Lo subyuga una pulsión extraña que en cada sesión lo hace acariciarla con una pericia envidiable. Urga con astucia sus espacios más íntimos a la luz de sus pezones acanelados y sagaces. Ella ha aprendido a acallar la opresión de los días cuando no lo tiene enfrente suyo dedicado inequívocamente a los contornos de su cuerpo desnudo. Irremediablemente, su piel erizada al roce de sus dedos y su pincel, la encadena al hiperrealismo de una estética irrepetible con la que su talento burla la incomprensión del silencio que nunca los abandona.
