Capítulo 3 - Elíseo III

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Junto a Liora vuelvo a la planta principal. El señor Quinn y ese otro vampiro, el que ha matado a mi hermana, nos esperan. Es el señor Quinn quien se acerca a nosotros y nos pregunta por nuestra excursión. Yo tardo en reaccionar y Liora pone la excusa por mí. Yo le sigo la corriente y también al señor Quinn que parece querer que me atiborre y pruebe a cada humano disponible en la fiesta. Claro que quiero hacerlo pero que lo sugiera él hace que piense un poco más en ello, en si realmente es una buena idea.

Entonces empieza a hablar con Leo de su compromiso y cuándo fingirá su muerte. Jaime Quinn le sugiere que sea un suicidio al enterarse de la trágica muerte de su hermano. La mía. Siento un escalofrío y la incapacidad total de responder nada.

¿Puede hacer eso, acabar con mi vida en cualquier momento? Es decir, ya lo ha hecho pero no es eso a lo que me refiero. ¿Puede Jaime Quinn quitarme mi vida? ¿Y qué haría entonces? ¿Dónde? ¿Es que tendré que mudarme y empezar de 0 en otro lugar? Aprieto la mano de Leo. Espero que ella me acompañe, llegado el caso.

Jaime Quinn puede ser un hombre dulce pero normalmente es estremecedor. Haría o diría cualquier cosa que le mantenga de buen humor. Actúa de forma imprevisible, como un gato cabrón, y nunca tengo completamente claro cómo va a reaccionar. Por eso me aterra la insinuación que hace de que en cualquier momento podría apetecerle acabar conmigo. Sobre todo porque la hace delante de Leo, para asustarla también a ella.

Después de cortarnos el humor me saca de ahí para llevarme a buscar a Cobb y comenta que avisó al vampiro de mi hermana para que la matara antes de que otro lo hiciera. Mis emociones se revuelven confusas y asustadas con todo lo que me está volcando encima. Evidentemente que estoy celoso de que un desconocido de pronto vaya a casarse con Leo. Claro que nuestra separación por dos personas remueve nuestra historia creciendo lejos del otro. Y justo cuando estoy diciendo la tontería más grande sobre si también él querrá casarse conmigo aparece a mi espalda mi antiguo jefe. Mi jefe actual, supongo. Jeremiah.

Tal vez no respire pero igualmente contengo la respiración. Quiero que se revuelva, que proteste, cualquier pequeña seña que me haga creer que pelearía por mí... pero, si la hay, no puedo verla con la vista puesta en la flor sobre su pecho mientras responde que nunca tuve elección. Necesito saberlo. ¿Es... una especie de broma o...? ¿La lleva para mí?

Permanezco en silencio mientras ellos conversan, con la vista baja igual que Cobb. Aunque la conversación gire a mi alrededor no siento que pueda intervenir si no se me ofrece la palabra. Sólo entonces intervengo. Es sorprendente que, incluso muerto, tenga que seguir hablando de trabajo. Puede que sea la cosa más Albert Waldorf que he hecho los últimos... ¿semanas? Debería dejar de intentar calcular eso. No creo que saque nada de ello.

El señor Quinn se queja de mi falta de brillo aunque me alimente bien. Parece creer que el trabajo me lo devolverá y pide consejo a Cobb. Da igual lo que él le diga. Al final su conclusión es que debo habituarme y nos deja a solas para irse a hablar con otras personas. Ahora mi jefe también es mi niñera.

Diario de Albert D. Waldorf [Arco II: Lo que dejamos atrás]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora