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Prólogo

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Y llegó el momento en el que el hombre abandonó la oscuridad de las cavernas donde había vivido, levantó la vista al cielo y vio las estrellas; observó su claridad durante el día y la oscuridad en la noche; lo que estaba vivo, moría...

Y ellos llegaron para darles las respuestas a cambio de una única cosa: servidumbre.

Los dioses los protegían, los amaban y, en algunas ocasiones, los castigaban. De la fe que emanaba del hombre recibían su sustento. Los humanos no se quejaban, únicamente debían tenerles contentos, hacerles sacrificios, respetarlos y honrarlos. Era una forma fácil de ver el mundo.

-No os confiéis -dijo Odín a sus compañeros desde las lejanas tierras del frio.

-Ven compañero y únete a mi fiesta. ¡Las mejores ninfas de todas las tierras aliviarán tus preocupaciones! -le respondía Zeus desde las tierras centrales.

Mientras, en las tierras meridionales de Egipto, se llevaba a cabo una de las más cruentas guerras: una batalla en la que se decidiría el destino de la humanidad.

Seth -dios de la fuerza bruta, de lo tumultuoso, lo incontenible, señor de lo que no es bueno y las tinieblas, dios de la sequía y del desierto- amenazaba a sus hermanos con adueñarse de todas las tierras que eran bañadas por la luz de Ra para sumergirlas en la oscuridad.

Él no necesitaba alabanzas, ni ofrendas florales, ni tan siquiera que le regalasen los oídos con palabras aduladoras. Él sólo quería sangre, odio, destrucción... Y para desdicha de los demás dioses, aquello era lo que imperaba en aquel mundo lleno de guerras y masacres, donde la palabra de un rey era suficiente para que ardiese la tierra.

Seth llegó a convertirse en el dios más poderoso y peligroso de todos gracias a esa energía ilimitada que le alimentaba. Con un chasquido de dedos era capaz de romper montañas y con sólo mirarle ejércitos enteros huían presa del pánico.

La situación en Egipto se descontrolaba y el resto de dioses se veían impotentes ante tal situación. Horus, bajo su forma de halcón, se escapó de su tierra y solicitó ayuda a los dioses de las tierras lejanas.

Llegó a la casa de Odín y se arrodilló humildemente. Viajó hasta la casa de Zeus y le miró con desesperación. Era tal su aflicción que no temía mostrarse vulnerable ante sus iguales, sabía que si no lo hacía, no tendría lugar al que regresar y todo estaría perdido.

-No temas, hermano egipcio -le respondió un altivo Zeus-. No podemos consentir que tal abominación ande suelta por el mundo.

Y aunque el ser altruista no era una característica de Zeus, decidió ayudarle, no por misericordia, como había dejado ver, sino por miedo a que las tierras de Egipto se quedasen pequeñas para Seth y aumentasen sus ansias de conquista.

Odín se mostró mucho más prudente y antes de tomar una decisión consultó a las nornas.

-No negarás la ayuda a un semejante y entrarás en com- bate. Incluso el Yggdrasil se estremece con su mera presen- cia. No obstante, sabed que la batalla está perdida antes de empezarla, pues no ha nacido la persona capaz de erradicar las tinieblas del mundo.

»Escogeréis a seis paladines de entre vuestros más valientes guerreros. Seis personas que se enfrentarán a la oscuridad y que conseguirán una tregua para la esperanza, pues el dios que se alimenta del odio y la maldad es indestructible. Todos los corazones humanos albergan una brizna de oscuridad.

»Ningún inmortal vivo deberá participar, únicamente los seis marcados con la estrella de la lucha. Y no lo destruirán, solo lo debilitarán y lo encarcelarán durante miles de años, esperando a que llegue la batalla final.

El mensaje era en cierta manera inquietante. ¿Debía enviar a sus camaradas a luchar en una batalla que estaba perdida? Odín volvió a mirar la cara de súplica de Horus y al ver las lágrimas bajar por su rostro, accedió a entrar en la guerra.

Pero el mensaje de las nornas no había terminado, y antes de que Odín, Zeus y Horus abandonasen las raíces del Yggdrasil, Skuld, la norna que veía el futuro, volvió a hablar.

»Muéstrate prudente, ¡Oh, Odín! Dios de la tormenta y señor supremo de Asgard: el Ragnarok se acerca.

Y con aquel mensaje de desánimo empezó la gesta por la liberación de Egipto.

Seis fueron los elegidos. Seis personas de extraordinario poder. Urdieron un plan y con engaños, falacias, sudor, sangre y sufrimiento llevaron a cabo su misión. Consiguieron separar -durante el tiempo suficiente- la esencia inmortal de Seth de su cuerpo, y la atraparon en un recipiente destinado a albergar todo el mal que representaba: El zafiro del desierto; una piedra preciosa del tamaño de un puño, que brillaba con luz propia con resplandores malignos, reflejos de la propia esencia del ser que albergaba.

Pero aquello no era suficiente. Seth había sido debilitado, pero el sufrimiento, el dolor y la guerra seguían alimentándolo. Aquel lugar no lo contendría para siempre. Y la bruja más poderosa de aquel entonces, una galesa llamada Cerridwen, lanzó el conjuro que selló la prisión, cumpliendo la profecía que habían vaticinado las nornas.

«Seis trozos serán arrancados del zafiro del desierto. Seis fragmentos serán el obstáculo que impedirán el resurgir del dios sangriento, y únicamente cuando vuelva a estar entero, regresará el mal verdadero».

Llegó la tan ansiada tregua, su misión había finalizado, aunque les había sido encomendado una tarea que acarrearían el resto de sus vidas y la de sus descendientes: debían proteger cada uno su fragmento para evitar el resurgir del dios del mal.

Los tres panteones miraron aliviados como todo volvía a su cauce, pero en el horizonte se avecinaban negras nubes de tormenta que no auguraban nada bueno.

La última profecía de las nornas también se cumplió.

Sin la presencia de Seth los humanos se relajaron en sus costumbres, dejaron de temer la presencia de dioses vengativos y empezaron a buscar por ellos mismos las respuestas a las preguntas que se habían hecho desde el momento en el que salieron de las cuevas. Cada día que pasaba se daban cuenta de que no los necesitaban, no tenían porque rendirles culto, ni temer sus represalias. El Ragna- rok había llegado.

Privados de su energía vital, fueron cayendo como moscas incluso los palacios que habían construido se venían abajo; el mundo de los dioses se volvió oscuro y decrépito...

Zeus maldijo el momento en el que el dios egipcio se presentó suplicando en su casa. Nadie podía ayudarle a él mientras veía como los suyos quedaban dormidos hasta desaparecer. Miró al norte y vio como Odín luchaba contra los gigantes; por el contrario, miró al sur y no encontró rastro de Horus, Isis u Osiris...

El final había llegado. El Olvido se los llevó a todos.

Tenebris, El Círculo de HefestoDes histoires addictives. Découvrez maintenant