, derepente, la misma madre estaba envueltaen una sábana blanca y nuestro padre sela echaba al hombro para llevarla alpatio.Por la ventana de la cocina vi a mipadre arrodillado junto a su tumba.Tenía la cabeza gacha y le temblaban loshombros. Nunca lo había visto perder lacompostura, ni una vez desde laLlegada. Las cosas habían idoempeorando día a día y, justo cuandocreías que no podían ponerse peor, lohacían. Sin embargo, mi padre nuncaperdió los nervios, ni siquiera cuandomi madre empezó a notar los primerossíntomas de la infección. Mantuvo lacalma, sobre todo cuando ella estabapresente. No hablaba de lo que pasabaal otro lado de las barricadas de puertasy ventanas. Le ponía paños húmedos enla frente, la bañaba, la cambiaba y ledaba de comer. Ni una vez lo vi llorardelante de ella. Mientras otros se liabana tiros, se colgaban, tragaban puñadosde pastillas o se tiraban de los sitiosmás altos, mi padre luchaba contra laoscuridad.Le cantaba, le contaba chistesestúpidos que mi madre había oído milveces y le mentía. Mentía como mienteun padre, con mentiras piadosas que teayudan a dormir.«Hoy he oído otro avión, sonabacomo un caza. Eso significa que parte denuestras cosas siguen funcionando».O: «Te ha bajado un poco la fiebre yse te ven los ojos más despejados. A lomejor ya ha pasado. Puede que solo seauna gripe común».En sus últimas horas, le limpiaba laslágrimas de sangre.La sostuvo mientras ella vomitaba elnegro estofado vírico en que se habíaconvertido su estómago.Nos llevó a Sammy y a mí a sucuarto para que nos despidiéramos deella.«No pasa nada —le dijo mi madre aSammy—. Todo irá bien».Y a mí me dijo: «Ahora te necesita,Cassie, cuida de él. Y cuida de tupadre».Le respondí que se mejoraría, queeso pasaba con alguna gente:enfermaban y, de repente, el virusdesaparecía. Nadie entendía la razón. Alo mejor se daba cuenta de que no legustaba tu sabor. No le dije que sepondría bien para apaciguar sus miedos,sino que lo creía de verdad, tenía quecreerlo.«Eres todo lo que tienen», me dijoella. Fueron las últimas palabras que medirigió.La mente es lo último que se pierde,arrastrada por las agujas rojas delTsunami. El virus se hace por completocon el control. Algunas personas caenvíctimas de la histeria cuando empieza ahervirles el cerebro. Dan puñetazos,arañazos, patadas, mordiscos. Como siese virus que nos necesitaba también nosodiara y estuviera deseando librarse denosotros.Mi madre miró a mi padre y no loreconoció. No sabía dónde estaba, quiénera ni qué le ocurría. Sus labioscuarteados esbozaban una espeluznantesonrisa perenne, enseñando los dientesmanchados de la sangre que le salía delas encías. Dejaba escapar sonidos queno eran palabras. El lugar de su cerebroque controlaba el lenguaje estabainfestado por el virus, y el virus noconocía lenguas: lo único que sabía erareplicarse.Después, mi madre murió entresacudidas y gritos borboteantes, y susindeseables huéspedes salierondisparados por todos sus orificiosporque ya habían acabado con ella, lahabían consumido, y llegaba el momentode apagar la luz y buscar un nuevohogar.Mi padre la bañó por última vez, lapeinó, y le quitó los restos de sangreseca de los dientes. Cuando vino aavisarme de que ya nos habíaabandonado, lo hizo con mucha calma,no perdió los nervios y me abrazócuando los perdí yo.Después lo observé a través de laventana de la cocina, arrodillado junto aella en el macizo de rosas, seguro deque nadie lo veía. Ahí fue cuando mipadre soltó la cuerda a la que seaferraba, la que lo había mantenidofirme mientras todos caían en picado asu alrededor.Me aseguré de que Sammy estuvierabien y salí para sentarme a su lado. Lepuse una mano en el hombro. La últimavez que toqué a mi padre fue mucho másdifícil y lo hice con el puño. Allí, en eljardín, ninguno de los dos dijo nadadurante un buen rato.Entonces me puso algo en la mano,la alianza de mamá, y me explicó queella habría deseado que me la quedarayo.—Nos vamos, Cassie, mañana por lamañana.Asentí con la cabeza, sabía que ellaera la única razón por la que nohabíamos huido todavía. Los delicadostallos de las rosas se balanceaban de unlado a otro, como si me imitasen.—¿Adónde iremos?—Lejos —respondió mirando a sualrededor con los ojos muy abiertos ycara de susto—. Aquí ya no estamos asalvo.A lo que yo pensé: «¡Menudanovedad!».—La base Wright-Patterson, de lasfuerzas aéreas, está a poco más deciento sesenta kilómetros de aquí. Si nosdamos prisa y el tiempo acompaña,estaremos allí en cinco o seis días.—Y después ¿qué?Los Otros nos habían acostumbradoa pensar así: «De acuerdo, hagamosesto. Pero y después ¿qué?». Miré a mipadre esperando su respuesta. Él era elhombre más inteligente que conocía: siél no tenía respuesta, nadie la tenía. Yyo aún menos. Así que deseaba que latuviera, lo necesitaba.Sacudió la cabeza como si nocomprendiera la pregunta.—¿Qué hay en Wright-Patterson? —pregunté.—No sé si habrá algo —respondióintentando sonreír, aunque le salió unamueca rara, como si sonreír le doliese.—Entonces, ¿para qué vamos?—Porque no podemos quedarnosaquí —dijo entre dientes—. Y si nopodemos quedarnos aquí, tendremos queir a alguna parte. Si queda algo parecidoa un Gobierno...Sacudió la cabeza. No había salidoal jardín para eso, había ido a enterrar asu mujer.—Entra en casa, Cassie.—Te ayudaré.—No necesito tu ayuda.—Es mi madre. Yo también laquería. Por favor, déjame ayudar.Estaba llorando de nuevo, pero él nose dio cuenta. No me miraba, y tampocomiraba a mi madre. En realidad, nomiraba nada: era como si hubiera unagujero negro donde antes estuviera elmundo y los dos nos precipitáramoshacia él. ¿A qué podíamos agarrarnos?Le aparté la mano del cadáver de mamá,me la llevé a la mejilla, y le dije que loquería, que mi madre lo había querido yque todo iría bien, y así el agujero negroperdió un poquito de fuerza.—Entra en casa, Cassie —me dijocon voz amable—. Sammy te necesitamás que ella.Entré. Sammy estaba sentado en elsuelo de su cuarto y jugaba a destruir laEstrella de la Muerte con su X-wing.—Ruuun, ruuun. ¡Estoy entrando,Rojo Uno!Y fuera, mi padre se arrodilló sobrela tierra recién removida. Tierra marrón,rosa roja, cielo gris y sábana blanca.12Supongo que ahora debería hablar deSammy.No sé otra forma de llegar hasta allí.Y por «allí» me refiero a esosprimeros centímetros al descubierto enlos que la luz del sol me besó la mejillaarañada cuando salí a rastras de debajodel Buick. Esos primeros centímetrosfueron los más difíciles. Los centímetrosmás largos del universo. Centímetrosque me parecieron mil kilómetros.Por «allí» me refiero a ese punto dela autopista en que me volví paraenfrentarme a un enemigo al que nopodía ver.Por «allí» me refiero a lo único queha evitado que me vuelvacompletamente loca, lo único que losOtros no han sido capaces de quitarmedespués de habérmelo arrebatado todo.Sammy es la razón por la que no merindo. La razón por la que no me quedéesperando el final debajo del coche.La última vez que lo vi fue a travésde la ventana de atrás de un autobúsescolar. Tenía la frente apoyada en elcristal y me decía adiós con la mano.Sonreía. Como si fuera de excursión:emocionado, nervioso, sin miedo. Estarcon todos aquellos niños ayudaba, ytambién el autobús escolar, por ser tannormal. ¿Acaso hay algo más cotidianoque un gran autobús escolar amarillo?De hecho, es tan corriente que al verlosaparecer en el campo de refugiadosdespués de cuatro meses de horror nosquedamos pasmados. Fue como ver unMcDonald's en la Luna: unacontecimiento extraño y demencial,algo que, sencillamente, no debería estarahí.Solo llevábamos un par de semanasen el campo. Del grupo deaproximadamente cincuenta personasque estábamos allí, nosotros éramos laúnica familia. Todos los demás eranviudos o huérfanos, los últimossupervivientes de sus familias, y ningunose conocía antes de llegar al campo. Elmayor tendría unos sesenta años. Sammyera el más pequeño, pero había otrossiete niños, todos menores de catorceaños, salvo yo.El campo de refugiados seencontraba a unos treinta kilómetros aleste de donde vivíamos. Durante latercera ola, se había abierto allí un claroen el bosque para construir un hospitalde campo en cuanto los de la ciudadquedaron saturados. Los edificios,pegados unos a otros, estaban hechos demadera cortada a mano y hojalatarecuperada. Había una sala principalpara los infectados y una cabaña máspequeña para los dos médicos que, antesde ser también víctimas del TsunamiRojo, atendían a los moribundos. Habíaun huerto y un sistema que recogía aguade lluvia para lavar, bañarse y beber.Comíamos y dormíamos en eledificio grande. Allí se habíandesangrado entre quinientas yseiscientas personas, pero blanquearonel suelo y las paredes, y quemaron loscatres en los que habían muerto. Todavíaolía ligeramente a la Peste (algoparecido a la leche agria), y la cal nohabía eliminado todas las manchas desangre. Diminutos puntitos formabanpatrones en las paredes, y se veíanlargas manchas con forma de hoz en elsuelo. Era como vivir en un cuadroabstracto en 3D.La cabaña era una mezcla dealmacén y arsenal. Verduras en lata,carne empaquetada, carne procesada,telas y alimentos básicos, como la sal.Escopetas, pistolas, semiautomáticas eincluso un par de pistolas de bengalas.Todos los hombres iban armados hastalos dientes: era como volver al SalvajeOeste.A unos cientos de metros del campo,en el bosque, detrás del complejo,habían excavado un pozo poco profundoque se usaba para quemar cadáveres. Noestaba permitido acercarse allí, así que,obviamente, algunos de los chicosmayores y yo lo hacíamos. Había unmuchacho muy desagradable al quellamaban Pringoso, supongo que porquellevaba el pelo largo y engominado.Pringoso tenía trece años y se dedicabaa la búsqueda de trofeos. Se llegaba asumergir en las cenizas para rescatarjoyas, monedas y cualquier otra cosaque le pareciera valiosa o «interesante».Juraba que no lo hacía porque estabamal de la olla.«Esto es lo que marca ahora ladiferencia», decía entre risas desatisfacción mientras clasificaba suúltimo botín con aquellas uñas sucias,con aquellas manos cubiertas del polvogris de los restos humanos.¿La diferencia entre qué?«Entre ser importante y no serlo. ¡Eltrueque ha vuelto, nena! —exclamaba,sosteniendo en alto un collar dediamantes—. Y cuando acabe todo,salvo los gritos, la gente con el mejormaterial será la que dirija el cotarro».La idea de que querían matarnos atodos todavía no se le había ocurrido anadie, ni siquiera a los adultos. Pringosose veía como uno de los nativosamericanos que vendieron Manhattanpor un puñado de cuentas de colores, nocomo un dodo, una comparación muchomás acertada.Mi padre había oído hablar delcampo unas semanas antes, cuando mimadre había empezado a mostrar losprimeros síntomas de la Peste. Intentóconvencerla de que fuéramos, pero ellasabía que nadie podía ayudarla. Si iba amorir, quería hacerlo en su casa, no enun hospital de pega en medio delbosque. Después, en sus últimas horas,nos llegó el rumor de que el hospital sehabía convertido en un punto deencuentro, una especie de refugio parasupervivientes lo bastante alejado de laciudad para encontrarse razonablementea salvo ante la siguiente ola, fuera lo quefuese (aunque casi todos apostaban poralguna especie de bombardeo aéreo), ylo bastante cerca para que nosencontrara la Gente al Mando cuandoviniera al rescate... Si es que habíaGente al Mando y si es que venía.El jefe extraoficial del campo era unmarine jubilado llamado Hutchfield. Eraun LEGO humano: manos cuadradas,cabeza cuadrada, mandíbula cuadrada.Llevaba la misma camiseta sin mangastodos los días, siempre manchada dealgo que podría haber sido sangre; lasbotas negras, en cambio, brillaban comoun espejo. Se afeitaba la cabeza (aunqueno el pecho ni la espalda, cosa quedebería haberse planteado seriamente).Tenía tatuajes por todas partes y legustaban las armas. Llevaba dos a lacadera, una a la espalda y otra colgadadel hombro. Nadie llevaba más armasde fuego que Hutchfield. Puede que esotuviera algo que ver con que fuera eljefe extraoficial.Los centinelas nos habían visto veniry, cuando llegamos a la carretera detierra que se introducía en el bosquepara ir a morir al campo, Hutchfieldestaba esperándonos con otro tíollamado Brogden. Estoy bastante segurade que pretendían que nos fijáramos entodo el armamento que llevaban encima.Hutchfield nos ordenó que nosseparáramos. Iba a hablar con mi padre;Brogden se quedaría conmigo y conSams. Le dije a Hutchfield lo que meparecía su idea. Ya sabes, en qué puntoexacto de su trasero tatuado podíametérsela.Acababa de perder a uno de mispadres, así que no me apetecía mucho laidea de perder al otro.—No pasa nada, Cassie —me dijomi padre.—No conocemos a estos tíos —repliqué—. Podrían ser otro grupo decabras, papá.«Cabras» era el nombre que seempleaba en la calle para referirse a los«cabrones con armas», los asesinos, losvioladores, los del mercado negro, lossecuestradores y, en general, losvándalos que aparecieron en plenatercera ola. Ellos eran la razón por laque la gente se encerraba en casa trasbarricadas, y almacenaba comida yarmas. Los primeros que consiguieronque nos preparásemos para la guerra nofueron los alienígenas, sino nuestroscongéneres humanos.—Solo lo hacen por precaución —repuso mi padre—. Yo haría lo mismoen su lugar —añadió, dándome unapalmadita con aire de condescendencia,mientras yo pensaba: «Joder, viejo,como me vuelvas a dar una de esaspalmaditas...»—. No pasa nada, Cassie.Se alejó con Hutchfield para que nolos oyéramos, pero los seguíamosviendo. Eso me hizo sentir un pocomejor. Cogí en brazos a Sammy y me loapoyé en la cadera mientras hacía todolo que podía por responder las preguntasde Brogden sin reventarle la cara con lamano libre.¿Cómo nos llamábamos?¿De dónde veníamos?¿Alguien del grupo estaba enfermo?¿Podíamos contarle algo sobre loque estaba pasando?¿Qué habíamos visto?¿Qué habíamos oído?¿Por qué estábamos allí?—¿Te refieres al campo o es unapregunta existencial? —pregunté yo.El tío juntó las cejas en una sola yrepuso:—¿Eh?—Si me hubieses preguntado esoantes de que empezara toda esta mierda,te habría contestado simplemente:«Estamos aquí para servir a nuestroscongéneres o contribuir a la sociedad».Si me hubiese puesto en plan listilla,habría dicho: «Porque si noestuviéramos aquí, estaríamos en otraparte». Pero como ha pasado toda estamierda, voy a decir que estamos aquíporque hemos tenido una suerte que tecagas.—Eres una listilla —concluyó entono mordaz después de observarme unsegundo con los ojos entornados.No sé cómo respondería mi padre aaquella pregunta, pero, al parecer, pasóel examen, ya que nos permitieron entraren el campo con todos los privilegios, loque significaba que mi padre (pero yono) podía elegir armas del alijo. Mipadre tenía un problema con las armas:nunca le habían gustado. Decía queaunque no eran las armas las quemataban a la gente, sin duda facilitabanla tarea. Ahora más que considerarlaspeligrosas le parecían una estupidezinútil.«¿De qué van a servir nuestraspistolas contra una tecnología que estámiles o puede que millones de años pordelante de la nuestra? —le preguntó aHutchfield—. Es como usar una porra ypiedras contra un misil táctico».Su argumento no hizo mella enHutchfield. ¡Era un marine, por amor deDios! Su fusil era su mejor amigo, sucompañero más fiel, la respuesta acualquier pregunta posible.Entonces, yo no entendía esesentimiento. Ahora, sí.13Cuando hacía buen tiempo, todos sequedaban fuera hasta la hora deacostarse. Aquel edificio destartaladotenía malas vibraciones. Por el motivode su construcción. Por el motivo de suexistencia. Por lo que lo había llevado(a él y a nosotros) al bosque. Algunasnoches había buen ambiente, casi comoen un campamento de verano en el que,milagrosamente, todos se llevan bien.Alguien decía que aquella tarde habíaoído un helicóptero, y eso activaba unaronda de especulaciones esperanzadassobre la posibilidad de que la Gente alMando estuviera recuperándose por finy preparándose para el contragolpe.Otras veces, los ánimos estaban másdecaídos y la angustia se palpaba en elaire del crepúsculo. Nosotros éramoslos afortunados. Habíamos sobrevividoal ataque del pulso electromagnético, ala aniquilación de las costas, a la plagaque había acabado con toda la gente a laque conocíamos y amábamos. Habíamosmirado a la Muerte a la cara, y ellahabía parpadeado primero. Eso deberíahabernos hecho sentir valientes einvencibles, pero no.Éramos como los japoneses quesobrevivieron al estallido inicial de labomba de Hiroshima. No entendíamospor qué seguíamos allí y no estábamosdel todo convencidos de querer estarlo.Nos contábamos las historias denuestras vidas antes de la Llegada.Llorábamos abiertamente por laspersonas que habíamos perdido.Llorábamos en secreto por nuestrosmóviles inteligentes, nuestros coches,nuestros microondas e internet.Contemplábamos el cielo nocturno.La nave nodriza nos devolvía la mirada,aquel malévolo ojo verde pálido.Se abrían debates sobre el lugar alque debíamos ir. En general, todosestaban de acuerdo en que no podíamospermanecer escondidos en el bosquepara siempre. Aun en el caso de que losOtros no aparecieran pronto, el inviernosin duda lo haría, así que necesitábamosrefugio. Nos quedaban suministros paravarios meses... o puede que menos,según el número de refugiados quesiguiera llegando al campamento.¿Debíamos esperar a que vinieran arescatarnos o salir a la carretera abuscar ayuda? Mi padre votaba por losegundo: todavía quería echar un vistazoa Wright-Patterson. Si había Gente alMando, era mucho más probableencontrarla allí.Me cansé de todo al cabo de untiempo. En vez de hacer algo alrespecto, nos dedicábamos a hablar delproblema. Estaba dispuesta a decirle ami padre que teníamos que mandar a laporra a aquellos cretinos, largarnos aWright-Patterson con quien quisieravenirse y que les dieran a los demás.Pensaba que, a veces, eso de que launión hace la fuerza está muysobrevalorado.Metí a Sammy dentro y lo acosté.Recé su oración con él: «Ángel de laguarda, dulce compañía...». Para mí noera más que ruido, tonterías. En lo querespecta a Dios, me daba la impresiónde que, en algún momento, había rotouna promesa, pero no tenía claro cuál.Hacía una noche despejada, de lunallena. Me sentía lo bastante cómoda paradar un paseo por el bosque.En el campo, alguien tocaba unaguitarra, y la melodía avanzaba a saltitospor el sendero, me seguía al interior delbosque. Era la primera vez que oíamúsica desde la primera ola: «And, inthe end, we lie awake, and we dream ofmaking our escape»[1].De repente solo quería hacerme unovillo y llorar. Quería alejarme por elbosque y seguir corriendo hasta que seme cayeran las piernas. Quería potar.Quería gritar hasta que me sangrara lagarganta. Quería volver a ver a mimadre, a Lizbeth y a todos mis amigos,incluso a los que no me gustaban, y aBen Parish, solo para decirle que loquería y que deseaba tener un hijo suyomás que seguir viva.La canción se perdió, ahogada por elcanto, mucho menos melódico, de losgrillos.Y el ruido de una rama al partirse.Y una voz que procedía del bosque,detrás de mí.—¡Cassie! ¡Espera!Seguí caminando porque habíareconocido la voz. A lo mejor me habíagafado al pensar en Ben, como cuandotienes antojo de chocolate y lo único quellevas en la mochila es una bolsa medioaplastada de caramelos masticables.—¡Cassie!El dueño de la voz había echado acorrer. A mí no me apetecía, así quedejé que me alcanzara.Esa era una de las cosas que nohabían cambiado: bastaba con quererestar sola para que no te dejaran estarlo.—¿Qué haces? —me preguntóPringoso.Le costaba respirar y tenía lasmejillas muy rojas y las sienes,relucientes, probablemente por culpa detanta gomina.—¿No es obvio? —respondí—.Estoy fabricando un dispositivo nuclearpara derribar a la nave nodriza.—Los misiles nucleares no valen —repuso él poniéndose firme—.Deberíamos construir un cañón de vaporFermi.—¿Fermi?—El tío que inventó la bomba.—Creía que era Oppenheimer.Él pareció quedarse impresionadode que supiera algo de historia.—Bueno, a lo mejor no la inventó,pero fue el padrino.—Pringoso, qué rarito eres —ledije, pero me sonó muy fuerte, así queañadí—: Claro que no te conocí antes dela invasión.—Se excava un buen hoyo. Se meteen el fondo una ojiva. Se llena elagujero de agua y se tapa con unascuantas toneladas de acero. El estallidoconvierte el agua en vapor al instante, yel vapor dispara el acero hacia elespacio a seis veces la velocidad delsonido.—Sí, estaría bien que lo hicieraalguien. ¿Por eso me acosas? ¿Quieresque te ayude a construir un cañón devapor nuclear?—¿Te puedo preguntar una cosa?—No.—Lo digo en serio.—Y yo.—Si solo te quedaran veinte minutosde vida, ¿qué harías?—No lo sé —respondí—, peroseguramente nada que tuviera que vercontigo.—¿Y eso? —preguntó, pero noesperó a la respuesta: supongo que seimaginó que no le gustaría escucharla—.¿Y si yo fuera la última persona de laTierra?—Si fueras la última persona de laTierra, yo no estaría allí para hacer nadacontigo.—Vale, ¿y si fuéramos las dosúltimas personas de la Tierra?—Entonces acabarías siendo laúltima, porque me suicidaría.—No te gusto.—¿No me digas? ¿Qué te ha dado laprimera pista?—Imagina que los vemos aquímismo, ahora mismo, bajando amatarnos. ¿Qué harías?—No lo sé, pedirles que te maten ati primero. ¿A qué viene esto, Pringoso?—¿Eres virgen? —me preguntó derepente.Me quedé mirándolo fijamente. Lodecía completamente en serio. Claro quela mayoría de los chicos de trece añosse toman siempre así los asuntoshormonales.—Que te den —respondí, y le di conel hombro al dirigirme de vuelta alcampo.Mala elección de palabras. Saliócorriendo detrás de mí y no se le movióni un mechón del repegado cabello. Eracomo si llevara un reluciente casconegro.—Lo digo en serio, Cassie —insistió, jadeando—. En estos tiempos,cualquier noche puede ser la última.—Igual que antes de que vinieran,idiota.Me agarró por la muñeca y tiró demí. Acercó su ancha cara grasienta a lamía. Yo medía dos centímetros y mediomás que él, pero él pesaba diez kilosmás que yo.—¿De verdad quieres morir sinsaber cómo es?—¿Cómo sabes que no lo sé? —pregunté mientras me soltaba de un tirón—. No vuelvas a tocarme —añadí,cambiando de tema.—Nadie se va a enterar —insistió—. No se lo contaré a nadie.Intentó agarrarme otra vez, perolevanté la mano izquierda y le aparté elbrazo de un tortazo mientras le pegabaun buen golpe en la nariz con la palmaabierta de la mano derecha. El porrazoabrió un grifo de brillante sangre rojaque se le metió en la boca y le provocóarcadas.—Puta —jadeó—. Tú por lo menostienes a alguien. Por lo menos no se hanmuerto todas las personas que conocías,joder.Se echó a llorar. Se sentó en el sueloy se dejó llevar por la enormidad delasunto, por el gran Buick que hayaparcado encima de ti, por la horriblesensación de que, por mal que vayan lascosas, empeorarán.«Mierda», pensé, y me senté en elcamino, a su lado. Le dije que echara lacabeza atrás, y él se quejó de que así lebajaría la sangre por la garganta.—No se lo cuentes a nadie —mesuplicó—. Perdería mi reputación.Me reí, no pude evitarlo.—¿Dónde aprendiste a hacer eso?—me preguntó.—En las girl scouts.—¿Tienen chapas para eso?—Tienen chapas para todo.En realidad habían sido siete añosde clases de kárate. Las había dejado elaño anterior, ya no recuerdo por quérazones. En aquel momento, sinembargo, me parecieron buenas.—Yo también lo soy —me dijo.—¿El qué?—Virgen —respondió tras arrojar unescupitajo de sangre y mocos en elsuelo.Qué sorpresa.—¿Qué te hace pensar que soyvirgen? —le pregunté.—Si no lo fueras, no me habríaspegado.14Vi un teledirigido por primera vezcuando llevábamos seis días en elcampo.Gris reluciente contra el brillantecielo de la tarde.Hubo muchos gritos, carreras, gentecogiendo armas, agitando las gorras ylas camisetas o volviéndose mediotonto, en general: llorando, saltando,abrazándose, haciendo chocar laspalmas... Creían que los iban a rescatar.Hutchfield y Brogden intentaroncalmarlos, pero no tuvieron éxito. Elteledirigido pasó zumbando por el cielo,desapareció detrás de los árboles ydespués volvió, algo más despacio.Desde tierra parecía un dirigible.Hutchfield y mi padre se pusieron encuclillas en la entrada de los barraconesy se fueron pasando unos prismáticospara observarlo.—No tiene alas ni marcas. Y ¿te hasfijado en el primer pase? Mach 2, por lomenos. A no ser que hayamos sacadoalgún tipo de aeronave clasificada, estono puede ser de origen terrestre —dijoHutchfield, estrellando el puño contra latierra al ritmo de sus palabras.Mi padre estaba de acuerdo. Noscondujeron a los barracones, y papá yHutchfield se quedaron un momento enla puerta, todavía pasándose losprismáticos.—¿Son los extraterrestres? —preguntó Sammy—. ¿Ya vienen, Cassie?—Shh.Miré por encima de él y vi quePringoso me estaba observando. Moviólos labios para decir en silencio laspalabras: «Veinte minutos».—Si vienen, los venceré —susurróSammy—. ¡Voy a darles patadas dekárate y después los mataré a todos!—Muy bien —respondí mientras leacariciaba el pelo, nerviosa.—No huiré —dijo él—. Voy amatarlos por haber matado a mamá.El teledirigido desapareció y, segúnme contó mi padre, subió en verticalhacia el cielo. De haber parpadeado, nilo habría visto marcharse.Reaccionamos ante aquel artefactocomo habría hecho cualquiera: conhisteria.Algunos huyeron, recogieron lo quepodían cargar con ellos y corrieron albosque. Otros se largaron con la ropaque llevaban puesta y el miedo que lesatenazaba el estómago. Hutchfield nologró convencerlos de lo contrario.El resto nos acurrucamos en losbarracones hasta que llegó la noche, yentonces la fiesta de la histeria pasó alsiguiente nivel. ¿Nos habían visto?¿Vendrían después los soldadosimperiales, el ejército de los clones olos vehículos de patas largas? ¿Nosfreirían con cañones láser? Estabaoscuro como la noche. No veíamos loque teníamos delante de las naricesporque no nos atrevíamos a encender laslámparas de queroseno. Susurrosfrenéticos. Lloros ahogados.Aguardábamos acurrucados en loscatres, dando un respingo cada vez queoíamos un ruido. Hutchfield asignó laguardia nocturna a los mejores tiradores.Si se mueve, dispara. Nadie podía salirsin permiso. Y Hutchfield no concedíaninguno.Aquella noche duró mil años.Mi padre se acercó a mí a oscuras yme puso algo en las manos.Una Luger semiautomática cargada.—Pero tú no crees en las armas —lesusurré.—Antes no creía en muchas cosas.Una señora se puso a recitar elPadre Nuestro. La llamábamos MadreTeresa. Grandes piernas, brazosescuálidos, vestido azul desteñido, pelogris y ralo. En algún momento delcamino había perdido la dentadurapostiza. Siempre estaba con las cuentasdel rosario y hablando con Jesús. Unospocos se unieron a ella, después otrosmás.—Perdona nuestras ofensas comotambién nosotros perdonamos a los quenos ofenden.Llegados a ese punto, suarchienemigo, el único ateo de latrinchera del Campo Pozo de Ceniza, unprofesor universitario llamado Dawkins,gritó:—¡Sobre todo a los de origenextraterrestre!—¡Vas a ir al infierno! —le chillóuna voz desde la oscuridad.—Y ¿cómo voy a notar ladiferencia? —respondió Dawkins agritos.—¡Silencio! —les ordenóHutchfield en voz baja desde su puestoen la entrada—. ¡Reservaos lasplegarias!—La hora de su juicio ha llegado —gimió la Madre Teresa.Sammy se acercó más a mí dentrodel catre, y yo me metí la pistola entrelas piernas. Me daba miedo que me laquitara y acabase volándome la tapa delos sesos por accidente.—¡Callaos todos! —ordené—.Estáis asustando a mi hermano.—No tengo miedo —respondióSammy; su puñito se retorcía contra micamiseta—. ¿Tienes miedo, Cassie?—Sí —respondí, y le besé lacoronilla.El pelo le olía a rancio, así quedecidí lavárselo por la mañana.Si seguíamos allí por la mañana.—No es verdad —me dijo—. Túnunca tienes miedo.—Ahora mismo tengo tanto miedoque me podría hacer pipí en lospantalones.Él soltó una risita. Noté el calor desu cara en el hueco de mi brazo.¿Tendría fiebre? Así empezaba. Me dijeque estaba paranoica, que mi hermanohabía estado expuesto al virus cientos deveces y que el Tsunami Rojo te barrecon furia en cuanto te expones a él. A noser que tengas inmunidad. Y seguro queSammy la tenía. Si no, ya estaría muerto.—Ponte un pañal —comentó paratomarme el pelo.—Puede que lo haga.—Aunque ande en valle de sombrade muerte... —seguía la Madre Teresa,que no tenía intención de parar.Oía cómo entrechocaban las cuentasdel rosario. Mientras tanto, Dawkinscanturreaba la rima de la GallinitaCiega para ahogar sus palabras. Noacababa de decidirme sobre cuál de losdos era más molesto: la fanática o elcínico.—Mamá decía que a lo mejor eranángeles —dijo Sammy de repente.—¿Quiénes?—Los extraterrestres. Cuandollegaron, pregunté si habían venido amatarnos, y ella me dijo que a lo mejorni siquiera eran extraterrestres, que a lomejor eran ángeles del cielo, como en laBiblia, cuando los ángeles hablan conAbraham, y con María y con Jesús, ycon todo el mundo.—Está claro que antes nos hablabanmás —respondí.—Pero después nos mataron.Mataron a mami —concluyó, y se echó allorar.—Aderezas mesa delante de mí, enpresencia de mis angustiadores.Besé la coronilla de Sammy y lerestregué los brazos.—Unges mi cabeza con aceite.—Cassie, ¿Dios nos odia?—No. No lo sé.—¿Odia a mamá?—Claro que no. Mamá era unabuena persona.—Entonces ¿por qué la dejó morir?Sacudí la cabeza. Me pesaba todo elcuerpo, como si llevara veinte miltoneladas encima.—Mi copa está rebosando.—¿Por qué dejó que vinieran losextraterrestres a matarnos? ¿Por quéDios no los para?—A lo mejor... —susurré en vozbaja; me pesaba hasta la lengua—. A lomejor lo hace.—Ciertamente, el bien y lamisericordia me seguirán todos los díasde mi vida.—No dejes que me atrapen, Cassie.No me dejes morir.—No vas a morir, Sams.—¿Lo prometes?—Lo prometo.15El teledirigido regresó al día siguiente.O un teledirigido distinto, idéntico alprimero. Seguramente, los Otros no hanrecorrido medio universo con un soloteledirigido en la bodega.Se movía despacio por el cielo, ensilencio, sin el gruñido de un motor, sinproducir ningún zumbido, simplementese deslizaba sin hacer ruido, como uncebo de pesca arrastrado por aguastranquilas. Nos apresuramos a entrar enlos barracones sin que nadie tuviera queordenárnoslo. Me encontré sentada en uncatre al lado de Pringoso.—Sé lo que van a hacer —susurró.—No hables —le susurré.Él asintió y dijo:—Bombas sónicas. ¿Sabes lo quepasa cuando te bombardean condoscientos decibelios? Se te hacenpedazos los tímpanos. Los pulmones teestallan, el aire te entra en el torrentesanguíneo y te falla el corazón.—¿De dónde sacas esa mierda,Pringoso?Mi padre y Hutchfield volvían aestar agachados junto a la puerta abierta.Se quedaron mirando el mismo puntodurante varios minutos. Al parecer, elteledirigido se había quedado inmóvilen el cielo.—Toma, te he traído una cosa —dijoPringoso.Era un collar de diamantes, parte delbotín que había obtenido de loscadáveres del pozo de ceniza.—Qué asco —respondí.—¿Por qué? Ni que lo hubierarobado —añadió, haciendo un mohín—.Sé lo que te pasa, no soy estúpido. Noes por el collar, es por mí. Lo aceptaríassin pensarlo si yo estuviera bueno.Me pregunté si estaba en lo cierto.Si Ben Parish me hubiese regalado uncollar del pozo, ¿lo habría aceptado?—Como si tú lo estuvieras... —añadió Pringoso.¡Qué chasco! Pringoso, el ladrón detumbas, no creía que estuviera buena.—Entonces, ¿por qué me lo quieresdar?—Aquella noche, en el bosque, mecomporté como un imbécil. No quieroque me odies, ni que pienses que soy unraro.Un poco tarde para eso.—No quiero joyas de gente muerta—respondí.—Ni ellos —contestó él,refiriéndose a la gente muerta.No pensaba dejarme en paz, así queme largué en silencio para sentarmedetrás de mi padre. Por encima de suhombro vi un diminuto punto gris, unapeca plateada en la impoluta piel delcielo.—¿Qué está pasando? —susurré.Justo cuando lo decía, el puntodesapareció. Se movió tan deprisa quepareció esfumarse en un abrir y cerrarde ojos.—Vuelos de reconocimiento —dijoHutchfield entre dientes—. No se meocurre qué otra cosa puede ser.—Nosotros teníamos satélites quepodían ver qué hora marcaba el reloj decualquiera desde el cielo —repuso mipadre en voz baja—. Si podíamos hacereso con nuestra tecnología primitiva,¿por qué iban a tener ellos queabandonar su nave para espiarnos?—¿Tienes una teoría mejor? —preguntó Hutchfield, que no soportabaque cuestionaran sus decisiones.—Puede que no tengan nada que vercon nosotros —sugirió mi padre—.Puede que esas cosas sean sondasatmosféricas o dispositivos para mediralgo que no pueden calibrar desde elespacio. O quizás estén buscando algoque no puedan detectar hasta tenernosprácticamente neutralizados.Entonces, mi padre suspiró. Yoconocía aquel suspiro: significaba quecreía que algo era cierto, pero deseabaque no lo fuera.—Todo se reduce a una preguntamuy simple, Hutchfield: ¿por qué estánaquí? No han venido para expoliar losrecursos de nuestro planeta: hay muchospor todo el universo, así que no hacefalta viajar cientos de años luz paraobtenerlos. Tampoco para matarnos,aunque puede que matarnos a todos (o acasi todos) sea necesario. Son comoesos propietarios que echan a unosinquilinos descuidados para poderlimpiar la casa y meter a un inquilinonuevo; creo que lo que pretenden esdejar la casa preparada.—¿Preparada? ¿Preparada paraqué?—Para la mudanza —dijo mi padre,con una sonrisa triste.16Una hora antes del amanecer. Nuestroúltimo día en el Campo Pozo de Ceniza.Domingo.Sammy durmiendo a mi lado: unniño pequeño, calentito, con una manoencima del oso de peluche y la otrasobre mi pecho, una mano regordetacerrada en un puño.La mejor parte del día.Esos pocos segundos en los queestás despierta, pero vacía. Se te olvidadónde te encuentras, lo que eres ahora,lo que eras antes. Solo hay aliento,latidos y sangre en movimiento. Es comoestar de nuevo en el vientre de tu madre.La paz del vacío.Al principio, creí que el ruido era ellatido de mi corazón.Pum, pum, pum. Primero bajo, luegomás alto, después muy alto, lo bastantecomo para sentir el golpeteo en la piel.Una luz iluminó la sala, cada vez conmayor intensidad. La gente iba de unlado a otro tropezándose, poniéndose laropa, buscando sus armas. La luzbrillante se apagó y regresó. Lassombras saltaban por el suelo y corríanhacia el techo. Hutchfield nos gritabaque mantuviéramos la calma, pero nadiele hacía caso. Todos reconocían elsonido y sabían lo que significaba.¡Rescate!Hutchfield intentó bloquear la puertacon su cuerpo.—¡Quedaos dentro! —aulló—. Noqueremos...Lo apartaron de un empujón. ¡Oh, síque queremos! Salimos por la puerta enmanada, nos detuvimos en el patio ehicimos señas al helicóptero, un BlackHawk que realizaba otra pasada sobre elcomplejo, negro sobre la penumbra delcielo antes del alba. El foco apuñalabael suelo, nos cegaba, aunque a lamayoría ya nos habían cegado laslágrimas. Saltábamos, nos abrazábamos.Dos personas agitaban banderitas deEstados Unidos, y recuerdo habermepreguntado de dónde narices las habríansacado.Hutchfield estaba furioso y nosgritaba que volviésemos dentro. Nadiele hizo caso, ya no era nuestro jefe, laGente al Mando había llegado.Justo entonces, el helicóptero virópor última vez y se alejó con un granestruendo. El ruido de los rotores sedesvaneció y dio paso a un silencioaplastante. Estábamos desconcertados,perplejos, asustados. Tenían quehabernos visto: ¿por qué no habíanaterrizado?Esperamos a que el helicópteroregresara. Esperamos toda la mañana.La gente hizo las maletas y empezó aespecular sobre el lugar al que nosllevarían, cómo sería, cuántas personashabría. ¡Un helicóptero Black Hawk!¿Qué más habría sobrevivido a laprimera ola? Soñábamos con luceseléctricas y duchas de agua caliente.Nadie dudaba de que la Gente alMando nos rescataría ahora que sabía denuestra existencia. La ayuda ya estaba decamino.Sin embargo, mi padre, por ser comoera, no estaba tan seguro.—Puede que no vuelvan —dijo.—No nos dejarían aquí sin más,papá —respondí. A veces había quehablar con él como si tuviera la edad deSammy—. ¿Qué sentido tendría?—Puede que no fuera una operaciónde búsqueda y rescate. Puede queestuvieran buscando otra cosa.—¿El teledirigido?El que se había estrellado unasemana antes. Él asintió.—De todos modos, ahora saben queestamos aquí —insistí—. Harán algo.Él asintió de nuevo, ausente, como siestuviera pensando en otra cosa.—Sí —respondió, y me miró—.¿Todavía tienes la pistola?Me di una palmadita en el bolsillode atrás. Él me echó un brazo porencima y me condujo al almacén. Apartóuna vieja lona que había en una esquinay desveló el fusil de asaltosemiautomático M16, el que iba aconvertirse en mi mejor amigo cuandoya no quedara nadie.Lo recogió y le dio la vuelta paraexaminarlo con la misma expresión deprofesor despistado.—¿Qué te parece? —susurró.—¿Eso? Está de puta madre.No me regañó por el lenguaje; alcontrario, soltó una carcajada.Después me enseñó cómofuncionaba, cómo sostenerlo, cómoapuntar, cómo cambiar el cargador.—Toma, ahora prueba tú —me dijo,ofreciéndomelo.Creo que le sorprendióagradablemente comprobar lo rápidoque aprendía su hija. Y mi coordinaciónera bastante buena gracias a las clasesde kárate. Las clases de baile no puedencompararse con el kárate en lo querespecta a moverse con elegancia.—Quédatelo —me dijo cuandointenté devolvérselo—. Te lo esconderéaquí.—¿Por qué? —pregunté.No me importaba tenerlo, pero meestaba empezando a poner nerviosa.Mientras todos los demás lo celebraban,mi padre me enseñaba a usar armas defuego.—¿Sabes cómo averiguar quién es tuenemigo en tiempos de guerra, Cassie?—preguntó mientras examinaba lacabaña. ¿Por qué no era capaz demirarme a mí?—. Es el tío que tedispara. Así lo sabes. Que no se teolvide. —Y, señalando el arma con lacabeza, añadió—: No vayas por ahí conél; mantenlo cerca, pero escondido. Niaquí ni en los barracones, ¿vale?Una palmadita en el hombro. Unapalmadita no bastaba. Un gran abrazo.—A partir de ahora no pierdas nuncade vista a Sammy. ¿Lo entiendes,Cassie? Nunca. Ahora ve a buscarlo.Tengo que charlar con Hutchfield. Y¿Cassie? Si alguien intenta quitarte esefusil, dile que primero hable conmigo. Ysi siguen intentándolo, dispárales.Sus labios sonrieron, pero sus ojosno: parecían tan fríos y duros como losde un tiburón.Mi padre había tenido suerte. Todosla habíamos tenido. Gracias a la suertehabíamos sobrevivido a las tresprimeras olas. Sin embargo, hasta elmejor jugador te dirá que la suerte tieneun límite. Creo que eso es lo que mipadre notó aquel día: no que se noshabía acabado la suerte (eso no podríahaberlo sabido nadie), sino que los quequedaran en pie no serían losafortunados.Serían los duros. Los que le dijerana la suerte que se fuera a la mierda. Losque tuvieran el corazón de piedra. Losque pudieran dejar morir a cien con talde salvar a uno. Los que comprendieranque era inteligente quemar un pueblopara poder salvarlo.El mundo está tan jodido que apenaslo reconozco.Y si no te parece bien, no eres másque un cadáver en potencia.Cogí el M16 y lo escondí detrás deuno de los árboles que bordeaban elcamino que conducía al pozo de ceniza.17Los últimos restos del mundo queconocía quedaron hechos trizas unatarde de domingo cálida y soleada.El heraldo de aquella desgracia fueel gruñido de motores diésel, loschirridos y crujidos de los ejes, y elgemido de los frenos. Nuestroscentinelas habían avistado el convoymucho antes de que llegara al complejo.Vieron los cegadores reflejos de la luzdel sol en las ventanas y las columnas depolvo que dejaban atrás los neumáticos,como si fuera una estela. No corrimos arecibirlos con flores y besos: nosquedamos atrás mientras Hutchfield, mipadre y los cuatro mejores tiradores queteníamos iban a buscarlos. Todos teníanlos nervios de punta y habían perdidogran parte del entusiasmo de hacía unashoras.Nada de lo que habíamos esperadoque sucediera después de la Llegadahabía sucedido. Había pasado justo loque nunca nos habríamos esperado. Nonos dimos cuenta de que la gripemortífera formaba parte de su plan hastaque transcurrieron dos semanas enterasdesde la tercera ola. Aun así, tiendes acreer lo que siempre has creído, apensar lo que siempre has pensado, aesperar lo que siempre has esperado.Así que nunca nos preguntamos si nosrescatarían, sino cuándo.Y cuando vimos justo lo quequeríamos ver, lo que habíamosesperado ver (el gran camión deplataforma cargado de soldados, losHumvees repletos de torretas deametralladoras y lanzamisiles tierraaire),seguimos desconfiando.Entonces aparecieron los autobusesescolares.Eran tres, parachoques contraparachoques. Llenos de niños.Nadie se lo esperaba. Como dije,era tan normal que pasmaba, resultabasorprendentemente surrealista. Algunos,de hecho, nos reímos. ¡Un autobúsescolar amarillo! ¿Dónde narices está laescuela?Al cabo de unos cuantos minutos detensión en los que lo único que oímosfue el gutural gruñido de los motores, ylas risas y los gritos lejanos de los niñosde los autobuses, mi padre dejó aHutchfield hablando con el comandante,y se nos acercó a Sammy y a mí. Ungrupo de gente se arremolinó a nuestroalrededor para escucharlo.—Vienen de Wright-Patterson —dijomi padre, como si le faltara el aliento—.Y, al parecer, han sobrevivido muchosmás militares de lo que creíamos.—¿Por qué llevan máscaras antigás?—pregunté.—Por precaución —respondió—.Llevan en cuarentena desde que llegó laplaga. Todos hemos estado expuestos ypodríamos ser portadores.Miró a Sammy, que estabaapretujado contra mí, abrazado a mipierna.—Han venido a por los niños —dijomi padre.—¿Por qué? —pregunté.—¿Y nosotros? —quiso saber laMadre Teresa—. ¿No nos van a llevarcon ellos?—Dicen que volverán a pornosotros. Ahora mismo solo tienen sitiopara los niños.Lo dijo mirando a Sammy.—No nos van a separar —le aseguréa mi padre.—Claro que no —respondió,volviéndose para dirigirse bruscamentea los barracones. Al salir, llevaba mimochila y el oso de Sammy—. Tú te vascon él.Mi padre no lo había pillado.—No pienso irme sin ti —afirmé.¿Qué les pasaba a los tíos como mipadre? De repente aparecía alguien conautoridad y se dejaban el cerebro en elarmario.—¡Ya has oído lo que ha dicho! —chilló la Madre Teresa, sacudiendo suscuentas—. ¡Solo los niños! Si va alguienmás, debería ser yo... Deberían ser lasmujeres. Así es como se hace. ¡Lasmujeres y los niños primero! Lasmujeres y los niños.Mi padre no le hizo caso y me pusootra vez la mano en el hombro, pero mela sacudí de encima.—Cassie, primero tienen que ponera salvo a los más vulnerables. Solotardaré unas horas más que tú...—¡No! O nos quedamos todos o nosvamos todos, papá. Diles que estaremosbien aquí hasta que regresen. Puedocuidar de él. Lo he estado haciendohasta ahora.—Y seguirás haciéndolo, Cassie,porque tú también te vas.—No sin ti. No te voy a dejar aquí,papá.Sonrió como si yo fuese una niñaque hubiese dicho una monería.—Puedo cuidarme solo.No sabía cómo expresar lo quesentía: era como si tuviera un carbón alrojo vivo en las tripas, me abrumaba lasensación de que, si se separaba lo quequedaba de nuestra familia, sería nuestrofinal. Que si lo dejaba atrás, nuncavolvería a verlo. A lo mejor no estabasiendo racional, aunque el mundo en elque vivía tampoco lo era.Mi padre me despegó a Sammy de lapierna, lo levantó y se lo apoyó en lacadera. Luego me cogió por el codo conla mano libre y nos llevó a los dos hacialos autobuses. Los soldados parecíaninsectos con aquellas máscaras antigásque les ocultaban el rostro. No lesveíamos la cara, pero llevaban susnombres bordados en los trajes verdesde camuflaje.Greene.Walters.Parker.Nombres estadounidenses decentes yrotundos, y la bandera de EstadosUnidos en la manga.Y su forma de moverse, erguidos,pero relajados. Como muellescomprimidos. Como se supone que sonlos soldados.Llegamos al último autobús de lafila. Los niños que había en el interiorgritaban y nos saludaban con la mano.Para ellos era una gran aventura.El corpulento soldado de la puertalevantó una mano. En su traje ponía:«Branch».—Solo los niños —dijo con la vozalgo ahogada por la máscara.—Lo entiendo, cabo —respondió mipadre.—Cassie, ¿por qué lloras? —preguntó Sammy mientras me tocaba lacara con su manita.Papá lo bajó al suelo y se arrodillópara acercar su cara a la de Sammy.—Te vas de excursión, Sammy —ledijo—. Estos militares tan simpáticos tellevan a un lugar en el que estarás asalvo.—¿Tú no vienes, papá? —preguntóél tirándole de la camiseta con susmanitas diminutas.—Sí, sí, papá también va, perotodavía no. Pronto, muy pronto.Abrazó a Sammy. El último abrazo.—Ahora sé bueno. Haz todo lo quete digan estos chicos del ejército, ¿vale?Sammy asintió con la cabeza y medio la mano.—Venga, Cassie, ¡nos vamos enautobús!El hombre de la máscara negra sevolvió y levantó una de sus manosenguantadas.—Solo el chico —nos dijo.Empecé a decirle que se fuera a lamierda. No me hacía ninguna gracia laidea de dejar a mi padre atrás, peroSammy no se iba a ninguna parte sin mí.El cabo me cortó antes de que dijeranada y repitió: «Solo el chico».—Es su hermana —intentóconvencerlo mi padre; estaba siendorazonable—. Y ella también es una niña,solo tiene dieciséis años.—Tendrá que quedarse aquí —insistió el cabo.—Entonces él no se va —respondímientras abrazaba a Sammy.Tendrían que arrancarme los brazospara llevarse a mi hermano pequeño.El cabo guardó silencio durante unosaterradores instantes. Me entraron ganasde tirarle de la máscara y escupirle en lacara. El sol se le reflejaba en el cristal,una odiosa bola de luz.—¿Quieres que se quede?—Lo quiero conmigo —lo corregí—. En el autobús o fuera del autobús:me da igual. Conmigo.—No, Cassie —dijo mi padre.Sammy empezó a llorar. Mi hermanolo había entendido enseguida: eran papáy el soldado contra él y contra mí, y nohabía forma de ganar la batalla. Lohabía entendido antes que yo.—Puede quedarse —contestó elsoldado—, pero no podemos garantizarsu seguridad.—¿De verdad? —le grité al cara deinsecto—. ¿Tú crees? ¿Es que podéisgarantizar la seguridad de alguien?—Cassie... —empezó mi padre.—¡No podéis garantizar una mierda!—le grité.El cabo no me hizo caso y se dirigióa mi padre.—Usted decide, señor.—Papá, ya lo has oído, se puedequedar con nosotros.Mi padre se mordió el labio inferior,levantó la cabeza, se rascó la barbilla ymiró el cielo desnudo. Pensaba en losteledirigidos, en lo que sabía y en lo queno sabía. Recordaba lo que habíaaprendido. Estaba sopesando los pros ylos contras, calculando probabilidades yprocurando no hacer caso de la vocecitaque surgía de lo más profundo de su serpara decirle que no lo dejara marchar.Así que, por supuesto, hizo lo másrazonable.Él era el adulto responsable, y esoes lo que hacen los adultosresponsables.Lo más razonable.—Tienes razón, Cassie —dijo al fin—: no pueden garantizar nuestraseguridad, nadie puede. Pero algunoslugares son más seguros que otros —añadió y, tras coger a Sammy de lamano, añadió—: Vamos, campeón.—¡No! —gritó Sammy mientras laslágrimas le rodaban por las relucientesmejillas rojas—. ¡No me voy sin Cassie!—Cassie también va, iremos losdos, justo detrás de ti.—Yo lo protegeré, lo vigilaré, nodejaré que le pase nada —supliqué—.Volverán a por los demás, ¿verdad?Solo tenemos que esperar a que vuelvan—insistí, tirándole de la camisetamientras ponía mi mejor caraimplorante, esa con la que solíaconseguir lo que quería—. Por favor,papi, no lo hagas, no está bien. Tenemosque permanecer juntos, tenemos quehacerlo.No iba a funcionar. Tenía aquellaexpresión dura de nuevo: ojos fríos,drásticos, crueles.—Cassie, dile a tu hermano que nopasa nada.Y lo hice. Después de decirme a mímisma que no pasaba nada, que debíaconfiar en mi padre, en la Gente alMando, en que los Otros no incineraranlos autobuses escolares llenos de niños,debía confiar en que la propia confianzano se hubiera evaporado igual que lohabían hecho los ordenadores, laspalomitas de microondas y la peli deHollywood en la que los humanosvencen a los asquerosos del PlanetaXercon en los diez minutos del final.Y entonces me puse de rodillas en elsuelo polvoriento, frente a mi hermanopequeño.—Tienes que irte, Sams —le dije.El regordete labio inferior letemblaba y aferraba al osito con fuerza,apretándolo contra su pecho.—Pero, Cassie, ¿quién te va aabrazar cuando tengas miedo?Lo decía completamente en serio, separecía tanto a papá con aquel ceñitofruncido que estuve a punto de reírme.—Ya no tengo miedo, y tú tampocodeberías tenerlo. Ahora están aquí lossoldados, y ellos nos pondrán a salvo.—Miré al cabo Branch y añadí—: ¿Aque sí?—Sí.—Se parece a Darth Vader —susurró Sammy—. Y también suenacomo él.—Sí, y ¿recuerdas lo que pasa? Alfinal se vuelve bueno.—Solo después de volar en pedazosun planeta entero y matar a un montón degente.No pude evitarlo: me reí. Dios mío,qué listo era. A veces creía que era máslisto que mi padre y yo juntos.—¿Vendrás después, Cassie?—Claro que sí.—¿Me lo prometes?Se lo prometí, pasara lo que pasara.Pasara. Lo. Que. Pasara.Era lo único que necesitabaescuchar. Empujó a su osito contra mipecho.—¿Sam?—Para cuando tengas miedo, perono lo abandones —me explicó,levantando un dedito para dejarlo muyclaro—. Que no se te olvide.Dicho lo cual, le ofreció la mano alcabo y le dijo:—¡Tú primero, Vader!La mano enguantada se tragó la manoregordeta. El primer escalón erademasiado alto para sus piernecitas. Losniños de dentro chillaron y dieronpalmas cuando dobló la esquina y llegóal pasillo central.Sammy fue el último en subir. Lapuerta se cerró. Mi padre intentórodearme con el brazo, pero yo di unpaso atrás. El motor aceleró y los frenosneumáticos silbaron.Y allí apareció su cara, pegada alcristal manchado, y su sonrisa, mientrassalía volando por una galaxia lejana,muy lejana, montado en su caza espacialX-wing, alcanzando la velocidad decurvatura, hasta que el polvo engulló lasucia nave espacial amarilla.18—Por aquí, señor —le dijo el cabo,y lo seguimos de vuelta.Dos Humvees se habían marchadocon los autobuses para escoltarlo hastaWright-Patterson. Los que quedabanestaban aparcados mirando a losbarracones y la cabaña del almacén, conlos cañones de las ametralladorasapuntando al suelo, como si fueran lascabezas agachadas de unas criaturasmetálicas en pleno sueño.El complejo estaba vacío. Todos(incluidos los soldados) se habíanmetido en los barracones. Todos salvouno.Cuando nos acercamos, Hutchfieldsalió del almacén. No sé qué le brillabamás, si la cabeza afeitada o la sonrisa.—¡Fantástico, Sullivan! —exclamó,sonriente, mirando a mi padre—. Y túquerías largarte después del primerteledirigido.—Parece que me equivocaba —repuso mi padre, esbozando una sonrisatensa.—Reunión informativa del coronelVosch dentro de cinco minutos. Peroprimero necesito tu artillería.—¿Mi qué?—Tu arma. Órdenes del coronel.Mi padre miró al soldado queteníamos al lado. Los ojos vacíos ynegros de la máscara le devolvieron lamirada.—¿Por qué? —quiso saber mipadre.—¿Necesitas una explicación? —preguntó Hutchfield sin perder lasonrisa, aunque entornando un poco losojos.—Me gustaría, sí.—Es procedimiento operativoestándar, Sullivan. En tiempo de guerra,no puede dejarse a un puñado de civilessin entrenamiento armados —insistióHutchfield, hablándole como si fueratonto.Alargó el brazo y mi padre se quitóel fusil del hombro muy despacio.Hutchfield se lo cogió y desapareciódentro del almacén.Mi padre se volvió hacia el cabo ypreguntó:—¿Ha entrado alguien en contactocon los...? —empezó, intentando darcon la palabra adecuada—. ¿Con losOtros?Una sola palabra ronca y sinentonación:—No.Hutchfield salió y saludó sin demoraal cabo. Estaba en su elemento, devuelta con sus compañeros de armas.Parecía que fuera a estallar de laemoción de un momento a otro, como siestuviera a punto de mearse de gusto.—Todas las armas recogidas yguardadas, cabo.«Todas salvo dos», pensé yomirando a mi padre. Él no movió ni unmúsculo, excepto los que le rodeabanlos ojos. Mirada rápida a la derecha y ala izquierda: no.Solo se me ocurría una razón paraque lo hiciera y, cuando lo pienso,cuando lo pienso demasiado, empiezo aodiar a mi padre. A odiarlo por noconfiar en su instinto. A odiarlo por nohacer caso de la vocecita que debía deestar susurrándole: «Esto está mal, algova mal».Ahora mismo lo odio. Si estuvieraaquí, le daría un puñetazo en la cara porser un memo ignorante.El cabo hizo un gesto hacia losbarracones. Había llegado el momentode la reunión del coronel Vosch.El momento de que acabara elmundo.19Enseguida supe quién era Vosch.Estaba de pie justo a la entrada: eraun tío muy alto, el único con traje defaena que no llevaba un fusil pegado alpecho.Saludó con la cabeza a Hutchfieldcuando entramos en el antiguohospital/osario. Después, el caboBranch saludó y ocupó su lugar en laapretujada fila de soldados que recorríalas paredes.Así fue: soldados de pie a lo largode las cuatro paredes y refugiados en elcentro.La mano de mi padre buscó la mía.Yo tenía al osito de Sammy en una manoy a mi padre, en la otra.¿Qué pasó, papá? ¿Acaso al ver aesos hombres armados en las paredes lavocecita gritó con más fuerza? ¿Por esome diste la mano?—De acuerdo, ¿nos van a dar yaalguna respuesta? —gritó alguiencuando entramos.Todos se pusieron a hablar a la vez(todos menos los soldados) y a gritarpreguntas.—¿Han aterrizado?—¿Cómo son?—¿Qué son?—¿Qué son esas naves grises quevemos en el cielo?—¿Cuándo nos vamos los demás?—¿A cuántos supervivientes hanencontrado?Vosch alzó una mano para pedirsilencio, aunque solo funcionó a medias.Hutchfield lo saludó al estilo military exclamó:—¡Todos presentes, señor!Yo los conté rápidamente y dije queno. Tuve que alzar la voz para que meoyeran a pesar del escándalo.—¡No! —repetí, mirando a mi padre—. Pringoso no está.—¿Quién es Pringoso? —preguntóHutchfield, frunciendo el ceño.—Es un rar... un crío...—¿Un crío? Se habrá ido en losautobuses con los otros.Los otros. Ahora que lo pienso, tienesu gracia. Es gracioso de una maneraescalofriante.—Necesitamos que todo el mundoesté dentro de este edificio —dijo Voschdesde el interior de su máscara.Tenía una voz muy profunda, comoun retumbar subterráneo.—Seguramente se ha asustado —comenté—. Es un poco gallina.—¿Adónde puede haber ido? —preguntó Vosch.Sacudí la cabeza. No tenía ni idea.Hasta que la tuve o, mejor dicho, hastaque supe dónde estaba.—Al pozo de ceniza.—¿Dónde está el pozo de ceniza?—Cassie —dijo mi padre,apretándome con fuerza la mano—. ¿Porqué no vas a buscar a Pringoso para queel coronel pueda empezar con lareunión?—¿Yo?No lo entendía. Ahora creo que lavocecita de mi padre ya estaba dándolevoces, aunque yo no la oía y él no podíadecírmelo. Solo podía intentartelegrafiármelo con los ojos. A lo mejorera esto: «¿Sabes cómo averiguar quiénes tu enemigo, Cassie?».No sé por qué no se presentóvoluntario para ir conmigo. A lo mejorcreía que no sospecharían de una cría yque así uno de los dos lo conseguiría...o, al menos, tendría la oportunidad deconseguirlo.A lo mejor.—De acuerdo —respondió Vosch.Señaló con un dedo al cabo Branch,como diciendo que fuera conmigo.—Puede hacerlo sola —intervino mipadre—. Se conoce este bosque como lapalma de su mano. Cinco minutos,¿verdad, Cassie? —Después miró aVosch y sonrió—. Cinco minutos.—No seas memo —dijo Hutchfield—. No puede salir sin escolta.—Claro, es verdad, tienes razón —repuso mi padre.Se agachó para darme un abrazo. Nodemasiado fuerte, no demasiado largo.Un abrazo rápido. Un apretón. Ya está.Cualquier cosa más emotiva habríaparecido un adiós.Adiós, Cassie.Branch se volvió hacia sucomandante y dijo:—Prioridad uno, ¿señor?—Prioridad uno —respondió Vosch,asintiendo con la cabeza.Salimos a la brillante luz del sol, elhombre de la máscara antigás y la chicadel osito de peluche. Más adelante,había un par de soldados apoyados en unHumvee. Antes, al pasar junto a losvehículos, no los había visto. Seenderezaron cuando salimos delbarracón. El cabo Branch les hizo elgesto de levantar el pulgar y después lesenseñó el índice: «Prioridad uno».—¿Está muy lejos? —me preguntó.—No mucho —respondí.Me pareció que tenía la voz de unaniñita; quizá fuera porque el osito deSammy me devolvía a la infancia.Me siguió por el sendero queserpenteaba por el tupido bosque dedetrás del complejo sosteniendo el fusildelante, con el cañón hacia abajo. Elsuelo seco crujía bajo sus botasmarrones.Hacía calor, pero la temperatura eramás fresca bajo los árboles, cuyas hojasexhibían un intenso verde de finales deverano. Pasamos de largo el árbol en elque había guardado el M16, pero seguícaminando hacia el claro sin mirarlo.Y allí estaba el cabroncete,sumergido hasta los tobillos en huesos ypolvo, rebuscando entre los restos rotoscon la esperanza de encontrar algunabaratija inútil y preciada, una más parael camino, para convertirse en un tíoimportante cuando llegara al final de esaaventura.Volvió la cabeza hacia nosotroscuando nos metimos en el círculo deárboles. Le brillaba de sudor y de laporquería que se echaba en el pelo.Churretones de hollín negro lemanchaban las mejillas. Era como unlamentable remedo de jugador de fútbolamericano. Al vernos, se llevó la manoa la espalda y algo plateado reflejó laluz del sol.—¡Hola! ¿Cassie? Ah, ahí estás. Hevuelto por aquí a buscarte, porque noestabas en los barracones y entonces hevisto... He visto esto...—¿Es él? —me preguntó el soldado.Se colgó el fusil al hombro y dio unpaso hacia el pozo.Estábamos yo a un lado, el soldadoen el centro y Pringoso en el pozo decenizas y huesos.—Sí —respondí—. Ese es Pringoso.—No me llamo así —chilló él—.Me llamo...Nunca sabré cómo se llamaba enrealidad.No vi el arma, ni oí el disparo de lapistola del soldado. No lo vi sacarla dela pistolera. El caso es que no estabamirando al soldado, sino a Pringoso. Lacabeza se le fue hacia atrás, como sialguien le hubiera tirado de losgrasientos mechones de pelo, y él cayócomo doblado, aferrado a los tesoros delos muertos.20Me tocaba.La chica con la mochila y el ridículoosito de peluche estaba de pie, a dosmetros de su espalda.El soldado pivotó con el brazoextendido. No recuerdo bien esa parte,no recuerdo haber soltado el oso, nihaberme sacado la pistola del bolsillotrasero. Ni siquiera recuerdo haberapretado el gatillo.Lo siguiente que recuerdo conclaridad es que el cristal negro de lamáscara se hizo añicos.Y el soldado cayó de rodillas frentea mí.Y vi sus ojos.Sus tres ojos.Bueno, después me di cuenta de que,en realidad, no tenía tres ojos. El delcentro era la ennegrecida herida deentrada de la bala.Debió de sorprenderle volverse yencontrarse con una pistola apuntándolea la cara. La sorpresa lo hizo vacilar.¿Cuánto? ¿Un segundo? ¿Menos de unsegundo? Sin embargo, en esemilisegundo, la eternidad se enrollósobre sí misma como si fuera unaanaconda gigante. Si has tenido unaccidente traumático, ya sabes a lo queme refiero. ¿Cuánto tarda en estrellarseun coche? ¿Diez segundos? ¿Cinco? Noparece tan poco tiempo cuando estásdentro. Parece toda una vida.Cayó de cara sobre la tierra. Nocabía duda de que me lo había cargado:mi bala le había dejado un agujero deltamaño de un plato de postre en la nuca.Pero no bajé el arma, seguíapuntando a su media cabeza mientrasretrocedía hacia el sendero.Después me volví y corrí como almaque lleva el diablo.En la dirección equivocada.Hacia el complejo.No fue una decisión muy inteligente,aunque en aquel momento no pensaba.Solo tengo dieciséis años y era laprimera vez que le metía un tiro en lacara a alguien. Me costaba aceptar laidea.Solo quería volver con mi padre.Mi padre lo arreglaría.Porque es lo que hacen los padres:arreglar las cosas.Al principio, mi cerebro no registrólos ruidos. El eco de un rápido staccatode armas automáticas y gritos resonabaen el bosque, pero yo no lo procesaba,como cuando la cabeza de Pringosohabía saltado hacia atrás y el muchachose había desplomado sobre el polvo griscomo si, de repente, todos los huesosdel cuerpo se le hubiesen transformadoen gelatina, o como cuando su asesino sehabía vuelto hacia mí con una piruetaperfecta y el sol se había reflejado en elcañón de su pistola.El mundo se hacía jirones, y losfragmentos me llovían encima.Era el inicio de la cuarta ola.Me paré en seco antes de llegar alcomplejo. El cálido olor de la pólvora.Las volutas de humo que salían por lasventanas de los barracones. Alguien searrastraba por el suelo hacia el almacén.Era mi padre.Tenía la espalda arqueada, y la caracubierta de tierra y sangre. El suelo quedejaba atrás estaba manchado con susangre.Levantó la vista cuando aparecíentre los árboles.«Cassie, no». Formó las palabrascon la boca, sin decir nada, y entoncessus brazos cedieron, se dejó caer en elsuelo y permaneció inmóvil.Un soldado salió de los barracones yse acercó a mi padre. Se movía conelegancia felina, los hombros relajadosy los brazos sueltos a los lados.Retrocedí hacia los árboles ylevanté la pistola, pero estaba a más detreinta metros. Si fallaba...Era Vosch. Parecía aún más alto allíde pie, sobre el cuerpo desplomado demi padre. Papá no se movía. Creo que sehacía el muerto.Daba igual.Vosch le disparó de todos modos.No recuerdo haber dejado escaparningún ruido cuando apretó el gatillo,pero debí de hacer algo que activó elsentido arácnido de Vosch. La máscaranegra se volvió hacia mí, y la luz del solse reflejó en el cristal. Levantó el dedoíndice hacia dos soldados que salían delos barracones y después me apuntó conel pulgar.Prioridad uno.21Fueron a por mí como un par deguepardos. Así de veloces eran. Nuncahe visto a nadie correr tan deprisa en mivida. La única que podía hacerles algode sombra era una chica muerta demiedo que acababa de ver morir a supadre.Hoja, rama, enredadera, zarza. Elrugido del aire en los oídos. El velozmartilleo de mis zapatos en el sendero.Fragmentos de cielo azul a través delas copas de los árboles, cuchillas deluz solar que se clavan en la tierradestrozada. El mundo hecho jirones seinclinó a un lado.Frené al acercarme al lugar en quehabía escondido el último regalo de mipadre. Error. Las balas de gran calibrese hundieron en el tronco del árbol, acinco centímetros de mi oreja. Lamadera pulverizada por el impacto mellovió en la cara y diminutas astillasfinísimas se me clavaron en la mejilla.«¿Sabes cómo averiguar quién es tuenemigo, Cassie?».No podía correr más que ellos.No podía disparar más que ellos.A lo mejor podía ser más inteligenteque ellos.22Entraron en el claro y lo primero quevieron fue el cadáver del cabo Branch, oel cadáver de la cosa que se hacíallamar cabo Branch.—Allí hay uno allí —oí que decíaun soldado.El crujido de botas pesadas sobre elmontón de huesos frágiles del pozo.—Muerto.El crepitar de la estática y después:—Coronel, tenemos a Branch y a uncivil sin identificar. Negativo, señor.Branch ha caído, repito, Branch hacaído.A continuación se puso a hablar consu compañero, el que estaba junto aPringoso.—Vosch quiere que volvamos cuantoantes.Crac, crac, dijeron los huesoscuando el soldado salió del pozo.—La chica ha tirado esto.Mi mochila. Intenté lanzarla albosque, lo más lejos que pude del pozo,pero golpeó un árbol y aterrizó justo alotro lado del claro.—Qué raro —comentó la voz.—No pasa nada, el Ojo se encargaráde ella —respondió su compañero.¿El Ojo?Sus voces se alejaron y regresó elsonido del bosque en paz. El susurro delviento. El gorjeo de los pájaros. Unaardilla alborotando por la maleza. Sinembargo, seguí sin moverme. Cada vezque notaba crecer el impuso de salircorriendo, lo reprimía.«Ahora no hay que apresurarse,Cassie. Han hecho lo que habían venidoa hacer. Tienes que quedarte aquí hastaque oscurezca. ¡No te muevas!».Así que no me moví. Me quedétumbada dentro del lecho de polvo yhuesos, cubierta por las cenizas de susvíctimas, la amarga cosecha de losOtros.E intenté no pensar en ello.En lo que me cubría.Entonces me dije: «Estos huesoseran personas, y estas personas me hansalvado la vida». Y dejó de resultarmetan espeluznante.No eran más que personas. Como yo,no habían pedido estar allí, pero allíestaban, y yo también, así que me quedéquieta.Aunque suene raro, era casi como sinotara sus brazos envolviéndome,cálidos y suaves.No sé cuánto tiempo esperé entre losbrazos de la gente muerta que mesostenía. Me parecieron horas. Cuandopor fin me levanté, la luz del sol habíaenvejecido hasta adquirir un tonodorado y el aire era un poco más fresco.Estaba cubierta de ceniza gris de pies acabeza: debía de tener pinta de guerreromaya.«El Ojo se encargará de ella».¿Estaba hablando de losteledirigidos, un ojo en el cielo o algoasí? Si hablaba de teledirigidos, estabaclaro que no eran una unidad que fuerapor libre, peinando el campo paraacabar con posibles portadores de latercera ola, de modo que los noexpuestos no se infectaran.Esa idea era terrible.Pero la alternativa era mucho, muchopeor.Corrí hacia la mochila. Lasprofundidades del bosque me llamaban.Cuanto más me alejara de ellos, mejorestaría. Entonces recordé que el regalode mi padre estaba un poco más allá,siguiendo el sendero, casi a tiro depiedra del complejo. Mierda, ¿por quéno lo había guardado en el pozo?No cabía duda de que podía resultarmás útil que una pistola.No oía nada. Hasta los pájaros sehabían callado. Solo el viento. Susdedos acariciaban los montículos decenizas y los lanzaban al aire, dondebailaban espasmódicamente a la luzdorada.Se habían ido. La zona era segura.Pero no los había oído marcharse.¿No debería haberme llegado el ruidodel motor del camión de plataforma, elgruñido de los Humvees?Entonces me acordé de Branchacercándose a Pringoso.«¿Es él?».Y se había echado el fusil alhombro.El fusil. Me arrastré hasta elcadáver. Mis pisadas eran como truenosy mi respiración, como pequeñasexplosiones.Había caído boca abajo a mis pies.Ahora estaba boca arriba, pero lamáscara antigás le ocultaba la cara casipor completo.La pistola y el fusil habíandesaparecido. Debían de habérselosllevado. Me quedé inmóvil durante unsegundo, y moverse era lo másconveniente en aquel momento de labatalla.Lo sucedido no formaba parte de latercera ola: era otra cosa distinta; sinduda era el inicio de la cuarta. Puedeque la cuarta ola fuese una versiónmorbosa de Encuentros en la tercerafase. A lo mejor Branch no era humano ypor eso llevaba una máscara.Me arrodillé al lado del soldadomuerto, agarré con fuerza la partesuperior de la máscara y tiré hasta quele vi los ojos, unos ojos castaños muyhumanos que me miraban sin ver. Seguítirando.Me detuve.Quería verlo y no quería verlo.Quería saber, pero no quería saber.«Vete ya, Cassie. No importa.¿Importa? No, no importa».A veces le dices cosas a tu miedo,cosas como que no importa, y laspalabras son como palmaditas en lacabeza de un perro hiperactivo.Me levanté. No, la verdad es que nome importaba si el soldado tenía loslabios como una langosta o si parecía elhermano gemelo de Justin Bieber.Recogí el osito de Sammy del suelo yme dirigí al otro extremo del claro.Pero algo me detuvo. No me metí enel bosque, no corrí a abrazar la mejoroportunidad de salvarme: ponerdistancia de por medio.Puede que fuera por el osito. Cuandolo recogí, vi la cara de mi hermanoapretada contra la ventana de atrás delautobús, oí su vocecita en mi cabeza:«Para cuando tengas miedo, pero no loabandones. Que no se te olvide».Casi se me olvida. Si no me hubieraacercado a Branch para buscar lasarmas, se me habría olvidado. Branchhabía caído prácticamente encima delpobre osito.«No lo abandones».En realidad no había visto ningúncadáver en el complejo, salvo el de mipadre. ¿Y si alguien había sobrevivido aaquellos tres minutos de eternidad en losbarracones? Estaría herido, todavíavivo, dado por muerto.A no ser que no me marchara. Siquedaba alguien vivo allí y los falsossoldados se habían ido, sería yo la quelo abandonaría, dándolo por muerto.«Mierda».¿Sabes cuando a veces te dices quetienes elección, cuando en realidad no latienes? Solo porque haya alternativas noquiere decir que sean pertinentes para ti.Di media vuelta y regresé, rodeé elcadáver de Branch y me interné en eltúnel oscuro en que se había convertidoel sendero.23La tercera vez no se me olvidó el fusilde asalto. Me metí la Luger en elcinturón, pero no era muy lógico intentardisparar un fusil de asalto con un ositoen una mano, así que tuve que dejarlo enel sendero.—No pasa nada, no me olvidaré deti —le susurré al oso de peluche deSammy.Abandoné el sendero y me metí entrelos árboles, en silencio. Al acercarme alcomplejo, me tiré al suelo y avancé arastras hasta el borde.«Vaya, por eso no los habías oídoirse».Vosch estaba hablando con un par desoldados en la puerta del almacén. Otrogrupo estaba haciendo algo junto a unode los Humvees. Conté siete en total, loque significaba que había cinco másfuera de mi vista. ¿Estarían en el bosquebuscándome? El cadáver de mi padre yano estaba: tal vez los Otros ya hubiesenhecho limpieza. Éramos cuarenta ycuatro, sin contar a los niños que sehabían ido en los autobuses. Eso esmucho limpiar.Resulta que estaba en lo cierto: erauna operación de limpieza.Salvo que los Silenciadores no sedeshacen de los cadáveres igual quenosotros.Vosch se había quitado la máscara,igual que los dos tipos que estaban conél. No tenían bocas de langosta nitentáculos saliéndoles de las barbillas.Parecían seres humanos completamentenormales, al menos de lejos.Ya no necesitaban las máscaras.¿Por qué no? Las máscaras debían deformar parte de la actuación. Suponíanque esperaríamos que se protegieran dela infección.Dos de los soldados salieron dedetrás del Humvee con algo que parecíaun cuenco o una esfera del mismo colorgris metálico mate que los teledirigidos.Vosch señaló un punto a medio caminoentre el almacén y los barracones, elmismo punto en el que había caído mipadre.Entonces se fueron todos, salvo unasoldado que se había arrodillado junto ala esfera gris.Los Humvees cobraron vida.Otro motor se unió al dúo: era eltransporte de tropas terrestre que habíaestado aparcado al inicio del complejo,donde no podía verlo. Me habíaolvidado completamente de él. El restode los soldados seguramente seencontrarían en el camión, esperando.Pero ¿esperando a qué?El soldado que quedaba se levantó ycorrió al Humvee. Se subió al vehículoy el Humvee hizo un trompo en medio deuna hirviente nube de polvo. Me quedémirando el remolino de polvo hasta quese asentó. El silencio de un anochecerde verano cayó con él. Un silencio queme martilleaba en los oídos.Entonces, la esfera gris empezó abrillar.Aquello podía ser bueno, malo o nibueno ni malo: dependía del punto devista.Ellos habían puesto allí la esfera, asíque para ellos debía de ser bueno.El brillo aumentaba: había adquiridoun verde amarillento espeluznante.Palpitaba un poco. Como un... ¿Un qué?¿Una baliza?Escudriñé el cielo en penumbra. Lasprimeras estrellas habían empezado asalir. No vi ningún teledirigido.Si era bueno desde su punto de vista,probablemente era malo desde el mío.Bueno, probablemente, no. Erabastante seguro.El intervalo entre los latidos de luzse reducía cada pocos segundos. Ellatido se convirtió en fogonazo. Elfogonazo en rápido parpadeo.Latido..., latido..., latido...Fogonazo, fogonazo, fogonazo.Parpadeoparpadeoparpadeo.A oscuras, la esfera me recordaba aun ojo, un globo ocular de un pálidoverde amarillento que me hacía guiños.«El Ojo se encargará de ella».Mi memoria ha conservado lo queocurrió después como si fuera una seriede fotos instantáneas, como fotogramasde una película de autor con lostemblorosos ángulos de la cámara enmano.FOTO 1: De culo, retrocediendocomo un cangrejo para alejarme de lazona.FOTO 2: De pie, corriendo. El follajees como un borrón de verde, marrón ygris musgoso.FOTO 3: El oso de Sammy. El bracitoque Sammy había masticado desde queera un bebé se me resbala entre losdedos.FOTO 4: Yo intentando por segundavez recoger el maldito oso.FOTO 5: El pozo de ceniza de fondo.Estoy entre el cadáver de Pringoso y elde Branch. Con el osito de Sammypegado al pecho.FOTOS 6-10: Más bosque, sigocorriendo. Si te fijas, se ve el barrancoen la esquina izquierda del décimofotograma.FOTO 11: El último fotograma. Estoysuspendida en el aire por encima delbarranco. La foto se tomó justo despuésde lanzarme al vacío.La ola verde pasó rugiendo porencima de mi cuerpo, acurrucado en elsuelo, llevándose con ella toneladas deescombros, una masa de árbolesvoladores, tierra, los cadáveres depájaros, ardillas, marmotas e insectos,el contenido del pozo de ceniza,fragmentos pulverizados de losbarracones y el almacén (contrachapado,hormigón, clavos, hojalata) y los cincoprimeros centímetros de tierra en unradio de cien kilómetros. Noté la ondaexpansiva antes de golpearme con elembarrado fondo del barranco: era unapresión intensa que me hizo temblartodos los huesos del cuerpo. Se metaponaron los tímpanos y recordé aPringoso cuando me dijo: «¿Sabes loque pasa cuando te bombardean condoscientos decibelios?».«No, Pringoso, no lo sé. Pero mehago una idea».24No puedo dejar de pensar en el soldadocon el crucifijo en la mano, el que meencontré detrás de los refrigeradores. Elsoldado y el crucifijo. Estoy pensandoque a lo mejor por eso apreté el gatillo.No porque pensara que el crucifijo eraotra pistola, sino porque era un soldadoo, al menos, vestía como un soldado.No era Branch ni Vosch ni ningunode los soldados que vi el día que muriómi padre.No lo era y lo era.Los era todos y no era ninguno.No fue culpa mía, eso me digo. Esculpa de ellos. «Es culpa de ellos, nomía —le digo al soldado muerto—. Siquieres culpar a alguien, culpa a losOtros y déjame en paz».Correr = morir. Quedarse = morir.Parece el tema de esta fiesta.Debajo del Buick, me sumergí en uncrepúsculo cálido y de ensueño. Mitorniquete improvisado había detenidocasi toda la hemorragia, pero la heridapalpitaba con cada uno de los fatigososlatidos de mi corazón.«No está tan mal —recuerdo haberpensado—. Esto de morir no está tanmal... ¡Qué va!».Entonces vi la cara de Sammyapretada contra la ventanilla trasera delautobús escolar amarillo. Estabasonriendo. Era feliz. Se sentía a salvorodeado de aquellos otros niños.Además, los soldados ya habían llegado,los soldados lo protegerían, seocuparían de él y lo arreglarían todo.Llevaba semanas dándole vueltas.Me producía insomnio, me golpeabacuando menos me lo esperaba: cuandoestaba leyendo, buscando comida osimplemente tumbada en mi tiendecitade campaña del bosque pensando en mivida antes de la llegada de los Otros.¿Qué pretendían?¿Por qué habían interpretado aquellafarsa de los soldados acudiendo alrescate en el último momento? Lasmáscaras antigás, la reunión«informativa» de los barracones... ¿Quésentido tenía? ¡Podían haberse limitadoa soltar uno de sus ojos parpadeantesdesde un teledirigido y mandarnos atodos al infierno!Aquel frío día de otoño, cuando medesangraba debajo del Buick, de repentedi con la respuesta. Me golpeó con másfuerza que la bala que acababa deatravesarme la pierna.Sammy.Querían a Sammy. No, no solo aSammy, querían a todos los niños. Ypara conseguir a los niños, debíamosconfiar en ellos. «Hacemos que loshumanos confíen en nosotros, cogemos alos niños y después los mandamos atodos al infierno».Pero ¿por qué molestarse en salvar alos niños? Habían muerto miles demillones en las tres primeras olas: noparecía que los Otros sintieran muchadebilidad por los críos. ¿Por qué sellevaron a Sammy?Levanté la cabeza sin pensar y me dicontra el chasis del Buick. Apenas me dicuenta.No sabía si Sammy seguía vivo. Enaquel momento, yo podía ser la últimapersona de la Tierra. Pero había hechouna promesa.El frío asfalto me araña la espalda.Siento la calidez del sol en lamejilla helada.Mis dedos entumecidos se agarran ala manilla de la puerta para ayudarme alevantar mi lamentable culoautocompasivo del suelo.No puedo apoyar peso en la piernaherida. Me apoyo un segundo en elcoche y me enderezo. Sobre una pierna,pero erguida.A lo mejor me equivoco al pensarque quieren mantener vivo a Sammy. Mehe equivocado sobre casi todo desde laLlegada. Sigue existiendo la posibilidadde que sea el último ser humano de laTierra.Puede que esté... No, mejor dicho,seguramente esté condenada.Sin embargo, si solo quedo yo, sisoy la última de mi especie, la últimapágina de la historia humana, por misnarices que no dejaré que la historiaacabe así.Puede que sea la última, pero soy laque sigue en pie. Soy la que se vuelvehacia el cazador sin rostro del bosque enuna autopista abandonada. Soy la que nohuye, la que no se queda, soy la queplanta cara.Porque, si soy la última, significaque yo soy la humanidad.Y si esta es la última guerra de lahumanidad, yo soy el campo de batalla.IIEL PAÍS DE LASMARAVILLAS25Llámame Zombi.Cabeza, manos, pies, espalda,estómago, piernas, brazos, pecho... Meduele todo. Hasta parpadear resultadoloroso. Así que intento no moverme ytrato de no pensar demasiado en eldolor. Trato de no pensar demasiado,punto. En los últimos meses he vistosuficientes víctimas de la plaga comopara saber lo que me espera: un colapsototal que empieza por el cerebro. LaMuerte Roja convierte tu cerebro enpuré de patatas antes de que los demásórganos se licúen. No sabes dónde estás,no sabes quién eres, no sabes qué eres.Te conviertes en un zombi, en un muertoque camina... Si es que aún tienesfuerzas para caminar, cosa que noocurre.Me muero. Lo sé. Diecisiete años yse acabó la fiesta.Una fiesta corta.Hace seis meses, mi mayorpreocupación era aprobar el curso dequímica de nivel universitario yencontrar un trabajo de verano que mepermitiera terminar la reconstruccióndel motor de mi Corvette del 69. Ycuando la nave nodriza apareció porprimera vez, bueno, no puedo negar quele dediqué parte de mis pensamientos,pero, al cabo de un tiempo, la nave pasóa ocupar un lejano cuarto puesto. Veíalas noticias como todo el mundo ypasaba demasiado tiempo compartiendovídeos de YouTube que bromeabansobre el tema, pero nunca pensé que meafectaría personalmente. Lasmanifestaciones, las marchas y lasrevueltas previas al primer ataque queretransmitían por la tele eran como unapelícula o las noticias de un paísextranjero: no parecía que nada deaquello me estuviera ocurriendo a mí.Morir no es muy distinto, no pareceque te vaya a ocurrir a ti... hasta que teocurre.Sé que me estoy muriendo. No hacefalta que me lo diga nadie.De todos modos, Chris, el tipo quecompartía la tienda conmigo antes deque me pusiera enfermo, me dice:—Tío, creo que te estás muriendo.Está en cuclillas en la entrada de latienda, con los ojos muy abiertos y untrapo sucio que le tapa la nariz.Chris se ha pasado para ver cómome encuentro. Es unos diez años mayorque yo y creo que para él soy como unhermano pequeño. O puede que me hayahecho una visita para comprobar si sigovivo; es el encargado de la limpieza deesta parte del campo. Las hoguerasarden día y noche. Durante el día, elcampo de refugiados que rodea WrightPattersonse sumerge en una densaniebla asfixiante. Por la noche, la luz delfuego tiñe el humo de un intenso colorcarmesí, como si el mismo airesangrara.No hago caso de su comentario y lepregunto qué ha oído de WrightPatterson.La base lleva en cuarentenadesde que se formó la ciudad de tiendas,después del ataque a las costas. Nadiepuede salir ni entrar. Nos dicen queintentan contener la Muerte Roja. De vezen cuando, algunos soldados bienarmados y vestidos con trajes que losprotegen de los materiales peligrosossalen por las puertas principales conagua y víveres, y nos aseguran que nopasará nada. Después vuelven adentropisando rueda y nos abandonan a nuestrasuerte. Necesitamos medicinas. Nosdicen que no hay cura para la plaga.Necesitamos instalaciones sanitarias.Nos dan palas para que excavemos unazanja. Necesitamos información. ¿Quénarices está pasando? Nos dicen que nolo saben.—No saben nada —me respondeChris. Es tirando a flaco, medio calvo...Era contable antes de que los ataquesdejaran obsoleta la contabilidad—.Nadie sabe nada, no se oyen más querumores que todo el mundo trata como sifueran noticias. —Me mira un segundo ydespués aparta la mirada, como simirarme le doliera—. ¿Quieres oír loúltimo?La verdad es que no.—Claro —respondo para que sequede.Solo hace un mes que lo conozco,pero no me queda nadie más. Estoy aquítumbado, en esta vieja cama decampaña, con una rendija de cielo amodo de vistas. Formas que recuerdanvagamente a la gente flotan entre elhumo, como figuras de una película demiedo, y a veces oigo gritos o llantos,pero hace días que no hablo con nadie.—Dicen que la plaga no es suya,sino nuestra —responde Chris—. Seescapó de unas instalaciones de altosecreto del Gobierno después del fallode la electricidad.Toso y él da un respingo, pero no seva. Espera a que se me pase el ataque.En algún lugar del camino ha perdidouno de los cristales de sus gafas. Escomo si su ojo izquierdo estuviesesiempre escudriñándolo todo. Se mecede un pie a otro en el suelo embarrado.Quiere irse; no quiere irse. Conozco esasensación.—Sería irónico, ¿no? —pregunto,entre jadeos.Noto el sabor de la sangre.Se encoge de hombros. ¿Ironía? Yano hay ironía. O puede que haya tantaque ya no se puede considerar ironía.—No, no es nuestra. Piénsalo: losdos primeros ataques empujan a lossupervivientes tierra adentro, donde serefugian en campos como este. Esoconcentra a la población y crea elperfecto caldo de cultivo para el virus.Millones de kilos de carne fresca, todosmuy oportunamente ubicados en elmismo lugar. Es genial.—Hay que reconocérselo —respondo, intentando ser irónico.No quiero que se vaya, aunquetampoco quiero que hable. Siempreacaba despotricando de algo, como unode esos tíos que tienen una opiniónsobre todo. Pero cuando las personas alas que conoces se mueren pocos díasdespués de haberlas conocido, te ocurrealgo: empiezas a ser mucho menosexigente con tus amigos. Pasas por altoun montón de defectos. Y te libras de unmontón de creencias, como la granmentira de que no te cagas en lospantalones cuando piensas en que tusentrañas van a convertirse en sopa.—Saben cómo pensamos —dice.—¿Cómo sabes tú lo que sabenellos? —pregunto.Me empiezo a enfadar sin saber muybien por qué. A lo mejor porque estoyceloso. Compartimos tienda, la mismaagua, la misma comida, pero el que semuere yo soy. ¿Qué tiene él de especial?—No lo sé —responde rápidamente—. Lo único que sé es que ya no sénada.A lo lejos se oyen disparos. Chrisapenas reacciona, ya que los disparosson bastante habituales en el campo:tiros al azar a los pájaros; disparos deadvertencia a las bandas que van a portus provisiones; y algunos son señal desuicidio (alguien que se encuentra en laetapa final de la enfermedad y decideenseñarle a la plaga quién manda allí).Cuando llegué al campo, mecontaron la historia de una madre queprefirió matar a sus tres hijos ysuicidarse a enfrentarse al Cuarto Jinetedel Apocalipsis. Al principio no sabíasi había sido valiente o estúpida.Después dejé de preocuparme por eltema. ¿A quién le importa lo que era siahora está muerta?Mi amigo no tiene mucho más quedecir, así que lo dice deprisa para salirpitando. Como muchos de los noinfectados, Chris sufre de unnerviosismo crónico: siempre estáesperando lo inevitable. Si le pica lagarganta, ¿es del humo o...? Si le duelela cabeza, ¿es de falta de sueño, dehambre o...? Es como ese momento enque ya has pasado la pelota y, por elrabillo del ojo, ves al defensa de cientoquince kilos corriendo hacia ti a todavelocidad... Solo que el momento noacaba nunca.—Volveré mañana —dice—.¿Necesitas algo?—Agua —respondo, aunque noconsigo retenerla.—Claro que sí, tío.Se levanta. Ya solo le veo lospantalones y las botas llenas de barro.No sé cómo, pero sé que no volveré aver a Chris. No regresará y, si lo hace,no me daré cuenta. No nos despedimos,ya nadie se despide. La palabra «adiós»ha adquirido un significadocompletamente nuevo desde que el GranOjo Verde apareció en el cielo.Me quedo mirando el remolino depolvo que levanta al alejarse. Despuéssaco la cadena de plata de debajo de lamanta. Acaricio la suave superficie delmedallón con forma de corazón y losostengo cerca de los ojos en lapenumbra. El enganche se rompió lanoche que se lo arranqué del cuello,aunque conseguí arreglarlo con uncortaúñas.Miro hacia la abertura de la tienda yla veo, pero sé que en realidad no estáahí, que es el virus el que me la enseña,porque lleva puesto el mismo medallónque tengo en la mano. El bicho me haestado enseñando todo tipo de cosas.Cosas que quiero ver y cosas que noquiero ver. La niñita de la abertura esambas cosas a la vez.«Bubby, ¿por qué me abandonaste?».Abro la boca y me sabe a sangre.—Vete.Su imagen empieza a desvanecerse.Me restriego los ojos y los nudillos seme mojan con la sangre.«Huiste. Bubby, ¿por qué huiste?».Entonces, el humo la desgarra, lahace astillas, aplasta su cuerpo hastareducirlo a la nada. La llamo. No verlaes más cruel que verla. Aferro con tantafuerza la cadena de plata que loseslabones me cortan la palma de lamano.Intentando alcanzarla. Huyendo deella.Alcanzarla. Huir.En el exterior de la tienda, el humorojo de las piras funerarias. Dentro, laniebla roja de la plaga.«Tú eres la que ha tenido suerte —ledigo a Sissy—. Te fuiste antes de que lascosas se pusieran peor».Se oyen disparos a lo lejos, soloque, esta vez, no son los tirosesporádicos de un refugiadodesesperado que apunta a las sombras,sino armas de gran calibre que producenun estruendo ensordecedor. El chirridoagudo de las balas trazadoras. Losrápidos disparos de las armasautomáticas.Están atacando Wright-Patterson.Una parte de mí se siente aliviada.Es como una liberación, el último truenode la tormenta después de la largaespera. La otra parte de mí, la quetodavía cree que tal vez sobreviva a laplaga, está a punto de mearse en lospantalones. Estoy demasiado débil parasalir del catre y tan asustado que, aunquetuviera fuerzas, tampoco me atrevería aabandonarlo. Cierro los ojos y susurrouna oración para que los hombres y lasmujeres de Wright-Patterson acaben conun par de invasores por mí y por Sissy.Pero sobre todo por Sissy.Ahora, explosiones. Grandesexplosiones. Estallidos que hacentemblar el suelo, que te hacen vibrar lapiel, que te presionan las sienes, teempujan el pecho y aprietan. Es como siel mundo se desgarrara y, en ciertomodo, así es.La tiendecita está llena de humo y laabertura brilla como un ojo triangular,una brasa ardiente de un reluciente rojoinfernal. «Se acabó —pienso—. Al finalno moriré por la plaga: viviré losuficiente para que me mate un invasoralienígena de verdad. Es mejor; másrápido, por lo menos». Intento ver ellado positivo de mi inminentefallecimiento.Oigo un tiro muy cerca; a juzgar porel sonido, debe de haberse producido ados o tres tiendas de distancia. Oigo auna mujer gritar incoherencias, otrodisparo, y luego silencio: la mujer novuelve a gritar. Dos tiros más. El humose arremolina, el ojo rojo brilla. Ahoralo oigo venir hacia mí, oigo las botassobre la tierra mojada. Meto la manobajo el montón de ropa y el revoltijo debotellas de agua vacías que hay junto alcatre en busca de la pistola, un revólverque Chris me dio el día que me invitó aser su compañero de tienda. «¿Dóndeestá tu pistola?», me preguntó. Se quedósorprendido cuando le dije que nollevaba ninguna. «Tienes que tenerpistola, amigo —respondió—. Hasta loscríos las tienen». No importa que no seacapaz de darle ni a la fachada de ungranero o que lo más probable sea queacabe disparándome en el pie; en la eraposthumana, Chris es un firme defensorde la Segunda Enmienda.Espero a que aparezca por laabertura. Llevo el medallón de Sissy enuna mano y el revólver de Chris en laotra. En una mano, el pasado. En la otra,el futuro. Es una forma de verlo.A lo mejor si me hago el muerto, elasesino (lo que sea) seguirá su camino.Me quedo mirando la abertura con losojos medio cerrados.Entonces entra: una gruesa pupilanegra en el ojo carmesí. Se balancea,poco estable, al entrar en la tienda, ametro y pico de distancia, y, aunque nole veo la cara, sí lo oigo tratando derecuperar el aliento. Yo también intentocontrolar la respiración, pero, por muysuavemente que inspire, el repiqueteo dela infección resuena en mi pecho conmás fuerza que los estallidos de labatalla. No distingo bien cómo vavestido, salvo que parece llevar lospantalones metidos dentro de unas botasaltas. ¿Un soldado? Debe de serlo. Vacon fusil.Estoy salvado. Levanto la mano quesostiene el medallón y lo llamo con vozdébil. Él se tambalea hacia delante.Ahora le veo la cara: es joven, puedeque un poco mayor que yo, y tiene elcuello manchado de sangre, igual que lasmanos que sostienen el arma. Hinca unarodilla junto al catre y retrocede alverme la cara, la piel amarillenta, loslabios hinchados y los ojos hundidos einyectados en sangre: las señalesevidentes de la plaga.A diferencia de los míos, los ojosdel soldado son claros... y estánabiertos como platos, aterrados.—¡Lo entendimos todo mal! —susurra—. Ya están aquí, han estadoaquí, justo aquí, dentro de nosotros, todoel tiempo... Dentro de nosotros.Dos formas alargadas entran por laabertura. Una agarra al soldado por elcuello y lo arrastra afuera. Levanto elviejo revólver... o más bien lo intento,porque se me resbala de la mano antesde poder alzarlo cinco centímetros porencima de la manta. Entonces, lasegunda forma se abalanza sobre mí, mequita el revólver y me endereza. Ladescarga de dolor me ciega durante unsegundo. El hombre se vuelve paragritar a su compañero, que acaba devolver al interior:—¡Escanéalo!Me ponen un gran disco de metal enla frente.—Está limpio.—Y enfermo.Los dos hombres llevan traje defaena, el mismo que el soldado que hansacado de la tienda.—¿Cómo te llamas, amigo? —pregunta uno.Sacudo la cabeza: no lo entiendo. Seme abre la boca, pero no sale nadainteligible.—Está zombi —responde sucompañero—. Déjalo.El otro asiente, se restriega labarbilla y me mira antes de añadir:—El comandante ordenó larecuperación de todos los civiles noinfectados.Me rodea con la manta y, con un solomovimiento, me levanta del catre y meecha al hombro. Como civilindudablemente infectado, estoy bastantesorprendido.—Tranqui, zombi —me dice—. Tellevamos a un sitio mejor.Me lo creo. Y, por un segundo, mepermito creer también que, al fin y alcabo, no voy a morir.26Me llevan al hospital de la base, a unaplanta en cuarentena reservada para lasvíctimas de la plaga. La han apodadocomo la «unidad de los zombis». Allíme dan un montón de morfina y unpotente cóctel de medicamentosantivirales. Me trata una mujer que sepresenta como la doctora Pam. Tieneuna mirada dulce, una voz tranquila y lasmanos muy frías. Lleva el pelo recogidoen un moño apretado y huele adesinfectante de hospital mezclado conun toque de perfume. Los dos olores nocombinan demasiado bien.Según me cuenta, tengo unaoportunidad entre diez de sobrevivir.Me echo a reír. Debo de estar delirandopor culpa de las medicinas. ¿Una entrediez? Y yo pensando que la plaga erauna sentencia de muerte. No podría estarmás contento.A lo largo de los dos días siguientes,la fiebre me sube a cuarenta grados. Meentra un sudor frío, e incluso ese sudorestá salpicado de sangre. Me sumerjo enun intermitente sueño delirante mientrasellos luchan con todas sus fuerzas contrala infección. No hay cura para la MuerteRoja: lo único que pueden hacer esdrogarme y tratar que me sienta cómodomientras el bicho decide si le gusta misabor.El pasado se abre camino. Unasveces mi padre se sienta a mi lado, yotras, mi madre; pero casi siempre esSissy la que está presente. La habitaciónse vuelve roja. Veo el mundo a través deuna diáfana cortina de sangre. La sala sealeja detrás de la cortina roja. Soloestamos yo, el invasor de mi interior ylos muertos —no solo mi familia, sinotodos los muertos, todos, aunque seanmiles de millones—, que tratan dealcanzarme mientras huyo. Alcanzar.Huir. Y se me ocurre que no hay muchadiferencia entre nosotros, los vivos, ylos muertos; es solo cuestión de tiempoverbal: muertos pasados y muertosfuturos.El tercer día, la fiebre baja. Alquinto ya consigo retener líquidos, y losojos y los pulmones se me empiezan aaclarar. La cortina roja se abre, y veo lasala, los médicos con batas y máscaras,los enfermeros y los celadores, lospacientes en distintas fases de la muerte,pasado y futuro, flotando en el calmomar de la morfina o saliendo de lahabitación en camas de ruedas, con lascaras cubiertas, los muertos presentes.El sexto día, la doctora Pam anunciaque ya ha pasado lo peor. Me retiratodos los medicamentos, lo que mefastidia un poco: voy a echar de menosla morfina.—No es cosa mía —me dice—. Tevan a trasladar a la unidad deconvalecencia hasta que te recuperes deltodo. Te necesitamos.—¿Me necesitáis?—Para la guerra.La guerra. Recuerdo los disparos,las explosiones, el soldado que entró enla tienda y el «¡están dentro denosotros!».—¿Qué está pasando? —pregunto—.¿Qué ha pasado aquí?Ya ha dado media vuelta y le entregami historial a un celador mientras ledice algo en voz baja, aunque no losuficiente como para que no lo oiga.—Llévalo a la sala dereconocimiento a las quince horas,cuando se le pase el efecto de lasmedicinas. Vamos a etiquetarlo yembolsarlo.27Me llevan a un gran hangar cerca de laentrada de la base. Mire donde mire hayhuellas de una batalla reciente:vehículos quemados, escombros deedificios demolidos, fuegos tozudos quesiguen ardiendo, asfalto agujereado ycráteres de un metro de diámetroabiertos por el fuego de mortero. Sinembargo, la valla de seguridad estáreparada y, al otro lado, donde antesestuviera la ciudad de las tiendas decampaña, se extiende un terrenoennegrecido que es ahora tierra denadie.Dentro del hangar, los soldadospintan enormes círculos rojos en elreluciente suelo de hormigón. No hayaviones. Me llevan en silla de ruedas auna puerta del fondo, a la sala dereconocimiento, y allí me suben a unamesa y me dejan solo unos minutos,cubierto con mi fina bata de hospital,tiritando bajo las luces fluorescentes.¿Para qué son esos grandes círculosrojos? Y ¿cómo recuperaron laelectricidad? Y ¿qué ha querido decircon «etiquetarlo y embolsarlo»? Nopuedo evitar que mis pensamientoscorran de un lado a otro. ¿Qué hapasado? Si los alienígenas atacaron labase, ¿dónde están todos sus cadáveres?¿Dónde está su nave espacial derribada?¿Cómo conseguimos defendernos contrauna inteligencia miles de años másavanzada que la nuestra... y vencer?La puerta interior se abre y entra ladoctora Pam. Me apunta a los ojos conuna luz brillante. Me examina elcorazón, los pulmones, y me da unosgolpecitos en un par de lugares. Despuésme enseña una cápsula gris plateada deltamaño de un grano de arroz.—¿Qué es eso? —pregunto.Espero que me diga que es una naveespacial: hemos descubierto que son deltamaño de amebas.Sin embargo, lo que me cuenta esque la cápsula es un dispositivo deseguimiento conectado al ordenadorcentral de la base. Alto secreto, losmilitares llevan años usándolo. La ideaes implantárselo a todo el personalsuperviviente. Cada cápsula transmiteuna señal única que los receptorespueden recibir a kilómetro y medio dedistancia. Para saber dónde estamos, meexplica. Para mantenernos a salvo.Me pone una inyección en la nucapara entumecerla y después introduce lacápsula bajo la piel, cerca de la basedel cráneo. Me venda el punto deinserción y me ayuda a volver a la sillade ruedas para llevarme a la habitaciónde al lado. Es mucho más pequeña quela primera. Un sillón reclinable que merecuerda al de un dentista. Un ordenadory un monitor. Me ayuda a subir al sillóny procede a atarme: unas correas en lasmuñecas y otras en los tobillos. Tiene lacara muy cerca de la mía. Hoy elperfume le ha sacado algo de ventaja aldesinfectante en La Guerra de losOlores. No se le escapa mi expresión.—No tengas miedo —me dice—. Noduele.—¿El qué no duele? —susurro,asustado.Ella se acerca al monitor y empiezaa introducir comandos.—Es un programa que encontramosen un ordenador portátil que pertenecíaa uno de los infestados —explica ladoctora Pam. Antes de que puedapreguntar qué narices es un infestado,prosigue—: No estamos seguros de paraqué lo usaban los infestados, pero sísabemos que no es peligroso. Se trata deun código llamado El País de lasMaravillas.—¿Qué hace? —pregunto.No estoy muy seguro de lo que meestá contando, pero me parece que medice que los alienígenas se habíaninfiltrado de algún modo en WrightPattersony habían pirateado el sistemainformático. No puedo quitarme de lacabeza la palabra «infestado». Ni lacara ensangrentada del soldado queentró en mi tienda. «Están dentro denosotros».—Es un programa para trazar mapas—responde, aunque en realidad no esuna respuesta.—¿Mapas de qué?Me mira durante unos instanteslargos e incómodos, como si estuvieradecidiendo si contarme la verdad o no.—De ti. Cierra los ojos y respirahondo. Cuenta hacia atrás desde tres...,dos..., uno...Y el universo implosiona.De repente estoy aquí, tengo tresaños, me agarro a los laterales de micuna, salto arriba y abajo mientras gritocomo si alguien me asesinara. No estoyrecordando ese día: lo estoy reviviendo.Ahora tengo seis, balanceo mi batede béisbol de plástico. El que meencantaba, el que había olvidado quetenía.Ahora son diez, vuelvo a casa de latienda de mascotas con una bolsa depeces de colores en el regazo y trato deencontrarles nombre con la ayuda de mimadre. Ella lleva un vestido amarillointenso.Trece, es viernes por la noche. Estoyjugando un partido de fútbol americanoinfantil y el público vitorea. Lo damostodo.La cinta frena. Me siento como si meahogara, como si me ahogara en el sueñode mi vida. Agito inútilmente las piernasbajo las correas, bien atadas, tratandode huir.Huir. Primer beso. Se llama Lacey.Mi profesora de álgebra del instituto consu horrible letra. Mi permiso deconducir. Todo está ahí, sin espacios enblanco; todo sale de mí y se derrama enEl País de las Maravillas. Todo.Mancha verde en el cielo nocturno.Sostengo las tablas mientras mipadre las clava sobre las ventanas delsalón. El ruido de los disparos en lacalle, cristales rompiéndose, gentegritando. Y los golpes del martillo: pum,pum, pum.—Apaga las velas —susurra mimadre, histérica—. ¿No los oyes? ¡Yavienen!Y mi padre, tranquilo, a oscuras:—Si me pasa algo, cuida de tumadre y de tu hermanita.Estoy en caída libre. Velocidadterminal. No hay forma de escapar. Noserá solo recordar esa noche: la viviréde nuevo.Es lo que me ha perseguido hastallegar a la ciudad de las tiendas decampaña. Aquello de lo que huía, de loque sigo huyendo, aquello que nunca medejará escapar.Lo que quiero alcanzar. Aquello delo que huyo.«Cuida de tu madre. Cuida de tuhermanita».La puerta delantera se abre de golpe.Mi padre dispara al pecho del primerintruso a bocajarro. El tipo debe dehaberse colocado con algo, porque sigueavanzando. Veo una escopeta recortadaen la cara de mi padre y esa es la últimavez que le veo el rostro.La habitación se llena de sombras, yuna de ellas es mi madre, y después mássombras, y oigo gritos roncos, y subocorriendo las escaleras con Sissy enbrazos y me doy cuenta demasiado tardede que huyo hacia un callejón sin salida.Una mano me agarra de la camiseta ytira de mí hacia atrás: caigo dandovueltas por las escaleras, protegiendo aSissy con mi cuerpo hasta que megolpeo la cabeza contra el suelo deabajo.Después, sombras, sombras enormesy un enjambre de dedos que me laarrancan de los brazos. Y Sissygritando: «¡Bubby, Bubby, Bubby,Bubby!».Intento alcanzarla en la oscuridad.Mis dedos se cierran en torno almedallón que lleva colgado del cuello yrompen la cadena.Después, como el día en que lasluces se apagaron para siempre, la vozde mi hermana muere de golpe.Los vándalos caen sobre mí, tres.Colocados o desesperados por encontraralgo, me dan patadas, me peganpuñetazos; siento una furiosa lluvia degolpes en la espalda y el estómago, y,cuando levanto las manos paraprotegerme la cara, veo la silueta delmartillo de papá levantándose sobre micabeza.Baja silbando. Ruedo paraapartarme. La cabeza del martillo meroza la sien y, con el impulso, el tío seda con él en las espinillas y cae derodillas aullando de dolor.Me pongo en pie, corro por elvestíbulo hacia la cocina y oigo lasatronadoras pisadas que me persiguen.«Cuida de tu hermanita».Tropiezo con algo en el patio deatrás, seguramente la manguera deljardín o uno de los estúpidos juguetes deSissy. Caigo de bruces en la hierbamojada, bajo un cielo cuajado deestrellas y la mirada fría del relucienteglobo verde, el Ojo que da vueltas, queobserva al chico que sostiene elmedallón de plata en la manoensangrentada, el que vivió, el que noregresó, el que huyó.28He caído a tanta profundidad que nadapuede alcanzarme. Por primera vez ensemanas, estoy entumecido. Ni siquierame siento como si fuera yo mismo. Nohay un punto en el que acabe yo yempiece la nada.Su voz entra en la oscuridad, y meagarro a ella, una cuerda salvavidas queme saque del pozo sin fondo.—Se acabó, no pasa nada, ya seacabó...Salgo a la superficie, al mundo real,jadeando para recuperar el aliento,llorando sin poder controlarme, comouna nenaza, y pienso: «Te equivocas,doctora, nunca se acaba: se repite una yotra vez». Consigo enfocar su rostro ysacudo el brazo bajo la correa paratratar de agarrarla.Tiene que detenerlo.—¿Qué coño ha sido eso? —pregunto en un susurro ronco.Me arde la garganta y tengo la bocaseca. Es como si pesara dos kilos, comosi me hubiesen arrancado toda la carnede los huesos. ¡Y yo que creía que laplaga era mala!—Es una forma de ver en tu interior,de observar lo que está ocurriendorealmente —responde con amabilidad.Me pasa la mano por la frente. Elgesto me recuerda a mi madre, y eso mehace pensar en cuando la perdí en laoscuridad y hui de ella en plena noche,lo que me recuerda que no debería estaratado en este sillón blanco. Deberíaestar con ellos. Debería habermequedado para enfrentarme a lo que ellosse enfrentaron.«Cuida de tu hermanita».—Esa es mi siguiente pregunta —digo, luchando por no perderme—. ¿Quéestá pasando?—Están dentro de nosotros —responde ella—. Nos atacaron desdedentro, con personal infectado que habíasido introducido en el estamento militar.Me da unos minutos para procesar lainformación mientras me limpia laslágrimas con un trapo frío y húmedo.Resulta irritante lo maternal que es, y lafrescura de la tela es una torturaagradable.Deja a un lado el trapo y me mira alos ojos.—Si extrapolamos la relación entreinfectados y limpios que tenemos en labase, calculamos que uno de cada treshumanos supervivientes de la Tierra sonde ellos.Me afloja las correas. Me sientoinsustancial como una nube, ligero comoun globo. Cuando la última correa sesuelta, me da miedo salir volando delsillón y estrellarme contra el techo.—¿Quieres ver a uno? —pregunta.Y me ofrece la mano.29Empuja mi silla de ruedas por el pasillohasta un ascensor. Es un ascensor exprésque va en una sola dirección y que noslleva varias decenas de metros bajotierra. Las puertas se abren y salimos aun largo pasillo de paredes de bloquesblancos. La doctora Pam me dice queestamos en el refugio antiaéreo, que escasi tan grande como la base de arriba yque se construyó para soportar unaexplosión nuclear de cincuentamegatones. Le respondo que ya mesiento más seguro. Ella se ríe como si lepareciera gracioso. Paso rodando juntoa túneles secundarios y puertas sinmarcar. Aunque el suelo está nivelado,es como si bajara al fondo del mundo, alagujero en el que se sienta el diablo.Nos cruzamos con soldados que caminana toda prisa de un lado a otro evitandomirarme y que dejan de hablar cuandopasamos junto a ellos.«¿Quieres ver a uno?».Sí. No, joder.Se detiene ante una de las puertas sinmarcar y pasa una tarjeta de acceso porencima del mecanismo de cierre. La luzroja se vuelve verde. Me mete en lahabitación y detiene la silla frente a unlargo espejo. Entonces abro mucho laboca, dejo caer la barbilla y cierro losojos: sea lo que sea lo que está sentadoen esa silla de ruedas, no soy yo, nopuedo ser yo.Cuando apareció la nave nodriza, yopesaba ochenta y seis kilos, y era casitodo músculo. Dieciocho kilos de esemúsculo han desaparecido. Eldesconocido del espejo me devuelve lamirada con los ojos de los muertos dehambre: enormes, hundidos, rodeados debolsas hinchadas y negras. El virus meha esculpido la cara con un cuchillo, seha llevado mis mejillas, me ha afilado labarbilla y me ha afinado la nariz. Mipelo parece enfermo, seco, y hadesaparecido en algunas zonas.«Está zombi».La doctora Pam mira el espejo.—No te preocupes, no podrá vernos.«¿Quién? ¿De quién habla?».Pulsa un botón, y las luces de lahabitación del otro lado del espejo seencienden. Mi imagen se convierte enfantasma. Veo a la persona del otro ladoa través de mi imagen.Es Chris.Está atado con correas a una sillaidéntica a la de la sala de El País de lasMaravillas. De la cabeza le salen cablesque se conectan al gran cuadro decontrol con luces rojas parpadeantes quetiene detrás. Le cuesta mantener lacabeza erguida, como un niño que seduerme en clase.La doctora se da cuenta de que mehe puesto rígido y pregunta:—¿Qué? ¿Lo conoces?—Se llama Chris. Es mi... Loconocí en el campo de refugiados. Seofreció a compartir su tienda decampaña y me ayudó cuando enfermé.—¿Es amigo tuyo? —pregunta,sorprendida.—Sí. No. Sí, es mi amigo.—No es lo que tú crees.Pulsa un botón, y el monitor cobravida. Aparto la mirada de Chris, de suexterior a su interior, de lo aparente a looculto, porque en la pantalla veo sucerebro envuelto en hueso translúcido, ydesprende un espeluznante brillo de unverde amarillento.—¿Qué es eso? —susurro.—La infestación —responde ella.Después aprieta un botón y agranda laimagen de la parte delantera del cerebrode Chris. El color vómito se intensificay se convierte en neón—. Es la cortezaprefrontal, la parte que piensa delcerebro, la parte que nos hace humanos.Vuelve a agrandar una zona más omenos del tamaño de la cabeza de unalfiler, y entonces lo veo. El corazón meda un vuelco. Embutido en el tejidoblando hay un tumor palpitante deltamaño de un huevo, anclado mediantemiles de tentáculos similares a raícesque se extienden en todas direcciones yse introducen por todos los pliegues ylas grietas del cerebro.—No sé cómo lo hicieron —dice ladoctora Pam—. Ni siquiera sabemos silos infestados son conscientes de supresencia o si llevan toda la vida siendomarionetas.Había una cosa enredada en elcerebro de Chris, palpitando.—Sáqueselo —digo, aunque apenasme salen las palabras.—Lo hemos intentado.Medicamentos, radiación,electrochoque, cirugía... No funcionanada. La única forma de matarlos esmatar al anfitrión.Acto seguido, me pone el tecladodelante y añade:—No sentirá nada.Perplejo, sacudo la cabeza. No loentiendo.—Se tarda menos de un segundo —me asegura la doctora Pam—. Y escompletamente indoloro. Este botón deaquí.Bajo la mirada hacia el botón y veoque pone: «EJECUTAR».—No vas a matar a Chris, vas adestruir a la criatura que lleva dentro yque te mataría a ti.—Tuvo oportunidad de matarme —le razono sacudiendo la cabeza. Esdemasiado. No puedo aceptarlo—. Y nolo hizo. Me mantuvo con vida.—Porque no había llegado elmomento. Te abandonó antes del ataque,¿no?Asiento con la cabeza. Vuelvo averlo a través del espejo espía, a travésde la tenue silueta de mi reflejotransparente.—Vas a matar a la criaturaresponsable de esto —añade,poniéndome algo en la mano.Es el medallón de Sissy.Su medallón, el botón y Chris. Y lacriatura dentro de Chris.Y yo. O lo que queda de mí. ¿Quéqueda de mí? ¿Qué me queda? Loseslabones metálicos del collar de Sissyse me clavan en la palma de la mano.—Así los detenemos —me anima ladoctora Pam—. Antes de que no quedenadie para hacerlo.Chris en el sillón. El medallón en mimano. ¿Cuánto tiempo llevo huyendo?Huyendo, huyendo, huyendo. Dios, estoyharto de huir: debería haberme quedado,debería haber plantado cara. Si mehubiera enfrentado a ello entonces, notendría que enfrentarme ahora; pero,tarde o temprano, hay que elegir entrehuir y hacer frente a lo imposible.Pulso el botón con todas mis fuerzas.30El ala de convalecencia me gusta muchomás que la unidad de los zombis. Paraempezar huele mejor, y tienes habitaciónpropia: no estás tirado por los sueloscon cien personas más. La habitación estranquila y privada, y aquí no resultadifícil fingir que el mundo es como eraantes de los ataques. Por primera vez envarias semanas, soy capaz de ingerircomida sólida y de ir solo al baño,aunque evito mirarme en el espejo. Losdías parecen más alegres, pero lasnoches son malas. Cada vez que cierrolos ojos veo a mi yo esquelético en lasala de ejecuciones, a Chris atado en lasala del otro lado y a mi dedo huesudocayendo sobre el botón.Chris se ha ido. Bueno, según ladoctora Pam, Chris nunca estuvo ahí.Solo estaba la criatura del interior deChris, la que lo controlaba, la que se lehabía metido en el cerebro (no sabencómo) en algún momento (no sabencuándo). Ningún alienígena descendióde la nave nodriza para atacar WrightPatterson.El ataque vino del interior, desoldados infestados que se revolvieroncontra sus camaradas. Lo quesignificaba que llevaban escondidosentre nosotros desde hacía muchotiempo, esperando a que las tresprimeras olas redujeran a la población aun tamaño manejable antes de revelarse.¿Qué dijo Chris? «Saben cómopensamos».Sabían que nos sentiríamos másprotegidos si nos manteníamos unidos.Sabían que buscaríamos cobijo con lostíos que tenían armas. Así que, señoralienígena, ¿cómo se vence eseobstáculo? Es sencillo, porque sabéiscómo pensamos, ¿no? Introdujisteiscélulas durmientes allí donde estabanlas armas. Aunque vuestras tropasfracasaran en el ataque inicial, comoocurrió en Wright-Patterson, al finalalcanzasteis el objetivo final: hacerpedazos la sociedad. Si el enemigo escomo tú, ¿cómo luchas contra él?Llegados a ese punto, se acabó lapartida. Hambre, enfermedad, animalessalvajes: es cuestión de tiempo quemueran los últimos supervivientesaislados.Desde mi ventana, veo las puertasprincipales, seis plantas más abajo. Alanochecer, sale del recinto un convoy deviejos autobuses escolares amarillos,acompañado por varios Humvees. Losautobuses regresan varias horas despuéscargados de gente, sobre todo de niños(aunque cuesta distinguirlos a oscuras);luego se los llevan al hangar paraetiquetarlos y embolsarlos. Es decir,para detectar a los «infestados» ydestruirlos. Al menos, eso me dicen lasenfermeras. A mí me parece todo unalocura, dado lo que sabemos de losataques. ¿Cómo mataron a tantos de losnuestros tan deprisa? Ah, sí, ¡porque loshumanos van siempre en grupo, comolos borregos! Y aquí estamos ahora,reunidos de nuevo. A plena vista. Escomo si hubiésemos pintado una enormediana roja en la base: «¡Aquí estamos!Disparad cuando queráis».Y no lo soporto más.A medida que mi cuerpo varecuperando fuerzas, mi espíritu estámás cerca de derrumbarse.No lo entiendo, de verdad: ¿para quésirve? No me refiero a para qué lessirve a ellos; eso ha estado muy clarodesde el principio.Me refiero a para qué nos sirve anosotros. Estoy seguro de que si no nosvolviéramos a agrupar, elaborarían otroplan, aunque consistiera en utilizar aasesinos infestados para matar de uno enuno a los estúpidos humanos aislados.No hay forma de ganar. Si de algúnmodo hubiese podido salvar a mihermana, no habría importado. Le habríaconseguido otro mes de vida o dos,como mucho.Somos los muertos. Ya no quedanadie más. Están los muertos pasados ylos muertos futuros. Cadáveres ycadáveres en potencia.En algún lugar entre la sala delsótano y esta habitación perdí elmedallón de Sissy. Me despierto enplena noche agarrándome al aire vacío yla oigo gritar mi nombre como siestuviera a un metro de mí. Me pongofurioso, estoy muy cabreado, y le digoque se calle, que lo he perdido, que nolo tengo. Estoy muerto como ella, ¿esque no lo entiende? Un zombi, ese soyyo.Dejo de comer y me niego a tomarlos medicamentos. Me quedo tumbadoen la cama hora tras hora, mirando eltecho, esperando a que acabe, esperandopara unirme a mi hermana y a los otrossiete mil millones de afortunados. Elvirus que me comía se ha transformadoen otra enfermedad distinta, pero másferoz. Una enfermedad con un índice demortalidad del cien por cien. Y me digo:«¡No dejes que lo hagan, tío! Estotambién forma parte de su plan», pero nofunciona. Puedo pasarme el día enterointentando levantarme la moral, pero esono cambia el hecho de que la partida seacabó en cuanto apareció la nave en elcielo. No hay vuelta de hoja; lo únicoque nos queda por saber es cuándo.Y justo cuando alcanzo el punto sinretorno, cuando la última parte de mícapaz de luchar está a punto de morir,aparece mi salvador, como si hubieseestado esperando a que llegara esemomento.La puerta se abre, y su sombra ocupael espacio; es alta, delgada y angulosa,como si la hubiesen extraído con uncincel de una losa de mármol negro.Cuando su dueño se acerca a mi cama,la sombra me cubre. Quiero apartar lamirada, pero no lo consigo. Sus ojos(fríos y azules como un lago demontaña) me paralizan. Cuando la luz lobaña, veo que tiene el pelo rubio rojizoy que lo lleva muy corto, y contemplo sunariz afilada, y sus labios finos yapretados, que esbozan una sonrisaforzada. Uniforme nuevo. Botas negrasrelucientes. Insignia de oficial en elcuello.Me mira en silencio durante un buenrato y me hace sentir incómodo. ¿Porqué no puedo apartar la mirada de esosojos azul hielo? Tiene un rostro tancincelado que no parece real, como unacara humana tallada en madera.—¿Sabes quién soy? —pregunta.Tiene una voz profunda, muyprofunda, tanto como la que sale en lostráileres de las películas. Sacudo lacabeza: ¿cómo voy a saberlo? No lohabía visto en la vida.—Soy el teniente coronel AlexanderVosch, el comandante de la base.No me ofrece la mano; solo me mira.Después rodea la cama hasta detenerse alos pies y le echa un vistazo a mihistorial. El corazón me late con fuerza,como si me hubiesen llamado aldespacho del director.—Los pulmones, bien. La frecuenciacardiaca, la presión. Todo bien —comenta antes de volver a colgar elhistorial en el gancho—. Pero no vatodo tan bien, ¿verdad? De hecho, todova bastante mal.Coge una silla y la acerca a la camapara sentarse. El movimiento es fluido yelegante, sin complicaciones, como sillevara horas practicando y hubieseconvertido el acto de sentarse en unaciencia exacta. Antes de seguir, se ajustala doblez de los pantalones para queforme una línea recta perfecta.—He visto tu perfil en El País de lasMaravillas. Muy interesante. Y muyinstructivo.Se mete la mano en el bolsillo —denuevo con tanta elegancia que, más queun gesto, parece un movimiento de ballet— y saca el medallón de plata de Sissy.—Creo que esto es tuyo.Lo suelta en la cama, al lado de mimano. Espera a que yo lo recoja, pero,sin saber muy bien por qué, me obligo aquedarme quieto.Vuelve a introducir la mano en elbolsillo del pecho y me arroja una fotode tamaño carné al regazo. La cojo. Esde un niño rubio de unos seis años,puede que siete. Con los ojos de Vosch.En brazos de una mujer guapaaproximadamente de la misma edad deVosch.—¿Sabes quiénes son?No es una pregunta difícil, así queasiento con la cabeza. Por algún motivo,la foto me inquieta. Se la devuelvo, peroél no la coge.—Son mi medallón de plata —responde.—Lo siento —digo, porque no séqué más decir.—No tenían por qué hacerlo así,¿sabes? ¿Se te había ocurrido? Podríanhaberse tomado su tiempo, así que ¿porqué decidieron matarnos tan deprisa?¿Por qué enviar una plaga que acaba connueve de cada diez personas? ¿Por quéno con siete de cada diez? ¿O concinco? En otras palabras, ¿por qué tantaprisa? Tengo una teoría. ¿Quieresescucharla?«No —pienso—. No quiero. ¿Quiénes este tío y por qué está hablandoconmigo?».—Hay una cita de Stalin —siguediciendo—: «Una sola muerte es unatragedia; un millón, una estadística». ¿Teimaginas siete mil millones de algo? Amí me cuesta. Nos pone al límite denuestra capacidad de entendimiento. Yprecisamente lo hicieron por eso. Escomo cuando tienes el partido ganado,pero sigues a tope para aplastar alcontrario. Has jugado al fútbolamericano, ¿verdad? No se trata tanto dedestruir nuestra capacidad de luchar,sino más bien nuestra voluntad deluchar.Recoge la fotografía y se la meteotra vez en el bolsillo.—Así que no pienso en los seis milnovecientos ochenta mil millones, sinoen estos dos. —Después señala con lacabeza el medallón de Sissy—. Laabandonaste. Cuando te necesitaba,huiste. Y sigues huyendo. ¿No crees queha llegado el momento de dejar de huir yempezar a luchar por ella?Abro la boca; no sé lo que pensabadecir, pero lo que sale es:—Está muerta.Él agita la mano, como diciendo quesoy estúpido.—Todos estamos muertos, hijo, soloque algunos lo están un poco más queotros. Te preguntas quién demonios soyy por qué estoy aquí. Bueno, ya te hedicho quién soy y ahora te diré por quéestoy aquí.—Bien —susurré.A lo mejor me deja en paz cuandome lo diga. Me está poniendo de losnervios. Es por la forma en que mira,con esos ojos helados, esa dureza (nohay otra forma de describirlo), como sifuera una estatua que ha cobrado vida.—Estoy aquí porque nos han matadoa casi todos, pero no a todos. Y ese hasido su error, hijo. Ese es el defecto desu plan. Porque si no nos mata a todosde una vez, los que queden no serán losmás débiles. Solo los fuertessobrevivirán. Los que están tocados,pero no rotos, ya sabes de lo que hablo.La gente como yo. Y la gente como tú.—Yo no soy fuerte —respondosacudiendo la cabeza.—Bueno, ahí no estamos de acuerdo.Verás, El País de las Maravillas nosirve solo para trazar un mapa de tusexperiencias; traza un mapa de ti. Nonos dice simplemente quién eres, sinoqué eres. Tu pasado y tu potencial. Y nobromeo cuando te digo que tu potencialse sale de las gráficas. Eres justo lo quenecesitamos, en el momento en que lonecesitamos.Se pone en pie irguiéndose sobre mí.—Levanta.No es una petición. Su voz es tandura como sus rasgos. Me bajo de lacama y él acerca su cara a la mía y medice en voz baja y amenazadora:—¿Qué quieres? Sé sincero.—Quiero irme.—No —responde sacudiendo lacabeza bruscamente—. ¿Qué quieres?Noto que saco el labio inferior,como un niño pequeño a punto dederrumbarse por completo. Me arden losojos. Me muerdo con fuerza los bordesde la lengua y me obligo a no apartar lamirada del fuego frío de sus ojos.—¿Quieres morir?¿Asiento con la cabeza? No meacuerdo. A lo mejor lo hice, porquedice:—No te dejaré. Entonces ¿qué?—Entonces supongo que viviré.—No, morirás. Vas a morir y nadie,ni tú ni yo, puede hacer nada al respecto.Tú, yo, todos los que quedan en esteprecioso planeta azul moriremos paradejarles sitio a ellos.Ha ido directo al grano. Es la fraseperfecta en el momento perfecto, y, derepente, lo que trataba de sonsacarmesale de mis labios sin poder contenerlo.—Entonces ¿de qué sirve, eh? —legrito a la cara—. ¿De qué sirve, joder?Si tiene todas las respuestas, dígamelas,¡porque yo ya no sé por qué deberíaimportarme una puta mierda!Me agarra por el brazo y me arrastrahacia la ventana. Se coloca a mi lado endos segundos y abre las cortinas degolpe. Veo los autobuses escolaresparados junto al hangar y una cola deniños esperando para entrar.—Estás preguntándoselo a lapersona equivocada —ladra—.Pregúntales a ellos por qué deberíaimportarte una mierda. Diles a ellos queno sirve de nada. Diles que quieresmorir.Me sujeta los hombros y me vuelvehacia él para que lo mire. Luego,dándome una fuerte palmada en elpecho, me dice:—Nos han cambiado el ordennatural de las cosas, chico. Es preferiblemorir que vivir, rendirse que luchar,esconderse que enfrentarse a ellos.Saben que la mejor forma de vencernoses matarnos primero aquí dentro. —Y,dándome de nuevo en el pecho, añade—: La batalla final por este planeta nose luchará ni en una llanura, ni en unamontaña, ni tampoco en la jungla, eldesierto o el océano. Se luchará aquí —insiste, dándome de nuevo. Con fuerza.Pam, pam, pam.Para entonces ya me he dejadollevar por completo: me rindo a lo quellevo encerrado dentro desde la nocheque murió mi hermana, lloro como nohabía llorado nunca, como si laslágrimas fuesen algo nuevo para mí y megustara lo que se siente al derramarlas.—Eres arcilla humana —me susurraferozmente Vosch al oído—. Y yo soyMiguel Ángel. Soy el maestro albañil, ytú eres mi obra de arte. —Fuego azulpálido en sus ojos, que me quema elalma hasta el fondo—. Dios no llama alos preparados, hijo. Dios prepara a losllamados. Y a ti te ha llamado.Me deja con una promesa. Laspalabras me arden tanto dentro de lacabeza que la promesa me acompañahasta altas horas de la madrugada ypermanece ahí durante los díassiguientes.«Te enseñaré a amar la muerte. Tevaciaré de pena, de culpa y deautocompasión, y te llenaré de odio,astucia y espíritu de venganza. Esta serámi última contienda, Benjamin ThomasParish».Palmadas en el pecho una y otra vez,hasta que la piel me arde y el corazón seme enciende.«Y tú serás mi campo de batalla».IIISILENCIADOR31Debería haber sido fácil. Solo tenía queesperar.Se le daba muy bien esperar. Podíaesperar durante horas, inmóvil, ensilencio. Él y su fusil eran un solocuerpo, una sola mente: no se sabíadónde acababa el uno y empezaba elotro. Incluso la bala que disparabaparecía conectada a él, unida a sucorazón mediante un cordón invisible,hasta que daba en hueso.El primer disparo la abatió. Él seapresuró a disparar de nuevo, pero fallóestrepitosamente. Hizo el tercer disparocuando la chica se arrojó al suelo, juntoal coche, y la ventanilla trasera delBuick estalló en una nube de cristalespulverizados.Se había metido bajo el coche. Enrealidad era su única opción, y eso lodejaba a él con dos: esperar a que lachica saliera o abandonar su posición enel bosque, avanzar por el borde de laautopista y terminar el trabajo. Laopción menos arriesgada era quedarsedonde estaba. Si salía a rastras, lamataría. Si no lo hacía, el tiempoacabaría con ella.Volvió a cargar el arma despacio,con los movimientos deliberados dealguien que se sabe en posesión de todoel tiempo del mundo. Después de tantosdías vigilándola, suponía que ella noiría a ninguna parte. Era demasiadolista. Le había disparado tres veces y nohabía conseguido derribarla, pero lachica sabía que era poco probable quefallara a la cuarta. ¿Qué es lo que habíaescrito en su diario?«Al final, los que quedaran en pie noserían los afortunados».La chica haría cuentas: si salía arastras no tendría ninguna posibilidad.No podía correr y, aunque hubierapodido, no sabía en qué direcciónhacerlo para ponerse a salvo. Su únicaesperanza era que él abandonara suescondite y forzara la situación. En esecaso, todo sería posible. A lo mejortenía suerte y le daba ella primero.Si se producía una confrontación, lachica no se rendiría sin más, de esoestaba seguro. Había sido testigo de loque le había hecho al soldado de latienda. Puede que en aquel momentoestuviera aterrada y que después sintieraremordimientos por haber matado aaquel soldado, pero ni el miedo ni laculpa le habían impedido llenarle elcuerpo de plomo. A diferencia de lo queocurría con otros humanos, el miedo noparalizaba a Cassie Sullivan. El miedoagudizaba su sentido común, endurecíasu voluntad, la ayudaba a ver másclaramente las opciones que tenía. Y elmiedo la mantendría bajo el coche, noporque temiera salir, sino porquequedarse era su única esperanza deseguir con vida.Así que él también esperaría.Todavía faltaban varias horas para quecayera la noche. Para entonces, ella sehabría desangrado o, en el peor de loscasos, la pérdida de sangre y ladeshidratación la habrían debilitadotanto que rematarla sería sencillo.Rematarla. Rematar a Cassie. No aCassie de Cassandra. Ni a Cassie deCassidy. A Cassie de Casiopea, la chicadel bosque que dormía con un osito depeluche en una mano y un fusil en laotra. La chica de los rizos rubio rojizoque apenas medía metro sesentadescalza, la que parecía tan joven que lesorprendió averiguar que ya teníadieciséis años. La chica que sollozabaen la negra oscuridad de lasprofundidades del bosque, aterrada uninstante, desafiante el siguiente, la quese preguntaba si sería la última personacon vida de la Tierra, mientras él, elcazador, agazapado a cuatro metros deella, la oía llorar hasta que el cansanciola sumía en un sueño inquieto. Elmomento perfecto para haberse coladosigilosamente en su tienda de campaña,haberle puesto la pistola en la cabeza yhaberla eliminado. Porque eso era él: uneliminador.Llevaba eliminando a humanosdesde el inicio de la plaga. A loscatorce, hacía ya cuatro años, se habíadespertado dentro del cuerpo humanoque habían elegido para él y habíadescubierto lo que era. Un eliminador.Un cazador. Un asesino. El nombre dabaigual. El nombre que le había puestoCassie, Silenciador, era tan bueno comocualquier otro. Describía bien supropósito: apagar el ruido humano.Sin embargo, no lo hizo aquellanoche. Ni ninguna de las nochessiguientes. Y cada vez se acercaba unpoco más a su tienda, recorría con sigiloel manto de hojas en descomposición ytierra margosa que cubría el bosquehasta que su sombra se proyectaba através de la estrecha abertura de latienda, y la tienda olía a ella, y allíestaba la chica que dormía aferrada alosito, y el cazador con su arma, unasoñando con la vida que le había sidoarrebatada, el otro pensando en la vidaque arrebataría. La chica que dormía yel eliminador, intentando obligarse aeliminarla.¿Por qué no lo había hecho?¿Por qué no podía hacerlo?Se decía que no era lo másinteligente: Cassie no se quedaría en elbosque para siempre y podía utilizarlapara llegar hasta otros de su especie.Los humanos son animales sociales, vanen grupo, como las abejas. Los ataquesse basaban en esa adaptación esencial.El impulso evolutivo de vivir en grupoconstituía la oportunidad perfecta paramatarlos a millones. ¿Cómo era aquellafrase hecha? La unión hace la fuerza.Entonces encontró los cuadernos ydescubrió que no había ningún plan, queno había ningún objetivo real más alláde sobrevivir hasta el día siguiente. Ellano tenía adonde ir y no le quedabanadie. Estaba sola. O eso creía.No regresó a su campamento aquellanoche. Esperó hasta la tarde del díasiguiente, diciéndose a sí mismo que nole estaba dando tiempo para recoger ymarcharse. Sin permitirse pensar enaquel grito silencioso y desesperado: «Aveces pienso que podría ser el últimoser humano de la Tierra».Ahora, cuando los últimos minutosdel último ser humano se prolongabanbajo el coche de la autopista, empezó arelajar los hombros. Cassie no semovería. Bajó el fusil y se agachó a lospies del árbol, moviendo la cabeza a unlado y otro para aliviar la tensión delcuello. Estaba cansado. Últimamente nodormía bien. Ni comía bien. Habíaperdido algunos kilos desde la cuartaola. No estaba demasiado preocupado:ya habían previsto algunascomplicaciones psicológicas y físicas alinicio de la cuarta. El primer asesinatosería el más difícil, pero el siguientecostaría menos, y el siguiente, aúnmenos, porque es cierto: incluso lapersona más sensible se acostumbra a lomás insensible.La crueldad no es un rasgo de lapersonalidad. La crueldad es un hábito.Se quitó la idea de la cabeza. Decirque lo que estaba haciendo era cruelimplicaba que tenía elección. Elegirentre tu especie y otra no es cruel, sinonecesario. No es sencillo, sobre todocuando has vivido los últimos cuatroaños de tu vida fingiendo ser uno deellos, pero sí necesario.Y eso planteaba la pregunta másinquietante: ¿por qué no terminó con ellaaquel primer día, cuando oyó losdisparos dentro de la tienda y la siguióde vuelta al campamento? ¿Por qué noterminó con ella entonces, mientraslloraba a oscuras?Podía explicar los tres disparosfallidos en la autopista: fatiga, falta desueño, la sorpresa de volver a verla...Había supuesto que, si alguna vezabandonaba el campamento, se iría alnorte; no se le había ocurrido quevolvería al sur. De repente, tuvo unsubidón de adrenalina, como si hubiesedoblado una esquina y se hubieseencontrado con un amigo perdido hacíatiempo. Seguramente por eso falló elprimer disparo. El segundo y el terceropodía achacarlos a la suerte... La deella, no la de él.Sin embargo, ¿cómo explicabaaquellos días en que la perseguía, en quese metía a escondidas en su campamentomientras ella salía a buscar comida y sededicaba a rebuscar entre suspertenencias y a hojear el diario en elque había escrito: «A veces, cuandoestoy en mi tienda por la noche, meparece oír a las estrellas arañar elcielo»? ¿Qué pasaba con aquellasmañanas, antes del alba, en las que seescabullía en silencio por el bosquehasta donde ella dormía, decidido aeliminarla por fin, a hacer aquello paralo que se había preparado toda la vida?No era su primer asesinato y no sería elúltimo.Debería haberle resultado fácil.Se restregó las sudorosas palmas delas manos en los muslos. Entre losárboles hacía fresco, pero él sudaba achorros. Se frotó los ojos con unamanga. El viento de la autopista era unruido solitario. Una ardilla bajócorreteando del árbol que tenía al ladosin preocuparle su presencia. A sus pies,la autopista desaparecía en el horizonteen ambas direcciones, y nada se movíasalvo la basura y la hierba que seinclinaba ante el viento solitario. Laságuilas ratoneras ya habían encontradolos tres cadáveres que yacían en lamediana; tres aves gordas se acercaroncon andares torpes para echar un vistazomás de cerca, mientras el resto de labandada volaba en círculos por lascorrientes de aire ascendentes. Laságuilas y otros carroñeros estabandisfrutando de una explosióndemográfica. Las águilas ratoneras, loscuervos, los gatos salvajes y las jauríasde perros hambrientos. Se habíatropezado con más de un cadáverdeshidratado que había servido de cenaa alguien.Águilas ratoneras. El gato atigradode la tía Millie. El chihuahua del tíoHerman. Moscardas y otros insectos.Gusanos. El tiempo y los elementos seencargan del resto. Si no salía de allí,Cassie moriría bajo el coche. Pocosminutos después de su último aliento, laprimera mosca llegaría para poner sushuevos.Se quitó de la cabeza aquella imagentan desagradable. Era un pensamientohumano. Solo habían pasado cuatro añosdesde su Despertar y todavía seguíaintentando no ver el mundo a través deojos humanos. El día de su Despertar,cuando vio por primera vez la cara de sumadre humana, se echó a llorar. Nuncahabía visto nada tan bello... ni tan feo.La integración le había resultadomuy dolorosa. No había tenido unDespertar rápido y sin complicaciones,como otros de los que había oído hablar.Suponía que el suyo había sido másdifícil porque su cuerpo anfitrión habíavivido una infancia feliz. Había sido unalucha diaria, y todavía lo era. El cuerpoanfitrión no era algo ajeno que pudieramanipular como una marioneta. Era élmismo. Los ojos con los que antes veíael mundo eran sus ojos. El cerebro queantes interpretaba, analizaba, sentía yrecordaba el mundo era su cerebro,moldeado por miles de años deevolución. Evolución humana. No estabaatrapado en su interior ni tampoco ibamontado dentro, como si fuera un jineteen un caballo. Él era ese cuerpo humano,y ese cuerpo era él. Y si algo le pasaba(por ejemplo, si el cuerpo moría), élperecería con él.Era el precio de la supervivencia, elcoste de la última apuesta desesperadade su gente.Para librar a su nuevo hogar de lahumanidad, tenía que convertirse enhumano.Y, siendo humano, tenía queaniquilar su humanidad.Se levantó. No sabía a qué esperaba.Cassie, de Casiopea, estaba condenada:era un cadáver que todavía respiraba.Estaba malherida. Ya decidiera huir oquedarse donde estaba, no teníaesperanza. No tenía medios para curarsela herida y no había nadie que pudieraayudarla en varios kilómetros a laredonda. Le quedaba un tubito de cremaantibiótica en la mochila, pero carecíade material de sutura y vendas. Laherida se le infectaría en cuestión dedías, aparecería la gangrena, y ellaacabaría muriendo, suponiendo que nollegase antes otro eliminador.Estaba perdiendo el tiempo.Así que el cazador del bosque selevantó de golpe y asustó a la ardilla,que salió disparada árbol arriba y siseópara demostrar su enfado. El cazador seechó el fusil al hombro y apuntó alBuick, moviendo el punto de mira a lolargo del vehículo, adelante y atrás,arriba y abajo. ¿Y si disparaba a lasruedas? El coche se desplomaría sobrelas llantas y puede que la aplastara consus mil kilos de peso. Ya no podría huir.El Silenciador bajó el fusil y dio laespalda a la autopista.Las gordas águilas ratoneras que sealimentaban en la mediana alzaron elvuelo.El viento solitario murió.Entonces, el instinto del cazadorsusurró: «Vuélvete».Una mano ensangrentada salió dedebajo del chasis. Después, un brazo,seguido de una pierna.Él se puso de nuevo el fusil enposición. Apuntó a la chica. Contuvo elaliento mientras el sudor le bajaba porla cara y se le metía en los ojos.Cassie iba a hacerlo, iba a correr. Sesentía aliviado y nervioso al mismotiempo.No podía fallar un cuarto disparo.Separó bien las piernas, cuadró loshombros y esperó a que hiciera sumovimiento. La dirección daba igual;una vez estuviera a cielo abierto, nohabía donde esconderse. Sin embargo,parte de él esperaba que huyera endirección contraria para no tener quemeterle una bala en la cara.Cassie se levantó y, aunque tuvo queapoyarse un momento en el coche,enseguida se enderezó en precarioequilibrio sobre la pierna herida,aferrada a la pistola. Él colocó la cruzroja del punto de mira en el centro de lafrente de Cassie. Tensó el dedo delgatillo.«Ahora, Cassie, corre».Ella se apartó del coche de unempujón y subió la pistola. Apuntó a unlugar a unos cuarenta y cinco metros a laderecha de él. Lo movió noventa gradosy volvió a colocarlo en el sitio anterior.A través del aire en calma le llegó suvoz, aguda y joven.—¡Estoy aquí! ¡Ven a por mí, hijo deputa!«Ya voy», pensó, porque el fusil y labala formaban parte de él, y cuando elproyectil diera en hueso, él estaría conella también, dentro de ella, en elinstante de su muerte.«Todavía no, todavía no —se dijo—. Espera a que corra».Pero Cassie Sullivan no corrió. Lacara, salpicada de tierra, grasa y sangredel corte de la mejilla, parecíaencontrarse a pocos centímetros de lamira, tan cerca que podía contarle laspecas de la nariz. Veía la típica cara demiedo, una expresión a la que se habíaenfrentado cientos de veces, la cara quele ponemos a la muerte cuando nos mira.Sin embargo, en sus ojos había algomás, algo que desafiaba al miedo, queluchaba contra él, que lo silenciaba y lamantenía inmóvil mientras seguíamoviendo la pistola. No se escondía nihuía: plantaba cara.En el punto de mira, veía su caraborrosa. El sudor se le metía en losojos.«Corre, Cassie, por favor, corre».En la guerra llega un momento enque hay que cruzar la última línea. Lalínea que separa lo que amas de lo quela guerra real exige. Si no podía cruzarla línea, la batalla terminaba y él estabaperdido.Su corazón, la guerra.El rostro de Cassie, el campo debatalla.Con un grito que solo él oyó, elcazador dio media vuelta.Y huyó.IVEFÍMERA32En cuanto a formas de morir, morircongelado no está tan mal.Eso es lo que pienso mientras muerocongelada.Sientes calor, no hay dolor enabsoluto. Es como si flotaras, como si tehubieses tragado una botella entera dejarabe para la tos. El mundo blanco teenvuelve en sus brazos blancos y telleva abajo, hacia el helado mar blanco.Y el silencio es tan..., mierda, tansilencioso, que el latido de tu corazón esel único sonido del universo. Tansilencioso que oyes susurrar tuspensamientos en el aire gris y helado.Hundida en la nieve de cintura paraabajo, bajo un cielo sin nubes, elmontículo de nieve es lo único que tesostiene, ya que las piernas sonincapaces de seguir haciéndolo.Y piensas: «Estoy viva, estoymuerta, estoy viva, estoy muerta».Y allí está el maldito oso con susespeluznantes ojazos marrones y vacíos,mirándote desde la mochila, diciendo:«Estúpida de mierda, lo prometiste».Hace tanto frío que las lágrimas se tecongelan en las mejillas.—No es culpa mía —le dije al oso—. No soy yo quien decide el clima. Site supone un problema, quéjate a Dios.Es algo que he hecho muchoúltimamente: quejarme a Dios.En plan: «Dios, pero ¿qué coñohaces?».Me libró del Ojo para que pudieramatar al soldado del crucifijo. Me salvódel Silenciador para que se me infectarala pierna y cada paso que diera fuese unviaje por la autopista del infierno. Memantuvo en pie hasta que llegó latormenta de nieve y descargó durantedos días enteros, dejándome atrapadahasta la cintura en este montículo heladopara que muera de hipotermia bajo unglorioso cielo azul.«Gracias, Dios».«Te has librado, te has salvado, hasseguido —dice el oso—. Gracias,Dios».«En realidad, da igual», pienso. Latomaba con papá por hablar con tantoentusiasmo de los Otros y por contar loshechos de modo que pareciesen menosdeprimentes, pero en realidad yo no eramucho mejor que él. A mí también mecostaba aceptar la idea de que me habíaido a la cama siendo un ser humano y mehabía levantado convertida en unacucaracha. Transformarse en un bichorepugnante y portador de enfermedadescon el cerebro del tamaño de una cabezade alfiler no es algo fácil de asimilar. Setarda un tiempo en hacerse a la idea.Y el oso dice: «¿Sabías que unacucaracha puede vivir hasta una semanasin cabeza?».«Sí, lo aprendí en biología. Así quelo que pretendes decirme es que soy unpoco peor que una cucaracha, muchasgracias. Intentaré averiguar exactamentequé tipo de plaga portadora deenfermedades soy».Entonces lo entiendo: a lo mejor poreso el Silenciador me dejó vivir, porquesolo hay que rociar de insecticida albicho y alejarse. ¿Para qué quedarse allípara verlo volverse de espaldas y agitarlas seis patitas larguiruchas en el aire?Seguir debajo del Buick, huir oenfrentarse al enemigo: ¿qué más daba?Quedase, huir, plantar cara, daba igual,el daño ya estaba hecho. Mi pierna no securaría sola. El primer disparo fue unacondena a muerte, así que ¿para quédesperdiciar más balas?Pasé la tormenta en el asiento deatrás de un Explorer. Acurrucada en elasiento, me preparé una acogedoracabaña de metal desde la quecontemplar el mundo mientras se ibavolviendo blanco. No podía abrir lasventanillas eléctricas para dejar entrarel aire fresco, así que el olor de lasangre y de mi herida podrida se adueñórápidamente del todoterreno.Gasté todos los analgésicos de mialijo en las primeras diez horas.Me comí el resto de mis raciones alfinal del primer día que pasé en eltodoterreno.Cuando me entró sed, abrí un pocola puerta del maletero y cogí unospuñados de nieve. Dejé el maleteroabierto para que entrara el aire fresco...hasta que los dientes me empezaron acastañetear y el aliento se transformó enbloques de hielo ante mis ojos.La tarde del segundo día, la nieve yatenía un espesor de un metro y micabañita metálica empezaba a parecermás un sarcófago que un refugio. Losdías no eran más que un par de vatiosmás brillantes que las noches, y lasnoches se habían convertido en lanegación de la luz. No eran oscuras, sinola ausencia de luz más absoluta. «Así escomo ven el mundo los muertos», pensé.Dejó de preocuparme por qué elSilenciador me había dejado vivir. Dejóde preocuparme la extraña sensación detener dos corazones, uno en el pecho yotro más pequeño, un minicorazón, en larodilla. Dejó de importarme que lanieve parara de caer antes de que misdos corazones se detuvieran.En realidad no dormía del todo; másbien flotaba en el espacio entre los dosmundos, abrazando al oso contra elpecho, el oso que seguía con los ojosabiertos cuando yo no podía. El oso quemantuvo la promesa que le había hechoa Sammy y estuvo conmigo en eseespacio entre dos mundos.«Estooo, hablando de promesas,Cassie...».Debo de haberme disculpado con élunas mil veces durante estos dos días denieve: «Lo siento, Sams. Te dije que loharía pasara lo que pasara, pero eresdemasiado pequeño para comprenderque hay mentiras de muchas clases.Están las mentiras que sabes que lo son;las mentiras que no sabes y que eresconsciente de no saber; y las mentirasque crees que no lo son, cuando, enrealidad, no es así. Hacer una promesaen medio de una operación encubiertaalienígena entra dentro de la últimacategoría. Lo siento, ¡lo siento mucho!».«Lo siento mucho».Ya ha transcurrido otro día y sigometida hasta la cintura en un banco denieve.Cassie, la doncella de hielo, con unaalegre gorrita de nieve, el pelo helado ylas pestañas escarchadas, calentita eingrávida, muriendo a chorros, pero, almenos, muriendo de pie mientras intentacumplir una promesa imposible decumplir.«Lo siento mucho, Sams, lo sientomucho.»Se acabaron las mentiras.»No voy a por ti».33Este lugar no puede ser el cielo. Notiene la atmósfera adecuada.Camino entre una niebla densaformada por una nada blanca y sin vida.Espacio muerto. Sin sonido. Ni siquierase oye el sonido de mi respiración. Dehecho, no sé si respiro, y eso es loprimero en la lista titulada «¿Cómo sé siestoy viva?».Sé que hay un hombre conmigo. Nolo veo ni lo oigo, tampoco lo toco ni lohuelo, pero sé que está aquí. No sé cómosé que es un hombre, pero lo sé, y meestá observando. Se queda quietomientras yo me muevo entre la densaniebla blanca, pero, de algún modo,siempre se encuentra a la mismadistancia. No me inquieta que esté aquí,observando. Aunque tampoco meconsuela. Es otro hecho, como el de laniebla. Está la niebla, estoy yo, que norespiro, y está esa otra persona, siemprecerca, siempre observando.Sin embargo, no hay nadie cuando laniebla se disipa, y me encuentrotumbada en una cama de cuatro postesbajo tres capas de colchas que huelen unpoco a cedro. La nada blanca se aleja, ydeja paso al cálido resplandor amarillode una lámpara de queroseno quealguien ha colocado sobre la mesita, allado de la cama. Levanto un poco lacabeza y veo una mecedora, un espejode pie de cuerpo entero y las puertas delistones del armario de un dormitorio.Tengo un tubo de plástico unido albrazo, y el otro extremo está pegado auna bolsa de líquido transparente quecuelga de un gancho metálico.Tardo unos minutos en asimilar todolo que me rodea, el detalle de que nosiento nada de cintura para abajo y elhecho ultramegadesconcertante de que,definitivamente, no estoy muerta.Bajo la mano, y mis dedos dan conunas gruesas vendas que me envuelvenla rodilla. También me gustaría tocarmela pantorrilla y los dedos de los pies,porque no siento nada y me preocupa notener pantorrilla, ni dedos de los pies, nininguna otra cosa debajo del montón devendas. Sin embargo, no soy capaz dellegar tan abajo sin incorporarme, eincorporarme no es una opción. Es comosi solo me funcionaran los brazos. Losutilizo para apartar las colchas y dejaral descubierto la mitad superior de micuerpo. Hace frío. Llevo puesto uncamisón de algodón floreado. Yentonces me pregunto: «¿De dónde hasalido este camisón?». Debajo estoydesnuda. Lo cual, por supuesto, significaque entre el momento en que me hedesnudado y el que me he puesto elcamisón tengo que haber estadocompletamente desnuda, y cuando digocompletamente quiero decircompletamente.Vale, hecho ultramegadesconcertantenúmero dos.Vuelvo la cabeza a la izquierda:cómoda, mesa, lámpara. A la derecha:ventana, silla, mesa. Y allí está el oso,recostado en la almohada, a mi lado,mirando hacia el techo con airepensativo, sin nada de lo quepreocuparse.«¿Dónde narices estamos, Oso?».Las tablas del suelo tiemblan cuandoalguien da un portazo en la planta deabajo. Oigo el pum, pum de unaspesadas botas pisando la maderadesnuda. Después, silencio, un silenciomuy denso, si no se tienen en cuenta loslatidos de mi corazón, que parece quetrate de salírseme del pecho. Aunqueseguramente no deberían pasarse poralto, porque retumban tan fuerte comouna de las bombas sónicas de Pringoso.Clonc, clonc, clonc. Cada clonc seoye más cerca que el anterior.Alguien sube las escaleras.Intento sentarme, pero al parecer noes una idea muy inteligente. Lo únicoque consigo es elevarme unos diezcentímetros por encima de la almohada,nada más. ¿Dónde está mi fusil? ¿Y miLuger? Alguien está en la puerta, perono puedo moverme y aun en el caso deque pudiera, lo único de lo que dispongoes de este estúpido muñeco de peluche.¿Qué iba a hacer con él? ¿Matar al tío acariñitos?Cuando te quedas sin opciones, lamejor opción es no hacer nada. Laopción de la zarigüeya.Con los ojos medio cerrados, veoque se abre la puerta. Distingo unacamiseta de cuadros roja, un anchocinturón marrón y unos vaqueros azules.Un par de manos fuertes y grandes conlas uñas bien cortadas. Mantengo larespiración regular y en calma mientrasél se coloca a mi lado, junto al poste demetal, supongo que para comprobar elgotero. Después se da media vuelta y ahíestá su culo; luego se vuelve de nuevo yal sentarse en la mecedora, junto alespejo, su rostro entra en mi ángulo devisión. Le veo la cara y veo la mía en elespejo. «Respira, Cassie, respira. Tienecara de bueno; no parece alguien quequiera hacerte daño. Si quisiera hacerlo,no te habría traído aquí, ni te habríaconectado a un gotero para mantenertehidratada, y las sábanas son suavecitas yestán limpias. ¿Y qué si se ha llevado turopa y te ha puesto este camisón dealgodón? ¿Qué esperabas que hiciera?Tu ropa estaba asquerosa, como tú, y yano lo estás, y la piel te huele un poco alila, lo que quiere decir (oh, Dios mío)que te ha bañado».Sigo intentando respirar con calma,pero no se me da demasiado bien.Entonces, el dueño de la cara dice:—Sé que estás despierta.Como no respondo, añade:—Y sé que me estás observando,Cassie.—¿Cómo sabes mi nombre? —grazno.Es como si me hubiesen forrado lagarganta de papel de lija. Abro los ojos.Ahora lo veo con más claridad, y no meequivocaba sobre su cara: tiene cara debueno, al estilo pulcro de Clark Kent. Leecho unos dieciocho o diecinueve años;tiene los hombros anchos, los brazosbonitos y esas manos de cutículasperfectas. «Bueno —me digo—, podríahaber sido peor. Podría habermerescatado un pervertido cincuentón debarriga descomunal que guarda a sumadre muerta en el desván».—Tu permiso de conducir —responde.No se levanta, se queda en la silla,con los codos en las rodillas y la cabezagacha, lo que le da un aire más tímidoque amenazador. Me quedo mirándolelas manos y me las imagino pasando untrapo caliente y húmedo por cadacentímetro de mi cuerpo. Mi cuerpocompletamente desnudo.—Me llamo Evan —dice acontinuación—. Evan Walker.—Hola.Él se ríe un poco, como si hubiesedicho algo gracioso.—Hola —responde.—¿Dónde estoy, Evan Walker?—En el dormitorio de mi hermana—contesta.Tiene los ojos algo hundidos y de uncolor marrón chocolate, como el pelo, yme miran con curiosidad y tristeza,como los de un cachorrito.—¿Está...?Él asiente y se restriega las manoslentamente.—Toda la familia. ¿Y la tuya?—Todos salvo mi hermano pequeño.Este es... su oso, no el mío.Él sonríe. Es una buena sonrisa,igual de buena que su rostro.—Es un oso muy bonito.—Ha pasado por tiempos mejores.—Como casi todos.Supongo que habla del mundo engeneral, no de mi cuerpo.—¿Cómo me has encontrado? —lepregunto.Aparta la mirada y luego me mira denuevo con sus ojos chocolate decachorro perdido.—Por los pájaros.—¿Qué pájaros?—Águilas ratoneras. Cuando las veovolar en círculos, siempre me acerco.Ya sabes, por si...—Claro, sí —respondo para que nosiga explicándolo—. Así que me trajisteaquí, a tu casa, me metiste un gotero...Por cierto, ¿de dónde lo has sacado? Ydespués me quitaste toda la... y melavaste...—La verdad es que no podíacreerme que siguieras viva y después nocreía que fueras a sobrevivir. —Serestriega las manos: ¿tiene frío? ¿Estánervioso? A mí me pasan las dos cosas—. El gotero estaba aquí, vino biendurante la plaga. Supongo que nodebería decirlo, pero siempre quevolvía a casa esperaba encontrartemuerta. Estabas en muy mal estado.Se mete la mano en el bolsillo de lacamisa y, por algún motivo, doy unrespingo. Él lo nota y me sonríe paratranquilizarme. Saca un trozo de metalnudoso del tamaño de un dedal.—Si esto llega a darte en cualquierotro sitio, estarías muerta —dicemientras hace rodar la bala entre elíndice y el pulgar—. ¿De dónde salió?Pongo los ojos en blanco, no puedoevitarlo, pero me ahorro el tono deburla.—De un fusil.Él sacude la cabeza creyendo que nohe entendido la pregunta. No parececaptar el sarcasmo. Si es así, voy a tenerproblemas, porque es mi modo decomunicación natural.—¿Del fusil de quién?—No lo sé..., de los Otros. Unatropa que se hacía pasar por soldadosacabó con mi padre y con todo el campode refugiados. Yo fui la única que saliócon vida. Bueno, sin contar a Sammy yal resto de los niños.—¿Qué les pasó a los niños? —pregunta, mirándome como si estuvieratarada.—Se los llevaron. En autobusesescolares.—¿Autobuses escolares? —pregunta, sacudiendo la cabeza.¿Alienígenas en autobuses escolares?Parece a punto de sonreír. Debo dehaberme quedado demasiado tiempomirándole los labios, porque se losrestriega, nervioso, con el dorso de lamano—. ¿Adónde los llevaron?—No lo sé. Nos dijeron que aWright-Patterson, pero...—Wright-Patterson. ¿La base de lasfuerzas aéreas? Había oído que estáabandonada.—Bueno, no estoy segura de poderconfiar en nada de lo que te digan. Sonel enemigo.Trago saliva, tengo la garganta seca.Evan Walker debe de ser una de esaspersonas que se da cuenta de todo,porque pregunta:—¿Quieres beber algo?—No tengo sed —miento.Vale, ¿por qué miento sobre algocomo eso? ¿Para demostrarle lo duraque soy? ¿O para que se quede sentadoen la silla, porque llevo semanas sinhablar con nadie, sin contar al oso, queen realidad no debería contar?—¿Por qué se llevaron a los niños?—pregunta.Ahora, sus ojos son grandes yredondos, como los del oso. Cuestadecidir cuál es su mejor rasgo: ¿esosojos suaves y chocolateados o la esbeltamandíbula? A lo mejor la mata de pelo,la forma en que le cae sobre la frentecuando se inclina hacia mí.—No sé la auténtica razón, perosupongo que debe de ser muy buena paraellos y muy mala para nosotros.—¿Crees que...?No puede terminar la pregunta, o noquiere hacerlo, para evitarme larespuesta. Mira el oso de Sam, que siguetumbado en la almohada, a mi lado.—¿Qué? ¿Que mi hermano pequeñoestá muerto? No, creo que está vivo.Sobre todo porque no tiene sentido quese llevaran así a los niños y mataran atodos los demás. Volaron el campo enmil pedazos con una especie de bombaverde...—Espera un segundo —dicemientras levanta una de sus grandesmanos—. ¿Una bomba verde?—No me lo estoy inventando.—Pero ¿por qué verde?—Porque verde es el color deldinero, de la hierba, de las hojas deroble y de las bombas alienígenas.¿Cómo narices voy a saber por qué?Está riéndose. Una risa silenciosa ycontenida. Cuando sonríe, el ladoderecho de la boca sube un poquito másque el resto.Entonces me pregunto: «Cassie, ¿porqué le estás mirando la boca? ¿Eh?».De algún modo, el hecho de que mehaya rescatado un chico guapo desonrisa torcida y manos grandes yfuertes es lo más perturbador que me hapasado desde la llegada de los Otros.Pensar en lo sucedido en el campome está dando escalofríos, así quedecido cambiar de tema. Miro la colchacon la que me ha tapado. Parece hecha amano. La imagen de una ancianacosiéndola me pasa por la cabeza y, poralgún motivo, de repente tengo ganas dellorar.—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunto con voz débil.—Mañana hará una semana.—¿Has tenido que cortarme...?No sé cómo hacer la pregunta. Porsuerte, no hace falta.—¿Que amputarte? —pregunta—.No, la bala no dio en la rodilla, así quecreo que podrás caminar, pero tal veztengas los nervios dañados.—Bueno, a eso ya estoyacostumbrada.34Me deja un ratito y regresa con un caldoclaro, no de pollo ni de ternera, sino deotra clase de carne, puede que devenado. Mientras me agarro a los bordesde la colcha, él me ayuda aincorporarme para que pueda beber ysostener la taza caliente con ambasmanos. Me está mirando, no como unpervertido, sino como se mira a unenfermo, sintiéndose también un pocomal y sin saber qué hacer para aliviarleel malestar. Y entonces se me ocurre quetal vez se trate de una mirada pervertiday la actitud de preocupación no sea másque una tapadera inteligente. ¿Unpervertido deja de serlo si lo encuentrasatractivo? A Pringoso lo acusé de estarmal de la cabeza por intentar regalarmela joya de un cadáver, y él respondióque no habría pensado lo mismo sihubiera estado tan bueno como BenParish.Recordar a Pringoso me quita elapetito. Evan se da cuenta que me hequedado mirando la taza que tengo en elregazo y me la quita con cuidado paradejarla en la mesa.—Podría haberlo hecho yo —le digoen un tono más brusco de lo quepretendía.—Háblame de esos soldados —medice—. ¿Cómo sabes que no eran...humanos?Le cuento que aparecieron pocodespués de los teledirigidos, le describoel modo en que metieron a los niños enel autobús, y le digo que despuésreunieron a todo el mundo en losbarracones y los masacraron. Pero laprueba decisiva era el Ojo. Claramenteextraterrestre.—Son humanos —concluye élcuando termino—. Deben de trabajarcon los visitantes.—Oh, Dios, por favor, no los llamesasí.Odio ese nombre. Los presentadoresde la tele lo usaban antes de la primeraola, todos los de YouTube, todos lostwitteros, incluso el presidente durantelas comparecencias informativas.—¿Y cómo los llamo? —pregunta,sonriendo.Me da la sensación de que losllamaría nabos si yo se lo pidiera.—Mi padre y yo los llamábamos losOtros, porque no son nosotros, no sonhumanos.—A eso me refiero —dice,asintiendo con la cabeza, muy serio—.La probabilidad de que sean idénticos anosotros es astronómicamente remota.Suena igual que mi padre en una desus diatribas especulativas y, de repente,me enfado, no sé muy bien por qué.—Bueno, eso es genial, ¿no? Unaguerra con dos frentes. Nosotros contraellos, y nosotros contra nosotros ycontra ellos.—No serían los primeros encambiar de bando una vez que quedaclaro quién va a ganar —responde, ysacude la cabeza con pesar.—Así que los traidores se llevan alos niños del campo porque estándispuestos a ayudar en el exterminio dela raza humana, pero ¿matar a losmenores de dieciocho ya les parecedemasiado?—¿Qué crees tú? —pregunta,encogiéndose de hombros.—Creo que estamos bien jodidos silos que tienen las armas han decididoayudar a los malos.—Podría equivocarme —comenta,aunque no parece pensarlo de verdad—.A lo mejor son visi..., perdón, Otros, nosé, disfrazados de humanos. O quizásuna especie de clones...Asiento con la cabeza. Ya lo he oídoantes, durante una de las interminableselucubraciones de mi padre sobre losOtros:«La cuestión no es por qué nopueden hacerlo, sino por qué no lohacen. Sabemos de su existencia desdehace cinco meses. Y ellos deben desaber de la nuestra desde hace años.Cientos, quizá miles de años. Tiempo desobra para extraer ADN y "criar" todaslas copias que quisieran. De hecho,puede que tengan que enviar a la guerraa nuestras copias. Hay mil razones porlas que nuestro planeta podría no serviable para sus cuerpos. Recuerda Laguerra de los mundos».Tal vez por eso mi reacción es tanbrusca: Evan está en plan OliverSullivan conmigo. Y eso me trae a lamemoria la imagen de Oliver Sullivanmuriendo en el suelo, frente a mí,cuando lo único que quiero es olvidarla.—O puede que sean androides,Terminators —añado, medio en broma.He visto a uno muerto de cerca, elsoldado al que disparé a bocajarro en elpozo de ceniza.No le busqué el pulso ni nada, perome pareció bien muerto, y la sangre eramuy real.Recordar el campo y lo que pasó allísiempre me pone histérica, y eso es justolo que me ocurre.—No podemos quedarnos aquí —digo en tono de urgencia.—¿Qué quieres decir? —preguntamirándome como si hubiera perdido lacabeza.—¡Nos encontrarán!Cojo la lámpara de queroseno, learranco la tapa de cristal y soplo conganas para apagar la llama danzarina. Lallama sisea, pero permanece encendida.Él me quita el cristal de la mano y lovuelve a poner sobre la base de lalámpara.—Fuera estamos a tres grados y hayvarios kilómetros de distancia hasta elrefugio más cercano. Si quemas la casa,estamos fritos.¿Fritos? A lo mejor intenta hacer unabroma, aunque no sonríe.—Además —añade—, no estás lobastante bien para viajar. Todavía tequedan tres o cuatro semanas, por lomenos.¿Tres o cuatro semanas? ¿A quiénpretende engañar esta versiónadolescente de leñador americano? Noduraremos ni tres días con las lucesencendidas y el humo saliendo de lachimenea.Al final se percata de mi crecienteangustia.—Vale —dice, suspirando.Apaga la lámpara, y la habitación sesume en la oscuridad. No lo veo, no veonada. Pero sí puedo olerlo: una mezclade humo de madera y algo parecido apolvos de talco, y, al cabo de unosminutos, siento su cuerpo desplazando elaire a unos pocos centímetros del mío.—¿El refugio más cercano está avarios kilómetros? —pregunto—.¿Dónde narices vives, Evan?—En la granja de mi familia. A unoscien kilómetros de Cincinnati.—¿A cuánto de Wright-Patterson?—No lo sé, ¿ciento diez? ¿Cientotreinta kilómetros? ¿Por qué?—Ya te lo he dicho, se llevaron a mihermano pequeño.—Me has dicho que dijeron que selo llevaban ahí.Nuestras voces se envuelven la unaen la otra, se entrelazan y luego seseparan y se pierden en la noche.—Bueno, tengo que empezar poralguna parte —insisto.—¿Y si no está allí?—Pues iré a otro sitio.Hice una promesa. Y ese malditooso no me perdonará nunca si no lacumplo.Le huelo el aliento. Chocolate.¡Chocolate! Empieza a hacérseme laboca agua; juro que noto cómo trabajanlas glándulas salivales. Hace semanasque no como nada sólido y ¿qué me traeél? Un caldo grasiento hecho con algunacarne misteriosa. El capullo del granjerose guarda lo bueno para él.—Te das cuenta de que te superan ennúmero, ¿no? —pregunta.—¿Y qué quieres decir con eso?No responde, así que digo:—¿Crees en Dios, Evan?—Claro que sí.—Yo no. Bueno, quiero decir que nolo sé. Creía antes de que llegaran losOtros. O eso pensaba, si es que pensabaen ello. Y entonces llegaron y... —Tengo que parar un segundo para ponermis ideas en claro—. A lo mejor hay unDios. Sammy cree que lo hay. Perotambién cree en Santa Claus. Sinembargo, cada noche rezaba con él, perono tenía nada que ver conmigo. Era porSammy y por sus creencias, y si lohubieras visto darle la mano a aquelfalso soldado y seguirlo al interior deaquel autobús...Estoy perdiendo la compostura,aunque no me importa demasiado.Siempre es más sencillo llorar aoscuras. De repente, la cálida mano deEvan tapa la mía, que está más fría. Sumano es tan suave y blanda como laalmohada que tengo bajo la mejilla.—No puedo soportarlo —digo entresollozos—. Confiaba en mí. Era igual deconfiado que nosotros antes de quellegaran ellos y volaran este puñeteromundo en mil pedazos. Confiábamos enque, tras la oscuridad, volvería la luz.¡Confiábamos en que, cuando queríamosun puto Frappuccino de fresa, podíamosmeternos en el coche, conducir un rato ycomprárnoslo! Confiábamos...Su otra mano llega hasta mi mejilla yme limpia las lágrimas con el pulgar. Elaroma a chocolate me abruma cuando seinclina para susurrarme al oído:—No, Cassie. No, no, no.Le rodeo el cuello con un brazo yaprieto su mejilla seca contra mi mejillamojada. Tiemblo como una epiléptica y,por primera vez, noto el peso de lascolchas sobre los dedos de los pies: laoscuridad cegadora ha agudizado elresto de los sentidos.Soy un hervidero de pensamientos ysentimientos aleatorios. Me preocupaque el pelo me huela mal. Quierochocolate. Este tío que me abraza(bueno, en realidad soy más bien yo laque lo abraza) me ha visto en toda migloriosa desnudez. ¿Qué pensó de micuerpo? ¿Qué pienso yo de mi cuerpo?¿De verdad le importan a Dios laspromesas? ¿De verdad me importaDios? ¿Son los milagros algo parecido alo del Mar Rojo al abrirse o más bien alhecho de que Evan Walker meencontrara encerrada en un bloque dehielo en medio de una jungla blanca?—Cassie, todo va a salir bien —mesusurra al oído con su aliento dechocolate.A la mañana siguiente, cuando medespierto, hay un beso de chocolateHershey en la mesita de noche.35Cada noche sale de la granja parapatrullar el terreno y cazar. Me dice quetiene productos ultramarinos de sobra yque su madre era una apasionada de lasconservas, pero que le gusta la carnefresca. Así que me deja para ir a buscaralguna criatura comestible a la quematar, y el cuarto día aparece en eldormitorio con una hamburguesaauténtica metida en un panecillo calienterecién hecho y acompañada de patatasasadas. Es la primera comida de verdadque pruebo desde que escapé del CampoPozo de Ceniza. Y se trata de unapuñetera hamburguesa, algo que nohabía probado desde la Llegada y por loque, como creo que ya he comentadoantes, estaba dispuesta a matar.—¿De dónde has sacado el pan? —le pregunto cuando ya me he zampadomedia hamburguesa y me cae la grasapor la barbilla.Tampoco había comido pan desdeentonces. Es ligero, esponjoso y un pocodulce.Podría responderme con cualquiercomentario sarcástico —al fin y al cabosolo hay una forma de haber conseguidoel pan—, pero no lo hace.—Lo he hecho yo.Después de darme de comer, mecambia el vendaje de la pierna. Lepregunto si debería mirar, y él meresponde que no, que es mucho mejorque no lo haga. Quiero salir de la cama,darme un baño de verdad, ser unapersona de nuevo. Él me dice que esdemasiado pronto. Le respondo quequiero lavarme y peinarme. Demasiadopronto, insiste. Le digo que si no meayuda voy a tirarle la lámpara dequeroseno a la cabeza. Así que colocauna silla de la cocina dentro de labañera con patas del cuartito de bañodel pasillo, cuyas paredes estánadornadas con un papel pintado deflores que ha empezado a despegarse.Luego me lleva hasta allí, me dejadentro de la bañera, se va y regresa conuna tina metálica llena de aguahumeante.La tina debe de pesar mucho. Se lehinchan los músculos debajo de lasmangas, como si fuera Bruce Banner enpleno proceso de Hulkificación, y lomismo le ocurre con las venas delcuello. El agua huele ligeramente apétalos de rosa. Utiliza una jarra delimonada decorada con soles sonrientesa modo de cazo, y yo echo la cabezahacia atrás. Evan empieza a ponerme elchampú, pero le aparto las manos. Deesa parte puedo encargarme yo sola.El agua me cae por el pelo hastamojarme el camisón, y el algodón se mepega al cuerpo. Evan se aclara lagarganta y, cuando vuelve la cabeza, sumata de pelo se sacude y le roza laoscura frente, cosa que me perturba unpoco, aunque de un modo agradable. Lepido un peine, el que tenga los dientesmás anchos, y él rebusca en el armariode debajo del lavabo mientras yo loobservo con el rabillo del ojo, sinapenas darme cuenta del movimiento deesos hombros robustos bajo la camisade franela, ni de los vaquerosdesgastados, con los bolsillos de atrásdeshilachados, y, por supuesto, sinfijarme en absoluto en la redondez deese trasero que se esconde bajo losvaqueros, ni en cómo me arden loslóbulos de las orejas bajo el agua tibiaque me chorrea del pelo. Tras un par deeternidades, encuentra un peine y mepregunta si necesito algo más antes demarcharse. Yo murmuro que no, cuandoen realidad lo que quiero es reír y llorara la vez.Una vez sola, me obligo aconcentrarme en el pelo, que está hechouna pena. Nudos, enredos, trocitos dehojas y pegotes de tierra. Me esfuerzocon los nudos hasta que el agua se quedafría y empiezo a temblar con el camisónmojado. Me detengo en plena faena aloír un ruidito al otro lado de la puerta.—¿Estás ahí fuera? —pregunto.El pequeño cuarto de baño de suelode baldosas magnifica el sonido como sifuera una caja de resonancia.Tras una pausa, me llega unarespuesta en voz baja:—Sí.—¿Por qué estás ahí fuera?—Espero para enjuagarte el pelo.—Voy a tardar un rato.—No pasa nada.—¿Por qué no vas a preparar unatarta o algo así y vuelves dentro de unosquince minutos?No oigo la respuesta, pero tampocolo oigo marcharse.—¿Sigues ahí?—Sí.La respuesta me llega junto con uncrujido del suelo de madera del pasillo.Me rindo tras otros diez minutos detirones. Evan vuelve a entrar y se sientaal borde de la bañera. Apoyo la cabezaen la palma de su mano mientras él meenjuaga la espuma del pelo.—Me sorprende que estés aquí —ledigo.—Vivo aquí.—Que te hayas quedado aquí, quierodecir.Muchos jóvenes se fueron directos ala comisaría, el centro de la GuardiaNacional o la base militar más cercanadespués de que los supervivientes quehuían tierra adentro informaran sobre lasegunda ola. Como en el 11S, solo quemultiplicado por diez.—Éramos ocho, contando a mamá ypapá —me explica—. Soy el mayor.Cuando murieron, me encargué de losniños.—Más despacio, Evan —le digocuando me vacía media jarra en lacabeza—. Es como si intentarasahogarme.—Lo siento —responde.Me coloca la mano en la frente comosi fuera una presa. El agua está a unatemperatura muy agradable y me hacecosquillas. Cierro los ojos.—¿Caíste enfermo? —le pregunto.—Sí, pero después mejoré. —Recoge más agua de la tina con la jarra,y yo contengo el aliento esperando sentirel mismo cosquilleo del agua caliente—.La más pequeña de mis hermanas, Val,murió hace dos meses. Estás en sudormitorio. Desde entonces sigointentando decidir qué hacer. Sé que nopuedo quedarme aquí para siempre, perohe ido a pie hasta Cincinnati y supongoque no hace falta que te explique por quéno pienso volver.Una mano vierte más agua mientrasla otra me aprieta el pelo húmedo contrael cráneo para escurrir el exceso delíquido. Con una presión firme, pero nodemasiado fuerte: la justa. Como si nofuera la primera chica a la que lava elpelo. Una vocecita histérica me gritadentro de la cabeza: «¿Qué crees queestás haciendo? ¡Ni siquiera conoces aeste tío!». Pero la misma voz tambiénopina: «Unas manos geniales. Pídele quete dé un masaje en la cabeza, ya queestá».Mientras, fuera de mi cabeza, su voztranquila y profunda sigue diciendo:—Ahora creo que no tiene sentidomarcharme hasta que haga más calor. Alo mejor a Wright-Patterson o aKentucky. Fort Knox solo está a unosdoscientos veinticinco kilómetros deaquí.—¿Fort Knox? ¿Qué pasa, planeasun robo?—Es un fuerte, ya sabes, viene defortificado. Un punto de encuentrológico —responde mientras aprieta en elpuño los extremos de mi melena.Oigo el goteo del agua en la bañeracon patas.—Yo en tu lugar no iría a ningúnsitio que fuera un punto de encuentrológico —le aconsejo—. Lógicamente,esos serán los primeros puntos queborren del mapa.—Por lo que me has contado de losSilenciadores, no es lógico reunirse enninguna parte.—Ni quedarse en ninguna parte másde unos cuantos días. Grupos pequeñosy en constante movimiento.—¿Hasta...?—No hay ningún «hasta» —le suelto—. Solo hay un «si no...».Me seca el pelo con una toallablanca esponjosa. Hay un camisónlimpio sobre la tapa cerrada del váter.Le miro esos ojos de chocolate que tieney digo:—Vuélvete.Él se vuelve. Alargo la mano másallá de los bolsillos traserosdeshilachados de los vaqueros que se leajustan al culo que no estoy mirando yrecojo el camisón seco.—Si intentas mirarme en ese espejo,me daré cuenta —le advierto al chicoque ya me ha visto desnuda.Sin embargo, aquello era desnuda einconsciente, que no es lo mismo. Élasiente, baja la cabeza y se pellizca ellabio inferior como si reprimiera unasonrisa.Me quito el camisón mojado, mepongo el seco por la cabeza y le digoque ya puede volverse.Evan me levanta de la silla y melleva de vuelta a la cama de su hermanamuerta, y yo tengo un brazo sobre sushombros, y su brazo me sujeta la cinturacon fuerza, aunque no demasiada. Sucuerpo parece seis grados más calienteque el mío. Me deja sobre el colchón yme tapa las piernas desnudas con lascolchas. Sus mejillas son muy suaves,lleva el pelo bien cuidado y lascutículas, como ya he mencionado,impecables. Lo que significa quearreglarse está en los primeros puestosde su lista de prioridades en la erapostapocalíptica. ¿Por qué? ¿Quién haypara verlo?—Entonces ¿cuánto tiempo hace queno ves a otra persona? —pregunto—.Sin contarme a mí.—Veo a personas casi todos losdías. Pero la última persona viva que viantes que a ti fue a Val. Y antes que ella,a Lauren.—¿Lauren?—Mi novia —responde, apartandola vista—. También está muerta.No sé qué decir, así que le suelto:—La plaga es una mierda.—No fue la plaga. Bueno, la tenía,pero no fue eso lo que la mató. Prefiriómatarse ella.Está de pie junto a la cama,incómodo. No quiere irse, no tieneexcusa para quedarse.—Es que no he podido evitar darmecuenta de lo bien... —No, malaintroducción—. Supongo que, cuandoestás tú solo, es difícil que te importe...—No, no.—¿Que te importe qué? —pregunta—. ¿Una sola persona cuando se han idocasi todas las demás?—No hablaba de mí —respondo, yentonces renuncio a encontrar una formaeducada de decirlo—. Estás muyorgulloso de tu aspecto.—No es orgullo.—No te estaba acusando de ser uncreído...—Lo sé, estás pensando qué sentidotiene a estas alturas.Bueno, en realidad tenía laesperanza de que yo fuera ese sentido,pero no comento nada.—No estoy seguro —explica—,pero no puedo controlarlo. Me sirvepara estructurar el día, para sentirmemás... —empieza a decir, pero seencoge de hombros—. Más humano,supongo.—¿Y necesitas ayuda para eso?¿Para sentirte humano?Me echa una mirada rara, y me daalgo en lo que pensar largo y tendidocuando sale del cuarto:—¿Tú no?36Se va casi todas las noches. Por lamañana está pendiente de mí, así que nosé cuándo duerme. La segunda semanaya empezaba a volverme loca estar tantotiempo encerrada en el pequeñodormitorio de arriba y, un día en que latemperatura no había bajado de cero, meayudó a ponerme ropa de Val (apartandola mirada en los momentos oportunos) yme llevó en brazos abajo para que mesentara en el porche con una gran mantasobre el regazo. Me dejó allí y volviócon dos humeantes tazas de chocolatecaliente. El paisaje no era gran cosa:tierra marrón, muerta y ondulada,árboles desnudos, y un cielo gris ymonótono. Sin embargo, era agradablesentir el aire frío en las mejillas, y elchocolate caliente estaba a latemperatura perfecta.No hablamos de los Otros, sino denuestras vidas antes de los Otros. Él ibaa estudiar ingeniería en Kent Statedespués de la graduación. Se habíaofrecido a quedarse un par de años en lagranja, pero su padre había insistido enque se fuese a la universidad. Conocía aLauren desde cuarto y empezó a salircon ella en el segundo año del instituto.Hablaron de casarse. Evan se dio cuentade que yo me callaba cuando salía eltema de Lauren. Como he dicho, es delos que se dan cuenta de esas cosas.—¿Y tú? —me preguntó—. ¿Teníasnovio?—No. Bueno, más o menos. Sellamaba Ben Parish. Supongo que podríadecirse que yo le gustaba. Salimos unpar de veces. Ya sabes, nada formal.Me pregunto por qué mentí. Para él,Ben Parish no era nadie, igual que yo noera nadie para Ben, claro. Agité losrestos del chocolate caliente y evitémirarlo a los ojos.A la mañana siguiente apareció juntoa mi cama con un trozo de madera quehabía tallado y convertido en muleta. Lahabía lijado para que brillara. Era ligeray tenía la altura perfecta. Le eché unvistazo y le pedí que me dijera trescosas que no se le dieran bien.—Patinar, cantar y hablar conchicas.—Te has dejado acechar —respondímientras me ayudaba a salir de la cama—. Siempre sé cuándo estás acechandotras las esquinas.—Solo has pedido tres.No voy a mentir: mi rehabilitaciónfue un asco. Cada vez que apoyaba elpeso en la pierna, el dolor se medisparaba por el costado izquierdo, seme doblaba la rodilla, y lo único queevitaba que cayera de culo al suelo eranlos fuertes brazos de Evan.Sin embargo, seguí intentándolodurante todo ese largo día y todos loslargos días siguientes. Estaba decidida arecuperarme, a ponerme más fuerte de loque estaba antes de que el Silenciadorme derribara y me diera por muerta.Más fuerte que cuando me encontraba enmi escondite del bosque, acurrucada enel saco de dormir, lamentando mi suertemientras Sammy sufría Dios sabe qué.Más fuerte que en los días del CampoPozo de Ceniza, cuando estabaresentida, enfadada con el mundo porser tal como era, por ser tal como habíasido siempre: un lugar peligroso al quenuestro ruido humano le había dado laapariencia de un hábitat mucho másseguro.Tres horas de rehabilitación por lamañana. Treinta minutos de descansopara comer. Después, tres horas más derehabilitación por la tarde. Hacíaejercicio para fortalecer los músculoshasta que se convertían en una gelatinasudorosa.Pero ahí no acababa el día. Lepregunté a Evan por mi Luger: tenía quesuperar mi miedo a las armas. Y mipuntería daba pena. Me enseñó a cogerlabien, a usar la mirilla. Colocó grandeslatas de pintura vacías en los postes dela valla, a modo de dianas, y después, amedida que fui ganando en precisión, lasfue sustituyendo por latas más pequeñas.Le pedí que me llevara a cazar con él,ya que necesitaba acostumbrarme adisparar a blancos vivos y enmovimiento, pero se negó: aún estababastante débil, ni siquiera podía corrertodavía, y ¿qué pasaba si un Silenciadornos localizaba?Dábamos paseos al atardecer. Alprincipio, mi pierna cedía antes dehaber recorrido siquiera un kilómetro yEvan tenía que llevarme en brazos a lagranja. Pero cada día lograba avanzarunos metros más que el día anterior. Elkilómetro escaso se convirtió enkilómetro y, después, en kilómetro ymedio. Para la segunda semana ya hacíatres kilómetros sin parar. Todavía nopuedo correr, pero ahora tengo muchamás resistencia y voy a mejor ritmo.Evan se queda conmigo durante lacena, me acompaña un par de horas, ydespués se echa el fusil al hombro y medice que volverá antes de que amanezca.Normalmente estoy dormida cuandoregresa, que acostumbra a ser cuando yahace un buen rato que ha amanecido.—¿Adónde vas todas las noches? —le pregunté un día.—A cazar.Un hombre de pocas palabras esteEvan Walker.—Debes de ser un cazador pésimo—le dije en broma—. Casi nunca traesnada.—Lo cierto es que soy muy bueno —respondió con total naturalidad.Incluso cuando dice algo que, enteoría, podría parecer una fanfarronada,no lo es. Es por su forma de decirlo,como si nada, como si hablara deltiempo.—Entonces ¿es que no tienesestómago para matar?—Tengo estómago para hacer lo quehaga falta —respondió. Después se pasólos dedos por el pelo y suspiró—. Alprincipio lo hacía para seguir con vida.Después para proteger a mis hermanosde los locos que rondaban por ahí alcomenzar la plaga. Luego, para protegermi territorio y mis provisiones...—¿Y ahora para qué es? —preguntéen voz baja.Era la primera vez que lo veía algoagitado.—Me tranquiliza —reconoció, y seencogió de hombros, avergonzado—.Me da algo que hacer.—Como la higiene personal.—Y me cuesta dormir por la noche—añadió. No me miró, en realidad nomiró a ninguna parte—. Bueno, mecuesta dormir, punto. Así que, al cabo deun tiempo, renuncié a intentarlo yempecé a dormir de día. O a intentarlo.El caso es que solo duermo dos o treshoras al día.—Debes de estar muy cansado.Por fin me miró, y en sus ojos vitristeza y desesperación.—Esa es la peor parte —dijo en vozbaja—. No lo estoy. No estoy nadacansado.Todavía me inquietaban un poco susdesapariciones nocturnas, así que unavez intenté seguirlo. Mala idea. Lo perdíal cabo de diez minutos, me entró miedode perderme yo, di media vuelta y me loencontré de frente.No se enfadó ni me acusó de noconfiar en él; simplemente me dijo:—No deberías estar aquí, Cassie.Y me acompañó a la casa.Más preocupado por mi salud mentalque por nuestra seguridad personal (meparece que no se creía del todo lo de losSilenciadores), colgó gruesas mantas enlas ventanas del gran salón de abajo, demodo que pudiéramos encender lachimenea y un par de lámparas. Loesperaba allí hasta que regresaba de susincursiones en la oscuridad: me dormíaen el sofá de cuero o me quedabaleyendo una de las maltrechas novelasrománticas de su madre, con esos tíoshinchados y semidesnudos en portada, ysus damas vestidas con trajes de noche ya punto de desmayarse. Entonces, sobrelas tres de la madrugada, regresaba,echábamos más leña al fuego ycharlábamos. No le gusta mucho hablarde su familia (cuando pregunté por losgustos literarios de su madre, se encogióde hombros y dijo que le gustaba leer).Desvía la conversación hacia mí cuandoempezamos a tratar temas demasiadopersonales. Sobre todo, quiere hablar deSammy, de cómo pienso mantener mipromesa. Como no tengo ni idea decómo hacerlo, la conversación nuncaacaba bien. Digo generalidades y él pidedetalles específicos. Me pongo a ladefensiva y él insiste. Al final ataco y élse cierra.—Vale, cuéntamelo otra vez —medice una noche, ya tarde, después dehaberle dado vueltas y más vueltas altema durante una hora—. No sabesexactamente quiénes son ni qué son,pero sabes que tienen mucha artilleríapesada y acceso a armamentoalienígena. No sabes dónde tienen a tuhermano, pero vas a ir allí a rescatarlo.Cuando llegues, no sabes cómorescatarlo, pero...—A ver —lo interrumpo—,¿intentas ayudarme o hacerme quedarcomo una estúpida?Estamos sentados en la granalfombra mullida que hay frente a lachimenea, con su fusil a un lado, miLuger al otro, y nosotros dos en medio.Él levanta las manos en un falsogesto de capitulación.—Solo intento comprenderlo.—Voy a empezar por el Campo Pozode Ceniza y seguiré su rastro desde allí—respondo por enésima vez.Creo que sé por qué no deja dehacerme las mismas preguntas una y otravez, pero el tío es tan escurridizo quecuesta sacar algo en claro. Por supuesto,él podría decir lo mismo sobre mí. Másque un plan, lo mío era un objetivogeneral que fingía ser plan.—¿Y si no encuentras su rastro? —pregunta.—No me rendiré hasta que lo haga.Él asiente como diciendo: «Estoyasintiendo, pero no lo hago porque creaque lo que dices tiene sentido, sinoporque pienso que estás loca y no quieroque te pongas en plan Bruce Lee con esamuleta que fabriqué con mis propiasmanos».Así que digo:—No estoy loca. Tú harías lo mismopor Val.Él no se da prisa en responder: seabraza las piernas, apoya la barbilla enlas rodillas y mira al fuego.—Crees que pierdo el tiempo —loacuso, dirigiéndome a su perfecto perfil—. Crees que Sammy está muerto.—¿Cómo voy a saberlo, Cassie?—No digo que lo sepas, digo que locrees.—¿Importa lo que piense?—No, así que cállate.—No estaba diciendo nada. Tú hasdicho...—No... digas... nada.—No lo hago.—Acabas de hacerlo.—Pararé.—Pero no lo haces. Dices que loharás y después sigues hablando.Empieza a decir algo, pero cierra laboca de una forma tan brusca que oigocómo le chocan los dientes.—Tengo hambre —digo.—Te traeré algo.—¿Te he pedido que me traigasalgo?Me gustaría darle una torta en esaboca de líneas tan perfectas. ¿Por quéquiero golpearlo? ¿Por qué estoy tanenfadada ahora mismo?—Soy muy capaz de valerme por mímisma. Ese es el problema, Evan, noaparecí aquí para darle un propósito a tuvida, una vida que se había acabado.Eso lo tienes que solucionar tú solo.—Quiero ayudarte —dice y, porprimera vez, veo enfado real en sus ojosde cachorro—. ¿Por qué no permites quesalvar a Sammy sea también mipropósito?Su pregunta me persigue hasta lacocina, flota sobre mi cabeza como unanube mientras pongo algo de carnecurada de ciervo sobre uno de los panesplanos que Evan debe de haberpreparado en su horno de fuera, como elfantástico boy scout que es. Y siguepersiguiéndome cuando cojeo de vueltaal salón y me dejo caer en el sofá, justodetrás de su cabeza. Siento el impulsode darle una patada entre esos hombrostan anchos que tiene. En la mesa, a milado, hay un libro llamado Eldesesperado deseo del amor. A juzgarpor la portada, debería haberse tituladoMi espectacular tableta de chocolateabdominal.Ese es el problema. ¡Claro! Antes dela Llegada, los tíos como Evan Walkernunca se habían fijado en mí, ni muchomenos habían cazado para mí o mehabían lavado el pelo. Nunca me habíanagarrado por la nuca, como si fueran elretocado modelo de la novela de sumadre, con los abdominales tensos y elpectoral tirante. Jamás me habíanmirado a los ojos fijamente, ni mehabían levantado la barbilla paraacercar sus labios a los míos. Yo eracomo la chica que formaba parte delpaisaje, la amiga o, peor aún, la amigade una amiga, la chica que se sentaba asu lado en geometría y de cuyo nombreno se acuerdan. Habría sido mejor queme hubiera encontrado en la nieve unhombre de mediana edad quecoleccionara figuras de La Guerra delas Galaxias.—¿Qué? —le pregunto a su nuca—.¿Ahora me haces el vacío?Veo que sacude los brazos, ya sabes,con una de esas risitas silenciosasacompañadas de un irónico movimientode cabeza, en plan: «¡Chicas! Qué tontasson».—Supongo que debería haberlopreguntado —dice—. No tendría quehaberlo dado por sentado.—¿El qué?Pivota sobre el trasero para darmedia vuelta y mirarme. Yo, en el sofá,él, en el suelo, contemplándome desdeabajo.—Que iría contigo.—¿Qué? ¡Ni siquiera estábamoshablando de eso! Y ¿por qué quieres irconmigo, Evan? Teniendo en cuenta quecrees que está muerto.—Es que no quiero que mueras tú,Cassie.Con eso basta.Le tiro mi carne de ciervo a lacabeza. El plato le roza la mejilla, y élse levanta y se me planta delante antesde que pueda pestañear. Se acercamucho, me pone las manos a amboslados, encerrándome entre sus brazos.Las lágrimas le brillan en los ojos.—Tú no eres la única —dice entredientes—. Mi hermana de doce añosmurió en mis brazos. Se ahogó en supropia sangre, y yo no pude hacer nada.Me pone enfermo que actúes como sifueses el centro del peor desastre de lahistoria de la humanidad. No eres laúnica que lo ha perdido todo... No eresla única que cree haber encontrado loúnico que le da sentido a esta mierda.Tú tienes tu promesa a Sammy, y yo tetengo a ti.Se calla. Ha ido demasiado lejos ylo sabe.—No me «tienes» a mí, Evan.—Ya sabes a lo que me refiero —insiste, y me mira fijamente, tanto queme cuesta apartar la mirada—. Nopuedo evitar que vayas. Bueno, supongoque podría, pero tampoco puedo dejarteir sola.—Sola es mejor, ya lo sabes. ¡Poreso sigues con vida! —exclamo,clavándole el dedo en ese pechojadeante.Él se aparta, y yo reprimo el impulsode detenerlo: parte de mí no quiere quese aleje.—Pero no es la razón por la que túestás viva —me espeta—. No durarás nidos minutos ahí fuera sin mí.Estallo, no puedo evitarlo. Era lopeor que podía decir en el peormomento posible.—¡Que te den! —le grito—. No tenecesito. ¡No necesito a nadie! Bueno,supongo que si necesitara a alguien queme lavara el pelo, me pusiera una vendaen una heridita o me hiciera una tarta, ¡túserías el indicado!Tras dos intentos, consigo ponermeen pie. Es ese momento de laconversación en que toca salir hecha unafuria del cuarto, mientras el chico cruzalos brazos sobre su pecho varonil y haceun mohín. Me detengo a mitad de lasescaleras repitiéndome que lo hago pararecuperar el aliento, no para que mealcance. De todos modos, él no mesigue, así que subo como puedo losúltimos escalones y me meto en midormitorio.No, en mi dormitorio, no, en eldormitorio de Val. Yo ya no tengodormitorio. Seguramente no volveré atenerlo.«Se acabó lo de sentir lástima de timisma: ¡a la mierda! El mundo no gira atu alrededor. Y a la mierda elsentimiento de culpa. Tú no eres la quemetió a Sammy en ese autobús. Y, ya queestamos, a la mierda la pena. Por muchoque Evan llore por su hermana pequeña,ella no volverá».«Te tengo a ti». Bueno, Evan, locierto es que da igual que seamos dos odoscientos. No tenemos ningunaposibilidad. No contra un enemigo comolos Otros. Estoy recuperando fuerzaspara... ¿para qué? ¿Para que, cuandocaiga, lo haga a lo grande? ¿Qué másda?Gruño y, de un manotazo, echo aloso del sitio que ocupa en la cama.«¿Qué narices miras?». Él cae de lado,con un brazo en alto, como si alzara lamano en clase para hacer una pregunta.Detrás de mí chirrían las oxidadasbisagras de la puerta.—Fuera —digo sin volverme.Otro chirrido. Después, un clic.Después, silencio.—Evan, ¿estás detrás de esa puerta?Pausa.—Sí.—Eres como un acosador, ¿losabías?Si responde, no lo oigo. Me abrazo,me froto los brazos con ganas. Eldormitorio está helado. Me duele larodilla una barbaridad, pero me muerdoel labio y sigo de pie, cabezota, deespaldas a la puerta.—¿Sigues ahí? —pregunto cuandoya no puedo soportar más el silencio.—Si te vas sin mí, te seguiré. Nopuedes detenerme, Cassie. ¿Cómo vas adetenerme?Me encojo de hombros, impotente,luchando contra las lágrimas.—Disparándote, supongo.—¿Igual que disparaste al soldadodel crucifijo?Las palabras me golpean como unabala entre los omóplatos. Me vuelvo yabro la puerta de golpe. Él da unrespingo, pero no se mueve del sitio.—¿Cómo sabes eso? —Porsupuesto, solo hay una explicación—.Has leído mi diario.—Creía que no sobrevivirías.—Siento haberte decepcionado.—Supongo que quería saber quéhabía pasado...—Tienes suerte de que haya dejadoel arma abajo, porque, de lo contrario,te pegaría un tiro ahora mismo. ¿Sabeslo espeluznante que es eso, saber que lohas leído? ¿Cuánto has leído?Baja la mirada y un rubor rojo se leextiende por las mejillas.—Lo has leído todo, ¿no?Estoy muerta de vergüenza: mesiento violada y humillada. Es diezveces peor que cuando me desperté en lacama de Val y me di cuenta de que mehabía visto desnuda. Eso no era más quemi cuerpo. Esto es mi alma.Le doy un puñetazo en el estómago,pero su cuerpo no cede; es como golpearun bloque de cemento.—¡No me lo puedo creer! —le grito—. Te quedaste tan tranquilo, sin decirnada, cuando te mentí sobre Ben Parish.¡Sabías la verdad y me dejaste mentirsin más!Él se mete las manos en los bolsillosy mira el suelo, como un niñito al quehan pillado por romper el jarrón antiguode su madre.—No creía que importara tanto.—¿Que no creías...?Sacudo la cabeza. Pero ¿quién eseste tío? De repente se me pone la pielde gallina. Algo va muy mal. A lo mejores porque ha perdido a toda su familia ya su novia, prometida o lo que fuera, yse ha pasado varios meses viviendo soloy fingiendo que no hacer nada era, enrealidad, hacer algo. A lo mejorencerrarse en esta islita rural de Ohio essu modo de enfrentarse a la mierda quenos han echado encima los Otros, o a lomejor es que Evan es simplementeraro... Era raro antes de la Llegada ysigue siendo raro después. Sea lo quesea, este Evan Walker tiene algo que noencaja. Es demasiado racional,demasiado perfecto y está demasiadotranquilo para que me resulte, bueno,tranquilizador.—¿Por qué le disparaste? —mepregunta en voz baja—. Al soldado dela tienda.—Ya sabes por qué —respondo, apunto de echarme a llorar.—Por Sammy —dice mientrasasiente con la cabeza.Ahora sí que estoy desconcertada.—No tuvo nada que ver con Sammy.—Sammy le dio la mano al soldado—responde Evan, mirándome a los ojos—. Sammy se subió a ese autobús.Sammy confió. Y ahora, aunque te hesalvado, no te permites confiar en mí. —Me coge la mano y me la aprieta confuerza—. No soy el soldado delcrucifijo, Cassie. Y no soy Vosch. Soycomo tú: estoy asustado, enfadado yconfundido, y no sé qué demonios voy ahacer, pero lo que sí sé es que no sepueden tener las dos cosas. No puedesdecir que eres humana y, al instante,afirmar que eres una cucaracha. Enrealidad no crees que eres unacucaracha. Si lo creyeras, no te habríasenfrentado al francotirador de laautopista.—Dios mío —susurro—, ¡era unametáfora!—¿Quieres compararte con uninsecto, Cassie? Si eres un insecto,tienes que ser una efímera. Un día en elmundo y se acabó. Eso no tiene nada quever con los Otros: siempre ha sido así.Estamos aquí y después desaparecemos,y lo importante no es el tiempo quepasemos en este mundo, sino lo quehagamos con ese tiempo.—Lo que dices no tiene ningúnsentido, ¿lo sabes?Noto que me inclino hacia él, singanas de seguir peleando. No sé si meestá reteniendo o sosteniendo.—Eres una efímera —murmura.Y entonces, Evan Walker me besa.Sujeta mi mano contra su pecho, y suotra mano se desliza por mi cuello condedos como plumas, provocándome unescalofrío que me recorre la columnavertebral y me llega hasta las piernas,que apenas pueden mantenerme en pie.Siento su corazón latir contra la palmade mi mano, me llega el olor de sualiento y noto el roce de la barba devarios días de su labio superior, uncontraste rasposo con la suavidad de suslabios. Y Evan me mira, y yo lo miro aél.Me aparto lo suficiente para hablar.—No me beses.Él me coge en brazos. Es como sisubiera flotando para siempre, comocuando era pequeña y mi padre melanzaba hacia arriba, y tenía esasensación de que seguiría subiendo hastallegar al borde de la galaxia.Me deja en la cama.—Si me besas otra vez, te daré unrodillazo en las pelotas —le digo antesde que vuelva a besarme.Sus manos son tan suaves queparecen irreales, como si me tocara unanube.—No permitiré que... —Hace unapausa, en busca de la palabra adecuada—. Que te vayas volando, CassieSullivan.Sopla para apagar la vela de al ladode la cama.Ahora noto su beso con másintensidad, a oscuras, en el dormitorioen el que murió su hermana. En elsilencio de la casa en la que murió sufamilia. En la calma del mundo dondemurió la vida que conocíamos antes dela Llegada. Saborea mis lágrimas antesde que yo sea consciente de haberlasderramado. En lugar de lágrimas, susbesos.—No te he salvado, tú me hassalvado a mí —susurra, y sus labios mehacen cosquillas en las pestañas.Lo repite una y otra vez hasta quenos dormimos, apretados el uno contrael otro, su voz en mi oído, mis lágrimasen su boca.—Tú me has salvado a mí.VLA CRIBA37Cassie, cada vez más pequeña a travésde la ventana manchada.Cassie en la carretera, con Oso en lamano.Levantando el brazo de Oso paraque se despida de él.«Adiós, Sammy».«Adiós, Oso».El polvo de la carretera sube comovapor de agua levantado por las grandesruedas negras del autobús, y Cassie sehace cada vez más pequeña en mediodel remolino marrón.«Adiós, Cassie».Cassie y Oso se encogen cada vezmás, y él nota la dureza del cristal bajolos dedos.«Adiós, Cassie. Adiós, Oso».Hasta que el polvo se los traga, y élse queda solo en el autobús abarrotado,sin mamá, sin papá, sin Cassie... A lomejor tenía que haberse quedado conOso, porque Oso había estado con éldesde antes de que tuviera memoria.Oso siempre había estado. Pero mamátambién había estado siempre. Mamá, layaya, el abu y el resto de la familia. Ylos niños de la clase de la señoritaNeyman, la señorita Neyman, losMajewski y la simpática señora delsupermercado Kroger que guardaba loschupa-chups de fresa bajo el mostrador.Ellos también habían estado siempreahí, como Oso, desde antes de lo quepodía recordar, y ahora no estaban. Laspersonas que habían estado siempre yano estaban, y Cassie decía que noregresarían.Nunca.El cristal recuerda cuando le quita lamano de encima. Guarda el recuerdo desu mano. No como una fotografía, másbien como una sombra borrosa, igual deborrosa que la cara de su madre cuandointenta recordarla.Todas las caras que ha conocidodesde que supo lo que eran las caras sedesvanecen, salvo las de papá y Cassie.Ahora todas son nuevas, todas son carasde desconocidos.Un soldado se le acerca por elpasillo. Se ha quitado la máscara negray tiene la cara redonda, y la narizpequeña y salpicada de pecas. Noparece mucho mayor que Cassie.Reparte bolsas de gominolas de frutas yzumos. Los dedos sucios de los niños seabalanzan sobre los dulces. Algunos nohan comido nada en varios días. Paramuchos, los soldados son los primerosadultos que han visto desde la muerte desus padres. A algunos niños, los máscallados, los encontraron en las afuerasde la ciudad, vagando entre las pilas decadáveres ennegrecidos y a medioquemar, y ahora se quedan mirándolotodo como si lo vieran por primera vez.A otros, como Sammy, los recogieron encampos de refugiados o en pequeñasbandas de supervivientes en busca derescate, y no llevan ropa tan andrajosa,no tienen el rostro tan chupado y susojos no están tan vacíos como los de losniños callados, los que encontraronvagando entre las pilas de los muertos.El soldado llega a la última fila.Lleva una banda blanca con una grancruz roja en la manga.—Hola, ¿quieres tomar algo? —lepregunta.El zumo, y las gominolas pegajosasy correosas con forma de dinosaurios.El zumo está frío. Frío. Hace un sigloque no toma nada frío.El soldado se acomoda en el asientode al lado y estira las largas piernas enel pasillo. Sammy empuja la fina pajitade plástico para meterla en el brik dezumo y sorbe mientras detiene la miradaen la forma silenciosa de la chica quehay acurrucada en el asiento de enfrente.Lleva unos pantalones cortosdesgarrados, una camiseta rosamanchada de hollín y los zapatoscubiertos de lodo. Sonríe en sueños. Unbuen sueño.—¿La conoces? —pregunta elsoldado a Sammy.Sammy sacude la cabeza. No estabaen el campo de refugiados con él.—¿Por qué llevas esa cruz roja tangrande?—Soy sanitario. Ayudo a la genteenferma.—¿Por qué te has quitado lamáscara?—Ya no la necesito —responde elsanitario, y se mete un puñado degominolas en la boca.—¿Por qué no?—La plaga está ahí detrás —responde el soldado mientras mueve elpulgar para señalar la ventanilla trasera,donde el polvo hierve y Cassie se ha idoencogiendo hasta desaparecer, con Osoen la mano.—Pero papá dice que la plaga estápor todas partes.El soldado sacude la cabeza.—No donde vamos.—¿Adónde vamos?—Al Campo Asilo.Con el ruido del motor y el vientoque entra silbando por las ventanasabiertas, no ha oído bien lo que le hadicho: «¿El Campo Cielo?».—¿Adónde? —insiste Sammy.—Te va a encantar —responde elsoldado dándole unas palmaditas en lapierna—. Lo tenemos todo preparado.—¿Para mí?—Para todos.Cassie en la carretera, ayudando aOso a decir adiós.—Entonces, ¿por qué no los habéistraído a todos?—Lo haremos.—¿Cuándo?—En cuanto vosotros estéis a salvo.El soldado mira de nuevo a la chica,se levanta, se quita la chaqueta verde yla arropa con ella.—Vosotros sois lo más importante—dice, y su cara de niño parecedecidida y seria—. Vosotros sois elfuturo.El estrecho camino polvoriento seconvierte en una carretera más ancha ypavimentada, y luego, el autobús tuercepara tomar otra carretera más anchatodavía. Los motores aceleran con unrugido gutural, y los vehículos salendisparados hacia el sol por una autopistalibre de accidentes y coches parados.Los han arrastrado o empujado hastasacarlos del camino para dejar paso alos autobuses cargados de niños.El sanitario de nariz pecosa vuelve arecorrer el pasillo, esta vez con botellasde agua, y les pide que cierren lasventanas porque algunos de los niñostienen frío y a otros les asusta el ruidodel viento, que parece el rugido de unmonstruo. El aire del autobús no tardamucho en enrarecerse y la temperaturaaumenta, así que a los niños enseguidales entra el sueño.Sin embargo, Sam le dio a Cassie suoso para que le hiciera compañía ynunca ha dormido sin él, al menos, nodesde que Oso llegara a sus manos. Estácansado, pero también está desosado.Cuanto más intenta olvidar a Oso, máslo recuerda, cuanto más lo echa demenos, más desearía no haberlo dejadoatrás.El soldado le ofrece una botella deagua y se da cuenta de que algo va mal,aunque Sammy sonríe y finge no sentirsevacío y desosado. El sanitario se sientade nuevo junto a él, le pregunta sunombre y le dice que él se llama Parker.—¿Cuánto queda? —preguntaSammy.Pronto anochecerá, y la noche es lopeor. Nadie se lo ha dicho, pero sabeque, cuando por fin lleguen, lo harán porla noche y sin aviso, como las otrasolas, y no se podrá hacer nada alrespecto: pasará sin más, como cuandola tele se apagó, los coches murieron,los aviones cayeron, llegó la plaga (lasMolestas Hormigas, como la llamabanCassie y papá), y su madre acabóenvuelta en sábanas ensangrentadas.Cuando aparecieron los Otros, supadre le dijo que el mundo habíacambiado y que ya nada sería comoantes, y que a lo mejor lo llevaban a sunave nodriza, o de aventuras por elespacio exterior. Y Sammy estabadeseando entrar en la nave y salirvolando por el espacio como LukeSkywalker en su caza espacial X-wing.Se sentía como el día antes de Navidad.Cuando amaneció, creyó que despertaríay que todos los maravillosos regalos delos Otros estarían allí.Sin embargo, lo único que trajeronlos Otros era la muerte.No habían llegado para regalarlenada, sino para quitárselo todo.¿Cuándo acabaría (acabarían)?Puede que nunca. A lo mejor losalienígenas no pararían hasta habérselollevado todo, hasta que el planeta enteroestuviese como Sammy, vacío, solo ydesosado.Así que pregunta al soldado:—¿Cuánto queda?—No queda mucho —responde elsoldado llamado Parker—. ¿Quieres queme quede contigo?—No tengo miedo —aseguraSammy.«Ahora tienes que ser valiente», lehabía dicho Cassie el día que murió sumadre, cuando vio la cama vacía y suposin preguntar que se había ido con layaya y con todos los demás, los queconocía y los que no conocía, los que seapilaban en hogueras a las afueras de laciudad.—No deberías tenerlo: ahora estáscompletamente a salvo —dice elsoldado.Es justo lo que le había dicho papáuna noche después de que se quedaransin electricidad, después de tapar lasventanas con tablas y bloquear laspuertas, cuando los hombres malos conpistolas salieron a robar cosas.«Estás completamente a salvo».Después de que mamá enfermara ypapá les pusiera a Cassie y a él lasmáscaras de papel blanco.«Solo para estar seguros, Sam. Creoque estás completamente a salvo».—Y te va a encantar el Campo Asilo—dice el soldado—. Ya lo verás, lohemos preparado para los niños comotú.—¿Y allí no nos pueden encontrar?—Bueno —responde el soldado,sonriendo—, eso no lo sé, pero esprobable que ahora mismo sea el sitiomás seguro de Norteamérica. Inclusotenemos un campo de fuerza invisible,por si los visitantes intentan algo.—Los campos de fuerza no sonreales.—Bueno, la gente decía lo mismo delos alienígenas.—¿Has visto alguno, Parker?—Todavía no. Nadie los ha visto, almenos no en mi compañía, pero estamosdeseándolo.Esboza una típica sonrisa de soldadoduro, y a Sammy se le acelera elcorazón. Ojalá fuese lo bastante mayorpara ser un soldado como Parker.—¿Quién sabe? —añade Parker—.A lo mejor son como nosotros, a lomejor estás mirando a uno ahora mismo.Una sonrisa distinta, burlona.El soldado se levanta y Sammy va acogerle la mano. No quiere que Parkerse vaya.—¿De verdad hay un campo defuerza en el Campo Cielo?—Sí, y torres de vigilancia, ycámaras de seguridad que funcionan lasveinticuatro horas del día, vallas de seismetros de altura que terminan enalambre de cuchillas y unos ferocesperros guardianes capaces de oler a unextraterrestre a ocho kilómetros dedistancia.—¡Eso no suena como el cielo! —exclama Sammy, arrugando la nariz—.¡Suena como una cárcel!—Salvo que las cárceles sirven paraque los malos no salgan, y nuestrocampo sirve para que los malos noentren.38De noche.Las estrellas arriba, brillantes yfrías, y la oscura carretera debajo, y elzumbido de las ruedas sobre la oscuracarretera, bajo las frías estrellas.Los faros se clavan en la densaoscuridad. El balanceo del autobús y elolor a rancio del aire caliente.La chica del otro lado del pasillo seha sentado. Tiene el pelo oscuro pegadoa un lado de la cabeza, las mejillashuecas y la piel muy tensa sobre elcráneo, lo que hace que sus ojosparezcan enormes como los de un búho.Sammy le sonríe, vacilante. Ella nole devuelve la sonrisa: tiene la miradafija en la botella de agua que se apoyaen la pierna de Sammy. Él se la ofrece.—¿Quieres un poco?Un brazo huesudo sale disparado através del espacio que los separa, y laniña le arrebata la botella, se termina elagua que queda en cuatro tragos y tira elenvase vacío al asiento de al lado.—Creo que quedan más, si todavíatienes sed —dice Sammy.La chica no responde, se limita amirarlo sin apenas parpadear.—Y también puedes pedir ositos degoma, por si tienes hambre.Ella sigue mirándolo sin hablar, conlas piernas dobladas bajo la chaqueta deParker y los ojos de búho muy abiertos.—Me llamo Sam, pero todos mellaman Sammy. Salvo Cassie. Cassie mellama Sams. Y tú, ¿cómo te llamas?La chica levanta la voz para hacerseoír por encima del zumbido de lasruedas y el gruñido del motor.—Megan.Sus dedos flacos tiran de la telaverde de la chaqueta militar.—¿De dónde ha salido esto? —sepregunta en voz alta.El ruido de fondo casi ahoga su voz.Sammy se levanta y se mete en elespacio vacío que hay junto a ella. Laniña da un respingo y aparta las piernastodo lo que puede.—De Parker —le explica Sammy—.Es el que está sentado allí, al lado delconductor. Es sanitario. Eso significaque cuida de la gente enferma. Es muysimpático.—Yo no estoy enferma —dice laniña delgada que se llama Megan,sacudiendo la cabeza.Ojos enmarcados en círculososcuros, labios agrietados y secos, pelopegado y lleno de ramitas y hojasmuertas. Frente sudorosa y mejillassonrosadas.—¿Adónde vamos? —quiere saber.—Al Campo Cielo.—Al Campo ¿qué?—Es un fuerte —responde Sammy—. Y no un fuerte cualquiera. Es el másgrande, el mejor y el más seguro de todoel mundo. ¡Hasta tiene un campo defuerza!Dentro del autobús hace un caloragobiante, pero Megan no deja detemblar. Sammy le remete la chaqueta deParker bajo la barbilla. Ella se lo quedamirando con sus enormes ojos de búho.—¿Quién es Cassie?—Mi hermana. Ella también vendrá.Los soldados volverán a recogerla. Aella y a papá, y a todos los demás.—¿Quieres decir que está viva?Sammy asiente con la cabeza,desconcertado. ¿Por qué no iba aestarlo?—¿Tu padre y tu hermana estánvivos? —pregunta la niña, con el labioinferior tembloroso.Una lágrima abre un sendero a travésdel hollín que le mancha la cara. Elhollín del humo de las fogatas en las quearden los cadáveres.Sin pensarlo, Sammy le coge lamano. Como cuando Cassie se la cogió aél al contarle lo que habían hecho losOtros.Fue su primera noche en el campo derefugiados. No había sido consciente dela magnitud de lo sucedido en losúltimos meses hasta aquel momento,después de que apagaran las luces y setumbara al lado de Cassie, a oscuras.Todo había ocurrido tan deprisa...Desde el día en que se había ido laelectricidad hasta la llegada al campo,pasando por el día en que su padre habíaenvuelto a su mamá en una sábanablanca. Siempre había pensado queacabarían regresando a casa y todo seríacomo antes de la llegada de los Otros.Su madre no regresaría; no era un bebé,sabía que su madre no volvería conellos, pero no se daba cuenta de que nohabía vuelta atrás, de que lo que habíaocurrido era para siempre.Hasta aquella noche. La noche queCassie le dio la mano y le dijo que amiles de millones de personas les habíapasado lo mismo que a su mamá. Quecasi todos los habitantes de la Tierraestaban muertos. Que nunca volverían avivir en su casa. Que nunca regresaría alcolegio. Que todos sus amigos estabanmuertos.—Eso no está bien —susurra Meganen el autobús, a oscuras—. No está bien.—Se ha quedado mirando a Sammy—.He perdido a toda mi familia, ¿y tútienes a tu padre y a tu hermana? ¡Noestá bien!Parker se ha levantado otra vez, sedetiene en cada asiento y habla en vozbaja con todos los niños antes detocarles las frentes. Cuando les acercala mano a la frente, una luz tenue brillaen la penumbra. A veces, la luz es verde.Otras, roja. Cuando la luz se apaga,Parker marca la mano del niño con unsello. Luz roja, sello rojo. Luz verde,sello verde.—Mi hermano pequeño tenía más omenos tu edad —le dice Megan aSammy.Suena a acusación: «¿Cómo esposible que tú estés vivo y él no?».—¿Cómo se llama? —preguntaSammy.—¿Qué más da? ¿Por qué quieressaber su nombre?Sammy desearía que Cassieestuviera con él. Cassie sabría decirle aMegan las palabras adecuadas para quese sintiera mejor. Siempre encontrabalas palabras justas.—Se llamaba Michael, ¿vale?Michael Joseph, tenía seis años y nuncale hizo nada malo a nadie. ¿Te parecebien? ¿Estás contento? Mi hermano sellamaba Michael Joseph. ¿Quieres saberel nombre de los demás?Mira por encima del hombro deSammy, hacia Parker, que se ha paradoen su fila.—Vaya, hola, dormilona —le dice elsanitario a Megan.—Está enferma, Parker —le infomaSammy—. Tienes que curarla.—Vamos a curar a todo el mundo —le asegura Parker, sonriente.—No estoy enferma —protestaMegan, pero tirita con ganas debajo dela chaqueta verde de Parker.—Claro que no —repone elsoldado, y asiente mientras esboza unaamplia sonrisa—. Aunque lo mejor seráque te ponga el termómetro paraasegurarnos, ¿vale?Entonces levanta un disco plateadodel tamaño de un cuarto de dólar.—Si pasas de los treinta y ochogrados, se pone verde. —Se inclinasobre Sammy y coloca el disco en lafrente de Megan. El disco se ilumina conun brillo verde—. Oh, oh —dice Parker—. Deja que te lo ponga a ti, Sam.El metal no está frío. Durante unsegundo, una luz roja baña el rostro deParker. El soldado le pone el sello aMegan en el dorso de la mano. Lahumedad de la tinta verde brilla un pocoen la penumbra. Es una carita sonriente.Luego, una carita roja sonriente paraSammy.—Espera a que digan tu color,¿vale? —le dice Parker a Megan—. Losverdes van derechos al hospital.—¡No estoy enferma! —grita Megancon voz ronca.Después se dobla, entre toses, ySammy retrocede por instinto.—No es más que un resfriado fuerte,Sam —le susurra el soldado, dándoleuna palmadita en el hombro—. Sepondrá bien.—No pienso ir al hospital —le diceMegan a Sammy cuando Parker regresaa la parte delantera del autobús.La niña se restriega con energía eldorso de la mano contra la chaqueta,emborronando la tinta. La caritasonriente se convierte en una manchaverde.—Tienes que hacerlo —respondeSammy—. ¿No quieres ponerte buena?Ella sacude la cabeza con energía.El niño no lo entiende.—A los hospitales no vas a ponertebueno, vas a morir.Después de que su madre enfermara,Sammy le había preguntado a su padre:«¿No vas a llevar a mami al hospital?».Él le había respondido que no eraseguro, que había demasiados enfermosy pocos médicos, y que, de todos modos,los médicos no podían hacer nada porella. Cassie le había contado que elhospital estaba roto, igual que la tele,las luces, los coches y todo lo demás.«¿Todo está roto? —le habíapreguntado a su hermana—. ¿Todo?».«No, todo no, Sams —respondióella—. Esto no».Cassie le había cogido la mano y lahabía puesto en el pecho del niño, ySammy había notado el latido de sucorazón golpeando con fuerza su palmaabierta.«Esto no está roto», dijo Cassie.39Su madre solo va a verlo en el espaciointermedio, esos momentos grises antesde dormirse. Permanece alejada de sussueños, como si supiera que no debeentrar, porque, aunque los sueños no sonreales, cuando los soñamos nos loparecen. Lo quiere demasiado parahacerle eso.A veces le ve la cara, peronormalmente no puede: solo distingue susilueta, algo más oscura que el gris quese esconde detrás de los párpados de suhijo, y él la huele y le toca el pelo, quese desliza entre sus dedos. Si ponedemasiado empeño en verle la cara, sumadre se desvanece en la oscuridad. Ysi intenta abrazarla con demasiadafuerza, se le escapa entre los dedos,como uno de sus mechones de pelo.El zumbido de las ruedas en lacarretera oscura. El olor a rancio delaire caliente y el balanceo del autobúsdebajo de las frías estrellas. ¿Cuántoqueda para el Campo Cielo? Es como sillevaran toda la vida en esa carreteraoscura, bajo las frías estrellas. Espera asu madre en el espacio intermedio, conlos párpados cerrados, mientras Meganlo observa con esos enormes ojosredondos de búho.Se queda dormido.Sigue dormido cuando los tresautobuses escolares se detienen junto alas puertas del Campo Cielo. Muyarriba, en la torre de vigilancia, elcentinela pulsa un botón que desbloqueael cierre electrónico y abre la puerta.Los autobuses entran, y la puerta secierra a su paso.No se despierta hasta que losautobuses se paran acompañados delsusurro furibundo de los frenos. Dossoldados caminan por el pasillo ydespiertan a los niños que se hanquedado dormidos. Los soldados vanbien armados, pero sonríen y les hablancon amabilidad: «No pasa nada. Ahoraestáis completamente a salvo».Sammy se sienta, entorna los ojospara protegerlos del repentino baño deluz que entra por las ventanas y miraafuera. Se han detenido frente a un granhangar de aviones. Las enormes puertasdel muelle de carga están cerradas, asíque no ve qué hay dentro. Por unsegundo no le preocupa estar en un lugardesconocido sin papá ni Cassie ni Oso.Sabe lo que significa esa luz intensa: losalienígenas no han podido cortar laelectricidad en el campo. Tambiénsignifica que Parker le ha dicho laverdad: el recinto tiene un campo defuerza. No importa que los Otros sepande su existencia.Están completamente a salvo.Nota la respiración inquieta deMegan junto a su oreja y se vuelve paramirarla. Los ojos de la niña parecengigantes a la luz de los focos. Megan lecoge la mano.—No me dejes sola —le suplica.Un hombre grandote sube al autobús,se planta junto al conductor con lasmanos en las caderas. Tiene una caraancha y rolliza, y los ojos muypequeños.—Buenos días, niños y niñas,¡bienvenidos al Campo Asilo! Me llamocomandante Bob. Sé que estáiscansados, que tenéis hambre y que talvez estéis un poco asustados... A ver,¿quién está un poco asustado? Quelevante la mano.Nadie la levanta. Veintiséis pares deojos lo miran sin expresión alguna, y elcomandante Bob sonríe. Tiene losdientes pequeños, como los ojos.—Eso es extraordinario. Y ¿sabéisqué os digo? ¡No deberíais tener miedo!Ahora mismo, nuestro campo es el lugarmás seguro de todo el mundo, en serio.Estáis completamente a salvo —afirma,y se vuelve hacia uno de los sonrientessoldados, que le pasa una tablillasujetapapeles—. Bien, en Campo Asilosolo hay dos reglas. La regla númerouno es: recordad vuestros colores. ¡Quetodo el mundo enseñe su color!Veinticinco puños se alzan alinstante. El número veintiséis, el deMegan, se queda en su regazo.—Rojos, en un par de minutos osacompañarán al Hangar Número Unopara procesaros. Verdes, quedaos dondeestáis: todavía tardaréis un poco.—Yo no voy —le susurra Megan aSammy al oído.—¡Regla número dos! —brama elcomandante Bob—. La regla número dosson dos palabras: escuchad y obedeced.Es fácil de recordar, ¿no? Regla númerodos, dos palabras. Escuchad a vuestrolíder de grupo. Obedeced todas lasinstrucciones que os dé vuestro líder degrupo. No preguntéis y no repliquéis.Ellos (igual que todos nosotros) estánaquí por una única razón, y esa razón esmanteneros a salvo. Y no podemosmanteneros a salvo a no ser queescuchéis y obedezcáis todas lasinstrucciones de inmediato, sinpreguntas. —Le devuelve la tablilla alsoldado sonriente, da una palmada consus manos regordetas y añade—:¿Alguna pregunta?—Primero dice que no hagamospreguntas y después quiere saber sitenemos preguntas —susurra Megan.—¡Excelente! —chilla elcomandante Bob—. ¡Vamos aprocesaros! Rojos, vuestro líder degrupo es el cabo Parker. Nada de correrni de empujar, pero no dejéis demoveros. No se puede salir de la fila yno se puede hablar; y acordaos deenseñar vuestro sello en la puerta.Vamos, gente. Cuanto antes osprocesemos, antes podréis dormir unpoco y desayunar. No os prometo lamejor comida del mundo, pero ¡hay desobra!El soldado baja los escalones conpesadez. El autobús se balancea concada paso que da. Sammy empieza alevantarse, y Megan tira de él para quese siente de nuevo.—¡No me dejes sola! —repite.—Pero soy un rojo —protesta Sam.Se siente mal por Megan, pero estádeseando salir. Es como si hubieseestado un siglo dentro de ese autobús;además, cuanto antes vacíen losautobuses, antes podrán volver pararecoger a papá y a Cassie.—No pasa nada, Megan —le dicetratando de consolarla—. Ya has oído aParker: van a curar a todo el mundo.El niño baja y se pone al final de lacola, con los otros rojos. Parker se hapuesto al pie de los escalones paracomprobar los sellos.—¡Eh! —grita el conductor, ySammy se vuelve justo a tiempo de ver aMegan llegando al último escalón.Se da contra el pecho de Parker, ygrita cuando él la agarra de los brazos,que no dejan de agitarse.—¡Suéltame!El conductor la aparta de Parker y laarrastra de nuevo escalones arribamientras le sujeta un brazo a la espalda.—¡Sammy! —grita—. ¡Sammy, no tevayas! ¡No los dejes...!Entonces, las puertas se cierran yahogan sus gritos. Sammy mira a Parker,que le da una palmadita en el hombropara tranquilizarlo.—No le pasará nada, Sam —leasegura el sanitario en voz baja—.Vamos.De camino al hangar, la oye gritardetrás de la piel metálica amarilla delautobús, por encima del gruñido guturaldel motor, del silbido de los frenos alsoltarse. Grita como si se muriera, comosi la torturaran. Entonces, Sammy entraen el hangar por una puerta lateral y dejade oírla.Justo al otro lado de la puerta, unsoldado le entrega una tarjeta con elnúmero cuarenta y nueve impreso enella.—Ve al círculo rojo más cercano —le ordena el soldado—. Siéntate yespera a que digan tu número.—Ahora tengo que irme al hospital—dice Parker—. Tú tranqui, campeón, yrecuerda que ahora todo irá bien. Aquíno hay nada que pueda hacerte daño.Le revuelve el pelo a Sammy, lepromete que lo volverá a ver pronto ychoca los puños con él antes de irse.Sammy se queda decepcionado alcomprobar que en el enorme hangar nohay aviones. Nunca ha visto un caza decerca, aunque ha pilotado uno de ellosmil veces desde la Llegada: mientras sumadre permanecía tumbada en el cuartodel otro extremo del pasillo, él estaba enla cabina de un Fighting Falconascendiendo hasta el límite de laatmósfera a tres veces la velocidad delsonido, camino de la nave nodrizaalienígena. Por supuesto, el casco grisde la nave estaba plagado de torretas ycañones de rayos, y su campo de fuerzaemitía un resplandor verde diabólico yespeluznante; sin embargo, ese campo defuerza tenía un punto débil: un agujerotan solo cinco centímetros más anchoque su caza. Así que si acertaba en elpunto justo... Y no le quedaba másremedio que hacerlo, porque habíanderribado a todo su pelotón, solo lequedaba un misil y él, Sammy la VíboraSullivan, era el único que quedaba paradefender la Tierra de la hordaalienígena.En el suelo hay pintados tres grandescírculos rojos. Sam se une a otros niñosen el que está más cerca de la puerta yse sienta. No se quita de la cabeza losgritos de terror de Megan, sus enormesojos, el brillo del sudor en su piel y elolor a enfermedad de su aliento. Cassiele había dicho que las MolestasHormigas ya se habían acabado, quehabían matado a toda la gente quepodían matar, porque algunas personas,como Cassie, papá y él, y todos los delCampo Pozo de Ceniza, no secontagiaban. Cassie le había dicho queeran inmunes.Pero ¿y si Cassie se equivocaba? Alo mejor la enfermedad tardaba más enmatar a algunas personas. A lo mejorestá matando a Megan en estos precisosinstantes.O, a lo mejor, los Otros han creadouna segunda plaga, una aún peor que lasHormigas, una que matará a todos losque sobrevivieron a la primera.Se quita la idea de la cabeza. Desdela muerte de su madre, se le da muy bienapartar los malos pensamientos.Hay más de cien niños repartidosentre los tres círculos, pero el hangarestá muy silencioso. El chico que tienesentado al lado está tan cansado que setumba en el frío hormigón, se acurrucahaciéndose un ovillo y se quedadormido. Es mayor que Sammy, puedeque tenga diez u once años, y duermecon el pulgar bien metido entre loslabios.Suena un timbre, y la voz de unaseñora brama por los altavoces, primeroen inglés y después en español:—¡Bienvenidos a Campo Asilo,niños! ¡Estamos encantados de veros atodos! Sabemos que estáis cansados,hambrientos y que algunos no os sentísdemasiado bien, pero, a partir de ahora,todo saldrá bien. Quedaos en vuestrocírculo y escuchad con atención hastaque digan vuestro número. No salgáis devuestro círculo bajo ningunacircunstancia. ¡No queremos perder anadie! Permaneced en silencio ytranquilos, y ¡recordad que estamos aquípara cuidar de vosotros! Estáiscompletamente a salvo.Poco después dicen el primernúmero. El niño se levanta de su círculorojo y un soldado lo acompaña hasta unapuerta roja, al otro extremo del hangar.El soldado le recoge la tarjeta y abre lapuerta. El niño entra solo. El soldadocierra la puerta y regresa a su puestojunto a uno de los círculos rojos. Encada círculo hay dos soldados, ambosbien armados, pero sonrientes. Todoslos soldados sonríen. No dejan desonreír.Uno a uno, llaman a los niños porsus números. Los niños abandonan suscírculos, atraviesan el hangar ydesaparecen por la puerta roja. Noregresan.Sammy tiene que esperar casi unahora a que llegue su número. Haamanecido, y los rayos de sol se abrenpaso a través de las altas ventanas ybañan el hangar en luz dorada. Está muycansado, muerto de hambre y un pocoentumecido después de pasar tantashoras sentado, pero se levanta de unsalto cuando lo oye:—¡Cuarenta y nueve! ¡Diríjase a lapuerta roja, por favor! ¡Número cuarentay nueve!Con las prisas, está a punto detropezar con el niño que duerme junto aél.Una enfermera lo espera al otro ladode la puerta. Sabe que es enfermeraporque lleva una bata verde y zapatillasde suela blanda, como Rachel, laenfermera que trabajaba en la consultade su médico. También tiene una sonrisacariñosa, como la enfermera Rachel, yle da la mano para conducirlo a uncuartito. Hay una cesta rebosante deropa sucia y, al lado de una cortinablanca, varios ganchos de los quecuelgan batas de papel.—Vale, campeón, ¿cuánto tiempohace que no te bañas? —le pregunta laenfermera, que se ríe al ver la cara desorpresa de Sammy.Después, la enfermera corre lacortina blanca para enseñarle una cabinade ducha.—Hay que quitártelo todo y echarloen la cesta. Sí, también la ropa interior.Aquí queremos a los niños, pero ¡noqueremos piojos ni garrapatas, ni nadaque tenga más de dos piernas!Aunque Sammy protesta, laenfermera insiste en ducharlo ellamisma. Él se queda con los brazoscruzados mientras ella le echa un chorrode champú apestoso en el pelo y leenjabona todo el cuerpo, de la cabeza alos pies.—Cierra los ojos con fuerza si noquieres que te pique —le recomienda laenfermera con amabilidad.Le permite secarse solo y después lepide que se ponga una de las batas depapel.—Entra por esa puerta de ahí —ledice, señalando la puerta del otroextremo de la habitación.La bata le queda demasiado grande yel borde de abajo le arrastra por elsuelo de camino a la siguientehabitación. Otra enfermera le estáesperando. Es más rellenita que laprimera, mayor y no tan amable. Le pidea Sammy que se suba a una báscula,anota su peso en una tablillaportapapeles, junto con su número, ydespués le dice que se suba a la mesa dereconocimiento. Le pone un discometálico (como el que había usadoParker en el autobús) en la frente.—Es para tomarte la temperatura —le explica.—Lo sé, me lo dijo Parker. El rojoes normal.—Y, efectivamente, sale rojo —dicela enfermera.A continuación, le toma el pulsoponiéndole los dedos en la muñeca. Lostiene muy fríos...Sammy se estremece. Está un pocoasustado y se le ha puesto la piel degallina, porque la bata no abriga nada.Nunca le ha gustado ir al médico, y lepreocupa que quieran ponerle unainyección. La enfermera se sienta frentea él y le dice que necesita hacerle unaspreguntas. Se supone que debeescucharlas con atención y respondercon toda la sinceridad posible. Si nosabe la respuesta, no pasa nada. ¿Loentiende?¿Cuál es su nombre completo?¿Cuántos años tiene? ¿De dónde es?¿Tiene hermanos? ¿Están vivos?—Cassie —responde Sammy—.Cassie está viva.La enfermera escribe el nombre deCassie.—¿Cuántos años tiene Cassie?—Cassie tiene dieciséis años. Van air a recogerla —le explica a laenfermera.—¿Quién?—Los soldados. Dijeron que nohabía sitio para ella, pero que iban avolver a por ella y a por mi papá.—¿Papá? Entonces, tu padre tambiénestá vivo, ¿no? ¿Y tu madre?Sammy sacude la cabeza y semuerde el labio inferior. Está tiritando.Hace mucho frío. Recuerda que habíados asientos vacíos en el autobús, el quetenía a su lado, donde se había sentadoParker un momento, y el que había allado de Megan, que luego había ocupadoél.—Dijeron que no había sitio en elautobús, pero sí que había —le espeta ala enfermera—. Papá y Cassie podríanhaber venido. ¿Por qué los soldados nolos dejaron venir?—Porque vosotros sois nuestraprioridad, Samuel —responde laenfermera.—Pero van a ir a por ellos, ¿no?—Con el tiempo, sí.Más preguntas. ¿Cómo murió sumadre? ¿Qué pasó después?El bolígrafo de la enfermera vuelapor la hoja. La mujer se levanta y le dauna palmadita en la rodilla descubierta.—No tengas miedo —le dice antesde irse—. Aquí estás completamente asalvo. —A Sammy le da la impresión deque su voz es monótona, como sirepitiera algo que ya ha dicho mil veces—. Quédate ahí sentado, el médicollegará en un minuto.A Sammy le parece mucho más de unminuto. Se abraza el pecho con los finosbrazos para intentar mantener el calorcorporal. No deja de pasear la mirada,inquieta, por el cuartito. Un lavabo y unarmario. La silla en la que se ha sentadola enfermera. Un taburete con ruedas enuna esquina y, montada en el techo, justoencima del taburete, una cámara queapunta con su ojo negro a la mesa dereconocimiento.Entonces vuelve la enfermera,seguida del médico. La doctora Pam esalta y delgada, justo lo contrario que laenfermera, una mujer bajita y rolliza.Sammy se tranquiliza de inmediato: esadoctora tan alta tiene algo que lerecuerda a su madre. A lo mejor es suforma de hablarle, mirándolo a los ojos,con esa voz cálida y amable. Tambiéntiene las manos calientes. A diferenciade la enfermera, no se ha puesto guantespara tocarlo.La doctora hace lo que Sammyesperaba: las cosas de médicos a lasque está acostumbrado. Le mira los ojos,los oídos y la garganta con una luz. Loausculta con el estetoscopio. Le darestregones debajo de la mandíbula,aunque no demasiado fuerte, mientrastararea en voz baja.—Túmbate boca arriba, Sam.Unos dedos firmes le aprietan labarriga.—¿Te duele cuando hago esto?Le pide que se levante, que seincline, que se toque los dedos de lospies mientras ella le recorre la columnacon las manos.—Muy bien, campeón, vuelve asubirte a la mesa.Él se sube rápidamente en la sábanade papel arrugado con la sensación deque la visita está a punto de acabar. Nohabrá inyección. A lo mejor le pincha eldedo, cosa que no tiene gracia, pero almenos no habrá inyección.—Extiende la mano, por favor.La doctora Pam le coloca undiminuto tubo gris en la palma de lamano; es más o menos del tamaño de ungrano de arroz.—¿Sabes qué es esto? Se llamamicrochip. ¿Has tenido mascota,Sammy? ¿Un perro o un gato?No, su padre es alérgico. PeroSammy siempre quiso tener un perro.—Bueno, pues algunos dueños lesponen a sus mascotas un dispositivo muyparecido a este por si huyen o sepierden. Eso sí, este es un poco distinto,ya que emite una señal que nosotrospodemos seguir.Según le explica la doctora, seintroduce bajo la piel y, esté donde estéSammy, ellos lo encontrarán. Solo por sipasa algo. El Campo Asilo es muyseguro, pero hace solo unos meses todoel mundo creía estar a salvo de unataque alienígena, así que ahora hay ircon cuidado, hay que tomar todas lasprecauciones...Sammy ha dejado de prestaratención en cuanto ha oído las palabras«bajo la piel». ¿Van a inyectarle esetubo gris? El miedo empieza a roerle denuevo el corazón.—No te dolerá —dice la doctora alnotar que empieza a asustarse—.Primero te pondremos una pequeñainyección, para adormecerla, y despuéssolo tendrás la zona irritada durante unpar de días.La doctora es muy amable. Sammyse da cuenta de que comprende lo muchoque odia las inyecciones y de que no lohace porque quiera, sino porque debe.La doctora Pam le enseña la aguja queusará para anestesiarlo. Es diminuta, tanfina como un pelo humano. Como lapicadura de un mosquito, le asegura ladoctora. Eso no es tan malo: le hanpicado mosquitos muchas veces. Y ladoctora Pam le promete que no lo notarácuando le introduzca el tubo gris.Después de la inyección no sentirá nada.Sammy se tumba boca abajo y metela cara en el hueco del codo. En lahabitación hace frío, y el algodón conalcohol que le pasa por la nuca lo hacetiritar aún más. La enfermera le pide quese relaje.—Cuanto más te tenses, más se teirritará —le dice.Él intenta pensar en algo bonito, algoque le quite de la cabeza lo que está apunto de suceder. Ve el rostro de Cassieen su cabeza y se sorprende. Esperabaver el rostro de su madre.Cassie sonríe. Él le devuelve lasonrisa, con la cara escondida en elbrazo. Un mosquito que debe de tener eltamaño de un pájaro le pica con fuerzaen la nuca. No se mueve, aunque gime envoz baja contra la piel de su brazo. Todoacaba en menos de un minuto.El número cuarenta y nueve ya estábajo vigilancia.40Después de vendarle el punto deinserción, la doctora anota algo en suhistorial, se lo pasa a la enfermera y ledice a Sammy que ya solo queda unaprueba.Sammy la sigue a la habitación de allado. Es mucho más pequeña que la salade reconocimiento, poco mayor que unarmario. En el centro hay un sillón quele recuerda al de su dentista: estrecho,de respaldo alto y con finosreposabrazos a los lados.La doctora le pide que se siente.—Recuéstate; la cabeza también, esoes. Relájate.Ñiiic. El respaldo del sillón se bajay la parte delantera se eleva, subiéndolelas piernas hasta que está prácticamentetumbado. La doctora se acerca,sonriente.—Bien, Sam. Has tenido muchapaciencia con nosotros, y este es elúltimo examen, lo prometo. No se tardamucho y no duele, aunque a veces puedeser un poco... intenso. Es para probar elimplante que acabamos de ponerte, paraasegurarnos de que funciona bien. Duraunos cuantos minutos y tienes quepermanecer muy, muy quieto. Eso puederesultar difícil, ¿verdad? No debesagitarte, ni moverte, ni siquiera rascartela nariz, porque eso estropearía laprueba. ¿Crees que podrás hacerlo?Sammy asiente con la cabeza. Leestá devolviendo la sonrisa a la doctora.—Ya he jugado antes a «piesquietos» —le asegura—. Se me da muybien.—¡Estupendo! Pero, por si acaso,voy a ponerte estas correas en lasmuñecas y en los tobillos. No lasapretaré mucho: es solo por si empieza apicarte la nariz. Las correas terecordarán que no puedes moverte. ¿Teparece bien?Sammy vuelve a asentir.—Vale —dice la doctora después desujetarlo con las correas—, ahora voy acolocarme al lado del ordenador. Elordenador enviará una señal paracalibrar el transpondedor, y eltranspondedor enviará una señal derespuesta. Solo se tarda unos segundos,aunque puede que te parezca más. Dehecho, puede que te parezca mucho más.Cada persona reacciona de una formadistinta. ¿Listo para intentarlo?—Vale.—¡Bien! Cierra los ojos. Mantenloscerrados hasta que te diga que puedesabrirlos. Respira profundamente. Allávamos. Ahora, mantén los ojos cerrados.Cuento atrás desde tres..., dos..., uno...Una bola de fuego cegadora estalladentro de la cabeza de Sammy Sullivan.Su cuerpo se tensa; las piernas tiran delas correas; los diminutos dedos secierran en torno a los reposabrazos. Oyela tranquilizadora voz de la doctora alotro lado de la luz cegadora. Le dice:—No pasa nada, Sammy, no tengasmiedo. Solo unos segundos más, loprometo...Ve su cuna. Y allí está Oso, tumbadoa su lado, en la cuna, y también está elmóvil de estrellas y planetas que davueltas lánguidamente sobre su cama. Vea su madre inclinándose sobre él conuna cucharada de medicina y diciéndoleque se la tome. Ahí está Cassie en elpatio. Es verano, y él camina condificultad, con el bragapañal puesto, yCassie lanza el agua de la manguerahacia arriba, muy alto, de modo que unarcoíris surge de la nada. Su hermanamueve la manguera adelante y atrás, y seríe mientras él persigue el arcoíris, loscolores fugaces e inaprensibles que soncomo astillas de luz dorada. «¡Atrapa elarcoíris, Sammy! ¡Atrapa el arcoíris!».Las imágenes y los recuerdos manande él como agua que corre hacia undesagüe. En menos de noventa segundos,toda la vida de Sammy sale de él entromba y entra en el ordenador central:una avalancha de tacto, olfato, gusto yoído que acaba desvaneciéndose en lablanca nada. Su mente queda al desnudoen esa blancura cegadora; todo lo que haexperimentado, todo lo que recuerda eincluso aquellas cosas que no puederecordar; todo lo que compone lapersonalidad de Sammy Sullivan esextraído, clasificado y transmitido por eldispositivo de la nuca al ordenador dela doctora Pam.Ya se ha trazado el mapa del númerocuarenta y nueve.41La doctora Pam desabrocha las correasy lo ayuda a bajar del sillón. A Sammyle ceden las rodillas. Ella le sostiene losbrazos para evitar que caiga. Sammytiene arcadas y vomita en el sueloblanco. Mire adonde mire, ve manchasnegras que se retuercen y rebotan. Laenfermera grandota y seria lo lleva devuelta a la sala de reconocimiento, losube a la mesa, le dice que no pasa naday le pregunta si quiere que le lleve algo.—¡Quiero a mi oso! —grita él—.¡Quiero a mi papá, a mi Cassie, y quieroirme a casa!La doctora Pam aparece detrás de él,y su cálida mirada le deja claro que loentiende. Ella sabe cómo se siente. Ladoctora le dice que es muy valiente, queha sido muy valiente y listo, y que hatenido mucha suerte de llegar hasta aquí.Ha pasado el último examen con nota.Está sano como una manzana ycompletamente a salvo. Lo peor ya hapasado.—Eso es lo que decía mi padre cadavez que ocurría algo malo, y siempreacababa sucediendo algo peor —responde Sammy, reprimiendo laslágrimas.Le llevan un mono blanco para quese lo ponga. Le recuerda al traje de unpiloto de caza, con cremallera delante yuna tela resbaladiza. Le quedademasiado grande: las mangas le tapanlas manos.—¿Sabes por qué eres tanimportante para nosotros, Sammy? —pregunta la doctora Pam—. Porque eresel futuro. Sin ti y sin todos esos otrosniños, no tendremos ninguna oportunidadcontra ellos. Por eso os hemos buscadoy os hemos traído aquí, y por esohacemos todo esto. Ya sabes algunas delas cosas que nos han hecho, y sonterribles. Cosas terribles y horrorosas,pero eso no es lo peor, no es lo únicoque han hecho.—¿Qué más han hecho? —susurraSammy.—¿De verdad quieres saberlo?Puedo enseñártelo, pero solo si quieressaberlo.En el cuarto blanco acaba de revivirla muerte de su madre, ha vuelto a sentirel olor a cobre de su sangre, ha visto asu padre lavándose las manosmanchadas con esa sangre. Sin embargo,según la doctora, eso no es lo peor quehan hecho los Otros. ¿De verdad quieresaberlo?—Quiero saberlo —responde.La doctora levanta el disquitoplateado que la enfermera ha utilizadopara tomarle la temperatura, el mismodispositivo que Parker había apretadocontra la frente de Megan y la suya en elautobús.—Esto no es un termómetro, Sammy—dice la doctora Pam—. Detecta unacosa, pero no es tu temperatura. Nosdice quién eres. O, mejor dicho, nosdice qué eres. Dime una cosa, Sam, ¿hasvisto ya a alguno de ellos? ¿Has visto aun alienígena?Sammy niega con la cabeza. Tiemblabajo el mono blanco. Está hecho unovillo en la pequeña sala dereconocimiento. Con el estómagorevuelto, la cabeza como un bombo,débil por culpa del hambre y elcansancio. Algo en su interior quiereque la doctora pare y está a punto degritar: «¡Pare! ¡No quiero saberlo!». Sinembargo, se muerde el labio. No quieresaberlo, pero tiene que saberlo.—Siento mucho informarte de que síque has visto uno —dice la doctora enun tono de voz amable y triste—. Todoslo hemos visto. Desde la Llegada hemosestado esperando a que vengan, pero locierto es que llevan aquí mucho tiempo,delante de nuestras narices.Sammy sacude la cabeza una y otravez: la doctora Pam se equivoca. Él noha visto a ninguno. Se pasó horasescuchando a su padre especular sobresu aspecto. Le oyó decir que tal veznunca averiguaría cómo eran. No habíanrecibido ningún mensaje suyo, no habíanaterrizado, no había ni rastro de suexistencia, salvo por la nave nodrizaverde grisáceo que estaba en órbita y losteledirigidos. ¿Cómo podía decir ladoctora Pam que él había visto a uno?Ella le ofrece la mano.—Si quieres verlo, te lo puedoenseñar.VILA ARCILLAHUMANA42Ben Parish ha muerto.No lo echo de menos. Ben era ungallina, un llorica y un bebé.No como Zombi.Zombi es todo lo que Ben no era.Zombi es duro. Zombi es la caña. Zombies frío como el acero.Zombi nació la mañana que salí dela unidad de convalecencia. Cambié lafina bata por un mono azul. Measignaron un catre en el Barracón 10.Me puse en forma gracias a las trescomidas al día y a un entrenamientofísico brutal, pero, sobre todo, gracias aReznik, el instructor militar que es jefedel regimiento, el hombre que hizopedazos a Ben Parish y lo reconstruyó,transformándolo en la despiadadamáquina zombi asesina que es hoy.No me malinterpretéis, Reznik es uncabrón cruel, insensible y sádico, ytodas las noches me quedo dormidofantaseando con que lo mato de distintasformas. Desde el primer día, su misiónha sido hacer de mi vida un infierno, ¡yvaya si lo ha conseguido! Me haabofeteado, molido a puñetazos, pateadoy escupido. Me ha ridiculizado, se haburlado de mí y me ha gritado hasta queme pitaban los oídos. Me obligó a pasarvarias horas bajo la lluvia helada, afrotar todo el suelo de los barraconescon un cepillo de dientes, a desmontar ymontar mi fusil hasta que me sangraronlos dedos, a correr hasta que las piernasse me volvieron de gelatina... Ya oshacéis una idea.Pero yo no lo entendía. Al principio,no. ¿Me entrenaba para ser un soldado ointentaba matarme? Estaba bastanteseguro de que era lo segundo. Despuésme di cuenta de que eran ambas cosas:me estaba entrenando para sersoldado... y para ello intentabamatarme.Os daré un ejemplo. Con unobastará.Gimnasia matutina para todos lospelotones del regimiento, más detrescientos soldados, y Reznik decideque es el momento oportuno parahumillarme en público. Se agacha a milado con las piernas abiertas y lasmanos en las rodillas, y acerca su carapicada de viruela a la mía cuando bajopara hacer la flexión número setenta ynueve.—Soldado Zombi, ¿tuvo tu madrealgún hijo que sobreviviera?—¡Señor, sí, señor!—¡Seguro que cuando naciste teechó un vistazo e intentó meterte otravez dentro!Me pisa el culo con el tacón de labota para obligarme a bajar. Losmiembros de mi pelotón hacemosflexiones con los nudillos sobre elcamino de asfalto que rodea el patio,porque la tierra está congelada y elasfalto absorbe la sangre; no te resbalastanto. Quiere que falle antes de llegar alas cien. Empujo contra su bota: nopienso volver a empezar de cero, nodelante de todo el regimiento. Noto quemis compañeros reclutas me miran.Esperan mi inevitable desplome.Esperan que gane Reznik. Rezniksiempre gana.—Soldado Zombi, ¿cree que soycruel?—¡Señor, no, señor!Me arden los músculos y tengo losnudillos en carne viva. He recuperadomi peso, pero ¿qué hay del coraje?Ochenta y ocho. Ochenta y nueve.Casi está.—¿Me odias?—¡Señor, no, señor!Noventa y tres. Noventa y cuatro. Enel pelotón, alguien susurra:—¿Quién es ese tío?Y otra persona, una voz de chica,dice:—Se llama Zombi.—¿Eres un asesino, soldado Zombi?—¡Señor, sí, señor!—¿Comes sesos de alienígena paradesayunar?—¡Señor, sí, señor!Noventa y cinco. Noventa y seis.Silencio sepulcral en el patio. No soy elúnico recluta que odia a Reznik. Uno deestos días, alguien lo vencerá con suspropias armas, eso es lo que se espera,eso es lo que deseo mientras lucho porllegar a las cien.—¡Y una mierda! He oído que eresun cobarde. He oído que huyes de laspeleas.—¡Señor, no, señor!Noventa y siete. Noventa y ocho.Dos más y he ganado. Oigo a la mismachica (debe de estar cerca) susurrar:—Vamos.Al llegar a la flexión noventa ynueve, Reznik me empuja con el talón.Caigo sobre el pecho, pego la mejilla enel asfalto, y ahí está su cara hinchada ysus pálidos ojos diminutos, a un par decentímetros de los míos.Noventa y nueve. El muy cabrón.—Soldado Zombi, eres unadesgracia para tu especie. He escupidosalivazos más duros que tú. Al verteempiezo a pensar que el enemigo teníarazón sobre la raza humana. ¡Lo mejorsería picarte para hacer pienso y que tecague un cerdo! Bueno, ¿qué esperas,saco de vómito regurgitado? ¿Unapuñetera invitación?Muevo la cabeza a un lado. «Noestaría mal una invitación, gracias,señor». Veo a una chica, más o menos demi edad, de pie junto a su pelotón, conlos brazos cruzados sobre el pecho,sacudiendo la cabeza mientras me mira.«Pobre Zombi». No sonríe. Ojososcuros, pelo oscuro, piel tan clara queparece brillar a la primera luz del día.Tengo la sensación de conocerla dealgo, pero, por lo que recuerdo, es laprimera vez que la veo. Hay cientos decríos entrenándose para la guerra, ytodos los días llegan otros tantos: lesdan monos azules, se les asignanescuadrones y los meten en losbarracones abarrotados que rodean elpatio. Pero ella tiene una de esas carasque no se olvidan.—¡Arriba, gusano! Levántate y hazotras cien. ¡Cien más o te juro por Diosque te arrancaré los ojos y los colgaréde mi espejo retrovisor como si fuerandados de peluche!Estoy exhausto. Creo que no mequedan fuerzas ni para una flexión más.A Reznik le importa una mierda lo queyo crea. Esa es otra cosa que he tardadoen comprender: no solo no les importalo que piense, sino que no quieren quepiense.Tiene la cara tan cerca de la mía quele huelo el aliento. Huele a menta.—¿Qué te pasa, cariño? ¿Estáscansado? ¿Es tu hora de la siesta?¿Me queda energía para una flexiónmás? Si al menos hago una, no seré unperdedor. Aprieto la frente contra elasfalto y cierro los ojos. Existe un lugaral que voy, un espacio que encontrédentro de mí después de que elcomandante Vosch me enseñara labatalla final, un refugio de silencioabsoluto que no se ve afectado por lafatiga, ni por la desesperación, ni por larabia, ni por nada que haya traídoconsigo el Gran Ojo Verde del Cielo. Enese lugar no tengo nombre. No soy Ben,ni Zombi: simplemente soy. Completo,intocable, intacto. La última personaviva del universo con todo el potencialhumano en su interior, incluido el queconsigue que el tío más gilipollas delplaneta haga una última flexión. Y lahago.43Tampoco es que yo tenga nada especial.Reznik es un sádico que cree en laigualdad de oportunidades. Trata a losotros seis reclutas del Pelotón 53 con lamisma indecencia salvaje. Picapiedra,que es de mi edad, cejijunto y con unacabeza enorme; Tanque, el granjerodelgaducho e irascible; Dumbo, el críode doce años con grandes orejas y unasonrisa fácil que desapareciórápidamente durante la primera semanade instrucción; Bizcocho, un niño deocho años que no habla nunca, pero quenos supera a todos con el fusil; Umpa, elmuchacho regordete de dientes torcidosque llega tarde a todos losentrenamientos, pero que siempre es elprimero en la cola del rancho; y, por fin,la más pequeña, Tacita, la niña de sieteaños más salvaje que se pueda imaginar,la más entusiasta del grupo, la que adorael suelo que pisa Reznik, por mucho queél le grite o la patee.No conozco sus nombres reales. Nohablamos de quiénes éramos, de cómollegamos al campo ni de qué les pasó anuestras familias. Todo eso da igual.Como Ben Parish, esos tíos (los queexistían antes de Picapiedra, Tanque,Dumbo, etc.) están muertos. Etiquetadosy embolsados, y ahora nosotros somos laúltima esperanza para la humanidad, sumejor esperanza; somos vino nuevo enodres viejos. Forjamos nuestrosvínculos a través del odio, el odio a losinfestados y a sus amos alienígenas,claro, pero también el odio encarnizado,inflexible y puro por el sargento Reznik,un sentimiento agudizado por el hechode que jamás podemos expresarlo.Y entonces asignaron a un niñollamado Frijol al Barracón 10, y uno denosotros, un idiota, no pudo contenersemás y dejó que estallara toda la furiareprimida.Os daré una oportunidad para queadivinéis quién fue el idiota.No me lo podía creer cuando viaparecer al niño al pasar lista. Cincoaños, como mucho, perdido dentro de sumono blanco, temblando por culpa delaire frío del patio, con cara de tenerganas de vomitar, obviamente, muerto demiedo. Y ahí que llegó Reznik, con elsombrero bien calado sobre los ojillos,las botas relucientes como espejos y lavoz siempre ronca de tanto gritar, y pusosu cara pálida picada de viruela a pocoscentímetros de la del pobre crío. No sécómo el mequetrefe no se ensució lospantalones.Reznik siempre empieza en voz bajay suave, y va subiendo de tono hasta quealcanza el gran final, para así engañartey hacerte pensar que podría ser un serhumano de verdad.—Bueno, ¿qué tenemos aquí? ¿Quénos han enviado desde el repartocentral? ¿Es un hobbit? ¿Eres unacriatura mágica de un reino de cuentoque ha venido para encantarme con sumagia oscura?Reznik no había hecho más queempezar, y el niño ya estaba conteniendolas lágrimas. Recién salido del autobúsdespués de pasar por Dios sabe qué enel exterior, y llega este tío loco demediana edad a machacarlo. Mepregunto cómo debía de ver a Reznik...y al resto del demencial Campo Asilo.Yo todavía intento asimilarlo y soybastante mayor que él.—Oh, qué mono. Precioso, ¡creo quevoy a llorar! Dios mío, ¡he comidofrijoles con salsa picante que eran másgrandes que tú!Subía el volumen a medida que seacercaba a la cara del niño. Y el niño losoportaba sorprendentemente bien, dabarespingos, miraba a un lado y a otro,pero, a pesar de que debía de estarpensando en salir corriendo por el patio,en correr hasta quedarse sin aliento, nose movía ni un centímetro.—¿Cuál es tu historia, soldadoFrijol? ¿Has perdido a tu mami?¿Quieres irte a casa? ¡Ya sé! Cerremoslos ojos, pidamos un deseo, ¡y a lomejor mamá vuelve y nos lleva a todos acasa! ¿A que estaría bien, soldadoFrijol?Y el niño asintió con ganas, como siReznik le hubiese hecho la pregunta queestaba esperando escuchar. ¡Por finalguien lo entendía! Verlo perderse consus grandes ojos de osito de peluche enlos ojillos negros del sargentoinstructor... bastaba para romperle elcorazón a cualquiera. Bastaba parahacerte gritar.Pero no se grita. Hay que quedarsequieto, mirando hacia delante, con lasmanos a los costados, el pecho fuera, elcorazón roto, mirando con el rabillo delojo mientras algo se te desata dentro, sedesenrolla como una serpiente decascabel al atacar. Algo que te has idoguardando dentro a medida que lapresión ha ido aumentando. No sabescuándo va a estallar, no puedespredecirlo y, cuando sucede, eresincapaz de hacer nada para detenerlo.—¡Déjelo en paz!Reznik se volvió sobre sus talones.Nadie hizo ni un ruido, aunque sepercibían los gritos ahogados. En el otroextremo de la fila, Picapiedra abriómucho los ojos: no se creía lo que yoacababa de hacer. Yo tampoco.—¿Quién ha dicho eso? ¿Cuál devosotros, gusanos comemierda, acaba defirmar su sentencia de muerte?Se paseaba por la fila con la cararoja de furia, las manos apretadas enpuños y los nudillos blancos.—Nadie, ¿eh? Bueno, voy aponerme de rodillas y a cubrirme lacabeza, ¡porque Dios, Nuestro Señor,acaba de hablarme desde las alturas!Se detuvo delante de Tanque, que,aunque estábamos a cuatro grados,sudaba a través del mono.—¿Has sido tú, caraculo? ¡Tearrancaré los brazos!Echó el puño atrás para golpearlo enla entrepierna.El momento del idiota.—¡Señor, he sido yo, señor! —grité.Esta vez, el giro de 180 grados deReznik fue a cámara lenta. Tardó milaños en llegar hasta mí. A lo lejos, elgraznido ronco de un cuervo. Eso era loúnico que oía.No se detuvo frente de mí, sinosimplemente en mi campo visual, y esono indicaba nada bueno. No podíavolverme hacia él. Debía seguir mirandohacia delante. Y lo peor era que no leveía las manos; no sabría cuándo nidónde me golpearía, y, por tanto,tampoco cuándo prepararme para ello.—Vaya, parece que ahora es elsoldado Zombi el que da las órdenes —dijo Reznik en una voz tan baja queapenas se le oía—. El soldado Zombi esel puto guardián entre el centeno delPelotón cincuenta y tres. SoldadoZombi, creo que estoy colado por ti. Seme doblan las rodillas cuando te veo.Haces que odie a mi madre por habermeparido hombre, porque ahora no podrétener hijos contigo.¿Dónde aterrizaría el golpe? ¿En lasrodillas? ¿En la entrepierna?Seguramente en el estómago, Rezniksentía debilidad por los estómagos.No, fue un golpe a la nuez con ellateral de la mano. Trastabillé haciaatrás, intentando mantenerme en pie y nodespegar las manos de los costados, nodarle la satisfacción ni la excusa paraque volviera a golpearme. El patio y losbarracones zumbaron, después sesacudieron y se difuminaron ligeramentecuando se me llenaron los ojos delágrimas... Lágrimas de dolor, claro,pero también de algo más.—Señor, solo es un niño, señor —dije, medio ahogado.—¡Soldado Zombi, tienes dossegundos, exactamente dos segundos,para cerrar esa alcantarilla que te sirvede boca! ¡De lo contrario incineraré tuculo con el resto de los alienígenasinfestados hijos de puta!Respiró profundamente y se preparópara la siguiente descarga verbal. Comoyo ya había perdido del todo la cabeza,abrí la boca y dejé salir las palabras.Seré sincero: parte de mí se sentíaaliviada y notaba algo que se parecíamucho a la alegría. Me había guardadodentro el odio durante demasiadotiempo.—¡Entonces, el instructor jefedebería hacerlo, señor! ¡Al soldado leda igual, señor! Pero... Pero deje en pazal crío.Silencio absoluto. Hasta el cuervodejó de armar jaleo. El resto del pelotónni siquiera respiraba. Sabía lo quepensaban: todos habíamos oído lahistoria del recluta bocazas y el«accidente» en la pista de obstáculostras el que había acabado tres semanasingresado en el hospital. Y la otrahistoria, la de un silencioso niño de diezaños al que encontraron colgado de unalargador en las duchas. Suicidio, segúnel médico. Mucha gente no estaba tansegura.Reznik no se movió.—Soldado Zombi, ¿quién es su líderde pelotón?—¡Señor, el líder de pelotón delsoldado es el soldado Picapiedra,señor!—¡Soldado Picapiedra, un paso alfrente! —ladró Reznik.Picapiedra obedeció y se cuadró. Laceja le temblaba por la tensión.—Soldado Picapiedra, estádespedido. El soldado Zombi será elnuevo líder de pelotón. El soldadoZombi es ignorante y feo, pero no esblando. —Noté los ojos de Rezniktaladrándome la cara—. Soldado Zombi,¿qué le pasó a tu hermana pequeña?Parpadeé. Dos veces. Intentaba nomostrar ninguna emoción. Aunque se merompió un poco la voz cuando respondí.—¡Señor, la hermana del soldadoestá muerta, señor!—¡Porque huiste como un gallina demierda!—¡Señor, el soldado huyó como ungallina de mierda, señor!—Pero no volverás a huir, ¿verdad,soldado Zombi?—¡Señor, no, señor!Dio un paso atrás. Una expresión lecruzó rápidamente el rostro, unaexpresión que no le había visto nunca.Por supuesto, no podía ser eso, pero separecía mucho al respeto.—Soldado Frijol, ¡un paso al frente!El nuevo no se movió hasta queBizcocho le presionó la espalda con lapunta del dedo. No lloraba. No queríahacerlo. Intentaba reprimir las lágrimas,pero, Dios bendito, ¿qué crío pequeñono estaría llorando a esas alturas? Tuantigua vida te vomita y ¿acabas aquí?—Soldado Frijol, el soldado Zombies tu líder de pelotón, y vas a dormir asu lado. Aprenderás de él. Te enseñará acaminar. Te enseñará a hablar. Teenseñará a pensar. Será el hermanomayor que no has tenido nunca. ¿Meentiendes, soldado Frijol?—¡Señor, sí, señor!Respondió con una vocecilla aguday chillona, pero había captado las reglasa la primera.Y así es como empezó.44Así es un día típico en la atípicarealidad del Campo Asilo.5:00 A.M.: Toque de diana ylavarse. Vestirse y ordenar los catrespara la inspección.5:10 A.M.: Formar. Reznikinspecciona los barracones. Encuentrauna arruga en las sábanas de alguien.Grita durante veinte minutos. Despuéselige a otro recluta al azar y gritadurante otros veinte minutos más sinrazón aparente. Luego, tres vueltasalrededor del patio, helándonos el culo,mientras yo meto prisa a Umpa y a Frijolpara que sigan el ritmo; de lo contrario,me toca correr otra vuelta por ser elúltimo. El suelo helado bajo las botas.El aliento escarchándose en el aire. Lascolumnas gemelas de humo negro de lacentral eléctrica elevándose hacia elcielo más allá del aeródromo y elestruendo de los autobuses que llegan ala puerta principal.6:30 A.M.: Rancho en un comedoratestado que huele un poco a leche agria,lo que me recuerda a la plaga y al hechode que hubo una vez en que solo pensabaen tres cosas: coches, fútbol americanoy chicas, por ese orden. Ayudo a Frijolcon su bandeja y le meto prisa para quecoma, porque, si no lo hace, el campo deentrenamiento lo matará. Esas son mispalabras exactas: «El campo deentrenamiento te matará». Tanque yPicapiedra se ríen de mí por cuidar deFrijol como si fuera su madre. Ya mellaman la niñera de Frijol. Que les den.Después del rancho, echamos un vistazoal tablero de puntuaciones. Todas lasmañanas anuncian las clasificacionesdel día anterior en un gran tablero queestá junto a las puertas de entrada alcomedor. Puntos por puntería. Puntospor los mejores tiempos en la pista deobstáculos, los simulacros de ataqueaéreo y las carreras de tres kilómetros.Los cuatro primeros pelotones segraduarán cuando acabe noviembre, asíque la competición es feroz. Nuestropelotón lleva semanas atascado en eldécimo puesto. El décimo no está mal,pero no es lo bastante bueno.7:30 A.M.: Instrucción. Armas.Combate cuerpo a cuerpo. Tácticasbásicas de supervivencia en lanaturaleza. Tácticas básicas desupervivencia en la ciudad.Reconocimiento. Comunicaciones. Misfavoritas son las tácticas desupervivencia. Esa memorable sesión enla que nos obligaron a beber nuestrapropia orina.12:00 P.M.: Rancho de mediodía.Una carne misteriosa entre dos cortezasde pan duro. Dumbo, cuyo mal gusto estan grande como sus orejas, suelta labroma de que no están incinerandocadáveres infestados, sino picándolospara alimentar a las tropas. Tengo quequitarle a Tacita de encima para que nole aplaste la cabeza con una bandeja.Frijol se queda mirando su hamburguesacomo si fuera a saltar del plato paramorderle la cara. Gracias, Dumbo. Conlo escuchimizado que está el crío, solole faltaba eso.1:00 P.M.: Más instrucción. Sobretodo, en el campo de tiro. A Frijol ledan un palo a modo de fusil y disparabalas de mentira mientras nosotrosapuntamos a siluetas de tamaño real decontrachapado y les disparamos conbalas de verdad. El ruido de los M16.El rechinar del contrachapado al hacersepedazos. Bizcocho tiene una puntuaciónperfecta; yo soy el peor del pelotón. Meimagino que la silueta es Reznik con laesperanza de mejorar mi puntería. Nofunciona.5:00 P.M.: Rancho de la cena. Carneen lata, guisantes en lata, fruta en lata.Frijol mueve la comida en el plato y seecha a llorar. El pelotón me mira conrabia. Frijol es mi responsabilidad. Sinos la cargamos con Reznik porconducta inapropiada, nos iremos alinfierno, yo el primero: aumentará elnúmero de flexiones, disminuirá lacantidad de las raciones y puede queincluso nos quiten puntos. Lo único queimporta es superar la iniciación con lospuntos suficientes para graduarnos, saliral terreno, librarnos de Reznik. Al otrolado de la mesa, Picapiedra me lanzauna mirada asesina por debajo de suúnica ceja. Está cabreado con Frijol,pero aún lo está más conmigo porhaberle quitado el puesto, aunque no fuiyo el que pidió ser el líder del pelotón.Después de aquello se me acercó y medijo: «Me da igual lo que seas ahora,llegaré a sargento cuando nosgraduemos». Y yo respondí algo asícomo: «Bien dicho, Picapiedra». Laidea de que yo acabe dirigiendo unaunidad en combate es ridícula. Mientrastanto, no consigo calmar a Frijol deninguna forma. No deja de hablar de suhermana, de que le prometió que iría abuscarlo. Me pregunto por qué elcomandante metería en nuestra unidad aun niño pequeño que ni siquiera puedelevantar un fusil. Si El País de lasMaravillas cribaba a los mejoresguerreros, ¿qué clase de perfil habríadado este crío?6:00 P.M.: Preguntas y respuestascon el instructor en los barracones, mimomento favorito del día, ya que puedodisfrutar de una agradable conversacióncon la persona que más me gusta delmundo. Después de informarnos de queno somos más que un montón inserviblede heces secas de rata, Reznik abre elturno de preguntas y dudas.Casi todas nuestras preguntas tienenque ver con la competición: reglas,procedimientos en caso de empate,rumores sobre las trampas que ha hechotal o cual pelotón.Solo pensamos en conseguirclasificarnos. La clasificación implicaactividad, una lucha real, una manera dedemostrar a los que murieron que nohabíamos sobrevivido en vano.Otros temas: el estado de laoperación de rescate y criba (nombre enclave: Pastorcita. No es broma). ¿Quénoticias nos llegan del exterior?¿Cuándo nos ocultaremos en el búnkersubterráneo a tiempo completo? Porque,obviamente, el enemigo puede ver loque hacemos aquí y es cuestión detiempo que nos vaporice. Siempreobtenemos la respuesta estándar: elcomandante Vosch sabe lo que hace.Nuestro trabajo no es preocuparnos deestrategia y logística, sino matar alenemigo.8:30 P.M.: Tiempo libre. Por fin sinReznik. Lavamos los monos, sacamosbrillo a las botas, fregamos el suelo delos barracones y las letrinas, limpiamoslos fusiles, nos pasamos revistas guarrase intercambiamos otros objetos decontrabando, como caramelos y chicles.Jugamos a las cartas, nos tomamos elpelo y nos quejamos de Reznik.Cotilleamos sobre los rumores del día,nos contamos chistes malos y luchamoscontra el silencio del interior denuestras cabezas, ese lugar en que losinterminables gritos mudos se levantancomo el aire caliente sobre un río delava. Al final siempre surge algunapelea que se detiene justo antes de llegara las manos. Nos come por dentro.Sabemos demasiado. No sabemos losuficiente. ¿Por qué todo nuestroregimiento está compuesto por críoscomo nosotros y no hay nadie mayor dediecisiete años? ¿Qué ha pasado contodos los adultos? ¿Se los llevan a otraparte? Y, si es así, ¿adónde y por qué?¿Son los infestados la última ola oqueda otra por venir, una quinta olajunto a la que las otras parecerán unjuego de niños? Pensar en una quinta olaacaba con las conversaciones.9:30 P.M.: Se apagan las luces. Horade tumbarse en la cama y pensar en másformas creativas de acabar con elsargento Reznik. Al cabo de un rato mecanso de eso y me pongo a pensar en laschicas con las que he salido y aclasificarlas en distintas categorías. Lasque estaban más buenas. Las más listas.Las más divertidas. Las rubias. Lasmorenas. Hasta dónde llegué con ellas.Empiezan a fundirse en una única chica,La Chica Que Ya no Existe, y, en susojos, Ben Parish, el dios de los pasillosdel instituto, vuelve a vivir. Saco elmedallón de Sissy del escondite bajo micolchón y me lo llevo al pecho. Seacabó la culpa, se acabó la pena.Convertiré toda la lástima que siento pormí en odio. Mi culpa, en astucia. Mitristeza, en espíritu de venganza.—¿Zombi?Es Frijol, que duerme en el catre deal lado.—No se habla cuando se apagan lasluces —le susurro.—No puedo dormir.—Cierra los ojos y piensa en algobonito.—¿Podemos rezar? ¿Va contra lasnormas?—Claro que puedes rezar, pero noen voz alta.Lo oigo respirar, oigo el crujido dela estructura metálica cuando da vueltasen la cama.—Cassie siempre rezaba conmigo—confiesa.—¿Quién es Cassie?—Ya te lo dije.—Se me ha olvidado.—Cassie es mi hermana. Va a venira buscarme.—Ah, claro.No le digo que, si no ha aparecidoya, seguramente estará muerta. No escosa mía romperle el corazón; el tiempolo hará por mí.—Me lo prometió. Lo prometió.Oigo un diminuto sollozo en formade hipo. Genial. Nadie lo sabe concerteza, pero aceptamos como un hechoque los barracones están pinchados, queReznik nos espía cada segundo a laespera de que alguno de nosotros rompalas normas para poder abalanzarse sobreél.Si violamos la regla de no hablarcuando se han apagado las luces,podemos ganarnos una semana entera deturno de cocina.—Eh, no pasa nada, Frijol...Alargo la mano para consolarlo, doycon la coronilla de su cabeza reciénafeitada y le acaricio el cuerocabelludo. A Sissy le gustaba que leacariciara la cabeza cuando se sentíamal... A lo mejor a Frijol también legusta.—¡Eh! ¡Cerrad el pico! —dicePicapiedra en voz baja.—Sí —añade Tanque—. ¿Quieresque nos la carguemos, Zombi?—Ven aquí —le susurro a Frijolmientras me hago a un lado y doy unaspalmaditas en el colchón—. Rezarécontigo y después te vas a dormir,¿vale?El colchón se hunde un poco con supeso. Dios mío, ¿qué estoy haciendo? SiReznik entra para hacer una inspecciónsorpresa, me pondrá a pelar patatasdurante un mes. Frijol se tumba de lado,mirándome, y, cuando se lleva los puñosa la barbilla, me roza el brazo con ellos.—¿Qué oración reza contigo? —pregunto.—Ángel de la guarda —me susurra.—Que alguien le ponga unaalmohada en la cara a ese frijol —diceDumbo desde su catre.Veo la luz ambiental reflejada en susgrandes ojos marrones. El medallón deSissy apretado contra el pecho y losojos de Frijol, que brillan como dosfaros en la oscuridad. Oraciones ypromesas. La que le hizo la hermana deFrijol. La promesa silenciosa que lehice yo a mi hermana. Las oracionestambién son promesas, y estos son losdías de las promesas rotas. De repentequiero pegarle un puñetazo a la pared.—Ángel de la guarda, dulcecompañía.Se une a mí en el siguiente verso.—No me desampares, ni de noche nide día.Los siseos y chitones aumentan conel siguiente verso. Alguien nos arrojauna almohada, pero seguimos rezando.—Si me dejas solo, qué será de mí.Con el «qué será de mí», todos dejande hacer ruido y cae el silencio sobrelos barracones.Nuestras voces se ralentizan en laúltima estrofa, como si temiéramosterminarla, porque, al final de laoración, no hay más que la nada de otranoche de sueño exhausto y después otrodía esperando a que llegue el último, eldía en que muramos. Incluso Tacita sabeque seguramente no llegará a cumplir losocho años. Sin embargo, nos levantamosy soportamos diecisiete horas deinfierno. Porque moriremos, pero, almenos, moriremos imbatidos.—Angelito mío, ruega a Dios pormí.45A la mañana siguiente, me presento en eldespacho de Reznik con una peticiónespecial. Sé cuál será su respuesta, perolo pregunto de todos modos.—Señor, el líder de pelotón solicitaque el instructor jefe ofrezca al soldadoFrijol un permiso especial para estamañana.—El soldado Frijol es un miembrode este pelotón —me recuerda Reznik—. Y, como miembro de este pelotón, seespera que realice todas las tareasasignadas por el Mando Central. Todas,soldado.—Señor, el líder de pelotón solicitaque el instructor jefe reconsidere sudecisión por la edad del soldado Frijoly...Reznik descarta mi objeción con unmovimiento de la mano.—El chico no ha caído del puñeterocielo, soldado. Si no hubiese pasado laspruebas preliminares, no lo habríanasignado a su pelotón. Pero el hecho esque pasó las pruebas, se lo asignó a supelotón y realizará todas las tareas queel Mando Central asigne al pelotón,incluido el P&E. ¿Está claro, soldado?Bueno, Frijol, lo he intentado.—¿Qué es P&E? —me pregunta enel rancho del desayuno.—Procesamiento y eliminación —respondo, desviando la mirada.Frente a nosotros, Dumbo gruñe yaparta la bandeja.—Genial, ¡la única forma dedesayunar era no pensar en eso!—Usar y tirar, chaval —diceTanque, mirando a Picapiedra en buscade su aprobación.Esos dos están unidos. El día queReznik me dio el puesto, Tanque me dijoque le daba igual quién fuera el líder delpelotón, que él solo escucharía aPicapiedra. Me encogí de hombros. Meda igual. Cuando nos graduemos (si nosgraduamos), uno de los dos ascenderá asargento, y sé que ese no seré yo.—La doctora Pam te enseñó a uninfestado —le digo a Frijol. Por su cara,me doy cuenta de que no es un recuerdoagradable—. Apretaste el botón —añado, y él asiente de nuevo con lacabeza, aunque más despacio que antes—. ¿Qué crees que pasa con la personadel otro lado del cristal después deapretar el botón?—Muere —susurra Frijol.—¿Y con las personas enfermas quetraen de fuera, los que no sobrevivencuando llegan? ¿Qué crees que les pasa?—¡Venga ya, Zombi! ¡Díselo de unavez! —dice Umpa.Él también ha apartado la comida.Es la primera vez que ocurre: Umpa esel único del pelotón que siempre repite.Por decirlo suavemente, la comida delcampo es un asco.—No nos gusta hacerlo, pero esnecesario —prosigo, repitiendo eleslogan de la empresa—. Porque esto esla guerra, ¿sabes? Es la guerra.Contemplo a los de la mesa en buscade apoyo, pero la única persona que memira a los ojos es Tacita, que asientecon ganas.—Guerra —repite, feliz.Salimos del comedor y atravesamosel patio, donde varios pelotonesentrenan bajo la atenta mirada de suinstructor. Frijol trota a mi lado. Elperro de Zombi, así lo llama el pelotóna sus espaldas. Nos metemos entre losbarracones 3 y 4 para llegar a lacarretera que conduce a la centraleléctrica y a los hangares deprocesamiento. Hace frío y está nublado;da la impresión de que va a nevar. A lolejos se oye el despegue de un BlackHawk y el nítido repiqueteo de un armaautomática. Justo frente a nosotrostenemos las torres gemelas de la planta,que eructan humo negro y gris. El humogris se mezcla con las nubes. El negropermanece.Han montado una gran tienda blancajunto a la entrada del hangar, y la zonade preparación está engalanada conseñales rojas y blancas que avisan delpeligro biológico. Aquí nos preparamospara el procesamiento. Una vez vestido,ayudo a Frijol a ponerse su mononaranja, las botas, los guantes de goma,la máscara y el casco. Le doy la charlacorrespondiente para que sepa que nodebe quitarse ninguna parte del trajemientras esté en el hangar, bajo ningunacircunstancia, jamás. Debe pedirpermiso antes de manipular nada y, sialguna vez tiene que salir del edificiopor lo que sea, antes de volver a entrardebe descontaminarse y pasar por lainspección.—Tú quédate a mi lado —le digo—.No pasará nada.Él asiente con la cabeza, y su cascorebota adelante y atrás, de modo que elvisor le da en la frente. Está intentandono desmoronarse, pero no se le dademasiado bien, así que le digo:—No son más que personas, Frijol.Nada más que personas.Dentro del hangar de procesamiento,los cadáveres de las personas, nada másque personas, se clasifican: se separa alos infestados de los limpios; o, comodecimos nosotros, a los infes de los noinfes. Los infes se marcan con un círculoverde brillante en la frente, pero casinunca hace falta mirarlo: son siemprelos cadáveres más frescos.Los han apilado contra la pared deatrás y esperan su turno para que loscoloquen sobre las largas mesasmetálicas que recorren el hangar a todolo largo.Los cadáveres están en distintasfases de descomposición. Algunostienen meses. Otros parecen tan frescosque si se sentaran y saludaran, no meextrañaría.Hacen falta tres pelotones paraencargarse de la línea de proceso. Unocarga los cadáveres en carretillas y loslleva a las mesas metálicas. Otro losprocesa. Y el tercero traslada loscadáveres procesados a la partedelantera y los apila para que losrecojan. Las tareas rotan para aliviar lamonotonía.Procesar es lo más interesante, y ahíes donde empieza nuestro pelotón. Ledigo a Frijol que no toque, que se limitea observarme hasta que entienda de quéva.Se vacían los bolsillos. Se separa elcontenido. La basura va a un cubo; elmaterial electrónico, a otro; los metalespreciosos, a un tercero; todos los demásmetales, a un cuarto. Los monederos, lascarteras, el papel, el dinero... Todo esova a la basura. Algunos de los pelotonesno pueden evitarlo (cuesta olvidar lasviejas costumbres) y llenan los bolsilloscon fajos de billetes de cien dólares queno sirven para nada.Fotografías, carnés de identidad,cualquier recuerdo que no esté hecho decerámica es basura. Casi sin excepción,los bolsillos de los muertos, desde elmás viejo al más joven, están llenos deobjetos rarísimos cuyo valor solocomprendían sus propietarios.Frijol no dice palabra. Me observatrabajar en la línea y se mantiene a milado a medida que voy pasando alsiguiente cadáver. El hangar estáventilado, pero el olor es abrumador.Como ocurre con cualquier oloromnipresente (o, mejor dicho, concualquier cosa omnipresente), acabasacostumbrándote; al cabo de un rato nosiquiera lo notas.Lo mismo puede decirse de losdemás sentidos. Y del alma. Cuando yahas visto quinientos bebés muertos,¿cómo va a escandalizarte o asqueartenada? ¿Cómo vas a sentir algo?A mi lado, Frijol guarda silencio yobserva.—Avísame si te dan ganas devomitar —le digo secamente.Vomitar dentro del traje es horrible.Los altavoces de arriba cobran vida,y empiezan las canciones. Casi todos loschicos prefieren escuchar rap mientrasprocesan, pero a mí me gusta mezclarlocon un poco de heavy metal y algo deR&B. Frijol quiere hacer algo, así quele pido que lleve la ropa destrozada alas cestas de la lavandería. La quemaránpor la noche, con los cadáveresprocesados. La eliminación se realiza enla puerta de al lado, en el incinerador dela central eléctrica. Dicen que el humonegro sale del carbón y el gris, de loscadáveres. No sé si es verdad.Es el procesamiento más difícil quehe hecho. Tengo que estar pendiente deFrijol, de los cadáveres que me tocaprocesar y del resto del pelotón, porqueen el hangar no hay sargento instructor niningún adulto, salvo los muertos, claro.Solo críos, y a veces es como en elcolegio, cuando el profesor, de repente,tiene que salir del aula. Las cosas sepueden salir de madre.Fuera del P&E, hay poca interacciónentre los pelotones. La competición porlos primeros puestos del tablero esdemasiado intensa, y no se trata de unarivalidad amistosa.Así que cuando veo a la chica depiel blanca y pelo oscuro empujando lacarretilla con los cadáveres que varecogiendo de la mesa de Bizcocho parallevarlos al área de eliminación, no meacerco ella para presentarme, ni agarropor el brazo a uno de los miembros delequipo para preguntar por su nombre.Simplemente me quedo mirándolamientras meto los dedos en los bolsillosde la gente muerta. Me doy cuenta deque la chica dirige el tráfico en lapuerta; debe de ser su líder de pelotón.En la pausa de media mañana, me llevoa Bizcocho a un lado. Es un crío muydulce, callado, pero nada raro. La teoríade Dumbo es que un día saltará elcorcho y Bizcocho se pasará una semanahablando sin parar.—¿Te has fijado en esa chica delPelotón diecinueve que trabaja en tumesa? —le pregunto, y él asiente con lacabeza—. ¿Sabes algo de ella? —Sacude la cabeza—. ¿Por qué tepregunto esto? —Él se encoge dehombros—. Vale, pero no le cuentes anadie que te lo he preguntado.Tras cuatro horas de trabajo, Frijolcasi no se tiene en pie. Necesita undescanso, así que me lo llevo fuera unosminutos, nos sentamos con la espaldaapoyada en la puerta del hangar yobservamos el humo negro y gris queasciende hacia las nubes.Frijol se quita el casco y apoya lafrente en el metal frío de la puerta; tienela cara reluciente de sudor.—No son más que personas —repito, más que nada porque no sé quéotra cosa decir—. Poco a poco varesultando más fácil. Cada vez que lohaces, sientes un poco menos. Hasta quees como... No sé, como hacer la cama ocepillarte los dientes.Estoy muy tenso: me da miedo que elcrío se derrumbe. Que llore. Que eche acorrer. Que estalle. Algo. Pero se limitaa mirarme con ojos vacíos y distantes, y,de repente, me doy cuenta de que soy yoel que está a punto de estallar. No contraél, ni contra Reznik, por habermeobligado a traerlo. Contra ellos. Contralos cabrones que nos han hecho esto. Mivida no tiene importancia: sé cómoacaba eso. Pero ¿qué hay de la deFrijol? Solo tiene cinco puñeteros añosy ¿qué le queda por delante? Y ¿por quénarices lo asignó el comandante Vosch auna unidad de combate? En serio, nisiquiera es capaz de levantar un fusil. Alo mejor la idea es cogerlos jóvenes yentrenarlos de cero. Así, cuando llegue ami edad, no tendrán a un asesino desangre fría, sino de sangre helada. Unocon nitrógeno en la sangre.Oigo su voz antes de notar su manosobre mi antebrazo.—Zombi, ¿estás bien?—Claro que sí.Curioso giro de los acontecimientos:él preocupado por mí.Un gran camión plataforma se acercaa la puerta del hangar, y el Pelotón 19empieza a cargar cadáveres y los lanzaal camión como si fuera personalhumanitario transportando sacos decereal. Ahí está otra vez la chica de pelooscuro, forcejeando con uno de losextremos de un cadáver muy gordo. Mirahacia nosotros antes de volver adentro apor el siguiente cadáver. Genial.Seguramente informará de que nos havisto escaquearnos: así nos quitaránpuntos.—Cassie dice que da igual lo quehagan —dice Frijol—. No puedenmatarnos a todos.—¿Por qué no?Porque, muchacho, la verdad es queme gustaría saberlo.—Porque cuesta matarnos. Somosinvici..., inveci..., invicti...—¿Invencibles?—¡Eso es! —exclama él, y me dapalmaditas en el brazo paratranquilizarme—. Invencibles.Humo negro, humo gris. El fríocortándonos las mejillas, el calor denuestros cuerpos atrapados dentro de lostrajes, Zombi y Frijol y las nubesamenazadoras corren por encima denuestras cabezas y, más arriba, la navenodriza responsable del humo gris y, encierto modo, de nosotros. También denosotros.46Ahora, cada noche, cuando se apagan lasluces, Frijol se sube a mi catre pararezar, y yo dejo que se quede hasta quese duerme. Después lo llevo a su catre.Tanque amenaza con chivarse,normalmente cuando le doy una ordenque no le gusta. Pero luego no lo hace.Creo que, en secreto, se pasa el díadeseando que llegue la hora de rezar.Me asombra lo deprisa que Frijol seha adaptado a la vida en el campo.Claro que los niños son así, seacostumbran a casi todo. No es capaz deecharse un fusil al hombro, pero hacetodo lo demás y, a veces, mejor que loschicos mayores. Es más rápido queUmpa en la pista de obstáculos yaprende más deprisa que Picapiedra. Elúnico miembro del pelotón que no losoporta es Tacita. Supongo que soncelos. Antes de la llegada de Frijol, ellaera el bebé de la familia.Eso sí, Frijol tuvo una crisisnerviosa durante su primer simulacro deataque aéreo. Como los demás, no teníani idea de que se produciría, pero, adiferencia de nosotros, él no sabía quéestaba pasando.Sucede una vez al mes y siempre enplena noche. Las sirenas suenan tanfuerte que notas el temblor del suelobajo tus pies descalzos cuando televantas a tientas, te pones el mono y lasbotas, recoges el M16 y corres alexterior. Todos los barracones se vacíany cientos de reclutas corren por el patiohacia los túneles de acceso queconducen a la zona subterránea.Yo iba un par de minutos por detrásdel pelotón porque Frijol gritaba comoun loco y se aferraba a mí como un monoa su mamá, pensando que, en cualquiermomento, las naves de guerraalienígenas empezarían a soltar susbombas.Le grité que se calmara y que meimitara. Era perder el tiempo. Al final,lo levanté del suelo y me lo eché alhombro: llevaba el fusil en una mano yel culo de Frijol en la otra. Mientrascorría hacia fuera, pensé en otra noche yen otro niño gritando. Y el recuerdo mehizo correr con más ganas.Llegué a las escaleras y bajé loscuatro tramos de escalones bañados enla luz amarilla de emergencia, con lacabeza de Frijol rebotándome en laespalda. Después, crucé las puertas deacero reforzado del fondo, recorrí uncorto pasillo, atravesé un segundoconjunto de puertas reforzadas, y lleguéal complejo. La pesada puerta se cerródetrás de nosotros y selló la zona.Llegados a ese punto, el niño habíallegado a la conclusión de que, despuésde todo, tal vez no nos vaporizarían, asíque pude soltarlo.El refugio es un complicadolaberinto de pasillos poco iluminados,pero habíamos hecho tantos simulacrosque era capaz de localizar nuestropuesto con los ojos cerrados. Le chillé aFrijol que me siguiera, para que meoyera a pesar del ruido de las alarmas, yempecé a caminar. Un pelotón que iba endirección contraria pasó como un rayojunto a nosotros.Derecha, izquierda, derecha,derecha, izquierda, al último pasillo,agarrado a la nuca de Frijol con la manolibre para que no se quedara atrás. Veíaa mi pelotón arrodillado a veinte metrosde la pared del fondo del túnel sinsalida, apuntando con los fusiles a larejilla metálica que cubre la chimeneade ventilación que lleva a la superficie.Y Reznik de pie, justo detrás, con uncronómetro en la mano.Mierda.Nos pasamos cuarenta y ochosegundos de nuestro tiempo asignado.Cuarenta y ocho segundos que noscostarían tres días de tiempo libre.Cuarenta y ocho segundos que nos haríanbajar otro puesto en el tablero depuntuación. Cuarenta y ocho segundosque significaban vete a saber cuántosdías más de Reznik.Una vez en los barracones,estábamos todos demasiado tensos paradormir. La mitad del pelotón estabacabreada conmigo y la otra mitad, conFrijol. Tanque, por supuesto, me culpabaa mí.—Deberías haberlo dejado atrás —me reprochó.Su fino rostro estaba rojo de rabia.—Los simulacros tienen una razónde ser, Tanque —le recordé—. ¿Y sihubiese sido un ataque de verdad?—Pues supongo que Frijol estaríamuerto.—Es un miembro de este pelotón,igual que los demás.—Sigues sin pillarlo, ¿no, Zombi?Es la puñetera naturaleza. Los que seandemasiado débiles o estén demasiadoenfermos, sobran —dijo arrancándoselas botas y lanzándolas contra sutaquilla, a los pies del catre—. Si fuerapor mí, los tiraríamos a todos alincinerador, con los infes.—Matar humanos... ¿Eso no estrabajo de los alienígenas?Se le puso la cara roja como untomate. Golpeó el aire con el puño.Picapiedra se acercó para calmarlo,pero él lo apartó con un gesto.—Los que sean demasiado débiles,los que estén demasiado enfermos, loslentos, los estúpidos y los pequeños...¡Sobran! —chilló Tanque—. Todo el queno pueda luchar o que no ayude en lalucha... nos retrasa.—Son prescindibles —respondí entono sarcástico.—La solidez de una cadena dependede su eslabón más débil —rugió Tanque—. Joder, así es la naturaleza, Zombi.¡Solo sobreviven los fuertes!—Eh, venga, tío —le dijoPicapiedra—. Zombi tiene razón: Frijoles parte del equipo.—¡Déjame en paz, Picapiedra! —gritó Tanque—. ¡Dejadme todos en paz!Como si fuera culpa mía. ¡Como si yofuera el responsable de esta mierda!—Zombi, haz algo —me suplicóDumbo—. Está en plan Dorothy.Dumbo se refería a la recluta quehabía perdido la cabeza en el campo detiro y había acabad disparando contra supropio pelotón. Dos personas murierony tres resultaron gravemente heridasantes de que el sargento instructor lagolpeara en la nuca con su pistola.Todas las semanas hay alguna historiasobre alguien que se «pone en planDorothy» o que se «va a ver al mago»,como decimos a veces. La presiónaumenta demasiado y uno revienta. Aveces te vuelves contra los demás. Aveces, contra ti mismo. A vecescuestiono la sabiduría del MandoCentral por poner armas automáticas degran calibre en manos de niñosalterados.—Que te jodan —le gritó Tanque aDumbo—. Como si tú supieras algo.Como si alguien supiera algo. ¿Quédemonios hacemos aquí? ¿Me loexplicas, Dumbo? ¿Y tú, líder depelotón? ¿Me lo explicas tú? Será mejorque alguien me lo explique y que lo hagaahora mismo, porque, si no, voy a volareste sitio en mil pedazos. Voy a acabarcon todo y con todos vosotros, porqueesto es una mierda muy gorda, tío.¿Nosotros vamos a luchar contra ellos?¿Contra las cosas que han matado a sietemil millones de personas? ¿Con qué?¿Con qué?Apuntó con el extremo del fusil aFrijol, que estaba pegado a mi pierna.—¿Con qué? —repitió mientras sereía como un histérico.Todos se quedaron muy tiesoscuando subió el arma. Extendí las manosvacías y, con toda la calma que logréreunir, le dije:—Soldado, baja el arma ahoramismo.—¡Tú no eres mi jefe! ¡Yo no tengojefe!Estaba de pie junto a su catre, con elfusil en la cadera. En el camino debaldosas amarillas, sin duda.Miré con disimulo a Picapiedra, quees el que estaba más cerca de Tanque,unos sesenta centímetros a su derecha.Picapiedra respondió moviendo lacabeza de manera casi imperceptible.—¿Es que no os preguntáis por quéno nos han atacado todavía, imbéciles?—dijo Tanque. Ya no se reía, estaballorando—. Sabéis que pueden. Sabéisque saben que estamos aquí y también loque hacemos, así que ¿por qué nospermiten hacerlo?—No lo sé, Tanque —respondí entono tranquilo—. ¿Por qué?—¡Porque ya da igual lo quehagamos! Se acabó, tío. ¡Se acabó! —Movía el fusil de un lado a otro, sincontrol. Si se disparaba...—. ¡Y tú y yo,y todos los demás de esta maldita basesomos historia! Somos...Picapiedra había llegado hasta él: learrancó el fusil de la mano y le dio unempujón. Tanque cayó y se dio en lacabeza con el borde del catre. Se hizo unovillo en el suelo, se sujetó la cabezacon ambas manos, gritó a pleno pulmóny, cuando hubo vaciado los pulmones,los llenó de nuevo y siguió gritando. Locierto es que eso era peor que verloagitar un M16 cargado. Bizcocho corrióa la letrina para esconderse en uno delos váteres. Dumbo se tapó los orejonesy se fue corriendo al cabecero de sucatre. Umpa se acercó más a mí y secolocó justo al lado de Frijol, que sehabía agarrado a mis piernas con ambasmanos y se asomaba a mi cadera paramirar a Tanque, que se retorcía en elsuelo del barracón. La única que noparecía afectada por la crisis nerviosade Tanque era Tacita, la niña de sieteaños. Estaba sentada en su catre y lomiraba con aire estoico, como si Tanquecayera al suelo todas las noches y sepusiera a gritar como si lo estuvieranmatando.Y entonces me di cuenta: sí que loestaban matando, eso es lo que noshacen. Se trata de un asesinato lento ycruel; nos matan del alma para afuera. Yrecordé las palabras del comandante:«No se trata de destruir nuestracapacidad de luchar, sino más biennuestra voluntad de luchar».No hay esperanza. Es una locura.Tanque es el único cuerdo, porque es elúnico que lo ve con claridad.Por eso sobra.47El instructor jefe se muestra de acuerdoconmigo, así que, a la mañana siguiente,Tanque ya no está, se lo han llevado alhospital para una evaluación psicológicacompleta. Su catre se pasa vacío unasemana entera, y nuestro pelotón, con unmiembro menos, cada vez baja máspuestos. Nunca nos graduaremos, nuncacambiaremos nuestros monos azules porauténticos uniformes, nunca nosaventuraremos a ir más allá de la vallaelectrificada y el alambre de cuchillaspara probar nuestra valía, para hacerlespagar a los Otros una pequeña parte delo que hemos perdido.No hablamos de Tanque. Es como siTanque nunca hubiera existido. Tenemosque creer que el sistema es perfecto, yTanque es un fallo en el sistema.Entonces, una mañana, estando en elhangar de P&E, Dumbo me hace ungesto para que me acerque a su mesa.Está formándose para ser el sanitariodel pelotón, así que lo ponen adiseccionar cadáveres, normalmenteinfes, para que aprenda anatomíahumana. Cuando me acerco, no me dicenada: se limita a señalar con la cabezael cadáver que tiene delante.Es Tanque.Nos quedamos un buen ratomirándolo a la cara. Tiene los ojosabiertos: contemplan el techo sin verlo.Me inquieta lo fresco que está. Dumboobserva el hangar para asegurarse deque nadie nos oye y después susurra:—No se lo digas a Picapiedra.—¿Qué ha pasado? —preguntomientras asiento.Dumbo sacude la cabeza. Estásudando como un pollo dentro del cascode protección.—Eso es lo más chungo, Zombi, queno encuentro nada.Vuelvo a mirar a Tanque. No estápálido. Tiene la piel algo rosada, sin unasola marca. ¿Cómo murió? ¿Se le fue lacabeza en plan Dorothy en el alapsiquiátrica? ¿Se tomó una sobredosisde medicamentos?—¿Y si lo abres? —pregunto.—No pienso abrir a Tanque —responde, y me mira como si le acabarade pedir que se tirara por un barranco.Asiento con la cabeza. Es una ideaestúpida. Dumbo no es médico, solo esun niño de doce años. Miro alrededor denuevo.—Sácalo de esa mesa —le pido—.No quiero que nadie lo vea.Incluido yo.El cadáver de Tanque se apila conlos demás junto a las puertas del hangarpara su inminente eliminación. Locargan en el transporte para el tramofinal de su viaje hacia la incineración,donde el fuego lo consumirá, y suscenizas se mezclarán con el humo negroy subirán hacia el cielo en una columnade aire abrasador, hasta que, al fin,caerá sobre nosotros en forma departículas diminutas, tanto que no lasveremos ni las notaremos. Se quedarácon nosotros (encima de nosotros) hastaque nos duchemos esta noche, cuandopasará a mezclarse con nuestrosexcrementos y, finalmente, se filtrará ala tierra.48El sustituto de Tanque llega dos díasdespués. Sabemos que viene porqueanoche Reznik lo anunció durante elturno de preguntas y respuestas. No nosquiso decir nada sobre él, salvo sunombre: Hacha. Cuando se fue, todosestaban alterados; Reznik le habríapuesto ese apodo por alguna razón.Frijol se acercó a mi catre ypreguntó:—¿Qué quiere decir que una personase llame hacha?—Un hacha es una persona muybuena en algo —le expliqué—, así quees alguien que se mete en un equipo paradarle ventaja.—Puntería —conjeturó Picapiedra—. Es nuestro punto débil. Bizcocho esel mejor del pelotón, y yo no soy malo,pero Dumbo, Tacita y tú lo hacéis depena. Y Frijol ni siquiera puededisparar.—¡Ven aquí y repíteme que lo hagode pena! —le gritó Tacita, siemprebuscando pelea.Si yo estuviera al mando, le daría aTacita un fusil y un par de cargadores, yla soltaría para que se cargara a todoslos infes que hubiera en ciento cincuentakilómetros a la redonda.Después de rezar, Frijol se retorcíay se agitaba contra mi espalda hasta queno lo aguanté más y le susurré entredientes que se volviera a su catre.—Zombi, es ella.—¿El qué es ella?—¡Hacha! ¡Cassie es Hacha!Tardé un par de segundos enrecordar quién era Cassie.«Jo, tío, otra vez esta mierda... No,por favor».—No creo que Hacha sea tuhermana.—Pero tampoco lo sabes seguro.Casi se me escapó: «No seasimbécil, enano. Tu hermana no volverá apor ti porque está muerta». Pero mecontuve.Cassie es el medallón de plata deFrijol. Se aferra a él, porque, si losuelta, ya nada evitará que el tornado selo lleve a Oz, como les ha pasado a losotros Dorothy del campo.Por eso tiene sentido un ejército deniños, porque los adultos no pierden eltiempo con la magia; se obsesionan conlas mismas verdades inconvenientes quemandaron a Tanque a la mesa dedisecciones.Hacha no está cuando pasan lista porla mañana. Y tampoco está en la carreramatutina, ni en el rancho. Nospreparamos para la pista, examinamoslas armas y salimos al patio. Estádespejado, pero hace mucho frío. Nadiedice gran cosa: todos nos preguntamosquién será el nuevo.Frijol es el que ve a Hacha primero,de pie, a lo lejos, en el campo de tiro, yde inmediato nos damos cuenta de quePicapiedra tenía razón: Hacha es untirador de la leche. El blanco apareceentre la alta hierba marrón y, pop, pop,pop, la cabeza del blanco estalla.Después, una diana distinta con elmismo resultado. Reznik está de pie a unlado, manejando los controles de lasdianas. Nos ve llegar y empieza a pulsarlos botones rápidamente. Los blancossalen disparados de la hierba, uno detrásdel otro, y este tal Hacha los derriba deun solo tiro incluso antes de que seenderecen. A mi lado, Picapiedra silbapara demostrar su admiración.—Es bueno.Frijol se da cuenta antes quenosotros. Es por algo en los hombros opuede que en las caderas, pero dice:—No es bueno, es buena.Entonces sale corriendo por elcampo hacia la solitaria figura quesostiene el fusil humeante en el airehelado.La chica se vuelve antes de quellegue el niño, y Frijol se para en seco,primero desconcertado, despuésdecepcionado. Al parecer, Hacha no essu hermana.Es curioso que pareciera más alta delejos. Es más o menos de la altura deDumbo, pero más delgada... y mayor.Calculo que debe de tener unos quince odieciséis, con cara de duende, ojoshundidos y oscuros, piel pálida yperfecta, y pelo negro liso. Lo primeroque te impacta de ella son los ojos. Esaclase de ojos que no dejas de mirar,convencido que vas a encontrar algo, yacabas concluyendo que hayposibilidades: son tan profundos que nopuedes verlo o simplemente no hayanada.Es la chica del patio, la que me pillófuera del hangar de P&E con Frijol.—Hacha es una chica —susurraTacita, arrugando la nariz como si lehubiese llegado el tufillo de algopodrido.No solo ha dejado de ser el bebé delpelotón, sino que, encima, ya no es laúnica chica.—¿Qué vamos a hacer con ella? —pregunta Dumbo, al borde del pánico.Estoy sonriendo, no puedo evitarlo.—Vamos a ser el primer pelotón quese gradúe —le respondo.Y tengo razón.49La primera noche de Hacha en elBarracón 10: incómoda.Nada de pullas ni de chistes verdesni de bravatas de machitos. Contamoslos minutos que quedan hasta queapaguen las luces como si fuésemos unpuñado de frikis nerviosos en su primeracita.Puede que en otros pelotones hayachicas de su edad; nosotros tenemos aTacita. Hacha no parece darse cuenta denuestra incomodidad: se sienta en elviejo catre de Tanque, y se pone adesmontar y a limpiar su fusil. A Hachale gusta su fusil. Mucho. Se nota por elcariño con el que pasa el trapoengrasado por el cañón, abrillantándolohasta que el frío metal reluce bajo losfluorescentes. Ponemos tanto empeño enno mirarla que casi resulta doloroso.Ella vuelve a montar el arma, la colocacon cuidado en la taquilla que hay juntoa la cama y se acerca a mi catre. Algo seme contrae en el pecho. No he habladocon ninguna chica desde... ¿Cuándo?Antes de la plaga. Y no pienso en mivida de entonces. Aquella era la vida deBen, no la de Zombi.—Eres el líder del pelotón —medice. Su voz carece de entonaciónalguna, de emoción, como sus ojos—.¿Por qué?Respondo a su reto con otro.—¿Por qué no?Solo lleva puesta la ropa interior yla camiseta sin mangas del uniforme; elflequillo le llega justo hasta el borde delas oscuras cejas. Me mira. Dumbo yUmpa dejan de jugar su partida de cartaspara mirarnos. Tacita sonríe: nota que secuece una pelea. Picapiedra, que estabadoblando la ropa, deja caer un uniformelimpio en lo alto de la pila.—Tienes muy mala puntería —diceHacha.—Tengo otras habilidades —respondo, y cruzo los brazos sobre elpecho—. Deberías verme con elpelapatatas.—Tienes un buen cuerpo —dice, yalguien se ríe entre dientes, creo quePicapiedra—. ¿Eres atleta?—Lo era.Ella se coloca frente a mí, plantandolos puños sobre las caderas y los piesdescalzos, en el suelo. Lo que me afectason sus ojos. Su profunda oscuridad.¿Están vacíos... o lo contienen todo?—Fútbol americano —dice.—Buena suposición.—Y probablemente béisbol.—Cuando era más pequeño.—El tío al que sustituyo se volvióDorothy —dice, cambiando de tema.—Sí.—¿Por qué?—¿Importa? —pregunto,encogiéndome de hombros.Ella asiente con la cabeza. Pero no,no importa.—Yo era la líder de mi pelotón.—No me cabe duda.—Solo porque tú seas el líder noquiere decir que vayan a hacertesargento después de graduarnos.—Espero que tengas razón.—Sé que la tengo. Lo he preguntado.Se vuelve sobre sus talonesdescalzos y regresa a su catre. Me mirolos pies y me doy cuenta de que me hacefalta un corte de uñas. Los pies deHacha son muy pequeños, con dedosnudosos. Cuando levanto la vista denuevo, se dirige a las duchas con unatoalla al hombro. Se detiene en lapuerta.—Si alguien del pelotón me toca, lomato.No lo dice en tono amenazador nigracioso, sino como si estableciera unhecho, como si dijera que hace fríofuera.—Correré la voz —digo.—Y cuando esté en la ducha, estaqueda vedada. Intimidad total.—Recibido. ¿Algo más?Hace una pausa y se me quedamirando desde el otro lado del cuarto.Noto que me tenso.¿Qué vendrá ahora?—Me gusta jugar al ajedrez.¿Juegas?Sacudo la cabeza.—Eh, pervertidos, ¿alguno devosotros juega al ajedrez? —les grito alos chicos.—No —responde Picapiedra—,pero si le apetece una partida de strippóquer...Sucede antes de que puedaapartarme cinco centímetros delcolchón: Picapiedra está en el suelo,sosteniéndose el cuello y dando patadas,como si fuera un bicho al que acaban depisar; Hacha está de pie, a su lado.—Además, nada de comentariosdegradantes, sexistas o seudomachistas.—¡Cómo molas! —suelta Tacita, ylo dice en serio.A lo mejor necesita reconsiderartodo el tema de Hacha. A lo mejor no estan mala idea tener cerca a otra chica.—Lo que acabas de hacer te va acostar comer media ración durante diezdías —le digo a Hacha.Puede que Picapiedra se lo tuvieramerecido, pero sigo siendo el jefecuando Reznik no está por aquí, y esimportante que Hacha lo sepa.—¿Te vas a chivar? —pregunta, sinmiedo en la voz. Ni rabia. Ni nada.—Es una advertencia.Ella asiente con la cabeza, se apartade Picapiedra y pasa rozándome decamino a recoger su neceser. Huele...Bueno, huele a chica, y por un segundome siento algo mareado.—Recordaré tu consideracióncuando me nombren líder del nuevoPelotón cincuenta y tres —dice mientrasse aparta el flequillo con un movimientode cabeza.50Una semana después de la llegada deHacha, el Pelotón 53 pasó del décimo alséptimo lugar. La tercera semana yahabíamos adelantado al Pelotón 19 yestábamos los quintos. Entonces, cuandosolo quedaban dos semanas, nos dimoscontra un muro: nos faltaban dieciséispuntos para llegar al cuarto puesto, undéficit prácticamente insalvable.Aunque no le van mucho laspalabras, Bizcocho es un crack con losnúmeros y se encarga de desglosar lapuntuación.En todas las categorías, salvo enuna, hay poco margen de mejora.Somos segundos en la pista deobstáculos, terceros en simulacro deataque aéreo y primeros en «otras tareasasignadas», un cajón de sastre queincluye puntos por inspección matutina y«conducta apropiada para una unidad delas fuerzas armadas». Nuestra ruina es lapuntería: a pesar de contar con tiradoresde lujo como Hacha y Bizcocho,estamos en el puesto número dieciséis.A no ser que mejoremos esa puntuacióndurante las próximas dos semanas,estamos condenados.Por supuesto, no hay que ser uncrack con los números para saber porqué tenemos una puntuación tan baja: ellíder del pelotón es un manta con lasarmas. Así que el manta del líder delpelotón se dirige al instructor jefe ysolicita tiempo adicional para practicar;a pesar de ello, su puntuación no varía.Mi técnica no es mala, hago todo locorrecto en el orden correcto. Sinembargo, solo consigo acertar a lacabeza una vez de cada treinta, y eso consuerte. Hacha está de acuerdo conmigo:acierto por pura suerte. Dice que inclusoFrijol podría darle al blanco una vez decada treinta. Intenta que no se le note,pero mi ineptitud con las armas lacabrea. Su antiguo pelotón va segundo.De no haber sido reasignada, tendríagarantizada la graduación con el primergrupo y estaría la primera de la listapara los galones de sargento.—Tengo una propuesta para ti —medice una mañana cuando llegamos alpatio para la carrera. Lleva puesta unacinta en la cabeza para que no le caigaen la frente ese sedoso flequillo quetiene. Tampoco es que me haya fijado enlo sedoso que lo tiene, claro—. Teayudaré, con una condición.—¿Tiene algo que ver con elajedrez?—Que dimitas como líder.Me quedo mirándola fijamente. Elfrío le ha teñido de rojo intenso lasmejillas de marfil. Hacha es una personacallada, aunque no al estilo deBizcocho: ella lo es de un modo másintenso e inquietante, con esos ojos queparecen diseccionarte con la precisiónde uno de los bisturís de Dumbo.—No pediste el puesto. En realidadno te importa. Así que ¿por qué no me lodejas a mí? —pregunta sin apartar lamirada del camino.—¿Por qué tienes tanto empeño?—Si yo doy las órdenes, tengo másposibilidades de seguir con vida.Me echo a reír. Quiero contarle loque he aprendido. Me lo dijo Vosch,aunque, en el fondo de mi alma, yo ya losabía: «Vas a morir». Nada de aquellotenía que ver con la supervivencia, sinocon la venganza.Seguimos el camino que saleserpenteando del patio para cruzar elaparcamiento del hospital y meterse enla carretera de acceso al aeródromo.Delante de nosotros está la centraleléctrica que vomita humo negro y gris.—A ver qué te parece esto —lesugiero—: tú me ayudas, ganamos, y yocedo el puesto.Es una oferta absurda, ya que somosreclutas y no es cosa nuestra decidirquién lidera el pelotón, sino de Reznik.Además, sé que, en realidad, esto notiene nada que ver con quién sea o dejede ser el jefe del pelotón, sino conllegar a sargento cuando nos apruebenpara el servicio activo. Ser el líder delpelotón no garantiza la promoción, perosin duda no está de más.Un Black Hawk que vuelve de lapatrulla nocturna ruge sobre nuestrascabezas.—¿Alguna vez te preguntas cómo lohicieron? —quiere saber mientrasobserva al helicóptero virar hacianuestra derecha para dirigirse a la zonade aterrizaje—. Lo de volver a ponerlotodo en funcionamiento después delpulso electromagnético, me refiero.—No —respondí con sinceridad—.¿Cuál es tu teoría?Su aliento parece compuesto dediminutos estallidos blancos que sepierden en el aire glacial.—Búnkeres subterráneos: no se meocurre otra opción. Eso o...—O ¿qué?Sacude la cabeza mientras hinchasus mejillas tensas de frío; sus cabellosnegros se mueven adelante y atrás alcorrer, acariciados por el reluciente solde la mañana.—Olvídalo: es una locura, Zombi —dice al fin—. Venga, veamos de lo queeres capaz, estrella del fútbol.Soy diez centímetros más alto queella. Por cada paso que doy, ella tieneque dar dos. Así que gano. Por poco.Por la tarde vamos al campo de tiroy nos llevamos a Umpa para que accionelas dianas. Hacha me observa dispararunas cuantas veces y después me ofrecesu opinión de experta:—Eres horriblemente malo.—Ese es el problema, lohorripilante que soy.Esbozo mi mejor sonrisa: antes delArmagedón alienígena, era famoso porella. No me gusta fardar demasiado,pero la verdad es que, cuando conducía,tenía que tratar de no sonreír para nocegar a los coches que circulaban endirección contraria. Sin embargo, misonrisa no tiene ningún efecto en Hacha.No entorna los ojos para protegerlos demi arrasadora luminiscencia. Ni siquierapestañea.—Tu técnica es buena. ¿Qué pasacuando disparas?—En términos generales, fallo.Sacude la cabeza.Hablando de sonrisas, todavía no hevisto en su rostro ni siquiera la sombrade una sonrisita. Decido que mi misiónserá arrancarle una. Ese es unpensamiento más propio de Ben que deZombi, pero cuesta perder las viejascostumbres.—Me refiero a qué pasa entre elblanco y tú.«¿Ein?».—Bueno, cuando sale...—No, te estoy hablando de lo quepasa entre aquí —dice, poniéndome laspuntas de los dedos en la mano derecha— y aquí —añade, señalando a la diana,que está a veinte metros.—Me he perdido, Hacha.—Tienes que pensar que el armaforma parte de ti. El que dispara no es elM16, sino tú. Es como cuando soplas undiente de león. Tú eres el que disparalas balas con tu aliento.Se aparta el fusil del hombro, mira aUmpa y asiente. No sabe por dóndeaparecerá la diana, pero la cabeza delobjetivo estalla en una lluvia de astillascuando todavía no se ha enderezado deltodo.—Es como si entre el objetivo y elarma no hubiera espacio, nada que noseas tú. Eres el fusil. Eres la bala. Eresel blanco. No hay nada que no seas tú.—Entonces, básicamente, me estásdiciendo que me vuele la cabeza.Casi consigo una sonrisa. Le tiemblala comisura de los labios.—Eso es muy zen —pruebo denuevo.Junta las cejas. Un empujoncito más.—Es más como mecánica cuántica—dice.—Sí, claro —respondo, muy serio—. Eso es lo que quería decir. Mecánicacuántica.Vuelve la cabeza... ¿Para ocultaruna sonrisa? ¿Para que no vea que ponelos ojos en blanco, harta de mí? Cuandose vuelve de nuevo para mirarme, solodistingo una expresión intensa que medeja con un nudo en el estómago.—¿Quieres graduarte?—Quiero alejarme todo lo posiblede Reznik.—Eso no basta —afirma, y apunta auna de las siluetas, al otro lado delcampo. El viento juega con su flequillo—. ¿Qué ves cuando apuntas a unobjetivo?—Veo la silueta de una persona encontrachapado.—Vale, pero ¿a quién ves?—Sé a lo que te refieres. A vecesme imagino la cara de Reznik.—¿Te ayuda?—Dímelo tú.—Lo importante es la conexión —dice, y me hace un gesto para que mesiente. Ella se sienta frente a mí y mecoge las manos. Las suyas están heladas,tan frías como los cadáveres de P&E—.Cierra los ojos. Venga, Zombi, ¿te hafuncionado tu sistema? Bien. Vale,recuerda que no estáis el blanco y tú. Laclave no es lo que hay entre vosotros,sino lo que os conecta. Piensa en el leóny en la gacela. ¿Qué los conecta?—Ummm, ¿el hambre?—Eso es el león. Te pregunto por loque comparten.Esto es profundo. A lo mejor ha sidomala idea aceptar su oferta. No solo latengo convencida de que soy un soldadopenoso, sino que ahora existe unaposibilidad tangible de que descubraque soy imbécil.—El miedo —me susurra al oído,como si me contara un secreto—. Parala gacela, el miedo a que se la coman.Para el león, el miedo a morir dehambre. El miedo es la cadena que losune.La cadena. Llevo una en el bolsillo yde ella cuelga un medallón de plata. Mihermana murió una noche hace mil años;y murió anoche. Se acabó. No se acabanunca.De aquella noche a este día no hayuna línea recta, sino un círculo. Aprietolos dedos de Hacha.—No sé cuál es tu cadena —siguediciendo su aliento cálido en mi oído—.Cada persona tiene la suya. Ellos losaben. El País de las Maravillas se lodice. Por eso te ponen una pistola en lamano. Y eso mismo es lo que te une alblanco. —Entonces, como si me leyerala mente, añade—: No es una línea,Zombi, es un círculo.Abro los ojos.El sol, al ponerse, ha dibujado unhalo de luz dorada alrededor de Hacha.—No hay distancia.Ella asiente con la cabeza y me urgea levantarme.—Ya casi ha oscurecido.Levanto el fusil y apoyo la culata enel hombro. No sabes por dóndeaparecerá el blanco, solo sabes que lohará. Hacha le hace una señal a Umpa, yla alta hierba muerta se agita a miderecha un milisegundo antes de queemerja la diana; es tiempo más quesuficiente: es una eternidad.No hay distancia. Nada entre lo quesoy y lo que no soy.La cabeza del blanco se desintegracon un satisfactorio crujido. Umpa dejaescapar un grito y levanta un puño en elaire. Me olvido de todo, agarro a Hachapor la cintura para levantarla del suelo yme pongo a dar vueltas mientras lasostengo en el aire. Estoy a un tris debesarla, qué peligro. Cuando la suelto,ella retrocede un par de pasos y se meteel pelo detrás de las orejas con muchaparsimonia.—Eso ha estado fuera de lugar —ledigo.No sé quién está más avergonzado.Los dos intentamos recuperar el aliento,puede que por razones distintas.—Hazlo otra vez —me dice.—¿Disparar o darte vueltas en elaire?Le tiemblan los labios. Ay, casi loconsigo.—Lo que tiene algún sentido.51El día de la graduación.Nuestros nuevos uniformes nosesperaban cuando regresamos deldesayuno: estaban planchados,almidonados y bien doblados sobrenuestros catres. Y había una sorpresaextra especial: cintas para la cabezaequipadas con el último avancetecnológico en detección de alienígenas:un disco transparente del tamaño de unamoneda de veinticinco centavos que secoloca sobre el ojo izquierdo. Loshumanos infestados se iluminarían através de la lente. O eso nos contaron.Más tarde, cuando pregunté al técnicocómo funcionaba eso, me dio unarespuesta muy sencilla: si no estálimpio, emite un brillo verde. Cuando lepedí con mucha educación que mehiciera una demostración breve, él se rioy dijo:—Ya tendrás tu demostración sobreel terreno, soldado.Por primera vez desde que llegamosal Campo Asilo (y, seguramente, porúltima vez en nuestras vidas), volvemosa ser niños. Gritamos y saltamos decatre en catre, haciendo chocar laspalmas de las manos. Hacha es la únicaque se mete en la letrina para cambiarse.El resto nos desnudamos donde estamosy arrojamos los odiados monos azules auna pila en el centro del suelo. Tacitatiene la genial idea de prenderles fuego,y lo habría hecho si Dumbo no llega aquitarle la cerilla encendida de la manoen el último segundo.El único que no lleva uniforme estásentado en su catre, con su mono blancoy las piernas colgando de la cama. Tienelos brazos cruzados y le sobresale ellabio inferior en un mohín. Me doycuenta, lo entiendo. Después devestirme, me siento a su lado y le doyuna palmada en la pierna.—Ya te llegará el turno, soldado.Aguanta.—Dos años, Zombi.—¿Y? Piensa en lo duro que serásdentro de dos años. No te llegaremos nia la altura de la zapatilla.A Frijol lo han asignado a otropelotón de entrenamiento para cuandonos desplieguen. Le prometí quedormiría conmigo siempre que estuvieraen la base, pero no tengo ni idea decuándo regresaré, si es que regreso.Nuestra misión sigue siendo altosecreto: solo la conoce el MandoCentral. No estoy seguro de que Rezniksepa adónde vamos. A mí me da igual,siempre que Reznik se quede aquí.—Vamos, soldado, se supone quetienes que alegrarte por mí —bromeocon Frijol.—No volverás. —Lo dice tanconvencido y enfadado que no sé ni quéresponder—. No volveré a verte nunca.—Claro que me volverás a ver,Frijol. Te lo prometo.Me golpea con todas sus fuerzas, unay otra vez, justo encima del corazón. Leagarro la muñeca, y él me siguegolpeando con la otra mano. Se laagarro también y le ordeno que pare.—¡No me lo prometas, no me loprometas, no me lo prometas! ¡Noprometas nada nunca, nunca, nunca! —grita, y la carita se le arruga de rabia.—Eh, Frijol, tranquilo —le digomientras le doblo los brazos sobre elpecho y me agacho para mirarlo a losojos—. Algunas cosas no hace faltaprometerlas. Simplemente, las haces.Me meto la mano en el bolsillo ysaco el medallón de Sissy. Abro elcierre. No lo he hecho desde que loarreglé en la ciudad de las tiendas decampaña. Círculo roto. Se lo pongo alcuello y lo cierro. Círculo cerrado.—Pase lo que pase ahí fuera,volveré a por ti —le prometo.Detrás de él veo a Hacha saliendodel baño. Se está metiendo el pelodebajo de su gorra nueva. Yo me cuadroy la saludo.—¡El soldado Zombi se presentapara el servicio, líder de pelotón!—Mi único día de gloria —diceella, devolviéndome el saludo—. Todoel mundo sabe quién será el sargento.—No presto atención a los rumores—respondo, encogiéndome de hombroscon modestia.—Hiciste una promesa, a pesar desaber que no podrías cumplirla —dicetranquilamente, que es como lo dicetodo. El problema es que me respondejusto delante de Frijol—. ¿Seguro queno te apetece aprender a jugar alajedrez, Zombi? Se te daría muy bien.Como reírme parece lo menospeligroso en estos momentos, me río.La puerta se abre de golpe, y Dumbogrita:—¡Señor! ¡Buenos días, señor!Corremos a los pies de nuestrosrespectivos catres y nos ponemos firmesmientras Reznik recorre la fila paranuestra última inspección. Está muytranquilo, para ser Reznik. No nos llamagusanos ni basura, aunque sigue tantiquismiquis como siempre. La camisade Picapiedra no está bien remetida porun lado. Umpa tiene la gorra torcida.Sacude del cuello del uniforme de Tacitauna pelusa diminuta que solo ha visto él.Se queda junto a ella un buen rato,mirándola a la cara con una seriedadcasi cómica.—Bueno, soldado, ¿estás lista paramorir?—¡Señor, sí, señor! —grita Tacitacon su mejor vozarrón de guerrera.Reznik se vuelve hacia los demás.—¿Y vosotros? ¿Estáis listos?—¡Señor, sí, señor! —gritamos auna.Antes de irse, Reznik me ordena quedé un paso al frente.—Venga conmigo, soldado —dice.Después saluda por última vez a lastropas y añade—: Nos vemos en lafiesta, niños.Mientras salgo, Hacha me echa unamirada que parece decirme: «¿Lo ves?».Camino dos pasos por detrás delinstructor jefe. Cruzamos el patio, dondeunos reclutas vestidos con monos azulesdan los últimos toques a la plataformade los oradores, cuelgan banderines,colocan sillas para los altos mandos ydesenrollan la alfombra roja. En unextremo, entre los barracones, hancolgado una enorme pancarta que dice:«NOSOTROS SOMOS LAHUMANIDAD». Y,al otro extremo: «SOMOS UNO».Entramos en un edificio anodino deuna planta situado en el lado occidentaldel complejo y nos detenemos junto auna puerta de seguridad que reza: «SOLOPERSONAL AUTORIZADO». Pasamos porun detector de metales controlado porunos soldados impávidos y bienarmados. Nos metemos en un ascensorque nos lleva cuatro plantas por debajodel nivel del suelo. Reznik no habla, nisiquiera me mira. Tengo una ideabastante clara del lugar al que nosdirigimos, pero no sé por qué. Nervioso,me tiro de la parte delantera deluniforme.Bajamos por un largo pasillo bañadoen luces fluorescentes. Pasamos otrocontrol de seguridad. Más soldadosarmados e impávidos. Reznik se detienefrente a una puerta sin señalizar y pasasu tarjeta por el cierre. Entramos en uncuarto pequeño. Un hombre conuniforme de teniente nos saluda en lapuerta, y lo seguimos por otro pasillohasta llegar a un gran despacho privado.El hombre sentado al escritorio estáhojeando una pila de copias impresas.Vosch.Tras mandar retirarse a Reznik y alteniente, nos quedamos solos.—Descanse, soldado.Separo las piernas, me llevo lasmanos a la espalda y me sujeto lamuñeca izquierda con la mano derecha.Estoy de pie frente al gran escritorio,mirando al frente y sacando pecho. Es elcomandante supremo. Yo soy un soldadoraso, un humilde recluta, ni siquiera soyun militar de verdad todavía. El corazónamenaza con reventarme los botones dela camisa nueva.—Bueno, Ben, ¿cómo estás?Esboza una sonrisa cálida. Nisiquiera sé cómo empezar a responder lapregunta. Además, me descoloca que mellame Ben: me suena raro después depasarme tantos meses atendiendo alnombre de Zombi.Espera una respuesta y, por algúnestúpido motivo, suelto lo primero quese me ocurre.—¡Señor, el soldado está listo paramorir, señor!Él asiente sin dejar de sonreír, selevanta, rodea el escritorio y dice:—Vamos a hablar sin cortapisas, desoldado a soldado. A fin de cuentas, esoes lo que eres ahora, sargento Parish.Entonces los veo: lleva los galonesde sargento en la mano. Así que Hachatenía razón. Me pongo firme mientras melos coloca en el cuello. Me da unapalmada en el hombro y me mirafijamente a los ojos.Cuesta devolverle la mirada: cuandoesos ojos azules te miran, te sientesdesnudo, completamente expuesto.—Perdiste a un hombre.—Sí, señor.—Es algo terrible.—Sí, señor.Vosch se apoya en el escritorio ycruza los brazos.—Su perfil era excelente. No tanbueno como el tuyo, pero... La lecciónque debes aprender, Ben, es que todostenemos un límite. Todos somoshumanos, ¿no?—Sí, señor.Sonríe. ¿Por qué sonríe? En elbúnker subterráneo hace fresco, peroestoy empezando a sudar.—Puedes preguntar —dice,haciendo un gesto con la mano paraalentarme.—¿Señor?—La pregunta que debes de estarpensando. La que te has hecho desde queTanque apareció en procesamiento yeliminación.—¿Cómo murió?—Sobredosis, como sin dudasospechabas. Un día después de quitarlela vigilancia para que no se suicidara —explica, y señala la silla que está a milado—. Siéntate, Ben. Tenemos quehablar de algo.Me siento en el borde de la silla,con la espalda recta y la barbillalevantada. Si es posible estar firmesentado, eso es lo que hago.—Todos tenemos nuestros límites —dice, taladrándome con sus ojos azules—. Te contaré el mío. Dos semanasdespués de la cuarta ola, estabareuniendo supervivientes en un campode refugiados a unos seis kilómetros deaquí. Bueno, no a todos lossupervivientes, solo a los niños. Aunquetodavía no habíamos detectado lasinfestaciones, estábamos bastanteseguros de que lo que ocurría noimplicaba a los niños. Como eraimposible saber quién era el enemigo yquién no, la decisión del mando fueeliminar a todo el personal mayor dequince años.Se le oscurece el rostro y aparta lamirada. Sigue apoyado en el borde delescritorio, y se aferra a él con tantafuerza que los nudillos se le ponenblancos.—Es decir, fue mi decisión —añade,respirando profundamente—. Losmatamos, Ben. Después de llevarnos alos niños, los matamos a todos sinexcepción. Y, cuando acabamos, lepegamos fuego al campo. Lo borramosde la faz de la Tierra.Me mira de nuevo y, aunque resulteincreíble, veo lágrimas en sus ojos.—Ese fue mi límite. Después, aldarme cuenta de que había caído en sutrampa, me horroricé. Me habíaconvertido en un instrumento delenemigo. Por cada persona infestada queasesiné, murieron tres inocentes. Tendréque vivir con eso..., porque tengo quevivir. ¿Entiendes a qué me refiero?Asentí con la cabeza, y él esbozóuna sonrisa triste.—Claro que lo entiendes. Los dostenemos sangre inocente en las manos,¿verdad?De repente, se endereza, muy serio.Las lágrimas han desaparecido.—Sargento Parish, hoy se graduaránlos cuatro mejores pelotones de tubatallón. Como comandante del pelotónganador, tienes la oportunidad de ser elprimero en elegir misión. Dos pelotonesse desplegarán como patrullas queprotegerán el perímetro de esta base.Los otros dos se desplegarán enterritorio enemigo.Tardo un par de minutos en asimilarla información. Me permite hacerlo.Vosch recoge uno de los papelesimpresos y me lo pone delante. Haymuchos números, líneas irregulares ysímbolos raros que no significan nadapara mí.—No espero que seas capaz deleerlo, pero ¿tienes alguna suposiciónacerca de lo que podría ser? —pregunta.—No sería más que eso, señor, unasuposición.—Es el análisis de un ser humanoinfestado, realizado por El País de lasMaravillas.Asiento con la cabeza. ¿Por quénarices asiento? Como si locomprendiera: «Ah, sí, comandante, ¡unanálisis! Por favor, continúe».—Los hemos hecho pasar por ElPaís de las Maravillas, claro, pero nohabíamos sido capaces de desentrañar elmapa de la infestación de la víctima (odel clon, lo que sea)... hasta ahora. —Levanta en alto el papel y dice—: Este,sargento Parish, es el aspecto que tieneuna conciencia alienígena.De nuevo, asiento, pero esta vezporque empiezo a entenderlo.—Saben lo que están pensando losalienígenas.—¡Exacto! —exclama, y me sonríecon ganas: soy su alumno estrella—. Laclave para ganar esta guerra no son lastácticas ni la estrategia, ni siquiera eldesequilibrio tecnológico. La verdaderaclave para ganar esta guerra, comocualquier otra, es comprender cómopiensa el enemigo. Y ahora locomprendemos.Espero a que me informe al respectocon suavidad: ¿cómo piensa el enemigo?—Gran parte de lo que suponíamoses correcto. Llevan algún tiempoobservándonos. Las infestaciones seintrodujeron en individuos clave de todoel mundo (agentes durmientes, por asídecirlo) que esperaban la señal paralanzar un ataque coordinado en cuanto sehubiera reducido la población a unnúmero manejable. Sabemos cómoacabó el ataque aquí, en el CampoAsilo, y sospechamos que las demásinstalaciones militares no tuvieron tantasuerte.Se golpea el muslo con el papel.Debo de haber dado un respingo, porqueme sonríe para tranquilizarme.—Un tercio de la poblaciónsuperviviente. Plantados aquí paraerradicar a los que sobrevivieran a lasprimeras tres olas. A ti, a mí, a tusmiembros de equipo, a todos nosotros.Si temes, como temía el pobre Tanque,que llegue una quinta ola, olvídalo. Nohabrá una quinta ola. No tienen ningunaintención de abandonar la nave nodrizahasta haber exterminado a la razahumana.—¿Por eso no nos han...?—¿Atacado otra vez? Eso creemos.Al parecer, su objetivo principal esconservar el planeta para lacolonización. Ahora estamos en unaguerra de desgaste. Nuestros recursosson limitados y no durarán para siempre.Lo sabemos, y ellos también lo saben.Sin un flujo de suministros, sin forma dereunir una fuerza de combatesignificativa, al final, este campo, ycualquier otro que quede por ahí, morirácomo una vid a la que le cortan lasraíces.Qué raro, todavía sonríe, como sieste escenario del juicio final loexcitara.—Entonces ¿qué hacemos? —pregunto.—Lo único que podemos hacer:llevar la batalla a su campo.Lo dice sin dudar, sin miedo, sindeseperanza. «Llevar la batalla a sucampo». Por eso es el comandante.Viéndole aquí de pie, sonriente, seguro,sus facciones me recuerdan a una antiguaestatua noble, sabia y fuerte. Es la rocacontra la que se estrellan las olasalienígenas, y permanece intacta.«Nosotros somos la humanidad», dice lapancarta. Incorrecto. Nosotros somospálidos reflejos de la humanidad, susdébiles sombras, su eco lejano. Lahumanidad es él, el corazón palpitante,imbatido e invencible de la humanidad.En este momento, si el comandante mepidiera que me metiera una bala en lacabeza por la causa, lo haría. Lo haríasin pensármelo dos veces.—Lo que nos lleva de vuelta al temade tu misión —dice en voz baja—.Nuestros vuelos de reconocimiento hanidentificado grupos significativos decombatientes infestados en Dayton y susalrededores. Soltaremos allí a unpelotón, y se quedará solo durantecuatro horas. Hay aproximadamente unaposibilidad entre cuatro de salir convida.Me aclaro la garganta.—Y dos pelotones se quedan aquí—respondo.—Sí, tú decides —me dice,taladrándome hasta la médula con susojos azules.La misma sonrisa cómplice. Sabe loque voy a contestar. Lo sabía antes deque yo entrara por la puerta. A lo mejorse lo dijo mi perfil de El País de lasMaravillas, pero no lo creo. Me conoce.Me levanto de la silla y me pongofirme.Y le digo lo que él ya sabe.52A las nueve horas, todo el batallón sereúne en el patio y forma un mar demonos azules dirigido por los cuatromejores pelotones, que visten susuniformes recién estrenados. Más de milreclutas de pie en perfecta formación, decara al este, la dirección de los nuevoscomienzos, hacia la plataforma de losoradores, que se montó el día anterior.Las banderas ondean bajo la brisahelada, pero no notamos el frío. Unfuego más caliente que el que convirtió aTanque en cenizas nos ilumina desdedentro. La cúpula del Mando Centralpasa por delante de la primera fila, lafila ganadora, nos da la mano y nosfelicita por el trabajo bien hecho.Después, unas palabras personales deagradecimiento de los instructores jefe.He estado soñando con lo que le diría aReznik cuando me diera la mano:«Gracias por hacer de mi vida uninfierno», «Muérete. Muérete ya, hijo deputa»... O mi favorita, breve, dulce ydirecta: «Que te den». Pero, cuando mesaluda y me tiende la mano, estoy apunto de desmoronarme. Quiero darle unpuñetazo y abrazarlo, todo a la vez.—Enhorabuena, Ben —me dice, loque me deja completamentedescolocado.No tenía ni idea de que supiera minombre. Me guiña un ojo y sigueavanzando por la fila.Un par de oficiales que no habíavisto nunca dan un breve discurso.Después presentan al comandantesupremo, y las tropas se vuelven locas:agitamos las gorras y levantamos lospuños. Nuestros vítores rebotan en losedificios que rodean el patio ymultiplican la intensidad del rugidohasta el punto de que parece que seamosel doble. El comandante Vosch se llevala mano a la frente, muy despacio, y escomo si accionase un interruptor: elruido acaba de golpe y todos levantamostambién la mano para saludar. Oigo quemás de uno se sorbe los mocosdisimuladamente. Es demasiado.Después de lo que nos trajo hasta aquí yde lo que hemos pasado, después detanta sangre, tanta muerte y tanto fuego,después de mirarnos al espejo delpasado a través de El País de lasMaravillas y de enfrentarnos a la feaverdad sobre el futuro en la sala deejecución, después de meses de unainstrucción brutal que ha empujado amás de uno a un punto sin retorno, hemosllegado. Hemos sobrevivido a la muertede nuestra infancia. Ahora somossoldados, puede que los últimossoldados que lucharán en el planeta, laúltima esperanza de la Tierra, unidoscomo un único ser en el espíritu de lavenganza.No oigo ni una palabra del discursode Vosch. Me quedo mirando el sol quese eleva por encima de su hombro, unsol enmarcado en las torres gemelas dela central eléctrica, y cuya luz se reflejaen la nave en órbita, la únicaimperfección de un cielo que, por lodemás, parece perfecto. Tan pequeña einsignificante... Es como si pudieralevantar una mano y arrancarla de ahíarriba, arrojarla al suelo y pisotearlahasta reducirla a polvo. El fuego quesiento en el pecho se pone al rojo vivo,me recorre todo el cuerpo, me funde loshuesos, me incinera la piel. Soy el solconvertido en supernova.Me equivoqué al asegurar que BenParish había muerto el día que salí de launidad de convalecencia. En realidad hecargado con su cadáver apestoso durantetoda la instrucción. Ahora, lo quequedaba de él está ardiendo mientrascontemplo la figura solitaria queencendió este fuego. El hombre que meenseñó cuál era el verdadero campo debatalla, el que me vació para que mellenaran de nuevo, el que me mató paraque pudiera vivir. Y juro que lo veodevolverme la mirada con esos ojos deun azul helado que son capaces de llegarhasta el fondo de mi alma, y lo sé, sé loque está pensando.«Tú y yo somos uno. Hermanos en elodio, hermanos en la astucia, hermanosen el espíritu de la venganza».VIIESTÓMAGO PARAMATAR53«Tú me has salvado a mí».Aquella noche, tumbada entre susbrazos con esas palabras en la cabeza,voy y pienso: «Idiota, idiota, idiota. Nopuedes hacerlo. No puedes, no puedes,no puedes».La primera regla: no confiar ennadie. Lo que conduce a la segundaregla: la única forma de seguir con vidael mayor tiempo posible es seguir solael mayor tiempo posible.Acabo de romper ambas reglas.Sí, son muy listos: cuanto más difícilresulta sobrevivir, más necesitas lacompañía, y cuanto más acompañadaestás, más difícil resulta sobrevivir.El caso es que tuve mi oportunidad yno me fue demasiado bien sola. Dehecho, se me daba de pena. Habríamuerto si Evan no llega a encontrarme.Tiene su cuerpo pegado a miespalda, me rodea la cintura con elbrazo, como si deseara protegerme, ysiento el delicioso cosquilleo de sualiento en la nuca. En el cuarto hacemucho frío, estaría bien meterme bajo lamanta, pero no quiero moverme. Noquiero que él se mueva. Le acaricio elantebrazo y recuerdo la calidez de suslabios, su pelo sedoso entre mis dedos.El chico que nunca duerme estádurmiendo, descansa en la orilla deCasiopea, una isla en medio de un marde sangre. «Tú tienes tu promesa, y yo tetengo a ti».No puedo confiar en él. Tengo queconfiar en él.No puedo quedarme con él. Nopuedo dejarlo.Ya no se puede confiar en nadie, losOtros me lo enseñaron.Pero ¿se puede seguir confiando enel amor?No es que yo lo quiera, ni siquierasé cómo es el amor. Sé cómo me hacíasentir Ben Parish, pero no sé expresarlocon palabras o, al menos, con palabrasque conozca.Evan se agita detrás de mí.—Es tarde —murmura—. Serámejor que duermas un poco.«¿Cómo sabía que estabadespierta?».—¿Y tú?Se levanta de la cama y caminadescalzo hacia la puerta. Me siento, conel corazón acelerado, sin entender muybien el porqué.—¿Adónde vas? —pregunto.—Voy a echar un vistazo por ahí. Notardaré.Cuando se va, me quito la ropa y mepongo una de sus camisas de leñador acuadros. A Val le iban los camisonescon volantitos. No es mi estilo.Vuelvo a la cama y me subo lassábanas hasta la barbilla. ¡Jo, qué fríohace! Me pongo a escuchar el silencio,el silencio de la casa sin Evan. En elexterior, la naturaleza ha dado riendasuelta a sus ruidos: el ladrido lejano delos perros salvajes, el aullido de unlobo, el ulular de los búhos. Es invierno,la época del año en que la naturalezasusurra. Supongo que, cuando llegue laprimavera, surgirá una sinfonía decriaturas silvestres.Espero a que regrese. Pasa una hora.Dos.Oigo de nuevo el delator crujido ycontengo el aliento. Suelo oírlo regresarpor la noche: la puerta de la cocina alcerrarse, las pesadas botas subiendo lasescaleras. Ahora no oigo nada más queel crujido al otro lado de la puerta.Alargo el brazo y cojo la Luger, queestá en la mesita de noche. Siempre latengo cerca.«Está muerto —es lo primero quepienso—. El que está al otro lado de lapuerta no es Evan: es un Silenciador».Me bajo de la cama con sigilo y meacerco de puntillas a la puerta. Pego laoreja a la madera y cierro los ojos paraconcentrarme, agarrando la pistola conambas manos, en la postura correcta,como me ha enseñado. Repitomentalmente cada paso, como me haenseñado.«Mano izquierda en el pomo. Gira,tira, dos pasos atrás, pistola arriba.Gira, tira, dos pasos atrás, pistolaarriba...».Craaac.Vale, ya está.Abro la puerta de golpe, doy un pasoatrás (y mira que lo había repasado) ylevanto el arma. Evan retrocede de unsalto, se da contra la pared y levanta lasmanos por instinto al ver el cañónreluciente frente a su cara.—¡Eh! —grita con los ojos muyabiertos y las manos arriba, como si lohubiese asaltado un ladrón.—Pero ¿qué narices haces? —pregunto, temblando de rabia.—Volvía para... ver cómo estabas.¿Puedes bajar la pistola, por favor?—Sabes que no me hacía falta abrirla puerta —le ladro, bajando el arma—.Podría haberte disparado a través de lamadera.—La próxima vez llamaré, te lo juro—responde, y esboza su típica sonrisade medio lado.—Vamos a establecer un códigopara cuando quieras acercarte en plansigiloso pervertido. Si llamas una vez ala puerta, significa que quieres entrar.Dos, que solo te pasas para espiarmemientras duermo.Aparta la mirada de mi cara paraposarla primero en mi camisa (quecasualmente es su camisa), y luego enmis piernas desnudas, donde se detieneun segundo más de la cuenta antes devolver a mirarme la cara. Es una miradacálida. Tengo las piernas frías.Después golpea una vez la jamba dela puerta con los nudillos, pero la que legana el acceso es su sonrisa.Nos sentamos en la cama, e intentono prestar atención al hecho de quellevo puesta su camisa, de que su camisahuele a él y de que él está sentado atreinta centímetros, oliendo también a él,y de que, encima, noto un nudo muytenso en la boca del estómago, algo queparece un trozo de carbón ardiente.Quiero que me toque otra vez.Quiero sentir sus manos, suaves comonubes, pero temo que al tocarme hagaestallar los siete mil billones de billonesde átomos que componen mi cuerpo yme disperse por el universo.—¿Está vivo? —me susurra.De nuevo me mira con esa expresióntriste y desesperada. ¿Qué ha pasado ahífuera? ¿Por qué está pensando en Sams?Me encojo de hombros: ¿cómo voy asaberlo?—Yo lo sabía cuando Lauren loestaba. Es decir, supe cuándo dejó deestarlo. —Se pone a tirar de la colcha, aacariciar las puntadas y a recorrer conlos dedos los bordes de los retales comosi recorriera el camino a seguir en unmapa del tesoro—. Lo sentí. En aquelmomento ya solo quedábamos Val y yo.Val estaba muy enferma, y yo sabía queno le quedaba mucho tiempo. Conocía laprogresión casi al minuto; había pasadopor ella seis veces.Tarda un minuto en seguir hablando:está claro que se ha asustado con algo.No para de mover los ojos ni unsegundo, se pasean por la habitacióncomo si intentaran encontrar algo con loque distraerse... O puede que locontrario: algo que lo ancle a estemomento. Este momento conmigo... Noal que no se puede quitar de la cabeza.—Un día estaba fuera, colgandounas sábanas en el tendedero, y noté unasensación muy rara, como si algo meestallara en el pecho. Es decir, fue algocompletamente físico, no mental, nocomo si una vocecita interior mecontara... me contara que Lauren habíamuerto. Fue como si alguien me diera unbuen empujón. Y lo supe. Así que soltéla sábana y salí echando leches hacia sucasa...Sacude la cabeza. Le toco la rodilla,pero retiro la mano rápidamente.Después del primer contacto, el hechode tocar se vuelve demasiado fácil.—¿Cómo lo hizo? —le pregunto.No quiero que reviva nada si no estápreparado para hacerlo. Hasta ahora hasido un iceberg emocional: dos terciosde él han quedado ocultos bajo lasuperficie, escuchando más quehablando, preguntando más querespondiendo.—Se ahorcó —dice—. Yo la bajé—añade, y aparta la vista. Aquí,conmigo; allí, con ella—. Después laenterré.No sé qué decir, así que no digonada. Demasiada gente dice algocuando, en realidad, no tiene nada quedecir.—Creo que eso es lo que pasacuando quieres a alguien —dice al cabode un minuto—. Si le ocurre algo, notasun puñetazo en el corazón. No algo quese asemeja a un puñetazo en el corazón,sino un auténtico puñetazo en el corazón—explica, y se encoge de hombrosmientras se ríe en voz baja—. En fin,eso sentí yo.—Y crees que, como yo no lo hesentido, Sammy debe de seguir vivo, ¿eseso?—Lo sé, es una verdadera estupidez—responde, encogiéndose de hombrosotra vez y soltando una risa avergonzada—. Siento haber sacado el tema.—La querías de verdad, ¿no?—Crecimos juntos —dice, y se leiluminan los ojos al recordarlo—.Estábamos siempre juntos, o ella sevenía aquí o yo me iba a su casa.Después crecimos y seguimos siemprejuntos, ella aquí o yo allí, cuando podíaescabullirme. Se suponía que debíaayudar a mi padre en la granja.—Ahí es donde has estado estanoche, ¿verdad? En casa de Lauren.Le cae una lágrima por la mejilla. Sela limpio con el pulgar, igual que éllimpió las mías la noche que le preguntési creía en Dios.De repente, se inclina sobre mí y mebesa. Sin más.—¿Por qué me has besado, Evan?Hablamos de Lauren y me besa. Esraro.—No lo sé —responde, agachandola cabeza.Tenemos al enigmático Evan, altaciturno Evan, al apasionado Evan y,ahora, al tímido niñito Evan.—La próxima vez que me beses,será mejor que tengas una buena razón—bromeo.—Vale —dice, y me besa otra vez.—¿Razón? —pregunto en voz baja.—Ummm, ¿que eres muy guapa?—Esa me vale. No sé si es verdad,pero me vale.Me sujeta la cara entre sus suavesmanos y se inclina para darme un tercerbeso que se demora más, que enciendeel ardiente carbón de mi vientre y haceque el vello de la nuca se me erice y seponga a bailar.—Es verdad —susurra mientras serozan nuestros labios.Nos quedamos dormidos en lamisma postura en la que estábamos haceunas horas, con la palma de su manojusto debajo de mi cuello. Me despiertoen plena noche y, por un instante, estoyde nuevo en el bosque, dentro de misaco de dormir, a solas con el osito ycon mi M16..., y con el cuerpo de undesconocido pegado al mío.«No, no pasa nada, Cassie, es Evan,el que te ha salvado, el que te hadevuelto la salud y el que está dispuestoa arriesgar la vida para que puedascumplir una promesa ridícula. Evan, elchico que se fija en todo y que se hafijado en ti. Evan, el sencillo granjerode manos cálidas, amables y suaves».De repente, se me para el corazón.¿Qué clase de granjero tiene las manossuaves?Me aparto su mano del pecho. Él seagita y suspira contra mi cuello. Ahora,el vello que acarician sus labios baila aun ritmo distinto. Paso con cuidado laspuntas de los dedos por la palma de sumano: suave como el culito de un bebé.«Vale, no te dejes llevar por elpánico. Hace varios meses que notrabaja en la granja. Y ya sabes lo bienque se arregla las cutículas... Pero¿pueden desaparecer los callos devarios años después de unos meses decazar en el bosque?».De cazar en el bosque...Agacho un poco la cabeza paraolerle los dedos. Puede que sea miimaginación hiperactiva, pero ¿acaso noes este el olor acre y metálico de lapólvora? ¿Cuándo fue la última vez quedisparó un arma? Esta noche no hasalido a cazar, ha ido a visitar la tumbade Lauren.Estoy tumbada y despierta en susbrazos al llegar el alba, y noto loslatidos de su corazón contra mi espaldamientras el mío late con fuerza contra sumano.«—Debes de ser un cazador pésimo.Casi nunca traes nada.»—Lo cierto es que soy muy bueno.»—Entonces ¿es que no tienesestómago para matar?»—Tengo estómago para hacer loque haga falta».¿Para qué tienes estómago, EvanWalker?54El día siguiente es un suplicio.Sé que no puedo enfrentarme a él: esdemasiado peligroso. ¿Y si es cierto lopeor? Que Evan Walker, el granjero, noexiste, que solo existe Evan Walker, eltraidor humano... O lo impensable (unapalabra que, por otro lado, resumeperfectamente esta invasión alienígena):Evan Walker, el Silenciador. Me repitoque esa posibilidad es ridícula, que unSilenciador no me ayudaría a recuperarla salud... y mucho menos se dedicaría aponerme apodos y a jugar a mimitos enla oscuridad. Un Silenciador solo...,bueno, me silenciaría.Una vez tome la irrevocabledecisión de enfrentarme a él, se acabó.Si no es lo que asegura ser, no le dejaréotra opción. Sea cual sea su razón paramantenerme con vida, no creo que sigaviva mucho tiempo si él se entera de quehe descubierto la verdad.«Despacio, planéalo bien. No entrescomo un elefante en una cacharrería, quees lo que haces siempre, Sullivan.Aunque no pegue con tu estilo, sémetódica por una vez en tu vida».Así que finjo que va todo bien. Sinembargo, mientras desayunamos desvíola conversación hacia los días previos ala Llegada. ¿Qué trabajos hacía en lagranja? Todos los que se te ocurran,responde. Conducía el tractor, cargababalas de heno, daba de comer a losanimales, reparaba el equipo, colocabaalambre de espino. Le miro las manosmientras le busco excusas. La mejor esque siempre se ponía los guantes,aunque no sé cómo preguntárselo de unmodo natural: «Bueno, Evan, tienes lasmanos muy suaves para haberte criadoen una granja. Estarías con los guantespuestos todo el día y usarías más cremade manos que la mayoría de los chicos,¿eh?».No quiere hablar del pasado: lo quele preocupa es el futuro. Quiere losdetalles de la misión. Necesita tomarnota de cada paso que demos entre lagranja y Wright-Patterson, tener encuenta todos y cada uno de los posiblesimprevistos. ¿Qué pasa si no esperamosa la primavera y nos sorprende otratormenta de nieve? ¿Qué pasa siencontramos la base abandonada?¿Cómo seguiremos el rastro de Sammysi pasa eso? ¿Cuándo decidiremos queya basta y nos rendiremos?—No me rendiré nunca —le digo.Espero a la noche. Nunca se me hadado bien esperar, y él se percata de queestoy inquieta.—¿Estarás bien? —pregunta junto ala puerta de la cocina, con el fusilcolgado del hombro, mientras me sujetacon ternura la cara entre sus suavesmanos.Y yo miro sus ojos de cachorro, lavaliente Cassie, la confiada Cassie, laefímera Cassie. «Claro que estaré bien.Tú ve a cargarte a unas cuantaspersonas, que yo prepararé palomitas».Y cierra la puerta al salir. Lo veobajar tranquilamente del porche yalejarse trotando entre los árboles, endirección al oeste, hacia la autovía, que,como todo el mundo sabe, es una zonaperfecta para la caza mayor: allí esdonde se congregan los ciervos, losconejos, los Homo sapiens.Recorro todas las habitaciones.Después de cuatro semanas encerrada,como si estuviera en arrestodomiciliario, lo normal sería haberlasregistrado ya.¿Qué encuentro? Nada. Y mucho.Álbumes de fotos familiares. Está elbebé Evan en el hospital, con su gorritode rayas de recién nacido. El pequeñoEvan empujando un cortacésped deplástico. El Evan de cinco años montadoen un poni. El Evan de diez años en eltractor. El Evan de doce años conuniforme de béisbol...Y el resto de la familia, incluida Val.La distingo a la primera, y verle elrostro a la chica que murió en sus brazosy cuya ropa he estado vistiendo me hacepensar de nuevo en toda la mierda, y, derepente, soy la persona más horrible quequeda en el planeta. Ver a su familiadelante del árbol de Navidad, reunida entorno a tartas de cumpleaños,recorriendo senderos de montaña..., meobliga a recordarlo todo: el final de losárboles de Navidad, de las tartas decumpleaños, de las vacaciones enfamilia y diez mil cosas más que antesdaba por sentadas. Cada fotografía es untañido de campana, un cronómetro quemarca el tiempo que falta para el fin dela normalidad.Y ella también aparece en algunasfotos. Lauren: alta, atlética, ah, y rubia.Por supuesto, tenía que ser rubia. Sonuna pareja muy atractiva. En más de lamitad de las imágenes, ella no mira a lacámara, lo mira a él. No como yomiraría a Ben Parish, con ñoñería. Lomira con osadía, como diciendo: «¿Vesa este chico? Pues es mío».Dejo a un lado los álbumes, notandoque se disipa la paranoia.«Bueno, tiene las manos suaves, ¿yqué? Es agradable que tenga las manossuaves».Enciendo un buen fuego paracalentar el cuarto y espanto las sombrasque se me echan encima.«Vale, los dedos le huelen a pólvoradespués de visitar su tumba: ¿y qué?Hay animales salvajes por todas partes,y no era el momento más adecuado paraexplicar: "Sí, fui a visitar su tumba. Ah,por cierto, también maté a un perrorabioso en el camino de vuelta". Desdeque te encontró te ha cuidado, te hamantenido a salvo, ha estado a tu ladopara todo».Pero por mucho que me sermonee,no me tranquilizo, se me escapa algo,algo importante. Empiezo a pasearmepor delante de la chimenea y tiemblo apesar de las llamas. Es como cuando tepica y no te puedes rascar. Pero ¿porqué? Noto en las tripas que noencontraré nada que lo incrimine pormucho que registre cada centímetro de lacasa.«Pero no has buscado por todaspartes, Cassie. No has mirado en elúnico lugar en el que no espera quemires».Corro a la cocina; ya no me quedamucho tiempo. Cojo una chaqueta gruesaque hay colgada del gancho, junto a lapuerta, y una linterna del armario, memeto la Luger en la cinturilla delpantalón y salgo. Hace un frío glacial. Elcielo está despejado y la luz de lasestrellas baña el patio. Mientras corrohacia el granero, intento no pensar en lanave nodriza que flota sobre mi cabeza,a unos cuantos cientos de kilómetros deaquí. No enciendo la luz hasta que entro.Huele a estiércol rancio y a henomohoso. Oigo las patitas de las ratas quecorren por los tablones podridos deltecho. Muevo el haz de la linterna de unlado a otro: pasa por encima de lascasillas vacías, se pasea por el suelosucio e ilumina el interior del pajar. Nosé muy bien qué busco, pero sigobuscando. Ocurre en todas las películasde miedo de la historia: el granero es ellugar en el que se ocultan las cosas queno sabes que estás buscando y que, alfinal, te arrepientes de haber encontrado.Encuentro lo que no buscaba bajouna pila de mantas raídas, contra lapared del fondo. Algo largo y oscuroque refleja el haz de luz. No lo toco. Lodestapo, echando a un lado tres mantaspara llegar hasta él.Es mi M16.Sé que es el mío porque veo misiniciales en la culata: C. S. Las raspéuna tarde que pasé escondida en mipequeña tienda de campaña del bosque.C. S., iniciales de «CompletamenteSubnormal».Lo había perdido en la mediana,cuando el Silenciador atacó desde elbosque. Presa del pánico, se me olvidóallí y decidí que no podía volver a porél. Ahora está aquí, en el granero deEvan Walker. Mi mejor amigo habíaencontrado el camino a casa.«¿Sabes cómo averiguar quién es tuenemigo en tiempos de guerra, Cassie?».Retrocedo para alejarme del fusil.Para alejarme del mensaje que envía.Retrocedo hasta la puerta sin dejar deiluminar la reluciente culata negra con lalinterna.Entonces me vuelvo y me doy debruces contra su pecho de acero.55—¿Cassie? —pregunta mientras meagarra por los brazos para que no mecaiga de culo—. ¿Qué haces aquí? —añade, mirando hacia el granero.—Me ha parecido oír un ruido.¡Qué tonta! Ahora a lo mejor decideinvestigar, pero es lo primero que se meocurre. Lo de soltar lo primero que seme pasa por la cabeza es algo quedebería mejorar..., si es que sobrevivoa los próximos cinco minutos. Elcorazón me late tan deprisa que me pitanlos oídos.—¿Que te pareció qué? Cassie, nodeberías venir aquí de noche.Asentí con la cabeza y me obligué amirarlo a los ojos. Evan Walker es delos que se dan cuenta de las cosas.—Lo sé, ha sido una estupidez, perollevabas fuera mucho tiempo.—Estaba persiguiendo un ciervo.Tengo delante a esta gran sombracon forma de Evan, una sombra con unfusil de gran calibre, recortada sobre elfondo de un millón de soles.«Seguro que sí», pienso.—Vamos dentro, ¿vale? Me estoycongelando.Él no se mueve, está mirando elinterior del granero.—Ya lo he comprobado —le digo,intentando que no me tiemble la voz—.Ratas.—¿Ratas?—Sí, ratas.—¿Que has oído ratas? ¿En elgranero? ¿Desde el interior de la casa?—No, ¿cómo iba a oírlas desde allí?—digo. Ahora vendría bien poner losojos en blanco, como si me exasperasesu comentario, pero, en vez de eso, seme escapa una risa nerviosa—. Salí alporche para tomar aire fresco.—¿Y las oíste desde el porche?—Eran unas ratas muy gordas.«¡Sonrisa coqueta!». Esbozo unasonrisa que espero pueda pasar por unade esas. Después lo cojo del brazo y tirode él hacia la casa. Es como intentarmover un poste de hormigón. Si entra enel granero y ve el fusil destapado, seacabó. ¿Por qué no lo habré dejadotapado?—Evan, no es nada... Me heasustado y ya está.—Vale.Empuja la puerta del granero paracerrarla y volvemos a la granja. Meecha un brazo protector sobre loshombros y lo deja caer al llegar a lapuerta.«Ahora, Cassie, paso rápido a laderecha, saca la Luger de la cinturilla,cógela con las dos manos, dobla un pocolas rodillas, aprieta con delicadeza.Ahora».Entramos en la cocina, que se hacalentado. Pierdo la oportunidad.—Entonces, supongo que no haspillado al ciervo —digo como si nada.—No —responde mientras apoya elfusil en la pared y se quita el abrigo. Elfrío le ha dejado las mejillas rojas.—A lo mejor has disparado a otracosa y eso es lo que he oído.—No le he disparado a nada —dice,sacudiendo la cabeza.Se sopla las manos. Lo sigo al salón,y él se agacha junto al fuego paracalentárselas. Estoy de pie junto al sofá,a pocos pasos de él.Mi segunda oportunidad para acabarcon Evan. Acertar a tan poca distanciano sería difícil. O no lo sería si sucabeza se pareciera a una lata vacía demaíz, que es el único blanco al que estoyacostumbrada a disparar.Me saco la pistola del pantalón.Haber encontrado mi fusil en sugranero no me deja demasiadasalternativas. Es como estar bajo aquelcoche de la autovía: esconderse oenfrentarse al atacante. No hacer nada,fingir que todo va bien entre nosotros, esinútil. Dispararle en la nuca sí serviríade algo (lo mataría), pero, después delsoldado del crucifijo, mi prioridad es novolver a matar jamás a una personainocente. Lo mejor será enseñar miscartas ahora que tengo la pistola en lamano.—Tengo que contarte una cosa —ledigo con voz temblorosa—. Te hementido sobre las ratas.—Has encontrado el fusil.No es una pregunta.Se vuelve. De espaldas al fuego, surostro queda en sombras y no logroverle la expresión. Su tono, sin embargo,es despreocupado.—Lo encontré hace un par de días,en la autovía. Recordé que me habíasdicho que soltaste el tuyo al huir.Entonces vi las iniciales y supuse queera el mismo.Guardo silencio un minuto.Su explicación es muy sensata, perono me esperaba que fuese directo algrano, sin más.—¿Por qué no me lo contaste? —pregunto por fin.—Iba a hacerlo —responde,encogiéndose de hombros—. Supongoque se me olvidó. ¿Qué haces con esapistola, Cassie?«Bueno, estaba pensando en volartelos sesos, poco más. Creía que a lomejor eras un Silenciador, un traidor a tuespecie o algo parecido. Qué gracia,¿verdad?».Sigo su mirada hasta el arma y, derepente, me dan ganas de echarme allorar.—Tenemos que confiar el uno en elotro, ¿verdad? —susurro.—Sí —responde, acercándose.—Pero ¿cómo... cómo te obligas aconfiar en alguien?Está a mi lado. No intenta quitarmela pistola, intenta llegar a mí con susojos. Y yo quiero que me atrape antes deque la caída me aleje demasiado delEvan que creía que conocía, el que mesalvó para salvarse él. Él es todo lo queme queda. Es el diminuto arbusto al queme aferro para no caer al precipicio delque cuelgo. «Ayúdame, Evan, no medejes caer, no dejes que pierda esa partede mí que me hace humana».—No puedes obligarte a creer ennada —responde en voz baja—. Pero sípuedes permitirte creer. Puedespermitirte confiar.Asiento y lo miro a los ojos, a esoscálidos ojos de chocolate, tan dulces ytan tristes. Maldita sea, ¿por qué tieneque ser tan guapo? Y ¿por qué tengo yoque ser tan consciente de ello? Y ¿enqué se diferencia mi confianza en él dela confianza que Sammy le entregó a esesoldado cuando le dio la mano antes desubir al autobús? Lo más curioso es quesus ojos me recuerdan a los de Sammy:anhelan saber si todo va a salir bien.Los Otros respondieron a esa preguntacon un no inequívoco. Entonces, ¿en quéme convierto si le doy a Evan la mismarespuesta?—Es lo que quiero hacer. Con todasmis fuerzas.No sé cómo ha sido, pero me haquitado la pistola. Me da la mano y meconduce al sofá. Deja la pistola sobre Eldesesperado deseo del amor, se sienta ami lado, no demasiado cerca, y apoyalos codos en las rodillas. Se frota susenormes manos, como si todavíaestuvieran frías. No lo están, acabo detocarle una.—No quiero irme de aquí —confiesa—. Por muchos motivos que meparecían muy buenos hasta que teencontré. —Da una suave palmada,frustrado; las palabras no salen como élquería—. Sé que no pediste ser mi razónpara seguir con... con todo. Pero encuanto te encontré...Se vuelve para tomar mis manosentre las suyas y, de repente, estoy unpoco asustada. Me las aprieta con fuerzay los ojos se le llenan de lágrimas. Escomo si yo fuera lo que evita que élcaiga por un precipicio.—Lo había entendido todo mal —sigue diciendo—. Antes de encontrartecreía que la única forma de resistir eratener algo por lo que vivir. Y no es eso.Para resistir, debes encontrar algo por loque estés dispuesto a morir.VIIIEL ESPÍRITU DE LAVENGANZA56El mundo está gritando.Eso es lo que parece, aunque enrealidad se trata del viento helado queatraviesa a toda velocidad la compuertaabierta del Black Hawk. En el momentocumbre de la plaga, cuando la gentemoría a centenares todos los días, aveces los aterrorizados residentes de laciudad de las tiendas de campañaarrojaban al fuego por error a personasinconscientes, y cuando las llamasabrasaban sus cuerpos con vida no solooíamos sus gritos, sino que lossentíamos como un puñetazo en elcorazón.Hay cosas que es imposible dejaratrás; no pertenecen al pasado, tepertenecen a ti.El mundo está gritando. Muereabrasado por las llamas.Desde las ventanillas delhelicóptero se ven los incendios quesalpican el oscuro paisaje, manchasámbar sobre un fondo oscuro cuyonúmero va creciendo conforme nosacercamos a las afueras de la ciudad.No son piras funerarias, sino fruto de lastormentas de verano, y los vientosotoñales transportaron las brasascandentes a nuevos pastos, porque habíamucho que consumir, la despensa estaballena. El mundo arderá durante muchosaños. Arderá hasta que yo alcance laedad de mi padre, si es que llego a vivirtanto.Volamos bajo, tres metros porencima de la copa de los árboles,equipados con algún tipo de tecnologíaque amortigua el ruido de los rotores.Avanzamos camino del centro de Daytondesde el norte. Está nevando un poco, ylos copos titilan alrededor de losincendios de abajo como un halo doradoque desprende luz sin iluminar nada.Le doy la espalda a la ventana y veoa Hacha al otro lado del pasillo,mirándome. Levanta dos dedos. Asiento.Dos minutos para saltar. Me bajo lacinta de la cabeza para colocar la lentesobre el ojo izquierdo y ajusto la correa.Hacha señala a Tacita, que ocupa elasiento que tengo al lado. El ocular se leresbala continuamente. Le ajusto lacorrea, ella levanta el pulgar, y entoncesnoto que me sube la bilis a la garganta.Siete años. Por Dios bendito. Me inclinosobre ella y le grito al oído:—Quédate a mi lado, ¿entendido?Tacita sonríe, sacude la cabeza yseñala a Hacha. «¡Me quedo con ella!».Me río, Tacita no tiene un pelo de tonta.El Black Hawk sobrevuela el río;pasamos a pocos metros del agua. Hachaestá comprobando su arma por enésimavez. A su lado, Picapiedra da golpecitoscon el pie en el suelo, mirando haciadelante.Después está Dumbo, que haceinventario de su equipo médico, y Umpa,que agacha la cabeza para intentarocultar que se está zampando una últimachocolatina.Y, finalmente, está Bizcocho, con lacabeza gacha y las manos cruzadassobre el regazo. Reznik lo llamóBizcocho porque decía que era blando ydulce. A mí no me parece ninguna de lasdos cosas, sobre todo cuando está en elcampo de tiro. Hacha suele ser mejortiradora, pero he visto a Bizcochoderribar seis dianas en seis segundos.«Sí, dianas. Siluetas de sereshumanos recortadas en contrachapado.Ya veremos cómo será su punteríacuando se trate de personas de verdad.Ya veremos cómo será la puntería detodos nosotros».Increíble. Somos la vanguardia.Siete niños que hace seis meses no eranmás que, bueno, niños; ahora somos elcontragolpe a un ataque que dejó sietemil millones de muertos.Hacha me mira de nuevo. Cuando elhelicóptero inicia el descenso, sedesabrocha el arnés y, tras salir alpasillo, me pone las manos en loshombros y me grita a la cara:—¡Recuerda el círculo! ¡No vamos amorir!Bajamos en picado a la zona desalto. El helicóptero no aterriza, sequeda flotando a pocos centímetros delcésped helado mientras el pelotón salta.Desde la compuerta abierta, miro atrás yveo que Tacita tiene problemas paraliberarse de su arnés. Entonces consiguesoltarse y salta por delante de mí. Soy elúltimo. En la cabina, el piloto vuelve lavista atrás, levanta el pulgar, y yo ledevuelvo la señal.El Black Hawk sale disparado porel cielo nocturno, de vuelta al norte, y sufuselaje negro se funde rápidamente conlas nubes oscuras, que acaban portragárselo y hacerlo desaparecer.Los rotores han limpiado de nieve elaire del parquecito que hay junto al río.Cuando el helicóptero se va, la nieveregresa y se arremolina, furiosa, anuestro alrededor. El silencio repentinoque sustituye al aullido del viento esensordecedor. Justo delante de nosotrosse yergue una enorme sombra humana: laestatua de un veterano de la guerra deCorea. A la izquierda de la estatua estáel puente y, al otro lado, diez manzanasal suroeste, el antiguo juzgado en el quevarios infestados han reunido un arsenalde armas automáticas y lanzagranadas,además de misiles Stinger FIM-92. LosStingers son la razón de que estemosaquí. Los ataques han devastado nuestracapacidad aérea y es esencial protegerlos pocos recursos que nos quedan.Nuestra misión tiene dos objetivos:destruir o capturar todo el armamentoenemigo y acabar con la infestación.Acabar con el personal infestado.Hacha va delante: es la que tienemejor vista. La seguimos, dejamos atrásla estatua de expresión severa y nosdisponemos a cruzar el puente;Picapiedra, Dumbo, Umpa, Bizcocho,Tacita, y yo en la retaguardia.Avanzamos entre los coches parados queparecen surgir de detrás de una cortinablanca, cubiertos por tres estaciones deescombros. Algunos tienen las ventanasreventadas, están cubiertos de grafiti ylos han despojado de cualquier cosa devalor, pero ¿qué valor tienen ya lascosas? Tacita corre delante de mí consus torpes pasitos de bebé. Ella sí quees valiosa. Esto es lo más importanteque he sacado de la Llegada: almatarnos, nos enseñaron que darimportancia a las cosas materiales esuna auténtica idiotez. ¿El dueño de eseBMW? Está en el mismo sitio que ladueña de ese Kia.Nos detenemos justo antes de llegara Patterson Boulevard, en el extremo surdel puente. Nos agachamos al lado delparachoques delantero aplastado de untodoterreno y examinamos la calle quetenemos por delante. La nieve reduce lavisibilidad y solo alcanzamos adistinguir media manzana. Es posibleque nos lleve un buen rato. Consulto elreloj: cuatro horas para que nos recojanen el parque.Hay un camión cisterna parado enmedio del cruce, a unos veinte metros denosotros, y obstaculiza la visión de laparte izquierda de la calle. Aunque no loveo, gracias a la reunión informativa séque hay un edificio de cuatro plantas aese lado, un estupendo puesto devigilancia si quisieran controlar elpuente. Le hago un gesto a Hacha paraque, al abandonar el puente, avance porla derecha y se mantenga tras el camiónque nos protege del edificio.Ella se detiene en seco junto alparachoques delantero del camióncisterna y se tira al suelo. El pelotón laimita, y yo avanzo a rastras para unirmea ella.—¿Qué ves? —susurro.—Tres, a las dos en punto.Echo un vistazo al edificio del otrolado de la calle a través del ocular.Medio ocultas por la cortina algodonosade nieve, tres manchas de luz verdeavanzan por la acera aumentando detamaño a medida que se acercan alcruce. Lo primero que pienso es: «Joder,estas lentes funcionan de verdad». Losegundo: «Joder, infestados, y vienenderechitos hacia nosotros».—¿Patrulla? —pregunto a Hacha.—Seguramente han avistado elhelicóptero y van a comprobar de qué setrata —responde, encogiéndose dehombros.Está tumbada boca abajo, con losinfestados a tiro, esperando la orden dedisparar. Las manchas verdes siguencreciendo; ya han llegado a la esquinade enfrente. Apenas distingo sus cuerposdebajo de las luces verdes que llevansobre los hombros. Es un efecto raro,discordante, como si sus cabezasestuvieran envueltas en un fuego verdeiridiscente que da vueltas.«Todavía no. Si empiezan a cruzar,da la orden».A mi lado, Hacha respiraprofundamente, contiene el aliento yespera con paciencia la orden, como sifuese capaz de esperar mil años. Lanieve le cae sobre los hombros y se lepega al pelo. Tiene la punta de la narizmuy roja.El momento se alarga. ¿Y si hay másde tres? Si hacemos notar nuestrapresencia, a lo mejor salen cientos deellos de una docena de esconditesdistintos. ¿Atacar o esperar? Me muerdoel labio inferior mientras repaso lasopciones.—Los tengo —dice,malinterpretando mi indecisión.Al otro lado de la calle, las manchasde luz verde están quietas, agrupadascomo si conversaran. No distingo simiran hacia aquí, pero estoy convencidode que no son conscientes de nuestrapresencia. Si lo fueran, cargarían contranosotros, dispararían, se cubrirían,harían algo. Contamos con el factorsorpresa y tenemos a Hacha. Aunquefalle el primer disparo, no fallará losdemás. En realidad, es una decisiónsencilla.Entonces ¿por qué no la tomo?Hacha debe de estar preguntándoselo mismo, ya que me mira y susurra:—¿Zombi? ¿Cuál es la orden?Estas son mis órdenes: «Acabar contodo el personal infestado». Pero elinstinto me dice otra cosa: «No teapresures, no fuerces la situación. A vercómo se desarrolla». Y aquí estoy yo,atrapado en el medio.Un instante antes de que nuestrosoídos perciban el disparo del fusil degran calibre, la acera se desintegra amedio metro de nosotros, soltando unalluvia de nieve sucia y hormigónpulverizado. Eso resuelve mi dilemarápidamente. Las palabras vuelan de mislabios como si el viento helado me lasarrancara de los pulmones.—¡Derríbalos!La bala de Hacha acierta en una delas oscilantes luces verdes, y la luz seapaga. Una luz sale corriendo a nuestraderecha. Hacha mueve el cañón hacia micara, me agacho, dispara, y la segundaluz se apaga. La tercera pareceencogerse al alejarse a toda velocidadpor la calle, de vuelta por donde habíavenido.Me pongo en pie de un salto: nopuedo permitir que dé la alarma. Hachame agarra por la muñeca y tira de míhacia el suelo.—¿Qué haces, Hacha...?—Es una trampa —contesta,señalando la cicatriz de quincecentímetros del suelo—. ¿No lo hasoído? No han sido ellos, ha salido deallí —explica, señalando con la cabezael edificio de enfrente—. A la izquierda.A juzgar por el ángulo, de muy arriba,quizá del tejado.Sacudo la cabeza: ¿un cuartoinfestado en el tejado? ¿Cómo sabía queestábamos aquí? Y ¿por qué no haavisado a los demás? Estamosescondidos detrás del camión, lo quesignifica que debe de habernos visto enel puente. Es decir, nos ha visto y se haesperado hasta que hemos quedado fuerade su campo visual, donde no habíamodo de que pudiera darnos: no tienesentido.Y Hacha, como si me leyera lamente, va y dice:—Supongo que por eso hablan de«la niebla de la guerra».Asiento con la cabeza. Las cosas seestán complicando demasiado y amarchas forzadas.—¿Cómo nos ha visto cruzar? —pregunto.—Debe de tener visión nocturna —responde, sacudiendo la cabeza.—Entonces, estamos jodidos —digo, porque nos tiene localizados y allado de miles de litros de gasolina—.Disparará al camión.—Con una bala, no, Zombi. Eso solofunciona en las pelis —dice ella,encogiéndose de hombros.Me mira, esperando mi decisión.Junto con el resto del pelotón.Vuelvo la vista atrás, y, con ojos grandesy saltones, ellos me devuelven la miradadesde la oscuridad nevada. Tacita semuere de frío o tiembla de puro terror.Picapiedra tiene el ceño fruncido, y esel único que habla y me hace saber loque piensan todos:—Atrapados. Abortamos, ¿no?Tentador, pero suicida. Si elfrancotirador no nos derriba en laretirada, lo harán los refuerzos, que yadeben de estar en camino.La retirada no es una opción.Avanzar no es una opción. Quedarseaquí no es una opción. No hay opciones.«Huir = morir. Quedarse = morir».—Hablando de visión nocturna —gruñe Hacha—, ya podían haberpensado en eso antes de meternos enesta misión. Estamos completamente aciegas.Me quedo mirándola.«Completamente a ciegas. Bendita seas,Hacha».Ordeno al pelotón que cierren filas ami alrededor y susurro:—En la siguiente manzana, a manoderecha, pegado a la parte de atrás deledificio de oficinas, hay unaparcamiento. —O debería haberlo,según el mapa—. Subid a la terceraplanta. De dos en dos. Picapiedra conHacha, Bizcocho con Umpa, Dumbo conTacita.—¿Y tú? —pregunta Hacha—.¿Quién es tu compañero?—No lo necesito: soy un zombi.Ya llega la sonrisa. Espera, quellega.57Señalo el terraplén que conduce a laorilla.—Bajad hasta ese paseo —le digo aHacha—. Y no me esperéis.Ella sacude la cabeza, con el ceñofruncido, así que me agacho y me pongotodo lo serio que puedo.—Creía que te había pillado con elcomentario del zombi. Al finalconseguiré arrancarte una sonrisa,soldado.No sonríe.—No lo creo, señor.—¿Tienes algo en contra de lassonrisas?—Fue lo primero que perdí.Entonces, la nieve y la oscuridad sela tragan. El resto del pelotón la sigue.Oigo a Tacita gemir entre dientesmientras Dumbo la dirige y le susurra:—Taza, cuando estalle, tú corre contodas tus fuerzas, ¿vale?Me agacho al lado del tanque decombustible del camión y cojo la tapametálica mientras rezo para que, contratodo pronóstico, este mamotreto estélleno hasta los topes... O, mejor, paraque esté medio lleno, porque con losvapores el petardazo será aún mayor. Nome atrevo a prender fuego a la carga,pero los pocos litros de diésel queguarde debajo deberían hacerlo estallar.Espero.La tapa está helada.La golpeo con la culata del fusil, lasujeto con ambas manos y la hago girarcon todas mis fuerzas. Se suelta con unsilbido acre y satisfactorio.Tendré diez segundos. ¿Deberíacontarlos? No, a la mierda.Tiro de la anilla de la granada, ladejo caer en el agujero y salgodisparado colina abajo. Dejo unremolino de nieve a mi paso. El pie seme engancha en algo y bajo dandotumbos el resto del camino hasta queaterrizo de culo en el fondo y me golpeola cabeza contra el asfalto del paseo.Veo la nieve dándome vueltas sobre lacabeza y huelo el río, y entonces oigo unruidito. El camión cisterna pega un saltode medio metro, y después aparece unamaravillosa bola de fuego que se reflejaen la nieve que cae, un miniuniverso dediminutos soles. Me levanto y corroresoplando colina arriba, sin ver a miequipo por ninguna parte. Noto el caloren la mejilla izquierda al llegar a laaltura del camión, que todavía está deuna pieza, con el depósito intacto. Soltarla granada dentro del depósito decombustible no ha bastado para prenderfuego a la carga. ¿Lanzo otra? ¿Sigocorriendo? El francotirador, cegado porel estallido, se habrá arrancado las gafasde visión nocturna, pero no estará ciegopor mucho tiempo.Ya estoy en el cruce, en el bordillo,cuando la gasolina prende. Con elestallido, salgo despedido hacia delante,paso por encima del primer infestadoque derribó Hacha y atravieso laspuertas de cristal del edificio deoficinas. Oigo algo que se rompe, yespero que sean las puertas y no algunaparte importante de mi cuerpo. Mellueven encima unos enormes fragmentosserrados de metal, trozos del depósitodestrozados por el estallido que hansalido disparados a la velocidad de unabala para aterrizar a cientos de metrosde distancia. Oigo gritar a alguienmientras me tapo la cabeza con lasmanos y me hago un ovillo para intentarabultar lo menos posible. El calor esincreíble, como si el sol me hubiesetragado.El cristal que tengo detrás se haceañicos... por culpa de una bala de grancalibre, no por la explosión. «A mediamanzana del aparcamiento, vamos,Zombi». Y corro todo lo que puedohasta que me encuentro a Umpa tirado enla acera, con Bizcocho de rodillas a sulado, tirándole del hombro, con el rostrocontraído en un llanto silencioso. Fue aUmpa al que oí gritar después delestallido del depósito, y tardo solo unsegundo en averiguar el porqué: tiene untrozo de metal del tamaño de un Frisbeeclavado en la parte baja de la espalda.Empujo a Bizcocho hacia elaparcamiento («¡Vamos!») y me echo elredondo cuerpecito de Umpa al hombro.Esta vez sí oigo los disparos del fusil —dos segundos después de que el tiradordel otro lado de la calle haya disparado— y un trozo de hormigón se desprendede la pared que tengo detrás.Un muro de hormigón que me llega ala altura de la cintura separa la primeraplanta del aparcamiento de la acera.Paso a Umpa al otro lado del muro, losalto y me agacho. Clonc, un trozo depared del tamaño de un puño salta haciamí. Agachado junto a Umpa, levanto lamirada y veo que Bizcocho va hacia lasescaleras. Bueno, mientras no haya otrofrancotirador en este edificio y elinfestado que huyó no se haya refugiadoaquí también...El primer vistazo a la herida deUmpa no es nada alentador. Cuanto anteslo lleve con Dumbo, mejor.—Soldado Umpa —le susurro aloído—. No tiene permiso para morirse,¿entendido?Él asiente con la cabeza, inhala elaire helado y espira el aire que hacalentado su cuerpo. Sin embargo, estátan blanco como la nieve que flota a laluz dorada del fuego. Me lo vuelvo aechar al hombro y troto hacia lasescaleras intentando agacharme elmáximo sin llegar a perder el equilibrio.Subo los escalones de dos en doshasta llegar a la tercera planta, dondeencuentro a la unidad en cuclillas, detrásde la primera fila de coches, a variosmetros de la pared que da al edificio delfrancotirador. Dumbo está arrodillado allado de Tacita, haciéndole algo en lapierna. El uniforme de la niña estárasgado, y veo el feo corte rojo que leha dejado una bala en la pantorrilla.Dumbo le pone una venda en la herida,se la pasa a Hacha y corre hacia Umpa.Picapiedra sacude la cabeza,mirándome.—Te dije que debíamos abortar —dice; la malicia le brilla en los ojos—.Mira lo que ha pasado.No le hago caso y me vuelvo haciaDumbo.—¿Qué?—No pinta bien, sargento.—Pues haz que lo sea.Miro a Tacita, que ha ocultado lacabeza en el pecho de Hacha y gime envoz baja.—Es superficial, puede moverse —me informa Hacha.Asiento. Umpa, derribado. Tacita,con un disparo. Picapiedra a punto deamotinarse. Un francotirador al otrolado de la calle y cien o más de susmejores amigos de camino a la fiesta.Necesito una idea genial y la necesitoya.—Sabe dónde estamos, lo quesignifica que no podemos quedarnosaquí mucho tiempo. Mira a ver si puedesderribarlo.Hacha asiente con la cabeza, pero nologra quitarse a Tacita de encima.Extiendo las manos, manchadas con lasangre de Umpa. «Dámela a mí». Unavez en mis brazos, Tacita se revuelvecontra mi camisa. No me quiere. Hagoun gesto con la cabeza para señalar lacalle y le digo a Bizcocho:—Bizcocho, ve con Hacha. Derribada ese hache de pe.Hacha y Bizcocho se agachan entredos coches y desaparecen. Acaricio lacabeza desnuda de Tacita (ha perdido lagorra en algún punto del camino) yobservo a Dumbo mientras tira condelicadeza del fragmento de metal queUmpa tiene clavado en la espalda. Umpaaúlla de dolor y araña el suelo. Dumbo,vacilante, me mira. Asiento con lacabeza. Tiene que sacárselo.—Deprisa, Dumbo, hacerlodespacio es peor.Así que tira.Umpa se dobla por la mitad, y losecos de sus gritos salen disparadoscomo cohetes por el aparcamiento.Dumbo tira a un lado el trozo de metal yapunta con la linterna la herida abierta.Tras hacer una mueca, pone a Umpaboca arriba. El niño tiene la camisaempapada de sangre. Dumbo se la raja ydeja al aire la herida de salida: lametralla le ha entrado por la espalda yse ha abierto paso hasta el otro lado.Picapiedra aparta la vista, searrastra unos metros, arquea la espalda yvomita. Tacita se queda muy quieta,observándolo todo. Va a sufrir unaconmoción. Tacita, la que gritaba másfuerte en los simulacros de ataque delpatio. Tacita, la más sanguinaria, la quecantaba más fuerte en P&E. La estoyperdiendo.Y estoy perdiendo a Umpa. Dumbole tapona la herida de las tripas congasas, intentando detener la hemorragia,mientras busca mi mirada.—¿Cuáles son sus órdenes, soldado?—le pregunto.—No... no voy a...Dumbo arroja a un lado la vendamanchada de sangre y pone una nuevasobre el estómago de Umpa. Me mira ala cara: no hace falta que diga nada. Ni amí, ni a Umpa.Me quito a Tacita del regazo y mearrodillo al lado de Umpa. El aliento lehuele a sangre y a chocolate.—Es porque estoy gordo —dice,medio ahogado.Ha empezado a llorar.—Guárdate esa mierda —respondocon dureza.Susurra algo, así que acerco la orejaa su boca.—Me llamo Kenny —me dice, comosi fuese un secreto terrible que temieracontar.Entonces, sus ojos se vuelven haciael techo. Y se va.58Tacita ha perdido los nervios. Se abrazalas piernas, con la frente apoyada en lasrodillas. Llamo a Picapiedra para que leeche un ojo. Me preocupan Hacha yBizcocho. Picapiedra tiene cara dequerer matarme con sus propias manos.—Tú diste la orden —me gruñe—.Cuídala tú.Dumbo se está limpiando la sangrede Umpa (no, de Kenny) de las manos.—Yo me encargo, sargento —dicecon calma, aunque le tiemblan lasmanos.—Sargento —escupe Picapiedra—.Es verdad. ¿Ahora qué, sargento?No le hago caso y me arrastro hastala pared, donde me encuentro conBizcocho en cuclillas, al lado de Hacha.Ella está de rodillas, asomada al bordede la pared para controlar el edificio delotro lado de la calle. Me agacho a sulado y evito la pregunta implícita en lamirada de Bizcocho.—Umpa ya no grita —dice Hachasin quitarle la vista de encima aledificio.—Se llamaba Kenny —respondo.Hacha asiente con la cabeza: loentiende a la primera, pero Bizcochotarda un minuto o dos.Se aleja a gatas a toda prisa, apoyaambas manos en el hormigón y dejaescapar un suspiro tembloroso.—Tenías que hacerlo, Zombi —diceHacha—. De no haberlo hecho, todosestaríamos como Kenny.Eso suena muy bien. Sonó biencuando me lo repetí en silencio. Mequedo mirando su rostro de perfil y mepregunto en qué estaría pensando Voschal ponerme los galones. El comandantehabía ascendido al miembro equivocadodel pelotón.—¿Y bien? —le pregunto.—Ahí asoma la comadreja —responde, señalando con la cabeza alotro lado de la calle.Me levanto despacio. Veo el edificioa la luz del fuego casi extinto: unafachada de ventanas rotas, pinturablanca descascarillada y una planta másalto que el nuestro. En el tejado distingouna tenue sombra que podría ser unatorre de agua, pero nada más.—¿Dónde está? —susurro.—Acaba de agacharse otra vez. Eslo que ha estado haciendo: arriba, abajo,arriba, abajo, como una caja sorpresa.—¿Solo uno?—Solo uno, que yo haya visto.—¿Se enciende?—Negativo, Zombi, no se detectainfestación —responde Hacha,sacudiendo la cabeza.—¿Bizcocho también lo ha visto? —pregunto mientras me muerdo el labioinferior.—Nada de verde —responde,asintiendo y observándome con esososcuros ojos suyos que cortan comocuchillos.—A lo mejor no es el tirador... —conjeturo.—He visto su arma. Fusil defrancotirador.Entonces, ¿por qué no hay luz verde?Los que había en la calle sí seiluminaban, y estaban más lejos denosotros que él. Entonces pienso que nostrae sin cuidado que se ilumine con luzverde, morada o que siga apagado: elcaso es que está intentando matarnos yno podremos movernos hastaneutralizarlo. Y tenemos que salir deaquí antes de que el infestado que huyóvuelva con refuerzos.—Son listos, ¿verdad? —mascullaHacha, como si me leyera elpensamiento—. Se ponen cara humanapara que no podamos confiar en ningunacara humana. La única respuesta: matara cualquiera o arriesgarse a morir.—¿Cree que somos uno de ellos?—O ha decidido que le da lo mismo.Es el único modo de estar a salvo.—Pero nos ha disparado anosotros..., no a los tres que tenía justodebajo. ¿Por qué iba a pasar de losblancos fáciles para atacar a losimposibles?Como yo, ella tampoco tienerespuesta. A diferencia de mí, no es elmayor de sus problemas ahora mismo.—Es el único modo de estar a salvo—repite con convicción.Miro a Bizcocho, que me devuelvela mirada. Espera mi decisión, pero, enrealidad, no hay decisión que tomar.—¿Puedes acertarle desde aquí? —pregunto a Hacha.—Demasiado lejos, revelaríanuestra posición.Me arrastro hacia Bizcocho.—Quédate aquí. Dentro de diezminutos, dispara para cubrirnos. —Bizcocho me mira con ojos de corderito,confiado—. Ya sabe, soldado, que escostumbre responder a las órdenes de suoficial al mando. —Bizcocho asientecon la cabeza, así que lo intento otra vez—. Con un «sí, señor». —Asiente denuevo—. Vamos, en voz alta. Conpalabras.Asiente de nuevo. Bueno, por lomenos lo he intentado.Cuando Hacha y yo nos unimos a losdemás, el cuerpo de Umpa hadesaparecido. Lo han metido en uno delos coches. Idea de Picapiedra. Muysimilar a su idea sobre lo que hacer conlos demás.—Aquí estamos protegidos. Yo digoque nos escondamos en los coches hastala recogida.—En esta unidad solo cuenta el votode una persona, Picapiedra —le digo.—Sí, y ¿cómo está saliendo eso? —dice, levantando su barbilla hacia mí ycon una mueca en sus labios—. Ah,espera, ya lo sé: ¡vamos a preguntárseloa Umpa!—Picapiedra —dice Hacha—.Relájate. Zombi tiene razón.—Hasta que los dos caigáis en unaemboscada, y entonces supongo que nola tendrá.—En cuyo caso tú pasarías a ser eloficial al mando y tomarías la decisión—le suelto—. Dumbo, tú te encargas deTacita. —Si es que conseguimos soltarlade Hacha. Se ha pegado de nuevo a supierna—. Si no volvemos dentro detreinta minutos, es que no volvemos.Y entonces, Hacha, como es Hacha,dice:—Volveremos.59El camión se ha quemado hasta losneumáticos. Agachado en la entrada parapeatones del aparcamiento, señalo eledificio del otro lado de la calle, quedesprende un brillo naranja a la luz delfuego.—Ese es nuestro punto de entrada.La tercera ventana empezando por laizquierda está completamente reventada.¿La ves?Hacha asiente, distraída. Le estádando vueltas a algo: no deja de jugarcon el ocular, se lo aparta del ojo y se lovuelve a poner. Ha desaparecido laseguridad que mostraba delante delpelotón.—El disparo imposible... —susurra, y se vuelve hacia mí—. ¿Cómosabes si te estás volviendo Dorothy?Sacudo la cabeza; ¿de dónde hasalido eso ahora?—No te estás volviendo Dorothy —le digo, y le doy una palmada en elbrazo para enfatizar mi respuesta.—¿Cómo puedes estar seguro?Mira a un lado y a otro, inquieta,buscando un punto en el que detenerse.Le bailan los ojos como los de Tanqueantes de saltar.—Los locos... nunca creen estarlocos. Para ellos, su locura tiene muchosentido.En su rostro veo una expresióndesesperada, nada propia de ella.—No estás loca. Confía en mí.Error.—¿Por qué iba a hacerlo? —pregunta. Es la primera vez que ledescubro alguna emoción en la voz—.¿Por qué voy a confiar en ti y por quévas tú a confiar en mí? ¿Cómo sabes queno soy uno de ellos, Zombi?Por fin, una pregunta fácil.—Porque nos han examinado. Yporque no emitimos un brillo verde enlos oculares.Ella se me queda mirando un buenrato y murmura:—Dios, ojalá jugaras al ajedrez.Han transcurrido nuestros diezminutos. Por encima de nosotros,Bizcocho abre fuego contra el tejado delotro lado de la calle; el francotirador lodevuelve de inmediato. Allá vamos.Cuando apenas hemos salido al bordillode la acera, el asfalto estalla delante denosotros. Nos dividimos: Hacha corre ala derecha y yo, a la izquierda. Entoncesoigo el zumbido de una bala —un ruidoagudo parecido al que hace el papel delija—, más o menos un mes antes de queme rasgue la manga de la chaqueta. Elinstinto inculcado tras meses deinstrucción es demasiado fuerte pararesistirlo: debo devolver los disparos.Salto a la acera y, en dos pasos, me pegoal reconfortante frío del hormigón deledificio. Y entonces veo que Hacharesbala en un charco de hielo y cae debruces en la acera. Ella me hace ungesto: «¡No!». Otro disparo arranca untrozo de bordillo que le pasa rozando elcuello. Que le den a su «no». Me agachoa por ella, la cojo por el brazo y la llevohacia el edificio. Otra bala me pasarozando la cabeza mientras retrocedopara ponernos a salvo.Está sangrando. La herida despideun brillo negro a la luz del fuego. Ellame hace un gesto para que siga.Corremos por el lateral del edificiohasta la ventana rota y nos lanzamos alinterior.Hemos tardado menos de diezminutos en cruzar. Me han parecido doshoras.Estamos dentro de lo que era unaboutique de lujo. La han desvalijadovarias veces: solo hay estantes vacíos yperchas rotas, espeluznantes maniquíssin cabeza y fotos de modelos muyserias en las paredes. En un cartel quehay sobre el mostrador se lee:«LIQUIDACIÓN POR CIERRE».Hacha se ha apretujado contra unaesquina de la tienda con buenos ángulosde visión de las ventanas y la puerta queda al vestíbulo. Se sujeta el cuello conuna mano, en la que luce un guante desangre. Tengo que echarle un vistazo a laherida, pero ella no quiere que mire. Alfinal le suelto:—No seas estúpida, déjame verla.Así que obedece. Es superficial,entre un corte y una raja. Encuentro unpañuelo en una de las mesas de latienda. Hacha hace una bola con él y lousa para apretarse el cuello. Después meseñala la manga rota con la cabeza.—¿Te han dado?Sacudo la cabeza y me dejo caer enel suelo, a su lado. A los dos nos cuestarespirar. La cabeza me da vueltas porculpa de la adrenalina.—No me gusta criticar, pero estefrancotirador es un desastre.—Tres disparos, tres fallos. Ojaláestuviésemos jugando al béisbol.—Han sido muchos más de tres —lacorrijo.Múltiples disparos a sus objetivos, ylo único que ha conseguido es unaherida superficial en la pierna de Tacita.—Un aficionado.—Seguramente.—Seguramente —repite ella conrabia.—No se ha encendido el disco y noes un profesional. Un tipo solitariodefendiendo su terreno... A lo mejor seesconde de los mismos tíos a los quehemos venido a buscar y está muerto demiedo.No añado «como nosotros», ya quesolo puedo hablar por mí.Fuera, Bizcocho sigue dándoletrabajo al francotirador. Pum, pum, pum,silencio tenso, pum, pum, pum. Elfrancotirador siempre responde.—Entonces, esto debería ser fácil —dice Hacha, muy seria.—No se ha encendido, Hacha —insisto, algo perplejo con su reacción—.No estamos autorizados para...—Yo sí: aquí tengo la autorización—responde mientras se pone el fusil enel regazo.—Ummm, creía que nuestra misiónconsistía en salvar a la humanidad.Ella me mira con el rabillo del ojoque tiene al descubierto.—Ajedrez, Zombi: defenderse delmovimiento que todavía no se ha hecho.¿Importa que no se ilumine cuando loobservamos a través de nuestrosoculares? ¿Que no nos acertara cuandopodría habernos derribado? Si dosposibilidades son igual de probablespero mutuamente excluyentes, ¿cuál es lamás importante? ¿Por cuál apuestas lavida?Estoy asintiendo, pero no la sigo.—Me estás diciendo que podría serun infestado —aventuro.—Te estoy diciendo que lo másseguro es proceder como si lo fuera.Saca el cuchillo de combate de lafunda, y doy un respingo al recordar sucomentario sobre Dorothy. ¿Por qué hasacado Hacha su cuchillo?—Lo que importa —dice en tonopensativo. De repente está muytranquila, como una nube de tormenta apunto de reventar, como un volcánhumeante a punto de entrar en erupción—. ¿Qué importa, Zombi? Siempre seme dio muy bien averiguarlo, y mejorémucho después de los ataques. ¿Qué eslo que de verdad importa? Mi madremurió primero. Fue horrible... Pero loque de verdad importaba era que seguíateniendo a mi padre, a mi hermano y ami hermana pequeña. Después, losperdí, y lo que importaba era que yoseguía viva. Y a mí no me importabandemasiadas cosas: comida, agua,protección. ¿Qué más necesitas? ¿Quémás importa?Esto no me gusta nada y va decamino de gustarme aún menos. Notengo ni idea de lo que pretende, pero siHacha se vuelve Dorothy delante de misnarices, estoy jodido. Y puede que losdemás también. Tengo que devolverla alpresente. Lo que mejor funciona en estoscasos es el contacto físico, pero temoque, si la toco, me destripe con esa hojade veinticinco centímetros.—¿Importa, Zombi? —pregunta,estirando el cuello para mirarme a losojos mientras da vueltas al cuchilloentre las manos, muy despacio—.¿Importa que nos haya disparado anosotros y no a los tres infestados quetenía delante? ¿O que haya falladoestrepitosamente al dispararnos? —Sigue dando vueltas al cuchillo, y lapunta le deja una huella en el dedo—.¿Importa que consiguieran ponerlo todoen marcha después del pulsoelectromagnético? ¿Que esténfuncionando bajo las narices de la navenodriza, reuniendo supervivientes,matando infestados y quemando suscadáveres a cientos, armándonos yentrenándonos, y enviándonos a matar alresto? Dime que esas cosas no importan.Dime que la probabilidad de que nosean lo que dicen ser es insignificante.Dime a qué posibilidad debo apostar lavida.Asiento de nuevo. Esta vez sí que lasigo, y este camino acaba en un lugarmuy oscuro. Me agacho a su lado y lamiro fijamente a los ojos.—No conozco la historia de ese tíoy no sé nada del pulso, pero elcomandante me explicó por qué nosdejan en paz: creen que ya no somos unaamenaza para ellos.—¿Cómo sabe el comandante lo quepiensan? —me suelta mientras se echa elflequillo atrás con un movimiento decabeza.—El País de las Maravillas.Conseguimos el perfil de un...—El País de las Maravillas —repitey asiente bruscamente. Deja de mirarmea la cara para contemplar la callenevada del exterior. Después me mira denuevo—. El País de las Maravillas es unprograma alienígena.—Claro —respondo. Le sigo lacorriente, intentando con cuidado que démarcha atrás—. Lo es, Hacha, ¿no teacuerdas? Después de querecuperásemos la base, lo encontramosoculto...—A no ser que no lo hiciéramos,Zombi, a no ser que no lo hiciéramos —repite, y me apunta con el cuchillo—. Esuna posibilidad igualmente válida, y lasposibilidades importan. Confía en mí,Zombi: soy una experta en lo queimporta. Hasta ahora, he estado jugandoa la gallinita ciega. Ha llegado elmomento de jugar al ajedrez. —Le da lavuelta al cuchillo y empuja el mangohacia mí—. Sácamelo.No sé qué decir. Me quedo mirandocon cara de tonto el cuchillo.—Los implantes, Zombi —meexplica, dándome en el pecho con undedo—. Tenemos que sacárnoslos. Túme sacas el mío y yo te saco el tuyo.—Hacha —respondo tras aclararmela garganta—, no podemos extraerlos.—Dedico un segundo a buscar la razónmás convincente, pero solo se me ocurreuna—: Si no regresamos al punto deencuentro, ¿cómo nos localizarán?—Joder, Zombi, ¿es que no hasescuchado nada de lo que te he dicho?¿Y si ellos no son nosotros? ¿Y si son«ellos»? ¿Y si todo esto ha sido unamentira?Estoy a punto de perder los nervios.Vale, más que a punto.—¡Por amor de Dios, Hacha! ¿No tedas cuenta de lo demenci... de loestúpido que suena eso? ¿Que elenemigo nos rescate, nos entrene y nosdé armas? Vamos, déjate de tonterías,tenemos que hacer nuestro trabajo.Puede que no te guste, pero soy tu oficialal mando...—De acuerdo —responde conmucha calma, con toda la tranquilidadde la que yo carezco ahora—. Lo haréyo misma.Se lleva la hoja del cuchillo a lanuca e inclina la cabeza, pero learrebato el cuchillo de la mano. Yabasta.—Retírate, soldado —digo mientrasarrojo el cuchillo a las profundassombras de la otra punta del cuarto y melevanto. Estoy temblando; me tiemblatodo, hasta la voz—. Si tú quieres teneren cuenta todas las posibilidades, meparece genial. Quédate aquí hasta quevuelva. Mejor aún, mátame ya. A lomejor nuestros amos alienígenas handescubierto la forma de ocultarte miinfestación. Y cuando termines conmigo,vuelve a cruzar la calle y mátalos atodos, métele una bala en la cabeza aTacita, ¿por qué no? Podría ser elenemigo, ¿no? ¡Pues vuélale los sesos!Es la única respuesta, ¿verdad? Matar atodos o arriesgarte a que te matecualquiera.Hacha no se mueve ni dice nadadurante un buen rato. La nieve entra porla ventana rota, y los copos adquieren unintenso color carmesí, a la luz de losrestos ardientes del camión.—¿Seguro que no juegas al ajedrez?—me pregunta. Después se pone denuevo el fusil en el regazo y pasa elíndice por el gatillo—. Vuélvete, Zombi.Estamos al final del camino oscuro,y resulta que es un callejón sin salida.Ya no me queda nada que se parezca nide lejos a un argumento convincente, asíque le suelto lo primero que se me pasapor la cabeza.—Me llamo Ben.—Un nombre de mierda —respondeella sin perder un segundo—. PrefieroZombi.—¿Cómo te llamas? —pregunto, sinrendirme.—Esa es una de las cosas que noimportan. Hace mucho tiempo que noimporta, Zombi.Acaricia el gatillo, despacio, muydespacio. Es hipnótico, marea.—Vale, tengo otra propuesta —digo,en busca de una salida—. Te saco eldispositivo, y tú me prometes nomatarme.Así la mantengo de mi parte, porqueprefiero enfrentarme a una docena defrancotiradores que a un Hacha en planDorothy. Me imagino mi cabezaestallando en mil pedazos, como las delas siluetas de contrachapado del campode tiro.Ella ladea la cabeza, y la comisurade sus labios se arquea insinuando algoque no llega a ser una sonrisa.—Jaque.Le ofrezco una sonrisa de lasbuenas, la vieja sonrisa de Ben Parish,la que me servía para conseguir casitodo lo que quería. Bueno, no casi; estoysiendo modesto.—¿Ese jaque es un sí o es que meestás dando una lección de ajedrez?Ella aparta el arma y me da laespalda. Inclina la cabeza y se aparta elsedoso pelo negro del cuello.—Las dos cosas.Oigo el fusil de Bizcocho, pum, pum,pum, y la respuesta del francotirador. Suconcierto improvisado sigue sonandomientras me arrodillo detrás de Hachacon el cuchillo en la mano. Parte de míestá más que dispuesta a seguirle lacorriente si eso nos mantiene vivos tantoa mí como al resto de la unidad. La otraparte de mí grita en silencio: «¿No eseso como darle una galleta a un ratón?¿Qué me pedirá después, una inspecciónfísica de mi corteza cerebral?».—Relájate, Zombi —me dicetranquilamente en voz baja: vuelve a serHacha—. Si los dispositivos no sonnuestros, seguramente no es buena ideatenerlos dentro. Si lo son, la doctoraPam puede volver a implantárnosloscuando regresemos, ¿de acuerdo?—Jaque y mate.—Jaque mate —me corrige.La piel de su largo y elegante cuelloestá fría cuando la toco para explorar lazona de debajo de la cicatriz en buscadel bulto. Me tiembla la mano. «Túsíguele la corriente. Seguramente tesupondrá un consejo de guerra y pasarteel resto de tu vida pelando patatas, peroal menos estarás vivo».—Con delicadeza —me susurra.Inspiro profundamente y presiono ladiminuta cicatriz con la punta de la hoja.Veo brotar un hilo de sangre de un rojobrillante que aún lo parece más sobre supiel nacarada. Ella ni siquiera se mueve,pero tengo que preguntarle:—¿Te hago daño?—No, me encanta.Le saco el implante del cuello con lapunta del cuchillo, y Hacha deja escaparun gruñidito. La cápsula se pega almetal, sellada con una gotita de sangre.—Bueno —dice, volviéndose. Lacasi sonrisa ya casi está ahí—. ¿A ti teha gustado?No respondo, no puedo. Pierdo elhabla. El cuchillo se me cae de la mano.Estoy a medio metro de ella, mirándolaa la cara, pero su cara no está, no la veoa través del ocular.La cabeza de Hacha se ha iluminadocon un fuego verde cegador.60Mi primera reacción es arrancarme elhardware, pero no lo hago, laconmoción me ha paralizado. Despuésme estremezco de asco. Después,pánico. Seguido rápidamente deconfusión. La cabeza de Hacha se hailuminado como un árbol de Navidad,brilla tanto que debe de verse a unkilómetro de distancia. El fuego verdedesprende chispas y gira, es tan intensoque me deja una imagen persistente en laretina del ojo izquierdo.—¿Qué pasa? —exige saber—.¿Qué ha pasado?—Te has encendido. En cuanto te hesacado el dispositivo.Nos miramos durante dos minutoseternos. Después, ella dice:—El que no está limpio, está verde.Me he puesto de pie, con el M16 enlas manos, y retrocedo hacia la puerta.Fuera, bajo la nevada que amortigua losruidos, Bizcocho intercambiaproyectiles con el francotirador. El queno está limpio, está verde. Hacha nointenta coger el fusil que tiene al lado.Si la miro por el ojo derecho, es normal.Por el izquierdo, arde como unabengala.—Piénsalo bien, Zombi —me dice—. Piénsalo. —Levanta las manosvacías, arañadas y magulladas tras lacaída; una de ellas la tiene cubierta desangre seca—. Me he encendido cuandome has quitado el implante. Los ocularesno detectan a infestados: reaccionancuando no se lleva implante.—Perdona, Hacha, pero eso no tieneningún sentido. Se han encendido cuandohemos visto a esos tres infestados: ¿porqué se iban a encender los oculares si nolo eran?—Ya sabes por qué. El problema esque no eres capaz de reconocerlo. Sehan encendido porque esa gente noestaba infestada; eran como nosotros,solo que no llevaban implantes.Se levanta. Dios, qué pequeñaparece, como una niña... Pero es unaniña, ¿no? Normal si la miro por esteojo. Una bola de fuego verde si la miropor el otro. ¿Cuál será? ¿Qué será?—Nos recogen —dice, dando unpaso hacia mí. Levanto el arma y ella sedetiene—. Nos marcan y nos procesan.Nos entrenan para matar.Otro paso, muevo el cañón haciaella, no la apunto directamente, pero lomuevo hacia ella: «Mantente alejada».—Cualquiera que no esté marcado,emite un brillo verde, y cuando sedefienden o se enfrentan a nosotros,cuando nos disparan como esefrancotirador de ahí arriba... Bueno, esodemuestra que son el enemigo, ¿no?Otro paso, ahora sí apunto a sucorazón.—No lo hagas —le suplico—. Porfavor, Hacha.Una cara pura, otra cara ardiendo.—Hasta que hayamos matado atodos los que no estén marcados —siguediciendo Hacha mientras da otro pasohacia delante. La tengo justo enfrente. Elextremo del fusil le presiona el pecho—.Es la quinta ola, Ben.—No hay quinta ola —respondo,sacudiendo la cabeza—. ¡No hay quintaola! El comandante dijo...—El comandante mintió.Con sus manos ensangrentadas, mequita el fusil. Me siento caer en un Paísde las Maravillas completamentedistinto, uno en el que arriba está abajo,lo cierto es falso y el enemigo tiene doscaras, mi cara y la de él, la del que mesalvó de ahogarme, la del que me llegóal corazón y lo convirtió en un campo debatalla.Ella me sujeta las manos entre lassuyas y me declara muerto.—Ben, la quinta ola somos nosotros.61Somos la humanidad.Es una mentira. El País de lasMaravillas. Campo Asilo. La guerra ensí.Qué fácil les ha resultado, quéasombrosamente fácil, después de todopor lo que habíamos pasado. O puedeque fuera tan sencillo por culpa de todopor lo que habíamos pasado.Nos han recogido, nos han vaciado,y nos han llenado de odio, astucia yespíritu de la venganza.Para enviarnos otra vez al exterior.Para que matemos a los que quedancon vida.Jaque mate.Me entran ganas de vomitar. Hachame sujeta el hombro mientras poto sobreun cartel que está tirado en el suelo:«¡OTOÑO DE MODA!».Ahí está Chris, detrás del cristalpolarizado. Y ahí está el botón que dice«ejecutar». Y mi dedo, golpeando confuerza. Qué fácil me resultaría matar aotra persona.Cuando termino, me pongo abalancearme sobre los talones. Noto susdedos fríos restregándome la nuca. Oigosu voz diciéndome que no pasará nada.Me arranco el ocular para matar elverde y devolverle a Hacha su cara. Ellaes Hacha y yo soy yo, aunque ya noestoy seguro de lo que eso significa. Nosoy lo que yo creía. El mundo no es loque yo creía. A lo mejor ese es el tema:ahora, el mundo es suyo y nosotrossomos los alienígenas.—No podemos volver —digo,medio ahogado, y ahí están sus ojosprofundos y cortantes, y sus fríos dedosmasajeándome el cuello.—No, no podemos, pero podemosseguir adelante —responde mientrasrecoge mi fusil y me lo pone contra elpecho—. Y podemos empezar con esehijo de puta de ahí arriba.Pero antes debe sacarme el implante.Duele más de lo que esperaba, menos delo que me merezco.—No te fustigues —me dice Hachamientras lo extrae—. Nos han engañadoa todos.—Y a los que no han podido engañarlos han llamado Dorothy y los hanmatado.—No solo a ellos —dice Hacha conamargura.Entonces caigo, y la idea me golpeacomo si recibiera un puñetazo en elcorazón: el hangar de P&E. Laschimeneas gemelas que escupían humonegro y gris. Los camiones cargados decadáveres, cientos de cadáveres todoslos días. Miles cada semana. Y losautobuses que llegaban todas las nochesrepletos de refugiados, llenos demuertos vivientes.—El Campo Asilo no es una basemilitar —susurro mientras me cae lasangre por el cuello.—Ni un campo de refugiados.Asiento con la cabeza y me trago labilis que me sube a la garganta. Sé queespera a que lo diga en voz alta. A vecestienes que decir la verdad en voz altapara que parezca real.—Es un campo de exterminio.Hay un viejo dicho que afirma que laverdad te hará libre. No me lo creo. Aveces, la verdad cierra la puerta de tucelda y la atranca con mil cerrojos.—¿Estás listo? —pregunta Hacha,que parece ansiosa por terminar de unavez.—No lo mataremos —respondo.Hacha me echa una mirada comodiciendo: «¿Qué?». Pero yo estoypensando en Chris, amarrado a un sillóndetrás de un espejo espía. Estoypensando en los cadáveres queechábamos a la cinta transportadora quellevaba su cargamento humano a la bocacaliente y hambrienta del incinerador.Ya me han utilizado lo suficiente.—Neutralizar y desarmar: esa es laorden, ¿entendido?Ella vacila, pero después asiente.No logro descifrar su expresión, comocasi siempre. ¿Está jugando al ajedrezde nuevo? Todavía oímos a Bizcochodisparar desde el otro lado de la calle.Debe de estar quedándose sin munición.Ha llegado el momento.Salir al vestíbulo supone sumergirseen la oscuridad más absoluta.Avanzamos hombro con hombro,recorriendo las paredes con los dedospara orientarnos, y probamos todas laspuertas en busca de la que da a lasescaleras. Solo se oye el ruido quehacemos al respirar el aire frío y ranciodel edificio, y el chapoteo de las botasen los dos centímetros de agua helada yapestosa; debe de haberse roto unacañería. Abro una puerta al final delpasillo y noto una corriente de airefresco. Escaleras.Nos detenemos en el rellano de lacuarta planta, al pie de los estrechosescalones que dan al tejado. La puertaestá entreabierta; nos llegan los disparosdel fusil del francotirador, aunque aúnno lo vemos. Hacernos señales aoscuras no sirve de nada, así que tiro deHacha para acercarla a mí y pego loslabios a su oreja.—Por el sonido, está justo delante.Ella asiente, y su pelo me hacecosquillas en la nariz.—Entramos a lo burro —añado.Ella es mejor tiradora que yo, asíque irá delante. Yo haré el segundodisparo si falla o cae. Hemos ensayadoesto cien veces, pero en todasintentábamos eliminar el objetivo, noinutilizarlo. Y el objetivo nuncadevolvía los disparos. Se acerca a lapuerta. Estoy justo detrás de ella, con lamano en su hombro. El viento silba através de la rendija como si fuera elgimoteo de un animal moribundo. Hacha,con la cabeza inclinada, espera mi señalrespirando profundamente ymanteniendo la calma. Me pregunto siestará rezando y, en caso de que así sea,si le reza al mismo Dios que yo. Poralgún motivo, no lo creo. Le doy unapalmada en el hombro, y ella abre lapuerta de una patada. Es como sihubiese salido disparada de un cañón:desaparece en el remolino de nieveantes de que yo me plante en el tejado, yen cuanto oigo el fuerte repiqueteo de suarma casi me tropiezo con ella,arrodillada sobre la húmeda alfombrade nieve blanca. Unos tres metrosdelante de Hacha, el francotirador estátumbado de lado, agarrándose la piernacon una mano mientras intenta recuperarsu fusil con la otra. Debe de habersalido volando con el disparo. Ellaapunta otra vez y le da en la mano. Lapalma debe de medirle unos ochocentímetros y Hacha le da de pleno. Enla penumbra. A través de la cortina denieve. El hombre se lleva la mano alpecho con un grito de sorpresa. Le doyun toque a Hacha en la cabeza y le hagoseñas para que se levante.—¡No te muevas! —le chillo alfrancotirador—. ¡No te muevas!Él se incorpora, con la manodestrozada en el pecho, de cara a lacalle, inclinado hacia delante, y, aunqueno vemos lo que hace con la otra mano,sí distingo un relámpago plateado y looigo gruñir:—Gusanos.Y algo dentro de mí se queda helado.Conozco esa voz.Esa voz me ha gritado, me hahumillado, me ha denigrado, me haamenazado y me ha maldecido. Me haseguido desde el instante en que medespertaba hasta el instante en que meacostaba. Me ha hablado entre dientes,me ha chillado, me ha ladrado y me haescupido. A mí y a todos nosotros.Reznik.Los dos la oímos y nos quedamospegados al suelo. Nos deja sin aliento.Nos congela las ideas.Y eso le concede tiempo.Un tiempo que nos oprime cuando selevanta, que se eterniza como si el relojuniversal que puso en marcha el BigBang se quedara sin energía.Ponerse en pie. Eso le lleva unossiete u ocho minutos.Volverse para mirarnos. Para esonecesita al menos diez.Lleva algo en la mano intacta y lopulsa con la ensangrentada. Para esotarda otros veinte minutos.Entonces, Hacha vuelve a la vida. Labala da en el pecho de Reznik, que caede rodillas. Se le abre la boca. Sedesploma boca abajo en el suelo, frentea nosotros.El reloj se reinicia.Nadie se mueve. Nadie dice nada.Nieve. Viento. Como siestuviéramos en la cima de una montañahelada. Hacha se acerca a él y lo poneboca arriba. Le quita el dispositivoplateado de la mano. Yo me quedomirando esa pálida cara de rata picadade viruela y, de algún modo, mesorprendo y no me sorprendo.—Se pasa meses entrenándonos parapoder matarnos —digo.Hacha sacude la cabeza. Estámirando la pantalla del dispositivoplateado. La luz le ilumina la cara yresalta el contraste entre su piel de nácary su pelo de ébano. Bajo esta luz estápreciosa; no es una belleza angelical,sino más bien la belleza de un ángel dela muerte.—No iba a matarnos, Zombi, pero lohemos sorprendido y no le hemos dejadootra alternativa. Y no iba a hacerlo conel fusil. —Levanta el dispositivo en altopara enseñarme la pantalla—. Creo queiba a matarnos con esto.La mitad superior de la pantalla laocupa una cuadrícula. Hay un grupo depuntos verdes en la esquina de laizquierda. Otro grupo de puntos verdesmás cerca del centro.—El pelotón —digo.—Y este punto solitario debe de serBizcocho.—Lo que significa que, si no noshubiésemos extraído los dispositivos...—Habría sabido exactamente dóndeestábamos —dice Hacha—. Nos habríaestado esperando y nos habría dado porculo.Señala los dos números iluminadosen la parte inferior de la pantalla. Unode ellos es el número que me asignaroncuando la doctora Pam me etiquetó.Imagino que el otro es el de Hacha.Debajo de los números hay un botónverde que parpadea.—¿Qué pasa si aprietas ese botón?—pregunto.—Supongo que nada —responde, ylo aprieta.Doy un respingo, pero ha supuestobien.—Es un botón asesino —explica—.Tiene que ser eso. Conectado a nuestrosimplantes.Podría habernos frito en cualquiermomento. Matarnos no era el objetivo,así que ¿qué pretendía?—Los tres «infestados» —diceHacha, leyendo la pregunta en miexpresión—. Por eso hizo el primerdisparo. Somos el primer pelotón quesale del campamento: tiene sentido quenos monitoricen para ver cómo noscomportamos en un combate real. O enlo que pensamos que es un combate real.Para asegurarnos de que reaccionamoscomo ratitas obedientes ante los cebosverdes. Han tenido que soltarlo antesque a nosotros, para que apretase elgatillo si nosotros no lo hacíamos. Comono lo hemos hecho, nos ha dado unincentivo.—Y ha seguido disparando para...—Para mantenernos en tensión ylistos para volar en pedazos cualquierpunto verde que brille.Ahí, bajo la nieve, tengo lasensación de que Hacha me mira através de una cortina de gasa blanca.Los copos se le posan en las cejas ylanzan destellos desde su pelo.—Es mucho riesgo —comento.—En realidad, no. Nos tenía en estepequeño radar. En el peor de los casos,solo tenía que apretar el botón. Elproblema es que no ha tenido en cuentaun caso aún peor.—Que nos quitáramos los implantes.Hacha asiente y se aparta la nieveque se le pega a la cara.—No creo que ese imbécil esperaseque diésemos media vuelta ylucháramos.Me pasa el dispositivo. Cierro latapa y me lo meto en el bolsillo.—Nos toca, sargento —dice en vozbaja, o tal vez es la nieve que le ahogaun poco la voz—. ¿Cuáles son lasórdenes?Me trago una buena bocanada deaire y lo dejo salir poco a poco.—Volvemos con el pelotón. Lessacamos los implantes a todos...—¿Y?—Rezamos por que no haya unbatallón de Reznik de camino.Me vuelvo para marcharme, peroella me sujeta el brazo.—¡Espera! No podemos volver sinlos implantes.Tardo un segundo en pillarlo.Después asiento y me restriego loslabios dormidos con el dorso de lamano. Nos encenderemos comobombillas en sus oculares si nollevamos los implantes.—Bizcocho nos derribará antes deque terminemos de cruzar la calle.—¿Nos los metemos en la boca?Sacudo la cabeza. ¿Y si nos lostragamos sin querer?—Tenemos que volver a meterlosdonde estaban, vendar bien las heridasy...—¿Esperar que no se caigan?—Y esperar que sacarlos no loshaya desactivado... ¿Qué? —pregunto—. ¿Demasiada esperanza?—Puede que esa sea nuestra armasecreta —responde ella.Le tiembla un poco la comisura delos labios.62—Esto es una mierda, una mierdamuy gorda —me dice Picapiedra—.¿Reznik era el francotirador?Estamos sentados con la espaldaapoyada en el muro de hormigón delgaraje; Hacha y Bizcocho se encuentranen los flancos, observando la calle. Yotengo a Dumbo a un lado y a Picapiedra,al otro; Tacita se ha sentado entre ellos,con la cabeza apretada contra mi pecho.—Reznik es un infestado —le digopor tercera vez—. El Campo Asilo essuyo. Nos han estado usando para...—¡Cierra el pico, Zombi! ¡Es lalocura más paranoica que he oído! —exclama Picapiedra. Tiene la cara rojacomo un tomate y le tiembla la ceja—.¡Te has cargado a nuestro instructor!¡Que estaba intentando matarnos anosotros! ¡En una misión para eliminar ainfestados! Vosotros haced lo quequeráis, pero yo ya estoy harto. Seacabó.Se pone de pie y sacude el puñohacia mí.—Voy a volver al punto de encuentropara esperar a la evacuación. Esto es...—intenta buscar la palabra adecuada,pero al final se conforma con—: unatrola.—Picapiedra —le digo en voz bajay con tranquilidad—, siéntate.—Increíble: te has vuelto Dorothy.Dumbo, Bizcocho, ¿vosotros os lotragáis? No puedo creerme que os lotraguéis.Saco el dispositivo plateado delbolsillo y lo abro. Se lo pego a la cara.—¿Ves ese punto verde de ahí? Eseeres tú.Bajo por la pantalla hasta su númeroy lo ilumino pulsándolo con el dedo. Elbotón parpadea.—¿Sabes qué pasa cuando aprietasel botón verde?Es una de esas frases que teprovocan insomnio para el resto de tuvida y que desearías no haber dichonunca.Picapiedra se abalanza sobre elcacharro y me lo quita de las manos.Podría haber llegado a tiempo paraimpedírselo, pero tengo a Tacita en elregazo y eso me ralentiza. Lo único quesucede antes de que apriete el botón esque grito:—¡No!La cabeza de Picapiedra cae haciaatrás, como si alguien le hubiese dadoun buen golpe en la frente. Se le abre laboca y los ojos se le vuelven hacia eltecho.Después se desploma como un pesomuerto, como una marioneta a la que lehan soltado las cuerdas.Tacita está gritando. Hacha me laquita de encima para que puedaarrodillarme junto a Picapiedra. Notengo que mirarle el pulso para saberque está muerto, pero lo hago de todosmodos. Solo hace falta mirar la pantalladel dispositivo que lleva en la mano: unpunto rojo sustituye al punto verde.—Supongo que tenías razón, Hacha—le digo, volviendo la cabeza paramirarla.Recojo el mando de la mano sin vidade Picapiedra. La mía tiembla. Pánico.Confusión. Pero, sobre todo, rabia:estoy furioso con él. Me tienta la idea depegarle un puñetazo en esa cara tangrande y gorda que tiene.Detrás de mí, Dumbo dice:—¿Qué vamos a hacer ahora,sargento?A él también le ha entrado el pánico.—Ahora mismo vas a quitarles losimplantes a Bizcocho y a Tacita.—¿Yo? —pregunta, y la voz le subeuna octava.La mía baja una.—Eres el sanitario, ¿no? Hacha te loquitará a ti.—Vale, pero después ¿qué vamos ahacer? No podemos volver. Nopodemos... ¿Adónde vamos a ir ahora?Hacha me está mirando. Cada vez seme da mejor interpretar sus expresiones,y ese modo de inclinar ligeramente loslabios hacia abajo indica que se estápreparando, como si ya supiera lo quevoy a decir. ¿Quién sabe? Seguramentelo sepa.—No vais a volver, Dumbo.—Quieres decir que no vamos avolver —me corrige Hacha—. Todosnosotros, Zombi.Me levanto. Es como si enderezarmeme costara una eternidad. Doy un pasohacia ella. El viento le echa el pelo a unlado, una bandera negra ondeante.—Hemos dejado a uno atrás —digo.Ella sacude la cabeza bruscamente.Me gusta la forma en que el flequillo sele mueve adelante y atrás.—¿Frijol? Zombi, no puedes volvera por él, es un suicidio.—No puedo abandonarlo. Hice unapromesa.Empiezo a explicarlo, pero no sé nipor dónde empezar. ¿Cómo lo expresocon palabras? Es imposible, es comointentar localizar el punto de partida deun círculo.O encontrar el primer eslabón de unacadenadeplata. —Ya hui unavez—digoalfin—. No volveré a hacerlo.63Está la nieve, diminutos puntitos blancosque caen en espiral.Está el río que apesta a desechos y arestos humanos, negro, veloz ysilencioso bajo las nubes que ocultan elreluciente ojo verde de la nave nodriza.Y está el deportista de institutoadolescente, vestido de soldado, con elfusil semiautomático de gran calibre quele dieron los del ojo verde brillante,agachado junto a la estatua de unsoldado de verdad que luchó y muriócon la mente clara y el corazón limpio,sin que lo corrompieran las mentiras deun enemigo que sabe cómo piensa, queretuerce todas sus cosas buenas paraconvertirlas en malas, que utiliza suesperanza y su confianza para hacer deél un arma contra los suyos. El niño queno volvió cuando debería haber vuelto,y que ahora vuelve cuando no debería.El niño llamado Zombi, el que hizouna promesa, y si no la cumple, seacabará la guerra, no la grande, sino laque importa, la que se lidia en el campode batalla de su corazón.Porque las promesas importan.Importan ahora más que nunca.En el parque, junto al río, bajo lanieve que cae en espiral.Noto la llegada del helicóptero antesde oírlo. Un cambio en la presión, unavibración en la piel expuesta. Después,la percusión rítmica de las palas, y melevanto tambaleante, apretándome con lamano la herida de bala del costado.«¿Dónde te disparo?», me preguntóHacha. «No lo sé, pero no puede ser nien las piernas ni en los brazos». YDumbo, que, gracias al trabajo en laplanta de procesamiento, tiene muchaexperiencia con la anatomía humana,dijo: «Dispárale en el costado, de cerca.Y en este ángulo, porque, si no, leperforarás los intestinos». Y Hacha:«¿Qué hacemos si te perforo losintestinos?». A lo que yo respondí:«Enterrarme, porque estaré muerto».¿Una sonrisa? No. Maldita sea.Después, mientras Dumbo meexaminaba la herida, Hacha mepreguntó: «¿Cuánto tiempo teesperamos?». «Un día, máximo»,contesté. «¿Un día?». «Vale, dos días. Sino volvemos en cuarenta y ocho horas,es que no volvemos», le concedí.Ella no me lo discutió, pero dijo:«Si no vuelves en cuarenta y ocho horas,volveré a por ti».«Sería un movimiento muy tonto,jugadora de ajedrez», respondí. «Estono es ajedrez», repuso ella.La sombra negra ruge por encima delas ramas desnudas de los árboles querodean el parque; el pesado compásrítmico de los rotores, como un enormecorazón acelerado, las ráfagas de vientofrío que me presionan los hombroscuando corro a la compuerta abierta.El piloto vuelve la cabeza mientrasme meto dentro.—¿Dónde está tu unidad?—¡Vamos, vamos! —grito yo al caersobre el asiento vacío.Y el piloto:—Soldado, ¿dónde está tu unidad?Desde los árboles llega la respuestade mi unidad, que lanza una descarga deartillería, de modo que las balas se dancontra el fuselaje reforzado del BlackHawk, y yo sigo gritando a todo pulmón:—¡Vamos, vamos, vamos!Y me cuesta. Con cada «vamos» mesangra más la herida, y la sangre me caeentre los dedos.El helicóptero se eleva y saledisparado hacia delante, después seladea bruscamente a la izquierda. Cierrolos ojos. «Vamos, Hacha, vamos».El Black Hawk descarga suametralladora sobre los árboles,pulverizándolos, y el piloto le grita algoal copiloto. El helicóptero sobrevuelalos árboles, pero ya debe de hacer unbuen rato que Hacha y mi equipo sealejaron por el sendero que bordea lasoscuras orillas del río. Rodeamos esamasa frondosa varias veces ydisparamos hasta que los árboles quedanreducidos a tocones destrozados. Elpiloto se asoma a la bodega y me vetirado sobre dos asientos, sujetándomeel costado ensangrentado. Entonces seeleva y aprieta el acelerador. Elhelicóptero asciende a toda velocidadhacia las nubes, y la blanca nada de lanieve se traga el parque.Estoy a punto de perder elconocimiento. Demasiada sangre,demasiada. Está el rostro de Hacha y,joder, no es que me esté sonriendo, esque se ríe a carcajada limpia. ¡Bien pormí, bien por mí por haberla hecho reír!Y está Frijol, y él no sonríe enabsoluto.«¡No me lo prometas, no me loprometas, no me lo prometas! ¡Noprometas nada nunca, nunca, nunca!».—Voy a por ti, te lo prometo.64Me despierto donde comenzó todo: enuna cama de hospital, vendado yflotando en un mar de analgésicos. Se hacerrado el círculo.Tardo varios minutos en darmecuenta de que no estoy solo. Hay alguienen el sillón, al otro lado del goterointravenoso. Vuelvo la cabeza y,primero, le veo las botas, negras y tanbrillantes como un espejo. El uniformeimpecable, almidonado y planchado.Los rasgos marcados, los penetrantesojos azules que me atravesaron hasta elfondo.—Aquí estás —dice Vosch en vozbaja—. No del todo sano, pero a salvo.Los médicos me cuentan que has tenidouna suerte increíble, que no has sufridodaños importantes. La bala te atravesólimpiamente. Asombroso, la verdad,teniendo en cuenta que te dispararon aquemarropa.¿Qué le vas a contar?«Le voy a contar la verdad».—Fue Hacha —le digo.Desgraciado. Hijo de puta, durantemeses lo vi como mi salvador... inclusocomo el salvador de la humanidad, suspromesas me ofrecían el más cruel delos regalos: esperanza.Él ladea la cabeza: me recuerda a unpájaro de ojos brillantes que ve unachuchería apetecible.—¿Y por qué te disparó la soldadoHacha, Ben?«No puedes contarle la verdad».Vale, a la mierda la verdad, le darélos hechos.—Por Reznik.—¿Reznik?—Señor, la soldado Hacha medisparó porque defendí la presencia deReznik allí.—¿Y por qué ibas a tener quedefender la presencia de Reznik,sargento?Cruza las piernas y se sostiene larodilla de arriba con ambas manos.Cuesta mantener contacto visual con éldurante más de tres o cuatro segundosseguidos.—Se volvieron contra nosotros,señor. Bueno, no todos. Picapiedra yHacha... Y Tacita, aunque solo porquelo hizo Hacha. Dijeron que el hecho deque Reznik estuviera allí demostrabaque todo esto era mentira, y que usted...Alza ligeramente la mano parainterrumpirme y pregunta:—¿Esto?—El campo, los infestados. Que nonos han entrenado para mataralienígenas, sino que los alienígenas noshan entrenado para que nos matáramosentre nosotros.Al principio no dice nada. Casidesearía que se hubiera echado a reír,que hubiera sonreído o sacudido lacabeza. Si hubiera hecho algo así, talvez me habría quedado alguna duda,puede que me hubiera pensado mejor eltema este de la farsa alienígena yhubiera llegado a la conclusión de queestoy paranoico e histérico por culpa dela batalla.En vez de eso, se me queda mirandocon sus brillantes ojos de pájaro sinexpresar emoción alguna.—¿Y tú no querías tener nada quever con su pequeña teoría de laconspiración?Asiento con la cabeza, con laesperanza de que el gesto transmitadecisión y seguridad.—Se volvieron Dorothy, señor.Pusieron a todo el pelotón en mi contra—digo, y trato de esbozar una sonrisaadusta, de soldado—. Pero antes meencargué de Picapiedra.—Hemos recuperado su cadáver —me dice Vosch—. Le dispararon aquemarropa, como a ti. Pero a élacertaron a darle algo más arriba.«¿Estás seguro de esto, Zombi? ¿Porqué tenemos que dispararle en lacabeza?».«Porque no pueden saber que fue eldispositivo. A lo mejor, si el destrozo esimportante, ocultará las pruebas.Retrocede, Hacha, ya sabes que no tengola mejor puntería del mundo».—Habría acabado con los demás,pero me superaban en número, señor.Decidí que lo mejor era volver echandoleches a la base e informar.Sigue sin moverse. Se pasa un buenrato sin decir nada. Simplemente, memira.«¿Qué eres? —me pregunto—. ¿Ereshumano? ¿Eres un infestado? ¿O eres...otra cosa? ¿Qué narices eres?».—Se han esfumado, ¿sabes? —diceal fin, esperando mi respuesta.Por suerte, he pensado en una.Bueno, la pensó Hacha. Valor a quienvalor merece.—Se extrajeron los dispositivos derastreo.—También te quitaron el tuyo —comenta, y espera.Detrás de él veo celadores vestidoscon batas verdes que se mueven entrelas filas de camas y oigo el chirrido desus zapatos al pisar el suelo de linóleo.Un día más en el hospital de losmalditos.Estoy listo para su pregunta.—Les seguí la corriente y esperé almomento oportuno. Después dequitármelo a mí, Dumbo se lo quitó aHacha, y entonces aproveché laoportunidad.—Para disparar a Picapiedra...—Y después Hacha me disparó a mí.—Y después...Vosch tenía los brazos cruzadossobre el pecho y la barbilla baja. Meexaminaba con ojos caídos, como un averapaz examina a su cena.—Y después hui, señor.«¿Así que puedo derribar a Reznik aoscuras en plena tormenta de nieve, perono soy capaz de acabar contigo a mediometro de distancia? No se lo tragará,Zombi».«No necesito que se lo trague, solonecesito que se lo piense durante unascuantas horas».Se aclara la garganta, se rascadebajo de la barbilla y se pasa un ratoexaminando los azulejos del techo hastaque me mira de nuevo.—Ben, has tenido mucha suerte dellegar al punto de evacuación antes dedesangrarte.«Ya te digo, hombre o lo que seas.Una suerte del demonio».El silencio cae como una losa.Ojos azules. Labios apretados.Brazos cruzados.—No me lo has contado todo.—¿Señor?—Te estás dejando algo.Sacudo la cabeza despacio, y toda lahabitación me da vueltas como si fueraun barco en plena tormenta. ¿Cuántosanalgésicos me han dado?—Tu antiguo sargento instructor.Seguro que algún miembro del equipo loregistró y encontró uno de estosdispositivos —explicó, enseñándome undisco plateado idéntico al que llevabaReznik—. En cuyo momento, alguien,seguramente tú, por ser el oficial almando, se preguntaría qué hacía Reznikcon un mecanismo capaz de acabar convuestras vidas con tan solo pulsar unbotón.Asiento con la cabeza, Hacha y yoya nos habíamos imaginado que sacaríael tema, así que tenía preparada larespuesta. Que se la creyera o no, ya eraotra historia.—Solo hay una explicación quetenga sentido, señor. Era nuestra primeramisión, nuestro primer combate real. Eranecesario vigilarnos. Y necesitaban undispositivo de seguridad por si algunode nosotros se volvía Dorothy y atacabaa los demás...Dejo la frase en el aire. Estoy sinaliento y contento de estarlo, ya que nome fío de lo que pueda soltar por culpade las drogas. No pienso con claridad.Atravieso un campo de minas cubiertopor una densa niebla.Hacha se lo imaginaba, por eso meobligó a practicar esta parte una y otravez mientras esperábamos a que elhelicóptero llegara al parque, justo antesde pegarme la pistola al estómago yapretar el gatillo.La silla araña el suelo y, de repente,el duro rostro de Vosch es todo lo queveo.—Es realmente extraordinario, Ben.Has resistido la dinámica de combatedel grupo y la enorme presión de seguiral rebaño. Es casi... Bueno, es casiinhumano, a falta de un término mejor.—Soy humano —susurro, y elcorazón me golpea el pecho tan fuerteque, por un momento, estoy convencidode que puede verlo latir a través de lafina bata de hospital que llevo puesta.—¿Lo eres? Porque ese es el quidde la cuestión, ¿no, Ben? ¡A eso sereduce todo! A quién es humano... yquién no lo es. ¿Es que no tenemos ojos,Ben? ¿Es que no tenemos manos,órganos, proporción humana, sentidos,afectos, pasiones? Si nos pincháis, ¿nosangramos? Y si nos ultrajáis, ¿no nosvengaremos?El duro ángulo de la mandíbula. Laseriedad de los ojos azules. Los finoslabios sobre el fondo de un rostroenrojecido.—Shakespeare, El mercader deVenecia. Son palabras de una personaque pertenece a una raza despreciada yperseguida. Como la nuestra, Ben. Laraza humana.—No creo que nos odien, señor —digo, intentando mantener la calma eneste giro tan raro e inesperado que handado los acontecimientos en el campode minas.La cabeza me da vueltas. Medisparan en las tripas, me drogan ydespués me ponen a hablar deShakespeare con el comandante de unode los campos de exterminio máseficientes de la historia del planeta.—Pues tienen una forma muy curiosade demostrar su aprecio.—Ni nos aman ni nos odian.Simplemente, estorbamos. A lo mejor,para ellos, nosotros somos lainfestación.—¿Somos la Periplaneta americanapara su Homo sapiens? En esacompetición, me quedo con lacucaracha. Es muy difícil erradicar.Me da una palmadita en el hombro yse pone muy serio. Hemos llegado a laclave del asunto, al instante de vida omuerte, de aprobar o suspender; lo noto.Le da vueltas y más vueltas al discoplateado que tiene en la mano.«Tu plan es un asco, Zombi. Y losabes».«Vale, a ver, cuéntame el tuyo».«Permanecemos juntos y nosarriesgamos con los que se esconden enel juzgado».«¿Y Frijol?».«No le harán daño. ¿Por qué tepreocupa tanto Frijol? Por Dios, Zombi,hay cientos de niños...».«Sí, pero la promesa solo se la hicea uno».—Son unos hechos muy graves, Ben,muy graves. Los delirios de Hacha laempujarán a buscar cobijo con losmismos seres que debía destruir. Lescontará todo lo que sabe sobre nuestrasoperaciones. Hemos enviado a otros trespelotones para impedirlo, pero me temoque quizá sea demasiado tarde. Si lo es,no tendremos más remedio que llevar acabo el plan de último recurso.Los ojos le arden con un pálidofuego azul. Me estremezco, literalmente,cuando me da la espalda: de repentesiento frío y mucho, mucho miedo.«¿En qué consiste el últimorecurso?».Puede que no se lo haya tragado,pero le está dando vueltas. Sigo vivo y,mientras sea así, Frijol tendrá unaoportunidad.Se vuelve de nuevo hacia mí, comosi se le hubiera olvidado algo.«Mierda, allá vamos».—Ah, otra cosa. Siento ser el que tedé las malas noticias, pero vamos aquitarte los analgésicos para poderobtener un informe completo.—¿Informe completo, señor?—El combate es muy curioso, Ben:la memoria puede engañarte. Hemosdescubierto que los medicamentosinterfieren con el programa. Calculo queen unas seis horas estarás limpio.«Sigo sin entenderlo, Zombi, ¿porqué tengo que dispararte? ¿Por qué nopuedes contarles que nos mataste atodos? En mi opinión, esto es exagerar».«Tengo que estar herido, Hacha».«¿Por qué?».«Para que me mediquen».«¿Por qué?».«Para ganar tiempo. Para que no melleven allí nada más bajar delhelicóptero».«¿Adónde?».Así que no necesito preguntarle aVosch de qué está hablando, pero lohago de todos modos:—¿Me van a enchufar a El País delas Maravillas?Él dobla un dedo para llamar a uncelador, que se acerca con una bandeja.Una bandeja con una jeringa y unadiminuta cápsula plateada.—Te vamos a enchufar a El País delas Maravillas.IXCOMO UNA FLOR ALA LLUVIA65Anoche nos quedamos dormidos delantede la chimenea, y esta mañana me hedespertado en nuestra cama... No, ennuestra cama, no, en mi cama. ¿En lacama de Val? En la cama, y no recuerdohaber subido las escaleras, así que tuvoque cogerme en brazos y metermedentro, aunque ahora mismo no está enla cama conmigo. Noto una punzada demiedo al darme cuenta de que no está.Es mucho más fácil apartar las dudascuando está conmigo, cuando le veoesos ojos del color del chocolatefundido y oigo esa voz profunda que caesobre mí como si fuera una cálida mantaen una noche fría. «Ay, eres un casoperdido, Cassie, un desastre».Me visto rápidamente a la tenue luzdel alba y bajo las escaleras. Tampocoestá allí, pero sí mi M16, limpio,cargado y apoyado en la repisa de lachimenea.Lo llamo. Me responde el silencio.Recojo el arma. La última vez que ladisparé fue el día del soldado delcrucifijo.«No fue culpa tuya, Cassie. Nisuya».Cierro los ojos y veo a mi padretirado en el suelo con un disparo en lastripas, diciéndome en silencio que no meacerque, justo antes de que Vosch losilencie para siempre.«Culpa de Vosch. No tuya ni delsoldado del crucifijo. De Vosch».Me imagino poniéndole a Vosch elcañón del fusil en la sien y volándole latapa de los sesos.Primero tengo que encontrarlo. Yluego pedirle muy amablemente que nose mueva para que pueda acercarle elcañón de mi fusil a la sien y volarle latapa de los sesos.De repente me doy cuenta de queestoy en el sofá, al lado de Oso, y quelos acuno a los dos, al oso en una manoy al fusil en la otra, como si estuviera devuelta en el bosque, dentro de la tienda,bajo los árboles que estaban bajo elcielo, que a su vez estaba bajo elsiniestro ojo de la madre nodriza, queestaba bajo el estallido de estrellas deentre las cuales la nuestra no es más queuna... ¿Qué probabilidades había de quelos Otros eligieran establecerseprecisamente en nuestra estrella, deentre los mil trillones de estrellas deluniverso?Es demasiado para mí. No puedovencer a los Otros: soy una cucaracha.Vale, utilizaré la metáfora de la efímerade Evan; las efímeras son más bonitas y,al menos, pueden volar. Sin embargo, sípuedo eliminar a algunos de esoscabrones antes de que acabe mi únicodía sobre la Tierra. Y pienso empezarpor Vosch.Una mano me toca el hombro.—Cassie, ¿por qué lloras?—No lloro, es alergia. Este puñeterooso está lleno de polvo.Se sienta junto a mí, en el lado deloso, no en el del fusil.—¿Dónde estabas? —le pregunto,por cambiar de tema.—Echando un vistazo al tiempo.—¿Y?«Frases completas, por favor, tengofrío y necesito que tu cálida voz demanta me mantenga a salvo». Me llevolas rodillas al pecho y apoyo los talonesen el borde del cojín del sofá.—Creo que esta noche hará bueno.La luz de la mañana se cuela entrelas sábanas que cuelgan de la ventana yle pinta la cara de oro. La luz se lerefleja en el pelo y le chisporrotea enlos ojos.—Bien —respondo, y me sorbo losmocos con ganas.—Cassie —dice, tocándome larodilla. Tiene la mano caliente: noto elcalor a través de los vaqueros—. Hetenido una idea muy rara.—¿Que todo esto es un sueño muymalo?Sacude la cabeza y se ríe, nervioso.—No quiero que te lo tomes a mal,así que escúchame antes de decir nada,¿vale? Lo he estado pensando a fondo yni siquiera lo mencionaría si nopensara...—Dímelo ya, Evan. Tú... dímelo.«Oh, Dios, ¿qué me va a decir? —pienso, y me tenso de pies a cabeza—.Da igual, Evan, no me lo cuentes».—Déjame ir.Sacudo la cabeza, desconcertada.¿Es una broma? Le miro la mano, la queestá encima de mi rodilla y me la aprietaun poco.—Creía que ya habías decididovenir.—Quiero decir, déjame ir —repite,y me mueve un poco la rodilla para quelo mire a la cara.—Que te deje ir solo —comprendoal fin—. Que me quede aquí y te deje irsolo a buscar a mi hermano.—Vale, espera, has prometidoescucharme...—No te he prometido nada —respondo, apartándole la mano. La ideade que me deje atrás no es soloofensiva, sino que además me resultaaterradora—. La promesa se la hice aSammy, así que olvídalo.—Pero no sabes lo que hay ahí fuera—insiste, sin olvidarlo.—¿Y tú sí?—Mejor que tú.Intenta acercarse, pero le pongo unamano contra el pecho: «De eso nada,amigo».—Pues dime qué hay ahí fuera.—Piensa en quién tiene másposibilidades de sobrevivir lo bastantepara mantener tu promesa —dice,levantando las manos—. No estoydiciendo que sea porque eres una chicao porque yo sea más fuerte, más duro ninada de eso. Solo digo que, si va solouno de los dos, el otro todavía tendríauna oportunidad de encontrarlo siocurriera lo peor.—Bueno, seguramente tengas razónen eso, pero no deberías ir tú primero.Es mi hermano. No pienso quedarmeaquí a esperar a que un Silenciadorllame a la puerta a pedirme un poco deazúcar. Iré sola.Me levanto del sofá de un salto,como si pensara largarme en estepreciso instante. Me agarra por el brazoy tira de mí hacia atrás.—Déjalo, Evan. Se te olvida denuevo que soy yo quien te permite queme acompañes, no al revés.—Lo sé —responde, con la cabezabaja—. Lo sé —repite, y deja escaparuna risa triste—. También sabía cuál ibaa ser tu respuesta, pero tenía quepreguntártelo.—¿Porque crees que no sé cuidarmesola?—Porque no quiero que mueras.66Llevamos varias semanaspreparándonos. Hoy, el último día, noqueda gran cosa que hacer salvo esperara que llegue la noche. Viajamos ligeros;Evan creía que llegaríamos a WrightPattersonen dos o tres noches, siemprey cuando no nos encontráramos conalgún imprevisto, como otra tormenta denieve o la muerte de uno de los dos... Ola muerte de los dos, lo que retrasaría laoperación indefinidamente.A pesar de haber reducido miequipaje a lo mínimo, me cuesta meter aloso en la mochila. A lo mejor le cortolas patas y le digo a Sammy que se lasvoló en pedazos el Ojo que acabó con elCampo Pozo de Ceniza.El Ojo. Decido que eso sería aúnmejor: no volarle a Vosch la cabeza,sino meterle una bomba alienígena porlos pantalones.—A lo mejor no deberías llevártelo—dice Evan.—A lo mejor deberías callarte —mascullo mientras doblo al oso por lamitad y cierro la cremallera—. Ya está.—¿Sabes que cuando te vi porprimera vez en el bosque creía que eloso era tuyo? —me dice, sonriendo.—¿En el bosque?Pierde la sonrisa.—No me encontraste en el bosque—le recuerdo. De repente, la habitaciónparece estar diez grados más fría—. Meencontraste en medio de un banco denieve.—Quería decir que yo estaba en elbosque, no tú —responde—. Te vi desdeel bosque, a casi un kilómetro de allí.Asiento con la cabeza, pero noporque me lo crea. Asiento porque séque no me equivoco al no creérmelo.—Todavía no has salido de eseberenjenal, Evan. Eres dulce y tienesunas cutículas increíbles, pero sigo sinestar segura de por qué tienes las manostan suaves o de por qué olían a pólvorala noche que, supuestamente, visitaste latumba de tu novia.—Te lo dije anoche, llevo dos añossin ayudar en la granja, y ese día limpiémi arma. No sé qué más...—Solo confío en ti porque se te dabien el fusil y porque, a pesar de habertenido mil oportunidades, no lo hasempleado para matarme —lo corto—.No te lo tomes como algo personal, perohay algo en ti y en esta situación que noacabo de entender, aunque eso no quieredecir que no vaya a entenderlo nunca. Loaveriguaré y, si la verdad es algo que tepone contra mí, haré lo que tenga quehacer.—¿El qué? —pregunta, y esboza esamaldita sonrisa ladeada tan sexymientras levanta los hombros y hundelas manos hasta el fondo de losbolsillos, como si fuera un niño al quehan pillado en una travesura.Supongo que lo hace para volvermeloca, en el buen sentido. ¿Qué tiene estechico que me dan ganas de abofetearlo ybesarlo, de huir de él y correr hacia él,de abrazarlo y darle una patada en laspelotas, todo a la vez? Me gustaríaculpar a la Llegada del efecto que ejercesobre mí, pero algo me dice que loschicos llevan provocándonos estasreacciones desde hace bastante mástiempo.—Lo que tenga que hacer —repito.Subo las escaleras. Pensar en lo quetengo que hacer me ha recordado algoque quería hacer antes de marcharnos.Rebusco por los cajones del cuartode baño hasta que encuentro unas tijerasy procedo a cortarme quince centímetrosde melena. Cuando oigo crujir las tablasdel suelo, grito, sin volverme:—¡Deja de acosarme!Un segundo después, Evan asoma lacabeza.—¿Qué estás haciendo? —pregunta.—Un corte de pelo simbólico. ¿Quéhaces tú? Ah, sí, me sigues, me acechasdetrás de las puertas. Puede que un díade estos reúnas el valor suficiente paraentrar, Evan.—Parece que te estás cortando elpelo de verdad.—He decidido librarme de todas lascosas que me molestan —respondo,lanzándole una miradita a través delespejo.—¿Por qué te molesta?—¿Por qué preguntas?Ahora estoy mirando mi reflejo,pero ahí está él: lo veo con el rabillodel ojo. Maldita sea, más simbolismo.Toma la sabia decisión de largarse.Un par de tijeretazos, y el lavabo sellena de rizos. Lo oigo bajar conestrépito las escaleras y después mellega el portazo de salida. Supongo quemi deber era pedirle permiso primero,como si le perteneciera, como si fueraun cachorrito que encontró en la nieve.Doy un paso atrás para examinar miobra. Con el pelo corto y sin maquillajeparece que tengo doce años. Vale, unoscatorce. Sin embargo, con la actitudcorrecta y los accesorios apropiados,alguien podría confundirme con unapreadolescente. Puede que incluso seofreciera a llevarme en su alegreautobús escolar amarillo.Esa tarde, un manto de nubes grisesse extiende por el cielo y trae consigo elcrepúsculo antes de tiempo. Evan vuelvea desaparecer y regresa al cabo de unosminutos con dos contenedores de veintelitros de gasolina cada uno. Lo miro, yél dice:—Estaba pensando en que no nosvendría mal una distracción.—¿Vas a quemar tu casa? —pregunto tras procesar la información.—Voy a quemar mi casa —asienteél, como si lo estuviera deseando.Levanta uno de los contenedores y lolleva arriba para empapar losdormitorios. Yo salgo al porche paraescapar de los vapores. Un enormecuervo negro da saltitos por el patio, sedetiene y me echa una mirada con susojillos negros. Medito la posibilidad desacar mi pistola y dispararle.No creo que fallara: ahora, gracias aEvan, tengo muy buena puntería y,además, odio los pájaros.La puerta se abre y una nube de olornauseabundo sale al exterior. Me alejodel porche, y el cuervo se aleja volandoentre graznidos. Evan moja el porche ylanza la lata vacía contra el lateral de lacasa.—El granero —le digo—. Si queríasuna distracción, deberías haber quemadoel granero. Así la casa seguiría aquícuando volviéramos.«Porque me gustaría pensar quevamos a volver, Evan. Sammy, tú y yo,una gran familia feliz».—Ya sabes que no vamos a volver—responde, y enciende la cerilla.67Veinticuatro horas después, he cerradoel círculo que me conecta a Sammycomo un cordón de plata: he regresadoal lugar donde hice mi promesa.El Campo Pozo de Ceniza está justocomo lo dejé, lo que significa que noexiste: en su lugar no hay más que unvacío de kilómetro y medio de ancho enel que acaba la carretera de tierra queatraviesa el bosque. El suelo está másduro que el acero y completamentedesnudo, ni siquiera queda un diminutorastrojo, una brizna de hierba o una hojamuerta. Por supuesto, es invierno, perono creo que este claro abierto por losOtros vaya a florecer como un prado conla llegada de la primavera.Señalo un punto a nuestra derecha.—Ahí estaban los barracones. Creo.Cuesta distinguirlo sin más puntos dereferencia que la carretera. Por allíestaba el almacén. Y por allí se iba alpozo de ceniza. Más allá está elbarranco.Evan sacude la cabeza, asombrado.—No queda nada —dice mientraspisa con fuerza el suelo, que está durocomo una roca.—Sí que queda algo: yo.—Ya sabes a qué me refiero —responde con un suspiro.—Me he puesto demasiado intensa.—Ummm, para variar —dice, yprueba a sonreír, pero su sonrisa ya nole funciona tan bien.Ha estado muy callado desde queabandonamos su casa en llamas enmedio del campo. A la menguante luzdel día, se arrodilla en el suelo, saca elmapa y señala nuestra ubicación con lalinterna.—Esa carretera de tierra no está enel mapa, pero debe de conectarse conesta otra, más o menos por aquí.Podemos seguirla hasta la 675. De allí aWright-Patterson es todo recto.—¿Cuánta distancia hay? —preguntomientras miro más allá de Evan.—Unos cuarenta o cincuentakilómetros. Otro día más, si apretamosel paso.—Lo apretaremos.Me siento a su lado y le registro lamochila en busca de algo para comer.Encuentro una misteriosa carne curadaenvuelta en papel de cera y un par degalletas duras. Le ofrezco una a Evan,pero él sacude la cabeza: no.—Necesitas comer —lo regaño—.Deja de preocuparte tanto.Teme que nos quedemos sin comida.Tiene su fusil, claro, pero no habrá cazadurante esta fase de la operación derescate: debemos recorrer el campo ensilencio. Aunque tampoco es que esecampo sea demasiado silencioso. Laprimera noche oímos disparos. A vecesera el eco de una sola arma, otras veces,de más de una. Siempre a lo lejos, esosí, nunca lo bastante cerca como parapreocuparnos. A lo mejor se trataba decazadores solitarios, como Evan, quevivían de la tierra. Puede que depandillas errantes de cabras. ¿Quiénsabe? O tal vez fueran otras niñas dedieciséis años armadas con un M16 y lobastante estúpidas como para creer queeran las últimas representantes de lahumanidad en la Tierra.Se rinde y acepta una de las galletas.Se pone a roer un trozo. Mastica,pensativo, examinando el páramomientras cae la noche.—¿Y si han dejado de cargarautobuses? —pregunta por enésima vez—. ¿Cómo entraremos?—Ya se nos ocurrirá algo —respondo.Cassie Sullivan: expertaplanificadora de estrategias.—Tienen soldados profesionales —dice, lanzándome una miradita—.Humvees. Y Black Hawks. Y esa...¿Cómo la llamaste? La bomba del ojoverde. Será mejor que se nos ocurraalgo bueno.Se mete el mapa en el bolsillo, selevanta y se recoloca el fusil al hombro.Está a punto de hacer algo, no sé bien elqué. ¿Llorar? ¿Gritar? ¿Reírse?Yo también. Las tres cosas, aunquepuede que no por los mismos motivos.He decidido confiar en él, aunque, comoalguien dijo una vez, no puedes obligartea confiar en nadie. Así que lo mejor esmeter todas tus dudas en una cajita,enterrarla a una profundidadconsiderable y luego intentar olvidardónde la has enterrado. Mi problema esque esa cajita enterrada es como unacostra y no puedo dejar de tirar de ella.—Será mejor que nos vayamos —dice, serio, mirando al cielo. Las nubesque aparecieron el día anterior siguenahí, tapando las estrellas—. Aquíestamos expuestos.De repente, Evan vuelve la cabeza ala izquierda y se queda inmóvil comouna estatua.—¿Qué es? —susurro.Él levanta la mano, sacude la cabezabrevemente y se asoma a la oscuridad,que es casi absoluta. Yo no veo nada, nooigo nada, pero no soy una cazadoracomo Evan.—Una puñetera linterna —murmura,y me acerca los labios a la oreja—.¿Qué tenemos más cerca, el bosque delotro lado de la carretera o el barranco?Sacudo la cabeza, la verdad es queno lo sé.—Supongo que el barranco —respondo al final.No vacila, me coge de la mano ysalimos a paso ligero hacia donde yoesperaba que estuviese el barranco. Nosé durante cuánto tiempo corremos hastallegar hasta allí, seguramente no tantocomo me parece, porque la verdad esque se me hace eterno. Evan me baja porla pared rocosa hasta el fondo y despuéssalta para ponerse a mi lado.—¿Evan?Se lleva el dedo a los labios y subepor un lateral para asomarse al borde.Hace un gesto hacia su mochila, así quemeto la mano dentro y encuentro losprismáticos. Le tiro de la pernera delpantalón («¿Qué pasa?»), pero él se zafade mí y se da un golpecito con los dedosen el muslo, con el pulgar escondido.¿Que hay cuatro personas? ¿A eso serefiere? ¿O está usando una especie decódigo del cazador, en plan: «¡Ponte acuatro patas!»?Permanece inmóvil un buen rato. Porfin baja a rastras y vuelve a acercarmelos labios a la oreja.—Vienen hacia aquí.Escudriña la penumbra de la pareddel otro lado del barranco, mucho másescarpada que aquella por la que hemosbajado, pero en esa parte está el bosque,o lo que queda de él: toconesdestrozados, marañas de ramas yenredaderas rotas. Buen sitio paraocultarse. O, al menos, mejor que estarcompletamente expuestos en unahondonada en la que los malos puedenpescarnos como peces en un barril. Semuerde el labio, sopesando lasposibilidades. ¿Tenemos tiempo detrepar por el otro lado antes de que nosvean?—Quédate agachada.Se quita el fusil del hombro, asientalas botas en la inestable superficie yapoya los codos en la tierra de arriba.Estoy justo debajo de él, con el M16 enlos brazos. Sí, me ha dicho que mequedara agachada, lo sé, pero no piensohacerme un ovillo y esperar a que acabetodo. Eso ya lo he hecho antes y nopienso volver a hacerlo.Evan dispara, y eso aniquila latranquilidad del crepúsculo. Elretroceso del fusil lo desequilibra, elpie le resbala y cae al suelo. Por suerte,hay una imbécil justo debajo de él parafrenar la caída. Por suerte para él, nopara la imbécil.Se aparta para liberarme de su peso,me pone en pie de un tirón y me empujahacia el lado contrario. Sin embargo,cuesta moverse deprisa cuando nopuedes respirar.Una bengala cae en el barranco ydesgarra la oscuridad con un resplandorrojo infernal. Evan me mete las manosbajo los hombros y me sube. Me aferroal borde con las puntas de los dedos eintento encontrar apoyo en la pared conlos pies, moviéndolos como si fuese unaciclista demente. Entonces, Evan mepone las manos en el culo para darme unúltimo empujón, y aterrizo en el otrolado.Me vuelvo para ayudarlo a salir,pero él me grita que corra (ya no tienesentido guardar silencio) justo cuandoun pequeño objeto con forma de piñacae en el barranco, detrás de él.—¡Una granada! —grito dándole aEvan todo un segundo para ponerse acubierto.No basta.El estallido lo derriba y, en esemomento, una figura de uniformeaparece al otro lado del barranco. Abrofuego con mi M16 mientras gritoincoherencias a pleno pulmón. La figuratrastabilla hacia atrás, pero sigodisparando. Creo que no se esperabaque Cassie Sullivan respondiera así a suinvitación a la juerga postapocalípticaalienígena.Vacío el cargador y meto otro nuevo.Cuento hasta diez, me obligo a bajar lavista, segura de lo que voy a ver cuandolo haga: el cadáver de Evan al fondo delbarranco, hecho jirones, y todo porqueyo era la única cosa por la que creía quemerecía la pena morir. Por mí, por lachica que le permitió besarla, pero quenunca se decidió a besarlo ella primero.Por la chica que, en lugar de darle lasgracias por haberle salvado la vida, selo pagó con sarcasmo y acusaciones. Sélo que veré cuando baje la mirada, perono es eso lo que veo.Evan no está.La vocecita de mi cabeza, esa cuyotrabajo consiste en mantenerme viva, megrita: «¡Corre!».Así que corro.Salto por encima de árboles caídos yarbustos resecos por el frío, y llega amis oídos el familiar ruido de losdisparos de armas automáticas.Granadas, bengalas, armas de asalto.No nos persiguen unos cabras: estos sonprofesionales.Al salir del maligno resplandor de labengala, me topo con un muro deoscuridad y me estrello contra un árbol.El impacto me tumba. No sé cuánto mehe alejado, pero debo de haberrecorrido una buena distancia, porque noveo el barranco y lo único que oigo es ellatido de mi corazón.Corro a gatas hasta un pino caído yme acurruco detrás de él mientrasespero a recuperar el aliento que dejé enel barranco. Mientras espero a que otrabengala ilumine el bosque que tengodelante. Mientras espero a que losSilenciadores vengan a por mí,abriéndose paso entre la maleza.Oigo un fusil a lo lejos, seguido deun grito agudo.Después, una lluvia de tiros deautomáticas y otra granada. Después,silencio.«Bueno, no me disparan a mí, asíque debe de ser Evan», pienso. Eso mehace sentir mejor y mucho peor, todo ala vez, porque él sigue allí, solo ante losprofesionales, y ¿dónde estoy yo?Escondida detrás de un árbol, como sifuera una niña.Pero ¿qué sería de Sams? Puedocorrer de vuelta a una pelea que,seguramente, perderé, o quedarme dondeestoy y vivir lo suficiente para mantenermi promesa.El mundo se ha reducido a nuestraselecciones: una cosa o la otra.Otro disparo de fusil. Otro gritoafeminado.Más silencio.Está derribándolos uno a uno. Ungranjero sin experiencia en combatecontra un pelotón de soldadosprofesionales. Que lo superan en númeroy en armas. Acaba con ellos con lamisma eficiencia brutal que elSilenciador de la interestatal, el cazadordel bosque que me persiguió hasta quetuve que ocultarme bajo un coche ydesapareció misteriosamente.¡Pum!Grito.Silencio.No me muevo. Espero detrás de mitronco, aterrada. En los últimos diezminutos nos hemos hecho tan amigos queestoy por bautizarlo: Howard, mi troncomascota.«¿Sabes que cuando te vi porprimera vez en el bosque creía que eloso era tuyo?».Crujidos y chasquidos de hojasmuertas y ramitas. Una sombra negra enla oscuridad del bosque. Un Silenciadorque me llama en voz baja. MiSilenciador.—¿Cassie? Cassie, ya estás a salvo.Me levanto y apunto con mi fusil alrostro de Evan Walker.68Se detiene rápidamente, aunque poco apoco va apareciendo en su rostro unaexpresión de desconcierto.—Cassie, soy yo.—Sé que eres tú. Lo que no sé esquién eres.—Baja el arma, Cassie —dice conla voz tensa, apretando la mandíbula.¿Tensa de rabia? ¿De frustración?No lo sé.—¿Quién eres, Evan? Si es que tellamas así.Él sonríe débilmente. Y entonces caede rodillas, se balancea, se desploma debruces y se queda quieto.Espero, sin dejar de apuntarle a lanuca. No se mueve. Salto por encima deHoward y le doy con la punta delzapato. Sigue sin moverse. Me arrodilloa su lado, con la culata del fusil apoyadaen el muslo, y le pongo los dedos en elcuello para ver si tiene pulso. Está vivo.Tiene los pantalones hechos jirones delos muslos para abajo. Mojados. Mehuelo los dedos: sangre.Dejo el M16 apoyado en el árbolcaído y hago rodar a Evan para ponerloboca arriba. Le tiemblan los párpados.Levanta una mano y me toca la mejillacon la palma ensangrentada.—Cassie —susurra—. Cassie deCasiopea.—Déjalo ya —le digo. Veo que tieneel fusil al lado, así que le doy unapatada para ponerlo fuera de su alcance—. ¿Es grave la herida?—Creo que bastante.—¿Cuántos había?—Cuatro.—No tenían ninguna posibilidad,¿verdad?Largo suspiro. Levanta la mirada yme mira a los ojos. No necesito quehable, veo la respuesta en los suyos.—No muchas, no.—Porque no tienes estómago paramatar, pero sí para hacer lo que tengasque hacer —le digo, y contengo elaliento.Debe de saber adónde quiero llegar.Vacila y asiente con la cabeza.Percibo el dolor que reflejan sus ojos,así que aparto la vista para que no veael que reflejan los míos. «Pero hasempezado tú, Cassie, ya no hay vueltaatrás».—Y se te da muy bien hacer lo quetengas que hacer, ¿verdad?«Bueno, esa es la pregunta, ¿no? Ytambién va por ti, Cassie: ¿tienesestómago para hacerlo?».Me salvó la vida. ¿Cómo puede sertambién el que intentó quitármela? Notiene sentido.¿Tengo estómago para dejar que sedesangre ahora que sé que me mintió,que no es el amable Evan Walker, elcazador reacio, el hijo, hermano y novioapenado, sino algo que quizá ni seahumano? ¿Tengo lo que hace falta paracumplir la primera regla hasta suconclusión final, brutal y despiadada, ymeterle una bala en su preciosa frente?«Mierda, ¿a quién pretendesengañar?».Empiezo a desabrocharle la camisa.—Tengo que quitarte esta ropa —murmuro.—No sabes cuánto tiempo llevoesperando a que lo digas —dice, ysonríe, media sonrisa, sexy.—De esta no vas a librarte con tuencanto. ¿Puedes incorporarte un poco?Un poco más. Así, toma esto.Un par de analgésicos del kit deprimeros auxilios. Se los toma con doslargos tragos de agua de la botella quele paso.Le quito la camisa. No aparta losojos de mi cara, pero evito mirarlo.Mientras tiro de sus botas, él sedesabrocha el cinturón y se baja lacremallera. Levanta el trasero, pero noconsigo sacarle los pantalones: la sangreviscosa se los ha pegado al cuerpo.—Arráncamelos —dice, y se poneboca abajo.Lo intento, pero cuando tiro la telase me resbala entre los dedos.—Toma, usa esto —me sugiere, y meofrece un cuchillo ensangrentado.No le pregunto de dónde ha salido lasangre.Rasgo de agujero en agujero muydespacio, con miedo a cortarle. Despuésle quito las dos perneras, como si pelaseun plátano. Eso es, sí, la metáforaperfecta: pelar un plátano. Tengo quesaber la verdad, y no se puede llegarhasta el sabroso fruto sin quitarle antesla capa exterior.Hablando de fruta apetecible, ya hellegado a su ropa interior.Con sus calzoncillos delante, lepregunto:—¿Tengo que mirarte el culo?—Siempre he querido conocer tuopinión.—Ya basta de chistes tontos.Corto la tela a la altura de lascaderas y le quito la ropa interior. Suculo está mal. Me refiero a que lo tienesalpicado de heridas de metralla. Por lodemás, está bastante bien.Le seco la sangre con una gasa delkit intentando reprimir la risa histérica.Culpo a la insoportable tensión, no alhecho de estar limpiándole el culo aEvan Walker.—Dios, estás hecho una pena.—De momento intenta parar lahemorragia —me dice entre jadeos.Le tapo las heridas de este lado lomejor que sé.—¿Puedes darte la vuelta? —lepregunto.—Casi preferiría no hacerlo.—Tengo que verte por delante.«Ay, Dios, ¿por delante?».—Por delante estoy bien. De verdad.Me siento, agotada. Supongo queaceptaré su palabra.—Cuéntame qué ha pasado.—Después de sacarte del barranco,he echado a correr. He encontrado unlugar del barranco a menos altura y hetrepado para salir. Los he rodeado.Seguramente has oído el resto.—He oído tres disparos. Has dichoque había cuatro tíos.—Cuchillo.—¿Este cuchillo?—Ese cuchillo. La sangre que tengoen las manos es suya, no mía.—Vaya, gracias —digo mientras merestriego la mejilla que me ha tocado.Decido sacar a la luz la explicación másterrible de lo que ha sucedido—. Eresun Silenciador, ¿verdad?Silencio. Qué irónico.—¿O eres humano? —susurro.«Di que eres humano, Evan. Y,cuando lo digas, dilo a la perfecciónpara que no quepa duda. Por favor,Evan, necesito que me despejes estaduda. Sé que dijiste que no podíasobligarte a confiar en nadie... Puesoblígame a confiar en ti, joder. Haz queconfíe en ti. Di que eres humano».—Cassie...—¿Eres humano?—Claro que soy humano.Respiro hondo. Lo ha dicho, pero noa la perfección. No le veo la cara: latiene metida debajo del codo. A lomejor si le viera la cara sería perfecto ypodría olvidarme de esta idea horrible.Recojo algunas toallitas estériles yempiezo a limpiarme su sangre (o la dequien sea) de las manos.—Si eres humano, ¿por qué me hasestado mintiendo?—No te he mentido del todo.—Solo sobre las partes importantes.—Sobre esas partes no he mentido.—¿Mataste a esas tres personas dela interestatal?—Sí.Doy un respingo. No esperaba querespondiese que sí, esperaba que dijesealgo como: «¿Estás de coña? No seastan paranoica». Sin embargo, obtengouna sencilla respuesta en voz baja, comosi le hubiera preguntado si alguna vez hanadado desnudo.La siguiente pregunta es aún másdifícil.—¿Fuiste tú el que me disparó en lapierna?—Sí.Me estremezco y suelto la gasaensangrentada entre mis piernas.—¿Por qué me disparaste en lapierna, Evan?—Porque no era capaz de dispararteen la cabeza.«Bueno, ahí lo tienes».Saco la Luger y me la pongo en elregazo. Su cabeza está a treintacentímetros de mi rodilla. Lo que medesconcierta es que la persona que tienela pistola tiemble como una hoja,mientras que la que está a su merced nise inmuta.—Me voy —le digo—. Te dejaréaquí, desangrándote, igual que tú medejaste a mí debajo de aquel coche.Espero a que diga algo.—No te has ido —comenta.—Espero a oír lo que tengas quedecir.—Es complicado.—No, Evan, las mentiras soncomplicadas. La verdad es simple. ¿Porqué estabas disparando a gente en laautopista?—Porque tenía miedo.—¿Miedo de qué?—Miedo de que no fueran personas.Suspiro y saco una botella de aguade mi mochila, apoyo la espalda en elárbol caído y le doy un buen trago.—Disparaste a esa gente de laautopista... y a mí, y a Dios sabe quiénmás; sé que no salías a cazar animalespor la noche, porque ya sabías lo de lacuarta ola. Yo soy tu soldado delcrucifijo.—Si quieres decirlo así... —responde, asintiendo sin sacar la cabezadel codo.—Si me querías muerta, ¿por qué mesacaste de la nieve en vez de dejarmemorir congelada?—No te quería muerta.—Después de haberme disparado enla pierna y abandonarme para que medesangrara debajo de un coche.—No, estabas en pie cuando hui.—¿Huiste? ¿Por qué huiste? —Mecuesta imaginármelo.—Tenía miedo.—Disparaste a esa gente porquetenías miedo. Me disparaste a mí porquetenías miedo. Huiste porque teníasmiedo.—Puede que tenga algunosproblemas en ese terreno.—Entonces, me encuentras y mellevas a tu granja, cuidas de mí hasta queme curo, me preparas una hamburguesa,me lavas el pelo, me enseñas a disparary te enrollas conmigo para conseguir...¿El qué?Evan vuelve la cabeza para mirarmecon un ojo.—Cassie, me parece que estássiendo un poco injusta.—¿Que yo soy injusta? —pregunto,boquiabierta.—Interrogándome cuando acaban dellenarme de metralla.—Eso no es culpa mía —le suelto—. Te lo has buscado tú —añado, y unescalofrío de miedo me recorre laespalda—. ¿Por qué has venido, Evan?¿Es esto una especie de trampa? ¿Meusas para algo?—Rescatar a Sammy fue idea tuya:yo intenté quitártela de la cabeza.Incluso me ofrecí a ir en tu lugar.No deja de tiritar. No lleva ropa yestamos a cuatro grados. Le echo lachaqueta sobre la espalda y le cubro elresto del cuerpo lo mejor que puedo consu camisa vaquera.—Lo siento, Cassie.—¿Qué parte?—Todas las partes.Habla arrastrando las palabras: losanalgésicos empiezan a hacer efecto.Ahora sujeto la pistola con ambasmanos. Tiemblo tanto como él, pero node frío.—Evan, maté a ese soldado porqueno tenía elección. Yo no voy por ahítodos los días buscando a alguien aquien matar. No me oculté en el bosqueal lado de la carretera para derribar acualquiera que apareciese solo porquepodría ser uno de ellos —digo, y asientocon la cabeza para mí. En realidad, esmuy sencillo—. ¡No puedes ser quiendices ser porque quien dices ser nopodría haber hecho lo que has hecho tú!Ya no me importa nada más que laverdad. Y no ser una idiota. Y no sentirnada por él. De lo contrario, meresultará mucho más difícil hacer lo quedebo hacer, puede que incluso seconvierta en una tarea imposible, y siquiero salvar a mi hermano, nada puedeser imposible.—¿Ahora qué? —pregunto.—Por la mañana tendremos quesacar la metralla.—Me refiero a después de esta ola.¿O eres tú la última ola, Evan?Me mira con ese ojo descubierto, yagita la cabeza a un lado y al otro.—No sé cómo convencerte...Le pongo el cañón de la pistolacontra la sien, justo al lado del gran ojode chocolate que me sigue mirando, ygruño:—Primera ola: se apagan las luces.Segunda ola: sube el oleaje. Tercera ola:la peste. Cuarta ola: Silenciador. ¿Quétoca ahora, Evan? ¿Cuál es la quintaola?No responde, se ha desmayado.69Al alba sigue inconsciente, así que cojomi fusil y salgo del bosque para evaluarsu trabajo. Seguramente no es muyinteligente por mi parte: ¿y si nuestrosinvasores nocturnos pidieron refuerzos?Sería como un tiro al plato. No tengomala puntería, pero no soy Evan Walker.Bueno, ni siquiera Evan Walker esEvan Walker.No sé qué es. Dice que es humano, ylo parece: habla como un humano,sangra como un humano y, vale, besacomo un humano. Y aunque llevara otronombre, una rosa desprendería el mismoaroma, bla, bla, bla. Además, dice lascosas correctas, como que la razón porla que disparaba contra la gente era lamisma razón por la que yo disparé alsoldado del crucifijo.El problema es que no me lo trago, yahora no consigo decidir si es mejor unEvan muerto o un Evan vivo. El Evanmuerto no puede ayudarme a cumplir mipromesa. El vivo, sí.¿Por qué me disparó y después mesalvó? ¿Qué quería decir cuando measeguró que yo lo había salvado a él?Es muy raro. Cuando me abrazaba,me sentía segura. Cuando me besaba, meperdía en él. Es como si hubiera dosEvan: el Evan que conozco y el Evanque no. Evan, el granjero de manossuaves que me acaricia hasta queronroneo como un gato. Evan, el farsanteque, en realidad, es el asesinodespiadado que me disparó.Voy a suponer que es humano, almenos biológicamente. A lo mejor es unclon creado a bordo de la nave nodriza apartir de ADN recolectado. O puede quesea algo menos peliculero y másdespreciable, como que hayansecuestrado a uno de sus seres queridos(¿Lauren? En realidad, no llegué a versu tumba) y le hayan ofrecido un trato:«Mata a veinte humanos y te ladevolvemos».¿La última posibilidad? Que sea loque dice ser. Un chico solo, asustado,que mata antes de que puedan matarlo;un convencido creyente en la primeraregla, hasta que la rompe al dejarmeescapar y traerme de vuelta.Eso explica lo sucedido tan biencomo las dos primeras opciones. Todoencaja. Podría ser la verdad. Salvo porun pequeño problema.Los soldados.Por eso no lo abandono en elbosque, porque quiero ver por mí mismalo que les hizo.Como el Campo Pozo de Ceniza esahora tan uniforme como una salina, nome cuesta encontrar a las víctimas deEvan. Una junto al borde del barranco.Dos más a unos cuantos metros. Los tres,disparos a la cabeza. A oscuras.Mientras ellos le disparaban. El últimoestá tirado cerca de donde se levantabanlos barracones, puede que en el mismositio donde Vosch asesinó a mi padre.Ninguno de los cadáveres tiene másde catorce años, y todos llevan unosextraños parches plateados en el ojo.¿Una especie de tecnología de visiónnocturna? De ser así, el logro de Evanes aún más impresionante, aunque de unmodo enfermizo.Evan está despierto cuando regreso,se ha sentado y apoya la espalda en elárbol caído. Está pálido, no deja detiritar, y tiene los ojos hundidos.—Eran niños —le digo—. No eranmás que niños.Me abro paso a patadas por lamaleza muerta que hay detrás de él yvacío el contenido de mi estómago.Después me siento mejor.Regreso a su lado. He decidido nomatarlo, todavía. Sigue valiendo másvivo. Si es un Silenciador, quizá sepaqué le ha pasado a mi hermano. Así querecojo el botiquín de primeros auxilios yme arrodillo entre sus piernasextendidas.