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“Muy bien”. Dijo Ludwig, impresionado por el relato, pero no contento por saber algo que él consideraba muy importante. “¿Y cuándo le descubrieron la plaga?”

“¿La plaga?” El anciano lo miró desconcertado. “¿Qué plaga, muchacho? ¿Estás mal de la cabeza? En mi historia no mencioné ninguna plaga”.

“Por eso mismo. Porque no la mencionó sin embargo usted está aquí, ¿verdad?”

“¿Qué seguridad tengo de mi existencia en este plano, en esta dimensión?” Preguntó el viejo, y remató en tono lastimero. “Yo soy un nadie.”

Ludwig desistió, enfadado por el discurso de víctima del anciano y su senilidad engañosa que no supo detectar a tiempo. Así es, senilidad, pensaba Ludwig, mientras se ponía de pie normalmente, su pierna ya estaba flexible como antes. Aún tenía el pequeño bulto y eso le inquietaba un poco, pero sin lugar a dudas debía ser un estadio primario del virus. Debía llegar a su habitación lo antes posible, allí seguramente encontraría una manera de comunicarse con un doctor o una enfermera, o al menos de descansar unas horas alejado de aquellos extraños lunáticos con quienes tenía la sorpresa de compartir la plaga.

Cruzó la sala de estar, interrumpió un segundo la visión de algunos zombis en su camino y recibió unas miradas penetrantes llenas de muerte y odio, como un perro salvaje al que amenazan con quitarle la comida. Cuando llegó al extremo de la habitación cruzó otra puerta blanca y desvencijada, chirriante igual a la anterior, y se encontró de golpe con Johnny Treshechos.

“Veo que encontraste entretenimiento”. Dijo burlonamente. “Pero apresurémonos, seguramente deseas descansar en tu habitación de una buena vez. Quizás elijas sencillamente cerrar los ojos hasta tener un hermoso sueño, quizás hagas algunos ejercicios respiratorios para entrar en trance y descansar a tu manera, o tal vez desees algunas revistas pornográficas con las que alimentar tus fantasías oníricas. He escuchado que cierta gente ha desarrollado técnicas para controlar sus sueños a voluntad, y así permitirse vivir experiencias que en la vigilia serían incapaces de cumplir. Tal vez cierta gente haga esto por orgullo, o por aburrimiento, o porque simplemente puede hacerlo.”

“Eres un ser insoportable”. Dijo Ludwig cortando esa disertación inútil. Lo apartó de un suave empujón y subió las escaleras una vez más. Apresurado, irritado por el comportamiento extraño e infantil de todos los presentes. No podía ser que nadie hablase de la plaga o que no hubiese información suficiente. No quería pensar en ello, era extraño y perturbador. Se detuvo unos segundos en el descanso de la escalera, a tomar un poco de aire, mientras oía pasos sobre la escalera metálica, allá abajo, confirmando la presencia de Johnny.

“Espérame, impío”.

Ludwig apretó el paso, con la mirada hacia arriba, pero las paredes se elevaban hacia el infinito, el piso 12 le parecía inalcanzable, y un vértigo repentino se apoderó de él. Se detuvo y se agachó, con una mano en su boca y otra en sus ojos. Debieron ser las inyecciones, que no surtieron el efecto deseado con su fiebre.

Johnny Treshechos estaba delante de él cuando finalmente se puso de pie. Caminaba despacio y susurraba.

“Estamos en el piso de los durmientes. No hagas ruido.”

“¿Los durmientes?” Susurró Ludwig a su compañero.

“Shhhhh…” Johnny lo miró enojado, pero enseguida regresó a su paso lento y torpe. Ludwig lo siguió imitando su andar, intentando no hacer ruido con las alpargatas de plástico sobre las escaleras metálicas. Cuando llegaron al séptimo piso, Ludwig se detuvo a contemplar a través del pasillo. Vio con asombro que no había habitaciones, sino una interminable hilera de camas blancas con pacientes inconscientes. Tal vez en algún estado de coma, supuso Ludwig tras atisbar un pequeño electrocardiograma a un costado. Tal vez…

Johnny Treshechos lo arrastró de regreso hacia las escaleras, de nuevo con el rostro fruncido en una mueca de disgusto. Lo llevó hacia arriba, y en el descanso siguiente se detuvo en seco y clavó sus ojos en Ludwig con toda la seriedad que le era posible.

“Usted es un tipo realmente irresponsable. ¿Por qué no usa la cabeza?”

Ludwig, realmente molesto, siguió avanzando hacia el piso 12 por la misma escalera, sin hacerle caso al hombrecito.

“¡Espéreme!” Decía Johnny Treshechos desde abajo. “¡Tengo que hablarle acerca del piso octavo!”

Ludwig siguió por las escaleras, aún fingiendo no oír al molesto compañero que ya había regresado a su lado. A Ludwig lo sorprendió ver repentinamente tan blanco, como si de caricatura de cerdo se hubiese convertido en el Hombre, ese antagonista de la Pantera Rosa. Claro que le faltaría el bigote. Ludwig se echó unas carcajadas disimuladas ante esta idea. Johnny Treshechos con bigotes sería una imagen grotesca.

“Quiero que sepas que lo que viste en el piso anterior no es lo que parece”. Otra vez con ese tema, pensó Ludwig.

Pero no se quedó a oírlo, sino que siguió con su marcha, aunque tomándose un desvío. Tenía unas terribles ganas de orinar, y se venía aguantando tanto que ya no podía dar un paso más sin sentir que la orina ya se acumulaba en su escroto y amenazaba con hacerle estallar toda su fertilidad.

Ludwig: El encierroWhere stories live. Discover now