El Chico Que No Hablaba.

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Sin prestar atención a lo que el profesor decía, estaba sentada, como siempre, en su lugar del salón. Se encontraba en una conversación con un chico que no hablaba, si es que a eso se le puede llamar una conversación. Parecía un chico muy inteligente, y lo era, sus notas lo demostraban, pero nadie nunca lo había escuchado hablar, como si solo no supiera cómo. La chica sin amigos siempre se sentaba en frente de él, y naturalmente le buscaba conversación, pero este chico nunca respondió a sus inquietudes. A pesar de su silencio nunca había parecido un mal muchacho, sin embargo algunos lo consideraban un falto de respeto y educación, puesto que solo recibías un movimiento de cabeza por respuesta a todo.

Ella obviaba esto, ya que no dejaba de insistir: siempre le hablaba esperando una respuesta real o si quiera un "sí" vibrante en el aire con cualquiera que su voz sea. Ya no parecía molestarle que no le hablaran, ella decía haberlo conocido suficiente por medio de simples preguntas de sí y no, decía que era su amigo y que le quería mucho, aunque su curiosidad y deseo humano le inducían a seguir insistiendo.

- Y... ¿Planeas estudiar algo? - dije, con una sonrisa y un brillo dubitativo en mis ojos.

Como de costumbre solo recibí un asentimiento de cabeza; ahora me carcomía una nueva duda...

- Y... ¿Qué quieres estudiar? - éste sólo se dignó a utilizar su segunda forma de comunicación, que no era muy útil por cierto: sacó un carboncillo de esos que utilizábamos en la clase de artística y en su mesa (no en una hoja, en la mesa) escribió o garabateó o dibujó esas extrañas cosas que hacía si preguntabas por información; parecían letras, rayas al azar, o cualquier cosa que se te pudiera venir a la mente, pero sin embargo podías observar un patrón, así que sí, trataba de comunicarse.

- Ahg ¡Qué fastidio! Sabes que no te entiendo cuando haces eso - dije señalando la extraña y escurridiza escritura que tenía delante de mí, sin entenderla.

El muchacho sólo me dedicó un gesto levantando las cejas, me fijé muy detalladamente en ellas y sus alrededores, llevándome así a ver sus ojos, su nariz, su boca, de vuelta a los ojos... Solté una ligera risa, pero no fueron sus cejas en gesto de "¿Lo dices en serio?" ni sus ojos azules casi blancos, sino sus ojeras: pensar en ella me hacía mucha gracia, pues yo decía que él venía con tanto sueño que no solo estaban debajo de sus ojos, sino totalmente alrededor de éstos. De nuevo, la idea me provocó un poco de gracia y volví a soltar una leve risa, provocando una duda en los ojos casi inexpresivos del muchacho que tenía en frente.

De repente solo quise mirar ahí, a sus ojos, y así lo hice: dentro de esas pupilas yacía un recuerdo, que se hacía palpable a medida que me adentraba en ellos, uno de olores, gustos, tacto... era casi somático para mí, lo tenía grabado a fuego en mi mente, un recuerdo de un pasado no muy lejano de mi vida, eran esos ojos los que me lo habían traído ese recuerdo una y otra vez durante casi un mes, un mes durante el cual me había consumido una pregunta, una sola que se convertía en miles, miles que querían ser respondidas, y lo serían pronto, pues ya tenía el valor para hacerlas.

- ¿Nos conocíamos ya? - pregunté sin rodeos, obteniendo un movimiento de cabeza que indicaba un "sí" y una media sonrisa.

