Prologo

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El zumbido del motor de la camioneta era el único sonido que rompía el tenso silencio dentro del vehículo. El aire acondicionado soltaba un soplo frío que olía a humedad y cuero viejo. En el asiento trasero, Luke, de apenas siete años, mantenía la frente apoyada contra la ventanilla. Para él, el mundo exterior no era más que una escala infinita de sombras, un mosaico grisáceo donde los árboles, los semáforos y los coches de los demás compartían una misma opacidad monótona. Había nacido con una forma severa de acromatopsia; la idea de un «rojo», un «verde» o un «azul» era para él tan abstracta como intentar imaginar un sexto sentido.
​En los asientos delanteros, la tensión se palpaba en la postura rígida de sus padres. Tamara apretaba el bolso contra su regazo, mirando fijamente el mapa en la pantalla de su teléfono. Adrian, con las manos firmes sobre el volante, echaba miradas constantes al retrovisor, asegurándose de que nadie los siguiera.
​-¿Falta mucho? -preguntó Luke, con voz apagada.
​-Ya casi llegamos, cielo -respondió Tamara, girándose para dedicarle una sonrisa forzada que Luke solo pudo interpretar como una mueca de luz y sombra-. El Dr. Phil dijo que el lugar debía ser discreto. Es un procedimiento muy avanzado, la burocracia médica solo retrasaría años algo que tú necesitas ahora.
​«Discreto» era el eufemismo que sus padres utilizaban para no decir «clandestino». El laboratorio se encontraba en el sótano de una antigua fábrica textil en la periferia de la ciudad. No había carteles, ni salas de espera con revistas, solo una puerta metálica pesada y una luz parpadeante en el pasillo.
​El Dr. Phil los recibió en persona. Era un hombre de mediana edad, de postura encorvada, anteojos de armazón grueso y una bata blanca pulcra que contrastaba con las paredes descascaradas del lugar. Tenía una calidez ensayada, pero sus ojos denotaban una prisa inquieta.
​-Tamara, Adrian, tranquilos. Luke está en las mejores manos -dijo el Dr. Phil, guiándolos hacia una sala iluminada por lámparas halógenas deslumbrantes-. La terapia génica ocular que hemos desarrollado reestructura los fotorreceptores de la retina en minutos. Cuando despierte, las longitudes de onda del espectro visible dejarán de ser un mito para él.
​Luke se sentó en la camilla metálica. El frío del acero atravesó su ropa. Su madre le sujetó la mano derecha con fuerza antes de que una enfermera, una mujer de rostro serio llamada Marta, le colocara una mascarilla sobre la cara.
​-Cuenta hacia atrás desde diez, Luke -dijo el Dr. Phil mientras ajustaba un instrumental óptico de aspecto complejo.
​Luke apenas llegó al siete antes de que una oscuridad densa y sin sueños lo engullera.
​El despertar fue un caos de dolor punzante y pitidos metálicos. Un ardor abrasador, como si le hubieran vertido arena caliente detrás de las cuencas oculares, lo hizo estremecerse. Escuchó voces alteradas a su alrededor.
​-¡La presión intraocular se está disparando! -gritó la voz de Marta.
​-¡Monitoree la respuesta neuronal! ¡No debería estar convulsionando los fotorreceptores! -la voz del Dr. Phil perdió toda su compostura previa, sustituida por un tono de pánico mal disimulado-. Interrumpan la descarga. ¡Venden sus ojos de inmediato!
​-¿Qué está pasando? ¡Dr. Phil, qué le ocurre a mi hijo! -se oyó el grito desesperado de Tamara desde el pasillo.
​Después de eso, todo volvió a sumergirse en una penumbra sorda.
​Los días siguientes transcurrieron en una bruma de silencio y rutina cautelosa. Luke regresó a su casa con una venda gruesa y esterilizada cubriéndole la mitad superior del rostro. El Dr. Phil les había dado instrucciones estrictas: la cirugía había sufrido una "complicación imprevista" y los nervios ópticos necesitaban reposar en absoluta oscuridad antes de retirar la protección.
​A pesar de los parches y el malestar residual, Luke intentó llevar una vida lo más normal posible. Caminaba por el pasillo de su casa memorizando los pasos, tocando el relieve de las paredes. Desayunaba guiado por los olores y el tacto: el tazón de cereal, la firmeza de la mesa de madera, el calor de la taza de té que Tamara le ponía enfrente. Sus padres hablaban entre susurros en la cocina sobre emprender acciones legales o buscar a otro especialista, pero cada vez que entraban a su habitación, cambiaban el tono a uno sobreactuadamente optimista.
​La noche del quinto día, la impaciencia superó a Luke. El dolor había desaparecido por completo, reemplazado por un cosquilleo extraño, una especie de vibración eléctrica detrás de sus párpados.
​Estando solo en su habitación, se sentó en el borde de la cama. La casa estaba en silencio; sus padres dormían. Llevó sus manos temblorosas hacia la nuca y deshizo el nudo de la venda. Desenrolló la gasa lentamente, sintiendo el aire fresco tocar su piel. Abrió los ojos en la penumbra del cuarto.
​Miró a su alrededor. El armario, la ventana, la alfombra, sus propias manos. Nada había cambiado. El mundo seguía siendo exactamente el mismo paisaje triste, plano y sin vida de tonos grises, blancos y negros.
​Una lágrima fría resbaló por su mejilla. La cirugía había fallado.
​-No hay nada... -murmuró para sí mismo, volviendo a acostarse en medio del silencio, dejando que la resignación lo venciera mientras cerraba los ojos.
​A la mañana siguiente, la luz del sol entraba suavemente por las rendijas de la persiana. Luke se despertó de golpe, frotándose los ojos. Al abrir los párpados y mirar hacia la esquina de su habitación, se congeló.
​Sobre su escritorio de trabajo había un pequeño objeto. Pero no se veía como los demás elementos del cuarto. No era gris, ni negro, ni blanco. Tenía una cualidad viva, una intensidad profunda y magnética que parecía hacer vibrar el aire a su alrededor. Un resplandor sereno, casi místico, que capturó toda su atención y aceleró los latidos de su corazón.
​Luke se levantó lentamente de la cama y caminó hacia el escritorio como hipnotizado. Extendió los dedos y tocó la pequeña piedra de lapislázuli que su abuelo le había regalado años atrás. Por primera vez en toda su vida, no vio una simple sombra oscura.
​Por primera vez en su vida, Luke estaba viendo un color. Estaba viendo el azul.

El Azul Del LapizlazuliStories to obsess over. Discover now