Para mÃ, la oscuridad jamás ha sido un abismo negro o vacÃo; es un territorio vivo, tejido de texturas, contrastes y ecos. A mis veinticinco años, el universo completo se limita con precisión a lo que mis yemas logran rozar y mis oÃdos consiguen descifrar. El accidente a los quince se llevó la luz de mis ojos, pero esta madrugada, sumergido en la quietud absoluta de esta cocina que conozco como la palma de mi mano, solo anhelaba un pequeño destello de calidez propia.
Estaba completamente solo. El silencio de la residencia pesaba con una densidad apacible; los patrones dormÃan en el piso superior y me aseguré de moverme como una sombra para no alterar su descanso.
—Humano ya es hora —me habló mi lobo apareciendo con su forma espectral de energÃa dorada.
—SÃ, lobo —le contesté —. Ya es hora.
Caminé tocando el filo de la mesada, esa cocina ya era mi lugar seguro y aunque las luces estaban encendidas, yo permanecÃa a oscuras.
Con extremo cuidado, extraje el pequeño cupcake que habÃa horneado a escondidas durante la noche, apreciando la resistencia esponjosa de la masa bajo la yema de mis dedos. Siguiendo un ritual pausado y casi sagrado, clavé la pequeña vela justo en el centro. El rasquido seco del fósforo contra la caja cortó el aire como un latigazo. Inmediatamente, el suave calor de la llama brotó frente a mÃ, acariciándome la mejilla derecha. Por un breve e ilusorio segundo, me permità imaginar el destello dorado que mis ojos no volverÃan a contemplar jamás.
Junté las manos contra el pecho, sintiendo el peso helado de la soledad oprimiéndome las costillas, y dejé escapar un susurro pequeño, frágil y ajeno:
—Feliz cumpleaños, humano —me habló mi otra parte, el único sonido en este mundo que nunca me dejaba en la absoluta soledad de verdad.
—Feliz cumpleaños, lobo —después de todo éramos el mismo ser, dos partes de un mismo omega.
—Que los cumplas feliz... que los cumplas feliz... Elian... feliz cumpleaños.
Mi propia voz vibró con un poso antiguo de melancolÃa. Era el décimo año consecutivo que me entonaba esa canción en solitario, bueno, en compañÃa de mi lobo. Sin embargo, me repetÃa que este aislamiento era el único refugio seguro: sin miradas, sin expectativas y sin nadie cerca, nadie tenÃa el poder de volver a lastimarme.
Por un momento recordé ese amor de la adolescencia, ese Alfa guapo y deportista del cual me habÃa ilusionado. Mi recuerdo viajó a ese tiempo: nos escapábamos en el colegio, nos besábamos... Fue mi primer beso, pero todo lo bueno también aprende a terminar. Luego del accidente, desapareció como una hoja llevada por el viento.
Una ráfaga pasó por delante nuestro, casi pude sentir como la llama de la vela se movió, un aroma a rosas... ese aroma no me eran familiar.
—Lobo, ¿sentiste eso? —pregunté con temor.
—Sà humano, lo sentà —respondió el lobo con la voz cortada, tragando saliva —. Rosas.
Extendà mi mano, buscando en la superficie esa flor, una flor en la nada.
—Dime lobo —le pregunté buscando con mi mano de manera desesperada —¿Alguien compró rosas?
—No, no humano, nadie.
Entonces, de repente, toqué algo más. Su textura era suave, liviana. Lo tomé entre mis manos: era un objeto plano, aterciopelado, lo bastante grande como para sostenerlo con ambas manos.
—Lobo, esto es... —dejé escapar las palabras de mi voz.
—Una pluma —completó el lobo.
—Pero esto puede ser un animal grande —pensé por el tamaño del objeto —. Tal vez un águila.
KAMU SEDANG MEMBACA
Las Tres Formas de Tocarte
RomansaElian aprendió hace mucho tiempo que no necesita ver para encontrar su lugar en el mundo. Ciego desde los quince años, construyó una vida sencilla entre aromas, texturas y sonidos, trabajando como cocinero para tres hermanos Alfas a quienes conoce...
