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“Ludwig, llamé unos doctores para que te revisen. Por tus síntomas me parece que van a ser necesarios”.

Sin tiempo para réplicas, los doctores empujaron a El Cejo y forzaron la puerta. Ludwig los observó desde su posición, llevaban trajes blancos que se adherían a su piel y un barbijo que se extendía en forma de capirote sobre sus cabezas. Uno de ellos llevaba una especie de contador Geiger y lo paseaba por todo el cuarto de baño.

“Del dormitorio al baño 200” Dijo a sus compañeros. “Pero acá hay más de 5.000”.

“Esterilicen todo, revisen al que llamó para ver si no está infectado también”.

El primer doctor salió de la habitación, los dos que quedaron se miraron entre ellos, luego miraron a Ludwig y recitaron en un tono frío “Somos el Control de Epidemias. Su compañero nos alertó sobre su enfermedad. No se alarme, vamos a llevarlo a uno de nuestros centros especiales. Va a recuperarse rápido siempre y cuando usted desee recuperarse. Desde ahora, usted está, no lo olvide, infectado. Centro de Control de Epidemias.”

Empapado en sudor, con la cabeza apoyada sobre la pared y los ojos colgando, la idea de resistirse era inútil. Infectado… Infectado… se repitió Ludwig una y otra vez, mientras lo cubrían con lubricantes de petróleo y lo sacaban de su departamento para subirlo a una impecable camioneta blanca. 

Ludwig: El encierroWhere stories live. Discover now