Antidepresivos blancos, antipsicóticos amarillos y ansiolíticos blancos. Vino blanco, también. No se dice pero se sabe. La mezcla es fuerte pero no hace nada. Hace trampa. Quedarse acostada en el piso llorando es volver a lo mismo, el blanco se hace mi amigo pero es mi enemigo y así son todos ahora. Ahora mamá me habla por Facebook, da explicaciones y dice no podes ver a tu hermana así. Puedo hacer lo que yo quiera. Desde cuándo te importa mamá, en serio, desde cuándo. Tener lo que quiero. Eso es lo que soy todo el tiempo: 21.52. Me desconecto y mamá llama preocupada. No atiendo.
52,200 con ropa, un gramo más podría construir otra realidad. Esta es la mía, grasa y más grasa. Menos grasa es el objetivo. Camino a lo de mi tía, me fumo un pucho y pienso en mamá. Tan entregada, ahora. La venganza es lo único que me motiva y que me importa una mierda a la vez. Pero eso sí, me hace sentir fuerte. El corpiño me queda grande. Pero se ajusta a lo que está en mi cabeza.
Mi hermana viene. Todos hacen todo con tal de que no me suicide o algo así. Intentos de suicidio, ya que estamos, 1. Vuelvo. Nadie habla pero todos saben. Entonces hacen lo que pido. La angustia sigue esparciéndose sobre mí y terminando en la ansiedad que sube y llega a mi garganta y me saca el aire. El vaso de vino parece ayudar pero miente.
Los pétalos de las flores se tuercen y se les va cambiando el color. Yo les cambio el agua pero ya está. Algo como la inyección que me dieron, se debe estar diluyendo en mí, muriendo entre mis músculos. Tiene sentido que se mueran, porque son esas que trajo Juan. Él es como el reflejo de lo esporádico: aparece y desaparece. Pero deja su marca. Buscando la aguja que guardo en la cartera encuentro ese espejo que llevo roto. Todo lo que se necesita. Las cosas hablan por sí mismas y me piden que haga cosas. Juan grita que estoy loca, que soy una loca egocéntrica que lo pongo de mal humor y que actúo como una adolescente. Puerta del baño cerrada y espejo roto, ecuación fácil que da como resultado escribirte para siempre. Miro el pedazo de espejo y me pregunto por qué tenía que estar ahí. Hundo el espejo lo más fuerte que puedo. Dos veces. Sale sangre a cataratas y me encanta. Me imagino si a Juan le importará. No sé bien por qué hago lo que hago y no me importa tampoco. Soy yo. Yo elijo.
Entra en el baño, metiéndose en mi vida cuando él quiere, me mira la sangre y dice que soy una adolescente. Qué él ya está grande para estas cosas. Todo es ridículo casi irreal pero estoy dilatando. Relajando. Me recuesto sobre él mientras me dice estás mal, estás loca. Los cortes son profundos pero no los sentí. Siento dolor cuando me conviene. No me limpio. Dejo que quede así y que se manche la calza, me levanto y prendo un pucho y saco una birra de la heladera. Se me salen las lágrimas por más que no quiera llorar. No le doy importancia y me siento en el borde de la cama de Juan. Él se acerca, me abraza, y me dice que me calle un ratito que va a pasar un amigo suyo a buscar una guitarra. Le digo que sí. Todo va a estar bien, linda. Él no tiene la culpa porque yo lo elegí. Las lágrimas que me sacudo son negras por todo el plástico que me puse en las pestañas. Él se va y me toco el revuelto de sangre que se secó y sangre que sigue saliendo. Me recuesto. Un rivotril más no puede hacer daño. Nadie contesta en whats app, solo ese flaco que me garchó y ahora se siente culpable por la novia. No podemos hablar porque me hace mal, dice. Me río un poco. Poco a poco entre el alcohol y lo blanco me duermo, pastillas blancas, de pureza, de paz. Duermo pensando en eso.
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Borde
RandomUna chica de Buenos Aires sufre un trastorno que intentará comprender. Las drogas, el sexo ilímitado, injustificado y el abuso de fármacos y otras sustancias serán una gran parte de sus motores de búsqueda en la lucha por el entendimiento de su pato...
