Capítulo 40: De Vuelta a Casa, o Casi

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Había pasado acerca de cinco días en el hospital de O.LC.C.E.D. No sabía ni cuanto hacía que no pisaba la universidad, pero según el tal Eduard eso era trascendental. Shizoru se había despertado la misma tarde de la charla, según los médicos estaba mucho mejor que yo, y se recuperaría más fácilmente, dos días después ya lo sacaban dos veces al día a pasear y a estirar las alas. Le daban de comer unos purés muy raros, y muchas medicinas, aparte de leche, y me dieron una especie de cuaderno con las comidas que debía de tener, con qué frecuencia semanal y en cuantas cantidades, al parecer la leche y las proteínas eran mucho más importantes de lo que yo creía, al igual que su estricta dieta, cuando lo único que creo que había comido mi dragón eran los trozos que me sobraban de las comidas, y tal vez lo que el cazara en el patio trasero de mi casa, gatos y ratones probablemente, tal vez algún perro de pequeño tamaño.

Estaba apoyada en unas muletas mientras empacaba cosas en cajas. Mi hermano me ayudaba por un lado, Sword, claro, Kiko estaba tan mal psicológicamente como yo lo había estado físicamente hace apenas una semana. Solo me llevaría algo de ropa, mi mochila de la universidad, cosas como el ordenador o el móvil, peines, maquillaje, zapatos, un poco de dinero y algunos peluches con los que estaba especialmente encariñada.

-¿Ya está todo?-me preguntó Sword mientras cerraba una de las cajas.

-Sí, eso creo. Si necesito algo más me pasaré por aquí, no te preocupes-me levanté como pude del suelo. No podía cargar con las cajas por lo que solo me quedaba esperar a que él hiciera todo el trabajo.
Sword y yo hablábamos solo cuando la situación lo requería, todo se había hecho incómodo, triste y en cierto modo violento. Mis padres habían estado callados desde que llegué por la mañana, y ni si quiera se inmutaron cuando vieron a Shizoru pasar por la puerta, de hecho parecían llevar mejor la convivencia con dragones (dígase con Greeny) que el hecho de superar que su hija era una agente de una organización secreta y que acababan de ser raptados como rehenes a punto de morir.

-Creo que deberías hablar con ellos, os vendría bien a todos-dijo Sword casi leyendo mi mente, si realmente la hubiese leído sabría que lo que menos quería era tener que sincerarme con mis padres y hablar tan incómodamente con ellos, ¿no podíamos solo olvidar todo esto y ya?

Bajamos las escaleras, ambos al mismo ritmo, él por el peso de las cajas y yo por las muletas, si soy sincera siempre había sentido curiosidad por romperme un hueso y ver qué se sentía llevando muletas y todo eso, y sí, ya dolor es lo que se siente, pero era solo por vivir una experiencia que todo el mundo había vivido, aunque doliera. Nunca me había roto un hueso, pero desde luego que no pensé que fuera necesario dos secuestros, una fortaleza inaccesible, muchos contratiempos, dos organizaciones secretas y un dragón como una casa de grande para que aquello ocurriese, y ni eso porque roto, lo que se dice roto no tenía nada.

En la puerta estaban mis padres, y también Kiko, que tenía a le pequeño dragón verde en las manos.

-Supongo que ya te vas...-empezó mi madre, hablando tan bajito que me costó escuchar lo que decía.

-Sí, tengo que irme, por el bien de todos-una risa amarga le salió sin querer.

-Por el bien de todos sería que tú dejaras ese sitio en el que te has metido.

-No es tan fácil, no puedo dejarlo porque eso también significaría que me quitarían a Shizoru-entonces me di cuenta de que ellos no sabían su nombre-, a mi dragón-aclaré rápidamente.

-Creo que algo así era de esperar, siempre te gustaron mucho los animales, en especial los dragones, te gustaban más incluso que las personas-ahora fue mi padre-. Nosotros siempre deseamos que hubieses nacido en el tiempo en el que no existían los dragones, ¿recuerdas la primera vez que te encontraste con uno?-yo asentí-. Un día de lluvia y tú te avías escapado mientras visitábamos nuestro barco en el puerto de Málaga para comprobar su estado por las horribles tormentas que estaban ocurriendo durante ese otoño. Era una de las peores y tú solo te soltaste de la mano de tu madre y empezaste a correr. Nosotros estábamos muy despistados con nuestro barco como para fijarnos y aquél día, con tus cortos cuatro años, habías estado dando muchos problemas.

La Amiga del DragónWhere stories live. Discover now