—Vale, ha llegado el momento deoperar.Encuentro un paquete de toallitasestériles en el kit. Él guarda silenciomientras limpio la sangre de su víctimadel cuchillo.Trago saliva con dificultad y noto elsabor a vómito.—No lo he hecho nunca —digo.No hacía falta decirlo, es bastanteobvio. Pero tengo la sensación de quehablo con un desconocido.Él asiente con la cabeza y se tumbaboca abajo. Le quito la camisa y dejo alaire la mitad inferior de su cuerpo.Nunca había visto a un chicodesnudo. Y aquí estoy ahora, arrodilladaentre sus piernas, aunque el desnudo noes integral: solo tiene al descubierto laparte de atrás. Qué raro, nunca penséque mi primera vez con un chicodesnudo sería así. Bueno, supongo queno es tan raro.—¿Quieres otro analgésico? —pregunto—. Hace frío y me tiemblan lasmanos...—Sin pastillas —gruñe con la carametida en el hueco del brazo.Empiezo despacio.Meto la punta del cuchillo en lasheridas con mucha precaución, peroenseguida me doy cuenta de que no es lamejor forma de sacar metal de la carnehumana (o puede que inhumana): solosirve para prolongar un dolor atroz.El culo es lo que me lleva mástiempo, no porque me recree, sinoporque está cargado de metralla. No semueve, apenas se inmuta. A veces dice:«Ay». Otras veces suspira.Le quito la chaqueta de la espalda.Ahí no tiene muchas heridas; están sobretodo concentradas en la parte baja. Conlos dedos entumecidos y las muñecasdoloridas, me obligo a ir deprisa.Deprisa, pero con cuidado.—Aguanta —murmuro—, ya casiestoy.—Y yo.—No tenemos suficientes vendas.—Venda lo que esté peor.—¿Infección...?—Hay algunas pastillas depenicilina en el kit.Se vuelve a poner boca arribamientras busco las pastillas. Se tomados con un trago de agua, y yo me siento,sudorosa, aunque estamos casi bajocero.—¿Por qué niños? —pregunto.—No sabía que eran niños.—Puede que no, pero estaban bienarmados y sabían lo que se hacían. Y tútambién; ese fue su problema. Debió deolvidársete comentar lo de tuentrenamiento con las fuerzasespeciales.—Cassie, si no podemos confiar eluno en el otro...—Evan, no podemos confiar el unoen el otro —digo, y me dan ganas deromperle la cabeza y de llorar a la vez.He llegado a un punto en que estoycansada de estar cansada—. Ese es elproblema.El sol se ha liberado de las nubes ynos expone a un brillante cielo azul.—¿Niños clonados alienígenas? —aventuro—. ¿Estados Unidosaprovechando a los últimos reclutas quequedan? En serio, ¿por qué hay niñoscorriendo por ahí con armas automáticasy granadas?Sacude la cabeza y bebe más agua.Hace una mueca.—A lo mejor me tomo otro de esosanalgésicos.—Vosch solo quiso llevarse a losniños. ¿Los roban para convertirlos enun ejército?—A lo mejor Vosch no es uno deellos. Tal vez fue el ejército el que sellevó a los niños.—Entonces ¿por qué mató a todoslos demás? ¿Por qué le metió una balaen la cabeza a mi padre? Y, si no es unode ellos, ¿de dónde sacó el Ojo? Algova mal, Evan, y tú sabes lo que es. Losdos lo sabemos. ¿Por qué no me locuentas y punto? ¿Confías en mí losuficiente como para entregarme unapistola y dejar que te saque metralla delculo, pero no como para contarme laverdad?Se me queda mirando un buen rato,hasta que dice:—Ojalá no te hubieras cortado elpelo.En otras circunstancias habríaperdido los nervios, pero tengodemasiado frío, siento demasiadasnáuseas y estoy demasiado harta.—Te juro por Dios, Evan Walker,que si no te necesitara, te mataría ahoramismo —le digo fríamente.—Pues me alegro de que menecesites.—Y si descubro que me mientessobre la parte más importante, te mataré.—¿Cuál es la parte más importante?—Lo de ser humano.—Soy tan humano como tú, Cassie.Me coge una mano con la suya. Lasde ambos están manchadas de sangre, lamía con la suya, la suya con la de unniño no mucho mayor que mi hermano.¿Cuántas personas habrá matado estamano?—¿Es eso lo que somos? —pregunto.Ahora sí que estoy a punto de perderlos nervios de verdad. No puedo confiaren él, pero tengo que confiar en él. Nopuedo creerlo, pero tengo que creerlo.¿Es este el objetivo final de los Otros, laola que acabará con todas las olas?¿Arrancarnos a tiras la humanidad hastadejarnos reducidos a nuestros huesos deanimales, hasta que no seamos más quedepredadores sin alma que les hacen eltrabajo sucio, tan solitarios como lostiburones y con la misma compasión quelos escualos?Evan capta mi cara de animalacorralado.—¿Qué pasa?—No quiero ser un tiburón —susurro.Se me queda mirando durante tantorato que me hace sentir incómoda.Podría haber dicho: «¿Tiburón? ¿Quién?¿Qué? ¿Cómo? ¿Quién ha dicho que seasun tiburón?». En vez de eso, empieza aasentir con la cabeza, como si locomprendiera perfectamente.—No lo eres —responde.Ha dicho que no lo soy, no que no losomos. Ahora soy yo la que me quedomirándolo un buen rato.—Si la Tierra estuviera muriendo ytuviéramos que abandonarla —digo,muy despacio—, y encontráramos unplaneta que alguien hubiera ocupadoantes que nosotros, alguien con quien,por algún motivo, no fuéramoscompatibles...—Haríais lo que fuera necesario.—Como tiburones.—Como tiburones.Supongo que intentaba decírmelocon delicadeza. Supongo que para él eraimportante que no me estrellara degolpe, que el impacto no fuesedemasiado fuerte. Creo que quería queyo lo entendiera sin que él tuviera queexplicarlo.Aparto su mano de un manotazo:estoy furiosa por haber permitido queme toque. Furiosa por quedarme con élcuando sabía que había algo que no mecontaba. Furiosa con mi padre por dejarque Sammy se subiera a aquel autobús.Furiosa con Vosch. Furiosa con el ojoverde que flota en el horizonte. Furiosapor haber roto la primera regla por elprimer chico guapo que se cruza en micamino, y ¿por qué? ¿Por qué? ¿Porquetenía manos grandes y amables, y le olíael aliento a chocolate?Le golpeo una y otra vez en el pechohasta que se me olvida por qué le pego,hasta que vacío toda mi furia y me quedotan solo con el agujero negro en el queantes estaba Cassie.Evan me sujeta los puños.—¡Para, Cassie! ¡Cálmate! No soy tuenemigo.—Entonces ¿de quién eres enemigo?¿Eh? Porque eres el enemigo de alguien.No salías a cazar todas las noches... Almenos, no salías a cazar animales. Y noaprendiste tus movimientos de ninjaasesino en la granja de tu padre. Nodejas de repetir lo que no eres, cuandolo que yo quiero saber es qué eres. ¿Quéeres, Evan Walker?Me suelta los puños y me sorprendeponiéndome una mano en la cara,pasándome su suave pulgar por lamejilla, por encima del puente de lanariz, como si me tocara por última vez.—Soy un tiburón, Cassie —dice,despacio, arrancándose las palabras dela boca, como si me hablara por últimavez, mirándome con los ojos llenos delágrimas, como si me viera por últimavez—. Un tiburón que soñó que era unhombre.Caigo a la velocidad de la luz por elagujero negro que se abrió con laLlegada y que lo devoró todo a su paso.El agujero al que miró mi padre cuandomurió mi madre, el agujero que yo creíaque estaba fuera, alejado de mí, peroque en realidad estuvo siempre en miinterior, desde el principio, creciendo,tragándose cada vestigio de esperanza,confianza y amor que me quedaba,abriéndose paso a bocados por lagalaxia de mi alma mientras yo meaferraba a una elección, a una elecciónque ahora me mira como si fuera laprimera vez.Así que hago lo que la mayoría delas personas razonables haría en misituación.Corro.Salgo corriendo por el bosque, conel cortante aire invernal de frente, ramasdesnudas, cielo azul, hojas marchitas,hasta que abandono los árboles y llego acampo abierto, y el suelo helado crujebajo mis pies, cubierta por la cúpulaindiferente del cielo, la brillante cortinaazul corrida sobre mil millones deestrellas que siguen aquí, que siguenmirándola, mirando a la chica que corre,la chica de pelo corto revuelto ylágrimas en las mejillas, la que no huyede nada, la que no corre en busca denada, simplemente corre, corre comoalma que lleva el diablo porque es lomás lógico cuando te das cuenta de quela única persona de la Tierra en la quehas decidido confiar no es de la Tierra.Da igual que te haya salvado más vecesde las que recuerdas o que, de haberloquerido, haya podido matarte enmontones de ocasiones, o que tenga algoespecial, tristeza, tormento y unasoledad terrible, como si la últimapersona de la Tierra fuera él, no la chicaque temblaba dentro del saco de dormir,abrazada a un osito de peluche en unmundo silencioso.«Cállate, cállate, cállate de unavez».70Cuando vuelvo, ya no está. Y sí, hevuelto. ¿Adónde iba a ir sin mi arma y,sobre todo, sin el maldito oso, mi únicarazón para vivir? No me daba miedovolver, Evan ya había tenido un millónde oportunidades para matarme, ¿quémás daba darle otra?Ahí están su fusil, su mochila, elbotiquín y los vaqueros destrozados, allado de Howard, el tronco. Como no sehabía llevado otro par de pantalones,supongo que anda retozando por elbosque helado vestido solo con lasbotas, como una chica de calendario.No, espera, no están ni la camisa ni lachaqueta.—Vamos, Oso —gruño mientrasrecojo la mochila—. Ha llegado elmomento de devolverte a tu dueño.Cojo el fusil, compruebo el cargadory hago lo mismo con la Luger. Me pongounos guantes de punto negros porque seme han quedado los dedos entumecidos,le cojo el mapa y la linterna de lamochila, y me dirijo al barranco. Mearriesgaré a viajar a pleno día paraalejarme del hombre tiburón. No séadónde ha ido, puede que a avisar a losteledirigidos, ahora que se ha quedadosin tapadera, pero me da igual. Es lo quehe decidido en el camino de vuelta,después de correr hasta que no hepodido más: da igual quién o qué seaEvan Walker. Me salvó de morir, mealimentó, me bañó y me protegió. Meayudó a recuperar las fuerzas. Inclusome enseñó a matar. Con un enemigo así,¿quién necesita amigos?Al barranco. Diez grados menos enla sombra. Lo subo y llego al otro lado,al páramo del Campo Pozo de Ceniza.Avanzando por un suelo tan duro comoel asfalto hasta que doy con el primercadáver y pienso: «Si Evan es uno deellos, ¿en qué equipo jugáis vosotros?».¿Mataría Evan a uno de los suyos paraproteger su tapadera? ¿O se vioobligado a matarlos porque creían queera humano? Pensar en eso medesespera: esta mierda no tiene fin.Cuanto más escarbas, más descubres.Paso junto a otro cadáver sin apenasmirarlo, pero entonces me doy cuenta delo que he visto y vuelvo. El niñosoldado no lleva pantalones.Da igual, sigo moviéndome. Ahoraestoy en la carretera de tierra, endirección norte. Corro un poco.«Muévete, Cassie, muévete». Olvídatede la comida, olvídate del agua, daigual, da igual. El cielo está despejado,enorme, un gigantesco ojo azulmirándome. Corro por el borde de lacarretera, cerca del bosque que lindacon la parte occidental. Si veo unteledirigido, me cubriré. Si veo a Evan,dispararé primero y preguntaré después.Bueno, no solo a Evan. A quien sea.Lo único que importa es la primeraregla. Lo único que importa es recuperara Sammy. Lo olvidé durante un tiempo.Silenciadores: ¿humanos,semihumanos, humanos clonados uhologramas humanos proyectados porlos alienígenas? Da igual. El objetivofinal de los Otros: ¿erradicación,internamiento o esclavitud? Da igual.Mis posibilidades de éxito: ¿uno porciento, cero coma uno por ciento, o cerocoma cero, cero, cero uno por ciento?Da igual.«Sigue la carretera, sigue lacarretera, sigue la polvorienta carreterade tierra...».A unos tres kilómetros, la carreteravira al oeste y conecta con la Autopista35. Otros cuantos kilómetros por laAutopista 35 hasta la intersección con la675. Puedo cubrirme en el paso elevadoy esperar a los autobuses. Si es quetodavía pasan autobuses por laAutopista 35. Si es que todavía pasanautobuses, en general.Al final de la carretera de tierra, medetengo lo justo para examinar el terrenoque dejo atrás. Nada, no viene, me dejamarchar.Avanzo unos metros entre losárboles para recuperar el aliento y, encuanto me dejo caer en el suelo, todoaquello de lo que huía me alcanza antesde que lo haga mi aliento.«Soy un tiburón que soñó que era unhombre...».Alguien grita... Oigo el eco de losgritos a través de los árboles. El sonidose alarga. Que atraiga a una horda deSilenciadores, me da igual. Me aprietola cabeza y me balanceo adelante yatrás; tengo la extraña sensación deflotar por encima de mi cuerpo y, derepente, salgo disparada hacia el cielo amil kilómetros por hora y me veoconvertida en un punto diminuto antes deque la inmensidad de la Tierra metrague. Es como si me hubiese soltadodel planeta, como si ya no quedara nadaque me sujetase a él y el vacío meabsorbiera. Como si hubiese estadounida a la Tierra por un cordón de plata,y el cordón se hubiese partido.Creía saber lo que era la soledadantes de que Evan me encontrara, perono tenía ni idea. No sabes lo que es lasoledad de verdad hasta que vives lasituación contraria.—Cassie.Dos segundos: de pie. Otros dossegundos y medio: apunto hacia la vozcon el M16. Una sombra sale a todavelocidad de los árboles de miizquierda, y yo disparo a lo loco unalluvia de balas que dan en troncos deárboles, ramas y aire vacío.—Cassie.Frente a mí, a las dos en punto.Vacío el cargador. Sé que no le he dado.Sé que no tengo ninguna posibilidad dehacerlo. Es un Silenciador. Pero, si sigodisparando, a lo mejor retrocede.—Cassie.Justo detrás de mí. Respiro hondo,recargo y me vuelvo despacio antes dellenar de plomo más árboles inocentes.«¿Es que no lo entiendes, idiota? Lohace para dejarte sin munición».Así que espero, abro las piernas,cuadro los hombros, dejo el arma enalto, miro a izquierda y a derecha, yoigo su voz en mi cabeza, dándomeinstrucciones en la granja: «Tienes quesentir el objetivo, como si estuvieseconectado a ti. Como si estuviesesconectada a él...».Sucede en el espacio de tiempo entreun segundo y el siguiente. Deja caer elbrazo sobre mi pecho, me arranca elfusil de las manos y me quita la Luger.En otro medio segundo me tieneatrapada en un abrazo de oso y meaplasta contra su pecho, levantándomeunos cinco centímetros en el airemientras yo doy patadas con los talones,muevo la cabeza adelante y atrás, eintento morderle el antebrazo.Y, durante todo ese tiempo, suslabios me hacen cosquillas en ladelicada piel de la oreja.—Cassie, no lo hagas, Cassie...—Deja... que... me vaya.—Ese es el problema: no puedo.71Evan me deja patalear y forcejear hastaque me canso. Después me suelta junto aun árbol y retrocede unos pasos.—Ya sabes lo que pasa si huyes —me advierte.Está rojo y le cuesta recuperar elaliento. Cuando se vuelve pararecuperar mis armas, sus movimientosson rígidos y robóticos. Atraparme(después de recibir el impacto de lagranada en mi lugar) ha tenido su precio.Lleva la chaqueta abierta y la camisavaquera al aire, y los pantalones que leha quitado al niño muerto son dos tallasmás pequeñas de la cuenta y le aprietandonde no deben. Es como si llevarapantalones pirata.—Me dispararás en la nuca —respondo.Se mete mi Luger en el cinturón y seecha el M16 al hombro.—Eso podría haberlo hecho hacetiempo.Supongo que habla de la primera vezque nos encontramos.—Eres un Silenciador —digo.Tengo que emplear toda mi fuerza devoluntad para no levantarme de un saltoy volver a salir corriendo entre losárboles. Por supuesto, huir de él no tienesentido. Luchar contra él, tampoco. Asíque tengo que ser más lista. Es comoestar de vuelta bajo aquel coche: nopuedo esconderme de él, no puedo huirde él. Se sienta a unos metros de mí y seapoya el fusil en los muslos. Estátemblando.—Si tu trabajo consiste en matarnos,¿por qué no me mataste? —pregunto.Él responde sin vacilar, como sihubiera decidido lo que respondermucho antes de oír la pregunta.—Porque te quiero.Echo la cabeza atrás y la apoyo en labasta corteza del árbol. Los bordes delas ramas desnudas de la copa resaltansobre el reluciente cielo azul.—Vaya, esto es una trágica historiade amor, ¿no? Invasor alienígena seenamora de chica humana. El cazador ysu presa.—Soy humano.—«Soy humano, pero...». Terminaya la frase, Evan.«Porque yo ya he terminado, Evan.Eras el último, mi único amigo en elmundo, y ahora ya no te tengo. Sí, estásaquí, seas lo que seas, pero Evan, miEvan, ya no está».—Sin peros, Cassie, solo hay unañadido. Soy humano y no lo soy. Nosoy ninguna de las dos cosas y soyambas. Soy Otro y soy tú.—¿Quieres que vomite? —preguntomientras lo miro a los ojos.Los tiene hundidos y entre lassombras parecen muy oscuros.—¿Cómo iba a contarte la verdad,cuando la verdad te habría empujado amarcharte, y si te marchabas, morirías?—No me sermonees sobre la muerte,Evan —le digo, agitando un dedo frentea su rostro—. Vi morir a mi madre. Vicómo uno de los tuyos mataba a mipadre. He visto más muerte en seismeses que cualquier otro ser humano dela historia.Entonces me aparta la mano y meresponde entre dientes:—Y si hubieses podido hacer algopara proteger a tu padre, para salvar a tumadre, ¿no lo habrías hecho? Si supierasque una mentira salvaría a Sammy, ¿nomentirías?Claro que lo haría, incluso fingiríaconfiar en el enemigo para salvar aSammy. Todavía intento hacerme a laidea de ese «porque te quiero», intentoencontrar otra razón para explicar quehaya traicionado a su especie.Da igual, da igual. Lo único queimporta es una cosa. El día en queSammy subió a ese autobús, una puertase cerró tras él, una puerta con milcandados, y me doy cuenta de que tengofrente a mí al tío que guarda las llaves.—Tú sabes lo que es WrightPatterson,¿verdad? —pregunto—.Sabes muy bien lo que le pasó a Sam.No responde, ni siquiera asiente conla cabeza, pero tampoco la sacude. ¿Enqué piensa? ¿Que una cosa esperdonarle la vida a una mísera humanaal azar, y otra muy distinta confesar elplan maestro? ¿Acaso he puesto a EvanWalker debajo del Buick, en una de esassituaciones en las que no puedes huir niesconderte, en las que tu única opción esdar la cara?—¿Está vivo? —pregunto, y meecho hacia delante; la basta corteza delárbol se me está clavando en lacolumna.—Seguramente —responde trasvacilar medio segundo.—¿Por qué se lo...? ¿Por qué os lollevasteis allí?—Para prepararlo.—¿Para prepararlo para qué?Esta vez espera un segundo completoantes de responder.—Para la quinta ola.Cierro los ojos. Por primera vez meresulta demasiado difícil contemplar subello rostro. Dios, qué cansada estoy.Estoy tan cansada que podría dormir milaños. Si durmiera mil años, a lo mejorme despertaría, los Otros ya se habríanido, y habría niños felices correteandopor este bosque. «Soy Otro y soy tú».¿Qué narices significa eso? Estoydemasiado cansada para seguir ese hilode pensamiento.Abro los ojos y me obligo a mirarlo.—Tú puedes meternos dentro —ledigo, pero sacude la cabeza—. ¿Por quéno? Eres uno de ellos, puedes contarlesque me has capturado.—Wright-Patterson no es un campode prisioneros, Cassie.—Entonces ¿qué es?—¿Para ti? —pregunta, acercandosu cara a la mía, calentándome con sualiento—. Una trampa mortal. Nodurarías ni cinco segundos. ¿Por quécrees que he intentado todo lo que se meha ocurrido para evitar que fueras?—¿Todo? ¿En serio? ¿Y contarme laverdad? ¿Qué tal algo como: «Oye,Cass, sobre ese rescate tuyo, resulta quesoy alienígena, como los tíos que sellevaron a Sam, así que sé que lo quepretendes es un caso perdido»?—¿Habría supuesto algunadiferencia?—Esa no es la cuestión.—No, la cuestión es que tu hermanoestá retenido en la base más importanteque hemos..., quiero decir, que losOtros han establecido desde que empezóla purga...—¿Desde que qué? ¿Cómo lo hasllamado? ¿La purga?—O la limpieza —responde, yaparta la mirada—. A veces lo llamanasí.—Ah, ¿eso es lo que hacéis?¿Limpiar la porquería humana?—Yo no uso esa palabra, y no fuedecisión mía lo de purgar, limpiar ocomo quieras llamarlo —protesta—. Sieso te hace sentir mejor, siempre penséque no debíamos...—¡No quiero sentirme mejor! Loúnico que necesito es el odio que sientoen estos momentos, Evan. No necesitonada más.«Vale —pienso—, eso ha sidosincero, pero no te pases. Es el tío queguarda las llaves: que siga hablando».—¿Que siempre pensaste que nodebíais qué? —añado.Le da un buen trago a la cantimploray me la ofrece. Yo sacudo la cabeza.—Wright-Patterson no es una simplebase: es la base —dice, midiendo concautela sus palabras—. Y Vosch no es unsimple comandante: es el comandante, ellíder de todas las operaciones de campoy el artífice de las limpiezas... El quediseñó los ataques.—Vosch asesinó a siete mil millonesde personas.Es curioso, el número me suena ahueco. Después de la Llegada, uno delos temas favoritos de mi padre era loavanzados que debían de estar los Otros,lo alto que debían de haber subido en laescala evolutiva para alcanzar la etapadel viaje intergaláctico. ¿Y esta es susolución para el «problema» humano?—Algunos no creían que laaniquilación fuese la respuesta —diceEvan—. Yo era uno de ellos, Cassie,pero mi bando perdió el debate.—No, Evan, mi bando fue el queperdió.Es más de lo que puedo soportar. Melevanto, esperando que él también lohaga, pero se queda donde está y memira.—Él no os ve como os vemosalgunos de nosotros... Como os veo yo—dice—. Para él sois una enfermedadque matará a su anfitrión, a no ser que seos elimine.—Soy una enfermedad. Eso soy parati.No puedo seguir mirándolo. Si miroa Evan Walker un segundo más,vomitaré.Lo oigo hablar detrás de mí, en vozbaja, tranquila, casi triste.—Cassie, te enfrentas a algo queestá mucho más allá de tusposibilidades. Wright-Patterson no es uncampo de limpieza cualquiera. Elcomplejo que hay bajo tierra es el centroque coordina todos los teledirigidos deeste hemisferio. Son los ojos de Vosch,Cassie, así os ve. Entrar para rescatar aSammy no es simplemente arriesgado:es un suicidio. Para ti y para mí.—¿Para ti y para mí? —pregunto,mirándolo con el rabillo del ojo. No seha movido.—No puedo fingir que eres miprisionera. Mi misión no es capturarprisioneros, sino matar. Si intento entrarcontigo como prisionera, te matarán. Ydespués me matarán a mí por no habertematado. Y no puedo meterte aescondidas. Hay teledirigidospatrullando la base, además de una vallaelectrificada de seis metros de altura,cámaras de infrarrojos, detectores demovimiento... Y cien personas como yo,y ya sabes lo que soy capaz de hacer.—Pues entraré sin ti.—Es la única forma —dice,asintiendo con la cabeza—, pero quealgo sea posible no significa que no seaun suicidio. Todas las personas querecogen (salvo las que matandirectamente) pasan por un programa deanálisis que traza un mapa de toda supsique, recuerdos incluidos. Sabránquién eres y por qué estás allí... Ydespués te matarán.—Tiene que haber algún escenarioque no acaba con mi asesinato —insisto.—Lo hay. El escenario en el quebuscamos un punto seguro paraescondernos y esperamos a que seaSammy el que venga a por nosotros.Abro la boca y pienso: «¿Eh?». Ydespués lo digo:—¿Eh?—Puede que tarde un par de años.¿Cuántos tiene? ¿Cinco? La edad mínimapermitida son siete.—¿La edad mínima permitida paraqué?—Ya lo has visto —responde,apartando la mirada.El niño al que le cortó el cuello enel Campo Pozo de Ceniza, el quellevaba uniforme y cargaba con un fusilcasi tan grande como él. Ahora sí quequiero beber algo. Me acerco a él, y élse queda muy quieto mientras me agachopara recoger la cantimplora. Después decuatro largos tragos, sigo teniendo laboca seca.—Sam es la quinta ola —digo, y laspalabras saben mal, así que bebo otrotrago.—Si pasó el análisis, está vivo y lohabrán... —Deja la frase en el aire, enbusca de la palabra correcta—.Procesado.—Que le habrán lavado el cerebro,querrás decir.—Es más bien un adoctrinamiento.Lo convencen de que los alienígenas hanestado usando cuerpos humanos, y quenosotros (quiero decir, los humanos)hemos averiguado cómo detectarlos. Ysi puedes detectarlos, puedes...—Pero eso es verdad —lointerrumpo—: estáis usando cuerposhumanos.—No como cree Sammy.—¿Qué significa eso? O los usáis ono.—Sammy cree que somos unaespecie de infestación pegada a loscerebros humanos, pero...—Qué gracia, así es como teimagino, Evan, como una infestación —digo sin poder contenerme.Levanta una mano. Como no se laaparto ni salgo corriendo por el bosque,me rodea lentamente la muñeca con losdedos y tira de mí para que me siente enel suelo, a su lado. Aunque hace un fríocortante, sudo un poco. ¿Ahora qué?—Había un chico, un chico humanoreal, llamado Evan Walker —dice,mirándome fijamente a los ojos—.Como cualquier niño, tenía una mamá yun papá, y hermanos, completamentehumano. Antes de que naciera meintrodujeron en él mientras su madredormía. Mientras los dos dormíamos.Durante trece años he dormido dentro deEvan Walker, mientras él aprendía asentarse, a comer alimentos sólidos, acaminar, a hablar, a correr y a montar enbici, yo estaba allí, esperando adespertar. Como miles de nosotros enmiles de otros Evan Walker del mundo.Algunos ya estábamos despiertos ypreparando nuestras vidas paraencontrarnos en el sitio correcto cuandollegara el momento.Asiento, aunque no sé por qué. ¿Sedespertó dentro de un cuerpo humano?¿Qué narices significa eso?—La cuarta ola —dice, intentandoayudarme a entender—. Silenciadores.Es un buen nombre para nosotros.Guardábamos silencio, ocultos dentro decuerpos humanos, ocultos dentro devidas humanas. No hacía falta fingir queéramos vosotros, porque lo éramos,humanos y Otros. Evan no murió cuandome desperté, sino que... lo absorbí.Evan, el que se fija en todo, se dacuenta de que todo esto me pone losnervios de punta. Intenta tocarme, peroda un respingo cuando me aparto.—Entonces ¿qué, Evan? —susurro—. ¿Dónde estás? Dijiste que te...¿Cómo era? —pregunto. La cabeza meva a un trillón de kilómetros por hora—.Que te introdujeron. ¿Que teintrodujeron dónde?—Puede que no sea la mejorpalabra. Supongo que el concepto que seacerca más es «descargado». Medescargaron en Evan cuando su cerebrotodavía estaba en desarrollo.Sacudo la cabeza. Para ser alguienque está varios siglos más avanzado queyo, le cuesta una barbaridad responder auna sencilla pregunta.—Pero ¿qué eres? ¿Qué aspectotienes?—Ya lo sabes —responde,frunciendo el ceño.—¡No! Dios, a veces eres tan...«Cuidado, Cassie —pienso—, nosigas por ahí. Recuerda lo importante».—Antes de que vinieras, Evan —pruebo de nuevo—. Antes de quellegaras aquí, cuando estabas de caminoa la Tierra desde donde quiera quesalieras, ¿qué aspecto tenías?—Ninguno. Llevamos decenas demiles de años sin cuerpo. Tuvimos querenunciar a ellos cuando abandonamosnuestro hogar.—Mientes de nuevo. ¿Es que tienespinta de sapo, de jabalí, de babosa oalgo así? Todos los seres vivos tienenalgún aspecto.—Somos pura consciencia. Serespuros. La única forma de hacer el viajeera abandonar nuestros cuerpos ydescargar nuestras psiques en elordenador central de la nave nodriza —explica, y me toma de las manos parahacer un puño con mis dedos—. Estesoy yo —dice en voz baja, y después mecubre el puño con sus manos,rodeándolo—. Este es Evan. No es unaanalogía perfecta, ya que no existe unpunto en el que yo acabe y él empiece—añade, y sonríe—. No lo explicodemasiado bien, ¿verdad? ¿Quieres quete enseñe quién soy?«¡Joder!».—No. Sí. ¿Qué quieres decir? —pregunto, imaginándomelo pelándose lacara como una criatura salida de unapeli de terror.—Puedo enseñarte lo que soy —responde con voz algo temblorosa.—El proceso no implicará ningúntipo de inserción, ¿verdad?—Supongo que sí —responde,riéndose—. Te lo enseñaré, Cassie, siquieres verlo.Claro que quiero verlo, y claro queno quiero verlo. Es obvio que deseaenseñármelo... ¿Eso me acercará más aSams? Sin embargo, esto no es del todopor Sammy. Puede que si Evan me loenseña, comprenda por qué me salvócuando debería haberme matado. Porqué me abrazó en la oscuridad, nochetras noche, para mantenerme a salvo... ycuerda.Todavía sonríe, seguramente estáencantado porque no me he abalanzadosobre él para arrancarle los ojos ni mehe reído en su cara, cosa que a lo mejorle habría dolido más. Mi mano estáperdida dentro de la suya, unida a ellasuavemente, como el tierno corazón deuna rosa dentro del capullo, esperando ala lluvia.—¿Qué tengo que hacer? —susurro.Me suelta la mano y me acerca lasuya a la cara. Doy un respingo.—Nunca te haría daño, Cassie.Respiro hondo. Asiento. Respiro denuevo.—Cierra los ojos —me pide, y metoca con delicadeza los párpados, contanta delicadeza como las alas de unamariposa.—Relájate, respira hondo. Vacía lamente. Si no lo haces, no puedo entrar.¿Quieres que entre, Cassie?«Sí. No. Dios mío, ¿hasta dóndetengo que llegar para cumplir mipromesa?».—Sí —susurro.No empieza dentro de mi cabeza,como esperaba, sino que una cálidasensación me recorre el cuerpo,expandiéndose desde mi corazón, yhuesos, músculos y piel se disuelven enese calor que sale de mí, hasta que elcalor sobrepasa la Tierra y las fronterasdel universo. El calor está en todaspartes y lo es todo. Mi cuerpo y todo loque hay fuera de él le pertenecen. Yentonces lo siento a él; él también estáen el calor, y no hay separación entre losdos, no hay un punto en el que yo acabey él empiece, y me abro como una flor ala lluvia, con una lentitud dolorosa yvertiginosa a la vez, me disuelvo en elcalor, me disuelvo en él, y no hay nadaque «ver», eso no era más que unapalabra conveniente que empleó porqueno hay palabras que describan a Evan, élno es más que existencia.Y me abro a él como una flor a lalluvia.72Lo primero que hago cuando abro losojos es romper a llorardesconsoladamente, no puedo evitarlo.Jamás me había sentido tan desamparadaen toda mi vida.—A lo mejor era demasiado pronto—dice mientras me estrecha entre susbrazos y me acaricia el pelo.Y se lo permito. Estoy demasiadodébil, demasiado desconcertada yafligida para hacer otra cosa.—Siento haberte mentido, Cassie —murmura sobre mi pelo.—Debe de ser horrible estaratrapado ahí dentro —susurro, con lamano sobre su pecho. Noto el latido desu corazón.—No es como estar atrapado. Encierto modo, es como si me hubieseliberado.—¿Liberado?—Para volver a sentir. Para sentiresto —dice, y me besa.Un calor muy distinto me recorre elcuerpo.Yacer en brazos del enemigo. ¿Quéme ocurre? Estos seres nos han quemadovivos, nos han aplastado, nos hanahogado, nos han infectado con unaplaga que nos ha hecho morirdesangrados de dentro afuera. Los hevisto matar a todas las personas queconocía y quería (salvo una excepciónespecial), y aquí estoy, ¡jugando amorrearme con uno de ellos! Hepermitido que entrara en mi alma. Hecompartido con él algo más preciado eíntimo que mi cuerpo.Por Sammy, por eso lo hago. Unabuena respuesta, aunque complicada. Laverdad es simple.—Has dicho que perdiste el debatesobre qué hacer con la enfermedadhumana —le digo—. ¿Cuál era tupropuesta?—Coexistencia —responde,hablando conmigo, aunque dirigiéndosea las estrellas que nos cubren—. Nosomos tantos, Cassie, solo unos cuantoscientos de miles. Podríamos habernosintroducido en vosotros y vividonuestras vidas sin que nadie supiera denuestra presencia. No muchos estuvieronde acuerdo conmigo. Creían que fingirser humanos era indigno. Temían que,cuanto más tiempo fingiéramos serhumanos, más humanos nos haríamos.—Claro, ¿quién querría eso?—Yo creía que no lo quería —reconoce—, hasta que me convertí enuno.—¿Cuando te... «despertaste»dentro de Evan?Sacude la cabeza y dicesimplemente, como si fuera lo másobvio del mundo:—Cuando desperté en ti, Cassie. Nofui del todo humano hasta que no me vi através de tus ojos.Entonces aparecen lágrimas humanasreales en sus ojos humanos reales, y metoca a mí abrazarlo mientras se le rompeel corazón. Me toca a mí verme a travésde sus ojos.Podría decirse que no soy la únicaque yace en brazos del enemigo.Yo soy la humanidad, pero ¿quién esEvan Walker? Humano y Otro. Los dos yninguno. Al amarme, no pertenece anadie.Él no lo ve así.—Haré lo que tú me digas, Cassie—me susurra, impotente. Los ojos lebrillan más que las estrellas del cielo—.Entiendo por qué tienes que ir. Si túestuvieras en ese campo, yo iría. Ni cienmil Silenciadores podrían detenerme.Aprieta los labios contra mi oreja, yme susurra en voz baja y feroz, como sime contara el secreto más importante deluniverso, cosa que tal vez sea:—Es inútil, estúpido y suicida, peroel amor es un arma ante la que no tienenrespuesta. Saben cómo pensáis, pero nosaben cómo sentís.No ha dicho «sabemos», ha dicho«saben».Ha cruzado un umbral, y Evan no esidiota, es consciente de que no hayvuelta atrás.73Pasamos nuestro último día juntosdurmiendo bajo el paso elevado de laautopista, como dos sin techo, cosa quesomos, literalmente. Uno duermemientras el otro vigila. Cuando le tocadescansar a él, me devuelve las armassin vacilar y se duerme al instante, comosi no contemplara la posibilidad de queyo huyera o le pegase un tiro en lacabeza. No lo sé, a lo mejor ni se le haocurrido. Nuestro problema siempre hasido que no pensamos como ellos, poreso confié en él al principio y por eso élsabía que confiaría en él. LosSilenciadores matan personas. Evan nome mató, ergo, Evan no podía ser unSilenciador. ¿Ves? Es pura lógica. Ejem,lógica humana.Al anochecer terminamos el resto delas provisiones y recorremos elterraplén para cubrirnos bajo losárboles que rodean la Autopista 35.Según me cuenta, los autobuses solocirculan de noche, y se sabe cuándollegan. Los motores se oyen a kilómetrosde distancia: son el único ruido envarios kilómetros a la redonda. Primerose ven los faros, después se oyen y luegolos autobuses pasan silbando junto a ticomo grandes coches de carrerasamarillos, puesto que, tras haberlimpiado la autopista de coches, ya nohay límites de velocidad. Él no lo sabe:quizá paren o quizá no. A lo mejor selimitan a frenar lo justo para que uno delos soldados de dentro me meta una balaentre los ojos. A lo mejor ni siquieraaparecen.—Dijiste que todavía recogían gente—comento—. ¿Por qué no iban aaparecer?—En algún momento los«rescatados» se darán cuenta de que loshan engañado —responde mientrasobserva la carretera que discurre bajonosotros—, o lo harán lossupervivientes del exterior. Cuandosuceda eso, cerrarán la base... o la partede la base dedicada a la limpieza —añade, y se aclara la garganta sin apartarla vista de la carretera.—¿Qué quieres decir con «cerrar labase»?—Cerrarla como cerraron el CampoPozo de Ceniza.Medito sobre sus palabras. Como él,contemplo la carretera vacía.—Vale —digo al fin—. Entonces,esperemos que Vosch no haya cerrado elchiringuito todavía.Recojo un puñado de tierra, ramitasy hojas muertas, y me restriego la caracon él. Otro puñado para el pelo. Meobserva sin decir nada.—Este es el momento en que mepegas un mamporro en la cabeza —ledigo. Huelo a tierra y, no sé por qué,pero eso me hace pensar en mi padrearrodillado junto al macizo de rosas,junto a la sábana blanca—. O en que teofreces a ir en mi lugar. O en que mepegas un mamporro y después vas en milugar.Se pone en pie de un salto y, por unsegundo, temo que vaya a pegarme esemamporro en la cabeza, porque lo veomuy cabreado. Sin embargo, se limita aabrazarse, como si tuviera frío... Opuede que lo haga para evitar pegarmeel mamporro.—Es un suicidio —me suelta—. Losdos lo estamos pensando, así que unotiene que decirlo. Es un suicidio si voy,es un suicidio si vas tú. Vivo o muerto,Sammy está perdido.Me saco la Luger de la cintura delpantalón y la dejo en el suelo, a sus pies.Después, el M16.—Guárdamelos —le pido—: losnecesitaré cuando vuelva. Y, por cierto,alguien tiene que decir otra cosa: estásridículo con esos pantalones.Me acerco a la mochila sinlevantarme y saco a Oso. No hace faltaensuciarlo, ya está lo bastantemaltrecho.—¿Me estás escuchando?—El problema es que tú eres el queno se escucha —respondo—. Solo hayuna forma de entrar, y es la de Sammy.Tú no puedes ir, así que ni se te ocurraabrir la boca. Si dices algo, te doy unatorta.Me levanto y, entonces, ocurre algoraro. Al ponerme en pie, Evan pareceencogerse.—Voy a por mi hermano pequeño, ysolo puedo hacerlo de una forma.Me está mirando y asiente con lacabeza. Ha estado dentro de mí. Nohabía un punto en el que él acabase y yoempezara. Sabe lo que estoy a punto dedecir.Sola.74Están las estrellas, alfileres de luz queatraviesan el cielo.Está la carretera vacía bajo losalfilerazos de luz, y la chica de lacarretera, con la cara manchada, yramitas y hojas muertas enredadas entrelos cortos rizos de pelo. Lleva unmaltrecho oso de peluche en la mano, enla carretera vacía, bajo los alfilerazosde las estrellas.Está el gruñido de los motores ydespués, las barras gemelas de luz querasgan el horizonte, y las luces aumentande tamaño, cada vez más brillantes, dosestrellas convertidas en supernovas quebañan a la chica, la chica que guardasecretos en el corazón y promesas quedebe cumplir, y se enfrenta a los farosque la iluminan, sin huir ni esconderse.El conductor me ve con tiempo desobra para parar. Los frenos chirrían, lapuerta se abre con un silbido y unsoldado baja al asfalto. Tiene un arma,pero no me apunta con ella. Me mira,atrapada en la luz de los faros, y yo ledevuelvo la mirada.En el brazo lleva una banda blancacon una cruz roja. Su chapa dice que sellama Parker. Recuerdo ese nombre, y elcorazón se me para. ¿Y si me reconoce?Se supone que estoy muerta.¿Cómo me llamo? Lizbeth. ¿Estoyherida? No. ¿Estoy sola? Sí.Parker da un giro completo, muydespacio, para examinar la zona. No veal cazador del bosque, que estáobservando este teatro y le apuntadirectamente a la cabeza. Claro que nolo ve. El cazador del bosque es unSilenciador.Parker me coge del brazo y meayuda a subir al autobús, que huele asangre y a sudor. La mitad de losasientos están vacíos. Hay niños, perotambién adultos. No importan, soloimportan Parker, el conductor y elsoldado con la chapa que reza Hudson.Me dejo caer en el último asiento, juntoa la puerta de emergencia, el mismo queocupó Sam cuando apretó la palma de sumanita contra el cristal y me vioencogerme en la distancia hasta que metragó el polvo.Parker me da una bolsa degominolas espachurradas y una botellade agua. No quiero ninguna de las doscosas, pero me abalanzo sobre ambas.Las gominolas las llevaba en el bolsillo,así que están calientes y pegajosas, ytemo acabar vomitando.El autobús acelera. Alguien llora enla parte delantera. Aparte de eso, se oyeel zumbido de las ruedas, el ruido delmotor y el viento frío que atraviesa lasrendijas abiertas de las ventanas.Parker regresa con un disco plateadoque me pone en la frente. Para tomarmela temperatura, según dice. El discoemite un brillo rojo. Estoy bien, measegura. ¿Cómo se llama mi oso?—Sammy —le respondo.Luces en el horizonte: Parker medice que es el Campo Asilo, que estarécompletamente a salvo. Se acabó el huir,el esconderse. Asiento con la cabeza.Completamente a salvo.La luz crece, se filtra poco a pocopor el parabrisas y después entra aborbotones a medida que nosacercamos. Cuando ya inunda elautobús, nos detenemos junto a la puerta,tocan una estridente campana y la puertase abre. Veo la silueta de un soldado enla torre de vigilancia.Paramos delante de un hangar. Unhombre gordo entra en el autobús,camina casi de puntillas, como hacenmuchos hombres gordos. Se llamacomandante Bob. Nos dice que nodebemos tener miedo, que estamoscompletamente a salvo. Debemosrecordar dos reglas. La primera es noolvidar nuestros colores. La segunda,escuchar y cumplir las órdenes.Me pongo en la cola con mi grupo ysigo a Parker hasta la puerta lateral delhangar. Él le da una palmadita en elhombro a Lizbeth y le desea buenasuerte.Encuentro un círculo rojo y mesiento. Hay soldados por todas partes,pero la mayoría son niños, no muchomayores que Sam. Todos están muyserios, sobre todo los más pequeños.Los más serios de todos son losrealmente pequeños.«Puedes manipular a un niño paraque se crea cualquier cosa, para quehaga cualquier cosa —me explicó Evanen nuestra reunión informativa—. Haymuy pocas cosas más salvajes que unniño de diez años, si se le entrenacorrectamente».Tengo un número. T-sesenta y dos. Tde Terminator. Ja.Nos llaman por número a través deun altavoz.—¡Sesenta y dos! ¡T-sesenta y dos!¡Diríjase a la puerta roja, por favor!¡Número T-sesenta y dos!«La primera parada es en lasduchas».Al otro lado de la puerta roja hayuna mujer delgada con una bata verde.Me quita toda la ropa y la tira a la cesta.También la ropa interior. Aquí quieren alos niños, pero no quieren piojos nigarrapatas. Ahí está la ducha, aquí tienesel jabón. Ponte la bata blanca cuandotermines y espera a que te llamen.Siento al oso contra la pared y,desnuda, piso las frías baldosas. El aguaestá tibia. El jabón tiene un acre olor amedicina. Sigo húmeda cuando mepongo la bata de papel, así que se mepega a la piel. Es casi transparente.Recojo a Oso y espero.«Después pasas al análisispreliminar. Muchas preguntas. Algunas,casi idénticas. Es para comprobar laveracidad de tu historia. Mantén lacalma y concéntrate».Entro por la siguiente puerta y mesubo a la mesa de reconocimiento. Otraenfermera, más gorda y más antipática.Apenas me mira.Debo de ser la persona número milque ha visto desde que los Silenciadorestomaron la base.¿Cuál es mi nombre completo?Elizabeth Samantha Morgan.¿Cuántos años tengo? Doce.¿De dónde soy? ¿Tengo hermanos?¿Sigue vivo algún miembro de mifamilia? ¿Qué les ha pasado a losdemás? ¿Adónde fui cuando abandonémi casa? ¿Qué le pasó a mi pierna?¿Cómo me dispararon? ¿Quién medisparó? ¿Sé dónde hay mássupervivientes? ¿Cómo se llaman mishermanos? ¿Y mis padres? ¿A qué sededicaba mi padre? ¿Cómo se llamabami mejor amigo? Que le cuente otra vezlo que le pasó a mi familia.Cuando termina, me da unapalmadita en la rodilla y me dice que notenga miedo, que estoy completamente asalvo.Abrazo a Oso y asiento.Completamente a salvo.«A continuación toca el examenfísico. Después, el implante. La incisiónes muy pequeña. Seguramente la sellarácon pegamento».La mujer llamada doctora Pam es tanagradable que me cae bien, a mi pesar.La médico perfecta: amable, cariñosa,paciente. No va directa al grano yempieza a toquetearme, sino que,primero, habla conmigo. Me explicatodo lo que va a hacer. Me enseña elimplante. Es como los chips para lasmascotas, ¡solo que mejor! Ahora, sisucede algo, sabrán dónde encontrarme.—¿Cómo se llama tu osito?—Sammy.—Vale, ¿qué te parece si siento aSammy en esta silla mientras te ponemosel dispositivo?Me pongo boca abajo. Aunque seairracional, me preocupa que me vea elculo a través de la bata de papel. Mepongo tensa, a la espera del picotazo dela aguja.«El dispositivo no puededescargarte hasta que lo conecten a ElPaís de las Maravillas. Sin embargo,una vez que lo tengas dentro, estaráoperativo, podrán utilizarlo paraseguirte y para matarte».La doctora Pam me pregunta por loque me pasó en la pierna. Una gentemala me disparó. Ella me asegura queaquí no pasará eso. No hay gente malaen el Campo Asilo, estoy completamentea salvo.Me etiquetan. Me siento como si mehubiese colgado una roca de diez kilosdel cuello. Ha llegado el momento de laúltima prueba, me dice, un programarobado al enemigo.«Lo llaman El País de lasMaravillas».Recojo a Oso de la silla y la sigo ala habitación contigua. Paredes blancas,suelo blanco, techo blanco. Sillón dedentista blanco, correas colgando paralos brazos y las piernas. Un teclado y unmonitor. Me pide que me siente y seacerca al ordenador.—¿Qué hace El País de lasMaravillas?—Es bastante complicado, Lizbeth,pero, básicamente, El País de lasMaravillas graba un mapa virtual de tusfunciones cognitivas.—¿Un mapa de mi cerebro?—Algo así, sí. Siéntate en el sillón,cielo. No tardaremos, y te prometo queno te dolerá.Me siento, con Oso contra el pecho.—Ay, no, cielo, Sammy no puedequedarse en el sillón contigo.—¿Por qué no?—Venga, dámelo a mí, lo pondré allímismo, al lado de mi ordenador.Le echo una mirada suspicaz, peroestá sonriendo y ha sido muy amable:debería confiar en ella. Al fin y al cabo,ella confía en mí por completo.Pero estoy tan nerviosa que Oso seme cae de la mano cuando se lo doy.Aterriza al lado del sillón, sobre sumullida cabeza plana. Me vuelvo pararecogerlo, pero la doctora Pam me pideque me quede quieta, que ya seencargará ella, y se agacha para hacerlo.Entonces le agarro la cabeza conambas manos y la estrello contra elbrazo del sillón. El impacto me deja losantebrazos doloridos. Ella cae, aturdidapor el golpe, aunque no se desmaya deltodo. Para cuando sus rodillas llegan alblanco suelo, ya he bajado del sillón yme he colocado detrás de ella. El planera un golpe de kárate en la garganta,pero está de espaldas a mí, así queimproviso. Cojo la correa que cuelgadel brazo del sillón y se la enrollo en elcuello. Sube las manos, pero esdemasiado tarde; sujeto bien la correa,apoyo el pie en el sillón para hacerpalanca y tiro.Esos segundos hasta que se desmayason los más largos de mi vida.Su cuerpo se queda sin fuerzas.Suelto de inmediato la correa, y ladoctora cae boca abajo. Le miro elpulso.«Sé que resulta tentador, pero nopuedes matarla. Tanto ella como todoslos que dirigen la base están conectadosa un sistema de vigilancia situado en elcentro de mando. Si muere, desatarás uninfierno».Pongo a la doctora Pam boca arriba.Le sale sangre de ambas fosas nasales,probablemente se haya roto la nariz. Mellevo la mano a la nuca. Esta es la partemás desagradable, pero estoy deadrenalina y euforia hasta las cejas,porque, hasta ahora, todo ha ido bien.Puedo hacerlo.Me arranco la venda y tiro confuerza de ambos lados de la incisión.Cuando se abre la herida, es como si mepincharan con una cerilla encendida. Mehabrían venido bien unas pinzas y unespejo, pero no tengo ninguna de las doscosas, así que uso la uña para sacar eldispositivo. La técnica funciona mejorde lo esperado. Al cabo de tres intentos,el chip se me mete bajo la uña y lo sacolimpiamente.«La descarga solo tarda noventasegundos. Eso te da tres o cuatrominutos. No más de cinco».¿Cuántos minutos llevo? ¿Dos?¿Tres? Me arrodillo al lado de ladoctora Pam y le meto el dispositivo porla nariz hasta el fondo. Puaj.«No, no puedes metérselo por lagarganta. Tiene que estar cerca delcerebro. Lo siento».¿Que tú lo sientes, Evan?Tengo sangre en los dedos, misangre, su sangre, mezcladas.Me acerco al teclado. Ahora llega laparte que da miedo de verdad.«No tienes el número de Sammy,pero debería haber una referencia a sunombre. Si no funciona una variación,prueba con otra. Debería haber unaopción de búsqueda».Me cae sangre por la nuca, me bajapor los omóplatos. Tiemblo sin podercontrolarme y eso no me ayuda aescribir con el teclado. Introduzco lapalabra de búsqueda en el cuadro azulque parpadea. Dos intentos paradeletrearla bien.INTRODUZCANÚMERO.No tengo número, maldita sea, tengoun nombre. ¿Cómo vuelvo al cuadroazul? Le doy a Enter.INTRODUZCANÚMERO.Claro, como no lo había entendido ala primera...Escribo «Sullivan».ERROR DE ENTRADADE DATOS.Estoy entre tirar el monitor al sueloy matar a patadas a la doctora Pam.Ninguna de las dos cosas me ayudaría aencontrar a Sam, pero ambas me haríansentir mejor. Le doy a Esc, vuelvo alcuadro azul y escribo: «Buscar pornombre».Las palabras se esfuman,vaporizadas por El País de lasMaravillas. El cuadro azul parpadea yse queda en blanco de nuevo.Reprimo un grito: se me ha agotadoel tiempo.«Si no puedes encontrarlo en elsistema, tendremos que recurrir al PlanB».No es que me chifle el Plan B. Megusta el Plan A, que la ubicaciónaparezca en un mapa para que puedallegar directamente hasta él. El Plan Aes sencillo y limpio. El Plan B escomplicado y sucio.Un último intento, cinco segundosmás no supondrán una gran diferencia.Escribo «Sullivan» en el cuadroazul.La pantalla se vuelve loca, el fondogris se llena de números que pasan atoda velocidad, como si acabara dedarle la orden de calcular el valor de pi.Me entra el pánico y empiezo a pulsarbotones al azar, pero los números siguensaliendo. Han pasado más de cincominutos. El Plan B es una mierda, perono queda más remedio.Me meto en la habitación de al lado,donde encuentro los monos blancos.Cojo uno e intento ponérmelo sinquitarme antes la bata. Dejo escapar ungruñido de frustración, me la quito y mequedo completamente desnuda: seguroque la puerta se abre justo en esemomento y un batallón de Silenciadoresentra en el cuarto. Así son las cosas enel Plan B. El mono es demasiadogrande, aunque mejor grande quepequeño, creo. Me subo la cremallerarápidamente y vuelvo al cuarto de ElPaís de las Maravillas.«Si no puedes encontrarlo a travésde la interfaz principal, es bastanteprobable que la doctora tenga unaunidad portátil en algún lado. Funcionacon el mismo método, pero ten cuidado,porque funciona tanto de localizadorcomo de detonador. Si tecleas elcomando equivocado, no lo encontrarás,lo freirás».Cuando entro, la doctora estásentada, tiene a Oso en una mano y unaparatito plateado que parece un móvilen la otra.Como dije, el Plan B es una mierda.75Tiene el cuello de un rojo ardiente allídonde lo apreté para ahogarla, y la caracubierta de sangre. Sin embargo, lasmanos no le tiemblan lo más mínimo yha perdido la calidez de la mirada. Estáa punto de pulsar el botón verde que haybajo un visualizador numérico.—No lo pulse —le digo—, no voy ahacerle daño. —Me agacho y levanto lasmanos abiertas, mostrándole las palmas—. En serio, pulsar ese botón es unamala idea.Pero lo pulsa.La cabeza de la doctora cae haciaatrás, y ella se derrumba en el suelo. Sele mueven las piernas un par de veces ymuere.Me abalanzo sobre ella, le quito aOso de las manos y corro de vuelta alcuarto de los monos para salir alpasillo. Evan no se molestó en contarmecuánto tiempo tarda en sonar la alarmaantes de que movilicen a los soldadosde asalto, cierren la base, y capturen,torturen y maten muy despacio al intruso.Seguro que no es mucho tiempo.A la porra el Plan B. De todosmodos, no me gustaba nada. Lo malo esque Evan y yo no llegamos a pensar enun Plan C.«Estará en un pelotón con niñosmayores que él, así que lo más probablees que lo encuentres en los barraconesque rodean la plaza de armas».Los barracones que rodean la plazade armas. Dondequiera que esté eso. Alo mejor debería parar a alguien ypreguntar por la dirección, porque solosé una forma de salir de este edificio, yes hacerlo por el mismo sitio por el queentré, pasando por encima del cadáverde la doctora, y junto a la cruelenfermera gorda y la simpáticaenfermera delgada para caer en losamorosos brazos del comandante Bob.Hay un ascensor al final del pasillo,y solo tiene un botón: es un viaje exprésde ida al complejo subterráneo, donde,según me dijo Evan, enseñan a Sammy ya los demás «reclutas» las falsascriaturas que se «pegan» a cerebroshumanos reales. Está plagado decámaras y de Silenciadores. Solo haydos formas de salir de este pasillo: porla puerta de la derecha del ascensor ypor la puerta de la que he salido.Por fin una elección sencilla.Abro la puerta de golpe y veo que daa unas escaleras. Como el ascensor, solovan en una dirección: hacia abajo.Vacilo durante medio segundo.El hueco de las escaleras parecetranquilo y pequeño, pero pequeño en elbuen sentido, acogedor. A lo mejordebería quedarme aquí un rato, abrazadaa mi oso, puede que chupándome elpulgar.Me obligo a bajar despacio por loscinco tramos de escaleras hasta elfondo. Los escalones son de metal y voydescalza, así que noto lo fríos que están.Espero a que bramen las alarmas,retumben las pisadas de las botas yempiecen a lloverme balas por arriba ypor abajo. Recuerdo a Evan en elCampo Pozo de Ceniza, recuerdo cómose cargó prácticamente a oscuras acuatro asesinos bien armados yentrenados, y me pregunto por qué meparecería buena idea meterme yo solitaen la guarida del león cuando podríatener a un Silenciador a mi lado.Bueno, no estoy sola del todo, tengoal oso.Aprieto la oreja contra la puerta delpie de las escaleras y pongo la mano enla palanca. Oigo el latido de mi corazóny poco más.La puerta se abre hacia dentro, loque me obliga a aplastarme contra lapared, y entonces oigo las pisadas de lasbotas de un grupo de hombres quecorren escaleras arriba, armados consemiautomáticas. La puerta empieza acerrarse, así que sujeto la palanca paramantenerla frente a mí hasta que doblanla primera esquina y desaparecen de mivista.Me meto en el pasillo antes de quela puerta se cierre. En el techo hay unasluces rojas que dan vueltas, proyectanmi sombra sobre las paredes blancas, sela llevan y vuelven a proyectarla.¿Derecha o izquierda? Estoy un pocodesorientada, pero me parece que laparte delantera del hangar está a laderecha. Corro en esa dirección, perome detengo. ¿Dónde es más probableque encuentre a la mayoría de losSilenciadores en caso de emergencia?Seguramente agrupados en la entradaprincipal de la escena del crimen.Doy media vuelta y me choco con elpecho de un hombre muy alto depenetrantes ojos azules.Nunca estuve suficientemente cercapara verle los ojos en el Campo Pozo deCeniza.Pero recuerdo la voz.Profunda, cortante como un cuchillo.—Bueno, bueno, hola, corderito —dice Vosch—. Debes de haberteperdido.76Me agarra del hombro con una mano tandura como su voz.—¿Qué haces aquí abajo? —pregunta—. ¿Quién es el líder de tugrupo?Sacudo la cabeza. Las lágrimas queme acuden a los ojos no son falsas.Debo pensar deprisa, y lo primero quepienso es que Evan tenía razón: estaincursión en solitario estaba condenadadesde el principio, por muchos planesde emergencia que urdiéramos. OjaláEvan estuviera aquí...¡Si Evan estuviera aquí!—¡La ha matado! —suelto—. ¡Esehombre ha matado a la doctora Pam!—¿Qué hombre? ¿Quién ha matado ala doctora Pam?Sacudo la cabeza, llorando a mocotendido mientas estrujo al maltrechoosito de peluche contra mi pecho. Detrásde Vosch, otro pelotón de soldados correpor el pasillo hacia nosotros. Meempuja hacia ellos.—Llevad a esta a un lugar seguro yreuníos conmigo arriba. Tenemos unintruso.Me arrastran hasta la puerta máscercana, me meten a empujones en unahabitación oscura y cierran con llave.Las luces se encienden. Lo primero queveo es una niña asustada vestida con unmono blanco y abrazada a un osito. Delsusto, dejo escapar un chillido.Bajo el espejo se encuentra un largomostrador con un monitor y un teclado.Estoy en la cámara de ejecucionesque describió Evan, donde enseñan lasfalsas arañas del cerebro a los nuevosreclutas.«Pasa del ordenador, no piensoponerme otra vez a pulsar botones.Opciones, Cassie. ¿Cuáles son tusopciones?».Sé que hay una habitación al otrolado del espejo. Y tiene que haber, almenos, una puerta, y puede que esapuerta no esté cerrada.Sé que la de este lado sí lo está, asíque puedo esperar a que Vosch regrese apor mí o puedo intentar reventar esteespejo para llegar al otro lado.Levanto una de las sillas, la echohacia atrás y la lanzo contra el espejo.El impacto me arranca la silla de lasmanos y la hace caer con un estrépitoensordecedor (al menos, para mí). Le hehecho un buen arañazo al grueso cristal,pero nada más, que yo vea. Cojo denuevo la silla, respiro profundamente,bajo los hombros y giro las caderas conla silla en las manos. Es lo que teenseñan en clase de kárate: la potenciaestá en la rotación. Apunto al arañazo.Concentro toda mi energía en ese únicopunto.La silla rebota en el cristal, medesequilibra y aterrizo de culo tan fuerteque me chocan los dientes. De hecho, tanfuerte que me muerdo la lengua. Se mellena la boca de sangre y escupo,acertando justo en la nariz de la chicadel espejo.Levanto de nuevo la silla y respirohondo. Se me olvidó algo que aprendí enkárate: ¡el «kia»! El grito de guerra. Yasé que parece de risa, pero la verdad esque sirve para concentrar las fuerzas.El tercer y último golpe destroza elcristal. Con el impulso, acaboestrellándome contra el mostrador, queestá a la altura de mi cintura, y los piesse me levantan del suelo mientras lasilla cae dando tumbos en la habitacióncontigua. Veo otro sillón de dentista, unbanco de procesadores, cables por elsuelo y otra puerta. «Por favor, Señor,que no esté cerrada con llave».Recojo a Oso y me meto por elagujero. Imagino la cara que pondráVosch cuando vuelva y se encuentre conel espejo reventado. La puerta del otrolado no está cerrada, da a otro pasillode bloques blancos y puertas sinnombre. Ay, cuántas posibilidades. Perono me meto por ese pasillo, me quedo uninstante en la puerta. Ante mí, el caminosin marcar; detrás, el que ya he marcado.Verán el agujero y sabrán en quédirección he huido. ¿Cuánta ventajapuedo tomarles? Se me ha llenado denuevo la boca de sangre, pero me obligoa tragarla. Mejor no ponerles el rastreodemasiado fácil.Demasiado fácil: se me ha olvidadocolocar la silla bajo el pomo de lapuerta de la primera habitación. Noevitaría que entraran, pero sí que meconcedería unos segundos preciosos.«Si algo va mal, no te lo piensesdemasiado, Cassie. Tu instinto es bueno,hazle caso. Pensarse cada paso está muybien si juegas al ajedrez, pero esto no esajedrez».Corro de vuelta a la sala deejecuciones y me meto por el agujero.Juzgo mal el ancho del mostrador ysalgo volando por encima, aterrizo deespaldas y me doy en la cabeza contra elsuelo. Me quedo tumbada un segundomuy borroso, y veo relucientes estrellasrojas que me entorpecen la vista. Estoymirando el techo y los conductosmetálicos que circulan por debajo. Hevisto la misma configuración en lospasillos: el sistema de ventilación delrefugio antiaéreo.Y pienso: «Cassie, ese es elpuñetero sistema de ventilación delrefugio antiaéreo».77Avanzo a rastras, boca abajo, temiendoque mi peso sea excesivo para lossoportes y que, de repente, se derrumbetodo el tramo de tuberías. Corro por elhueco y me detengo en cada intersecciónpara escuchar. No sé bien qué pretendooír, la verdad. ¿Niños asustadosllorando? ¿Niños felices riendo? El airedel hueco es frío, ha entrado del exteriory se canaliza hacia abajo, más o menoscomo yo.El aire, sin embargo, pertenece aeste sitio; yo, no. ¿Qué dijo Evan?«Lo más probable es que loencuentres en los barracones que rodeanla plaza de armas».Eso es Evan, ese es el nuevo plan.Encontraré la chimenea de ventilaciónmás cercana y subiré a la superficie. Nosabré dónde estoy ni a qué distancia meencuentro de la plaza de armas, y, porsupuesto, toda la base estará cerrada yrepleta de Silenciadores, y los niñossoldado con el cerebro lavado estaránbuscando como locos a la chica delmono blanco. Y no te olvides del oso depeluche. ¡Eso sí que es una pistadefinitiva! ¿Por qué insistí en traer almaldito oso? Sam habría entendido quelo abandonara. No le prometí llevar aOso, le prometí que iría a por él.¿Qué me pasa con este oso?Cada pocos metros, una elección:¿tuerzo a la derecha, tuerzo a laizquierda o sigo recto? Y cada otrospocos, una pausa para escuchar ylimpiarme la boca de sangre. Aquí nome preocupa que caiga al suelo, soncomo las migas de pan que marcan elcamino de vuelta. El problema es que seme está hinchando la lengua y me palpitauna barbaridad con cada latido delcorazón, el reloj humano que lleva lacuenta de los minutos que me quedanhasta que me encuentren, me conduzcanante Vosch, y él acabe conmigo igual queacabó con mi padre.Algo pequeño y marrón correteahacia mí muy deprisa, como si tuvierauna misión importante. Una cucaracha.Me he encontrado con telarañas,montones de polvo y una misteriosasustancia viscosa que podría ser mohotóxico, pero este bicho es la primeracosa realmente repugnante que veo.Prefiero mil veces una araña o unaserpiente a una cucaracha. Y ahora vienedirecta a mi cara. Me imagino la criaturametiéndoseme dentro del mono, así queutilizo la única herramienta disponiblepara aplastarla: mi mano. Puaj.Sigo moviéndome. Más adelante hayun resplandor, una especie de grisverdoso; mentalmente lo llamo verdenave nodriza. Me acerco poco a poco ala rejilla de la que sale el brillo ycontemplo a través de las lamas lahabitación de abajo, aunque llamarlahabitación no le hace justicia. Esenorme, no me extrañaría que tuviera eltamaño de un estadio de fútbol, conforma de cuenco e interminables hilerasde ordenadores en el fondo, controladospor cientos de personas. Aunquellamarlas personas sería injusto con laspersonas de verdad. Son ellos, loshumanos inhumanos de Vosch, y no tengoni idea de qué pretenden, aunque se meocurre que esto debe de ser el corazónde la operación, la zona cero de la«limpieza». Una pantalla gigantescaocupa una pared entera, y en ella seproyecta un mapa de la Tierra que estásalpicado de relucientes puntos verdes;ese es el origen de la espeluznante luzverde. Primero pienso que son ciudades,y entonces me doy cuenta de que lospuntos verdes deben de representargrupos de supervivientes.Vosch no necesita cazarnos, sabemuy bien dónde estamos.Sigo arrastrándome por el conducto,obligándome a ir despacio hasta que laluz verde se hace tan pequeña como lospuntos del mapa de la sala de control.Cuatro cruces más abajo oigo voces.Voces masculinas. Y el tintineo de metalsobre metal, el chirrido de suelas degoma sobre hormigón.«Sigue avanzando, Cassie, seacabaron las paradas. Sammy no estáaquí abajo y Sammy es el objetivo».Entonces, uno de los tíos dice:—¿Cuántos ha dicho?—Dos, como mínimo —responde elotro—. La chica y el que se cargó aWalters, a Pierce y a Jackson.¿El que se cargó a Walters, a Piercey a Jackson?Evan, tiene que ser él.Pero ¿qué...? Me cabreo con éldurante un par de minutos. Nuestra únicaesperanza era que fuera yo sola, que mecolara en sus defensas sin que se dierancuenta y que sacara a Sam antes de quese percataran de lo sucedido. Porsupuesto, no había funcionado del todo,pero Evan no tenía manera de saberlo.De todos modos, el hecho de queEvan no haya hecho caso de nuestrocuidadoso plan y también se hayainfiltrado en la base significa que estáaquí.Y Evan hace lo que tenga que hacer.Me acerco más a las voces, pasojusto por encima de sus cabezas y llegoa la rejilla. Observo entre las lamasmetálicas y veo a dos soldadosSilenciadores cargando unos globos conforma de ojo en una gran carretilla.Reconozco de inmediato lo que son: yalos había visto antes.«El Ojo se encargará de ella».Los observo hasta que terminan decargar la carretilla y se alejan con ellalentamente.«Llegará un momento en que latapadera ya no se sostenga. Cuandosuceda eso, cerrarán la base... o la partede la base que sea prescindible».Madre mía, Vosch va a convertir elCampo Asilo en otro Campo Pozo deCeniza.Y, justo cuando caigo en la cuenta,suena la alarma.XDE MIL MANERAS78Dos horas.En cuanto sale Vosch, un relojempieza a contar los minutos dentro demi cabeza. No, no es un reloj, es másbien un temporizador con la cuenta atrásal Armagedón. Voy a necesitar cadasegundo, así que ¿dónde está el celador?Justo cuando estoy a punto de quitarmeel gotero yo solito, aparece. Es un chicoalto y delgaducho llamado Kistner; nosconocimos la última vez que estuveencamado. Tiene el tic nervioso detirarse de la parte delantera de la bata,como si la tela le irritara la piel.—¿Te lo ha dicho? —preguntaKistner en voz baja al inclinarse sobrela cama—. Han activado el códigoamarillo.—¿Por qué?—¿Tú crees que a mí me cuentanalgo? —pregunta, encogiéndose dehombros—. Espero que no tengamos quemeternos otra vez en el búnker.En el hospital, a nadie le gustan lossimulacros de ataque aéreo. Trasladarvarios cientos de pacientes bajo tierraen menos de tres minutos es unapesadilla táctica.—Mejor eso que quedarse arriba yacabar incinerados por un rayo mortalalienígena.A lo mejor es psicológico, pero, encuanto Kistner me quita el suero, noto eldolor, un latido sordo justo donde recibíel disparo de Hacha que sigue el ritmode mi corazón. Mientras espero a que seme aclare la mente, me pregunto sidebería reconsiderar el plan. Unaevacuación al búnker subterráneo podríasimplificar las cosas. Después delfiasco del primer simulacro de ataqueaéreo de Frijol, el mando decidióagrupar a todos los niños nocombatientes en un búnker situado en elcentro del complejo. Será mucho mássencillo sacarlo de allí que irbuscándolo por todos los barracones dela base.Sin embargo, no tengo ni idea decuándo (ni siquiera de cómo) ocurriráeso. Lo mejor será continuar con el planoriginal. Tictac.Cierro los ojos y visualizo cadapaso de la huida tan detalladamentecomo puedo. Es algo que ya había hechoen otras ocasiones, cuando habíainstitutos, partidos los viernes por lanoche y público para animarlos. Cuandoganar un título de la región parecía lomás importante del mundo. Meimaginaba las rutas, el arco de la pelotavolando hacia las luces, el defensa quecorría a mi lado, el momento precisopara volver la cabeza y subir las manossin aminorar el paso. No solo recreabala jugada perfecta, sino las que fallaban,cómo ajustaría la ruta, cómo daría unobjetivo al quarterback para salvar eldown.Esto podría salir mal de mil manerasdistintas, pero solo hay una de que salgabien. No hay que pensar en la siguientejugada, ni en la que sigue a la siguiente,ni en la otra. Hay que pensar en esta, eneste paso, en acertar un paso tras otro, yasí marcarás.Paso uno: el celador.Mi compi, Kistner, está lavando aalguien con una esponja, dos camas másallá.—Oye —lo llamo—, ¡eh, Kistner!—¿Qué pasa? —responde sinocultar su enfado.No le gusta que lo interrumpan.—Tengo que ir al tigre.—Se supone que no te puedeslevantar: se te saltarán los puntos.—Venga, Kistner, el baño está ahímismo.—Son órdenes del médico. Tellevaré una cuña.Lo observo meterse entre los catrespara llegar al puesto de suministros. Mepreocupa un poco no haber esperado losuficiente para que pase el efecto de lasmedicinas. ¿Y si no me puedo levantar?«Tictac, Zombi, tictac».Aparto las sábanas y saco laspiernas de la cama. Aprieto los dientes;esta es la parte más difícil. Estoy bienvendado desde el pecho hasta la cintura,y al ponerme derecho se me estiran losmúsculos que ha rasgado la bala deHacha.«Yo te rajé. Tú me disparas. Es lojusto».«Pero va en aumento, ¿qué será losiguiente? ¿Piensas meterme una granadade mano en los pantalones?».La imagen es perturbadora: meterlea Hacha una granada en los pantalones.Perturbadora por muchas razones.Sigo dopado, pero, al sentarme, eldolor casi me tumba. Así que me quedosentado, quieto, un minuto, a la esperade que se me aclare la cabeza.Paso dos: el cuarto de baño.«Oblígate a ir despacio, pasoscortos, arrastra los pies».Me doy cuenta de que se me abre laparte de atrás de la bata; estoyhaciéndole un calvo a toda la sala.El cuarto de baño estará a unos seismetros, pero me parecen seiskilómetros. Si lo han cerrado o si hayalguien dentro, estoy jodido.No ocurre ninguna de las dos cosas.Me meto y cierro la puerta. Lavabo,váter y un platito de ducha. La barra dela cortina está atornillada a la pared.Levanto la tapa del inodoro. Un cortobrazo metálico que levanta el flotador,romo por ambos extremos. Elportarrollos de papel higiénico es deplástico. Se fastidió la idea de encontrarun arma aquí dentro, pero voy por elbuen camino. «Vamos, Kistner, soy presafácil».Dos golpes secos en la puerta, y suvoz al otro lado.—Oye, ¿estás ahí?—¡Te dije que tenía que ir! —legrito.—¡Y yo te dije que te traía una cuña!—¡Ya no aguantaba más!Se mueve el pomo de la puerta.—¡Abre la puerta!—¡Un poco de intimidad, por favor!—grito.—¡Voy a llamar a seguridad!—¡Vale, vale! ¡Como si fuera a irmea alguna parte!Cuento hasta diez, abro el pestillo,arrastro los pies hasta el váter, mesiento. La puerta se abre un poco, y veoun trocito de la delgada cara de Kistner.—¿Satisfecho? —gruño—. ¿Puedescerrar la puerta, por favor?Kistner se me queda mirando unmomento mientras se tira de la bata.—Estaré aquí mismo —me promete.—Bien.La puerta se cierra despacio. Ahora,a contar seis veces muy despacio hastadiez. Un minuto largo.—¡Oye, Kistner!—¿Qué?—Voy a necesitar tu ayuda.—Define «ayuda».—¡Para levantarme! ¡No puedolevantarme del puñetero retrete! Creoque se me ha saltado un punto...La puerta se abre de golpe, y porella entra Kistner, rojo de rabia.—Te lo dije.Se pone frente a mí y extiende ambosbrazos.—Venga, cógete a mis muñecas.—Primero, ¿puedes cerrar la puerta?Esto es embarazoso.Kistner cierra la puerta, y yo leagarro las muñecas.—¿Listo? —pregunta.—Todo lo que es posible.Paso tres: al váter.Cuando Kistner tira, me impulso conlas piernas y le golpeo el estrecho pechocon el hombro, lanzándolo contra lapared de hormigón. Después tiro de élhacia delante, giro para colocarmedetrás y le pongo el brazo en la espalda,sobre los omóplatos. Eso lo obliga acaer de rodillas frente al inodoro. Letiro de un mechón de pelo y le meto lacara en el váter. Kistner es más fuerte delo que parece o yo estoy más débil de loque creía, porque parece tardar mil añosen desmayarse.Lo suelto y retrocedo. Kistner rueday cae al suelo. Zapatos, pantalones. Loenderezo para quitarle la camisa. Me vaa estar pequeña, los pantalones, largos,y los zapatos me quedarán demasiadoestrechos. Me quito la bata, la lanzo alplato de la ducha y me pongo la deKistner. Los zapatos me cuestan más:son demasiado pequeños. Una punzadade dolor me recorre el costado mientrasforcejeo con ellos. Cuando bajo la vista,veo que las vendas se empapan desangre. ¿Y si me mancho de sangre lacamisa?«De mil maneras. Concéntrate en laúnica buena».Arrastro a Kistner hasta la ducha ycierro la cortina. ¿Cuánto tardará endespertarse? Da igual, tengo que seguirmoviéndome, no adelantarme.Paso cuatro: el dispositivo.Vacilo en la puerta. ¿Y si alguien havisto entrar a Kistner y ahora me ve salira mí, vestido como Kistner?«Pues todo habría acabado. Te va amatar de todos modos. Vale, pues nomueras sin más, muere intentándolo».Las puertas del quirófano están a uncampo de fútbol de distancia, al final devarias hileras de camas y a través de loque parece ser una muchedumbre deceladores, enfermeras y médicos conbatas blancas. Camino todo lo deprisaque puedo hacia las puertas, intentandono apoyar el peso en el lado herido; esome impide andar con naturalidad, perono puedo hacer otra cosa; por lo que sé,Vosch ha estado vigilándome y sepreguntará por qué no vuelvo a mi catre.Atravieso las puertas batientes yentro en la sala de preparación, dondeun médico con cara de cansancio seenjabona hasta los codos, preparándosepara una cirugía. Se sorprende al vermeentrar.—¿Qué haces aquí? —exige saber.—Estaba buscando los guantes, noshemos quedado sin ninguno.El cirujano señala con la cabeza unafila de armarios de la pared opuesta.—Estás cojeando —comenta—. ¿Tehas hecho algo?—Un tirón muscular al llevar a ungordo al tigre.—Deberías haber usado una cuña —dice el médico mientras se limpia eljabón verde de los antebrazos.Cajas de guantes de látex, máscarasquirúrgicas, toallitas antisépticas, rollosde cinta. ¿Dónde leches está?Noto su aliento en la nuca.—Tienes la caja justo delante —medice. Me mira raro.—Lo siento, no he dormido mucho.—¡Dímelo a mí!El cirujano se ríe y me da un codazojusto en la herida de bala. La habitaciónme da vueltas. Aprieto los dientes parareprimir un grito.Él se apresura a pasar al quirófanoque hay al otro lado de las puertasinteriores, mientras yo recorro las filasde armarios abriendo puertas yrebuscando entre los suministros, perono encuentro lo que busco. Mareado, sinaliento, con un dolor palpitante en elcostado. ¿Cuánto tiempo tardará Kistneren despertar? ¿Cuánto falta para quealguien entre a echar una meada y loencuentre?En el suelo, al lado de los armarios,hay un cubo que pone: «RESIDUOSPELIGROSOS: UTILICE GUANTES». Learranco la tapa de un tirón y, bingo, ahíestá, entre montones de esponjasquirúrgicas ensangrentadas, jeringuillasusadas y catéteres desechados.Vale, el bisturí está cubierto desangre seca. Supongo que podríaesterilizarlo con una toallita antisépticao lavarlo en el fregadero, pero no haytiempo, y un bisturí sucio es la menor demis preocupaciones.«Apóyate en el fregadero paramantener el equilibrio. Apriétate elcuello con los dedos para localizar eldispositivo bajo la piel y después, envez de deslizar, presiona el cuello con lahoja roma y sucia hasta que se abra».79Paso cinco: Frijol.Un médico con cara de ser muyjoven sale corriendo por el pasillocamino de los ascensores, vestido conuna bata blanca y una máscaraquirúrgica. Cojea, apoya el peso en ellado izquierdo. Si le abres la batablanca, quizá veas la mancha rojooscuro que le cubre la bata verde deabajo. Si le bajas el cuello, tambiénverás la venda que lleva sobre la nuca,colocada de cualquier manera. Pero siintentas hacer cualquiera de estas cosas,el joven doctor te matará.Ascensor. Cierro los ojos mientrasbaja. A no ser que alguien haya tenido ladelicadeza de dejarme un carrito de golfabandonado en la puerta principal,tardaré diez minutos en llegar andandoal patio. Después viene lo más difícil:encontrar a Frijol entre los más decincuenta pelotones que vivaquean allí ysacarlo sin despertar a nadie. Así quepuede que media hora para la búsqueday el rapto. Otros diez minutosaproximadamente para llegar al hangarde El País de las Maravillas, dondedescargan los autobuses. Ahí es dondeel plan empieza a desglosarse en unaserie de escenarios muy pocoverosímiles: viajar de polizones en unautobús vacío, derribar al conductor y alos soldados que haya a bordo una vezestemos al otro lado de las puertas, ydespués ¿dónde, cuándo y cómolibrarnos del autobús para ir a pie alencuentro de Hacha?«¿Y si tenéis que esperar al autobús?¿Dónde os vais a esconder?».«No lo sé».«Y, una vez en el autobús, ¿cuántotendréis que esperar? ¿Treinta minutos?¿Una hora?».«No lo sé».«¿Que no lo sabes? Bueno, te diré loque yo sé: es demasiado tiempo, Zombi.Alguien dará la alarma».Tiene razón, es demasiado tiempo.Debería haber matado a Kistner, eseera uno de los pasos originales.Paso cuatro: matar a Kistner.Sin embargo, Kistner no es uno deellos, solo es un crío, como Tanque,como Umpa, como Picapiedra. Kistnerno pidió esta guerra ni sabía la verdad.Seguramente no me habría creído dehabérsela contado, pero tampoco le hedado la oportunidad.«Eres blando, deberías haberlomatado. No puedes confiar en la suerte ylos buenos deseos. El futuro de lahumanidad pertenece a los duros».Así que cuando se abren las puertasdel ascensor en el vestíbulo principal, lehago a Frijol la promesa silenciosa queno le hice a mi hermana, la hermanacuyo medallón llevo al cuello.