Durante las horas restantes para que todos, mendigos y Reales, criaturas mágicas y hechiceros, asistieran al Congreso de Sweden, decidían qué debían anunciar con exactitud. Un paso en falso, y los aldeanos caerían en desesperación, lo que enfurecería al hijo del, ya fallecido, rey, como para que los encerrara a todos, o al menos a la mayoría, en una de sus oscuras y gélidas celdas subterráneas.
Edward era, libre de dudas, otro niño malcriado parte de la realeza, pensó Acacia, y aquel pensamiento se desprendió por su lengua inconscientemente.
—Acacia, ¿cuántas veces he dicho que no debes maldecir contra el príncipe? —dijo Arth a modo de reprimenda.
—Técnicamente, no he maldecido contra el estúpido heredero —se excusó—, solamente he comentado lo que pienso, y no ha sido a posta, mi mente se encuentra en cualquier lado.
En respuesta a la muchacha, Arth únicamente chasqueó la lengua, exhausto por la actitud de su compañera. En algún momento, Acacia aprendería a respetar a sus superiores, esperaba él.
—¿Qué? ¿No harás algo inmaduro con tus plantas? ¿No me caerán hojas encima del cabello para que luego intente quemarte las cejas? —cuestionó su acompañante.
—No —replicó simplemente Arth.
Acacia suspiró, ella esperaba armar una pelea mínima con su amigo. Al menos, un juego de palabras convertidas en insultos.
—Sería divertido tratar de quemar tus cejas otra vez —agregó despreocupada, sin mirar el rostro del joven. Siempre la entretenía tratar de quemarle las cejas, o alguna otra parte del cuerpo.
—Acacia, si tratas de incinerar el cabello de Arth otra vez, no sólo apagaré su cabello, sino también te apagaré a ti —advirtió Bleak, metiéndose en la «discusión»—. Y ahora, déjense de bromas ustedes dos.
Ninguno dijo una palabra más. Cuando algo molestaba a Bleak, podía terminar siendo un caso serio. Arth rememoró las ocasiones en que, desprevenido, había cometido "grandes errores idiotas", según la chica. La vez en la que practicaba "fútbol aéreo" acompañado por Niko, él armando grandes esferas de tierra, y Niko golpeándolas con aire; aquel día en el que Acacia se enfadó con él, tratando de derrumbar su habitación con fuego, y él, defendiéndose, con sus poderes, creó un muro inmenso en el cuarto, lo que había hecho que el tejado se partiera en dos. Esas, e incontables veces más, fueron parte del severo enojo de Bleak.
No obstante, olvidando aquello por un momento, hizo que, de la enredadera más cercana, crecieran tallos extensos hasta alcanzar la cintura de Acacia, mientras la planta tomaba su daga de manera silenciosa.
Sin embargo, Acacia, quien era notablemente veloz y vivaz, sujetó su daga y cortó las extremidades de la planta, mientras esta caía muerta contra el piso.
—¡Oye, ¿¡qué te pasa?! —vociferó Arth, con el ceño fruncido y las cejas enarqueadas—. ¿No ves cómo la dejaste?
—Cálmate Arth, que no es un humano —contestó Acacia sin problemas por lo cometido.
—Más que tú, seguro.
Acacia alzó las manos al aire y, atrayendo el fuego de la antorcha más cercana, lo arrojó contra la capa verde selva de Arth.
—¡Maldita sea, los dos! ¡Ya basta! —gritó Bleak, echando delgados chorros de agua contra la capa del chico—. Están cansándome más de lo que lo hacen frecuentemente. Dejen de comportarse como si fueran niños. Ya no lo somos.
Y, acto seguido, como si hubiera olvidado lo que dijo, Bleak lanzó finísimas gotas de agua conjuntas que salían de sus dedos, las cuales se dirigieron directo hacia el rostro de los otros dos arqueros.
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Lethal Archers I
FantasyCorren tiempos fríos en las tierras lejanas de Sweden, y el equilibrio de sus reinos peligra como no lo ha hecho en milenios. Los secretos oscuros de estas regiones se alzarán en un vuelo sin posibilidad de captura, así también como los mayores tem...
