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Tenía un logotipo en un costado, eran dos serpientes entrecruzadas alrededor de una espada que apuntaba hacia abajo. Ludwig alcanzó a leer “Control de Epidemias”, y más abajo, “Unidad de Contención”. Había una dirección debajo pero no alcanzó a leerla. Con un poco de brusquedad los doctores lo empujaron al interior del vehículo, pero Ludwig se vio obligado a guardar silencio, incapaz de hacer comentarios.

A través de una ventanilla polarizada Ludwig pudo ver la calle y el edificio donde él vivía desvaneciéndose tras de sí. Doblaron en la esquina, hacia las afueras de la ciudad.

Ludwig vio a un muchacho corriendo mientras un oficial de policía efectuaba disparos a quemarropa; vio tumultuosas multitudes apostadas en las esquinas, un vendedor ambulante gritando sus ofertas al aire, un perro con una pata quebrada cruzando la calle… Y en todos los muros disponibles, afiches amarillos con grandes letras rojas que gritaban: EPIDEMIA. Y, a su lado e igual de grande, un dibujo del parásito microscópico que atemorizaba tanto a niños como adultos.

El cuco ya no vivía bajo la cama o en el ropero, había descendido por toda la ciudad y el único seguro que podían ofrecer los padres era un barbijo descartable, pero inútil. Las crisis económicas, el alto índice de desempleo, poco importaban estos hechos para aquellos que veían desaparecer sus esfuerzos en un túnel gris de toses y flema.

Ludwig no sabía mucho más sobre la enfermedad que lo que decía la televisión. Según el aparato, la enfermedad podía ser mortal o al menos crónica, y la única salida: una estadía en uno de los centros especialmente creados para su tratamiento. Hacía dos semanas que la plaga se había desatado, a las pocas horas ya era ley nacional aplicarse todas las vacunas correspondientes quienes estuviesen sanos y la detención en los CC para los enfermos era obligación. El Estado había actuado rápido, gastando millones en prevención y propaganda, y con la ayuda del pueblo todos los infectados fueron rápidamente identificados y reubicados en los CC. Esas eran todas las noticias disponibles para el público y aunque todo el tiempo surgían teorías paranoicas sobre el origen de la enfermedad y su propagación, nadie estaba seguro de nada. Ludwig, tampoco.

De hecho no había tenido muy en cuenta todo ese asunto de la peste hasta el preciso momento en que la camioneta que lo transportaba abandonó la ciudad.

Los campos estaban amarillentos, las cosechas descuidadas y el ganado muerto y disperso en todas direcciones, cubiertos de enormes larvas y moscas verdes cuyo zumbido podía oírse incluso dentro de la camioneta. Ludwig se inquietó por el ruido molesto de esas nubes oscuras de insectos, no sólo se las oía volar sino incluso frotarse sus inmundas patas, posarse sobre un cadáver y derramar su baba sobre la superficie para degradar su alimento.

A través de una pequeña ventana que lo comunicaba con la cabina vio a los doctores intentando silenciar ese zumbido continuo con el estéreo, pero sólo encontraban estática y decidieron apagarla.

En ese silencio zumbante llegaron al CC. Desde afuera se podía notar que hasta no hacía mucho tiempo había sido una cárcel. En ese momento Ludwig comprendió el por qué del aumento de la delincuencia. 

Ludwig: El encierroWhere stories live. Discover now