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Uno de los planes de emergencia del Control de Epidemias era, en un caso como este, declarar Inocentes a todos los reos y ocupar las prisiones con las víctimas de la peste. Ludwig se alegró porque pensó que allí al menos no tendría problemas con la delincuencia. Los doctores lo condujeron hasta una verja eléctrica, la cual cruzó y se cerró detrás de él. Luego regresaron a la camioneta deprisa y la pusieron en marcha. Ludwig miró a su alrededor, vio una única puerta en el extremo del pasillo en que se encontraba. Cruzó el patio gris de cemento, manchado por sangre de algún puntazo que jamás ocurrió, quebrado en algún sitio que nadie nunca pisó, con las moscas aún zumbando a su alrededor.

Entró apresurado, cerrando la puerta tras él. Una secretaria pelirroja con un peinado extremadamente alto lo miró. “¡Oh! ¡Es usted!” Dijo, fingiendo sorpresa.

Ludwig se acercó con una sonrisa, aún cubierto de sudor y temblando. La mujer señaló una puerta a su izquierda. “Vaya por ahí. Es la sala de esterilización.”

Mareado y sujetándose de las paredes Ludwig hizo los pocos pasos que lo conducían hasta la sala, mirando de reojo a la secretaria.

¿Por qué no me ayudará? Se preguntó. Porque es una secretaria de mierda… Se respondió. Porque todo este lugar es una porquería. Ni siquiera enfermeras hay, pusieron a una secretaria.

Y mientras la seguía observando de reojo vio que la secretaria tenía un extraño tumor en su sien derecha, el cual palpitaba rítmicamente pero amenazante, como si en cualquier momento quisiese estallar. Notó también que su oreja había sido extirpada, la cicatriz reciente de un bisturí lo convenció. Desvió la mirada y entró en la sala de esterilización.

Ludwig: El encierroWhere stories live. Discover now