Capítulo 1

258 17 10
                                        

Las clases de la Universidad aún no empezaban. Con el curso repleto y a punto de estallar, todos los alumnos esperaban al docente de economía. Su tardanza era buena para los alumnos y malo para la institución. Era el pan de cada día en todas las facultades. A pesar de eso, los docentes llegaban a clases como si fueran alumnos. 

Para Said, el alumno más recatado y taciturno de la clase, un día de suspensión era como sacarse la lotería: era como si un día se convirtiera en trescientos sesenta y cinco días. Para un alumno regular, las suspensión era equiparable a recibir otro tubo de oxígeno. En cambio, para su hermana Suzy, que contrastaba en ciertos aspectos con Said, era una ocasión perfecta para parlotear hasta quedarse sin saliva, y comer hasta reventar. 

Finalmente, no hubo rastro del docente y las clases se suspendieron por enésima vez. Semejante noticia provocó un breve sismo en el curso y los alumnos lo celebraron como si se hubieran graduado. Said junto a su mejor amigo Franco, se retiraron de aquel zafarrancho festivo para celebrarlo comiendo chocolate. 

Ese día, Said regresó de la universidad algo extenuado por el trajín y el estrés ocasionado por viajar apretujado, a la hora pico, en un bus de hace varias décadas. El poco oxígeno daba paso a la concentración de un aroma corporal nada agradable para sus fosas nasales. Todo ese batiburrillo de olores pasaban inadvertidos por sus teléfonos de última generación, mucho mejores que el que suele usar Bill Gates. 

Como cada tarde, Said iba a visitar a su carismático padre, el señor Jerkov, que era dueño del "Taller Mecánico Vanik": el orgullo de la pequeña familia Vanik. La relación, padre e hijo, no era de las mejores, pero no había nada que un poco de comprensión y dinero no pudieran resolver. 

Incluso, su propio padre admitía no ser el modelo del que todo hijo rebelde estaría orgulloso. Aún con ciertos desaciertos y metidas de pata, él siempre trató de sacarlos adelante, a pesar de la constante hambruna familiar. La muerte de su esposa y la hipoteca de la casa, caló hondo en el desdichado hombre y antes de agarrar la soga, encontró esperanza en la gente cándida que aún existía por esos lares. Con mucho esfuerzo, unión y fe en Dios, los tres levantaron un humilde taller mecánico. El bienestar familiar había llegado para quedarse. 

En el taller, el señor Jerkov intervenía en casi la mayor parte del trabajo, y no por nada siempre terminaba, sucio, grasoso y pidiendo agua; sus ayudantes lo respetaban mucho. Jerkov tenía su mano derecha, llamado Jimmy, alias el Tuercas: un tipo mayor de barba y muy bufón. El viejo ayudaba mucho en las tareas sencillas. Sin su presencia, el trabajo sería una fábrica de infartos. 

Ese día, el sol comenzaba a bajar, como también los ánimos de Said por seguir en el taller oyendo los malos chistes de Jimmy. 

—Listo, papá. Yo creo que ya te he ayudado mucho el día de hoy —dijo Said resoplando de cansancio. 

—¿Ya te cansaste, Said? Pero si solo me has pasado cinco herramientas. 

—¿Así que venías contando las herramientas? Aguantar los chistes de Jimmy también es un trabajo. 

—Hoy no tuviste clases, por lo deberías ayudarme mucho más. 

—Sí, pero me he sentido extraño últimamente. Siento como si mi cuerpo pesara una tonelada. 

—Seguro que es algo del pasado... Said, solo piensa en el ahora y en el mañana. Nada más. 

—Lo intentaré. Ya me tengo que ir. ¿Me prestas tu auto? 

—Pero si la casa no está lejos, hijo. 

—Quiero sentirme poderoso unos momentos. 

—Si con el Toyota te sentirás como Batman, entonces puedes usarlo. 

Te espero ©Stories to obsess over. Discover now