"No dice sino predice, ignorante soy de su saber" (Nagel)

54 3 0
                                        

Esta historia comenzó a finales de un largo otoño en un pequeño pueblo medieval llamado Cárcara.

Cárcara se encontraba ubicado en el centro de un frondoso valle junto al río Suérpagui y rodeado de altas montañas. En la cima de una de éstas, se mostraba majestuoso Ormos, el castillo de Suigerloj, señor de Cárcara. Esta posición le permitía dominar gran parte del valle, sobre todo, aquel pueblo de calles estrechas y empedradas, formadas por pequeñas casas construidas, igualmente, de piedra donde vivían humildes personas muy trabajadoras, a las cuales, explotaba con sus duros tributos antes de la llegada del invierno. La ubicación de su castillo también dominaba al río Suérpagui, río del cual dicen que se encuentra embrujado: hace mucho tiempo, en épocas pasadas, corría entre los que, por aquel entonces habitaban el pueblo, la fábula de unos extraños y diminutos seres, envueltos cada uno en luces de colores, que salían del río Suérpagui introduciéndose en ellas poco tiempo después. En Cárcara, unos creen en dicha fábula a pesar de que nadie les haya visto nunca, en cambio, otros continuaban incrédulos ante aquella historia.

Debido a la proximidad del pago del mencionado tributo, Cárcara se encontraba muy activo: Cortvi, el agricultor, iba guardando en su granero grandes cestos llenos de verduras y frutas. Pipe, el panadero, hacía lo mismo con sus enormes sacos de harina y, Larsoc, el ganadero,  con numerosas tinajas llenas de leche y cestos repletos de huevos. Todos se preparaban para la llegada del invierno cuya nieve les dejaba incomunicados hasta el regreso de la primavera.

Los pobres habitantes de Cárcara trabajaban sin descanso hasta la última luz del día. Al terminar la jornada observaban sus graneros con cierta preocupación; no había sido un buen año, muchos vientos y demasiadas tormentas mermaron las cosechas, por lo que el agricultor y el panadero poco lograron recoger. Y el enorme calor del verano menguó el ganado llenando pocas tinajas el ganadero. Motivo fue éste para que los graneros no se llevaran como años anteriores, ni tan siquiera alcanzó la mitad de su capacidad. Pero el miedo que todos sentían al ver aquello era que la mitad de todo lo que lograron recoger fuera el tributo de Suigerloj les exigía antes de la entrada del invierno.

Cortvi, el agricultor, saliendo pesaroso de su granero, se dirigió, lento y pensativamente, hacia la posada de Morguellí, con el fin de descansar tras una larga jornada. Por el camino se encontró con Pipe, el panadero, que también había terminado de trabajar.

-¿Cómo vas?- saludó Cortvi.

-No lo sé, ha sido un mal año y a pesar de que tengo un gran granero, pocos granos he logrado recoger. Y tú, ¿qué tal?

-Más o menos igual. Los vientos y las tormentas arrasaron muchas cosechas, por lo que poca verdura y escasa fruta he logrado guardar- contestó moviendo la cabeza de un lado hacia el otro.

En esos momentos, apareció Jánuli, el curandero;  hombre alto y delgado, con una larga melena ya canosa por los años al igual que su espesa y abundante barba. Sus ojos, grandes y negros, tenían una penetrante mirada que le daban un aspecto más misterioso e intrigante. Vivía en el bosque sin más refugio que lo que la naturaleza le proporcionaba. Rara vez se dejaba ver por el pueblo puesto que sabía que muchos le consideraban un loco extravagante. Al ver a Cortvi y a Pipe, se acercó a ellos.

-¿Cómo vais, buenos hombres?- les saludó observando curioso sus rostros- os veo preocupados aunque tenéis motivos para ello.

-Tú puedes vivir tranquilo, pues tienes suerte de no tener que pagar a Suigerloj- respondió Cortvi.

-Eso es cierto, más te equivocas si piensas que es culpa mía no tener que pagar. Si Suigerloj no quiere mis hierbas, acaso ¿debería rogarle que las quisiera?- puntualizó Jánuli- Hay algo que todos ignoráis. Como bien conocéis, vivo en el bosque y durante el día me dedico a recoger y estudiar las diversas plantas que habitan dentro de él; pero también vigilo vuestros campos y vuestro ganado. Aprovechando muchas veces vuestra ausencia, los he alimentado y fortalecido, salvando a las cosechas de terribles plagas y al ganado de los lobos, a los que he ahuyentado, y de los hambrientos osos ofreciéndoles rica miel para calmar su estómago. Sé que pensáis que no estoy muy cuerdo, pero aún así, os puedo ayudar porque no es a mí a quién debéis temer.

Los TronchisStories to obsess over. Discover now