- ¿Nos conocimos en un hospital? Creo que fue cuando yo estuve muy enferma. Estabas en la habitación de al lado ¿Cierto? - el muchacho hizo otra reverencia con la cabeza, afirmando mis incógnitas; sus sonrisa aumentó un poco, como esperando ansioso la siguiente pregunta; ahora era otra la duda que tenía en mente, la duda que supuse, él había estado esperando, una que más que inquietarme me provocaba... incertidumbre - ¿Por qué te fuiste? Estuvimos jugando unos días y de repente solo te fuiste -

El muchacho cambió de postura y también su sonrisa, ya no era de espera o éxtasis, ahora reflejaba la sonrisa que debió haber tenido Lucifer el día que se le asignó el infierno para dirigir. Tomó una servilleta del cajón de su mesa, limpió el carboncillo de su mesa y se dispuso a escribir de nuevo. Esta vez la escritura fue diferente, tenía otro patrón, uno más confuso aún, uno que por alguna razón me daba sueño, hacía que se me cerraran los ojos, y a pesar de que traté de dejar de verlo no pude, esas siluetas redondas pero a la vez muy rectas... entraba en el abismo, poco a poco...

Su última imagen fue una que la dejó petrificada antes de entrar en la oscuridad: el muchacho, luego de ese exhaustivo mes en el que la niña intentó hacer reaccionar al que había considerado la persona más asomática que había conocido, lo había hecho: una sonrisa, perfecta pero sádica, sus dientes eran muy blancos y estaban muy parejos; el iris casi blanco de sus ojos ahora era blanco, la pupila y todo lo era de hecho, dos esferas blancas completamente; su piel pasaba de ser blanca a un color grisáceo, se caía, y dejaba ver un poco por debajo sus huesos. Sin embargo lo más espeluznante del conjunto siguió siendo la sonrisa: reflejaba dolor y sufrimiento, oscuridad y un mundo sin salvación, solo... Olvido.

La muchacha cayó al piso, perturbando y profanando el silencio en el que se hallaba el aula con un alarido de desesperación, enfrentando en su cuerpo el horrible dolor y estremecimiento de su alma despegándose de su cuerpo. Pronto supieron que no volvería a levantarse nunca.

Igualmente supieron que no debían llamar a un forense o investigador policial o psicólogo para los que habían presenciado el extraño evento, sino a un exorcista para el aula 25 de aquel colegio. Esto viene a que un profesor de idiomas que a pesar de ser joven poseía un vasto conocimiento en cosas prohibidas por el hombre, la fe y la ética, leyera el escrito expuesto en la mesa y lo anunciara a aquellos que se encontraban presentes en aquel momento, desconcertando tanto al profesor como a los demás.

Lo más desesperante al final fue lo que dijeron los estudiantes y profesor que estaban ahí en el incidente cuando les preguntaron qué pasó exactamente: decían que nunca supieron con quién hablaba la muchacha, ni por qué escribía cosas raras en la mesa vacía del salón, que se hallaba justo detrás de la que le había pertenecido. "Una chica muy rara" manifestó uno de los estudiantes, sin embargo lo que le perturbó al profesor fue el relato de aquel día: la muchacha entró a clase como siempre y se sentó en su puesto, miró al asiento vacío y empezó a llorar mientras escribí en allí. Algunos trataron de hablarle, pero no reaccionó; luego de hablar un rato sola se detuvo de repente y de la nada empezó a gritar escribiendo las que serían sus últimas palabras en la mesa, antes de caer al piso.

Unos la creyeron loca, otros, que tenía un amigo imaginario, pero personas como ese profesor sabían que no era nada de eso. El escrito rezaba algo que dejó en shock al pobre hombre, ya que luego de juntar el relato y el mensaje lo que había hecho fue confundirse aún más: estaba en una lengua muy antigua y oscura, olvidada por todos, que rara vez se escuchaba por ahí; le dio un increíble "sin sentido" a todo:

"Me fui de la habitación y dejé de jugar contigo, dejé mi vida y mi cuerpo ahí, me hundí en la oscuridad del abismo, pero fue sólo para ser yo el que viniera y te dijera que tú eras la siguiente".

Diario de un Dante sin Virgilio.Stories to obsess over. Discover now