En una habitación de la cúspide de cierto edificio alto con vistas al canal, un hombre distribuyó diversos naipes sobre un escritor cubierto de seda negra. Hizo un círculo de doce cartas, boca arriba, actuando metódicamente a contramano, colocó la decimotercera en el centro en el centro del círculo, se apoyó en el respaldo de su asiento y estudió el conjunto.
-Es extraño -murmuró.
El naipe central -el más importante -era la Espada, que significaba peligro. Rodolfo estaba acostumbrado a que aquel símbolo marcarse el tono de sus adivinaciones. Tampoco era u a sorpresa ver a la Reina de Peces como séptima carta, a la derecha de la Espada.
El peligro aparecía con frecuencia cerca de la mujer más notable de Bellezza, y la reina acuática era obviamente la duchessa. Pero hoy el primer naipe era la Princesa de Peces, situada a la izquierda de la Espada, y no tenía la menor idea de lo que representaba.
Se enfrentaba a la lectura más singular que había visto.
Las únicas cartas numeradas que aparecían eran cuatros, todo los del mazo, uno de cada palo: Peces, Pájaros, Salamandras, y Serpientes. Se ordenaban como guardianes a cada lado de la Princesa y de la Reina. Los demás naipes expuestos eran triunfos mayores: los Enamorados, el Mago, la Diosa, la Torre, la Doncella Primaveral y, muy inquietamente, la Muerte.
Rodolfo pasó largo tiempo contemplando el despliegue antes de recoger las cartas, barajarlas a conciencia y echarlas de nuevo. Princesa de Peces, Cuatro de Serpientes, los Enamorados, el Mago... En el momento de depositar la Espada en el centro, le temblaban las manos. Había obtenido exactamente la misma disposición.
Volvió a recoger las cartas de Forma precipitada y las envolvió en la seda negra. Las embutió en un cajón del trabajado escritorio y sacó de otro una bolsa de terciopelo que contenía unas piedras de cristal. Cerrando los ojos, metió una mano en la bolsa y extrajo un puñado de piedras, que desparramó sin violencia sobre el mueble, donde refulgieron a la luz de las velas.
Cada uno de aquellos centelleantes cristalinos tenía un emblema de plata incrustado en su centro. Lleno de curiosidad, Rodolfo identificó una corona, una hoja, una máscara, el número dieciséis, un mechón de cabello, un libro... Dio un respingo al ver el libro.
-Otra vez Silva -masculló, poniéndose de pie y sujetando la pulida pieza de cristal granate que tenía la corona de plata.
Fue hasta la ventana y paseó la mirada por el jardín de la azotea. Los farolillos se mecían suavemente entre los árboles, iluminando las flores y las hojas descoloridas, privadas de sus vivas tonalidades diurnas. En la distancia graznó un pavo real.
Regresó al escritorio, sacó de un cajón una pareja de dados de doce caras y los tiró: seis y diez, ocho y ocho, siete y nueve. Esta noche, donde quiera que posara los ojos salía a relucir el número dieciséis. El dichoso número, y también los símbolos de una muchacha y del peligro. Fuese cual fuese su significado, estaba vinculado a la duchessa y tenía que ponerla al corriente. Conociendo a Silvia, sabía que no le diría que interpretación daba ella a aquellos signos, pero al menos podría prepararse para cualquier peligro que se avecinara.
Con un suspiro, Rodolfo guardó sus herramientas de adivinación y se dispuso a visitar a la duchessa.
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La ciudad de las máscaras (Adapatada)
FantasíaSINOPSIS Lucien, un chico de quince años que vive cerca del Londres actual, sorprendentemente y gracias a un talismán, viaja a través de un pasaje abierto por los alquimistas hasta otros mundo, Talia, y otra época, que parece del siglo XVI. Se conv...
