Prologo

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Era de mañana, recién me acababa de despertar.

Me quedé observando las tantas flores que tenía en mi habitación. Algunas ya estaban marchitas, pero no se puede tirar algo que crees que está dañado cuando todavía puedes convertirlo en un lindo recuerdo.

—Aurora, ven a desayunar, que se enfría —dijo mi mamá con su voz dulce, esa que hacía que mi corazón latiera más rápido por la ternura que siempre me demostraba.

—En un segundo bajo —le grité desde mi habitación.

Mi mamá estaba nerviosa. Hasta se podría decir que más que yo, y eso que estaba a punto de ir a un colegio nuevo.

Como dicen: «Ciudad nueva, vida nueva».

Digamos que quiero tomarlo algo literal.

Estaba tan distraída mientras me vestía con el uniforme del colegio que no me di cuenta de que una libélula se había posado en mi cabello, pelirrojo como el fuego vivo.

Las libélulas no me dan miedo.

Dicen que cuando ves una mariposa es señal de buena suerte y debes pedir un deseo. En cambio, las libélulas son todo lo contrario. A muchas personas les causan ansiedad o miedo.

A mí me fascinan.

Lo que otros consideran aterrador, yo lo encuentro inocente, bello y elegante.

Aunque, aun así, hay algo que no puedo negar.

Es verdad que las libélulas aparecen cuando la muerte está cerca.

Rosas y espinasStories to obsess over. Discover now