A duras penas logró llegar al siguiente piso, llevando tras de sí tanto su pierna como a su nuevo amigo. Sin embargo un cartel le interrumpió proseguir. ¡PELIGRO! ¡DERRUMBE! Decía sencillamente imposibilitando el paso. “No te preocupes, hay otra escalera en el otro extremo de este piso”. Le dijo Johnny abriéndose paso a través de él y encaminándose por el pasillo del séptimo piso. Ludwig lo siguió con la mirada mientras intentaba medir los riesgos que corría si decidía seguirlo. Como no encontró a nadie con quien discutir sus pensamientos, comenzó a seguirlo con paso firme.
Johnny atravesó una puerta blanca que cubría el pasillo por completo. La puerta rechinó y luego cruzó Ludwig.
“¡Bienvenido al CC!” Anunció Johnny señalando con un ademán el resto de la habitación. El pasillo se había transformado en una amplia sala de estar donde muebles sucios y sofás deshilachados servían de sustento para un numeroso grupo de individuos. Todos estaban pálidos, muy diferentes al tono rosáceo del cutis de Johnny, y hablaban en murmullos, entre toses y flema. Ludwig se asustó, eran los claros síntomas de la peste. Pese a su temor al contagio, mecánicamente estrechó la mano con cordialidad a uno de los allí presentes. Para mayor desagrado de Ludwig, el individuo era un hombre viejo y andrajoso, barbudo y maloliente, vestido con el camisón que incluso Ludwig usaba, pero con un sobretodo encima que le daba un aspecto de vagabundo de las películas.
Pese a que Ludwig se caracterizaba por ser una persona cortés, no pudo evitar hacer una mueca mientras le estrechaba la mano al viejo. El viejo lo correspondió con un guiño irónico, como si hubiese respondido a una alabanza. Lo invitó a sentarse con él, en una mesa de plástico rojo con un agujero en el medio, de espaldas a un televisor cubierto de tierra y telarañas, en el fondo de la habitación.
Todos permanecían pendientes de las imágenes que se reproducían en la pantalla, como zombis viendo esquemas de cerebros, uno tras otro. Ludwig notó que en algunos de ellos un hilillo de baba fluía continuamente de su boca. Sus ojos mongólicos, aunque muertos, estaban clavados en la imagen cambiante.
El viejo, en una silla de mimbre y caña, los señaló con desprecio y dijo a Ludwig “Han elegido la muerte cuando no tenían otra cosa para elegir”. El tono cómplice y un invisible carisma flotaron por la habitación y Ludwig casi olvidó por completo el aspecto mugriento de su interlocutor. Buscó a Johnny distraídamente con la mirada, pero había desaparecido. Lo que había regresado eran las sensaciones en su pierna, la cual si bien no dejaba de latirle, ahora podía moverla un poco. Notó también que tenía un pequeño bulto a la altura de su pantorrilla. Lo palpó con cuidado, sintiendo entre su carne una viscosidad como un quiste que había crecido repentinamente.
“Yo mejor dejaría tranquilo eso” Interrumpió el anciano.
“¿Lo cree?” Preguntó Ludwig irónicamente.
“No me cabe duda”. El anciano le hizo otro guiño. “No me cabe duda que es un mal presagio”.
“¡Maravillosos poderes deductivos!” Exclamó Ludwig, sarcástico. Pero el anciano, que era una persona bastante simple, no notó el comentario cruel de Ludwig y se vanaglorió en lugar de callarse.
“Vea usted” Dijo a Ludwig mientras se revolvía en su silla, inquieto como un niño que ha encontrado público a quien narrarle sus aventuras. “Usted puede notar por mi vestimenta —me refiero a este sobretodo que conservo de mi vida en el exterior— que no soy lo que se conoce como un tipo afortunado. Sin embargo, como todos en este lugar, usted está dispuesto a escucharme en este momento por motivos más allá de su propia razón. No tengo nada para ofrecer sin embargo y todos quedan pendientes de mis palabras. No es, sin duda, por lo que yo soy —un desafortunado, un miserable, un nadie— sino por lo que yo considero mi posesión más preciada. Esta zapatilla en mi pie derecho.”
Y para confirmar sus palabras levantó su pie y lo colocó frente a los ojos de Ludwig.
