1. La Fugitiva

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Introducción

"Eres joven, y la aventura llama a la puerta, pero dudas al atender a su llamado. Como la incertidumbre no ha callado tus ganas de contestar, respondes con un tímido "sí", aunque la pena causada por ver a tus seres queridos irse para siempre ha vuelto el llamado un murmullo pero todavía perceptible, ya que el deseo de quienes te han dejado, permanece. Y antes de dejar el mundo te han pedido que no permitas que ninguna barrera acalle la sed de curiosidad que te embarcará al hacerte un aventurero. Has accedido al llamado, y aceptas la invitación del hombre que estuvo contigo durante la tan dolorosa pérdida. Tal vez no parezca de fiar, porque es más de lo que aparenta, pero decides acompañarlo en su búsqueda, una que el enigmático viajero comenzó desde mucho antes de que nacieras. Los peligros serán inimaginables, y cada parada para buscar pistas se desplegará más impresionante que la anterior. Serás la compañera y aprendiz del viajero en una travesía que busca que el sol siga en lo alto del firmamento para siempre.

Para Charlotte, del Sr. K".


La luz del amanecer se filtró por la puerta entreabierta, invadiendo la tenue oscuridad de la habitación y encandelillando los ojos de Charlotte Feeney, que entre dormida giraba en su cama para que la luz dejara de darle directamente al rostro. Sin embargo el ruido del rugir de las olas chocando afuera le impidió seguir durmiendo. Sin poder hacer nada más al respecto, la niña retiró su ondulado cabello negro de la almohada, se retiró las cobijas y se sentó en la cama mientras se tallaba los ojos para aclararse la visión. Ya más despabilada, se daba cuenta que estaba sentada en una cama en la que no recordaba haberse acostado, mirando directamente a una puerta en la que, repasando sus memorias de anoche, tampoco se veía a sí misma cruzándola

- Siento como si nos moviéramos. Donde... ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? – Dijo Charlotte al tiempo que se llevaba el cabello hacia atrás en medio de un ligero bostezo.

Repasando de nuevo la habitación con la vista, notó sobre una mesa cartas e instrumentos de navegación, que realmente no le dijeron mucho hasta que notó el ligero vaivén en la habitación y los ruidos de fuera. Sin pensárselo dos veces se puso de pie, tomó su saco del uniforme de escuela que estaba doblado sobre la cama para ponérselo encima y salió de la habitación para comprobar por sí misma su situación. En cuanto cruzó la puerta, la visión del mar y un puerto al que se acercaba paulatinamente la sorprendió. El suelo de madera que crujía bajo sus pies la hizo fijarse en la cubierta y en las dimensiones del barco que se extendía frente a ella. Intentando asimilar la situación, se llevó preocupada una mano a la frente y se quejó de su suerte.

De forma inesperada, a su cabeza vino un recuerdo borroso de alguien que la miraba fijamente. Pero esto, más que una respuesta a su pregunta, era una enorme y vital preocupación que le hizo cruzar los brazos y apoyarlos sobre el barandal, a la vez que disipaba cada vez más su mente con la vista mientras intentaba recordar más de la noche anterior, algo que temía hacer luego de rememorar al hombre de su visión y las palabras que le decía.

<< Charlotte... ¿me escuchas? ¡Charlotte! >>

- Si eso... Digo, si él lo explica todo, da igual cuanto recuerde de todo esto. Solo me confundiré más - concluyó con un suspiro.

Dos noches atrás, Charlotte, sin ayuda de nadie, escapaba por las rejas que cercaban los alrededores de la Escuela de Señoritas de Santa Henrrieta, pasando su delgada figura por entre los barrotes para que dieran directamente a la calle. Una vez del otro lado, tomó rumbo hacia el distrito de Kensington, en una carrera contra el tiempo por las calles de Londres, a dos minutos para que el repicar de campanas de la torre del reloj anunciara la décima hora de la noche. Caminando e intentando pasar desapercibida con ayuda de las sombras de las construcciones, confiaba también en el camuflaje que le proporcionaban los matices negros de su uniforme colegial, una bufanda negra envuelta alrededor de su cabeza que escondía su rostro y varios trozos de lana atados a sus zapatos que silenciaban sus pasos. Era una con la penumbra.

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