Parte XLV (b)

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Parte XLV - Cont.

Hizo que nos acercáramos a la ventana de mi cuarto. Una vez allí, desenlazó su brazo del mío; se dirigió al arroyo, distante unos pasos, anudándose en la cintura el pañolón; y trayendo agua en el hueco de las manos juntas, se arrodilló a mis pies para dejarla caer sobre una cebolletita retoñada, diciéndome:

-Es una mata de azucenas de la montaña.

-¿Y la has sembrado ahí?

-Porque aquí...

-Ya lo sé, pero esperaba que lo hubieras olvidado.

-¿Olvidar? ¡Como es tan fácil olvidar! -me dijo sin levantarse ni mirarme.

Su cabellera rodaba destrenzada hasta el suelo, y el viento hacía que algunos de sus bucles tocaran las blancas mosquetas de un rosal inmediato.

-¿Pero no sabes por qué encontraste aquí el ramillete de azucenas?

-¿Cómo no lo he de saber? Porque ese día hubo quien supusiera que yo no quería volver a poner flores en su mesa.

-Mírame, María.

-¿Para qué? -respondió sin levantar los ojos de la matita, que parecía examinar con suma atención.

-Cada azucena que nazca aquí será un castigo cruel por un solo momento de duda. ¿Sabía yo acaso si era digno?... Vamos a sembrar tus azucenas lejos de este sitio.

Doblé una rodilla al frente de ella.

-¡No, señor! -me respondió alarmada y cubriendo la matica con entrambas manos.

Yo me volví a poner en pie; y cruzado de brazos esperaba a que ella terminara lo que hacía o fingía hacer. Trató de verme sin que yo lo notase, y rió al fin levantando el rostro lleno de recompensas por un instante de supuesta severidad, diciéndome:

-Conque muy bravo, ¿no? Voy a contarle, señor, para qué son todas las azucenas que dé la mata.

Al tratar de ponerse en pie, asida de la mano que yo le ofrecí, volvió a caer arrodillada, porque la detenían algunos cabellos enredados en las ramas del rosal: los separamos, y al sacudir ella la cabeza para arreglar la cabellera, sus miradas tenían una fascinación casi nueva. Apoyada en mi brazo, observó:

-Vámonos, que va a oscurecer.

-¿Para qué son las azucenas? -insistí al dirigirnos lentamente al corredor de la montaña.

-Ya sabes para qué servirán las rosas de la mata nueva que te mostré, ¿no?

-Sí.

-Pues las azucenas servirán para una cosa parecida.

-A ver.

-¿Te gustará encontrar en cada carta mía que recibas, un pedacito de las azucenas que dé?

-¡Ah! sí.

-Eso será como decirte muchas cosas que algunas veces no deben escribirse y que otras me costaría mucho trabajo expresar bien, porque no me has acabado de enseñar lo necesario para que mis cartas vayan bien puestas... También es cierto...

-¿Qué es cierto?

-Que ambos tenemos la culpa.





La Historia de María y EfraínWhere stories live. Discover now