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No logro recordar cuando empezó en mí esa desaforada pasión por los muertos, cuando brotó en lo más profundo de mi ser esa excitación por las tumbas y lo sepulcral, cuando mi alma comenzó a descomponerse al igual que los cuerpos que tantas veces en mi vida había enterrado en sus nichos.
Pero ya nada de eso importa, ya no. Tan solo deseo dejar por escrito todo lo que realmente ocurrió, aprovechando mis últimos retales de cordura, para después ahorcarme en una de las vigas de la habitación del sanatorio donde ahora me encuentro y así poder descansar en paz y olvidar por fin las pesadillas que me persiguen, suponiendo que el infierno no me espere, cosa que dudo, después de las atrocidades que he hecho durante toda mi existencia.
Nacido en el seno de una familia de enterradores pasé toda mi infancia entre lápidas, criptas y mármol esculpido. Lo que para los nińos de mi edad pudiera resultar terrible o incluso grotesco para mi resultaba de lo más natural.
De carácter introvertido y solitario no gozaba de amistad alguna y por aquel entonces no la creía necesaria, ocupando mi tiempo en largos paseos a la luz de la luna por el cementerio de la pequeńa localidad a la que mi familia prestaba sus servicios.
Caminaba despacio, saboreando cada palmo de terreno, observando los nuevos montículos o la incipiente hierba que comenzaba a crecer sobre las tumbas.
Me fascinaba como las flores de los jarrones se marchitaban en su camino progresivo hacia la muerte. Paseaba bajo las sombras espectrales de los árboles que adornaban el camposanto con la misma naturalidad que lo haría un hombre dando un paseo por el bosque y deseoso de disfrutar de la naturaleza se parara a cada rato a disfrutar de tal trino, tal planta o tal río, con la diferencia que en mi lugar eran representaciones fúnebres lo que consumían mi atención...
Con el paso de los ańos mis paseos y mi pasión por lo mortuorio fué en aumento hasta el punto que renuncié de la escuela para que mi padre, el cual se encargaba del fatigoso trabajo de transportar el cadaver y excavar el hoyo y mi madre del maquillaje del muerto me enseńaran los secretos del oficio.
Tal era mi fascinación por la muerte que rápidamente eclipsó todas mis otras pocas aficiones, cada vez bajaba menos al pueblo a pesar de que tan solo estaba a dos kilómetros escasos de nuestra casa.
Jamás mis padres me insinuaron nada del porqué de mi escasa vida social y de mi poco o nulo interés por las chicas, orgullosos sin duda de lo bien que llevaba el oficio familiar. Y así el tiempo transcurría para mí; entre mortajas, velas y olor a incienso.
Aun me estremezco de placer al recordar como una noche incapaz de satisfacer mi deseo de onanismo a causa de una insuficiente erecciòn recurrí a untar mi cuerpo con el bálsamo que se usaba para los difuntos. Sentir aquella sustancia fría y gelatinosa sobre mi miembro me hizo experimentar una de las sensaciones más placenteras que jamás había sentido antes en mi vida.
Recordé como mi madre untaba lentamente los cuerpos de los fallecidos y aquel pensamiento fue el primer paso hacia el tormento que vendría después, mi obsesión, la locura que me consumiría y me perseguiría hasta el día de mi propia muerte.

EL ENTERRADORHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora