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“¿Veinte años?” interrumpió Ludwig de un salto y un poco incrédulo ante su interlocutor. “Hace veinte años esto era una prisión y no existía la plaga”.

Johnny Treshechos lo miró con ironía. “Discúlpeme pero usted es un recién llegado, y no sabe nada de nada. No se atreva a cuestionar mis medidas de tiempo, ya que es lo único que me ha permitido conservar la calma en estos largos años de tratamiento.”

Ludwig guardó silencio mientras Johnny estudiaba la tarjeta con detenimiento a la vez que murmuraba “sector último… sector último” como si se tratase de un conjuro que no causaba ningún efecto.

De repente Johnny se detuvo y clavó una mirada seria a Ludwig.

“¿No piensa ir a su cuarto?” preguntó el hombrecito. “Me encantaría.” Dijo Ludwig concentrado en su pierna. “Bueno. Pero yo no pienso llevarlo” dijo Johnny. “Está bien, tampoco lo deseaba” dijo Ludwig cortante. Johnny se lamentó por la brusquedad de su primer comentario y le pidió disculpas a Ludwig. “Sepa que yo sólo estoy aquí para dar indicaciones. No soy un botones y esto no es un hotel.”

“Está bien, lo entiendo”.

“Pero déjeme ayudarlo, veamos cómo puede llegar usted allí. Ummm… primero podría utilizar el ascensor, el cual realmente está averiado hace tiempo; pero si usted lo desea puede dejarme una queja ahora y yo en el acto se la enviaré a la secretaria, le aseguro que no tardará en venir alguien a reparar el elevador. Por otra parte, si usted no quiere esperar puede continuar por las escaleras a mi derecha, pero le aseguro que la infraestructura no es muy estable con los años, y varias personas han caído ya por huecos que se forman en los peldaños. Además tendría que enfrentarse con los mongómanos, especies de mentirosos compulsivos que se ponen a fabular frente al primer individuo que ven llegar al piso. En última instancia si usted desea llegar podría desmaterializarse y atravesar los espacios de éter para encontrar rápidamente su camino.”

Ludwig lo miró con desconfianza, algo no le agradaba en ese tipo. Gesticulaba exageradamente y sus discursos parecían carecer de todo sentido, o tal vez tenían más de uno. Quizás el encierro le cruzó los cables, pensó Ludwig y se serenó. Sí, debía ser eso, el tipo estaba trastornado del encierro. Ludwig una vez conoció a un hombre que había estado siete años encerrado en el sótano de la casa de sus padres. Cuando lo conoció, el tipo irradiaba una energía siniestra, como la que emanan ciertas criaturas que viven en lo profundo de la tierra o del mar. También gesticulaba como Johnny, pero su discurso era más vago, como si el trastorno lo hubiese llevado al silencio. Era una especie de retraso el que se gestaba en estas estadías en el encierro, como si el cerebro de repente comenzara a regresar en el tiempo a una etapa primitiva, a la vez que permitiese el crecer del pelo y las uñas en el cuerpo del enfermo.

Pero esta enfermedad no parecía tener nada que ver con la plaga que lo había conducido hasta allí.

Se le ocurrió la idea de que por algún motivo la plaga, el virus de la plaga, corrompía el sistema neurológico y creaba esta enfermedad. Como en ciertos casos agudos de meningitis, o en la fase Terminal de un cáncer, la mente parece desdoblarse del cuerpo y mientras el enfermo dice una sarta de idioteces el cerebro se hace puré dentro del propio cráneo. Tal vez por un intenso calor que precede a la muerte. Tal vez un calor proveniente de las llamas del Infierno, el único Más Allá que existe.

Ludwig abandonó estas cavilaciones y con su pierna tiesa se movió hasta las escaleras.

“Señor, ¿no querrá ayuda con los mongómanos?” Preguntó tímidamente Johnny.

“No creo que sea necesario”. Dijo Ludwig con una sonrisa. “Verá, mi amigo, esto es un hospital y no creo que sea muy desafiante el llegar hasta mi habitación”.

Johnny Treshechos lo miró, ofendido.

“No se enoje, Johnny. Lamento estar de mal humor pero mi pierna me está incomodando y preocupando a la vez”. Johnny observó la pierna de Ludwig por primera vez.

“No se ve bien”. Diagnosticó el hombrecito. “Tal vez sea buena idea que vea a un médico”.

“¿De qué habla? El Doctor Sadius me atendió en la sala de esterilización y esto es un efecto secundario de la droga que utilizó”.

Johnny lo miró con desconfianza.

“¿Droga? Pero si la esterilización no es más que una inmersión en cera caliente en baño maría. Duele mucho, eso es cierto, pero no es ninguna droga. Y mucho menos un motivo para que no pueda mover su pierna”.

Ludwig se quedó en silencio, meditando sobre estas palabras. Johnny podría estar mintiendo, después de todo parecía un caso patológico. La inmersión en cera caliente le pareció una invención propia de una mente delirante.

“Hay tres maneras de sumergir a la gente en cera caliente por su propia voluntad. ¡Siempre las ha habido! Lo más sencillo es aporrearles el cráneo hasta dejarlos inconscientes sobre el suelo, y, una vez así, fácilmente pueden ser esterilizados por una sola persona; dos o más si la persona es corpulenta. La segunda manera es con la amenaza siempre eficaz de un revólver apuntando hacia su zona genital. El individuo, sea del sexo que sea, gemirá que hará cualquier cosa con tal de que no le arrebaten el sexo y acabará sumergiéndose por completo en la cera. Cualquier evolucionista sabe que la pérdida de los genitales es lo el máximo castigo para nuestra especie de homínidos. La última manera, la que me hicieron a mí y la más eficaz en todo sus aspectos, consiste en que un valor muy preciado por el individuo sea puesto sobre la cera caliente. El individuo dará su propia vida por este valor tan preciado que puede ser un televisor, un trofeo, o, en mi caso, un cuadro propio. Thad Beaumont solía afirmar que el mundo gira sobre un palo, pero el ser humano jamás podrá deshacerse de los bienes materiales. Decía que allí mora su última señal de identidad y que estas cosas materiales a las que puede aferrarse son más importantes para uno que las ideas de nación, familia, lealtad o amor.”

Ludwig era incapaz de hacer callar a Johnny, le resultaba molesto, pero lo único que quería hacer ahora era subir por las escaleras y llegar a su habitación.  Así lo hizo. Puso un pie sobre un peldaño y comenzó a ascender lentamente. Desgraciadamente, tras de sí continuaba el monólogo, y eso significaba sin lugar a dudas que Johnny Treshechos lo acompañaba.

Ludwig: El encierroWhere stories live. Discover now