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Corre, Katerina.
No pienses más, corre, no pares, no mires atrás, no te distraigas, corre. Me repetía en la mente mientras corría desesperada por la calle mojada, fría y desierta, apenas iluminada por unos faros de luz que, a su vez, parpadeaban ligeramente. Pasé junto a ellos, mis pisadas en los charcos de agua y mi respiración agitada era lo único que se escuchaba en la calle, no llevaba mucho corriendo pero sentía que no podía más, estaba muy asustada, mi corazón acelerado retumbaba con fuerza en mia oídos, y mis piernas, mis brazos, todo mi cuerpo temblaba.
—¡Mierda! —maldije entre dientes cuando me resbalé a la mitad de la calle.
Miré hacia atrás y me levanté de inmediato, crucé la calle, buscando desesperadamente a alguien que pudiera ayudarme, no veía nada, no había nadie y ya tampoco sabía dónde carajos estaba, lo que me ponía aún más nerviosa. Me subí a la acera y pasé corriendo junto a varios locales cerrados, llevé mis manos a los bolsillos de mi suéter hasta encontrar mi celular, lo saqué y las gotas de lluvia empezaron a mojar la pantalla, pero no importó, lo apreté entre mis manos temblorosas y comencé a buscar el número de mamá.
—Contesta, contesta, contesta... —giré en una esquina hacia otra calle igual de solitaria, mientras me llevaba el celular a la oreja—. Mamá...
—Espero que tengas una buena excusa, Katerina Grace —escuché su voz severa del otro lado—. Es la tercera vez que haces lo mismo, hace más de una hora que debiste haber llegado. ¿En dónde estás?
—N-no sé, mamá... —miré una vez más hacia atrás y hacia todos lados, alerta—. Me están...
—Dime dónde estás, Katerina —me interrumpió secamente—. Iré por ti, y escúchame bien, es la última vez que te doy permiso para ir a esas fiestas. Y la última vez que sales con ese par, son una mala influencia para ti.
Mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas al escuchar aquello, mi par, Danielle, Christopher, ellos...
—Mamá —solté entre un sollozo, sintiendo mi garganta cerrarse—. Ellos están muertos, los dos, él... yo lo vi, sigo yo... me está siguiendo, viene...
Me detuve de golpe al llevar la mirada al frente, ahí estaba él, justo al final de la calle. Un hombre joven, de cabello rubio y rizado, con unos ojos que brillaban y una sonrisa que hace una hora me pareció encantadora. Mamá seguía hablando del otro lado, pero yo ya no la estaba escuchando.