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Oía los pasos de Johnny resonando en el metal, los cuales se detuvieron en seco de repente. Ludwig continuó su ascensión, pensando que quizás algo malo le había ocurrido a su compañero. Pero no fue así, desafortunadamente. Johnny estaba de pie en la entrada del piso 11, esperándolo. Le tomó la mano.

“No es nada personal. Lo tomaré de la mano así sabe que viene conmigo y no intentan hacerle nada. Ya sabe, aquí residen los peores casos de la plaga. En muchos casos la fiebre los ha enloquecido y con los pelos erizados como una fiera suelen atacar a quienes no conocen”.

Ludwig se dejó guiar por el hombrecito y su mano rechoncha. Las paredes despedían lobreguez a través del aire enrarecido que allí se respiraba. No era fétido como el del piso sexto, tampoco nauseabundo como en el baño. Era un olor espeso y agrio, como combustible. Sin embargo, no preguntó nada a Johnny. Tres corpulentos hombres de ojos saltones y risa frenética que cruzaron a su lado lo hicieron desistir de la idea. Johnny los saludó cordialmente, pero los hombres lo miraron un segundo y lo empujaron para proseguir su camino. Se perdieron escaleras arriba entre el eco de sus pasos sobre el metal. ¡Maldita sea! Pensó Ludwig. Los hombres iban al piso doce. Con algo de suerte los tendría de vecinos. ¡Adiós a tener una conversación con alguien en mi situación! Se dijo con tristeza.

Llegaron al cuarto de La Manca, donde una nube gris de humo salía y se dispersaba por todo el pasillo. Ludwig recordó el aire espeso y agrio de inmediato. La puerta estaba abierta, pero una cortina de caña impedía la visión hacia el interior donde se oía una charla a los gritos. Johnny golpeó la puerta tres veces con suavidad. Dentro, las voces se silenciaron de inmediato. Se escuchó el correr de una silla, unos pies en sandalias destruidas arrastrándose por el piso en dirección a ellos. Un ojo apareció desde una hendidura de la cortina, intentando observar por completo la escena exterior.

“¿Quién es?” Dijo una voz joven desde la cortina.

“¿Está La Manca? Soy Johnny”

La cortina se abrió un segundo, y el joven que los atendió les hizo señas para que entraran rápido. Ludwig y Johnny se esfumaron detrás del choque de las cañas.

Ludwig: El encierroWhere stories live. Discover now