«Si alguien se interpone entre losdos, puede darse por muerto».Y en cuanto hago la promesa, escomo si el universo decidiera responder,porque las alarmas antiaéreas dejanescapar un chillido ensordecedor.¡Perfecto! Por una vez, la suerte estáde mi lado. Ahora no tendré que cruzartodo el campo, no hace falta que mecuele en los barracones en busca de unFrijol en un pajar. Nada de correr hacialos autobuses. En vez de eso, bajarédirectamente al complejo subterráneopor las escaleras. Cogeré a Frijol enmedio del caos organizado del búnker,nos esconderemos hasta que den la señalde que ha pasado el peligro y despuésiremos a los autobuses.Muy sencillo.Estoy a medio camino de lasescaleras cuando una espeluznante luzverde ilumina el vestíbulo vacío, elmismo verde ahumado que bailó sobrela cabeza de Hacha cuando me puse elocular. Los fluorescentes del techo sehan apagado, procedimiento estándar enun simulacro, así que la luz no viene dedentro, sino de algún punto delaparcamiento.Me vuelvo para mirar. No deberíahaberlo hecho.A través de las puertas de cristal veoun carrito de golf que corre a todavelocidad por el aparcamiento, endirección al aeródromo. Entonces veoque la fuente de la luz verde está en laentrada cubierta del hospital. Tiene laforma de una pelota de fútbolamericano, aunque es el doble degrande. Me recuerda a un ojo. Me quedomirándolo, me devuelve la mirada.Latido..., latido..., latido...Fogonazo, fogonazo, fogonazo.Parpadeoparpadeoparpadeo.XIEL MAR INFINITO80El estruendo de la sirena es tan fuerteque el vello de la nuca me vibra.Estoy retrocediendo a gatas hacia elconducto principal para alejarme delrecuerdo, hasta que me detengo.«Cassie, es el arsenal».De vuelta a la rejilla, y me quedotres minutos largos mirando a través deella, examinando el cuarto de abajo porsi se mueve algo mientras la sirena megolpetea en los oídos dificultándome laconcentración: muchas gracias, coronelVosch.—Vale, maldito oso —mascullo conla lengua hinchada—, vamos a entrar.Descargo con fuerza el talóndescalzo contra la rejilla. ¡Kia! Se abrea la primera patada. Cuando dejé elkárate, mi madre me preguntó el porqué,y le respondí que ya no me suponía unreto. Era mi forma de decir que meaburría, cosa que no podías decirdelante de mi madre. Si te oía quejartede aburrimiento, te encontrabas derepente con un trapo para el polvo en lamano.Me dejo caer en la habitación.Bueno, es más bien un almacén mediano.Todo lo que un invasor alienígenanecesita para dirigir un campo deexterminio humano. Contra aquellapared están los Ojos: hay varios cientos,ordenados en columnas dentro de unarmarito diseñado especialmente paraellos. En la pared contraria,interminables hileras de fusiles,lanzagranadas y otras armas con las queno sabría ni qué hacer. Las armas máspequeñas, por allí: semiautomáticas,granadas y cuchillos de combate deveinticinco centímetros. También hayuna sección de guardarropa en la queestán representadas casi todas las ramasdel servicio militar y todos los rangosposibles y todo el equipo necesario:cinturones, botas y la versión militar dela riñonera.Y yo estoy como un niño en unatienda de caramelos.Primero, me quito el mono blanco.Elijo el uniforme más pequeño queencuentro y me lo pongo. Me calzo lasbotas.Ha llegado el momento de armarse.Una Luger con el cargador completo. Unpar de granadas. ¿M16? Si vas arepresentar un papel, hazlo bien. Memeto un par de cargadores adicionalesen la riñonera. ¡Ah, mira, el cinturóntiene una funda para uno de esossupercuchillos de veinticincocentímetros! Hola, hola, supercuchillode veinticinco centímetros.Hay una caja de madera al lado delarmario de las armas de fuego. Measomo al interior y descubro una pila detubos metálicos grises. ¿Qué son? ¿Unaespecie de granada con forma de palo?Cojo uno. Está hueco y tiene una roscaen un extremo. Ya sé lo que es.Un silenciador.Que encaja perfectamente en elcañón de mi nuevo M16. Se atornilla sinproblemas.Me escondo el pelo debajo de unagorra que me queda demasiado grande yme quedo con las ganas de un espejo.Espero colar como uno de los reclutaspreadolescentes de Vosch, aunqueseguramente parezco más bien lahermana pequeña de GI Joe jugando adisfrazarse.Y ahora, ¿qué hago con Oso?Encuentro una cosa con pinta de bolsode cuero, lo meto dentro y me lo colocoen bandolera. Ya ni siquiera oigo laatronadora alarma: estoy hasta arriba deadrenalina. No solo he ganado ciertaventaja, sino que sé que Evan está aquí,y Evan no se rendirá hasta que yo esté asalvo o él, muerto.Me dirijo de vuelta al conducto,pero me debato entre arriesgarme aseguir por allí, lastrada con diez kilosextra o más, o aventurarme por lospasillos. ¿De qué sirve un disfraz si vasen plan sigiloso? Doy media vuelta,camino de la puerta, y entonces se apagala sirena y se hace el silencio.No lo tomo como una buena señal.También se me ocurre que quizá nosea buena idea estar en un arsenal llenode bombas verdes (teniendo en cuentaque una sola es capaz de arrasar casidos kilómetros cuadrados) mientras unadocena de sus mejores amigas estallaarriba.Salgo pitando hacia la puerta, peroantes de alcanzarla estalla el primerOjo. Toda la habitación se sacude.Cuando estoy a pocos centímetros, elsiguiente Ojo parpadea por última vez;este debía de estar más cerca, porquellueve polvo del techo y el conducto sesuelta de su soporte por el otro extremoy cae al suelo.«Vaya, Voschy, eso ha estado cerca,¿no?».Empujo la puerta. No hay tiempo deexplorar el terreno, cuanta más distanciaponga entre el resto de los Ojos y yomisma, mejor. Corro bajo las luces rojasgiratorias y elijo los pasillos al azar,intentando no pensar en nada, dejándomellevar por el instinto y la suerte.Otro estallido. Las paredes tiemblan.El polvo cae. De arriba me llega elruido de edificios destrozados ytriturados hasta los cimientos. Y aquídebajo, los gritos de niños aterrados.Sigo los gritos.A veces giro donde no es y el gritopierde volumen. Retrocedo y pruebo conel siguiente pasillo. Este lugar es comoun laberinto, y yo soy la rata delaboratorio.Los estallidos de arriba han parado,al menos de momento, y yo he frenadoun poco, agarrada al fusil con ambasmanos, mientras sigo probando unpasillo tras otro y retrocediendo paraseguir por otro lado cada vez que losgritos pierden potencia.Oigo la voz del comandante Bob:rebota en las paredes a través de unmegáfono; sale de todas partes y deninguna.—Vale, ¡quiero que todos os quedéissentados con vuestro líder de grupo!¡Que todo el mundo esté quieto y meescuche! ¡Quedaos con vuestros líderesde grupo!Doblo una esquina y veo a unpelotón de soldados que corre hacia mí.La mayoría son adolescentes. Meaplasto contra la pared, y ellos pasanjunto a mí sin tan siquiera mirarme. ¿Porqué iban a hacerlo? No soy más que otrorecluta de camino a luchar contra lahorda alienígena.Doblan la esquina, y yo me pongo denuevo en movimiento. Oigo a los niñosparlotear y gemir a la vuelta de laesquina, a pesar de la regañina delcomandante Bob.«Ya casi estoy, Sam. Solo esperoque estés ahí».—¡Alto!Me lo gritan desde atrás. No es lavoz de un niño. Me detengo, me cuadro yme quedo quieta.—¿Dónde está tu puesto, soldado?Soldado, ¡estoy hablando contigo!—Me ordenaron vigilar a los niños,¡señor! —respondo, intentando hablarcon mi voz más grave.—¡Media vuelta! Mírame cuando mehables, soldado.Suspiro y me vuelvo. Tendrá unosveintitantos años y no es feo, el típicochico estadounidense. No distingo lasinsignias militares, pero me parece quees un oficial.«Por seguridad, cualquier personade más de dieciocho años es unsospechoso. Puede que haya algunoshumanos adultos en puestos deautoridad, pero, conociendo a Vosch, lodudo. Así que, si es adulto, y, sobretodo, si es un oficial, creo que podemossuponer que no es humano».—¿Cuál es tu número? —me ladra.¿Mi número? Suelto lo primero quese me ocurre.—¡T-sesenta y dos, señor!—¿T-sesenta y dos? ¿Estás segura?—pregunta, desconcertado.—¡Sí, señor, señor!«¿Señor, señor? Ay, Dios, Cassie».—¿Por qué no estás con tu unidad?No espera a la respuesta, lo que meviene bien, ya que no se me ocurre nada.Da un paso adelante y me mira de arribaabajo: a todas luces, no llevo eluniforme reglamentario. Al oficialAlienígena no le gusta lo que ve.—¿Dónde está tu chapa, soldado?¿Y qué haces con un silenciador en elarma? ¿Qué es esto? —pregunta, tirandodel abultado bolso de cuero en el que vaOso.Me aparto, el bolso se abre, y eloficial me pilla.—Es un oso de peluche, señor.—¿Un qué?Se me queda mirando a la cara, algocambia en la suya cuando se le enciendela bombilla y se da cuenta de a quiénestá mirando. Su mano derecha vuelahacia la pistola, una idea estúpida: lebastaba con pegarme un puñetazo en micara de niña con oso de peluche. Dibujoun veloz arco con el silenciador, lodetengo a un par de centímetros de suatractiva cara infantil y disparo.«Ya lo has hecho, Cassie, hasperdido la única oportunidad que tenías.Y estabas tan cerca...».No puedo dejar al oficial Alienígenadonde ha caído. Quizá no reparen entoda la sangre con el caos de la batallay, además, es casi invisible con las lucesrojas giratorias, pero no se puede decirlo mismo del cadáver. ¿Qué voy a hacercon él?Estoy cerca, muy cerca, y no piensodejar que un tío muerto me aparte deSammy. Lo agarro por los tobillos y loarrastro hacia otro pasillo; doblo otraesquina y lo dejo allí. Pesa más de loque parecía. Me tomo un momento paraestirar el calambre de las lumbares antesde alejarme a toda prisa. Ahora, sialguien me detiene antes de llegar albúnker, el plan es decir lo que haga faltapara evitar matar de nuevo. A no ser queme dejen sin alternativa. Si eso ocurre,mataré otra vez.Evan tenía razón: cada vez es másfácil.La habitación está repleta de niños,cientos de niños vestidos con monosidénticos. Sentados en grupos en unazona del tamaño del gimnasio de uninstituto. Se han tranquilizado un poco.A lo mejor debería gritar el nombre deSam o pedir prestado el megáfono delcomandante Bob. Me abro camino entrelos críos, levantando bien las botas parano pisar ningún dedito.Hay tantas caras... Empiezan amezclarse unas con otras. La habitaciónse expande, revienta las paredes y sealarga hasta el infinito, llena de miles demillones de rostros mirando haciaarriba. Pero ¿qué han hecho esoscabrones? En mi tienda lloraba por mí ypor la estúpida vida que me habíanarrebatado. Ahora suplico clemencia alinfinito mar de rostros que me observandesde el suelo.Sigo dando traspiés como un zombicuando oigo una vocecita que dice minombre. Sale del grupo junto al queacabo de pasar; es curioso que él mehaya reconocido a mí, y no yo a él. Mequedo quieta, no me vuelvo. Cierro losojos, pero no consigo volverme.—¿Cassie?Bajo la cabeza. En la garganta tengoun nudo del tamaño de Texas. Entonces,me vuelvo y él está mirándome con unaexpresión de miedo, como si lo queestuviera viendo pudiera ser la gota quecolma el vaso: una doble de su hermanacaminando de puntillas por aquí, vestidacomo si fuera un soldado. Como sihubiese alcanzado el límite de lacrueldad de los Otros.Me arrodillo frente a mi hermano. Élno corre a mis brazos, se queda mirandomi rostro surcado de lágrimas y me tocalas húmedas mejillas con los dedos. Melos pasa por la nariz, por la frente, porla barbilla, por los párpados.—¿Cassie?¿Puede? ¿Puede creérselo? Si elmundo rompe un millón una promesas,¿se puede confiar en la un millón dos?—Hola, Sams.Él ladea un poco la cabeza. Debo desonar rara con la lengua hinchada. Mepongo a abrir como puedo el cierre de labolsa de cuero.—Esto... Supuse que querrías que telo devolviera.Saco el viejo osito maltrecho y se loofrezco. Él frunce el ceño, sacude lacabeza y no intenta cogerlo: es como sime hubiera pegado un puñetazo en elestómago.Entonces, mi hermano pequeño tirael osito al suelo de un manotazo yaplasta su cara contra mi pecho, y,debajo del tufo a sudor y a un jabón muyfuerte, distingo su olor, el olor deSammy, el olor de mi hermano.XIIPOR KISTNER81El ojo verde me ha mirado, yo le hedevuelto la mirada, y no recuerdo quéme ha arrancado del abismo entre el ojoparpadeante y lo que ha pasado después.¿Mi primer recuerdo claro? Correr.Vestíbulo, escaleras, sótano, primerrellano, segundo rellano.Cuando llego al tercero, el impactode la explosión se estrella contra miespalda como un martillo de demoliciónque me lanza escaleras abajo, contra lapuerta que da al refugio antiaéreo.Por encima de mí, el hospital gritamientras se hace jirones. Así suena:como un ser vivo que chilla mientras lodestrozan. El crujido atronador demortero y piedra al romperse. Elchirrido de los clavos que saltan y elchillido de doscientas ventanas alestallar. El suelo se comba, se parte. Melanzo de cabeza al pasillo de hormigónarmado justo cuando el edificio quetengo encima se desintegra.Las luces parpadean una vez y elpasillo se sume en la oscuridad. Nuncahabía estado en esta parte del complejo,pero no necesito las flechasluminiscentes para saber por dónde seva al búnker. Solo tengo que guiarmepor los gritos de terror de los niños.Pero, primero, no me vendría mallevantarme.La caída me ha abierto todos lospuntos; sangro profusamente por ambasheridas: el agujero de entrada de la balade Hacha y el agujero de salida. Intentolevantarme. Lo intento con todas misfuerzas, pero las piernas no mesostienen. Me levanto a medias y vuelvoa caer, me da vueltas la cabeza y jadeo.Un segundo estallido me derriba denuevo. Consigo arrastrarme unoscentímetros antes de que una terceraexplosión me derribe otra vez. Malditasea, ¿qué estás haciendo ahí arriba,Vosch?«Si es demasiado tarde, notendremos más remedio que llevar acabo el plan de último recurso últimorecurso».Bueno, supongo que acabo deresolver ese misterio: Vosch estávolando en pedazos su propia base.Destruye la aldea para salvarla. Pero¿para salvarla de qué? A no ser que nosea Vosch. Puede que Hacha y yo nosequivocáramos estrepitosamente: a lomejor estoy arriesgando mi vida y la deFrijol por nada. Quizás el Campo Asilosea lo que Vosch dice que es, y esosignifica que Hacha se ha metido con laguardia baja en un campo de infestados.Hacha está muerta. Hacha, Dumbo,Bizcocho y la pequeña Tacita. Dios, ¿hevuelto a hacerlo? ¿He vuelto a huircuando debería haberme quedado? ¿Hedado media vuelta cuando debería haberluchado?El siguiente estallido es el peor; lotengo justo sobre mi cabeza. Me tapo lacabeza con los dos brazos mientras mellueven encima trozos de hormigón deltamaño de puños. Las contusiones porlas bombas, el medicamento que todavíame corre por las venas, la pérdida desangre, la oscuridad... Todo conspirapara inmovilizarme. Oigo a alguiengritar a lo lejos... hasta que me doycuenta de que soy yo.«Tienes que levantarte. Tienes quelevantarte. Tienes que cumplir lapromesa que le hiciste a Sissy...».No, a Sissy, no. Sissy está muerta.La abandonaste, apestoso saco devómitos regurgitados.Mierda, eso duele. El dolor de lasheridas que sangran y el dolor de lavieja herida que no se cura.Sissy, conmigo, en la oscuridad.Veo que intenta llegar a mí en laoscuridad.«Estoy aquí, Sissy, dame la mano».Intento llegar a ella en la oscuridad.82Sissy se retira y vuelvo a estar solo.Cuando llega el momento de dejarde huir de tu pasado, el momento de darmedia vuelta y enfrentarte a lo quecreías que no eras capaz de enfrentarte(el momento en que tu vida vacila entrerendirse y levantarse), cuando llega esemomento, y siempre llega, si no puedeslevantarte y tampoco puedes rendirte,esto es lo que haces: te arrastras.Me deslizo boca abajo por el suelo yllego al cruce del pasillo principal querecorre el complejo a todo lo largo.Necesito descansar. Dos minutos, nadamás. Se encienden las luces deemergencia: ya sé dónde estoy. A laizquierda, la chimenea de ventilación; ala derecha, el centro de mando y elbúnker.Tictac. Mi pausa de dos minutos haacabado. Me pongo de pie ayudándomede la pared: estoy a punto dedesmayarme de dolor. Aunque consigaatrapar a Frijol sin que me atrapen a mí,¿cómo voy a salir de aquí en estascondiciones?Además, sinceramente, dudo quequeden autobuses. O que quede CampoAsilo, ya puestos. Una vez que loencuentre (si lo encuentro), ¿dóndeleches vamos a ir?Arrastro los pies por el pasilloprocurando mantener una mano en lapared para no caerme. Más adelanteoigo a alguien que grita a los niños en elbúnker, pidiéndoles que se tranquiliceny se queden sentados, diciéndoles queno pasa nada y que están completamentea salvo.Tictac. Justo antes de la últimaesquina, miro a la izquierda y veo algohecho un ovillo contra la pared: uncuerpo humano.Un cadáver.Todavía no está frío y lleva ununiforme de teniente. Una bala de grancalibre disparada a quemarropa lo hadejado sin la mitad de la cara.No es un recluta, es uno de ellos.¿Es que alguien más ha averiguado laverdad? Puede.O quizás un recluta acelerado y degatillo fácil lo ha confundido con uninfestado y se lo ha cargado.«Se acabó lo de esperar lo mejor,Parish».Saco el arma de la pistolera delhombre muerto y me la meto en elbolsillo de la bata blanca. Después mecubro la cara con la mascarillaquirúrgica.«¡Doctor Zombi, preséntese deinmediato en el búnker!».Y ahí está, justo delante. Unoscuantos metros más y llego.«Lo he conseguido, Frijol, estoyaquí. Solo espero que tú también estés».Y es como si me hubiese escuchado,porque ahí está, caminando hacía mí conun (cuesta creerlo) osito de peluche enla mano.Pero no está solo, hay alguien conél: un recluta de la edad de Dumbo conun uniforme que le queda grande, lagorra bien calada y la visera justo sobrelos ojos, armado con un M16 que llevauna especie de tubo metálico unido alcañón.No hay tiempo para pensarlo más:fingir con este me tomaría demasiadotiempo y dependería demasiado de lasuerte, y la suerte ya no pinta nada aquí.Lo importante es ser duro.Porque esta es la última guerra, ysolo sobrevivirán los duros.Por el paso que me salté del plan.Por Kistner.Meto la mano en el bolsillo de labata, me acerco más. Todavía no,todavía no. La herida me palpita en elcostado. Tengo que derribarlo con elprimer disparo.Sí, es un niño.Sí, es inocente.Y sí, está muerto.XIIIEL AGUJERONEGRO5Desearía beber del dulce olor de Sammypara siempre, pero no puedo. Este sitioestá repleto de soldados armados,algunos de ellos Silenciadores... Bueno,en cualquier caso, no se trata depreadolescentes, así que debo suponerque son Silenciadores. Conduzco aSammy a una pared, dejando así a ungrupo de críos entre nosotros y elguardia más cercano. Me agacho todo loque puedo y susurro:—¿Estás bien?—Sabía que vendrías, Cassie —responde, asintiendo con la cabeza.—Lo prometí, ¿no?Lleva un medallón con forma decorazón colgado del cuello. ¿De dóndeha salido eso? Lo toco, y él se aparta unpoco.—¿Por qué vas vestida así? —mepregunta.—Te lo explicaré después.—Ahora eres un soldado, ¿no? ¿Enqué pelotón estás?¿Pelotón?—En ninguno —respondo—. Soy mipropio pelotón.—No puedes ser tu propio pelotón,Cassie —dice, frunciendo el ceño.No es el momento de ponerse adiscutir sobre esta ridiculez del pelotón.Examino la sala.—Sam, vamos a salir de aquí.—Lo sé, el comandante Bob diceque vamos a subir a un gran avión —contesta.Entonces señala con la cabeza alcomandante Bob y empieza a saludarlocon la mano.Se la bajo rápidamente.—¿En un gran avión? ¿Cuándo?—Pronto —responde, encogiéndosede hombros. Ha recogido a Oso delsuelo y lo está examinando,manoseándolo—. Le han arrancado laoreja —comenta en tono acusador, comosi hubiese desatendido mis obligaciones.—¿Esta noche? —le pregunto—.Sam, es importante. ¿Os vais estanoche?—Es lo que ha dicho el comandanteBob. Dijo que están evaculando a todoslos sujetos no esenciales.—¿Evaculando? Ah, vale, que estánevacuando a los niños.Le doy vueltas y más vueltas a lacabeza tratando de analizar la situación.¿Será esa la solución? ¿Entrar a bordocon los demás y tratar de huir cuandoaterricemos, dondequiera que lohagamos? Dios, ¿por qué tiré el monoblanco? Pero, aunque lo hubieseguardado y pudiera meterme en el avión,ese no era el plan.«Habrá cápsulas de escape en algúnpunto de la base, seguramente cerca delcentro de mando o del alojamiento deVosch. Básicamente, son cohetesunipersonales preprogramados paradejarte a salvo en algún lugar alejado dela base. No me preguntes dónde. Sinembargo, las cápsulas son tu mejoropción. No utilizan tecnología humana,pero puedo explicarte cómo manejarlas.Eso si encuentras una, si los dos cabéisdentro y si vives lo suficiente como paraencontrar una en la que quepáis».Son muchos «si». A lo mejor deberíapegarle una paliza a un crío de mitamaño para quitarle el mono.—¿Cuánto tiempo llevas aquí,Cassie? —pregunta Sam.Creo que sospecha que lo he estadoevitando, sobre todo porque hepermitido que el oso perdiera la oreja.—Más de lo que me gustaría —mascullo, y eso me ayuda a decidirme:no vamos a quedarnos aquí ni un minutomás de lo necesario y no vamos a subira un vuelo solo de ida a Campo Asilo II.No pienso cambiar un campo deexterminio por otro.Está jugando con la oreja desgarradade Oso, aunque esa no es su primeraherida, ni de lejos. He perdido la cuentade las veces que mamá tuvo queremendarlo: tiene más puntos queFrankenstein. Me inclino para llamar laatención de Sammy, y entonces me miray pregunta:—¿Dónde está papi?Muevo la boca, pero no me sale lavoz. Ni siquiera había pensado en quetendría que contárselo, ni en cómohacerlo.—¿Papá? Bueno, está...«No, Cassie, no lo compliques». Noquiero que se derrumbe justo cuando nospreparamos para huir. Decido dejarvivir a papá un poco más.—Nos está esperando en el CampoPozo de Ceniza.—¿Papá no está aquí? —pregunta, yempieza a temblarle el labio inferior.—Papá está ocupado —respondocon la esperanza de callarlo, aunque mesiento como una mierda—. Por eso meha enviado a mí, para sacarte de aquí. Yeso es lo que estoy haciendo ahoramismo: sacarte de aquí.—Pero ¿qué pasa con el avión? —pregunta cuando lo pongo de pie.—Había overbooking —respondo, yél me mira con cara de desconcierto—.Vámonos.Lo cojo de la mano y voy hacia eltúnel con mi espalda de soldado bienrecta y la cabeza alta, porque ir depuntillas hasta la salida más cercana,como si fuésemos Shaggy y Scooby,seguro que llama la atención. Inclusoladro órdenes a algunos niños por elcamino. Si alguien intenta detenernos, nodispararé: explicaré que el niño estáenfermo y que me lo llevo al médicoantes de que se vomite encima y pongapringados a los demás. Si no se traganmi historia, entonces dispararé.Y entonces salimos al túnel y,aunque parezca increíble, hay un médicoque se dirige hacia a nosotros, con lacara medio tapada con una mascarillaquirúrgica. Abre mucho los ojos alvernos: ¡a la porra mi tapadera! Esosignifica que, si nos detiene, tendré quematarlo. Al acercarnos, veo que se llevala mano al bolsillo de la bata, y unaalarma me suena dentro de la cabeza, lamisma que se disparó en la tienda,detrás de los refrigeradores de lacerveza, antes de vaciar un cargadorentero contra un soldado que llevaba uncrucifijo.Tengo la mitad de medio segundopara decidirlo.Es la primera norma de la últimaguerra: no confíes en nadie.Apunto con el silenciador a su pechojusto cuando saca la mano del bolsillo.La mano con una pistola.Pero yo llevo en la mía un fusil deasalto M16.¿Cuánto es la mitad de la mitad deun segundo?Lo bastante para que un niño que noconoce la primera norma se coloqueentre la pistola y el fusil.—¡Sammy! —grito, frenando eldisparo.Mi hermano pequeño se pone depuntillas, tira de la máscara del médicoy se la quita.No me habría gustado nada verme lacara cuando la mascarilla dejó aldescubierto el rostro que se ocultabadetrás. Más delgado de lo que recuerdo.Más pálido. Con los ojos hundidos enlas cuencas, un poco vidriosos, como siestuviese enfermo o herido, pero loreconozco, sé de quién es la cara que seescondía tras la máscara. El problemaes que no consigo procesarlo.Aquí, en este lugar, mil años despuésy a millones de kilómetros de lospasillos del instituto George Barnard.Aquí, en las entrañas de la bestia, en elfondo del mundo, mirándome.Benjamin Thomas Parish.Y Casiopea Marie Sullivan, quevive una experiencia extracorpóreacompleta, que se ve viéndolo a él. Laúltima vez que lo tuvo delante fue en elgimnasio del instituto, después de que seapagaran las luces, y solo le vio la nuca.A partir de entonces, solo lo ha visto ensu cabeza, cuya parte racional eraconsciente de que Ben Parish estabamuerto, como todos los demás.—¡Zombi! —grita Sammy—. Sabíaque eras tú.¿Zombi?—¿Adónde lo llevas? —me preguntaBen con voz grave.No la recordaba tan grave: ¿me fallala memoria o la falsea para parecermayor?—Zombi, esta es Cassie —loreprende Sam—. Ya sabes, Cassie.—¿Cassie? —pregunta, como sijamás hubiera oído ese nombre.—¿Zombi? —replico, porque laverdad es que jamás había oído esenombre.Me quito la gorra, esperando queeso lo ayude a reconocerme, pero mearrepiento de inmediato. Soy conscientedel aspecto que debe de tener mi pelo.—Íbamos al mismo instituto —digomientras me paso a toda prisa los dedospor los rizos cortados—. Me sentabadelante de ti en química avanzada.Ben sacude la cabeza como siestuviera quitándose las telarañas delcerebro.—Te dije que vendría —intervieneSammy.—Calla, Sam —lo regaño.—¿Sam? —pregunta Ben.—Ahora me llamo Frijol, Cassie —me informa mi hermano.—Claro que sí —le digo, y mevuelvo hacia Ben—. ¿Conoces a mihermano?Ben asiente con cautela.Todavía no acabo de comprender suactitud: no es que esperase que merecibiera con un abrazo o que merecordara de la clase de química, perohay tensión en su voz y sigue con lapistola en la mano, junto al costado.—¿Por qué vas vestido de médico?—pregunta Sammy.Ben, de médico; yo, de soldado.Como dos niños jugando a disfrazarse.Un médico falso y un soldado falsointentando decidir si le volaban la tapade los sesos al otro.Esos primeros segundos entre BenParish y yo fueron muy raros.—He venido a sacarte de aquí —ledice Ben a Sam, sin quitarme la vista deencima.Sam me mira, ¿no era yo la quehabía ido a recogerlo? Está muydesconcertado.—No te vas a llevar a mi hermano aninguna parte —le digo a Ben.—Es todo una mentira —suelta Ben—. Vosch es uno de ellos: nos estánutilizando para acabar con lossupervivientes, para matarnos entrenosotros...—Ya lo sé —lo corto—. ¿Cómo losabes tú y qué tiene eso que ver conllevarse a Sam?Mi reacción a su bombazo lo dejaperplejo. Entonces lo entiendo: cree queme han adoctrinado, como a todos losdemás del campo. Resulta tan ridículoque me echo a reír. Mientras me ríocomo una idiota, entiendo otra cosa: a éltampoco le han lavado el cerebro.Lo que significa que puedo confiaren él.A no ser que esté jugando conmigo,que me haya dicho todo eso para quebaje la guardia (y el arma) y pueda asílibrarse de mí y llevarse a Sam.Lo que significa que no puedoconfiar en él.Tampoco puedo leerle la mente,pero, cuando me echo a reír, debe deestar pensando algo parecido a lo quepienso yo: «¿Por qué se ríe esta loca delpelo aplastado? ¿Porque he dicho algoobvio o porque cree que mi historia esuna mierda?».—Ya lo tengo —dice Sammy paranegociar la paz—. ¡Podemos ir todosjuntos!—¿Sabes cómo salir de aquí? —lepregunto a Ben.Sammy es más crédulo que yo, peromerece la pena explorar la idea.Encontrar las cápsulas de escape, si esque existen, siempre ha sido el puntomás débil de mi plan de huida.—Sí, ¿y tú?—Conozco una ruta de escape, perono la ruta para llegar a la ruta.—¿La ruta a la ruta? Vale —dice,sonriendo. Tiene un aspecto horroroso,pero la sonrisa no le ha cambiado ni unápice: ilumina el túnel como unabombilla de mil vatios—. Yo conozco laruta y la ruta a la ruta. —Se mete lapistola en el bolsillo y me ofrece lamano vacía—. Vamos juntos.Lo que me fastidia es no saber sihabría aceptado esa mano si hubierapertenecido a otra persona que no fueraBen Parish.5Sammy descubre la sangre antes que yo.—No es nada —gruñe Ben.No es lo que me parece por suexpresión: a juzgar por ella, es muchomás que nada.—Es una historia muy larga, Frijol—dice Ben—; ya te la contaré después.—¿Adónde vamos? —pregunto.Tampoco es que nos dirijamosadonde sea muy deprisa. Ben avanza porel laberinto de pasillos arrastrando lospies como un zombi de verdad. La caraque recuerdo sigue ahí, pero se hadesteñido... Bueno, puede que lapalabra no sea desteñirse, sino más bienconcretarse en una versión más flaca,angulosa y dura de su antiguo rostro.Como si alguien hubiese extirpado laspartes que no fueran absolutamentenecesarias para conservar la esencia deBen.—¿En general? Lejos de aquí.Después del siguiente túnel, a laderecha. Conduce a una chimenea deventilación que podemos...—¡Espera! —exclamo, y lo sujetopor el brazo. Con la sorpresa de volvera verlo, se me había olvidado porcompleto—. El dispositivo de rastreo deSammy.—Se me había olvidado porcompleto —dice él al cabo de unsegundo, tras reírse con pesar.—¿El qué? —pregunta Sammy.Hinco una rodilla en el suelo y lecojo una mano. Estamos a variospasillos de distancia del búnker, pero lavoz del comandante Bob sigue oyéndosea través del megáfono, resonando en lasparedes de los túneles.—Sams, tenemos que hacer unacosa, una cosa muy importante. La gentede aquí no es lo que dice ser.—¿Quiénes son? —susurra.—Mala gente, Sam, una gente muymala.—Infestados —interviene Ben—. Ladoctora Pam, los soldados, elcomandante... Incluso el comandante.Todos son infestados. Nos engañaron,Frijol.—¿El comandante también? —pregunta Sammy, con los ojos comoplatos.—El comandante también —responde Ben—. Así que vamos a salirde aquí y vamos a reunirnos con Hacha—añade, y me pilla mirándolo, así queexplica—: La chica no se llama así deverdad.—No me digas —respondo,sacudiendo la cabeza.Zombi, Frijol, Hacha. Será una cosadel ejército.—Sam, nos mintieron sobre muchascosas, sobre casi todo —le digo a mihermano, y le suelto la mano pararecorrerle la nuca con la punta de losdedos hasta que encuentro el bultitodebajo de la piel—. Esta es una de susmentiras, esta cosa que te pusieron. Lautilizan para rastrearte, pero también lapueden usar para hacerte daño.—Así que tenemos que sacártela,Frijol —le explica Ben mientras seagacha a mi lado.Sam asiente, pero el labio inferiorempieza a temblarle y se le llenan losojos de lágrimas.—Va... Vale...—Pero tienes que quedarte muycallado y muy quieto —le advierto—.No puedes gritar, ni llorar, ni moverte.¿Crees que serás capaz?Él asiente otra vez con la cabeza, yuna lágrima se le escapa y me cae en elantebrazo. Me levanto, y Ben y yo nosapartamos un poco para tener una brevereunión preoperatoria.—Tenemos que utilizar esto —ledigo, y le enseño el cuchillo de combatede veinticinco centímetros, procurandoque Sammy no lo vea.—Si tú lo dices —responde Samcon los ojos muy abiertos—. Aunque yopensaba utilizar esto —añade, y se sacaun bisturí del bolsillo de la bata blanca.—Puede que el tuyo sea mejor.—¿Quieres hacerlo tú?—Debería, es mi hermano —respondo, pero la idea de cortar elcuello de Sammy me da repelús.—Puedo hacerlo yo —se ofrece Ben—. Tú lo sujetas, y yo corto.—Entonces, ¿no es un disfraz? ¿Tehas sacado el título de doctor enmedicina en la Universidad E.T.?—Tú procura mantenerlo lo másquieto posible para que no le rebanenada importante —dice, esbozando unasonrisa forzada.Los dos nos volvemos hacia Sam,que está sentado con la espalda pegada ala pared y se aprieta a Oso contra elpecho mientras nos observa con temor,primero al uno y después al otro.—Si le haces daño, Parish, te clavoeste cuchillo en el corazón —susurro aBen.—Nunca le haría daño —responde,mirándome con cara de sorpresa.Me pongo a Sam en el regazo y lotumbo boca abajo sobre mis piernas, conla barbilla colgándole del borde de mimuslo. Ben se arrodilla. Miro la manoque sostiene el bisturí. Está temblando.—Estoy bien —susurra Ben—. Deverdad, estoy bien. Que no se mueva.—¡Cassie...! —gime Sammy.—Chist, chist. Quédate muy quieto,lo hará deprisa —le digo—. Hazlodeprisa —le pido a Ben.Sostengo la cabeza de Sam conambas manos. Cuando se acerca la manode Ben con el bisturí, Ben tiene un pulsode hierro.—Oye, Frijol, ¿te parece bien si tequito primero el medallón? —preguntaBen.Sammy asiente, así que Ben abre elcierre. El metal le tintinea en la mano alsacarlo.—¿Es tuyo? —le pregunto a Ben,sorprendida.—De mi hermana.Ben se mete la cadena en el bolsilloy, por la forma en que lo dice, sé queestá muerta.Aparto la vista. Hace treinta minutosle he reventado la cara a un tío, y ahorano soy capaz de mirar mientras alguienhace un corte diminuto. Sammy sesacude cuando la hoja le rasga la piel.Me muerde la pierna para no gritar. Memuerde con fuerza, así que tengo queemplear toda mi fuerza de voluntad parano moverme. Si me muevo, puede queBen corte donde no debe.—Deprisa —le pido con voz aguday ahogada.—¡Lo tengo! —dice Ben; eldispositivo se le ha quedado pegado enla punta del ensangrentado dedocorazón.—Líbrate de él.Ben se lo sacude de la mano y tapala herida con una venda. Ha venidopreparado. Yo, en cambio, me hepresentado con un cuchillo de combatede veinticinco centímetros.—Vale, ya está, Sam —gimo—, yapuedes dejar de morderme.—¡Me duele, Cassie!—Lo sé, lo sé —digo, y lo levantopara darle un gran abrazo—. Y has sidomuy valiente.—Lo sé —responde él, muy serio.Ben me ofrece una mano y me ayudaa ponerme en pie. Tiene los dedospegajosos por culpa de la sangre de mihermano. Se guarda el bisturí en elbolsillo y saca la pistola.—Será mejor que nos vayamos —dice con calma, como si fuéramos aperder un autobús.Volvemos al pasillo. Llevo a Sammypegado a mí. Al doblar la últimaesquina, Ben se para en seco y yo chococon su espalda. Los disparos de unadocena de armas semiautomáticasrebotan en el túnel.—Llegas tarde, Ben —oigo decir auna voz que me resulta familiar—. Teesperaba mucho antes.Una voz muy grave, dura como elacero.5Pierdo a Sammy por segunda vez. Se lolleva un soldado Silenciador, supongoque de vuelta al búnker, para evacuarlocon los otros niños. Otro Silenciadornos acompaña a Ben y a mí a la sala deejecuciones. La sala con el espejo y elbotón. La sala en la que cablean yelectrocutan a los inocentes. La sala dela sangre y las mentiras. Pareceapropiado.—¿Sabéis por qué ganaremos estaguerra? —nos pregunta Vosch despuésde encerrarnos dentro—. ¿Sabéis porqué no podemos perder? Porquesabemos cómo pensáis. Llevamos seismil años observándoos. Cuando sealzaron las pirámides en el desiertoegipcio, os observábamos. CuandoCésar quemó la biblioteca deAlejandría, os observábamos. Cuandocrucificasteis a aquel campesino judíodel siglo I, os observábamos. CuandoColón pisó el Nuevo Mundo, cuandoluchasteis por liberar a millones deseres humanos de la esclavitud, cuandoaprendisteis a dividir el átomo, cuandoos aventurasteis por primera vez másallá de la atmósfera... ¿Qué hacíamosnosotros?Ben no lo mira, ninguno de los doslo miramos. Estamos sentados frente alespejo, contemplando fijamente nuestrosreflejos en el cristal roto.La habitación del otro lado está aoscuras.—Nos observabais —digo.Vosch está sentado frente al monitor,a unos treinta centímetros de mí. Al otrolado, Ben, y, detrás de nosotros, unSilenciador muy fornido.—Estábamos aprendiendo vuestromodo de pensar. Ese es el secreto parala victoria, como el sargento Parish biensabe: comprender cómo piensa elenemigo. La llegada de la nave nodrizano fue el principio, sino el principio delfin. Y aquí estáis, en asientos de primerafila para ver el desenlace, un anticipodel futuro. ¿Os gustaría ver el futuro?¿Vuestro futuro? ¿Os gustaría ver elposo que queda al apurar la tazahumana?Vosch pulsa un botón del teclado, ylas luces de la habitación del otro ladodel espejo se encienden.Hay un sillón; al lado, unSilenciador; y amarrado al sillón está mihermano Sammy, con unos gruesoscables conectados a la cabeza.—Este es el futuro —susurra Vosch—. El animal humano atado y su muerteal alcance de nuestra mano. Y cuandoacabéis el trabajo que os hemosasignado, pulsaremos el botón paraejecutaros y pondremos fin a vuestradeplorable administración del planetaTierra.—¡No hace falta que lo hagas! —grito, y el Silenciador que tengo detrásme pone una mano en el hombro yaprieta con fuerza, pero no lo bastantepara que no salte del asiento—. Solotenéis que implantarnos y descargarnosen El País de las Maravillas. Eso osdirá todo lo que queráis saber, ¿no? Nohace falta que lo mates...—Cassie —dice Ben en voz baja—,lo va a matar de todos modos.—No deberías prestarle atención,jovencita —dice Vosch—. Es débil,siempre ha sido débil. Tú hasdemostrado más agallas y decisión enunas horas que él en toda su lamentableexistencia.Vosch hace un gesto al Silenciador,que me empuja de nuevo hacia el sillón.—Voy a «descargaros» —me dicedespués— y voy a matar al sargentoParish; pero puedes salvar al niño si medices quién te ha ayudado a infiltrarte enla base.—¿No lo sabrás al descargarme? —pregunto, mientras pienso: «¡Evan estávivo!». Después pienso: «No, a lo mejorno». Podría haber muerto con lasbombas, vaporizado como todo lo quehabía en la superficie. Quizá Vosch,como yo, no sabe si Evan está vivo omuerto.—Porque te ha ayudado alguien —sigue diciendo Vosch sin hacer caso demi pregunta—. Y sospecho que esealguien no es como el señor Parish, aquípresente. La persona o personas que tehan ayudado son más como... Bueno,como yo. Alguien que sabría cómovencer el programa de El País de lasMaravillas ocultando los recuerdosreales, el mismo método que nosotrosllevamos siglos empleando paraocultarnos de vosotros.Sacudo la cabeza: no tengo ni ideade lo que me está hablando. ¿Recuerdosreales?—Los pájaros son lo más habitual—dice Vosch mientras acaricia con airedistraído el botón que reza«EJECUTAR»—. Búhos. Durante la faseinicial, cuando nos introducíamos envuestro interior, a menudo utilizábamosel recuerdo falso de un búho para que lafutura madre no supiera nada.—Odio los pájaros —susurro.—La fauna indígena más útil delplaneta —comenta Vosch, sonriendo—.Diversa. En su mayor parte consideradabenigna. Tan omnipresente que resultacasi invisible. ¿Sabías que desciendende los dinosaurios? Es una ironía muysatisfactoria. Los dinosaurios hicieronsitio a los humanos, y ahora, con laayuda de sus descendientes, vosotrosnos haréis sitio a nosotros.—¡No me ha ayudado nadie! —chillo para interrumpir su discurso—.¡Lo he hecho yo sola!—¿En serio? Entonces ¿cómo esposible que justo cuando tú matabas a ladoctora Pam en el Hangar Uno,disparasen a dos de nuestros centinelas,destripasen a otro y arrojaran a uncuarto desde su puesto de vigilancia enla torre de vigilancia sur?—Yo no sé nada de eso: yo solo hevenido a por mi hermano.—En realidad no hay esperanza, ¿losabes, verdad? —dice, y su rostro seoscurece—. Todas vuestrasensoñaciones y fantasías infantiles sobrevencernos... son inútiles.Abro la boca y las palabras me salensolas, sin más.—Que te den por culo.Y él pulsa con fuerza el botón, comosi lo odiara, como si el botón tuvieracara, una cara humana, la cara de lacucaracha consciente, y su dedo fuese labota que la aplasta.5No sé qué hice primero... Creo quegrité. Sé que también me zafé de lasmanos del Silenciador y me abalancésobre Vosch con la intención dearrancarle los ojos. Sin embargo, norecuerdo qué fue antes: si el grito oabalanzarme. Ben me rodeó con losbrazos para retenerme; sé que eso fuedespués del grito y de lo otro. Meabrazó y tiró de mí, porque estabaconcentrada en Vosch y en mi odio. Nisiquiera miré a mi hermano a través delespejo, pero Ben había estado pendientedel monitor y vio la palabra queapareció en la pantalla cuando Voschpulsó el botón de ejecutar:«UY».Me vuelvo rápidamente hacia elespejo y compruebo que Sammy siguevivo; llorando a mares, pero vivo. A milado, Vosch se levanta tan deprisa que lasilla vuela por la habitación y se estrellacontra la pared.—Se ha colado en el ordenadorcentral y ha sobrescrito el programa —le ruge al Silenciador—. Despuéscortará la electricidad. Vigílalos —legrita al hombre que hay detrás deSammy—. ¡Protege esa puerta! Quenadie se mueva de aquí hasta quevuelva.Sale dando un portazo. Oímos el clicdel cierre. No hay salida. O sí que lahay: la que utilicé la primera vez que mequedé atrapada en esta habitación. Mirohacia la rejilla. «Olvídalo, Cassie, soisBen y tú contra dos Silenciadores, y Benestá herido. Ni se te ocurra».No, somos Ben, Evan y yo contra losSilenciadores. Evan está vivo. Y si Evanestá vivo, todavía no hemos llegado alfinal, no hemos apurado la taza humana.La bota no ha aplastado la cucaracha.Todavía.Y entonces la veo aparecer entre laslamas de la rejilla y caer al suelo: es elcuerpo de una cucaracha de verdad,recién aplastada. La observoprecipitarse a cámara lenta, tan despacioque percibo incluso cómo rebotaligeramente al darse contra el suelo.«¿Quieres compararte con uninsecto, Cassie?».Vuelvo a mirar rápidamente larejilla, y allí parpadea una sombra,como el revoloteo de las alas de unaefímera.Y susurro a Ben Parish:—El que está con Sammy... es mío.Sorprendido, Ben me susurra:—¿Qué?Clavo el codo en el estómago denuestro Silenciador, y él, que estabadesprevenido, retrocede tambaleándosehasta quedar debajo de la rejilla,agitando los brazos para conservar elequilibrio. Entonces, la bala de Evanatraviesa su cerebro, que es muyhumano, y lo mata al instante. Le quito elarma antes de que el Silenciador sinvida caiga al suelo, y tengo unaoportunidad, un solo disparo a travésdel agujero que abrí antes. Si fallo,Sammy está muerto; de hecho, suSilenciador ya se está volviendo haciaél cuando yo me vuelvo hacia elSilenciador.Sin embargo, he tenido un instructorexcelente, uno de los mejores tiradoresdel mundo, incluso cuando el mundotenía siete mil millones de personas.No se parece demasiado a disparar auna lata en un poste.En realidad, es mucho más sencillo:su cabeza está más cerca y es muchomás grande.Sammy ya está a medio caminocuando el tío cae al suelo. Tiro de mihermano para ayudarlo a pasar por elagujero. Ben nos mira, mira alSilenciador muerto, al otro Silenciadormuerto, mira el arma que tengo en lamano. No sabe bien qué mirar. Yo mirola rejilla.—¡Despejado! —le digo a Evan.Él golpea una vez en el lateral de larejilla. Al principio no lo entiendo, perodespués me río.«Vamos a establecer un código paracuando quieras acercarte en plansigiloso pervertido. Si llamas una vez ala puerta, significa que quieres entrar».—Sí, Evan —digo, riéndome contantas ganas que empieza a dolerme lacara—, puedes entrar.Estoy a punto de mearme de alivio,porque estamos todos vivos, pero, sobretodo, porque él lo está.Salta a la habitación y aterriza depuntillas, como un gato. Estoy en susbrazos en lo que tarda en decir «tequiero», cosa que hace mientras meacaricia el pelo, susurra mi nombre yañade las palabras «mi efímera».—¿Cómo nos has encontrado? —lepregunto.Está conmigo de un modo tanabsoluto, tan presente, que es como siviera sus deliciosos ojos de chocolatepor primera vez, como si sintiera susfuertes brazos y sus suaves labios porprimera vez.—Ha sido fácil, alguien entró antesy me dejó un rastro de sangre.—¿Cassie?Es Sammy, que está agarrado a Benporque ahora mismo está más en la ondade Ben que en la de Cassie. «¿Quién esese tío que ha salido del techo y qué leestá haciendo a mi hermana?».—Este debe de ser Sammy —diceEvan.—Lo es —respondo—. Ah, y estees...—Ben Parish —dice Ben.—¿Ben Parish? —repite Evan,mirándome—. ¿Ese Ben Parish?—Ben —digo, con la cara roja.Quiero reírme y esconderme debajo dela mesa, todo a la vez—. Este es EvanWalker.—¿Es tu novio? —pregunta Sammy.No sé qué responder: Ben seencuentra completamente perdido, Evanestá a punto de echarse a reír y Sammytiene muchísima curiosidad.Es mi primer momento realmenteincómodo en la guarida alienígena, y esoque no ha sido un camino de rosas.—Es un amigo del instituto —mascullo.Y Evan me corrige, puesto que estáclaro que he perdido la cabeza.—En realidad, Sam, Ben es el amigode Cassie del instituto.—Ella no es mi amiga —dice Ben—. Quiero decir, bueno, supongo que larecuerdo un poco... —Entonces procesalas palabras de Evan—. ¿Cómo sabesquién soy?—¡No lo sabe! —grito.—Cassie me habló de ti —respondeEvan, y le doy un codazo en lascostillas, a lo que él responde con unacara que dice: «¿Qué pasa?».—A lo mejor podemos dejar paraluego la charla sobre por qué todo elmundo conoce a todo el mundo —lesuplico a Evan—. Ahora mismo, ¿nocreéis que sería buena idea largarse?—Sí —dice Evan—, vamos. Estásherido —añade, mirando a Ben.—Se me han saltado un par depuntos —responde Ben, encogiéndosede hombros—. No es nada.Me guardo la pistola del Silenciadoren la pistolera vacía, me doy cuenta deque Ben necesita un arma y me meto porel agujero para buscársela. Cuandovuelvo siguen todos ahí de pie, y Ben yEvan se sonríen... de forma muysospechosa, en mi opinión.—¿A qué estamos esperando? —pregunto en un tono un poco más duro delo que pretendía. Llevo la silla hasta elcadáver del Silenciador y me acerco ala rejilla—. Evan, tú deberías ir delante.—No vamos a salir por ahí —responde mientras saca una llave detarjeta de la riñonera del Silenciador yla pasa por el cierre de la puerta. La luzse pone verde.—¿Vamos a salir andando? ¿Sinmás?—Sin más.Primero se asoma al pasillo, noshace un gesto para que lo sigamos ysalimos de la sala de ejecuciones. Lapuerta se cierra. El pasillo está tansilencioso que pone los pelos de punta:no hay ni un alma.—Ha dicho que ibas a cortar laelectricidad —susurro mientras saco lapistola.Evan sostiene un objeto plateado queparece un teléfono con tapa.—Lo voy a hacer. Ahora mismo.Pulsa un botón, y el pasillo se sumeen la oscuridad. No veo nada. Con lamano libre tiento el aire en busca deSammy, pero encuentro a Ben. Él meaprieta la mano con fuerza antes desoltarla. Unos deditos me tiran de lapernera, así que los cojo en mi mano yme meto uno en la trabilla para elcinturón.—Ben, agárrate a mí —dice Evan envoz baja—. Cassie, agárrate a Ben. Noestamos lejos.Creía que avanzaríamos muydespacio en esta especie de conga aoscuras, pero vamos deprisa, casipisándonos los talones. Es probable queél sea capaz de ver en la oscuridad, otracaracterística felina. No tardamos enparar frente a una puerta. Al menos, creoque es una puerta. Es suave y no tiene latextura de las paredes de bloques.Alguien (será Evan) empuja la lisasuperficie, y de allí sale una bocanadade aire fresco y limpio.—¿Escaleras? —susurro.Estoy completamente ciega ydesorientada, pero creo que podrían serlas mismas escaleras por las que bajécuando llegué aquí.—A medio camino encontraréisalgunos escombros —dice Evan—. Peroseguro que podéis meteros. Tenedcuidado, quizás esté algo inestable.Cuando lleguéis arriba, id hacia el norte.¿Sabéis por dónde está el norte?—Sí —responde Ben—, o al menossé cómo averiguarlo.—¿Que quiere decir eso de «cuandolleguéis arriba»? —exijo saber—. ¿Esque no vienes con nosotros?Noto su mano en mi mejilla y sé loque significa, así que la aparto de unmanotazo.—Vienes con nosotros, Evan —ledigo.—Tengo que hacer una cosa.—Eso es —respondo, buscándolo atientas hasta que encuentro su mano ytiro de ella con fuerza—: Tienes quevenir con nosotros.—Te encontraré, Cassie. ¿Acaso note he encontrado siempre? Te...—No, Evan, no sabes si serás capazde encontrarme.—Cassie —insiste, y no me gustacómo dice mi nombre: lo hace en vozdemasiado baja, demasiado triste, separece demasiado a una voz dedespedida—. Me equivoqué al decirteque era las dos cosas y ninguna. Nopuedo serlo; ahora lo sé. Tengo queelegir.—Espera un momento —dice Ben—. Cassie, ¿este tío es uno de ellos?—Es complicado —respondo—; yalo hablaremos después. —Entoncessujeto la mano de Evan entre las mías yme la llevo al pecho—. No vuelvas aabandonarme.—Me abandonaste tú, ¿recuerdas?Extiende los dedos sobre mi corazóncomo si lo sostuviera, como si leperteneciera, ese territorio por el quetanto ha luchado y que se ha ganado enjusta batalla.Me rindo.¿Qué voy a hacer, apuntarle a lacabeza con una pistola? «Ha llegadohasta aquí —me digo—. Podrá con elresto del camino».—¿Qué hay al norte? —preguntomientras le aprieto los dedos.—No lo sé, pero es el camino máscorto al lugar más alejado.—¿Más alejado de dónde?—De aquí. Esperad al avión.Cuando el avión despegue, corred. Ben,¿crees que podrás correr?—Creo que sí.—¿Deprisa?—Sí —responde, aunque no parecedemasiado seguro.—Esperad al avión —susurra Evan—. No lo olvidéis.Me besa con rabia en los labios y,de repente, la presencia de Evandesaparece de las escaleras. Noto elaliento de Ben en el cogote, cálido encomparación con el frío del ambiente.—No entiendo lo que está pasandoaquí —dice—, pero ¿quién es ese tío?Es un... ¿Qué es? ¿De dónde ha salido?¿Y adónde va ahora?—No estoy segura, pero diría que haencontrado el arsenal.«Alguien entró antes y me dejó unrastro de sangre».«Dios mío, Evan, con razón no me lohas dicho».—Va a volar este sitio en pedazos.5No es que subamos corriendo lasescaleras hacia la libertad. Casi nosarrastramos por ellas, nos aferramos losunos a los otros: yo delante, Ben detrás,Sammy en medio. El espacio cerradoestá repleto de partículas de polvo, asíque no tardamos en empezar a toser y aresollar, en mi opinión lo bastante altocomo para que nos oigan todos losSilenciadores en cinco kilómetros a laredonda. Avanzo por la oscuridad conuna mano extendida frente a mí einformo en voz baja sobre nuestroprogreso.—¡Primer rellano!Cien años después, llegamos alsegundo. Estamos casi a medio caminodel final, pero aún no nos hemosencontrado con los escombros sobre losque nos ha advertido Evan.«Tengo que elegir».Ahora que se ha ido y ya esdemasiado tarde, se me han ocurrido unbuen puñado de razones por las que nodebería habernos abandonado. La mejores esta:«No te dará tiempo».El Ojo tarda... ¿Cuánto? Un minutoo dos entre la activación y ladetonación. Apenas lo suficiente parallegar a las puertas del arsenal.«Vale, quieres ponerte en plan nobley sacrificarte para salvarnos, peroentonces no me digas cosas como "teencontraré"; eso implica que seguirásvivo para encontrarme después dedesatar la bola de fuego verde delinfierno».A no ser que... Puede que los Ojospuedan activarse a distancia. A lo mejorla cosa plateada que lleva consigo...«No. Si eso fuera una posibilidad,habría salido con nosotros y las habríahecho estallar a una distancia segura».Maldita sea, cada vez que creo queempiezo a entender a Evan Walker, seme escapa. Es como si yo fuera ciega denacimiento e intentara imaginarme unarcoíris. Si pasa lo que creo que va apasar, ¿sentiré su muerte como él sintióla de Lauren, como un puñetazo en elcorazón?Cuando estamos a medio camino deltercer rellano, me golpeo la cabezacontra algo de piedra. Me vuelvo haciaBen y le susurro:—Voy a ver si puedo trepar porencima: puede que haya sitio parameterse por arriba.Le paso mi fusil y me agarro biencon las dos manos. No he hechodemasiada escalada (vale, miexperiencia es nula), pero no puede sertan difícil, ¿no?Cuando estoy más o menos a unmetro del suelo, una roca se desprendebajo mi pie, caigo desde arriba y me doyun buen golpe en la barbilla.—Lo intentaré yo —dice Ben.—No seas estúpido, estás herido.—De todos modos, tendría quesubir, Cassie.Tiene razón, claro. Abrazo a Sammymientras Ben escala el amasijo dehormigón y varillas de acero. Lo oigogruñir cada vez que llega al siguienteasidero. Algo mojado me cae en lanariz. Sangre.—¿Estás bien? —le pregunto.—Ummm, define «bien».—Bien significa que no te estásdesangrando.—Estoy bien.«Es débil», dijo Vosch. Recuerdo laforma en que Ben se paseaba por lospasillos del instituto, meneando losanchos hombros, atravesando a la gentecon el rayo mortífero de su sonrisa: erael amo del universo. Entonces jamás lohabría considerado débil. Pero el BenParish que conocía es muy distinto delBen Parish que trepa por una paredirregular de piedras rotas y metalretorcido. El nuevo Ben Parish tiene losojos de un animal herido. No sé qué lehabrá pasado exactamente entre aqueldía en el gimnasio y ahora, pero no cabeduda de que los Otros han tenido éxito alcribar a los débiles de los fuertes.Los débiles han desaparecido.Ahí es donde falla el plan maestrode Vosch: si no nos matas a todos a lavez, los que queden no serán los débiles.Los que queden serán los fuertes, talvez dañados, pero enteros, como lasvarillas de acero que antes armaban estehormigón.Inundaciones, incendios, terremotos,enfermedades, hambre, traición,aislamiento, asesinato.Lo que no te mata, te hace másfuerte. Más duro. Más sabio.«Estás convirtiendo rejas de aradoen espadas, Vosch. Nos estásrehaciendo».«Nosotros somos la arcilla, y tú eresMiguel Ángel».«Y nosotros seremos tu obra dearte».5—¿Y bien? —pregunto al cabo devarios minutos, viendo que Ben no baja,ni poco a poco ni de golpe.—Creo... que hay... el sitio... justo—dice, con un hilo de voz—. Se alargabastante, pero veo luz al final.—¿Luz?—Luz brillante, como de focos. Y...—¿Y? ¿Y qué?—Y este montón de hormigón no esdemasiado estable; creo que empieza adesmoronarse bajo mis pies.Me agacho frente a Sammy, le digoque se me suba encima y que me rodeeel cuello con los brazos.—Agárrate fuerte, Sam —le pido, yél me hace una llave de estrangulación—. Aaah —me quejo con un jadeo—, notanto.—No me sueltes, Cassie —mesusurra al oído cuando empiezo a subir.—No te soltaré, Sam.Aprieta la cara contra mi espalda,absolutamente confiado en que no lodejaré caer. Ha vivido cuatro ataquesalienígenas, ha sufrido Dios sabe qué enla fábrica de la muerte de Vosch, peromi hermano sigue confiando en que, dealgún modo, todo saldrá bien.«En realidad no hay esperanza, ¿losabes, verdad?», dijo Vosch. He oídoantes esas palabras, con otra voz, mivoz, en la tienda del bosque, bajo elcoche de la autopista: «Imposible, inútil,sin sentido».Creía lo mismo que dijo Vosch.En el búnker vi un mar infinito derostros alzados. De haberme preguntado,¿les habría dicho que no habíaesperanza, que nada tenía sentido? ¿Oles habría dicho: «Subíos a mishombros, no os soltaré»?Subir la mano, agarrarse,impulsarse, poner el pie, descansar.Subir, agarrarse, impulsarse, pie,descansar. «Subíosamishombros,noossoltaré».5Ben me sujeta por las muñecas cuandoestoy cerca de la cima de losescombros, pero le digo entre jadeosque suba a Sammy primero. No mequeda energía para ese último paso, asíque me quedo allí colgada, esperando aque Ben vuelva a sujetarme. Tira de mípara meterme por el estrecho hueco, unarendija entre el techo y lo alto de lacolina. La oscuridad no es tan absolutaaquí arriba, y le veo el demacradorostro, cubierto de polvo de hormigón yarañazos que ya han empezado asangrarle.—Todo recto —susurra—. Puedeque a unos treinta metros.No hay sitio para ponerse en pie nisentarse: estamos tumbados boca abajo,casi nariz contra nariz.—Cassie, no hay... nada. Todo elcampo ha desaparecido. Simplementeha... desaparecido.Asiento con la cabeza; ya he vistomuy de cerca lo que pueden hacer losOjos.—Tengo que descansar —le digoentre resuellos y, por algún motivo, mepreocupa la calidad de mi aliento.¿Cuándo fue la última vez que mecepillé los dientes?—. Sams, ¿estásbien?—Sí.—¿Y tú? —me pregunta Ben.—Define bien.—Es una definición muy cambiante—responde—. Han iluminado la zona,ahí fuera.—¿El avión?—Está ahí. Es grande, uno de esosenormes aviones de carga.—Hay muchos niños.Nos arrastramos hacia la barra deluz que se filtra a través de la grieta,entre las ruinas y la superficie. Cuestaavanzar. Sammy empieza a gemir. Tienelas manos desolladas y el cuerpomagullado por culpa de la piedra. Nosmetemos por huecos tan angostos quenos rozamos la espalda contra el techo.En una ocasión me quedo atascada y Bentarda varios minutos en sacarme. La luzhace retroceder la oscuridad, brilla confuerza, con tanta que veo cada una de laspartículas de polvo arremolinadascontra el telón negro.—Tengo sed —gime Sammy.—Ya casi estamos —le aseguro—.¿No ves la luz?Por la abertura contemplo todo eleste de Death Valley (el mismo paisajeyermo del Campo Pozo de Cenizamultiplicado por diez), iluminado porlos focos que cuelgan de los postesmontados a toda prisa en las chimeneasque suministraban aire al complejo deabajo.Y, sobre nosotros, el cielo nocturnosalpicado de teledirigidos. Cientos deellos flotan a trescientos metros dealtura, inmóviles, mientras sus vientresgrises reflejan la luz de los focos. Y,justo debajo, en el suelo, a mi derecha,un enorme avión espera, perpendicular anosotros. Cuando despegue, pasará anuestro lado.—¿Han cargado ya a los...? —empiezo, pero Ben me corta con unsiseo.—Han arrancado los motores.—¿Por dónde está el norte?—A las dos en punto —dice, y me loseñala.Se ha quedado pálido: su rostro notiene color. La boca le cuelga un poco,como un perro jadeando. Cuando seinclina para mirar el avión, me doycuenta de que tiene mojada la pecherade la camisa.—¿Puedes correr? —pregunto.—Tengo que hacerlo, así que sí.—Cuando salgamos a campoabierto, súbete otra vez encima de mí,¿vale? —le digo a Sam.—Puedo correr, Cassie —protesta él—. Soy rápido.—Lo llevaré yo —se ofrece Ben.—No seas ridículo —respondo.—No soy tan débil como parezco —insiste, probablemente pensando enVosch.—Claro que no, pero, si te caes conél, estamos todos muertos.—Igual que si te pasa a ti.—Es mi hermano: lo llevaré yo.Además, estás herido y...Es lo único que logro decir. El restoqueda ahogado en el rugido del enormeavión que se dirige hacia nosotros,acelerando.—¡Ahora! —grita Ben, pero no looigo.Tengo que leerle los labios.5Nos agachamos en la abertura, apoyadosen las puntas de los dedos de las manosy de los pies. El aire frío vibra ensintonía con el estruendo ensordecedordel gran avión, que recorre el suelocompactado. Se pone a nuestro nivelcuando la rueda delantera se eleva, y esentonces cuando estalla la primerabomba.Y yo pienso: «Estooo, un pocopronto, Evan».El suelo se levanta, y salimoscorriendo a toda prisa. Sammy merebota en la espalda mientras, detrás denosotros, el hueco de las escalerasparece derrumbarse en silencio, porqueel rugido del avión eclipsa cualquierotro sonido. El rebufo de los motores meazota en el costado izquierdo y casi mehace caer. Ben me coge a tiempo y meempuja hacia delante.Después salgo volando. La tierra sehincha como un balón y retrocede, y elsuelo se abre con tanta fuerza que temoque se me hayan reventado los tímpanos.Por suerte para Sam, aterrizo bocaabajo, aunque para mí no es tanafortunado, ya que el impacto me dejalos pulmones vacíos, sin un míserocentímetro cúbico de aire. Noto que elpeso de Sam desaparece y veo que Bense lo echa al hombro. Después melevanto, pero me quedo atrás y pienso:«¿Débil?, ¡y una mierda! ¡Y unamierda!».Ante nosotros, el suelo parecealargarse hasta el infinito. Y detrás, selo traga un agujero negro, y el agujeronos persigue al expandirse, devorándolotodo a su paso. Un resbalón y se nostragará también a nosotros, reduciránuestros cuerpos a fragmentosmicroscópicos.Oigo un grito agudo por encima denuestras cabezas, y veo que unteledirigido se estrella contra el suelo adiez metros de nosotros. El impacto lohace pedazos, lo convierte en unagranada del tamaño de un Prius, y milpedacitos de metralla afilados comocuchillas me destrozan la camisa caqui yse me clavan en la piel que tengo al aire.La lluvia de teledirigidos sigue unritmo. Primero, el grito de banshee.Después, la explosión cuando seestrellan contra el suelo, duro como unaroca. A continuación, el estallido deescombros. Y nosotros esquivamos lasgotas mortales, moviéndonos en zigzagpor el paisaje baldío mientras elhambriento agujero negro lo consume ynos persigue.También tengo otro problema: larodilla. La vieja herida de cuando mederribó un Silenciador que se escondíaen el bosque. Cada vez que piso sueloduro, un dolor punzante me sube por lapierna y me hace trastabillar,obligándome a reducir la marcha. Cadavez me quedo más atrás. Más que correr,tengo la sensación de caerme haciadelante, mientras alguien me golpea larodilla con un mazo una y otra vez.Una cicatriz aparece en la perfectanada que tenemos delante. Viene hacianosotros a toda prisa.—¡Ben! —chillo, pero no me oyepor culpa de los gritos, los estallidos yla ensordecedora implosión dedoscientas toneladas de rocaderrumbándose en el vacío creado porlos Ojos.La sombra borrosa que se dirige anosotros se solidifica en una formaconcreta, hasta que se convierte en unHumvee repleto de torretas paraametralladoras.Qué cabrones más insistentes.Ben ya lo ha visto, pero no tenemoselección: no podemos parar, nopodemos dar media vuelta. «Al menos,el agujero también se los tragará aellos», pienso.Entonces, me caigo.No sé bien por qué; no recuerdo lacaída en sí. Estoy corriendo y, derepente, tengo la cara pegada al suelo ypienso: «¿De dónde ha salido estapared?».A lo mejor se me ha bloqueado larodilla. A lo mejor he resbalado. Elcaso es que me he caído y noto que latierra que tengo debajo chilla y gritamientras el agujero la desgarra, comouna criatura devorada viva por undepredador hambriento.Intento levantarme, pero el suelo nocolabora, se comba debajo de mí yvuelvo a caer.Ben y Sam están a varios metros,todavía de pie, y allí veo el Humvee,que aparece delante de ellos en elúltimo segundo, quemando neumáticos.Apenas frena. La puerta se abre degolpe, y un crío escuchimizado alarga lamano hacia Ben.Ben le lanza a Sammy. El crío mete ami hermano dentro y, a continuación, dauna buena palmada al lateral delvehículo, como diciendo: «¡Vamos,Parish, vamos!».Y entonces, en vez de subirse alHumvee como una persona normal, BenParish da media vuelta y corre a por mí.Agito los brazos para que se vaya:«No hay tiempo, no hay tiempo, no haytiempo, no hay tiempo».Noto el aliento de la bestia en laspiernas desnudas (cálido, polvoriento,piedra y tierra pulverizadas) y, entonces,el suelo se abre entre Ben y yo, y eltrozo de tierra en el que estoy tirada sedesgaja y empieza a deslizarse hacia suboca sin luz.Como consecuencia, yo tambiénempiezo a deslizarme, alejándome deBen, que, con mucho criterio, se hatirado al suelo boca abajo al borde de lafisura para evitar cabalgar conmigohacia el agujero negro. Las puntas denuestros dedos se tocan, pero no puedesacarme tirando de mi meñique, así que,en el medio segundo que tiene paradecidirse, se decide, me suelta el dedo yaprovecha su única oportunidad paraagarrarme por la muñeca.Le veo abrir la boca y echarse haciaatrás, tirando de mí, pero no oigo nada.No me suelta, se aferra a mi muñeca conambas manos y gira como un lanzador depesos para lanzarme hacia el Humvee.Creo que mis pies dejan de tocar elsuelo.Otra mano me coge del brazo y memete dentro. Acabo a horcajadas sobrelas piernas del chaval escuchimizado;sin embargo, ahora que lo tengo cerca,descubro que no es un chico, sino unachica de ojos oscuros con una relucientemelena lisa y negra. Detrás de ella, Bensalta con la intención de alcanzar laparte trasera del Humvee, pero no llegoa ver si lo consigue: me estrello contrala puerta cuando el conductor da unvolantazo a la izquierda para evitar unteledirigido que cae. Pisa el acelerador.Aunque el agujero ya se ha zampadotodas las luces, hace una nochedespejada y no me cuesta distinguir elborde del pozo que nos persigue, laboca de la bestia abierta de par en par.El conductor, demasiado joven paratener permiso de conducir, hace girar elvolante a un lado y a otro para evitar eltorrente de teledirigidos que estallan anuestro alrededor. Uno cae frente anosotros, a poca distancia, y no haytiempo para rodearlo, así que nosmetemos en la explosión. El parabrisasse desintegra y nos baña en cristales.Las ruedas traseras patinan,rebotamos y saltamos hacia delante, apocos centímetros del agujero. Ya nopuedo seguir mirándolo, así que mirohacia arriba.Donde la nave nodriza navega,serena, por el cielo. Y, justo debajo, a lolejos, junto al horizonte, cae otroteledirigido.«No, no es un teledirigido. Brilla»,pienso.Debe de ser una estrella fugaz; suardiente estela es como un cordón deplata que la conecta a los cielos.5Cuando amanece ya estamos akilómetros de distancia, ocultos bajo unpaso elevado de la autopista, y el niñode orejas grandes al que llaman Dumbose ha arrodillado al lado de Ben paraponerle una venda limpia en la heridadel costado. Ya se ha ocupado de mí yde Sammy: nos ha sacado metralla, nosha limpiado las heridas, nos ha dadopuntos y las ha vendado.Me ha preguntado por lo que mehabía pasado en la pierna. Le herespondido que me disparó un tiburón.No reacciona. No parece confundido nile hace gracia, ni nada. Como si eldisparo de un tiburón fuese algoperfectamente natural después de laLlegada. Como cambiarte de nombre yponerte «Dumbo». Cuando le hepreguntado por su nombre real, me hadicho que era... Dumbo.Ben es Zombi, Sammy es Frijol,Dumbo es Dumbo. Después estánBizcocho, un crío de rostro dulce que nohabla, aunque tal vez puede hacerlo, nolo sé; Tacita, una niña no mucho mayorque Sams que quizá tenga un problemagrave, lo cual me preocupa, porque sepasa el día abrazada a un M16 con elcargador intacto.Finalmente, la guapa de pelo oscurose llama Hacha y es más o menos de miedad, y no solo tiene una melena negramuy reluciente y muy lisa, sino tambiénla piel perfecta de una modelo retocadacon Photoshop, como las que aparecenen las portadas de las revistas de modasonriéndote con arrogancia mientrashaces cola en la caja del supermercado.Salvo que Hacha nunca sonríe, igual queBizcocho nunca habla. Así que hedecidido aferrarme a la posibilidad deque le falte algún diente.Creo que hay algo entre Ben y ella,algo en el sentido de que pareceníntimos.Se han pasado un buen rato hablandocuando hemos llegado aquí. No es quelos haya estado espiando, ni muchomenos, pero me encontraba lo bastantecerca para oír las palabras «ajedrez»,«círculo» y «sonrisa».Entonces he oído a Ben preguntar:—¿De dónde has sacado elHumvee?—Tuvimos suerte: trasladaron partedel equipo y de los suministros a unazona de pruebas a unos dos klicks aloeste del campo. Supongo que para estarpreparados para el bombardeo. Estabaprotegido, pero Bizcocho y yo lesllevábamos ventaja.—No deberías haber vuelto, Hacha.—De no haberlo hecho, ahora noestaríamos hablando.—No me refiero a eso. Cuando visteque el campo estallaba, deberías habervuelto a Dayton. Puede que seamos losúnicos que conocen la verdad sobre laquinta ola: esto es más importante queyo.—Tú volviste a por Frijol.—Eso es distinto.—Zombi, que tampoco eres tanestúpido —dice, como si Ben fueseestúpido, pero solo un poquito—.¿Todavía no lo entiendes? En cuantodecidamos que una persona ya noimporta, ellos habrán ganado.Tengo que estar de acuerdo con laseñorita Poros Microscópicos. Mientrasmi hermano se sienta en mi regazo paraque le dé calor. En el terreno elevadocon vistas a la autopista abandonada.Bajo un cielo repleto de mil millones deestrellas. Me da igual lo que impliquenlas estrellas sobre lo pequeños quesomos. Cualquiera de nosotros, porpequeño, débil e insignificante que sea,importa.Está a punto de amanecer, se notaque llega el día. El mundo contiene elaliento porque no hay nada que garanticeque el sol vuelva a salir. Que hubiera unayer no significa que haya un mañana.¿Qué dijo Evan?«Estamos aquí y despuésdesaparecemos, y lo importante no es eltiempo que pasemos en este mundo, sinolo que hagamos con ese tiempo».Y yo susurro:—Efímera.El nombre con el que me bautizó.Había estado dentro de mí, Evanhabía estado dentro de mí y yo dentro deél, juntos en un espacio infinito, y noexistía un lugar en el que yo acabara y élempezara.Sammy se agita en mi regazo. Sehabía dormido, pero se acaba dedespertar.—Cassie, ¿por qué lloras?—No lloro. Calla y vuelve a dormir.—Estás llorando —insiste, y mepasa los nudillos por la mejilla.Alguien se acerca. Es Ben. Melimpio las lágrimas a toda prisa, y él sesienta a mi lado con mucho cuidado,dejando escapar un gruñido de dolor. Nonos miramos, contemplamos losmovimientos espasmódicos de losteledirigidos que caen a lo lejos.Escuchamos el silbido del vientosolitario a través de las ramas secas delos árboles. Sentimos el frío del suelohelado que se filtra por las suelas denuestros zapatos.—Quería darte las gracias —medice.—¿Por qué?—Me salvaste la vida.—Y tú me levantaste cuando caí —respondo, encogiéndome de hombros—.Estamos en paz.Tengo la cara cubierta de vendas, elpelo como un nido de pájaro, voyvestida como uno de los soldados dejuguete de Sammy, pero Ben Parish seinclina sobre mí y me besa de todosmodos. Un besito rápido, medio mejilla,medio boca.—¿A qué viene eso? —pregunto convoz aguda, como la niña de antaño, laCassie pecosa que yo era, la del pelorizado y las rodillas nudosas, una chicacorriente que compartía con él unautobús escolar amarillo corriente parapasar un día corriente.En todas mis fantasías sobre nuestroprimer beso (y he tenido unasseiscientas mil), nunca me habíaimaginado que sería así. Nuestro besosoñado requería luz de luna, o niebla, oluz de luna y niebla, una combinaciónmuy misteriosa y romántica, al menos enel lugar adecuado. Niebla a la luz de laluna junto a un lago o un río tranquilo:romántico. Niebla a la luz de la luna encualquier otro lugar, como un callejónestrecho: Jack el Destripador.«¿Te acuerdas de los bebés?», lepreguntaba en mis fantasías. Y Bensiempre respondía: «Sí, claro que sí.¡Los bebés!».—Oye, Ben, me preguntaba sirecordarías... Íbamos en el mismoautobús al colegio, tú estabas hablandode tu hermana pequeña y yo te dije queSammy también acababa de nacer, y mepreguntaba si te acordarías de eso. Lode que nacieran juntos. Bueno, juntos no,eso los convertiría en gemelos, ja, ja.Me refiero a que nacieron a la vez. Noexactamente, pero con una semana dediferencia. Sammy y tu hermana. Losbebés.—Perdona... ¿Bebés?—Da igual, no tiene importancia.—Ya no hay nada que no tengaimportancia.Estoy temblando. Debe de habersedado cuenta, porque me echa un brazopor encima y nos quedamos así sentadosun rato, yo abrazando a Sammy, Benabrazándome a mí, y los tres juntoscontemplando el sol que sale por elhorizonte y arrasa la oscuridad con suestallido de luz dorada.AgradecimientosPuede que escribir una novela sea unaexperiencia solitaria, pero el procesohasta llegar al libro terminado no lo es,y sería una estupidez atribuirme todo elmérito. He contraído una enorme deudacon el equipo de Putnam por suinconmensurable entusiasmo, que nohizo más que intensificarse a medida queel proyecto crecía más allá de nuestrasexpectativas. Mil gracias a DonWeisberg, Jennifer Besser, ShantaNewlin, David Briggs, Jennifer Loja,Paula Sadler y Sarah Hughes.En ocasiones llegué a pensar que mieditora, la invencible Arianne Lewin,había invocado a un espíritu demoniacoempeñado en conseguir mi destruccióncreativa, ya que ponía a prueba miresistencia, me llevaba hasta losborrosos límites de mi habilidad, comohacen todos los grandes editores. A lolargo de los múltiples borradores, de lasinterminables revisiones y de losincontables cambios, nunca flaqueó la fede Ari en el manuscrito... y en mí.Mi agente, Brian DeFiore, se mereceuna medalla (o, al menos, un sofisticadodiploma elegantemente enmarcado) porser un extraordinario gestor de miangustia creativa. Brian pertenece a esainusual estirpe de agentes que no vacilaen meterse en el berenjenal que hagafalta con su cliente; ha estado siempredispuesto (aunque no diré que siempredeseoso de hacerlo) a escuchar, aecharme una mano y a leer la versiónnúmero cuatrocientos setenta y nueve deun manuscrito que no paraba de cambiar.Él nunca diría que es el mejor, pero yosí: Brian, eres el mejor.Gracias a Adam Schear por sabermanejar como un experto los derechosinternacionales de la novela, y unagradecimiento especial a MatthewSnyder, de CAA, por navegar por eseextraño, desconcertante y maravillosomundo del cine, y emplear sus poderesmísticos con una eficiencia pasmosa,antes incluso de que el libro estuvieraacabado. Ojalá fuese yo la mitad debueno como autor que él como agente.La familia de un escritor tiene quesoportar su propia carga durante lacomposición de un libro. Sinceramente,no sé cómo lo aguantaban algunas veces:las largas noches, los silenciosmalhumorados, las miradas perdidas, lasrespuestas distraídas a preguntas que, enrealidad, no habían hecho. Debo dar lasgracias de corazón a mi hijo, Jake, porofrecerle a este anciano la perspectivade un adolescente y, sobre todo, por lapalabra «jefe» cuando más lanecesitaba.No hay nadie a quien deba más que ami mujer, Sandy. La génesis de este librofue una conversación a última hora de lanoche, repleta de esa estimulante mezclade hilaridad y miedo tan característicade muchas de nuestras conversaciones aúltima hora de la noche. Eso y un debatemuy extraño mantenido unos mesesdespués en el que comparábamos unainvasión alienígena con el ataque de unamomia. Ella es mi intrépida guía, mimejor crítica, mi fan más rabiosa y mimás feroz defensora. También es mimejor amiga.Perdí a una querida amiga ycompañera mientras escribía este libro,mi fiel perrita escritora Casey, que seenfrentaba a todos los ataques, corríapor todas las playas y luchaba por ganarcada centímetro de terreno a mi lado. Teecharé de menos, Case.RICK YANCEY. Es autor de trecenovelas y una memoria. Sus libros hansido publicados en más de veinteidiomas y han ganado numerosospremios alrededor del mundo. Su novelajóven-adulta, The ExtraordinaryAdventures of Alfred Kropp, fue llamadael «Best Book of the Year» por elPublishers Weekly y fue nominada porla Carnegie Medal. En 2010, Rickrecibió el Michael L. Printz Honor porThe Monstrumologist. La secuela, TheCurse of the Wendigo, fue finalista paraLos Angeles Times Book Prize. Suúltima novela, La quinta ola, el primerlibro de una trilogía de ciencia ficciónépica, hizo su estreno mundial en 2013,y pronto será llevada a la pantallagrande por GK Films y Sony Pictures.Notas[1] «Y, al final, desvelados, soñamos conescapar». Death and All His Friends,Coldplay. (N. de la T.) <<
