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“¿Hay un baño?” Preguntó Ludwig a Johnny. El hombrecito, contento nuevamente de servir de ayuda, señaló una puerta inmediata del lado derecho. Ludwig la abrió, el olor nauseabundo en el ambiente era denso, pero no estaba en posición de pedir lujos. Era un lugar público y hasta hacía no mucho tiempo ese lugar había sido una cárcel, ¿qué otra cosa mejor se puede pedir? Se le ocurrió que lo más útil habría sido orinar desde las escaleras, todo ese lugar no era muy distinto al baño.

Las paredes descascaradas y malolientes de humedad y hongos no hacían sino acrecentar su mareo, y salió del baño tambaleándose, de nuevo con náuseas y una irrefrenable necesidad de vomitar.

Johnny lo tomó del brazo y lo ayudó a acomodarse con unas palmaditas en su espalda. Ludwig lanzó un charco de su espeso vómito caliente como una sopa de caldo con pequeños trozos de papas, cebollas y cabellos de ángel.

“Pero, ¿qué comió allí dentro?” Dijo Johnny intentando alegrar a Ludwig. Pero a Ludwig le pareció que no era el momento de oír bromas así que no le contestó nada mientras permanecía de rodillas en el suelo y frotando su estómago.

Sentía que dentro suyo algo viscoso se movía, como con vida propia, como el ala de la historia de aquel vagabundo. Quizás habría de ser un síntoma de la enfermedad.

“Johnny, ¿sabes de alguna enferma o doctor?”

“¿Por aquí?”

“Desde luego.”

“Me parece que no es posible, los doctores sólo atienden a los pacientes en sus respectivos dormitorios. ¿Sabe algo? Si usted llegase a su cuarto como me lo propuso desde un principio, ya estaría usted en su cama, yo de regreso a mi tarea, y no tendría más que apretar un botón para que lo atienda un doctor o una enfermera, de acuerdo a los botones que utilice”.

“Sí… Bueno. Pero necesito algo que me calme estos dolores. Son espasmos, ¿sabe lo que son?”

“Por supuesto que sé lo que son los espasmos. He leído varios diccionarios durante mis años de estudiante secundario, incluso varios a la vez. Claro que muchas veces me costaba sostener los diferentes argumentos, ya sabe, recordar sus abreviaturas particulares o sus medidas de peso, algunas de estas medidas eran en pesetas y yo tenía que consultar con el precio de las monedas internacionales para evitar que el vendedor de diccionarios me estafe. Una vez lo hizo. Tuve que enloquecer y darle setenta y siete puñaladas por la espalda. ¿Nada mal para alguien de mi tamaño, verdad? Por eso fue que me dieron veinticinco años en esta prisión. Y por cobarde me dieron un año más. Pero como salí en libertad condicional, no pudieron hacer nada para privarme de mi libertad”.

“Entonces usted conoce bien este lugar”.

“Así es, colega”. Milagrosamente esta vez Johnny no tuvo nada que agregar.

“Muy bien, entonces debe saber hacia dónde concurrir si a usted, por ejemplo, le duele la cabeza”.

“Desde luego, hay un botiquín muy bueno disponible en el onceavo piso. Le dicen La Manca y es muy buena con los recién llegados. Aunque sus precios no son muy accesibles. Dígame, ¿lleva algo de valor encima? ¿Joyas? ¿Dinero?”

Ludwig negó moviendo la cabeza.

“Muy bien, perfecto. Así evitará que le roben. El piso once es un lugar muy peligroso, es lo que se conoce como La Tumba. Los peores casos de la plaga están allí. También algunos engendros que fingen la enfermedad para refugiarse alrededor de La Manca. No sé muy bien por qué le dicen así, hay muchos rumores. Algunos dicen que suele cortar las manos de quienes la ofenden, otros creen que es un apodo irónico dada su habilidad para las estafas, la más oída es que le falta una mano y tiene una prótesis de goma muy similar a una mano real. Yo no puedo confirmar siquiera esta última ya que siempre lleva un par de guantes negros y ridículos que le ocultan estos detalles. Pero venga que lo llevaré con ella para que usted olvide estos dolores”.

¿A dónde me está llevando ahora? Pensó Ludwig, irónico y confundido al pensar que quizás pueda conseguir algo no muy legal para curar ese dolor. No era lo que buscaba sin embargo, pero sus intestinos volvieron a estrujarse por el movimiento interno e involuntario y se dobló por el dolor.

No había que pensar demasiado, dolía suficiente. Apresurado siguió a Johnny por las escaleras, quien ya se había esfumado hacia arriba.

Ludwig: El encierroWhere stories live. Discover now