El cabello de Irada Hanton, en su estado natural, era naranja, de un pastoso naranja zanahoria, pero tras haberse decolorado el pelo y haberlo teñido de colorines—los del arcoíris y más— ya no quedaba rastro de aquel naranja zanahoria que tanto le gustaba a Aisa—su madre— Largos y espesos rizos caían sobre sus hombros, y por cuestiones de la vida, aquella mañana—la cual estaba pasando demasiado lentamente—llevaba unas mallas negras piratas y una camiseta con manchurrones de colores que superaba su talla por dos. Tenía la vista fija en sus bambas blancas Nike y no podía alejar sus pensamientos de su madre, la cual se había ido de Penllow hacía ya una semana—por trabajo.
Se sacó una goma blanca de la muñeca y comenzó a hacerse una coleta de caballo que dejaba libres unos pocos mechones del flequillo. Suspiró de una manera audible y cuando alguien posó su mano sobre su hombro, dio un pequeño brinco. Irada estaba sentada en un banco de madera, apartada del resto de sus compañeros.
—¿En qué piensas? —era Kazka Stranton, su mejor amiga, por ponerle un nombre a lo que tenían.
—Mi madre.
Su voz sonó plana, sin sentimiento alguno, cada palabra tenía el mismo tono, y Kazka se percató de ello, cuando Irada hablaba así, normalmente era por qué o se sentía sola a pesar de estar rodeada de gente a la cual le importaba, o por qué estaba hecha un lío en su mente, la cual era indescifrable según la mayoría de la gente que la conocía. Según la mayoría de sus compañeros con los que no había hecho muchos lazos amistosos, ni siquiera lo había intentado.
—Según lo que el otro día me dijiste, se fue a Júpiter ¿Cierto Ira? —inquirió Kazka mientras inclinaba un poco la cabeza.
Ira no lo vio, pues estaba de espaldas a ella, su huesuda y pálida espalda era lo único que si Kazka miraba hacia delante, podía ver. En cambio, si miraba hacia atrás, podía ver a sus compañeros, que jugaban y correteaban por el porche del instituto como si aún tuvieran trece años y no les quedase menos de tres meses para acabar el instituto y tener que hacer el examen de entrada a la universidad.
—¿Quién se fue a Júpiter? Por qué, que yo sepa, Júpiter es un planeta, y de momento no se puede ir allí—ambas jóvenes se dieron la vuelta para dar con Athos y sonreír.
—Te echamos de menos, idiota—Kazka se puso en pie de un salto y poniéndose de puntillas, rodeo el cuello de Athos con sus brazos.
Selló los labios de éste con un beso que lo dejó sin aliento, y que hizo que Ira se pusiese de pie mientras que con el dedo índice le hacía señas a su amigo de que le entraban arcadas de verlos tan cariñosos. Por suerte, Kazka estaba de espaldas a Ira, por qué sí llegaba a verlo, lo más probable es que le hubiese entrado una de sus típicas rabietas en las que le decía a Ira que algún día ella también se enamoraría y que finalmente acabaría como todas, loca perdida y deseosa de besos.
—Bueno chicos, me temo que voy a ver si entro en el equipo de baile de estos últimos meses.
Ninguno de sus amigos la escuchó, ya que ambos estaban demasiado concentrados en "la transmisión de babas cargadas de gérmenes vía boca" según Ira. Negó con la cabeza divertida y se puso en marcha, comenzó a caminar en dirección a Cástida Adaniels, aunque era mayormente llamada Cas por todos sus compañeros. Ella era la capitana del equipo de baile, la administradora.
Cas estaba hablando con Cresta, que era una clase de mejor amiga muy peculiar, ya que más que mejor amiga parecía la sombra de Cas, bueno, vivía bajo su sombra. Aunque había veces en las que estaba tan apegada a ella, que hasta parecía sustituir a la propia sombra de Cas.
Ira fijó su mirada en la nuca de Cas, que estaba cubierta por algunos mechones de pelo que quedaban sueltos tras haberse hecho un moño desenfadado que atraía a todo tipo de chicos. Al contrario del pelo de Ira, el de Cas era de un marrón tan pulcro, que con el simple reflejo de la luz en él, se podían observar miles de brillos. Algo que a todos los chicos del instituto les volvía locos. El pelo de Irada antes era igual, solo que ahora estaba tan dañado tras haberlo decolorado y pintado tantas veces, que costaba mucho que pareciera que estaba sano, aunque se lo cuidaba tanto, que lo parecía. Hasta se podría decir que se veía mucho mejor que el de Cas. Pero no. Nadie cuidaba su físico más que Cástida Adaniels.
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Los hilos del destino.
Ciencia FicciónIrada Hanton creyó toda su vida ser normal, o por lo menos lo intentó, Irada sabía que las personas normales no veían hilos de colores, que la gente normal simplemente no veía auras de colores salir del cuerpo de las personas. Sobre todo, Irada, sab...
