Parte 3: No te olvides de mi celular

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Al día siguiente era lunes. Salí por la mañana corriendo de mi departamento hasta el carro para no tener que ver al desconocido, o ahora conocido de alguna forma, Nate. El ya no estaba, lo sabía porque su carro no estaba en el parqueo.

Fui todo el camino al colegio en silencio. Mi madre solo me miraba por momentos y luego seguía en el camino. Quería llegar al colegio y contarle a Ali y a Karla todo lo que había pasado, que ya parecía tan lejano. Tenía un montón de pensamientos, y entre esos que quería de vuelta mi celular.

Cuando llegamos me despedí de mi madre y entré casi corriendo, alcancé a ver a Ali, que siempre llegaba temprano y repasaba la materia del día anterior, o de la semana anterior. Pero esta vez Ali estaba reunida con otras chicas, parecía un buen chisme. Cuando me iba acercando Ali me vió y caminó hacia mí.

- Te tengo un chisme. Dijo emocionada.

Cada vez que pasaba algo increíble lo primero que decíamos era esa frase. A veces parecía competencia de quien tenía el mejor chisme.

- Habla. Dije

- Recuerdas que Elisa, la de arte, no ha venido por casi dos semanas?

- Sí.

- Está embarazada! Sus padres la mandaron a un hogar de chicas con ese tipo de casos.

- Cállate!

En ese punto, el gran chisme del día, las opiniones y apuestas sobre quién era el padre, pasaron a ser el tema del día y olvidé que yo también tenía un chisme.

Al final del día regresé a Lakeville. Los lunes ni viernes tenía tenis.

La tarde pareció larga, especialmente porque tenía un deber de matemáticas que parecía interminable.

Antes de que anochezca salí a pasear en bicicleta casi como todos los lunes que no tenía tenis y me desocupaba de mis deberes temprano.

Mientras me alejaba de mi edificio, ví la luz del cuarto de Nate prendida, pero las cortinas no dejaban ver por dentro.

Había soñado lo del día anterior? Me preguntaba. Pero luego recordé

– Mi celular – dije en voz baja.

Mientras seguía andando pensaba en como iba a pedirle a Nate mi celular. Lo necesitaba. Ni si quiera había podido decirle a Ali y a Karla que no me escriban porque no lo podría leer.

Cuando ya regresaba de mi paseo se me ocurrió dejarle una nota. Entré a mi departamento agarré una hoja y un lápiz y escribí – hola, no te olvides de mi celular – Decidí no escribir mi nombre al final, porque no creía que le había arrollado el celular también a otra persona.

Subí dos pisos por la escalera de emergencia por sea caso Nate salga por el ascensor y nos encontremos. Llegué a su puerta y en el momento que pasaba la nota por debajo, Nate abrió la puerta. Yo seguí unos segundos agachada.

- Y esa nota? Dijo

- Necesito mi celular. Cogí la nota con nervios y se la dí.

- "Hola, no te olvides de mi celular". Leyó en voz alta

- Claro que no me olvido. Ese día quería darte uno hasta que tenga el tuyo pero te fuiste.

- Sí, tenía cosas que hacer. - Dije segura

- A las 11 de la noche?

- Sí

Mientras le respondía entró a su departamento.

- Pasa, ya tengo tu nuevo celular. Y sonrió

Por un momento dudé. No era miedo, pero no quería que vuelva a pasar algo. A pesar de que mi subconciente lo quería.

Entré y le dije parada junto al mueble de la sala – Te espero aquí –

El hizo una mueca y se dirigió al pasillo y a su cuarto.

Había una luz prendida, la del comedor junto a la sala, pero aún así estaba un poco oscuro. Habían unas fotos en la mesa del centro de la sala, eran Nate y sus padres, y en la otra parecía Nate de pequeño. Era extraño que un hombre de su edad siga viviendo con sus padres. En ese momento me pregunté donde estaban. Me di cuenta que en los seis meses que vivíamos en Lakeville los había visto máximo tres veces. Tal vez no vivían allí y solo visitaban a Nate.

- Regresé – dijo sosteniendo una caja en sus manos.

- Es eso? Dije

- Sí, del mismo color que tenías. Me aseguré ese día de ver el color a pesar de que estaba arrollado.

- Gracias. Dije.

Seguí parada un rato. No se porque no podía moverme.

El se dirigio a la cocina y preguntó si quería algo de tomar. Negué con la cabeza y entró a la cocina. Al minuto salió.

- Perdón por arrollar tu celular, espero que no sea problema pasar tu información al nuevo.

Seguía parada pero decidí sentarme en el mueble.

- No es problema, solo tengo que conectarlo a mi computadora y la información vuelve.

- Que tiempos. A tu edad tenía un celular con opción a llamadas y mensajes, no había más. Dijo sentándose en una silla frente a mí.

Me quedé callada. No podía dejar de pensar en él. En sus manos. En su boca. Tal vez el notó mi silencio.

- Eres guapa Claudine. - Dijo

Su cara cambió. Ya no sonreía. Se paró, se puso frente a mí y me besó lentamente. Agarró mis manos con las suyas. Mis manos sudaban pero no me importaba. Se sentó y me puso encima de él. ¿Qué estaba haciendo? ¿por qué me atraía tanto este extraño?

Entre besos y caricias me preguntó – Eres virgen?

Asentí y dijo – Me gusta eso.

Mi último novio solo había llegado a segunda base. Tal vez esa fue una de las razones por las que necesitaba engañarme con otra.

- Cuantos años tienes? Le pregunté entre besos.

- 26. Dijo respirando rápido, y mi mente pensó "9 años mayor a mí"

- Y tu? Preguntó

- 17.

Unos minutos después de seguir con los besos, se sacó la camiseta. Yo paré de besarlo. Me miró y dijo – Tranquila.

Se acostó en el mueble y me acostó junto a él abrazándome. Mi corazón latía muy fuerte. ¿estaba empezando a sentir algo por este hombre de 26 años? Era un sentimiento extraño porque quería irme corriendo, pero mi cuerpo me pedía más.

Los siguientes minutos pasaron rápido. Nate se quedó dormido y yo me senté junto a él. Lo miré un rato y solo podía pensar que era el fin para mí. Podía sentir el problema que me traería sentir algo por él.

Para no seguir con los pensamientos que me atormentaban mientras lo miraba dormir, me paré y me fui en silencio para no levantarlo.

Los siguientes días pasaron lento. Vi a Nate una vez, era de mañana y me iba al colegio, nos miramos y saludamos como vecinos desconocidos. Tocaba saludarnos así porque mi madre estaba conmigo, y tal vez si no hubiera estado lo hubiera saludado igual.

El colegio empezaba a ponerse aburrido. Los chismes ya no me sorprendrían como antes. Tal vez porque en mi mente solo estaba Nathaniel.

No le había contado a nadie sobre él. A veces me preguntaba si realmente había pasado.  


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