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PRÓLOGO:LA MÁSCARA

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Hay personas que nacen para ser vistas.
Y otras que aprenden a vivir escondidas.
Julio pertenecía al segundo grupo.
Tenía quince años y caminaba por los pasillos del instituto como si pidiera perdón por existir. Los hombros encogidos, la mochila pegada al pecho y la mirada siempre fija en el suelo. Había aprendido que mirar a los ojos a ciertas personas era una invitación al dolor.
El timbre sonó con estridencia y una oleada de alumnos invadió el corredor.
-Aparta, rarito -escupió una voz.
Un empujón lo lanzó contra las taquillas.
Las risas estallaron alrededor.
Julio no respondió. Nunca respondía.
Delante de él estaba Diego Romero, el chico más popular del instituto. Capitán del equipo de fútbol, perfecto para las fotos de Instagram y dueño de esa sonrisa que hacía suspirar a media clase.
Y también el principal responsable de que Julio odiara ir al instituto.
-¿Qué pasa, Julio? ¿Te has quedado sin palabras? -preguntó Diego mientras sus amigos reían.
Uno de ellos le arrebató la mochila y la lanzó de un lado a otro.
-Devuélvemela... -murmuró Julio.
-¿Qué? No te oí.
Julio apretó los puños. Podía sentir las miradas clavadas en él. Algunas divertidas. Otras incómodas. Ninguna lo ayudaba.
Entonces apareció Elena.
El mundo se detuvo.
Llevaba el pelo castaño recogido en una coleta alta y unos auriculares colgando del cuello. Cuando sonreía, incluso los días grises parecían más claros.
Julio estaba enamorado de ella desde hacía dos años.
Un amor silencioso, imposible y cuidadosamente escondido.
Elena frunció el ceño al ver a Diego.
-¿Qué hacéis?
Diego cambió de expresión al instante.
La sonrisa cruel desapareció.
-Nada, cariño. Estábamos bromeando.
Le devolvió la mochila a Julio.
-¿Verdad? Julio tragó saliva.
Elena lo observó esperando una respuesta.
Si decía la verdad, Diego se vengaría.
Si mentía, todo seguiría igual.
-Sí... solo era una broma.
Elena sonrió aliviada.
-Menos mal. A veces os pasáis con las tonterías.
Diego le rodeó la cintura.
Julio sintió una punzada en el pecho.
Porque Elena era la novia de Diego.
Y lo peor de todo era que ella no sabía quién era realmente él.
Cuando la pareja se alejó, Diego giró la cabeza y clavó en Julio una mirada fría.
Una promesa.
Esto no ha terminado.
Aquel mismo día, después de las clases, Julio caminó solo bajo una lluvia fina.
Las calles del barrio estaban casi vacías.
Metió las manos en los bolsillos y aceleró el paso. Tenía un moratón nuevo en el brazo y otro en el orgullo.
Su madre trabajaba hasta tarde. Su padre apenas estaba en casa. Nadie preguntaría qué había pasado.
Al doblar una esquina escuchó un grito.
-¡Ayuda!
Un hombre encapuchado intentaba arrancarle el bolso a una mujer mayor.
Julio se quedó paralizado.
El ladrón empujó a la mujer al suelo.
Algo dentro de Julio se rompió.
Corrió hacia ellos.
-¡Déjela!
El hombre se giró sorprendido.
-Lárgate, niño.
Julio no lo hizo.
El ladrón levantó una navaja.
El miedo le atravesó el cuerpo.
Pero entonces ocurrió.
Un calor intenso nació en su pecho.
La lluvia comenzó a vibrar a su alrededor.
El aire se volvió denso.
Y una fuerza imposible recorrió cada uno de sus músculos.
El hombre atacó.
Julio levantó la mano instintivamente.
La navaja salió despedida varios metros.
Los ojos del ladrón se abrieron de par en par.
-¿Qué demonios...?
Julio tampoco lo entendía.
Pero cuando el hombre volvió a lanzarse contra él, una energía oscura brotó de sus brazos como una sombra líquida.
El ladrón cayó al suelo inconsciente.
Silencio.
La mujer mayor lo observaba aterrada.
Julio miró sus propias manos.
No eran normales.
Nunca lo habían sido.
Esa noche encontró una caja escondida en el armario de su padre.
Dentro había recortes de periódicos, fotografías antiguas y una máscara negra.
En una de las fotos aparecía un hombre con esa misma máscara.
Detrás, escrito con tinta descolorida, había una sola frase:
"Si alguna vez despiertan tus poderes, ponte la máscara y corre."
Julio sintió un escalofrío.
Porque acababa de descubrir que su vida entera había sido una mentira.
Y que el chico al que todos consideraban un cobarde estaba destinado a convertirse en algo mucho más peligroso.
El Enmascarado.

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