Existió una vez un rey que gobernaba el país "de las hadas y los duendes". Era un hombre bueno y querido por todos, puesto que siempre velaba por la seguridad de las personas de su reino. Sin embargo, el rey tenía la tristeza más grande de su corazón; Ansiaba con todas sus fuerzas volver a ser un niño.
A sus cincuenta años había perdido toda su vitalidad. Se despertaba a las once de la mañana con un sueño enorme, durante el resto del día su rutina se basaba tan solo en comer y dormir la siesta y cuando llegaban las ocho de la noche se volvía a dormir hasta la mañana siguiente. Cada vez que se miraba al espejo veía la imagen de un hombre entristecido y cansado. Apenas podía dar un par de pasos y su habitación se había trasladado al primer piso de palacio, pues ya no podía subir escaleras.
Su hija Estrella y su esposa, la reina Dalabriel le preguntaban a cada instante por su estado de ánimo, que cada día se deterioraba más y más.
—Es el cansancio de los años peinados —murmuraba, delirando mientras pensaba en su juventud—. Lloran con pena los árboles porque no tienen sus vestidos de zapato y tacón.
Cierta noche, apareció de improviso frente al rey, un duendecito de grandes orejas y nariz ganchuda. Era "Mot" el mensajero oficial del reino que ansiaba ascender de su puesto para ser la mano derecha del rey, sin embargo ninguno de sus planes habían resultado hasta el momento. Desilusionado, Mot comenzó a crear ideas maquiavélicas y desesperadas artimañas para ascender de puesto. Cuando se dio cuenta que al cumplir los dieciocho años se habían desarrollado en él algunos poderes, acudió en busca del soberano para hacerle una propuesta.
—Su majestad —le dijo con su voz estridente y chillona— todos en el reino sabemos el motivo de sus tristezas, pero si usted me lo permite, yo podría sanarlas del todo. A pesar de ser un duende novato tengo el poder para convertir su mente en la de un niño. Su cuerpo seguirá envejeciendo, pero su juventud y vitalidad serán eterna.
—¿Harías eso por mí, criatura? —preguntó el rey, esperanzado.
—Si —contestó el duendecito con una dramatizada reverencia—, pero a cambio, quiero la mitad de sus riquezas.
El rey aceptó inmediatamente sin siquiera mostrar desagrado ante la propuesta, puesto que para él, la fortuna, no era una gran perdida y menos tomando en cuenta que sería el precio que tendría que pagar para volver a sentirse más joven. Dio al duende la mitad del oro que guardaba en las bodegas del castillo y éste, en agradecimiento, tocó la cabeza del rey con la punta de su alargado dedo índice. El rey cayó profundamente dormido sobre el suelo y Mot, desapareció con un chasquido.
Al día siguiente, el hombre abrió los ojos con vigorosidad y sintió unas ganas incontrolables de correr y saltar por el jardín de palacio, pero antes debería comer un poco ya que necesitaría de todas sus energías para poder jugar todo el día. Bajó las escaleras saltando los escalones de dos en dos y cantando una canción de cuna. Se dirigió a la cocina donde se encontraban dos guisanderas que adornaban un delicioso pavo asado con puré. El rey no resistió la tentación del hambre y les arrebató la bandeja de comida con una destreza increíble.
—¡Es mío! ¡Mío! ¡Y solo mío! —gritó haciendo grandes pucheros y arrancando con el pavo hacia el jardín. Los granjeros de palacio solo atinaban a observar preocupados como su majestad devoraba la comida a grandes mordidas, masticando y engullendo como un niño hambriento.
—¡El rey se ha vuelto loco! —gritaron las cocineras y soldados del castillo. Informando la grave situación a la reina y la princesa.
Después de haber jugado toda la tarde, el rey decidió visitar la biblioteca del palacio, la cual alguna vez había sido para él una especie de aposento del más digno respeto, sin embargo ahora le parecía un simple y aburrido lugar. Tomó uno de los libros más gruesos y comenzó a arrancar sus hojas una por una para hacer barquitos de papel y depositar en ellos algunos insectos que había recolectado del jardín. Su esposa e hija lo escudriñaban a escondidas mientras el rey canturreaba:
—Agú... agú... que lindos" mis "baquitos" de papeeeel..."
—¡Hay que llamar a un doctor! —sugirió la princesa Estrella con un dejo de angustia en su voz—. Mi padre no puede estar loco.
A la mañana siguiente, expertos médicos visitaron al rey y hasta una bruja curandera cruzó desde el otro lado de la montaña para investigar tan extraño caso, pero ninguno de ellos pudo sanar la supuesta locura que lo acongojaba. Al pasar de los días, el rumor de que el monarca se había vuelto un completo chiflado, ya había recorrido todos los lugares del bosque. Centauros y dragones mensajeros se habían encargado de expandir la noticia, no solo por todo el reino, sino también a los pueblos vecinos. Sin embargo, la hechicera mayor, la más sabia de todas las hadas, al enterarse de lo ocurrido, quiso observar a través de su báculo de cristal lo que realmente había sucedido al rey, ¡y tal fue su sorpresa al descubrir que éste había sido hechizado por el duende Mot!. El hada, estaba decidida a castigarlo por tal atrevimiento, pero lo más importante ahora era sanar al rey. No podía permitir tan malos intencionados rumores, así que decidió ir a palacio y explicar la verdad de lo sucedido a la reina y a la princesa Estrella:
—El rey no está loco. Uno de los duendes más ambiciosos del bosque convirtió su mente en la de un niño a cambio de la mitad de la riqueza del castillo. El rey aceptó de inmediato ya que tenía mucho miedo de envejecer y perder las ganas de vivir.
—¿Tu puedes romper el hechizo? —preguntó Dalabriel con un susurro de voz, depositando todas sus esperanzas en el hada.
—Por supuesto que puedo hacerlo—contestó la mujer. Y fue así como la reina, la princesa y ella se encaminaron a la habitación del monarca donde encontraba construyendo un pequeño castillo con tierra que había acumulado del jardín. Estaba tan concentrado en su juego que no opuso resistencia cuando el hada tocó con la punta de la varita, su cabeza de cabello cano, mientras murmuraba el hechizo para contrarrestar el del duende. El rey comenzó a sentir un profundo sueño y luego se desplomó suavemente en el suelo mientras se chupaba el dedo pulgar de su mano derecha. Todos los soldados y sirvientas de palacio subían a hurtadillas por las escaleras para observar la escena con curiosidad.
Después de un breve lapso de tiempo, el rey comenzó a despertar estirándose y bostezando mientras se refregaba la cara. De pronto se dio cuenta de que todos lo estaban observando, entonces, abrió mucho los ojos y se sonrojó. Poco a poco acudieron a su mente los recuerdos de lo ocurrido. Ahora que ya estaba curado y volvía a pensar como un adulto, una vergüenza atroz lo embargó. Se puso de pie lentamente con la ayuda de dos soldados, mientras todos aplaudían felices por haber recuperado a su rey. Su hija y su esposa corrieron a abrazarlo llorando de alegría.
—Mi rey, no tienes que avergonzarte —dijo el hada—. El ser niño es lo más hermoso del mundo, pero el ser adulto es un don que nos ha regalado la vida, ya que la sabiduría es algo que se gana a través de los años y ese es el mayor tesoro de los humanos. Además, ¿Quién ha dicho que un adulto no puede jugar con barquitos de papel? —añadió ella, guiñando un ojo.
—Tienes razón criatura —contestó el rey—. Agradezco que me hayas curado, sin embrago te pido que no castigues a Mot, estoy seguro que en algún lugar del bosque se encuentra arrepentido de sus actos.
Y era cierto. El duendecito quien al cumplir los dieciocho, ya no era novato sino de rango medio, había logrado huir con la mitad de las riquezas del rey fuera del bosque a otro país muy lejano, pero su conciencia jamás lo había dejado tranquilo. Al pasar de los días, y como penitencia, decidió regresar al palacio del rey, arrastrando sobre sus delicados hombros los sacos de oro que se había llevado al emprender su malvada hazaña. Al llegar a palacio y al verlo tan arrepentido, nadie fue capaz de guardarle rencor. Mot pidió perdón a su rey y le devolvió todas sus riquezas. El monarca le dijo que todo había sido olvidado y lo invitó a la fiesta que se había celebrado en el palacio, en honor a todos los que llevaban dentro de su alma el espíritu de la juventud y la niñez.
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El rey loco
FantasíaUn rey cansado de la vejez hace un trato con un duende para quitarse unos años de encima. Sin embargo termina convirtiéndolo en una especie de niño travieso. Ahora deberá enfrentarse a las cómicas situaciones que provoca su nuevo cuerpo infantil.
