Prólogo

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Agarré las últimas cosas que me quedaban para meter en la valija, la cerré y ya estaba por salir del cuarto, pero me detuve a mirar alrededor un rato. A pesar de estar feliz de volver a Buenos Aires, no podía evitar sentir algo de nostalgia. Había vivido gran parte de mi infancia acá y tenía muy buenos recuerdos.

—¡Milaaa! Bajá que se nos hace tarde —gritó mi mamá.

—¡Voooy! —le grité, secándome algunas lágrimas que se me habían escapado.

Nos estábamos volviendo a Buenos Aires. Hoy partíamos hacia mi ciudad natal, después de pasar nueve años viviendo en Uruguay con mis papás.

Estaba muy contenta de volver. Por un lado, sentía incertidumbre por lo que iba a pasar: nuevas personas, empezar la facultad... Bueno, supongo que es lo normal cuando te vas a vivir a otro lugar, ¿no?

Pero, por otro lado, estaba muy feliz. Iba a poder ver a mi hermano las veces que quisiera. Lo extrañaba muchísimo.

Igual, no me podía quejar. Él venía siempre que podía a Uruguay a visitarnos. Nosotros, por el trabajo de mi papá, no podíamos volver a Buenos Aires, así que siempre era él quien venía.

Ya en el avión, me puse los auriculares para escuchar un poco de música. No era un viaje pesado, más bien una hora, pero quería despejarme.

Lo que más me dolía era dejar a mi mejor amiga. Ayer nos despedimos y fue de lo más doloroso. Ella fue la primera persona que me abrió los brazos apenas llegué a Punta del Este. Sé que vamos a seguir en contacto, pero saber que no sé cuándo la voy a volver a ver me daba tristeza.

Y un poco de impotencia también, porque otra vez, por el trabajo de mi papá, nos teníamos que mudar. Sé que es por trabajo y que no lo hace por nosotros, pero otra vez tenía que volver a empezar. Y no sabía qué tan bien me caía eso.

Aterrizamos y fuimos a esperar las valijas, junto con todo el proceso que implica llegar al aeropuerto.

—¿Ya está por llegar el auto? —le pregunté a mi mamá. Quería llegar lo antes posible para ver a mi hermano.

—Sí, hija, en dos minutos llega —respondió mi mamá.

—Por fin, enana.

Escuché la voz de mi hermano y automáticamente me di vuelta.

—¡Alejiiiin!

Fui corriendo hacia él, que estaba con los brazos abiertos, y salté para que me agarrara. La emoción que tenía no la podía explicar.

—Lo que te extrañé no tiene sentido, enana —dijo mi hermano mientras giraba conmigo en brazos y me hacía cosquillas.

—No sabía que venías a buscarnos —le dije mientras me reía.

—Bueno, ¿y a nosotros no nos vas a saludar? —mi mamá lo miró con una sonrisa.

—¡Vengan para acá!

Nos abrazamos los cuatro y yo seguía como una garrapata agarrada a mi hermano.

Agarramos las valijas y nos fuimos para el auto de Alejo. Él vivía solo en un departamento en San Isidro. Sé que es una zona muy linda; no recuerdo mucho de Buenos Aires, pero por las fotos que me había mostrado Alejo, sabía que era precioso.

Nosotros íbamos a vivir a un par de cuadras de mi hermano. El trabajo que había conseguido mi papá le daba una casa cerca del lugar, porque cuando nos fuimos a Uruguay vendimos la casa que teníamos acá y, por ende, ya no teníamos dónde vivir.

Así que una cosa menos de la que preocuparnos. Y me ponía feliz pensar que íbamos a estar cerca de Alejo.

Durante el viaje nos pusimos al día y fuimos hablando hasta llegar a nuestra casa. Alejo ya sabía dónde era porque unos días antes de que volviéramos le habían dado la llave y había acomodado un poco la casa.

—Llegamos —dijo mi hermano.

Observé la casa. Era bastante grande y parecía bastante lujosa para lo que estábamos acostumbrados. No digo que tuviéramos una posición económica baja, pero tampoco éramos adinerados.

