A veces la luna parece enojada cuando se alza sobre esta ciudad. Después de todo, somos ángeles con pistolas, ángeles que reciclamos con cuidado nuestras latas de Coca-Cola, mientras vertemos productos químicos en las piscinas climatizadas que hemos construido a pocos metros del mar. Por eso a veces, cuando la luna se eleva sobre este horizonte contaminado, tiene una tonalidad rojiza de enfado; su resplandor nos recuerda que somos ángeles empeñados en crear un infierno en la Tierra.
Hoy es una de esas noches. Estoy en la azotea del Griffith Observatory contemplando la luna y siento su rabia como si fuera mía. ¿Dónde está el trozo de paraíso que se me prometió? ¿La vida apacible y ese éxito logrado sin perder la integridad? ¿Dónde está el hombre que puedo confiar que mantendrá la ética en su búsqueda de grandeza? ¿Por qué ya no puedo distinguir con total claridad lo que está bien de lo que está mal?
«Lo estropeaste todo», responde mi ángel interior. «Escuchaste a la diabla que llevas dentro y escogiste cambiar de camino».
Es cierto, pero no quiero asumir la responsabilidad. Una ráfaga de viento me levanta el cabello y lo echa hacia atrás, mientras mantengo los ojos clavados en la luna de color carmín. Deseo que el viento me limpie, que se lleve con él los errores y la inmoralidad.
Pero hay cosas que deseo más. Como a Park Jiyeon. Cada vez que se me acerca, el impulso de ceder a la tentación es incontrolable. Pensé que cuando rompiera con el controlador de mi prometido Jung, sería dueña y señora de mi propia vida.
Pero esto no es más que otra versión de la misma historia.Para controlarme, Jung usaba la culpabilidad y la vergüenza, incluso el miedo. Jiyeon me controla con un beso.
Un beso en la nuca, una mano en la parte baja de la espalda, una caricia en la parte interior del muslo..., con eso le basta. Mi cuerpo intercepta los mensajes que envía mi mente. Solía pensar que estar con Jiyeon me otorgaba poder, pero es ella quien dirige ese poder.
Me estremezco mientras la luna continúa elevándose en el cielo y perdiendo parte de su brillo carmesí. Me acuerdo de Soyeon, la mujer que hasta ayer era mi jefa. ¿Estará ella también contemplandoesta luna? A Soyeon le echaron del trabajo porque me faltó al respeto y Jiyeon se enteró. Así de simple.No es lo que yo quería. Además, si hubiera querido vengarme, no habría tenido sentido hacerlo así, pues cuando la venganza la lleva a cabo otra persona, deja de ser venganza.
Pero cuando Jiyeon me toca como solo ella sabe, se me olvida. Se me olvida lo que quiero o, mejor dicho, se me olvida que quiero otras cosas aparte de ella.
Si estuviera aquí ahora, en esta azotea llena de turistas y astrólogos que se agolpan ante telescopios anticuados, ¿le dejaría que me tocase? Si se pusiera detrás de mí y levantara una mano para tocarme el pecho, ¿rechistaría?
Juro que me basta con pensar en ella para estremecerme. Quizá ella sea la luna y yo el océano; mis mareas alcanzan cotas insospechadas ante la fuerza de su presencia.
Esa idea me emociona y me molesta a la vez. Al fin y al cabo, el océano tiene su propia fuerza, ¿no?
Se mueve con el viento. Ofrece y destruye en igual medida. La gente adora y teme al océano.
Lo respetan.Pero sin la luna, el océano no deja de ser un lago.Necesito a la luna.Me doy media vuelta y tomo la escalera de caracol que conduce al vestíbulo del edificio.
«Contrólate, Eunjung». Pero no sé si puedo. Nologro controlar mis mareas.
