... Y sigue avanzando octubre, marcando y echando a la basura las hojas de nuestro calendario.
El otoño comienza a hacerse presente, a desplazar caballerosamente a la dama abrasiva que le precedía, y que no quería marcharse; comienza a desvestir a los árboles, a arrancarles uno por uno los encajes que la primavera les había hecho lucir; a envolverlos con su abrazo somnífero, prometiendo lo mismo de cada año: "te arrullaré y dormirás para despertar más fuerte el día de mañana". Y ellos danzan siguiendo su ritmo, meciéndose suavemente al principio, agitando sus numerosos brazos de un lado a otro, haciéndolos chocar como en apasionado baile, golpeándolos violentamente en un frenético arrebato después. Dejándose llevar por la añorada frescura de su aliento. Son tanta la euforia y la energía entregada, que van sintiéndose exhaustos. Así que las hojas van palideciendo, cambiando su color: el brillante verde oscuro se transforma en un amarillo opaco, y más tarde, café... Como si la clorofila se hubiera resbalado de ellas, cayendo a gotas (Noble sacrificio para que sus reservas no se extingan). Y se despiden cuando ya no son más que una lámina reseca, y tan fina que se rompe al tocarla. Se dejan morir, se sueltan de los dedos que las sujetan para atravesar el vacío. Saben que es el final y se resignan, sólo así habrán esperanzas de un futuro.
Ya no me puedes saludar como antes.
Te doy mi mano y no haces el intento de estrecharla.
Te desprendes y una parte de mí
vuela, gira, es arrastrada junto a ti,
y se une a las que cayeron antes,
dando vueltas en un espectáculo
que parece infinito, que parece irreal,
un torbellino con cientos de tonos marrones y rojos...
Subiendo y bajando, acercándonos y alejándonos de tu hogar.
Porque el imponente color de la vida te ha abandonado, pero no ella.
Ella late dentro de ti.
Mientras le dices miles de adioses
a la luz y al calor,
a través de esos últimos roces,
la fuerza se va concentrando,
escondiéndose en lo más íntimo de tu ser,
preparándose para lo que viene.
Y el otoño canta y susurra a tu alrededor,
besando y acariciando tu cuerpo desnudo;
llevándose lejos, muy lejos,
en sus brazos sibilantes
el gran vestido de gala
con el cual te vestiste para el sol.
Ya está desgarrado, incompleto,
como los andrajos de algún mendigo.
Te sientes triste, pero confías en ese sueño reparador.
Después de todo, es lo único que puedes hacer.
Así que poco a poco tus ojos se cierran.
Crees que nadie querrá verte en ese estado; y claro, por dignidad, tú tampoco quieres ser visto. No tienes idea de la fascinación que provocas; de las fantasías que inspiras en las noches de luna, cuando la luz que pasa a través de ti y tus sombras perfectamente definibles forman siluetas y escenas de toda clase.
Hay mitos que de ti se cuentan, y especulaciones al tratar de adivinar tu historia. Te inventan miles de vidas y poderes que sólo tú sabes si son verdad o no, pero que te hacen más auténtico y misterioso. Como esa mujer que hace muchos años talló en tu tronco el secreto de su corazón; o aquel hombre a quien viste derrumbarse en llanto y culpa antes de ser testigo de su última respiración...
El enigma indescifrable de tu existencia me hipnotiza.
Eras luz y transparencia;
fuerza, vitalidad y juventud.
El otoño deja todo eso atrás,
hace aparecer tus formas angulosas,
caprichosas y retorcidas
que pueden ser espeluznantes o románticas,
dependiendo de quién las mire.
Para mí, hoy eres más hermoso.
