Una sombra.
Llovía. El bosque se asemejaba a uno normal. No parecía haber ningún animal recorriendo su laberinto de árboles. El aroma de la tierra mojada inundaba cada tramo.
Entonces, un crujido rasgó el silencio sólo roto por la lluvia. En un día normal, en un bosque normal, no habría sido nada importante. Pero sí lo era el simple ser vivo que lo había producido. Si eso era un simple ser vivo.
Un chico, aparentemente joven, se arrastraba penosamente en la embarrada tierra. Usaba sus brazos para impulsarse como podía, semejante a un náufrago luchando en la arena de la playa para no ser arrastrado por la corriente. Tenía el pelo como la tinta disuelta, ondulado y revuelto como la melena negra de un lobo. Su rostro, de facciones equilibradas, mostraba decisión, no sin cierta desesperanza frente a lo que estaba a punto de suceder.
Y a pesar de todo, lo que le hacía diferente eran sus ojos.
Incluso un niño los vería como un extraño marrón...pero brillaban de tal manera que parecían dorados, como ámbar a la luz del sol. Y la pupila era blanca, asemejándose a una perla en miniatura en un charco de oro líquido. Eran intimidantes, exóticos como pocas cosas que hubiesen residido en la tierra.
Tenía la camiseta tan rota que solo se podían reconocer algunos jirones de tela negra, y los pantalones nada mejor; Eran de un azul oscuro, descolorido en la zona de los cuatriceps por su corriente uso. Su única prenda ciertamente extraña era un guante de cuero negro, que estaba surcado por un extraño símbolo. Como el Ying-Yang, una línea negra y otra blanca se enroscaban junto a la otra en una armoniosa forma que, a la vez, chocaba y convivía con su contrario, formando una estructura parecida al ADN. En los pequeños huecos en los que no se tocaban, había dos espacios grises. Pero al contrario del resto de ropa, el guante parecía impecable, intacto.
Con la mano enguantada, se agarró a una delgada rama y se incorporó costosamente, temblando del esfuerzo que le suponía hacerlo. La rama se rompió, pero el chico logró levantarse milagrosamente. Siguió andando entre tumbos mientras que la lluvia caía sobre sus hombros y espalda en un lento desgaste.
Pero apenas pudo avanzar, ya que debido a la intensa lluvia no vio una de las muchas raíces que sobresalían, tropezándose y encontrándose con el arcilloso suelo, manchándose aún más de lo que ya estaba.
Escupió la sangre que tenía en la boca mezclada con barro y alzó la cabeza con la esperanza de que todo siguiese igual y no peor. Apretó los dientes cuando vio a la criatura que le observaba con expectación.
Nadie humano podría haberle distinguido en la enorme oscuridad. Solo se percibían unos inexpresivos ojos rojos, en aparente combustión. Los iris negros eran contrarios a sus pupilas blancas, formando la mirada más espeluznante y poderosa que se estuviese dispuesto a imaginar. Prendidos en la oscuridad como dos faros en una tormenta, señalaban que ahí había algo que no pertenecía a este mundo. Algo de lo que habría que huir a toda costa. Una voz profunda surgió del punto donde parecía estar el ser, tan equilibrada entre lo agudo y lo grave que adquiría un insuperable matiz de poder.
-Siento haber tardado tanto.
Y los ojos rojos desaparecieron con la misma velocidad como habían aparecido. El chico volvió a tensar la mandíbula de puro nerviosismo, retomando la odisea de tirar de su cuerpo. Primero un brazo, luego el otro, movía las piernas y arrastraba como podía su propio peso. No parecía tener fuerzas para incorporarse, pero tras avanzar un trecho, vio una luz. Una promesa de salvación.
Al principio creyó que era una ilusión, provocada por el enorme esfuerzo y agotamiento. Pero cuando el calor también le llegó, logró asimilar que era real. De nuevo a duras penas, se levantó y caminó como ebrio hacia la misteriosa luz del final del camino. Cada vez sentía más calor, cada vez dejaba de sentir el cuerpo entumecido por el inmenso frio...
La luz lo cegó y aunque se cubrió con el brazo, no pudo evitar las lágrimas derramadas por sus inhumanos ojos enrojecidos. Un instante después se obligó a abrirlos. Debía saber si todo su viaje, su lucha, había servido de algo.
Por undécima vez, cayó de rodillas sobre el barro. Sus fuerzas ya no lograron mantenerle en pie. La diferencia era que ahora no era el cansancio quien le tumbaba, sino la impotencia.
Ante él se alzaba, antes majestuosa y viva, una ciudad consumida por la destrucción. Ni un solo edificio estaba intacto, arrasados por el fuego. El espeso humo se elevaba en unas inacabables columnas de decenas de metros. Pero todo esto no era nada, si se comparaba con otro elemento importante que adornaba la ciudad de desolación. Sus propios habitantes estaban hechos ceniza, estatuas paradas con piel de carbón y muecas de miedo ante lo que había sido su muerte. La indescriptible escena era una pequeña extinción.
El chico no podía apartar su atención de la masacre. Cada detalle le absorbía y se implantaba en su interior con un peso cada vez mayor. Así, no advirtió como el posible causante, un ser de ojos en combustión, se acercaba, arrodillaba y hablaba con voz juguetona.
-He dejado el postreeee...
Entonces, justo entonces, atendiendo a su llamada, uno de los cuerpos se movió. Uno quemado, sorprendentemente vivo. Un cuerpo que podría haber sido de chica. Ese cuerpo miró al joven destrozado con ojos suplicantes, rogándole algo que ambos parecían sabían como imposible.
El rayo morado que salió tras la espalda del chico desintegró a la moribunda, levantando tierra a su alrededor. Sintiendo cómo su visión dejaba de ser clara por el agua salada que se acumulaba, golpeó un árbol a su izquierda con más dolor que furia. El tronco se partió en pedazos como si se hubiese encontrado con una bola de demolición y su mano quedó casi intacta, sangrando por los nudillos. No le importo lo más mínimo. El misterioso ser que estaba a su lado se puso en cuclillas y le dijo unas palabras hirientes, capaces de destrozar la cordura de cualquier persona que aún la hubiese mantenido. Lo dijo con un tono divertido, cambiando su voz como un amigo burlándose al imitar a un loco.
-Así que querías evitar esto, ¿no? Me temo que has llegado un poco tarde. Pero no te preocupes, pienso repetirlo muchas veces. Tantas como almas por romper en pequeños pequeños y pequeñitos pedazos quedan. Lo cual significa mucha sangre...mucha sangre de la que, te aseguro, veras que no puedes evitar su derramamiento.
Y otra vez, como había hecho antes, como le quedaban, el chico lanzó un dolorido grito elevándose a los cielos, un bramido que rompió el silencio de la noche en mil pedazos. Tantos como estaba quebrado su interior.
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Shock
Science FictionEn un futuro, el mundo ha cambiado, pero no las personas. Quimos, una gran ciudad-isla que nació como el centro de Europa, la joven Dorada y su grupo de amigos lleva un tiempo sufriendo una pesadilla con un chico de pupilas blancas e iris dorados qu...