Tenía ladrillos a la vista, ventanales grandes, un cantero muy lindo en la entrada y se veía que tenía un jardín bastante amplio.

Entramos y había un recibidor. Después seguía el living, también muy amplio, con grandes sillones. Seguimos por la cocina, que tenía una isla grande y una barra tipo desayunador.

Fuimos a la parte de arriba. Había un baño completo y, de un lado, estaba la habitación de mis papás, también con su propio baño. Al lado había otro cuarto que parecía ser una oficina y, a continuación, estaba mi habitación.

Entré y había una cama de dos plazas, con muchos almohadones, como me gusta a mí. Seguramente había sido idea de Alejo. También había un escritorio, todo blanco, como también me gusta, y un vestidor con un baño.

Demasiado para mi gusto, pero no voy a mentir: me encantaba.

—Es muy linda la casa —le dije a mi hermano, que estaba atrás mío.

—Sí. Qué lindo tenerte acá.

Lo miré sonriendo.

—¡Ay, no me digas que estas fotos las colgaste vos!

Me di cuenta de que arriba del escritorio había una tira de fotos. Una con mis papás, otra con mi mejor amiga y dos más con Alejo.

Una era de cuando éramos chicos. Alejo me tenía a upa y los dos estábamos haciendo caras. Era mi foto preferida con él. La otra era más actual y él me tenía abrazada de atrás.

—Quería que tengas algo familiar en tu cuarto —me dijo mientras se acercaba.

—Sos lo mejor, Alejin. No sabés lo feliz que estoy de saber que estamos cerquita.

Lo abracé con todas mis fuerzas y él, como siempre, me frotó el puño en el pelo para despeinarme.

—¡Alejoo! Me despeinás, bobo —lo miré riéndome.

—¡Hace rato no lo hacía! Escuchame, este sábado juego. ¿Me vas a venir a ver?

Mi hermano jugaba al rugby, en Primera. Nunca lo había visto jugar, pero me encantaba ver rugby. Siempre veíamos partidos juntos cuando iba para Uruguay.

Podía verlo por la tele, pero habíamos prometido que la primera vez que lo viera jugar iba a ser en persona.

—Obviamente. No me lo pierdo por nada.

—Perfecto, enana. Te dejo así te acomodás. Yo me voy, que tengo que hacer un par de cosas.

—Dale, gracias, Alejin. Te amo.

—Yo más, enana.

Me dio un beso en la cabeza y se fue.

En cuanto se fue, me puse a ordenar el cuarto con mis cosas. Estaba un poco sensible porque todo era nuevo. No tenía a nadie conocido acá y era bastante tímida para socializar, pero bueno, todo a su tiempo.

Una vez que terminé de organizar todas mis cosas, vi que ya era de noche, así que bajé para ver si había algo para comer.

—Ma, ¿qué vamos a cenar?

Vi que ya estaba cocinando.

—Milanesa napolitana con papas fritas, ya casi está.

—¡Qué rico! Gracias.

Le agradecí porque era mi comida preferida. Sabía que la había hecho porque recién llegábamos.

—Hija, llamá a tu papá así cenamos —me dijo mientras ponía la mesa.

Llamé a mi papá, que estaba en la oficina de arriba acomodando todo lo de su trabajo, y en cuanto bajó cenamos.

Estuvimos hablando un rato. Somos unidos, pero estábamos un poco más distantes. Me llevaba mejor con mi mamá que con mi papá; él era bastante cortante y frío.

Terminé de comer y me fui para mi cuarto.

Ya estaba cansada por el viaje, así que apenas me tiré en la cama, quedé rendida y me dormí.

Sin saber que, al día siguiente, iba a empezar una etapa completamente nueva de mi vida.

¡Holaaa! Estoy muy feliz de publicar mi primera historia. Espero le den mucho amor y me cuenten que opinan! Nos vemos en el siguiente capítulo! 🫶🏻

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⏰ Last updated: Oct 03 ⏰

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