Un silencio sobrenatural reinaba sobre la Torre del Fuego. El silencio que precede una batalla. Tensos bajo sus armaduras de cobre y de bronce, los magos de Fuego esperaban, inmóviles. Dos figuras, de pie sobre la muralla principal, miraban hacia el horizonte.
Una de ellas vestía una túnica color rojo sangre, con medallas doradas colgando sobre el pecho. Con cada leve movimiento, sus ropas parecía estallar en lenguas de fuego. Su largo cabello y barba negra caían sobre su cara como una cascada de carbón líquido, y sus ojos brillaban con determinación, fijos en la distancia. Era un hombre adulto, de avanzada edad, aunque su rostro surcado de arrugas reflejaba un carácter implacable y una voluntad de hierro. La segunda figura pertenencía a un adolescente. No había que fijarse mucho para deducir que se hallaba junto a su padre. Su pelo oscuro y su mandíbula cuadrada lo identificaban rápidamente. El también vestía una túnica roja, aunque sin medallas, y su respiración era más agitada, y su mirada más ansiosa. Los dos magos mantenían una acalorada conversación.
— Owen. Te lo diré por última vez. Ve dentro y entra en el portal. — Decía el hombre, todavía absorto en el horizonte.
— Este también es mi hogar, padre. ¡He aprendido mucho, puedo hacerlo! Quiero luchar. Quiero... — El muchacho titubeó un momento, hasta que terminó en un susurro. – Quiero que te sientas orgulloso de mí. — Ignus se giró hacia su hijo y lo miró con cariño. Las arrugas de su cara parecieron suavizarse, y sonrió con tristeza.
— Owen, estoy infinitamente orgulloso de ti. No puedo permitirme perderte. Si lo hiciera, mi mundo se vendría abajo. Primero tu madre... Y ahora tú estas en peligro. Huye hijo. Todo va a ir bien. Te traeré de vuelta. Y todo volverá a ser como antes. – Abrazó a su hijo con fuerza, tratando de conferirle una convicción que no tenía, y lo besó en la frente.
– Te lo prometo.
La tierra tembló, sacudiendo los cimientos de la Torre. Los magos de Fuego se agitaron, nerviosos. Gritos apagados pronto se ahogaron entre la multitud. Era el temblor que se temían, y que habían estado esperando. El silencio se hizo todavía más pesado tras la primera sacudida, y los ocupantes de la torre contuvieron la respiración. Pasaron los segundos, y los minutos. Lentamente, partiendo del silencio y creciendo en volumen y fuerza, los temblores se hicieron constantes. Como golpes de tambor. Como pisadas. Ignus, todavía mirando por encima de la muralla, frunció los labios ligeramente. Las ojeras bajo sus ojos se hicieron más profundas y la sombra del temor cubrió su rostro, pero no apagó la llama en su mirada.
— Owen. Márchate.
Owen siguió los ojos de su padre y enmudeció. La cara del muchacho palideció como la harina, y las lágrimas acudieron a sus ojos. Su padre se giró y sostuvo su temblorosa mirada unos segundos.
— Todo irá bien. Te lo prometo.
Owen echó a correr en dirección a la torre, y desapareció tras una de las puertas de madera. Los otros magos se apartaron a su paso, haciendo sonar sus armaduras al chocar unas con otras. Tras una señal de Ignus, se dio la alarma, y los magos, más preparados que nunca, Los temblores se hacían más y más fuertes, hasta que todos los ocupantes de la Torre fueron capaces, al mirar por encima de las murallas, de ver a lo que se enfrentaban. Cientos, tal vez miles de deformes criaturas del tamaño de montañas pequeñas o colinas grandes. Algunos caminaban sobre cuatro extremidades, como colosales gorilas, y aquellos que se sostenían sobre las patas traseras enarbolaban espadas candentes. Sus poderosas piernas mantenían un ritmo lento pero constante, cubriendo diez metros con cada zancada. Marchaban sin formación aparente, en una enorme masa que avanzaba inexorablemente. Sus cuerpos parecían hechos de roca negra, como carbón o obsidiana. En lo que debían ser sus cabezas se adivinaban vagas facciones y salía lava de lo que parecían ser sus labios.
— ¡Fuego! – Gritó Ignus.
