Prólogo

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Todo era así, todos los días igual, nada cambiaba.

Castiel Novak se levantaba, se hacía un café y unas tostadas con manteca, se lavaba los dientes, se peinaba el oscuro pelo con los dedos, se ponía la gabardina y salía para el trabajo. El mismo trabajo que tenía desde hacía diez años ya. El trabajo que lo hacía feliz, bueno, feliz no era la palabra, era lo que lo mantenía con la mente ocupada, le evitaba pensar en él, al menos mientras trabajaba, porque aunque quiso olvidarlo nunca pudo...

Y ¡cómo lo quería!, aquél chico que conoció una tarde, el inconforme de los ojos color verde y las mil y una pecas, el rubio que lo volvía loco, Dean Winchester.

De camino al trabajo escuchaba la misma música de su adolescencia, esa música que oían juntos cuando salían a la carretera, cuando iban a comprar cualquier antojo del momento al supermercado o a ver un partido de fútbol, a la banda de rock local o simplemente cuando Dean lo llevaba de la escuela a su casa.

El Impala ahora era suyo, se lo había quedado él, nadie lo había ido a reclamar, después de todo, quien pasaba tanto tiempo en ese auto o más que Dean, era el mismo Castiel.

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