La bestia de Altdorf

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—¿Qué ha sucedido? —Preguntó Brustellin—. Por el amor de Sigmar, Yefimovich, ¿qué ha sucedido?

—Ha sido la Bestia —replicó el otro—. La atacó.

—¡La Bestia, la Bestia, la Bestia! —susurró la multitud.

Yefimovich podía sentir las emociones que recorrían a la masa de gente: congoja, horror, cólera, odio.

—¡Muerte a la Bestia! —gritó alguien.

—¡Sí —bramó Yefimovich—, muerte a la Bestia!

Recogió con brusquedad el ensangrentado terciopelo verde, y lo alzó.

—¡No le vi la cara —dijo—, pero llevaba puesto esto!

Todos sabían lo que eso significaba.

La turba peinaría la ciudad en busca de aristócratas, cortesanos, sirvientes del palacio, diplomáticos. Incluso buscarían a cualquiera que vistiera de color verde. Y entonces se produciría un glorioso baño de sangre.

Una revolución.

«Todos los hombres y mujeres son bestiales, y cuando se la desofía, una bestia vestida de terciopelo es una bestia que todos pueden ver.»

Jacopo Tarradasch, El desolado prisionero de Karak-Xadrin.

Prólogo

MARGARETHE

Había gastado sus últimos peniques en ginebra, y ahora lo único que le quedaba para calentarse era el escozor de la garganta. Era tarde, y sentía las piernas como si fueran pesos de plomo recorridos por vetas de dolor. En lo alto había delgadas nubes oscuras que cubrieron primero una de las lunas, y luego la otra.

El verano había acabado hacía bastante, y el otoñal mes de Brauzeit ya tenía veintiséis días de edad. Pronto llegaría el invierno y aparecerían bloques de hielo en el río. Ya hacía frío, pero entonces haría todavía más. Los adivinos del tiempo predecían la aparición de la tradicional niebla de Altdorf.

Bajó trabajosamente por la calle Luitpold hacia la calle de las Cien Tabernas, mientras reparaba en cuántas posadas tenían aún el cartel de escrito con tiza en las HABITACIONES, pizarras. Ella no sabía leer, pero había palabras que reconocía. Junto al puesto de la guardia había un cartel del tamaño de un hombre alto, cubierto con escritura de claros caracteres. Logró reconocer algunas palabras: «SE BUSCA», «ASESINO», «CINCUENTA CORONAS DE ORO» y, en caracteres más grandes que todos los demás, «LA BESTIA».

En el exterior del puesto había un sargento cubierto con un cálido abrigo de piel de lobo, que descansaba una mano sobre el puño de la espada. Ella mantuvo la cabeza baja y pasó de largo.

— ¡Ten cuidado, vieja —le gritó el guardia—, que la Bestia anda por aquí!

Sin alzar la mirada, ella lo maldijo y giró en la esquina. El oficial la había llamado vieja, y eso le causó más dolor que el frío. No podía dejar de temblar y se ajustó más el viejo chal en torno a los hombros, pero le sirvió de poco contra el cortante soplo del viento.

No tenía ni idea de dónde podría dormir. Diez o quince años antes podría haber conseguido una cama a cambio de acostarse con el guardia nocturno de una de las posadas del puerto. Aunque no se había rebajado hasta ese punto cuando estaba en la flor de la juventud, pues entonces sólo se entregaba a cambio de coronas de oro. Pero ya no. Había muchachas más jóvenes que se quedaban con esas coronas.

Siempre había muchachas más jóvenes. Ella reconocía tener veintiocho, pero se sentía como si tuviera el doble de esa edad, y sabía que a esa hora, a la luz de ambas lunas, parecía aún más vieja. Al año siguiente cumpliría los cuarenta. ¡Su juventud se había consumido tan rápidamente!...

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⏰ Last updated: Feb 09, 2016 ⏰

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