El silencio retumbaba entre las cuatro paredes, y millones de recuerdos recorrían la habitación. La casa se sentía pequeña, y dudé por un par de segundos si debía dejar mi presencia, o marcharme antes de perder la cabeza. Se sentía su ausencia. Aquellos cuartos que solían estar a diario inundados de sonrisas y cantos alegres estaban ahora vacíos. Todo estaba cubierto entre sábanas blancas, y sin necesidad de echar un vistazo, era consciente de lo que había debajo de ellas. Todo estaba tal cual ella lo había dejado.
Tomé una de las arrugadas sábanas polvorientas, aun dudando el hecho de tener que levantarla mientras mi hija me miraba extrañada desde el marco de la puerta. La miré indeciso, y ella frunció el ceño. No comprendía mis sentimientos, ni mucho menos la razón por la cual decidí venir hasta acá después de tantos años.
Miré de nuevo la sábana bajo mi puño, y tiré de ella. El polvo se esparció por el aire, desvaneciéndose lentamente. La lámpara que reposaba sobre aquella mesa de noche tambaleó un poco, pero se detuvo tras el roce de la mano de Vanessa.
-Gracias-esbocé una pequeña sonrisa.
Me giré hacia la cama y la descubrí tirando la sábana que estaba encima para sentarme cerca de la mesa de noche. Vanessa comenzó a caminar por la habitación sin lograr ver nada, ya que todo estaba cubierto en sábanas, y se detuvo ante el gran ventanal que se encontraba al fondo de la habitación. Pasó su mano por los vidrios sucios, limpiando un poco y asomándose por el hueco.
-¿Ésta era tu casa?-preguntó con la mirada perdida tras la ventana.
Jalé el cajón de mi mesa de noche hacia afuera con un poco de dificultad por lo sellado que se encontraba, y cuando por fin vi el contenido de éste, respiré profundo para responder.
-Algo así.
-¿Por qué nunca me dijiste que la tenías?-se separó de la ventana y giró su mirada hacia mí.
-No es algo de lo que me hubiera gustado hablarte-hice una pausa con melancolía contenida-, nunca...
Ella frunció el ceño, no logrando comprender mis palabras. Paso tras paso se fue acercando hacia mí hasta llegar al lado de la cama. Del cajón saqué un par de rastrillos oxidados, una caja de baterías, unos audífonos rotos y al fondo se encontraban unos sobres ya abiertos. Los observé de lejos. Jamás volví por ellos. Tomé cada una de las cartas y las puse en la cama junto a todas las cosas que había dejado ahí dentro.
-¿Qué son esas?
-Viejas tarjetas-intenté no hacer notar mi tristeza-. Vanessa, tú hubieras conocido cada rincón de este lugar de no ser por mí, ¿sabes?
La vi con intenciones de abrirlas, pero se quedó en silencio mirándolas únicamente. Dentro del cajón también se encontraba una carpeta; esperanzado la tomé entre mis manos y la abrí. Necesitaba encontrar unos viejos papeles míos por los cuales nunca volví a este lugar. En aquellos tiempos, no tuve mente para pensar en esos papeles. Al abrir la carpeta, resbalaron un par de folletos, alguno que otro dibujo, y una foto. Mi hija se agachó para recoger los papeles del piso, y agachándome a su lado, le ayudé a hacerlo también. Ella tomó la foto antes de yo poder hacerlo y la observó sentándose de nuevo en la cama.
-¿Quién es ella?
Me puse de pie; apresurado tomé las hojas y las puse de nuevo en la carpeta.
-Papá-levantó su mirada.
-¿Sí?
-¿Quién es ella?-suspiré.
Me senté de nuevo a su lado, y miré el contenido de la carpeta un momento, sin poder contestar. Respiré hondo, estiré mi brazo hacia la foto, y ella me dejó tomarla. La sostuve entre mis manos mirándola fijamente, y mis ojos poco a poco comenzaron a humedecerse.
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El Negocio Perfecto
Romance"Y es en ese momento de sufrimiento y culpa donde ruegas a Dios que regrese el tiempo, mientras te arrepientes de haber entregado un ‹yo› cuando preguntaron qué era lo más importante en tu vida".
