Hace un mes que no la veía estaba muy emocionado. Cuándo mi vuelo llegó a Nueva York, aborde un Taxi amarillo y le pedí al chofer que me llevará a una florería, quería sorprenderla con un ramo de girasoles, volví a casa y no había nadie. Esperé unas cuantas horas y de casualidad revisé la correspondencia, había una carta de la policía, me informaban que ella había muerto asesinada. Sentí que algo dentro de mí se quebró, lloré toda la noche, no dormí nada.
Pasaron los días, no me arreglé, tenía las barbas crecidas, el cabello sucio y desmarañado, había bajado de peso por no comer. La casa estaba tal y como ella la dejó, incluso su Chanel No. 5 seguía destapado, tal y cómo ella solía dejarlo. Ayer mi jefe me vino a visitar y le conté por lo que pasaba pero él se limitó a decir –Estas despedido. No sé qué hacer, nos amamos mucho durante quince años y a ella no le gustaba verme triste.
Había decidido irme a vivir con mi madre de nuevo, pero antes debía dejar la casa arreglada y limpia, era tiempo de deshacerme de todas sus cosas. Empecé por la cocina; regalé todos los platos, las cucharas, los utensilios en los que ella preparaba las mejores delicias de todo el mundo. Después limpié la sala y tiré todas sus revistas, en las portadas estaban Marilyn Monroe y Christian Dior. Luego me dirigí a nuestra habitación, con las lágrimas deslizándose sobre mis mejillas, abrí el tocador, tiré su laca con la que se hacía peinados extravagantes que le duraban todo el día y todos sus maquillajes coloridos que siempre combinaba con el color de su bolso. Abrí el armario y puse en bolsas negras todas sus faldas punteadas, sus mascadas, sus vestidos de avispa, sus abrigos, sus joyas, sus tocados, sus sombreros, sus guantes, sus blusas y sus faldas amponas que todas la hacían lucir hermosa como una princesa.
En el mueble de zapatos se encontraban veinte pares de ella y sólo tres míos, me deshice de sus zapatos de tacón bajo y de sus sandalias. Pero al abrir la caja de sus zapatos favoritos me encontré con un sobre. Encendí el tocadiscos y coloqué un disco de Frank Sinatra, me senté en la orilla de la cama y destapé el sobre que venía de Brooklyn, había una carta en papel amarillo y en ella escribía un hombre con el que ella se veía mientas yo no estaba. Lo poco que quedaba de mí se rompió y volví a llorar, sabía que ya no iba a poder más con esta maldita vida, até una cuerda al techo y acerqué una silla del comedor.
Mi cabeza estaba revuelta y empecé a recordar cuando nos conocimos, fue hace dieciocho años. Fue un jueves, yo estaba un poco cansado y pasé a tomar un café, ella igual estaba allí, nos vimos y fue amor a primera vista, me acerqué a ella y hablamos un rato, luego la acompañé a su casa y le di un beso. Cada noche durante tres años nos veíamos en el café e íbamos a mi departamento en Brooklyn a pasar la noche envueltos en besos y caricias que nos hacían ser un solo. Siempre pensé que sería ella, y ella pensó lo mismo de mí. Pensamos que seríamos los dos para siempre, parecía que encajábamos bien. Esas noches en Brooklyn que nos hicieron tan felices, ahora me duele recordarlas.
No es que no la haya amado, ella me falló. Las traiciones son difíciles de olvidar, pero yo daría lo que fuera para que nos volviéramos a amar con más intensidad. Quisiera pasar mi última noche con ella allí, pero ahora no está me ha dejado sólo y con la espalda apuñalada. Ya lo decidí, ahora estoy aquí de pie en la silla del comedor, con la soga al cuello, salto al vacío, no puedo respirar, estoy desesperado, quiero que se acabé, ya todo terminó. Pagué un alto precio para volver a tener una noche en Brooklyn con mi amada...
