Camelford
Fines de Otoño, 470
Davyd impulsó su pene profundamente en el interior de la húmeda seda de la criada.
- ¡Sí! - la mujer gritó, arqueándose para encontrarse con sus embistes.
- Más profundo, tú, bastardo. Más duro. ¡Más dur6
Alla. Él creía que su nombre era Alla.
Sus rebeldes rizos rojos se desparramaban como fuego en las almohadas empapadas de sudor. Davyd cerró sus ojos hinchados de cerveza y empujó el coño de la mujer. Sus pelotas estaban casi pegadas a su bien formado culo, y sus pechos con forma de melón rozaban contra su pecho lleno de cicatrices.
- ¡Estoy corriéndome! - La voz de Alla se elevó como incienso junto con su perfume de manzanas, animando sus pensamientos. - ¡Ahora... Ahora... ¡Ahora! ¡Ah, fóllame, tú, ¡perro de guerra!
Davyd gimió mientras vaciaba su semilla en la amplia hendidura de Alla. El amplio cuerpo de ella sirvió de almohada para él mientras se relajaba, y ella le mantenía preso con ambas piernas.
- El mejor semental del rebaño. - La voz de Alla sonó ligera y fresca, como si no hubiesen pasado la última hora montando duro. Como si sus pezones no hubiesen sido chupados hasta dejarles una magulladura oscura, y su coño no estuviese adolorido alrededor de su gastado pene.
Pero eso es que su segundo al mando le había contado sobre esta criada. Cómo Alla podría seguir hasta que su pene se cayera.
Y Alla había escuchado de sus hermanas y sus amistades que el guapo y de cabeza amarilla Davyd Krell podía montar a una mujer hasta que no le quedaran palabras.
Por eso es que ella le había escogido del racimo de hombres que se secaban en los baños comunes de Camelford, teniendo la intención de tomar a las mujeres a su regreso a la torre de guardia para darse con ellas una revolcada en el heno.
- Mmmm. - Alla se curvó contra él. - Demos otro vuelo, amor. La noche es joven.
Davyd sonrió abiertamente y besó los dispuestos labios de la criada. Suaves como la mantequilla.
Ella le meció de acá para allá, persuadiéndole con ruegos de que volviera a la vida, hasta que la puerta de su dormitorio se abrió con un suave chirrido
Los ojos de Alla se abrieron enormes, y así también lo hizo su sonrisa.
- ¿Tenéis amigos? Mientras más sean, más diversión para mí.
Davyd oyó una tranquila tos, y luego:
- Por favor perdone mi intrusión, Master Krell, pero debo hablar con usted.
¡Por los dientes de Dios! ¡La reina! Davyd comenzó a rodar alejándose de la voz, sobresaltándose con el sonido húmedo de su pene saliendo del caliente coño de Alla.
Alla se dio cuenta de la emergencia, pues trepó y le arrebató la sábana, envolviéndola como una túnica alrededor de su desnudez.
- Por favor, no se avergüencen por mi culpa. - Las palabras de Lygnel timbraron como la música contra las piedras y los fragmentos del dormitorio iluminado con velas de Davyd. La reina sonrió a Alla. - Has sido bendecida con mucho. No escondas tu cuerpo por vergüenza hacia mí.
Alla se volvió del color de la sangre sobre la nieve. Su boca se abrió, pero ningún sonido salió. Antes de que Davyd pudiera extender la mano hacia ella, la chica se escapó del cuarto, golpeando ruidosamente la puerta de la cámara detrás de ella.
Y entonces Davyd cayó en la cuenta de su propia falta de ropa. Él echó un vistazo a sus calzones, que yacían al lado de la sábana que Alla había tomado, y luego descartado en su escapatoria. Absolutamente más allá de su alcance encima de la cama.
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EL LEGADO DE PRATOR
RandomEste archivo contiene material de carácter sexual sólo pensado para aquellos lectores entrados en años o que hayan superado los síntomas de la pubertad. No dejar al alcance de los hijos, para que no sepan que leen sus mamis ... Este documento puede...
