Deslizaba sus delicadas manos sobre aquel piano de ébano, situado en un pequeño cuarto repleto de instrumentos. Se podía distinguir la forma de una guitarra, protegida por una funda negra. Al fondo, un xilófono, cubierto por una sábana blanca como la representación de la pureza. ¿Cómo negar que la música era digna de ser admirada, si para él lo era todo? Su día a día, el latir de su corazón. Había nacido para componer. Su cometido era completar hojas en blanco con numerosos pentagramas, figuras e incluso anotaciones esparcidas por todo el folio a lápiz.
Dedicaba noche y día en lograr alcanzar la perfección de las piezas.
- "Un semitono más alto... um, sí. Un sostenido encajaría a las mil maravillas"
Contemplaba a través de los cristales del ventanal la ciudad a lo lejos dormir. La madrugada avanzaría, hasta convertirse en un claro amanecer y él proseguiría su recital dedicado a espectadores imaginarios, que aplaudían y le vitoreaban. Sin embargo, al girarse y contemplar la sala desierta, todo se desvanecería. Por ese motivo, debería continuar con la vista fijada hacia adelante, depositada en aquel conjunto de edificios (la mayoría apagados cual vela desprovista de cera que quemar). La única luz que alcanzaba a contemplar era la de las farolas, las cuales cedían una intensa penumbra a esas calles deshabitadas, solitarias, en las que únicamente se escuchaba el silbar del viento.
No creía en el amor: "Julian, por Dios, eso ni existe" se solía repetir a sí mismo. Varias experiencias desembocadas en el fracaso lo habían demostrado. Al instante en el que recordaba con los ojos cerrados a esa bonita muchacha que para él lo fue todo y sin embargo le causó mero dolor, dejándose guiar por la melodía que sus dedos creaban al acariciar las teclas del piano, aumentaba la intensidad de la pieza. No podía evitar mezclar sus emociones con la música, de hecho estaban bastante ligados.
Su madre, una bella violinista y poseedora de una increíble capacidad auditiva, acostumbraba a deslumbrar en conciertos de importancia considerable. Quería recordarla como una virtuosa de la música, como alguien honorable que supo hacer de la melodía y los medios que tuvo a su alcance así como el incalculable talento que poseía, una forma de vida. Lástima que el destino fuera tan caprichoso como para haber interrumpido su actuación y reclamarla.
Cada acorde, cada crescendo y los silencios que exigían un breve descanso... producían que su bello se erizase, regalándole una sensación de melancolía. Era síntoma de que lo estaba haciendo realmente bien.
"¿Dormir? ¿Para qué? Menos horas aprovechables de vida" Sus ojeras corroboraban que aquella era su filosofía. En cierto modo suena razonable, pero impensable cuando la salud está en juego. Aunque... ¿quién le aconsejaría ir a dormir, si su soledad era mayor que el sueño?
Su padre era un rico empresario del que podía estar semanas sin conocer su paradero. Quién sabía si se encontraría en importantes reuniones o entre las sábanas de cualquier mujer de una sola noche. Lo único que él, un estudiante de 20 años, recibía de su progenitor, era dinero ingresado en su cuenta bancaria al final del mes, olvidando el cariño que estaba en su obligación profesarle, dejando de lado el respaldo de un ser querido cuando tristemente, lo único que te queda en la vida es la música.
"¿Amigos? No los necesito. Todos acaban traicionándote" Era duro creer que una persona pudiera subsistir con una serie de pensamientos tan negativos, ¿qué habría ocurrido en los años anteriores para transformar al niño que sonreía felizmente en la foto de la repisa de la chimenea en un hombre introvertido y retraído?
- Sigue lloviendo – anunció Camille a su madre, una mujer de no más de 40 años con pinta desaliñada, la cual encendía el fuego en la chimenea raspando una cerilla.
- Aún así necesito que salgas – repuso la señora – Coge el chubasquero, arreglé esta mañana bien pronto el par de descosidos. Ve rápida y ponte calcetines. No tardes – Era una familia pobre, sin apenas recursos. Su padre era un hombre adicto al alcohol y al igual que su madre, a la droga. Camille sabía de sobra qué debía de hacer: conseguir aquello que tan ansiado parecía ser, aventurándose a afirmar que incluso más que la comida, y principalmente ingeniárselas para obtener dinero. Deudas pendientes aquí y allá, las mismas que no serían saldadas nunca por completo. La muchacha se calzó dos pares de calcetines blancos y acto seguido, unos zapatos marrones oscuros con los bordes despegados. Por encima de su vestido negro, se colocó aquel falso impermeable que resultaba ser un simple trozo de tela gruesa con una capucha de distinto color cosida, y con aires desganados partió.
Por cómo llovía, parecía que aquella tormenta estaba en su contra. La lluvia calaba sus huesos, y el duro frío del invierno amorataba sus labios, empalidecía su rostro y le hacía tiritar. Se detuvo frente a una puerta y llamó.
- Buenas días – saludó a quien la hubo recibido – No pido nada más que algo de dinero, si es tan amable – Suplicó tendiendo la mano, empapándose esta. De repente, la puerta se cerró, sin siquiera haber respondido una sola palabra.
Pasaron las horas y seguía sin escampar. El resultado de mendigar por varios hogares durante unas horas había provisto una suma de 20 euros, los cuales, sumados a los 13 del día anterior simulaban ser una buena cifra. Quizás fuera suficiente, pronto iba a anochecer y casi ni sentía las piernas. Sí, iría a buscar a Pierre, era posible que con esa cantidad lograra comprar algo.
- ¡Pierre! – voceó Camille aporreando la puerta de una vivienda a punto de ser derruida -¡Pierre!
- ¿Quieres callarte? – preguntó él desde el otro lado con un tono de voz casi imperceptible - Estúpida niña – musitó al rimo al que abría la puerta - ¿Qué quieres? – cuestionó con tono áspero.
- Mi madre... - comenzó a explicar la muchacha.
- ¡No quiero ni oír mencionado su nombre, chiquilla! ¡Me debe...! – Exclamó Pierre muy enfadado, agitando los brazos en el aire – Mira, niña... - prosiguió moderando la magnitud de sus alaridos.
- ¿Vale esto? – cuestionó ella sin permitirle terminar y mostró todo el dinero recaudado.
- ¿A ver? – Al finalizar el recuento, mostró una leve sonrisa - ¿Pretendes pagar con esto todo lo que tus padres tienen pendiente?
- ¿Qué más quieres? – interrogó la joven, algo inquieta ante el cambio de expresión en la faz de aquel traficante.
- Déjame que piense... - dijo Pierre, resaltando una cicatriz muy pronunciada en la mejilla izquierda a causa del ademán y jugueteando con la cabellera rubia de Camille. Acto seguido, posó su mano sobre el hombro de ella - ... Te quiero a ti.
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MEZZOPIANO
RomanceÉl, tan alejado de la realidad, demasiado envuelto en el sonar de las notas de su piano, en las melodías compuestas y en los bellos acordes que permiten hacer soñar. Ella, presa de las contrariedades e infortunios de la vida, conocedora de los secre...
