Mordred

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Capítulo 1: El peso de la tormenta

Los zorros árticos pueden recorrer distancias inmensas completamente solos, buscando un lugar donde sobrevivir.

El invierno no les enseña a vivir.

Les enseña a resistir.

Recordé aquello tercamente mientras me sumergía en la tempestad.

Vapores gélidos intentaban obliterar mis pulmones, y el grito de mis almohadillas soportaba un frío tan intenso que ardía.

Un frío que penetraba el cuerpo como una pesadilla.

La estación blanca había atravesado la costa y arrasado los cultivos de primavera.

Había algo diferente en la bruma.

Algo antinatural.

La niebla de aquel año no se sentía vacía...

Se sentía hambrienta.

Los demás animales habían desaparecido.

Quizá el invierno se los tragó antes de que pudieran huir.

El zorro necesita alimento.

Y el instinto alarma el pensamiento cuando no hay aves, no hay liebres ni huevos escondidos entre la nieve.

Sospeché:

—No hay nadie en el blanco desierto.

No hay comida.

No tengo sustento.

Y entonces la brisa de hiberno congeló mi seguridad cuando incluso mi cálido abrigo fue incapaz de impedir que la muerte me susurrara:

—No vivirás mucho más.

Con los ojos entrecerrados y los sentidos completamente despiertos observé la tormenta de escarcha.

Y cuando creí quedarme sin aliento, mi propia voz reclamó a mi cuerpo:

¿Qué es tan importante que me mantiene despierto?

¿Qué pesa más que la tormenta para obligarme a abrirme paso a través de ella?

Estoy determinado.

Los oídos me zumban, pero en mi corteza retumba la seguridad de que antes de morir podré encontrar aquello que busco desde mi comienzo y que marcará el final:

el fin de mi hambre,

el fin de mi sed,

el fin de esta búsqueda de la verdad.

Mi cuerpo colapsó.

Horas y horas de determinación no alcanzaron para conseguir un solo bocado.

Caí en un profundo sueño.

Porque el frío no fue suficiente para romper mi espíritu de cazador.


Capítulo 2: Animal I Have Become

Desperté sobre un suelo resbaladizo que no permitía la paz.

Para caminar debía clavar mis garras.

Para respirar, mi caja torácica debía expandirse y contraerse contra el peso del aire helado.

Permanecí inmóvil, intentando controlar el impulso de dejarme arrastrar por el hielo inclinado bajo mis patas.

No me permitía descansar.

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