Muchos de los magos de las almenas arrojaron bolas de rojo fuego a sus atacantes. Las llamas, con el objetivo de herir, quemar o ralentizar a las criaturas resultaron inofensivas una vez tras otra. El fuego o bien rebotaba contra los cuerpos rocosos o bien moría al entrar en contacto con ellos. Incansables, los magos atribuyeron la poca eficacia de su magia a la falta de coraje y esfuerzo. Una segunda oleada de bolas de fuego sobrevoló la muralla y llovió sobre las cabezas de los atacantes, seguida de una tercera, cuarta y quinta, que no tuvieron más ni mejores efectos que la primera.
— ¡Los dragones! — Gritó Ignus, preparando una sexta bola de fuego — ¡Soltad los dragones!
Cincuenta criaturas aladas de imponente tamaño, alzaron el vuelo desde el patio trasero de la Torre. A sus espaldas portaban a los magos más hábiles e intrépidos de los alrededores, armados con grandes bastones de ataque, que disparaban rayos y chorros de fuego sobre sus enemigos. Había dragones de todas las tonalidades del rojo, que volaban en formación, a suficiente distancia como para no estar las alcance de los largos brazos de los titanes, pero suficientemente cerca como para ejecutar arriesgadas piruetas tratando de detenerlos y remontar el vuelo sin ser atrapados. Los colosos no sólo no se detuvieron, sino que demostraron ser rápidos y ágiles con las manos atrapando algunos dragones y estrujándolos sin piedad. Los dragones y sus jinetes, desesperados por el fracaso de su misión, se dispersaron.
— ¡Ignamterra! — Gritó Ignus, y los otros magos le hicieron eco. La tierra se derritió bajo los pies de algunos de los gigantes, convirtiéndose en lava y tragándose sus piernas. Algunos cayeron, y los magos trataron de no aullar de euforia. Los guerreros de la torre principal vieron su momento, y las puertas de la muralla se abrieron de par en par. Doscientos soldados de a pie y ciento cincuenta montados sobre salamandras escupe fuego atacaron en formación, lanzando hechizos y más bolas de fuego a diestro y siniestro. Parecía que ganarían, que si apuntaban a las piernas con hechizos de lava los derrotarían, pero eran demasiado pocos, y sus enemigos demasiado grandes y fuertes. Los magos de fuego fueron pisoteados, aplastados, machacados, humillados, devorados, derrotados. Sus esperanzas, que tanto los habían alentado durante la batalla, se evaporaron en cuestión de minutos. Su magia estaba cansada, y dejaron de luchar. Las bolas de fuego dejaron de sucederse una tras otra. Ignus se mantuvo firme sobre la muralla, con el semblante serio, pero los labios le temblaban, y su respiración era agitada. Pareció envejecer treinta años de golpe. Los Invasores, a pesar de haber sido reducidos en número, seguían sobrepasando con creces a los magos. Y fue entonces cuando Owen, desde la ventana más alta de la torre, a punto de entrar en el portal como su padre le había ordenado, con ojos llorosos y el alma desgarrada por la matanza presenciada, vio la figura que realmente lideraba aquel ataque. La criatura para la cual los magos no eran más que molestos insectos que debían ser exterminados. Era dos veces más alto que cualquiera de los titanes a su alrededor, aunque de la misma consistencia rocosa. Tres pares de musculosos brazos brotaban de su tronco y sus fuertes piernas eran tan anchas como la torre que sus enemigos trataban de defender. Se abrió paso entre sus secuaces, haciendo temblar la tierra a su paso. Pequeños pedazos de roca se desprendieron de lo alto de las almenas. Todo quedó en silencio. Magos y gigantes se volvieron a mirar a la imponente criatura que se erguía junto a ellos. Con una voz potente como el trueno, clamó:
- Adiós, Hechiceros de Fuego. La Era de la Magia... Ha llegado a su fin.
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Los Vengadores de Iliadrel
FantasyLos Hechiceros Elementales han sido expulsados de su mundo, Iliadrel. Los Invasores gobiernan ahora lo que en un tiempo fue la tierra verde y próspera de la magia, que ya no es más que un dulce y borroso recuerdo. Exiliados, los magos que sobrevivie...
