Amanecía un nuevo día, un sol justiciero y glorioso imperaba el cielo azul después de haber estado lloviendo sin tregua durante dos interminables semanas. El olor a madera vieja y humedad del convento parecía no romper en absoluto la monotonía cotidiana del lugar, si no fuera porque en aquella fecha concreta, mis hermanas y yo, decidiéramos tomar rumbos diferentes. Son muchas las veces que culpabilizara a nuestra madre por habernos abandonado y no volver a dar señales de existencia jamás. Pero a medida que me fui haciendo mayor y descubriendo más cosas sobre su miserable vida, me di cuenta de que, en ocasiones, el ser humano no posee las fuerzas suficientes para crecerse ante la más compleja de las adversidades y comete errores perdonables.
Nuestra madre, en unos tiempos socialmente bastante difíciles, de cambio y transición, se encontró sola, perdida, embarazada, y no de uno, sino de tres bebés. Fue abandonada por nuestro padre biológico, sin ninguna persona que le ofreciera ayuda o la amparase, ni si quiera el de su propia familia que en cierto modo también la abandonó.
Nuestro padre, un marinero de la mercante de origen francés, cameló a nuestra madre con el único objetivo de pasar con ella una noche loca de pasión y lujuria, sexo vacío y sin amor, para volverse a marchar a su país por el mismo camino por el que vino al nuestro. Sin ataduras, sin compromisos y sin sus hijas.
A raíz de aquello, mi madre, que por aquel entonces contaba solamente con dieciséis años, su ignorancia y la poca libertad de una época todavía llena de tabúes, cayó en manos de la droga. Ella se ganaba la vida como podía, sus padres no la dejaron seguir estudiando, porque era mujer y porque en la familia hacía falta dinero. Trabajó como sirvienta en una casa de buen apellido, donde le pagaban unas escasas diez mil pesetas al mes. Trabajaba todos los días durante doce horas continuadas por muy poco salario con el que alimentar y vestir a tres bebés de una tacada y menos todavía para pagarse la heroína que consumía. Además, cuando en la casa de los señores se enteraron de su estado de buena esperanza, la echaron a la calle sin ningún escrúpulo. Sus padres supieron del embarazo de su hija por medio de éstos, el rumor corrió como la pólvora por el barrio y ella ya no les iba a visitar porque se imaginaba lo que pensarían, de hecho no se equivocaba. No la apoyaron, la repudiaron por la absurda vergüenza del "qué dirán" y ni tan siquiera fueron capaces de ayudarla para que no tuviera que llegar hasta el extremo de tener que mendigar por la ciudad. Pedía dinero de puerta a puerta, de iglesia en iglesia, recorría todos los centros de Cáritas y hacía cola en los comedores sociales junto a pordioseros, drogadictos y personas sin recursos que como ella, no tenía donde caerse muertos . A los nueve meses dio a luz sola en el Hospital de Caridad y tres días después, pasadas un par de horas tras recibir el alta, nos abandonó ante las puertas de un conocido convento de monjas. Tras deshacerse de nosotras cayó también en la prostitución y contrajo el VIH, murió tirada en un descampado del extra radio con los pantalones a medio subir y una última sobredosis de heroína corriendo por sus venas. Nunca llegamos a conocerla, cuando falleció, nosotras éramos unos bebés de apenas dos años y obviamente no la recordamos como tampoco recordamos que viniera ni una sola vez a visitarnos.
Nuestros abuelos maternos tampoco quisieron saber nada de nosotras. Para ellos éramos hijas del pecado y no nos merecíamos su amor, nunca nadie se acercó al convento para reclamarnos como familia, ni abuelos, ni tíos, ni primos... Sólo los servicios sociales se interesaron por nosotras una vez, querían arrebatarle nuestra custodia a las monjas, para separarnos y mandarnos a cada una a diferentes centros de menores, la madre superiora medió para que aquello no sucediera. El convento antiguamente había ejercido de orfelinato y finalmente hubo un acuerdo entre ambas partes. Las monjas podrían hacerse cargo de nosotras como tutoras legales hasta cumplir la mayoría de edad. De ellas fue de quién recibimos todo el cariño y la atención necesaria que un hijo puede esperar de unos padres. Y gracias a ellas crecimos las tres juntas sin separarnos ni un solo instante. Las "monjitas", como Lili siempre las llamaba, nos lo dieron todo en la medida de lo posible.
Sobre nuestro padre nunca tuve ningún tipo de pensamiento o sentimiento hacia a él. Ni me interesa. Sé, gracias a lo que la hermana Sor Lucía me contó, que su pista se perdió en Perpiñán y que su nombre correspondía al de Gerard. Estas pistas las dejó escritas en una carta junto a otros datos significativos nuestra madre, aquella fría y lluviosa mañana en la que nos dejó ante el portón del Convento de Santo Domingo.
Mis hermanas Lili y Cristal, contrarias a mi forma de pensar, siempre mostraron gran interés por conocer a su progenitor. Conocer el paradero de su padre biológico y hacerle saber que tiene tres hijas perdidas en un país vecino al suyo. Puede que Gerard ni siquiera supiese que había dejado en estado a nuestra madre. Puede que, tal vez, se tratara de una buena persona. Pero, ¿qué importaba ya? Habían pasado dieciocho años, habíamos perdido mucho tiempo, demasiado.
Antes de continuar relatando mi compleja historia, no es lícito que no me presente. Me llamo Alma, tengo 82 años y vivo en un pequeño rancho en Windcrest, un pueblo cercano a la ciudad de San Antonio en el estado federal de Texas, Estados Unidos. Aquí paso los últimos días de mi vida, junto a mi hijo Jimmy, su esposa Kate y mis dos nietos. Supongo que querréis saber cómo habré llegado hasta aquí...
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RandomTres hermanas huérfanas, un proyecto musical, una historia de amor imposible, drogas, sexo y una vida truncada. Triunfo y fracaso es el cóctel molotov de la historia de Alma, Lili y Cristal.
